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martes, 5 de julio de 2016

Cuestión de Estilo

Lo he contado más de una vez, y por ello pido disculpas. Hace tiempo, un amigo mío muy comilón y que está al tanto de las vanguardias gastronómicas, en una excursión a Guetaria, paró a comer en un caserío en medio del campo.Al encargar la comida, le explicaron que tenían tortillas y, ni corto ni perezoso, pidió una tortilla de langostinos tigre. La paisana, dueña del lugar y cocinera, le espetó: "Mire usted, aquí podemos hacerle tortilla de jamón, de queso, de chorizo, de patata, de espárragos, pero tortillas de tonterías, no tenemos".Fernando Savater

Delibes está firmemente convencido de que cada novela requiere una técnica y un estilo. «No puede narrarse de la misma manera -anotaba en Un año de mi vida- el problema de un pueblo en la agonía (Las ratas), que el problema de un hombre acosado por la estulticia1 y la mediocridad (Cinco horas con Mario)» (Un año 97). Fiel a estos principios teóricos, que en realidad no son sino la expresión de su propia experiencia como novelista, Delibes ha tratado en todo momento de adecuar técnica y contenido2, buscando siempre la adecuación a partir de este último elemento.
«Yo, como siempre, he utilizado la técnica y la fórmula que me parecían adecuadas para desarrollar el tema que me pedía paso. En este caso se trata de una historia totalmente inverosímil, de un experimento onírico, y procedí a ajustar la forma al sueño. Buscar una técnica nueva sin tema, en el vacío, me parece una candidez»

Las más de veinte novelas escritas por Delibes constituyen todo un repertorio de estructuras formales diferentes. Junto a la narración tradicional, sea en primera persona como ocurre en La sombra..., o en tercera persona, encontramos dos monólogos continuados, tres historias en forma de diario, un relato de factura onírica, una novela enteramente dialogada y otra con estructura epistolar. El punto de vista del personaje se impone de forma absoluta en las novelas cuya estructura formal hace posible la desaparición total del narrador. Ocurre esto en los Diarios de Lorenzo -cazador, emigrante y jubilado- o en las Cartas de amor..., obras en las que el lector entra en contacto directo con un personaje que escribe en primera persona; ocurre en el monólogo que Carmen Sotillo dirige a su marido muerto y o en larga confesión que el pintor protagonista de Señora de rojo... hace a la hija silenciosa, y ocurre también en Las guerras de nuestros antepasados, concebida como un diálogo entre dos personajes.


Claves para leer a Miguel Delibes, Amparo Medina-Bocos


Entrevista a Rafael Chirbes, por Julio José Ordovás, Revista Turia
Lo contraproducente, Javier Marías [La zona fantasma, 22 de junio de 2016]
El retrato del organista, Javier Marías [La zona fantasma, 29 de junio de 2016]




jueves, 30 de junio de 2016

Fußnote 2



Mueca y risa de El Bosco, Antonio Muñoz Molina [El País, 24 de junio de 2016]
Otros ojos para ver El Prado: El jardín de las delicias, de El Bosco
Claves para leer a Miguel Delibes por Amparo Medina-Bocos
Conversaciones. Entrevista a Rafael Chirbes por Julio José Ordovás [Revista Turia, ]

Hay que llegar lo más temprano que se pueda al Museo del Prado para ver la exposición de El Bosco. Hay que llegar cuanto antes y concentrarse en las obras que no pertenecen al museo. Las otras, algunas de las más importantes, están siempre allí, presencias reales en el sentido de George Steiner y en el de Philip de Montebello, el antiguo director del Metropolitan de Nueva York. Le preguntaron a Montebello hace unos años que para qué sirven los museos en una época de acceso instantáneo y global a todas las imágenes, y él contestó, con el aplomo que le caracteriza, que los museos sirven justamente como guardianes de la presencia real de la obra de arte, su materialidad precisa, su irreductible singularidad. Pero quienes estamos acostumbrados a frecuentar sin apuro las obras de El Bosco que se hallan siempre en Madrid tenemos mucho que aprender y gozar al verlas en compañía de otras llegadas desde fuera, no solo pinturas de su autoría indudable, sino también obras de taller y copias o imitaciones de discípulos, y también dibujos, bocetos prodigiosos de alguien que no sabíamos que era tan buen dibujante, grabados de cuadros perdidos, miniaturas de libros de horas en las que pululan por los márgenes muchos de esos monstruos y fenómenos que no nacieron de su “imaginación desbordante” —hay palabras y adjetivos unidos como por un velcro—, sino que pertenecían a los vocabularios burlescos y simbólicos comunes durante su vida.


La gran virtud de la exposición del Prado, y del catálogo que la acompaña, es que nos permite admirar el talento y la rareza de El Bosco en el interior1 de la cultura precisa en la que surgieron, no con el anacronismo complaciente de imaginarlo como un adelantado del surrealismo o del psicoanálisis. Es halagador pensar que El Bosco fue un gran pintor porque anticipó nuestro tiempo y nuestra sensibilidad en vez de representar los suyos2; porque fue un rebelde, un iconoclasta3, un genio irreverente e incomprendido, quizás un lunático. Un “adelantado a su tiempo”.
Pero es muy probable que una parte de lo que distingue a El Bosco no sea su modernidad, sino precisamente su relativo anacronismo. Nació después que Piero della Francesca y es más o menos contemporáneo de Durero y Leonardo da Vinci. Pero, si comparamos su mundo visual con el de ellos, nos da la sensación de que El Bosco pertenece a una época bastante anterior. Y no se trata de la diferencia cultural entre Italia y los Países Bajos. El Bosco también parece anterior a pintores holandeses que en realidad vivieron antes que él, Van der Weyden, Van Eyck. Los cánones renacentistas de la perspectiva4 geométrica rigurosa le son ajenos. Y en sus obras conservadas no hay rastro de una de las grandes invenciones de la pintura holandesa e italiana de su tiempo: el protagonismo de la individualidad5 en el retrato. Es una ausencia estética, pero también social6, de mercado y clientela. El Bosco no recibe encargos de patronos interesados en perpetuar y en publicitar en primer plano sus rasgos personales. Cuando retrata a un cliente, lo hace a la manera antigua, piadosamente arrodillado en el margen de una obra votiva, a una escala más pequeña que las figuras principales. El Bosco, aunque trabajó a veces para grandes patronos, pertenecía a un mundo relativamente provinciano, a una ciudad próspera pero no hegemónica, a una forma de entender la vida y el oficio de la pintura muy anclada en las tradiciones tardomedievales. Ser pintor no era una elección personal, sino un destino de artesano. Igual que otros nacían en familias de tintoreros o de carpinteros, El Bosco había nacido en una familia de pintores. Su casa y probablemente su taller7 estaban en la misma plaza en la que se celebraban los mercados. Desde muy pronto perteneció a una de esas fraternidades a la vez cívicas y religiosas que eran uno de los ejes de la vida comunitaria. Y su imaginación y su religiosidad estaban arraigadas en rituales colectivos y sistemas de creencias populares que nos resultan mucho más exóticos porque no han quedado muchos registros de ellos en la tradición cultural: las procesiones en las que se mezclaba lo litúrgico y lo pagano, la poesía oral, las atracciones de feria, los sermones apocalípticos de los predicadores, los desfiles y las máscaras de carnaval, los refranes y dichos, las celebraciones del calendario agrícola, la imaginería de los juegos de naipes, las estampas devotas o grotescas que empezaba a difundir la imprenta.
Como atestiguó Mijaíl Bajtín, la cultura visual y literaria del Renacimiento impuso en las artes una separación jerárquica entre lo alto y lo bajo, lo sagrado y lo profano, lo cultivado y lo vulgar, que hasta entonces no había existido. El Bosco nos desconcierta y nos seduce porque su mundo es todavía el de la gran sobreabundancia medieval, el de la simultaneidad y la yuxtaposición de todo. Al cuerpo idealizado y heroico del Renacimiento contrapone el cuerpo terrenal, imperfecto, vulnerable o grotesco, el cuerpo trastornado por la bebida o por la lujuria, el que orina y defeca, el que sirve igual para el éxtasis que para los tormentos infernales. El Bosco retrata el caos pavoroso y el júbilo descontrolado del mundo y a la vez su inapelable orden sagrado, regido por la caída y la condenación. En los cuadros renacentistas, los personajes se organizan como estatuas o como figuras de danza en la cuadrícula inteligible del espacio. En El Bosco se arremolinan, se estrujan, se amontonan, como en la bulla sudorosa de una fiesta popular. Junto a la cara serena y pensativa de Cristo se acumulan los ceños feroces de los sayones que lo martirizan y lo despojan. A un lado de un panel está el Niño8 Jesús que juega con un molinillo y empuja un andador; en su reverso, el Cristo adulto se derrumba9 bajo la cruz en el camino hacia el Gólgota mientras unos soldados flagelan al mal ladrón y un fraile confiesa al bueno. La Creación y el Jardín del Edén y la Expulsión de Adán y Eva y el Juicio Final y los fuegos del Infierno suceden a lo largo de los tres paneles de un retablo con la circularidad de una danza de la Muerte. El origen del mundo y el final de los tiempos10 ocurren a cada momento. Mientras los Reyes Magos adoran a Jesús recién nacido en una cabaña que sería tan familiar en el paisaje para los contemporáneos de El Bosco como para nosotros una gasolinera, desde la penumbra del interior se asoma con una media sonrisa el Anticristo del Apocalipsis. Los pájaros y los peces tan exactos como ilustraciones de un naturalista parecen por eso más fantásticos, en medio del torbellino de El jardín de las delicias, que las torres de pórfido rosa o las criaturas infernales11. San José pone a secar los pañales del recién nacido cobijado junto a una hoguera y mientras tanto, al fondo, un hombre se dirige a un prostíbulo tirando de un burro sobre el que va sentado un mono. Hay que llegar cuanto antes al Museo del Prado para no perderse un pormenor, una pincelada, una veladura, el escalofrío teológico y la carcajada de El Bosco, la risa en los huesos.
Mueca y risa de El Bosco, Antonio Muñoz Molina [El País, 24 de junio de 2016]


jueves, 13 de agosto de 2015

Testigos de su tiempo

Max Aub. Escritor sin público, ciudadano sin país, Antonio Muñoz Molina

Hiroshima y la mentira atómica, Juan Gabriel Vásquez

Rafael Chirbes sobre Las tormentas del 48, de Benito Pérez Galdós [El País, 28 de diciembre de 2013]


Tres artículos que recomendaría y que me han gustado especialmente, por lo que he podido aprender de ellos:

En el primero, Muñoz Molina comenta San Juan, de Max Aub; Hiroshima, de John Hersey, comentado por Juan Gabriel Vásquez, su traductor al castellano; y Las tormentas del 48, de Benito Pérez Galdós, comentado por Rafael Chirbes.

Creo que se nota cuando un articulista hace un perfil sobre otro autor al que conoce bien y admira mucho. En este caso, además, se hace patente una cadena de admiraciones ya que, por ejemplo, Max Aub y Pérez Galdós sirven de maestros a Muñoz Molina y a Chirbes. ¿Cuál es la línea que tienen en común todos ellos? Te invito a descubrirla.
Me gustaría resumir/destacar una vez más lo fundamental [Ich möchte das Wesentliche noch einmal zusammenfassen]:

Max Aub

Escritor sin público, ciudadano sin país

Por Antonio Muñoz Molina

Max Aub, español de vocación, mexicano de adopción, siempre republicano, socialista y liberal, es uno de los grandes heterodoxos de nuestras letras. Irónico, lúdico, de la novela al teatro, de los diarios a la historia ficción, del cuento al anecdotario, su obra nunca decepciona. En su centenario, Antonio Muñoz Molina, uno de los que más ha hecho para que su obra tenga el reconocimiento que merece, vuelve a Aub para narrarnos la lucha del escritor exiliado por sus lectores.
En marzo de 1998 asistí a una representación de San Juan, de Max Aub, en el teatro María Guerrero de Madrid. La sala estaba llena de público, el montaje tenía una admirable envergadura visual y dramática, los numerosos actores, sin excepción, interpretaban a sus personajes con intensidad y sin énfasis. El final apocalíptico dejó un silencio de congoja seguido inmediatamente por un largo diluvio de aplausos. Puesto en pie, entre la gente entusiasmada y conmovida, me acordé de Max Aub, que llevaba muerto 26 años, y a quien le llegaba tan tarde la justicia de aquel reconocimiento. Lo que acabábamos de ver y escuchar en el María Guerrero lo había escrito él hacía exactamente 56 años, en la bodega del barco que lo llevaba de Casablanca a Veracruz, pero lo había empezado a imaginar algún tiempo antes y en otro barco más siniestro, aquel donde viajó prisionero de los franceses de Vichy desde Marsella a África. Max Aub, que fue un escritor asiduo y excelente de diarios, tuvo sin embargo la virtud paradójica de usar la propia experiencia como material narrativo o dramático despojándola de cualquier indicio de autobiografía: "Veo lo que vi sin verme", anota en alguna parte, y ese conciso aforismo, entre Gracián y Bergamín, contiene una parte de su poética. El doble viaje en barco —por el Mediterráneo, por el Atlántico— vivido por él mismo aporta los materiales inmediatos y veraces de la escritura, pero ésta se desplaza narrativamente más allá de la experiencia de su autor, se vuelca en el relato de otro viaje no vivido por él pero verdadero en la medida en que se alimenta de las sensaciones, los olores, el agobio que él ha conocido en esas bodegas penitenciarias y sombrías de buques de carga condenados al desguace: el viaje sin destino de un grupo de judíos europeos a los que nadie quiere en ningún puerto y acaban tragados por el mar, en un anticipo de la gran matanza que en 1938, cuando se sitúa la acción de San Juan, aún no había comenzado, y de la que ni siquiera había noticias muy claras en 1942, cuando Max Aub escribió su drama, que se publicó un año más tarde, ya en México, pero que él no vio nunca representado.

martes, 11 de agosto de 2015

Cosas que preferirías no saber





Entrevista a Rafael Chirbes por Alfonso Armada, [ABC, 28 de mayo de 2013]

Entrevista a Rafael Chirbes por Gabriel Ruiz Ortega [Siglo XXI, 29 de octubre de 2009]

Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, 1949) vive solo con dos perros, Tomás y Ramonet, en una casa que le compró a un camionero jubilado hace diez o doce años a las afueras de Beniarbeig, en la carreterita que se aleja sinuosa de las tapias del cementerio, en una región tan hermosa como degradada por urbanizaciones y puticlubs como buena parte de los personajes, endiabladamente humanos, de su paisaje literario. Nos cita en su bar, El Moss de Segaria, donde saluda a los vecinos por su nombre. Nada distingue al escritor, salvo su vida interior. Segaria es el macizo que se ve desde la casa donde se desentiende de las pompas del mundo, pero no de sus entrañas, como demuestra en sus novelas. Su penúltima obra «Crematorio» (premio de la Crítica, éxito editorial en Alemania, de la que Canal Plus hizo una celebrada serie protagonizada por Pepe Sancho), un aguafuerte del que no puedes salir una vez que empiezas a leer, la situó, justo por detrás de «La fiesta del chivo», de Mario Vargas Llosa, como la mejor novela española de lo que va de siglo, según una encuesta que ABC convocó hace diez días. «En la orilla», publicada también por Anagrama, como prácticamente toda la obra de este autor imprescindible si alguien quiere saber de verdad qué ha pasado en esta península europea en lo que va de siglo, desde las cimas del ladrillo a la escombrera moral y económica posterior, es más que una secuela. Por eso elegimos un marjal, el de Pego, para retratarle, porque es el de su último libro, el que ahonda en las dudas y certezas de este hombre que cree que «no hay riqueza inocente».
Desde los ocho años estudió en colegios de huérfanos de ferroviarios, estudió Historia Moderna y Contemporánea, fue profesor de español en Marruecos y durante años escribió en la revista «Sobremesa». Dice que por culpa de unos análisis ha pasado de tomarse diez gin tónics diarios y fumarse tres paquetes de tabaco «a nada», de ser «un adolescente inconsciente» a un «anciano enfermo», de un epicúreo a un estoico. Junto a su trasteado ordenador, una leída y releída edición de San Juan de la Cruz, obras de Peter Handke y de Gracián, botellas de agua y una cama sin hacer. Hablamos entre plato y plato en Un cuiner a l'escoleta, en Sagra, entre Pego y Beniarbeig, un restaurante donde saben cautivar el paladar de este escritor exquisito, pero sin pelos en la lengua.
—Una cosa que fascina es la forma como construye las grandes tiradas de prosa, por ejemplo en «Crematorio», que son como bloques de texto, recuerda una imagen de Kafka: que el texto fuera precisamente eso, un bloque compacto en el que el lector debía sumergirse, con muy pocos puntos y aparte, muy poco diálogo...
—Yo creo que tanto la vista como el ritmo de lectura, la atmósfera, te vienen marcado por esas cosas. Por qué por ejemplo novelas como «Mimoun» o «La buena letra» son novelas de párrafos cortos, novelas cortas. De «Mimoun» yo siempre decía que era un sorbo de flautines, un poema, en donde cada capítulo está tratado como una estrofa, cada frase como un verso, de algún modo. Y yo creo que es verdad que el impulso de la prosa está en el ritmo de la puntuación, en la música, que es muy importante. Yo creo que el lenguaje por sí mismo no es nada, si no es contenedor de cosas, pero tienes que jugar con ese contenedor, cómo lo distribuyes. El ritmo de un libro es muy importante, su respiración, la tensión. En libros como «Crematorio» o «En la orilla», se busca, dado que el lector se enfrenta a cosas que no le hacen ninguna gracia, y que le hablan de sí mismo de un modo no muy gratificante, que el lector no te deje. «En la orilla» es un libro totalmente centrífugo, como un pulpo que quiere tocar todas las cosas. No quiere ser un libro de personajes sino de un tiempo. Me viene a la cabeza la trilogía de John Dos Passos («USA»), o «Manhattan Transfer». Eso quiere decir que es un libro que lo mismo te habla de comida como del aceite, de las putas, de la crisis económica, de pederastia... Yo que sé, está todo. Se quiere hablar de todo. Si además de estar todo y en un tono que al lector no le hace gracia, sobre todo identificarse con algunas cosas, la única forma que tienes para tratarlo es el ritmo de la prosa, meterle en una túrmix de la que no pueda salir...
—Incluso visualmente. Aparte de la prosa en sí, de la cadencia de cada frase, de la forma de pensamiento, de la forma física...
—Esto es cazón seco (dice señalando el plato que acaba de llegar a la mesa) y tostado. Salazón.
—Decía que me impresiona el aspecto físico de la página en sí. Un bloque de texto. Una vez que entras, te quedas dentro...
—Sí, yo creo que es así. El proyecto es así. Atrapar al lector y no dejarle salir.
—No dejarle respirar, casi.
—Ahí voy. No puedes dejar esa frase porque viene otra a continuación. El punto y aparte te marca un respiro. «En la orilla» te deja respirar algo más que «Crematorio».
—De hecho comentó que después de «Cremación» quedó agotado, vacío. ¿Fue «En la orilla» una especie de desagüe lógico?
—Me pasa con cada libro, y los amigos me lo dicen, y a fuerza de repetírmelo, he acabado por creérmelo también. Yo no soy un novelista profesional, no tengo plano de mis novelas...
—¿No sabe qué va a pasar?
—No sé qué va a pasar. En ese sentido yo siempre digo que soy proustiano: aprendes de lo que escribes al tiempo que lo escribes. La propia escritura es el aprendizaje de lo que estás escribiendo, y esto yo creo que hace que cuando termines una novela no has contado una historia ajena a ti, sino que de alguna manera te has exprimido tú mismo. Por ejemplo, cuando la gente me decía acerca de «La buena letra», que es una historia que cuenta una mujer: "Ah, es la voz de una mujer. Es literatura oral". Mentira. Es un artificio. Es la voz de una mujer que yo he inventado, un artilugio que recoge parte de mi memoria, mi formación literaria, recoge mi idea como historiador, y sobre todo es un libro escrito desde el presente, es decir, que recoge mi enmienda a la totalidad –por así decirlo- a mi generación en el año 90, 91, que es cuando está escrito el libro. Es un libro sobre la España de la Olimpiada y la Expo, y en todos los libros pasa igual. Como tú no eres un ilustrador de historias en realidad en todos los libros eres tú mismo en tus preocupaciones distribuido por una serie de personajes. Y si me preguntas quién es cada uno de los personajes que aparecen en «Crematorio», diré: "Soy yo".
—Veo una voluntad clara de evitar el maniqueísmo, y desde el soliloquio que abre «Crematorio», de Rubén en el coche, de meterse dentro de la cabeza de cada personaje y no juzgarlo, tratar de hablar desde toda su complejidad.
—Claro, es que yo creo que esa es la principal diferencia de la novela con cualquier otro género, que es lo que plantea Bajtín con respecto a la epopeya o a la poesía. ¿Cuál es la posición del novelista? Pues búscala. La posición del novelista es esa incertidumbre de correr de un personaje a otro. ¿Pero tú con cuál estás? Estoy en la dinámica de moverme entre unos y otros, escuchar todas las razones, y cada cual que se forme su opinión. Me decían: "Hombre, es que el protagonista de «Crematorio» qué malísimo es, es un especulador, es horroroso, y tal". A mí no me parece un personaje tan malo. Es un personaje, un individuo que tiene una historia, y siento hacia él una especie de piedad... En alguna novela he hablado de la tercera persona compasiva.
—Habla mucho también de ponerse en el lugar del otro...
—Eso es. La tercera persona compasiva.
—Como de querer entender las razones de cada uno...
—Sí, están estos personajes que se manchan para comprarle su inocencia a otros. En «En la orilla» hay un momento en que se dice que si el dinero sirve para algo es para comprarle inocencia a tus descendientes.
—¿Es un proceso de muchas sociedades, de blanqueamiento, que se ha vivido en Estados Unidos y en muchas partes...?
—Es un proceso que hemos vivido aquí mismo. ¿Tras la guerra civil hay alguna fortuna legítima? Ninguna. Porque las que las han mantenido ha sido por connivencia y los que se han enriquecido a la primera ha sido por expropiaciones, por contratas, por subcontratas. No hay riqueza inocente. En cambio sus hijos sí que son inocentes. Sus hijos son mis contemporáneos.
—No son culpables de los pecados de sus padres...
—Pero gozan de ellos.
—Es un poco la conciencia que tiene Silvia en «Crematorio», que sí sabe de dónde viene ella, de dónde viene su buena vida...
—Sin pararme a pensar cuál es la mejor novela, de construcción y eso, creo que son seguramente «La buena letra» y «Los disparos del cazador». Me gustan más las novelas cortas porque puedes manejar mejor las cosas, jugar con el material literario, quitar las comas...
—Sin embargo en las novelas largas hay también un gran trabajo de depuración, de corrección. No sé si corrige mucho...
—Se hace lo que se puede.
—En una entrevista hablaba de «cocer y cocer el plato de la novela hasta que tenga un sabor determinado»...
—Hay una empatía con estos personajes. Siempre me cae mejor el cazador que el que se come la caza y denuncia al cazador, que son los hijos de los disparos del cazador. La metáfora es quizá la muerte, que está esperando, pero que él es cazador, es un especulador de la posguerra, y sus hijos son mi generación, arquitectos, que enseguida dicen que ellos están haciendo arquitectura social...
—La conciencia impecable.
—Eso es. Si oyen hablar de dinero: no, no, por Dios. Siempre me acaba gustando más Torquemada. El personaje que me inspira a todos estos es el Torquemada de Galdós. Siempre me cae mejor Torquemada con sus contradicciones, sus trampas y sus barullos, que no toda la familia del Águila, impoluta, pero que vive a espaldas y a costa suya, y encima se avergüenza de él. Me parece eso bastante más deleznable y repulsivo. Es Torquemada el que está detrás de «Los disparos del cazador», el que está detrás de Rubén Bertomeu [el protagonista de «Crematorio»], el que está detrás de todos los malvados estos. Me gusta mucho Vautrin, de Balzac...
—Hay una frase que mencionaba en una entrevista, y que no sé si es de Balzac, de que «la novela es la vida privada de las naciones». ¿Se reconoce ahí, es uno de sus afanes?
—Sí, yo creo que es mi manera de ver el mundo. Vamos a ver. A mí la vida interior me aburre como una ostra.
—Y sin embargo le gusta San Juan de la Cruz.
—Sí, pero San Juan de la Cruz en su tiempo. Yo creo que, como soy materialista, el alma que tenemos es la que nos toca en nuestro tiempo.
—Fruto de nuestra experiencia y nuestras lecturas.
—Ahí voy, fruto de nuestras lecturas, experiencia, todo eso. Y entonces, dado eso, cuando yo me pongo a analizarme a mí mismo no me entiendo si no entiendo mi tiempo. Yo no me entiendo a mí mismo si no entiendo que parte de mi generación acabó como yonkis, que parte de mi generación gestionó el poder, se lió a tiros, que vivimos un momento en el cual cuando yo entré en la universidad apenas había hijos de obreros, y diez años después estaba repleta, y treinta años después los hijos de obreros protestan porque les piden un seis para tener una beca. Son universitarios y parados, esa es otra contradicción. ¿Para qué quieres ir a la universidad si luego te vas a ir al paro? Eres el nudo de contradicciones de tu época. Como historiador yo no puedo entender esto si no lo tengo en cuenta...
—Veo que le gusta mucho el término historiador, ¿tal vez porque estudió Historia y por devoción hacia Heródoto y todo lo que vino después?
—Es que somos historia. Es que no somos más que historia. ¿Por qué nos vestimos así? ¿Por qué si ves una foto y sabes si es de los años veinte o treinta? Y las caras. Cuando ves por ejemplo «Tierra y libertad», esa película malísima de Ken Loach, esos que saltan por las trincheras te das cuentas de que son actorcillos. ¿Qué hacen estos muchachos de la facultad haciendo esos papeles?
—No te los crees. No han pasado hambre.
—Tú ves las fotos de los años treinta, ves las caras rugosas, la manera de llevar una camisa, un pantalón. No tienen nada que ver. Pues porque somos alimentación, somos cultura, somos trabajo. Una de las cosas que me gustan de haber trabajado en una revista gastronómica [«Sobremesa»] es la historia de la cocina. Saber la historia del té, de los espías que entraban a analizar qué planta era esa. La independencia de Estados Unidos tiene en su origen la guerra del té, en que no querían pagar impuestos. Saber cómo los tópicos que hay detrás de expresiones como "me gusta la tortilla española". Pero usted qué dice, si las patatas vienen de América. Me gusta el gazpacho andaluz. Pero desde cuándo ha habido pimiento y tomate aquí. La cocina mediterránea, esa Sicilia, con esos tomates. Que vienen de allá. La historia pone en cuestión la permanencia de las cosas, que algo sea eterno. La historia te lleva a lo de Walter Benjamin: que todo es encubrir el crimen originario. Toda fortuna procede de una injusticia originaria, cuando no de un crimen, que es lo más probable, y eso es la novela, además. Eso es la esencia de la novela. La novela que está fuera de la historia es lírica. No es novela. La novela es el cambio, la transformación. Que empiezas a leer acerca de un personaje y cuando terminas es otro, lo miras desde otro punto de vista. Transforma al lector, y transforma al escritor también. No te consuela.
—Si no te transforma no sirve para nada.
—La literatura que no es conocimiento no es nada. El más admirable de todos me parece Broch. ¿Cómo alguien describe la muerte de Virgilio? Es, diríamos, pura belleza, y se caga en la puta madre de la belleza. Yo no sé si en «El novelista perplejo» o en «Por cuenta propia» hablo de eso, pero los partidarios de la belleza por la belleza son como los traficantes de armas en la guerra, porque la literatura es aprendizaje. Si estás leyendo «La muerte de Virgilio» ves que es una aprendizaje sobre el poder, la relación de la cultura con el poder... Que luego te dé gusto leerla... Porque la belleza qué es. La belleza es el ajuste entre una idea y una palabra, una concatenación de palabras. La floritura a mí no me interesa para nada, me aburre. Me parece prosa cascabel, que diría Marsé. Que por cierto, Marsé ha sido el padre de gran parte de mi generación. Yo creo que «Si te dicen que caí» es una novela que cambia la perspectiva de lo que es la literatura social, de lo que es el realismo. De repente es esa especie de unión perfecta entre fondo y forma, donde no hay ninguna duda de que un texto literario es una construcción y al mismo tiempo tiene toda la verdad del mundo, eso me parece extraordinario.
—¿De todos modos a usted le incomoda especialmente esas actitudes despectivas hacia el realismo español, hacia Galdós y todo lo que vino después?
—Es que para empezar eso es una tontería, es una falsa polémica que crearon en los setenta simplemente porque había un grupo de escritores señoritos, o delicados, que no querían pringarse con el franquismo, querían estar por encima de él sin enfrentarse a él. Lo cual era imposible.
—Un lavado estético de conciencia.
—Ahí voy. De todo eso hablo en «Por cuenta propia», en el capítulo dedicado a Galdós. Se inventan algo que es mentira: que el realismo es un garbanceo español, y ¿qué me dice usted de Dos Passos, u hoy mismo qué me dice usted de Roth, qué me dice usted de Mailer, qué me dice usted de Capote, qué me dice usted de Updike? ¿Es es garbanceo? Vamos a ver. ¿O qué me dice uste de Laurent Mauvignier, autor de una novela tan extraordinaria como «Hombres», que habla de la presencia de la guerra de Argelia en la Francia contemporánea? Para empezar, mentira. No es un fenómeno español. ¿Qué me dice uste de Solojov, el de «El Don apacible», con todo lo que ustedes pueden despreciar eso? Primero se crea esa ficción. Creo que es querer superar el franquismo sin enfrentarse a él. Y eso no es posible. Cómo puedes decir que Max Aub es el garbancero español. Para empezar es tan poco garbancero que prácticamente no escribe ninguna novela aquí, las escribe todas en México. Y además está en contacto con todos los intelectuales europeos, habla cuatro o cinco idiomas. No para de hacer experimentos. Lee «El correo de Euclides», que te mueres de risa. Mira las obras de teatro, que son de un vanguardismo y de una actualidad rabiosa... Galdós. O Clarín. O la Pardo Bazán. Son de los escritores más cultos de su tiempo, están en contacto con Europa, viajan a París, a Londres. Saben lo que se está publicando. Es todo mentira. Recuerdo una encuesta en los años ochenta de por qué no había novela española. No teníamos esa cosa inglesa del «plot», del no sé qué. ¿Cómo no va a haber novela española en el país del que ha salido «El Quijote», «El lazarillo», la novela picaresca, «La Regenta»... «La Regenta» es de una modernidad... Donde todas las metáforas son cubistas, es decir, se ponen de perfil y es un triángulo. Y Blasco Ibáñez, te lees «La horda», «Arroz y tartana», o El intruso», sobre el País Vasco, una novela excelente. Es todo una pura fantasmagoría. Dime tres novelas que hayan quedado de aquel movimiento de los setenta...
—¿«Tiempo de silencio»?
—Acusada de realismo, aunque en realidad se dijo que era un sainete. ¿Qué más?
—¿Algún experimento de Juan Goytisolo...?
—«Señas de identidad» es realismo en estado puro, y tiradas enteras de «Tiempo de silencio»... Al final, en la resolución, que se quiere poner más moderno, la novela se te viene abajo. La volví a leer hacia siete u ocho años, y al final, que se quiere poner un poquito rarito, se te cae la novela en picado. Es una falsa polémica que ha servido para que alguno hable de Galdós sin habérselo leído. ¿Cómo puedes quitar del diccionario a Eça de Queiroz en Portugal, a Balzac y Zola en Francia, y a Galdós en España, que es lo mismo?
—No sé si forma parte de nuestra dificultad para asumirnos, para asumir nuestra propia historia, del paradójico auto-odio, que luego es capaz de pasar a la exaltación desaforada...
—Yo creo que es confundir lo que se oponía a la autarquía con la autarquía, y lo que se oponía al casticismo con el casticismo. Decir que Galdós es un escritor castizo cuando justamente es un escritor cosmopolita que se está enfrentando a la España conservadora por tierra, mar y aire. Tú te coges los últimos «Episodios nacionales» y se los puedes leer en la Puerta del Sol a los indignados y se rebelan los indignados. Yo tengo un amigo que se está leyendo ahora los «Episodios» y está deslumbrado. "¡Pero si está todo lo que está pasando ahora!", me dice. Hace tres o cuatro noches me llamó, que estaba acabando «Prim», que es un episodio cojonudo. Pero si es que está lleno de episodios cojonudos. «Aita Tettauen»: la alianza de civilizaciones, el relativismo del punto de vista, la misma historia contada por un moro, por un cristiano, por un judío, por uno que no se sabe si es moro o cristiano, porque se ha pasado al otro lado. Está Torquemada, en los monólogos interiores. Luis Cernuda lo decía muy bien: hay tanto idiota que se cree moderno despreciando cuanto ignora, despreciando a Galdós, y cómo el manejo del monólogo interior está en Galdós.


miércoles, 31 de julio de 2013

Sobre padres e hijos



Cuando tenía cinco años, mis padres de repente tuvieron un hijo varón, que según mi madre era lo que yo siempre había querido. De dónde sacó esa idea, no lo sé. Se empeñaba en adornarla con detalles, todos ficticios pero difíciles de rebatir. […]
Hasta que nació el primer bebé, yo nunca había tenido conciencia de sentir algo distinto de lo que mi madre decía que sentía. […]
No era que mi madre me impusiera realmente lo que tenía que sentir. Era una autoridad sin necesidad de cuestionar nada. […]
Esa era yo, decía mi madre, y me convencí de que sí, a pesar de que no lo habría imaginado si no me lo hubiera dicho y de que en el fondo no quería serlo. […]
Quiso convercerme de que [mi hermano] era una especie de regalo para mí, empecé a aceptar hasta qué punto las ideas que mi madre se hacía de mí podían distar de las mías. […]
Al no tenerla tan encima, pude detenerme a pensar lo que era verdad y lo que no. Aunque desde luego me cuidé mucho de hablarlo con nadie. […]
Ya he mencionado que mi madre era una mujer seria. […]
[Sadie] me aseguró que no tenía ninguna prisa por casarse. […]
Ella no era como otras, decía. Ella no iba a dejarse atrapar. […]
-No hay nada en este mundo que deba darte miedo, solo hay que saber cuidarse. […]
Mi padre no tenía mucho que decir. Era mi madre la que se ocupaba de mí, salvo cuando más adelante me volví respondona de verdad y había que castigarme. Mi padre estaba esperando a que mi hermano creciera y hacérselo suyo. […]
Mi madre quería que se hiciera algo que quizá tuviera que ver con Sadie y el coche que la atropelló, pero mi padre le dijo que lo olvidara. No nos incumben las cosas del pueblo, dijo. […]
Hasta el día que, ya en la adolescencia, supe con una vaga sensación de vacío en mis entrañas que había dejado de creerlo.
El ojo, Mi querida vida, Alice Munro


Fragmentos de El ojo, Mi querida vida, Alice Munro
Una cena, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 21 de junio de 2011] 
Fragmento de La mancha humana, de Philip Roth
Fragmento de Lo que me queda por vivir, Elvira Lindo
Fragmento de Crematorio, Rafael Chirbes
Fragmentos de Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina


miércoles, 24 de abril de 2013

"vaya, por un libro cuánto revuelo"





Entrevista exclusiva a Rafael Chirbes por Lorenzo Rodríguez Garrido [microrevista, 9 de abril de 2013]

Las novelas se escriben contra la literatura; Entrevista a Rafael Chirbes por Javier Rodríguez Marcos [El País, 21 de junio de 2003]
En la orilla, reseña de Ricardo Menéndez Salmón [microrevista, 9 de abril de 2013]

La gran novela de la crisis en España; Entrevista a Rafael Chirbes por Javier Rodríguez Marcos [El País, 2 de marzo de 2013]
En folio y medio; Antonio Muñoz Molina [El País, 9 de octubre de 1996]
La podredumbre según Chirbes, Fernando Valls [El País, 28 de febrero de 2013]


En la orilla vendría a formar un díptico con Crematorio, su novela anterior. La segunda es un retrato de la especulación inmobiliaria y aquí se cuenta la caída, los rescoldos mefíticos de todo aquello.
   
Se puede ver así, pero la verdad es que yo no pienso nunca en ciclos ni en nada de eso. También me dicen que las anteriores podrían ser un tríptico o que La buena letra y Los disparos del cazador forman un díptico. Escribo por mis propios impulsos a partir de lo que me desazona, me duele o me asusta. Eso me hace coger la pluma y poco a poco me va saliendo algo en lo que ni siquiera pensaba. Cada novela es un viaje al fin de la noche. Hay autores que tienen una visión más lúcida, más clara, pero en mi caso creo que la novela surge de una mezcla de voluntad y de inconsciente. Hay mucho subconsciente metido en mis novelas que va saliendo a medida que las voy escribiendo.

Yo veo el conjunto de su obra como un todo, una especie de “comedia humana”. 
  
Sí. Cuando escribí Mimoun, en el año 85 u 86, era un momento en el que todo el mundo miraba a Europa y todo era una comedia ligera y feliz; pues yo volví el foco hacia el sur, miré hacia África y ya puse el primer personaje que sigue la ruta de los que han aparecido hasta hoy: el que no tuvo valor en la transición y le pegó una patada a sus ideales para ascender. Es un tema que aparece en todas mis novelas. En este caso, ese personaje sería Esteban, aunque es un personaje más complejo.

Por su literatura y sus opiniones se trasluce que Vd. es un pesimista antropológico.

Algo de eso tengo. Yo estudié Historia y he vivido 63 años. El bien es algo casi invisible. La historia es un desastre hasta la derrota final. Y en la vida cotidiana también es un bien escaso, es difícil encontrarlo. Yo creo que priman el egoísmo, la voracidad, la lucha por el poder, por el ascenso social, por el dinero, por el sexo… Uno no para de recibir lecciones en ese sentido y, cuando pretendes esquivarlo, te lo encuentras de frente. Valores como la fidelidad o la amistad se dan en lugares cerrados y de manera muy pequeña.

Cito de la novela: A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en mierda.

Hay una especie de sálvese quién pueda. Hemos vivido una etapa en la que todos querían participar de la gran tarta y ahora parece que reclamamos solidaridad o piedad hacia los que lo están pasando peor. Pero la mayoría llevamos una vida muy provisional y a casi nadie se le ocurre decir que esta familia se venga a vivir con nosotros, que tampoco sería la solución. Yo creo que ahora es de buen gusto estar indignado, tener corazón, apiadarse de los demás en estos momentos, pero en realidad todo sigue funcionando como funcionaba, porque debajo de esa indignación no parece que haya ningún proyecto político ni social, no hay un sujeto histórico que canalice todo esto. Hace unos años era la clase obrera la que nos iba a llevar al paraíso. Ésa ha desaparecido porque ahora no sabemos cómo nos llamamos los que no mandamos. Hay mucho cabreado, pero también por puro egoísmo. En general, esos movimientos de indignación pueden tener muy malos resultados, como conocemos por la Europa de los años veinte y treinta.

La novela se abre con un cadáver en un pantano y toda ella gira en torno a sus aguas. El pantano funciona como un elemento simbólico.

Cuando empecé a escribir, lo único que sabía era que tenía que haber un pantano. Me parecía que tenía fuerza. El pantano es lo que se ha quedado detrás de la especulación, detrás de la modernidad, lo que se ha quedado detenido a la vez puro y sucio.

El perro que aparece aquí me ha hecho recordar a ese otro que aparece en La larga marcha.

Sí, en la primera parte de La larga marcha hay un perro y la segunda parte termina con dos perros que se pelean en la basura. En ésta quise empezar donde terminaba Crematorio, que termina con un perro escarbando en la carroña.

En alguna ocasión ha dicho que cada libro que escribe lo hace pensando en otro. En el caso de Crematorio mencionó La Celestina y a Lucrecio. ¿Qué libros ha tenido en mente durante la escritura de En la orilla?
El matrimonio entre La Celestina y Lucrecio sigue estando aquí. El primero me parece un libro maravilloso y Lucrecio ya sabemos que es el padre de todos los materialistas. Yo quería que la novela fuera un pulpo que tuviera ventosas en muchas direcciones, para que no fuera la historia de un personaje, sino el retrato de un país. He pensado mucho en John Dos Passos, en la trilogía, en Manhattan Transfer. Eso me ha servido para tener el valor de colocar esos monólogos. Yo no quería hacer el artificio de colocarlos en una trama, porque me parecía que tenían más fuerza así, que eran un puñetazo más duro. También tenía en la cabeza el Tristam Shandy o Historia de una barrica de Swift, en los cuales la acción se va disolviendo en digresiones. La duda que tenía era cómo mantener la tensión del libro, y ha habido que hacer un ajuste de lengua, procurando que no se me bajara el ritmo del libro. Me gusta que el lector pase por el mismo calvario que el autor, que la novela sea para él una especie de descarnamiento, que sea capaz de escuchar cosas que no le apetece oír sobre sí mismo.

Supongo que estará un poco harto de la etiqueta de escritor realista.

El realismo cae en una polémica que califico ya de cansina. En España fue especialmente virulenta en los años 70. Se decía que cualquier realismo era vulgar, antiestético, que no tenía ninguna calidad literaria. Pero cualquier indagación sobre uno mismo es una indagación sobre el mundo. Yo no puedo hablar de Chirbes sin contar lo que está pasando en el pueblo donde vivo. Luego está la visión de los esteticistas, que pretenden que la literatura sea un mundo aparte. Proust es un escritor realista, nos está contando la Francia de su tiempo. Yo salgo de él, como salgo de Musil, de Döblin, de Marsé. En el realismo puedo emplear las técnicas que me dé la gana lo mismo que hacía Galdós; su Torquemada sueña, tiene fantasías. La literatura no se puede separar de la vida, es fruto de su tiempo.

En la novela menciona a Blasco Ibáñez.

Le hago un homenaje con una frase que saqué de Cañas y barro y que dice algo así como que el agua del pantano tiene reflejos de té. Fue un novelista extraordinario y luego muy despreciado precisamente por los esteticistas, pero tiene novelas espléndidas (Arroz y tartana, La barraca, La horda, El intruso, lectura muy útil sobre el País Vasco) y después una maraña de novelas malas que han enterrado a las otras. A Sender le ocurre igual. Imán es una de las mejores novelas sobre la guerra, brilla como ninguna otra novela de principios de siglo en España. Siete domingos rojos y los primeros tomos de Crónica del alba también están muy bien.

Quizá Sender es poco leído porque estuvo en el exilio. Lo mismo que Max Aub.

Sí. En el fondo, todas estas discusiones suelen tener un trasfondo político. En la Transición hubo una operación de barrido de todo lo que suponía la memoria histórica, que después intentaron recuperar con las tonterías de Zapatero, cuando los socialistas fueron los que hicieron todo el trabajo de la Movida, en la cual invirtieron millones y millones en financiar conciertos, cantantes, pintores, fotógrafos, etc. Todo porque íbamos a entrar en Europa y había que borrar que éramos un país cainita. Fue entonces cuando se desalojó a todos los del exilio. Y luego con el sambenito de que son antiguos y españoles, para qué queremos más; pero resulta que Galdós y Clarín son los autores más cosmopolitas de su tiempo, viajan a París y conocen las literaturas extranjeras. Y Max Aub escribe casi toda su obra en el extranjero, habla un montón de idiomas y está en contacto con escritores franceses y alemanes.

Hace poco, en una entrevista, mencionaba a Fernando Aramburu y la última novela de Andrés Trapiello. ¿Está muy al tanto de la literatura española actual?

La sigo a saltos y por temporadas. Leo todo lo que va publicando Anagrama porque me mandan los libros. Por cierto, ha sacado dos o tres libros seguidos que me han gustado mucho: En tiempos de luz menguante, de Ruge; Limónov, de Carrère y Dos historias nada decentes, de Alan Bennet. Me gusta muchísimo Mauvignier. Tiene una novela maravillosa, durísima y hermosísima que se titula Hombres. Y de los españoles pues me interesan Pombo (Contra natura es excelente), Barba… También me ha gustado El anarquista que se llamaba como yo.

Entrevista exclusiva a Rafael Chirbes por Lorenzo Rodríguez Garrido [microrevista, 9 de abril de 2013]

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