A mí lo que me hace falta es que tú estés bien. O medio bien. O no tan mal.
«Tú
serás quien eres. Y lo mismo seré yo», le escribía Heinrich
Blücher a Hannah Arendt poco antes de casarse con ella, para decirle
que su vida en común no sería nunca un
obstáculo para la libre maduración de su persona.
Valiente luchador en las filas espartaquistas y hombre de gran
generosidad, Blücher, segundo marido de Hannah Arendt, fue para ella
un compañero leal, pero no fue esta relación mantenida bajo el
signo del respeto y la paridad personales la que determinó la vida
de Hannah, quizás porque, como escribe Dostoievski,
para nosotros cuentan sólo las personas que amamos, mientras que las
que nos aman es como si no existieran.
Blücher
la amaba, pero ella tenía la desgracia de amar a Heidegger y
probablemente no fue el genuino y libre amor que demostraba esa carta
de Blücher de septiembre de 1936 lo que le conmovió, sino la
primera carta que le escribió Heidegger el 10 de febrero de 1925
—una carta untuosa y falsamente profunda en la que el gran profesor
de la Universidad de Friburgo, uno de los maestros de la filosofía
del siglo, empezaba a seducir a la alumna de diecinueve años
elogiando su inteligencia y su alma, ofreciéndose como un guía
paterno para ayudarla a permanecer fiel a sí misma, asegurando
comprender las inefables inquietudes de su juventud y pidiéndole que
comprendiera la tremenda soledad de su vida ascéticamente
sacrificada al estudio y a la conciencia.
Con
esa carta —que es un modelo de cómo se
pueden simular incluso con uno mismo sentimientos aparentemente
atormentados y utilísimos para tiranizar a los demás,
poniéndolos al servicio de la pretendida hipersensibilidad de uno—
da comienzo una penosa historia de amor, que ha sido rigurosamente
reconstruida por Elzbieta Ettinger. Tras una primera fase pasional,
después transformada en una tierna amistad, la historia se prolongó
a lo largo de toda la vida de ambos, con grandes vacíos e
interrupciones ligadas a trágicos acontecimientos históricos como
la llegada del nazismo, el exilio de la judía Hannah, la Segunda
Guerra Mundial, la Alemania dividida y abochornada obligada a ajustar
cuentas con su pasado y con los horrores del exterminio.
Martin
Heidegger y Hannah Arendt fueron y continúan siendo dos
protagonistas del «terrible siglo Veinte», dos personalidades cuya
grandeza y cuyo significado no pueden ser menoscabados por una
relación sentimental en la que la única
grandeza fue la valentía de Hannah Arendt y sobre todo la fidelidad
de su afecto, que no logró borrar ni el tiempo ni los
espantosos lutos y delitos acaecidos en ese tiempo. Es sobre
Heidegger —por supuesto el más
grande de los dos, una figura central en la
historia de la civilización— sobre quien este avatar
arroja una luz ora torva ora mezquina, entrelazándose a su
compromiso con el nazismo.
Fue
Heidegger quien transformó esta relación en un episodio que va más
allá de la esfera afectiva privada y afecta a su
objetiva responsabilidad política y moral —y de la cultura que
representa— puesto que él mismo mezcló el nivel personal con el
público, instrumentalizando cínicamente, muchos años después, su
historia de amor con Hannah para
ocultar las huellas más sórdidas de su pasado nazi y promover su
rehabilitación o incluso su ensalzamiento como víctima más que
cómplice del Tercer Reich. La historia de la genial judía
alemana que se enamora del genial profesor y obtuso antisemita alemán
es, entre otras cosas, un símbolo incluso demasiado socorrido del
trágico encuentro de la cultura alemana con
la judeoalemana, que fue el alma de Alemania, antes de ser
asesinada.
El
comienzo del asunto no es demasiado original. Hannah se siente
fascinada por el filósofo y por la extraordinaria filosofía alemana
que éste encarna y que ha profundizado y vivido tal vez como ninguna
otra el giro epocal de la historia
contemporánea, la radical transformación del mundo, el exilio y la
búsqueda de la verdadera vida, de la autenticidad existencial.
Sin esta filosofía, lo mismo que sin la cultura judía y su
tragedia, no habrían nacido más tarde los grandes libros de Hannah
Arendt, desde el que versa sobre el totalitarismo al que trata la
banalidad del mal.
La
estudiante se enamora, con arrebato y plena disponibilidad, del
profesor, al cual le agrada pero no se enamora, ni siquiera cuando
vive una experiencia erótica que hace que se le tambaleen sus
metódicas costumbres —que él por lo demás protege
escrupulosamente, fijando la hora y el minuto de las citas y
prohibiéndole a la muchacha que le escriba. Ella
acepta todas las reglas y cautelas impuestas por el maestro, pero no
es una frágil Margarita seducida por Fausto, sino una persona libre
y decidida, que sabe lo que quiere.
Amar
significa amar al otro, respetarlo, querer su bien y querer, aun
cuando ello pueda ser doloroso, que sea él mismo. Hannah Arendt sabe
amar, no pretende nunca manipular a Heidegger e intenta
no darse cuenta de que él la manipula. Heidegger,
encantado de que lo gobierne férreamente Elfride, la inflexible y
eficiente mujer teutónica y nazi, conoce
solamente el amor a sí mismo; necesita ser el ídolo de
la joven y necesita de ella como de un «estimulante» —por citar
sus palabras— que le haga sentir la intensidad de la vida. Alterna
con ella ternuras, órdenes, melancolías, halagos, tomas de
distancia, sentimentalismo, algún que otro poemita
kitsch como sólo la cultura alemana, en sus peores
aspectos, que constituyen una involuntaria autoparodia, es capaz de
generar.
Esa
cultura es grande por su horizonte filosófico-poético-religioso,
que le permite descender al fondo de la vida y la historia, abrirse a
ese sentido de lo divino y del absoluto del que nace una
excelsa poesía, por ejemplo la ardiente lírica de Hölderlin.
Pero basta salirse un poco de ese absoluto, aunque sólo sea en una
cuestión de matiz, para caer en un pathos redundante y chabacano, en
el mal gusto del énfasis y de la unción pseudorreligiosa, que es a
la religión como lo falso a la verdad. De
esa cultura alemana ha nacido no sólo una extraordinaria
espiritualidad, sino también su caricatura, la pretensión
de una asiduidad con lo divino tan regular como la de quien toma
todos los días el té en su compañía, y la
pretensión también del monopolio de lo sagrado,
degradándolo al nivel de la pacotilla —incluso el pastor del Ser,
al que Heidegger aspiraba, puede descender a la categoría de su
administrador delegado, de la misma forma que la absorta interioridad
que resuena en los Lieder acaba
distorsionada en una retórica pseudolírica.
Kitch y pasión. Hannah Arendt y Martín Heidegger, por Claudio Magris, 28 de julio de 2015
HANNAH ARENDT: HEIDEGGER EL ZORRO (1953). ARENDT: ENSAYOS DE COMPRENSIÓN, Madrid: Caparrós Editores, 2005; pp. 435-436. Trad. Agustín Serrano de Haro. El texto hace referencia a un cuento de Kafka que según parece era del agrado de Heidegger.
Interpretación del relato por Maite Larrauri
Las voces de Hannah Arendt, Antonio Muñoz Molina [El País, 29 de abril de 2016]
Hannah Arendt y la búsqueda del arraigo, José Antonio Marina [ El Cultural, 12 de octubre de 2006]





