Lo
he contado más de una vez, y por ello pido disculpas. Hace tiempo,
un amigo mío muy comilón y que está al tanto de las vanguardias
gastronómicas, en una excursión a Guetaria, paró a comer en un
caserío en medio del campo.Al
encargar la comida, le explicaron que tenían tortillas y, ni corto
ni perezoso, pidió una tortilla de langostinos tigre. La paisana,
dueña del lugar y cocinera, le espetó: "Mire usted, aquí
podemos hacerle tortilla de jamón, de queso, de chorizo, de patata,
de espárragos, pero tortillas de tonterías,
no tenemos".Fernando Savater
Delibes
está firmemente convencido de que cada
novela requiere una técnica y un estilo. «No puede
narrarse de la misma manera -anotaba en Un año de mi vida-
el problema de un pueblo en la agonía (Las ratas), que el
problema de un hombre acosado por la estulticia1
y la mediocridad (Cinco horas con Mario)» (Un año
97). Fiel a estos principios teóricos, que en realidad no son sino
la expresión de su propia experiencia como novelista, Delibes ha
tratado en todo momento de adecuar técnica
y contenido2,
buscando siempre la adecuación a partir de este último elemento.
«Yo,
como siempre, he utilizado la técnica y la
fórmula que me parecían adecuadas para desarrollar el tema que me
pedía paso. En este caso se trata de una historia
totalmente inverosímil, de un experimento onírico, y procedí a
ajustar la forma al sueño. Buscar una
técnica nueva sin tema, en el vacío, me parece una candidez»
Las
más de veinte novelas escritas por Delibes constituyen todo un
repertorio de estructuras formales
diferentes. Junto a la narración tradicional, sea en
primera persona como ocurre en La sombra..., o en tercera
persona, encontramos dos monólogos continuados, tres historias en
forma de diario, un relato de factura onírica, una novela
enteramente dialogada y otra con estructura epistolar. El
punto de vista del personaje se impone de forma absoluta en las
novelas cuya estructura formal hace posible la desaparición total
del narrador. Ocurre esto en los Diarios de
Lorenzo -cazador, emigrante y jubilado- o en las Cartas de
amor..., obras en las que el lector entra en contacto directo
con un personaje que escribe en primera persona; ocurre en el
monólogo que Carmen Sotillo dirige a su marido muerto y o en larga
confesión que el pintor protagonista de Señora de rojo...
hace a la hija silenciosa, y ocurre también en Las guerras de
nuestros antepasados, concebida como un diálogo entre dos
personajes.
Claves para leer a Miguel Delibes, Amparo Medina-Bocos
Entrevista a Rafael Chirbes, por Julio José Ordovás, Revista Turia
Lo contraproducente, Javier Marías [La zona fantasma, 22 de junio de 2016]
El retrato del organista, Javier Marías [La zona fantasma, 29 de junio de 2016]
George
Orwell
quiso ser "un escritor político, dando el mismo peso a cada una
de estas dos palabras". El placer de causar placer, es decir, la
vocación de escribir, no anularía en él el interés político: la
defensa de la justicia y la libertad.
Pero aún menos se doblegaría a la manipulación política de la
escritura: "El
lenguaje político -y con variaciones esto es verdad en todos los
partidos políticos, de los conservadores a los anarquistas- está
diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el
asesinato parezca respetable, y para dar apariencia de solidez a lo
que es puro viento".
Luchar contra la tergiversación y la máscara es la primera tarea
del escritor político. Su credo empieza por el mandamiento que
prohíbe mentir, aún antes del que prohíbe matar.
Por
supuesto, la ficción no es una mentira -siempre que se presente sin
ambigüedades como tal- sino otra vía de aproximación a la verdad
amordazada: pero en cambio la oscuridad del estilo, apreciada por los
estetas y por las mentes confusas que elogian en cuanto no entienden,
ya es un comienzo de engaño. La
precisión y la inteligibilidad
tienen un componente técnico (que Orwell analiza en La
política y el lenguaje inglés)
pero sobre todo son
una decisión moral: "La gran enemiga del lenguaje claro es la
insinceridad". También
hace falta tener un ánimo poco sobrecogido, que no retroceda ante
los anatemas de los guardianes de la ortodoxia ni ante la
desaprobación hostil de los voceros de la heterodoxia: "Para
escribir en un lenguaje claro y vigoroso hay que pensar sin miedo, y
si se piensa sin miedo no se puede ser políticamente ortodoxo".
Por supuesto, eso lleva a enfrentarse tanto con los partidarios a
ultranza de lo establecido como con los ordenancistas de la
subversión. Desde el frustrado viaje a Siracusa de Platón, la
peor dolencia gremial de los intelectuales es no considerar poder
legítimo más que el que parece instaurar las ideas que ellos
comparten. Los demás son advenedizos o usurpadores. De aquí una
gran dificultad para hacer digerir la democracia a quienes debieran
argumentar en su defensa.
George
Orwell (como Chesterton, como cualquiera que no asume la mentalidad
reptiliana del "amigo-enemigo" en el plano social) aceptó
la paradoja y se autodenominó "anarquista conservador" o
si se prefiere la versión de Jean-Claude Michéa, "anarquista
tory".
Esto implica saber que "en
todas las sociedades, la gente común debe vivir en cierto grado
contra el orden existente".
Pero también que las personas normales no aspiran al Reino de los
Cielos ni a la perfección semejante a él sobre la tierra, sino a
mejorar su condición de forma gradual y eficiente.
Existe en la mayoría de las personas -y ésta es quizá la única
concesión de Orwell a la peligrosa tentación de la utopía- una
forma de common
decency,
una decencia común y corriente que consiste, según la glosa de
Bruce Begout, en la facultad instintiva de percibir el bien y el mal,
frente a cualquier forma de deducción trascendental a partir de un
principio. Es lo que hace que, más allá de izquierdas y derechas,
existan
buenas personas
en los dos campos o a caballo entre ambos. En cuanto prevalecen, el
mundo mejora... Por cierto, siguiendo esta vena de benevolencia
utopista, Orwell descubrió cuando estuvo en Cataluña durante la
Guerra Civil que los españoles tenemos una dosis de decencia innata,
tonificada por un anarquismo omnipresente, más alta de lo normal y
gracias a lo cual nos salvaremos de los peores males...
Es
bien sabido que Orwell combatió el
totalitarismo, tanto nazi como bolchevique, pero su compromiso
político no fue meramente negativo ni maximalista. Por
supuesto, apoyaba la democracia pese a sus imperfecciones y se
revolvía contra quienes decían que era "más o menos lo mismo"
o "igual de mala" que los regímenes totalitarios: según
él, una estupidez tan grande como decir que tener sólo media barra
de pan es lo mismo que no tener nada que comer. Consideraba que el
capitalismo liberal en la forma que él conoció era insostenible,
además de injusto, por lo que siempre apoyó el socialismo, cuyo
proyecto constituía a sus ojos la combinación de la justicia con la
libertad. Y ello pese a que quienes se autoproclaman
socialistas no sean siempre precisamente dechados de virtud política:
"Rechazar el socialismo porque muchos socialistas son
individualmente lamentables sería tan absurdo como negarse a viajar
en un tren cuando a uno le cae mal el revisor". Pensaba que la
mayoría de las escuelas privadas de Inglaterra merecían ser
suprimidas, porque sólo eran negocios rentables "gracias a la
extendida idea de que hay algo malo en ser
educados por la autoridad pública". Se oponía a los
nacionalismos en cuanto tienen de beligerante, disgregador
y ficticio (para cualquier extranjero, por ejemplo, un inglés es
indiscernible de un escocés... ¡y hasta de un irlandés!) y
defendía el patriotismo democrático, reclamando que se uniera de
nuevo a la inteligencia que hoy le volvía la espalda. Se
escandalizaba porque "Inglaterra fuese quizá el único gran
país cuyos intelectuales están avergonzados de su propia
nacionalidad". Algo le podríamos contar hoy de lo que ocurre en
otros lugares...
Orwell
eligió lo más difícil: no escribió para su clientela y contra los
adversarios, sino contra las certidumbres indebidas de su propia
clientela política. No tuvo complejos ante la
realidad, sino que aspiró a hacer más compleja nuestra
consideración de lo real. Es algo que la pereza maniquea nunca
perdona: siempre proclama que se siente "decepcionada" por
el maestro que prefiere moverse con la verdad en vez de permanecer
cómodamente repantingado en el calor de establo de las certidumbres
ortodoxas e inamovibles. Esa decepción proclamada por los rígidos
le parecía a Orwell indicación fiable de estar en el buen camino:
"En un escritor de hoy puede ser mala señal no estar bajo
sospecha por tendencias reaccionarias, así como hace veinte años
era mala señal no estar bajo sospecha por simpatías comunistas".
Esta toma de postura atrajo sobre él no sólo los malentendidos,
quizá inevitables, sino también la calumnia. Estalinistas de esos
que han olvidado que lo son le acusaron (a final de los años noventa
del pasado siglo) de haber facilitado una lista de intelectuales
comunistas a los servicios secretos ingleses. La realidad, nada
tenebrosa, es que a título privado ayudó a una amiga que trabajaba
en el Ministerio de Asuntos Exteriores buscando
intelectuales capaces de contrarrestar la propaganda comunista en la
guerra fría, señalándole a quienes por ser sectarios o
imbéciles le parecían inadecuados para la tarea. Los mismos que se
pasan la vida denunciando agentes al servicio de la CIA o fascistas
encubiertos no se lo perdonaron... ni se lo perdonan. Yo mismo tuve
que defenderle no hace muchos años de esa calumnia en las páginas
de este diario.
La
actividad literaria de Orwell fue muy variada: novelista, desde
luego, pero también perspicaz crítico literario, analista político
y social, así como cronista de la guerra civil española y de la
vida cotidiana de trabajadores y marginados en la Europa de la
primera mitad del siglo XX. Incluso puede considerársele sin
exageración pionero de lo que luego se llamó "nuevo
periodismo", con crónicas ensayísticas tan inolvidables como
Matar
a un elefante,
evocación de su estancia en la India. Sin embargo, al valorar la
actualidad de su obra, conviene no olvidar que estuvo muy apegada a
la circunstancia histórica que vivió. Sus dos relatos de ficción
más logrados, 1984
y Rebelión
en la granja,
se han convertido por mérito propio en mitos
perdurablemente sugestivos de las amenazas de esclavitud espiritual y
material que caracterizaron el lado siniestro de la pasada centuria.
Como otros mitos, se han salido de lo literario para llegar a ser
arquetipos que se acomodan a nuevas salsas políticas y más
recientes inquietudes. Pero lo cierto es que ya hemos rebasado en más
de un cuarto de siglo la fecha en la que Orwell situó su distópico
futuro. Y su estupendo ensayo El
león y el unicornio
revela desde la primera frase el momento en que fue concebido:
"Mientras escribo, seres humanos altamente civilizados vuelan
sobre mi cabeza, tratando de matarme". De modo que no se le
pueden pedir análisis sobre nuestros problemas actuales ni menos
soluciones pertinentes a ellos. Lo
que sigue vigente de Orwell es sobre todo su actitud de apego a la
verdad, conciencia de lo colectivo y carencia de pose estetizante. No
hay autor más alejado de la posmodernidad que él...
Frente
a quienes le han denostado, otros tratan de beatificarle, lo que sin
duda también habría rechazado. A propósito de Gandhi (a quien
admiraba y detestaba a partes iguales) escribió: "A todos los
santos deberíamos juzgarles culpables hasta que demuestren su
inocencia". Por su parte él tuvo la inocencia más limpia y
menos discutible, la del coraje. Aunque
conoció los horrores de la guerra nunca fue pacifista (el pacifismo
le parecía una curiosidad psicológica, no un movimiento
político) y hubiera preferido la muerte en combate a ese otro
destino sobrevalorado, la muerte llamada natural "que significa,
casi por definición, algo lento, nauseabundo y atroz". George
Orwell murió de tuberculosis en 1950, a los cuarenta y siete años.
Compromiso
con la verdad, Fernando Savater [El País, 20 de agosto de 2011]
En
Moulmein, en
la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas;
se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante
importante para que me ocurriera eso. Era
subcomisario de la policía de la ciudad
y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento
antieuropeo era
enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si
una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le
escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco
evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un
ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el
árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba
en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los
socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por
todas partes, los insultos que me proferían cuando estaba a
suficiente distancia, me alteraron los nervios. Los jóvenes monjes
budistas eran los
peores. En la ciudad los había a millares y ninguno parecía tener
más ocupación que apostarse en las esquinas y mofarse de los
europeos.
[Colonia
británica: En 1886 se anexionó definitivamente la Alta Birmania al
Imperio británico de la India, nombrándose un jefe comisario. Diez
años después el gobierno británico nombró para Birmania británica
un gobernador.
Durante
la Segunda Guerra Mundial Birmania fue ocupada por los japoneses,
pero fue retomada por el Reino Unido en 1945. En 1948, el Reino Unido
se vio obligado a conceder la independencia.
República
y estado socialista: En 1949 se produjo una sublevación comunista
dominada por el Gobierno de U Nu. Desde 1962 se impuso un régimen
militar encabezado por el general, Ne Win, que derrocó a U Nu. Tras
aprobarse una nueva Constitución, que definió al país como
república socialista en enero de 1974, dos meses después Ne Win fue
elegido presidente y reelecto en marzo de 1978.]
Todo
esto era desconcertante y molesto. Por aquel entonces yo
había decidido que el imperialismo era un mal
y que cuanto antes me deshiciera de mi trabajo y lo dejara, mejor. En
teoría — y en secreto, por supuesto — estaba totalmente a favor
de los birmanos y totalmente en contra de sus opresores, los
británicos. En
cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con mayor encono del
que tal vez logre expresar. En
una ocupación como ésa se presencia de cerca el trabajo sucio del
imperio. Los
desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de los
calabozos, los rostros grises y atemorizados de los convictos con
condenas más largas, las nalgas laceradas de los hombres que han
sido azotados con cañas de bambú; todo
eso me oprimía con un insoportable cargo de conciencia. Pero no
podía ver la dimensión real de las cosas.
Era joven, no tenía muchos estudios y me había visto obligado a
meditar mis problemas en el
absoluto silencio que le es impuesto a todo inglés en Oriente.
Ni siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, y menos aún
que es muchísimo mejor que los imperios más jóvenes que van a
sustituirlo. Todo cuanto sabía era que me encontraba atrapado
entre el odio al imperio al que servía y la rabia hacia las
bestiecillas malintencionadas que intentaban hacerme el trabajo
imposible. Una
parte de mí pensaba en el Raj británico como en una tiranía
inquebrantable, un yugo impuesto por los siglos de los siglos a la
voluntad de pueblos sometidos; otra parte de mí pensaba que la mayor
dicha imaginable sería hundir una bayoneta en las tripas de un monje
budista. Sentimientos
como éstos son los efectos normales del imperialismo;
que se lo pregunten si no a cualquier oficial angloindio, si se lo
puede pescar cuando no está de servicio.
Un
día sucedió algo que, de forma indirecta, resultó esclarecedor. En
sí fue un incidente minúsculo, pero me proporcionó una visión más
clara de la que había tenido hasta entonces de la
auténtica naturaleza del imperialismo, de los auténticos motivos
por los que actúan los gobiernos despóticos.
A primera hora de la mañana, el subinspector de una comisaría del
otro extremo de la ciudad me llamó por teléfono y me dijo que un
elefante estaba arrasando el bazar. ¿Sería tan amable de acudir y
hacer algo al respecto? No sabía qué podía hacer yo, pero quería
ver lo que ocurría, así que me monté en un poni y me puse en
marcha. Me llevé el rifle, un viejo Winchester del 44 demasiado
pequeño para matar un elefante, pero pensé que el ruido me sería
útil para asustarlo. Varios birmanos me detuvieron por el camino y
me contaron las andanzas del animal. Por supuesto, no
se trataba de un elefante salvaje, sino de uno domesticado con un
ataque de «furia».Lo
habían encadenado, como hacen siempre que un elefante domesticado va
a tener un ataque de «furia», pero la noche anterior había roto
las cadenas y se había escapado.
Su mahaut, la única
persona que sabía cómo tratarlo cuando estaba en aquel estado,
había salido en su busca, pero había errado el camino y se
encontraba a doce horas de viaje. Por la mañana, el elefante había
irrumpido de pronto en la ciudad. La población birmana no tenía
armas y se veía bastante indefensa ante el animal. Ya había
destrozado la choza de bambú de alguien; había matado una vaca,
asaltado varios puestos de fruta y devorado la mercancía; también
se había encontrado con el furgón municipal de la basura y, nada
más bajar el conductor de un salto y poner pies en polvorosa, había
volcado el vehículo y arremetido violentamente contra él.El
subinspector birmano y algunos agentes de policía indios me estaban
esperando en el
barrio en que había sido visto el elefante. Se trataba de un barrio
muy pobre, un laberinto de sórdidas chozas de bambú con tejados de
palma que se extendía sobre la escarpada ladera de una colina.
Recuerdo que era una mañana nublada, bochornosa, al principio de la
estación de las lluvias. Empezamos a interrogar a la gente acerca de
qué dirección había tomado el elefante y, como
de costumbre, no logramos obtener ninguna información concreta.Eso
es lo que ocurre en Oriente sin excepción; una historia siempre
parece estar clara a cierta distancia, pero, cuanto más te acercas
al lugar de los hechos, más confusa se vuelve.
Algunas personas decían que el elefante se había ido en una
dirección, otras afirmaban que había tomado una dirección
distinta, otras manifestaban no haber oído hablar siquiera de ningún
elefante. A punto estaba de creer que toda la historia no era más
que una sarta de mentiras cuando oímos unos gritos no muy lejos de
allí. Fue un berrido agudo y horrorizado de: «¡Fuera de ahí,
niño! ¡Fuera de ahí enseguida!», y una vieja con una vara en la
mano apareció de detrás de una choza, espantando con violencia a un
montón de niños desnudos. La seguían algunas mujeres más,
haciendo chascar la lengua y dando voces; era evidente que había
algo que los niños no deberían haber visto. Rodeé la choza y vi el
cadáver de un hombre que yacía extendido sobre el fango. Era un
indio, un culí drávida negro, medio desnudo; no podía llevar
muerto muchos minutos.
La gente decía que, de repente, al doblar la esquina de la choza, el
elefante se había abalanzado sobre él, lo había agarrado con la
trompa, le había puesto la pata sobre la espalda y lo había
enterrado en el suelo. Era la estación de las lluvias, el terreno
estaba blando y su cara había dibujado una zanja de dos palmos de
hondo y un par de metros de largo. Estaba boca abajo con los brazos
en cruz y la cabeza bruscamente torcida hacia un lado. Tenía el
rostro cubierto de fango, los ojos desorbitados, los dientes a la
vista y apretados en una mueca de insoportable tormento. (Por cierto,
que
nadie me diga jamás que los muertos tienen una expresión apacible.
La mayoría de cadáveres que he visto tienen un aspecto infernal.)
La fricción de la pata de la enorme bestia le había arrancado la
piel de la espalda con la misma pulcritud con que se desuella un
conejo. En cuanto vi al muerto mandé a un ordenanza a la casa
cercana de un amigo en
busca de un rifle para elefantes.
Ya había enviado
de vuelta el poni, porque no quería que enloqueciera de miedo
y me tirara al suelo si olía el animal. El ordenanza regresó al
cabo de unos minutos con un rifle y cinco cartuchos. Mientras tanto
habían llegado algunos birmanos y nos habían dicho que el elefante
se encontraba en los arrozales de más abajo, a sólo unos cientos de
metros. Al emprender la marcha, casi toda la población del barrio
salió de sus casas y me siguió en tropel. Habían visto el rifle y
exclamaban
emocionados que iba a matar el elefante. No habían mostrado mucho
interés en el animal cuando se limitaba a arrasar sus hogares,
pero era diferente ahora que lo iban a matar. Para ellos se trataba
de un
momento de diversión, igual que lo habría sido para un público
inglés. Además, querían la carne.
Aquello me hizo sentir un poco incómodo. No
tenía intención de matarlo
-tan sólo había ordenado que trajeran el rifle para defenderme en
caso de necesidad- y siempre
resulta enojoso que te siga una multitud. Me
dirigí colina abajo, con apariencia y sensación de idiota, el rifle
echado al hombro y un creciente ejército de personas empujándose
tras de mí. Una vez abajo, cuando las chozas quedaban atrás, había
un camino de grava y, más allá, una lodosa extensión de arrozales
de casi un kilómetro de ancho, aún sin arar, pero empapada por las
primeras lluvias y salpicada de malas hierbas. El elefante estaba a
unos ocho metros del camino, dándonos el flanco izquierdo. No le
hizo ningún caso a la multitud que se acercaba. Arrancaba manojos de
hierba, los golpeaba contra las rodillas para limpiarlos y luego se
los llevaba a la boca.
Me
había detenido en el camino. En
cuanto vi el elefante tuve la absoluta certeza de que no debía
matarlo. Matar un elefante útil para el trabajo es algo serio —es
comparable a destruir una máquina enorme y cara—
y claro está que no debe hacerse si hay forma de evitarlo. Además,
a aquella distancia, comiendo apaciblemente, el elefante no parecía
más peligroso que una vaca. Pensé entonces, y pienso ahora, que el
ataque de «furia» ya se le estaba pasando, en cuyo caso se
limitaría a vagar de forma inofensiva hasta que regresara el mahaut
y lo capturara. Es más, no tenía la menor intención de dispararle.
Decidí que lo observaría durante un rato para asegurarme de que no
volvía a enloquecer y luego me iría a casa.
Sin
embargo, en aquel momento miré alrededor, a la multitud que me había
seguido. Era un grupo numeroso, de al menos unas
dos mil personas, y crecía a cada minuto.
Bloqueaba un largo tramo del camino en ambas direcciones. Contemplé
ese mar de rostros amarillos sobre los ropajes chillones; semblantes
felices y exaltados por ese instante de diversión, convencidos de
que iba a matar el elefante. Me miraban como habrían mirado a un
prestidigitador a punto de realizar un truco. Yo
no les gustaba, pero con el rifle mágico entre las manos valía la
pena mirarme por un momento. Y de repente me di cuenta de que al
final tendría que matarlo.
La gente esperaba que lo hiciera y debía hacerlo; sentí
sus dos mil voluntades empujándome a actuar,
de modo irresistible. Y fue en ese instante, estando ahí con el
rifle en las manos, cuando comprendí
por primera vez la vacuidad, la futilidad del dominio del hombre
blanco en Oriente.
Ahí estaba yo, el hombre blanco con su rifle, ante la multitud
nativa desarmada, el
presunto
protagonista de la obra; pero, en realidad, no era más que una
absurda marioneta
manipulada por la voluntad de aquellos rostros amarillos que tenía
detrás. Entendí
en ese momento que, cuando el hombre blanco se vuelve un tirano, es
su propia libertad la que destruye. Se
convierte en una especie de monigote hueco y afectado, la figura
estereotipada de un sahib.
Porque es condición de su gobierno pasar la vida intentando
impresionar a los «nativos», y por eso en cualquier crisis debe
hacer lo que los «nativos» esperan de él. Se pone una máscara, y
su rostro acaba por adaptarse a ella. Tenía que matar el elefante.
Me había comprometido a hacerlo cuando mandé a buscar el rifle. Un
sahib debe actuar
como tal; debe parecer resuelto, saber lo que piensa y tomar
decisiones. Haber recorrido todo ese camino, rifle en mano, con dos
mil personas desfilando tras de mí, y alejarme luego sin más, sin
haber hecho nada... no, eso era imposible. La
multitud se reiría de mí. Y toda mi vida, la vida de todo hombre
blanco en Oriente, era una larga lucha para evitar que se rieran de
uno.
Sin
embargo, no quería matar el elefante. Lo contemplé mientras
golpeaba su manojo de hierba contra las rodillas, con ese aire de
abuela ensimismada que tienen los elefantes. Me
parecía que matarlo sería un asesinato.
A mi edad no tenía ningún reparo en matar animales, pero nunca
había disparado contra un elefante ni había tenido nunca ganas de
hacerlo. (No sé por qué siempre parece peor matar un animal
grande.) Además, había
que tener en cuenta a su dueño. Vivo, el elefante valía por lo
menos cien libras; muerto, sólo valdría lo que dieran por sus
colmillos, quizá cinco libras.
Pero debía actuar con rapidez. Me dirigí hacia unos birmanos que
parecían tener cierta experiencia y que ya estaban allí cuando
llegamos, y les pregunté cómo se había comportado el elefante.
Todos respondieron lo mismo: no te hacía ningún caso si lo dejabas
en paz, pero podía atacar si te acercabas demasiado.Tenía
perfectamente claro lo que debía hacer.
Debía acercarme, digamos, a unos veinticinco metros del elefante
para poner a prueba su comportamiento. Si atacaba, podía disparar;
si no me prestaba atención, resultaría seguro dejarlo tranquilo
hasta que regresara el mahaut.
Sin embargo, también sabía que no iba a hacer tal cosa. No era muy
bueno con el rifle y el suelo era un fango blando en el que te
hundías a cada paso. Si
el elefante atacaba y erraba el tiro, tendría más o menos las
mismas posibilidades que un sapo bajo una apisonadora. Pero ni
siquiera entonces pensaba especialmente en mi pellejo, sólo en los
atentos rostros amarillos que tenía detrás.
Y es que, en aquel momento, con la multitud observándome, no sentía
miedo de la forma habitual, como lo habría sentido de haberme
encontrado solo. Un
hombre blanco no debe asustarse en presencia de «nativos»;
y por eso, en general, no se asusta. Lo único que podía pensar era
que, si algo salía mal, aquellos dos mil birmanos me verían
perseguido, atrapado, pisoteado y convertido en un cadáver con una
mueca en la cara como aquel indio en lo alto de la colina. Y, si eso
llegaba a ocurrir, era
bastante probable que unos cuantos se rieran. No podía ser.
Sólo
quedaba una alternativa. Cargué los cartuchos en la recámara y me
eché al suelo en mitad del camino para apuntar mejor. La multitud se
quedó en silencio e innumerables gargantas exhalaron un suspiro
profundo, grave, emocionado, como el del público que ve por fin
alzarse el telón en el teatro. Después de todo, iban a tener su
instante de diversión. El rifle era un hermoso artefacto alemán con
mira de precisión. Por aquel entonces no
sabía que para matar un elefante hay que disparar trazando una línea
imaginaria de un oído a otro.
Por lo tanto, ya que el elefante se encontraba de lado, debí
haber apuntado directamente a un oído; en realidad, apunté varios
centímetros por delante,
pensando que el cerebro estaría algo avanzado.
Cuando
apreté el gatillo no oí la detonación ni sentí el culatazo —eso
nunca sucede si el disparo da en el blanco—, pero sí escuché el
infernal rugido de júbilo que se alzó de la multitud. En aquel
instante, en un lapso de tiempo demasiado breve, habría cabido
pensar, incluso para que la bala llegara a su destino, un cambio
misterioso y terrible le sobrevino al elefante. No
se movió ni cayó, pero se alteraron todas las líneas de su cuerpo.
De pronto pareció abatido, encogido, inmensamente viejo, como si el
horrible impacto de la bala lo hubiese paralizado
sin derribarlo. Al final, después de un rato que pareció larguísimo
—me atrevería a decir que pudieron haber sido cinco segundos— le
fallaron las rodillas y cayó con flaccidez. Babeaba. Una enorme
senilidad pareció apoderarse de él. Podría
haberse imaginado que tenía miles de años. Volví
a dispararle en el mismo lugar. Al segundo impacto no se desplomó
sino que se
puso en pie con desesperada lentitud y se mantuvo débilmente
erguido, con las
patas temblorosas y la cabeza gacha. Realicé un tercer disparo. Ése
fue el que acabó con él. Pudo verse cómo la agonía le sacudía
todo el cuerpo y le arrebataba las últimas fuerzas de las patas. Al
caer, no obstante, pareció por un momento que se levantaba, ya que
mientras las patas traseras se doblegaban bajo su peso, se irguió
igual que una gran roca al despeñarse, con la trompa apuntando hacia
el cielo como un árbol. Barritó,
por primera y única vez. Y entonces se vino abajo, con el vientre
hacia mí, y produjo un estrépito que pareció sacudir el suelo
incluso donde yo estaba tumbado.
Me
levanté. Los birmanos ya me habían rebasado y se apresuraban a
cruzar el lodazal. Era evidente que el
elefante no volvería a levantarse, pero no estaba muerto.
Respiraba de forma muy acompasada, con largos y sonoros jadeos, el
enorme bulto de su flanco subía y bajaba con dolor. Tenía la boca
muy abierta; alcancé a ver las profundas cavernas rosa pálido de la
garganta. Esperé durante largo tiempo a que muriera, pero su
respiración no se debilitaba. Por último descargué
los dos tiros que me quedaban en el lugar donde pensé que estaría
el corazón. La
sangre espesa manó como terciopelo rojo, pero siguió
sin morir. Ni
siquiera se estremeció cuando lo alcanzaron los disparos, su
torturada respiración continuó sin pausa. Se
estaba muriendo, muy despacio y con gran agonía,
pero en un mundo alejado de mí en el que ni siquiera una bala podía
hacerle ya daño. Sentí que debía poner fin a aquel espantoso
sonido. Era espantoso ver a la enorme bestia allí tumbada, incapaz
de moverse y, aun así, incapaz de morir, y no
lograr siquiera acabar con ella.
Mandé a buscar mi rifle pequeño y le descerrajé un tiro tras otro
en el corazón y por la garganta. No parecieron causar ningún
efecto. Los torturados jadeos continuaron con tanta regularidad como
el tictac de un reloj.
Al
final no
pude soportarlo por más tiempo y me marché.
Más tarde oí que había tardado media
hora en morir. Los
birmanos acarreaban dagas y cestos incluso antes de que me fuese, y
me contaron que por la tarde ya lo habían despojado de la carne casi
hasta los huesos. Después, cómo no, hubo interminables
conversaciones sobre la muerte del elefante. El
dueño estaba furioso, pero no era más que un indio y no pudo hacer
nada. Además,
según
la ley yo había hecho lo correcto,
ya que a un elefante loco hay que matarlo, como a un perro loco, si
su dueño no consigue dominarlo. Entre
los europeos hubo división de opiniones. Los mayores me dieron la
razón, los más jóvenes dijeron era una auténtica lástima
sacrificar un elefante por haber matado a un culí, porque un
elefante era más valioso que cualquiera de esos dichosos culís
coringhee.
Y después me alegré mucho de que el culí hubiese muerto; así la
ley me ponía de su lado
y me daba el pretexto suficiente para matar el elefante. A menudo me
pregunté si alguno de ellos se dio cuenta de que lo
había hecho sólo para evitar parecer un idiota.
Fue entonces cuando Víctor Erice (San Sebastián, 1940) recordó en voz
alta lo que para él fue el momento más extraordinario del filme y que no
está en sus imágenes. Describió la escena como si de un cuento se
tratara, mientras la sala se iba quedando cada vez más y más silenciosa.
Fue el encuentro real entre Ana Torrent y el actor que hacía de
Frankenstein. Era de noche, el bosque estaba ya iluminado por los
proyectores y las luces, "siempre las luces", lo habían transfigurado.
El actor estaba ya maquillado de Frankenstein. "Algo iba a pasar",
recordó Erice. "Cuando llegó la niña estábamos cenando. También
Frankenstein, que tomaba unos huevos fritos. De pronto, Ana reparó en el
monstruo, dio un salto y se refugió en los brazos del primero que
pilló, que era Teo Escamilla. Tuvo un ataque de pánico. Frankenstein no
hacía más que sonreír y la niña no paraba de llorar. Fue un momento
extraordinario. Pasados unos minutos, Ana y el monstruo empezaron a
hablar. Ella le hizo entonces la pregunta fundamental: ¿Porqué mataste a
la niña? Espero que la película en cierta forma respondiera a esta
cuestión", finalizó Erice.
Víctor Erice: "Lo mejor de El espíritu de la colmena no está en sus imágenes", Rocío García [El País, 23 de septiembre de 2003]
La psicología de las multitudes nos dice que las masas son muy influenciables, y describe el carácter absoluto de sus juicios, la rapidez de los contagios emocionales, el debilitamiento o la pérdida del espíritu crítico, la desaparición del sentido de la responsabilidad personal, la subestimación o la exageración de la fuerza del adversario, su aptitud para pasar repentinamente del horror al entusiasmo y de las aclamaciones a las amenazas de muerte.
Anatomía del miedo, José Antonio Marina
El amigo Montaigne, Fernando Savater [El País, 3 de septiembre de 2005]
A la búsqueda del yo: Montaigne y Azorín, por Montserrat Escartín Gual
Ínsula nº 743, Noviembre 2008 Montaigne en la trifulca, Mario Vargas Llosa [El País, 22 de mayo 2011] “Soy un relativista”, Vistazo, Guayaquil, 19 de febrero de 2004 José Saramago en sus palabras Otras citas de José Saramago
Sin
duda, el éxito y la permanente vigencia de
Montaigne a lo largo de los siglos tienen algo de
enigmático: no es un clásico como los demás, autor de un libro
venerado y por tanto intimidador cuyo renombre nadie pone en tela de
juicio pero que sólo los estudiosos siguen frecuentando. No,
Montaigne siempre ha gozado de la
complicidad entusiasta de muchísimos lectores que por lo
demás no muestran ninguna afición especial a los grandes monumentos
literarios: para ellos, Montaigne es algo familiar
y próximo, una voz reconocible entre todas tanto cuando
discute como cuando gasta bromas, en una palabra... un amigo. Por
otros autores sentimos respeto o admiración, por
Montaigne sentimos amistad. Quizá ningún otro escritor
se ha ganado tantos amigos desde que firmó su obra y no es detalle
menor que dos de los primeros se llamasen
Cervantes y Shakespeare.
Lo
que Montaigne ofrece al lector no es la solidez de una doctrina
acabada ni tampoco el ejemplo moralmente edificante de una conducta
digna de imitación, sino más bien compañía:
la cercanía inteligente de alguien que comparte con nosotros
perplejidades, descubrimientos y hasta caprichos. La
espontaneidad de su reflexión no proviene de sus lecturas clásicas,
sino de una curiosidad que peregrina incansable entre los temas que
le brinda la
cotidianidad: "Para
un buen aprendizaje todo lo que se presenta ante nuestros ojos puede
servir de libro y sobra como tal: la malicia de un paje, las
tonterías de un criado, un comentario en la mesa son otras tantas
asignaturas".
De tal modo que lo mejor de sus "ensayos" (entendido este
nombre en su día chocante en el sentido de "intentos" o
aun "experimentos" como hubiera querido fray Diego de
Cisneros) no se debe a la deliberación que traza el plan de trabajo
sino a la
divagación
afortunada que aparta de él: "No
me encuentro donde me busco; me encuentro mejor tropezándome
casualmente que buscando e inquiriendo con mi juicio".
El asunto que le sirve de punto de partida -y que determinará el
título, a menudo engañoso, de la disertación- es lo de menos:
cualquier puerta es buena para entrar en un jardín de senderos que
incesantemente se bifurcan y ninguno
de los cuales desemboca en la roca sólida de la certeza:
"El primer argumento que Fortuna me ofrezca, lo retomo: todos
me parecen igual de buenos. Nunca intento exponerlos enteros porque
no
alcanzo a ver el todo de nada: tampoco lo hacen los que prometen
hacérnoslo ver.
Entre las cien partes y las cien caras que tiene cada cosa sólo
escojo una: a veces, sólo para tocarla con un lametazo; otras, con
la yema de los dedos y puede que la pinche hasta el hueso. Le doy un
puntazo, no muy ancho, pero lo más profundo que pueda. Lo que más
me gusta es cogerla desde un punto de vista distinto (...) Sembrando
una palabra aquí, allí otra, muestras arrancadas a la pieza
original, apartadas sin intención ni promesa, no
me veo obligado a acertar, y tampoco a aferrarme a mi postura sin
tener ocasión de variarla cuando me apetezca:
puedo entregarme a la duda y la incertidumbre o a mi horma
preferida, es decir, la ignorancia". Y todo ello servido con un
estilo lo más parecido posible a la
charla de un grato compañero,
a veces sutil y otras directo hasta lo procaz: nada que ver con la
elocuencia de la arenga o el sermón: "El
habla que me gusta es un habla natural y sencilla,
tal sobre el papel como en los labios; un habla suculenta y
nerviosa, corta y apretada, no tan delicada y peinada como vehemente
y brusca".
Tal
es la voz de Montaigne, adictiva y amistosa. Como ocurre con otras
amistades, no siempre ni mucho menos compartimos sus puntos de vista
más personales: a veces nos irrita con sus arbitrariedades
o prejuicios, otras nos azora con la confidencia de
alguna debilidad. A ratos
olvidamos lo antigua que ya es su franqueza
moderna y de pronto un párrafo nos lo aleja varios
siglos... Pero si nunca cansa es porque "todo
lo hace con alegría", como él mismo dijo. ¿Qué
otro sería capaz de escribir un ensayo titulado "Que
filosofar es aprender a morir" para decirnos: "En
la virtud misma -digan lo que digan- la meta última de nuestro
empeño es el placer. A quienes tanto les disgusta, a mí,
¡sí me gusta golpearles el oído con esta palabra!"? ¿O
quién sino él denostaría a los que ofrecen la filosofía como
algo inaccesible y ceñudo para los niños, cuando "no hay nada
más alegre, más gallardo, más jovial, yo diría divertido y
juguetón"? Tómate una copa conmigo, Michel: de blanco o de
tinto (también sobre sus preferencias sucesivas en este terreno se
explaya en algún sitio).
Esta
voz inconfundible, insustituible, nos la ofrece con la mayor
galanura y propiedad Marie-José Lemarchand en su nueva traducción
de los "Ensayos". Una versión sumamente legible, que no
retrocede ante actualizaciones necesarias ("echar un polvo",
etcétera), competentemente anotada y presentada por Gredos en una
edición de muy grato manejo, porque no debe olvidarse que éste
es un libro para leer y releer. Apenas
me atrevería a hacer alguna objeción, desde mi profanidad
filológica: no me convence el cambio del título del admirable
ensayo "De
l'amitié"por
"De los afectos", diga lo que diga el sabio M. A. Screech,
porque es de la amistad y no sólo ni mucho menos en el sentido
griego de philia
de lo que en él habla el autor. Pero que tal minucia no empañe el
contento de releer este libro, porque "lo
más grande de este mundo es saber estar con uno mismo"
y para ello nada mejor que acompañarse del amigo Montaigne.
El
amigo Montaigne, Fernando Savater [El País, 3 de septiembre de
2005]
Tu
voz precisa y entonada de lectora, la que yo más he amado, es la
última que aún se resiste a abandonarte. Ninguna madre tiene
derecho a quejarse de que sus hijos nunca lean o lean a regañadientes
si ella no ha sido capaz de leerles de vez en cuando como tú me
leías a mí...incluso mucho después de que supiese ya leer
perfectamente, sólo por darme gusto. No hay cosa que más deteste
ahora que verme obligado a soportar una lectura de poemas o un
capítulo de novela balbuceado con narcisismo incompetente por su
autor o una conferencia leída (que frente a una espontáneamente
recitada es algo así como alimentarse con guisos enlatados en lugar
de tomar alimentos frescos): pero si tú aún pudieras leer para mí
cuentos de hadas o historias de animales que hablan, me acostaría a
escucharte como cuando tenía fiebre. Para siempre.
Mira
por dónde. Autobiografía razonada, Fernando Savater, 2003, p. 47
CARTA
A UNA MAESTRA
Permíteme,
querida amiga, que inicie este libro dirigiéndome a ti para
rendirte tributo de admiración y para encomendarte el destino de
estas páginas. Te llamo «amiga» y bien puedes ser desde luego
«amigo», pues a todos y cada uno de los maestros me refiero: pero
optar por el femenino en esta ocasión es algo más que hacer un
guiño a lo políticamente correcto. Primero, porque en este país
la enseñanza elemental suele estar mayoritariamente a cargo del
sexo femenino (al menos tal es mi impresión: humillo la cerviz si
las estadísticas me desmienten); segundo, por una razón íntima
que queda aclarada suficientemente con la dedicatoria de la obra (A
mi madre, mi primera maestra)
y
que quizá subyace, como ofrenda de amor, al propósito mismo de
escribirla.
En
lo tocante a la admiración, tampoco hay pretensión de halago
oportunista. Vaya por delante que tengo a maestras y maestros por el
gremio más necesario, más esforzado y generoso, más civilizador
de cuantos trabajamos para
cubrir las demandas de un Estado democrático.
Entre
los baremos básicos que pueden señalarse para
calibrar el desarrollo humanista de una sociedad, el primero es a mi
juicio el trato y la consideración que brinda a sus maestros
(el segundo puede ser su sistema penitenciario, que tanto tiene que
ver como reverso oscuro con el funcionamiento del anterior). En la
España del pasado reciente, por ejemplo, los
republicanos progresistas convirtieron a los maestros en
protagonistas de la regeneración social que intentaban llevar a
cabo, por lo que,consecuentemente, la represión franquista se cebó
especialmente con ellos, diezmándolos, para luego
imponer la aberrante mitología pseudoeducativa que ha reflejado con
tanta gracia Andrés Sopeña en su libro El florido pensil.
Actualmente
coexiste en este país —y creo que el fenómeno no es una
exclusiva hispánica— el hábito de
señalar la escuela como correctora necesaria de todos los vicios e
insuficiencias culturales con la condescendiente
minusvaloración del papel social de maestras y maestros. ¿Que se
habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia
de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.?
Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa —desde luego no
sin fundamento— en la escuela el campo de
batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya
dificilísimo erradicar.
Cualquiera
diría por lo tanto que los encargados de esa primera enseñanza de
tan radical importancia son los profesionales a cuya preparación se
dedica más celo institucional, los mejor remunerados y
aquellos que merecen la máxima audiencia en los medios de
comunicación. Como bien sabemos, no es así. La opinión popular
(paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de
que sin una buena escuela no puede haber más que una malísima
sociedad) da por supuesto que a maestro no se
dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente
inepta para realizar una carrera universitaria completa y cuya
posición socioeconómica ha de ser —¡así son las cosas, qué le
vamos a hacer!— necesariamente ínfima. Incluso existe en España
ese dicharacho aterrador de «pasar más hambre que un maestro de
escuela»... En los talking-shows televisivos o en las
tertulias radiofónicas rara vez se invita a un maestro:¡para qué,
pobrecillos! Y cuando se debaten presupuestos ministeriales, aunque
de vez en cuando se habla retóricamente de
dignificar el
magisterio (un poco con cierto tonillo entre paternal y
caritativo), las mayores inversiones se da por
hecho que deben ser para la enseñanza superior. Claro, la
enseñanza superior debe contar con más recursos que la
enseñanza... ¿inferior?
Todo
esto es un auténtico disparate. Quienes asumen que los maestros son
algo así como «fracasados» deberían concluir entonces que la
sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso. Porque
todos los
demás que intentamos formar a los ciudadanos e ilustrarlos, cuantos
apelamos al desarrollo de la investigación científica, la creación
artística o el debate racional de las cuestiones públicas
dependemos necesariamente del trabajo previo de los maestros.
¿Qué somos los catedráticos de universidad, los periodistas, los
artistas y escritores, incluso los políticos conscientes, más que
maestros de segunda que nada o muy poco podemos si no han
realizado bien su tarea los primeros maestros, que deben prepararnos
la clientela? Y
ante todo tienen que prepararlos para que disfruten de la conquista
cultural por excelencia, el sistema mismo de convivencia
democrática, que debe ser algo más que un conjunto de estrategias
electorales...
En
el campo educativo —ésta es una de las convicciones que sustentan
este libro—poco se habrá avanzado mientras
la enseñanza básica no sea prioritaria
en
inversión de recursos, en atención institucional y
también como centro del interés público. Hay que evitar el actual
círculo vicioso, que lleva de la baja valoración de la tarea de
los maestros a su ascética remuneración, de ésta a su escaso
prestigio social y por tanto a que los docentes más capacitados
huyan a niveles de enseñanza superior, lo que refuerza los
prejuicios que desvalorizan el magisterio, etc. Es
un tema demasiado serio para que lo abandonemos exclusivamente en
manos de los políticos, que no se ocuparán de él si no
lo suponen de interés urgente para su provecho electoral: también
aquí la sociedad civil debe reclamar la iniciativa y convertir la
escuela en «tema de moda» cuando llegue la hora de pergeñar
programas colectivos de futuro. Es preciso convencer a los políticos
de que sin una buena oferta escolar nunca lograrán el apoyo de los
votantes. En caso contrario, nadie podrá quejarse y no queda más
que resignarse a lo peor o despotricar en el vacío.
Por
supuesto, también podemos confiar en que
las individualidades bien dotadas se las arreglarán para superar
sus deficiencias educativas, como siempre ha ocurrido.
Está muy extendido cierto fatalismo que asume como un mal necesario
que la enseñanza escolar —salvo en sus aspectos más servilmente
instrumentales— fracasa siempre. En tal naufragio
generalizado, cada cual sale a flote como puede. Un político amigo
mío al que confié mi obsesión por la importancia de la formación
en los primeros años se mostró escéptico: «a ti de pequeño te
dieron una educación religiosa y ahora ya ves:ateo perdido; no creo
que las intenciones de los educadores cuenten finalmente mucho y
hasta pueden resultar contraproducentes». Este
pesimismo educativo (complementado por la fe optimista en que
quienes lo merezcan se salvarán de un modo u otro) trae en su apoyo
aliados de lujo: ¿no fue el propio Freud quien aseguró
en cierta ocasión que hay tres tareas imposibles: educar, gobernar
y psicoanalizar? Sin embargo esta convicción no impidió a Freud
preferir el imposible gobierno inglés al de la Alemania nazi ni le
hizo renunciar a su tarea como psicoanalista e instructor de
psicoanalistas. Al
igual que todo empeño humano —y la educación es sin duda el más
humano
y
humanizador de todos, según luego veremos—, la tarea de educar
tiene obvios límites y nunca cumple sino parte de sus mejores —¡o
peores!— propósitos. Pero no creo que ello la
convierta en una rutina superflua ni haga irrelevante su orientación
ni el debate sobre los mejores métodos con que llevarla a cabo. Sin
duda el esfuerzo por educar a nuestros hijos mejor de lo que
nosotros fuimos educados encierra un punto paradójico, pues da por
supuesto que nosotros —los deficientemente educados— seremos
capaces de educar bien. Si el condicionamiento
educativo es tan importante, nosotros los maleducados (por ejemplo
los que crecimos y estudiamos las primeras letras bajo una
dictadura) estamos ya condenados de por vida a perpetuar las
tergiversaciones en las que nos hemos formado; y si hemos
logrado escapar al destino ideológico que nuestros maestros
pretendieron imponernos, ello puede indicar que después de todo la
educación no es asunto tan importante como suelen suponer los
conductistas pedagógicos.
Katharine
Tait, en su delicioso libro My Father Bertrand Russell,
señala que su ilustre progenitor estaba paradójicamente convencido
por igual de la importancia de una buena educación para sus hijos y
de que él personalmente no había sido irrevocablemente sellado por
el rígido puritanismo de su formación infantil: «Puede que él
pudiera pensar que el adecuado condicionamiento de los niños
produciría el tipo de personas debido, pero ciertamente no se
consideraba a sí mismo como el inevitable resultado de su propio
condicionamiento.» Pues bien, creo necesario asumir resignadamente
esta eventual contradicción para seguir adelante con este libro. En
cualquier educación, por mala que sea, hay
los suficientes aspectos positivos como para despertar en quien la
ha recibido el deseo de hacerlo mejor con aquellos de los que luego
será responsable. La educación no es una fatalidad
irreversible y cualquiera puede reponerse de lo malo que había en
la suya, pero ello no implica que se vuelva indiferente ante la de
sus hijos, sino más bien todo lo contrario. Quizá
de una buena educación no siempre deriven buenos resultados,
lo mismo que un amor correspondido no siempre implica una vida
feliz: pero nadie me convencerá de que por tanto la una y el otro
no son preferibles a la doma oscurantista
o a la frustración del cariño...
Es
cierto, sin embargo, que la educación parece haber estado
perpetuamente en crisis en nuestro siglo, al menos si hemos de hacer
caso a las insistentes voces de alarma que desde hace mucho nos
previenen al respecto. Cuando ahora confiese, amiga mía, que este
libro responde a mi preocupación por la crisis actual de la
educación es probable que muchos se encojan de hombros: ese triste
cuento ya lo hemos oído tantas veces... Aun así, creo que es
posible señalar peculiaridades inquietantes en el estadio crítico
que hoy atravesamos. Por decirlo con palabras de Juan Carlos
Tedesco, cuyo libro El nuevo pacto educativo ha sido una de
mis mejores ayudas a lo largo de estas páginas, la crisis de la
educación ya no es lo que era: «No
proviene de la deficiente forma en que la educación cumple con los
objetivos sociales que tiene asignados, sino que, más grave aún,
no sabemos qué finalidades debe cumplir y hacia dónde
efectivamente orientar sus acciones.» En efecto, el
problema educativo ya no puede reducirse sencillamente al fracaso de
un puñado de alumnos, por numeroso que sea, ni tampoco a que la
escuela no cumpla como es debido las nítidas misiones que la
comunidad le encomienda, sino que adopta un perfil previo y más
ominoso: el desdibujamiento o la contradicción de esas mismas
demandas.
¿Debe
la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o
formar hombres completos? ¿Ha
de potenciar la autonomía de cada
individuo, a menudo crítica y disidente, o la cohesión
social? ¿Debe desarrollar la originalidad
innovadora o mantener la identidad tradicional del grupo?
¿Atenderá a la eficacia práctica o apostará por el riesgo
creador? ¿Reproducirá el orden existente o instruirá a los
rebeldes que pueden derrocarlo? ¿Mantendrá una escrupulosa
neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas,
sexuales y otras diferentes formas de vida (drogas, televisión,
polimorfismo estético...) o se decantará por razonar
lo preferible y proponer modelos de excelencia? ¿Pueden
simultanearse todos estos objetivos o algunos de ellos resultan
incompatibles? En este último caso, ¿cómo y quién debe decidir
por cuáles optar? Y otras preguntas se abren, por debajo incluso de
las anteriores hasta socavar sus cimientos: ¿hay obligación de
educar a todo el mundo de igual modo o debe haber diferentes tipos
de educación, según la clientela a la que se dirijan?, ¿es la
obligación de educar un asunto público o más bien
cuestión privada de cada cual?, ¿acaso existe obligación o tan
siquiera posibilidad de educar a cualquiera, lo cual presupone que
la capacidad de aprender es universal? Pero vamos a ver: ¿por qué
ha de ser obligatorio educar? Etc., etc.
Cuando
el número de preguntas y su radicalidad arrollan patentemente la
fragilidad recelosa de las respuestas disponibles, quizá sea hora
de acudir a la filosofía. No tanto por afán dogmático de poner
pronto remedio al desconcierto sino para utilizar éste a favor
del pensamiento: hacernos
intelectualmente dignos de nuestras perplejidades es la única vía
para empezar a superarlas. Pero es que además el proyecto mismo de
la filosofía no puede desligarse de la cuestión pedagógica.
De vez en cuando, mis respetados maestros y colegas vuelven a
plantearse la cuestión de cuál sea el gran tema de la filosofía
actual: confieso que sus respuestas me dejan siempre notablemente
insatisfecho. Que si el retorno de la religión, que si la crisis de
los valores, que si los peligros de la técnica, que si el
enfrentamiento entre individualismo y comunitarismo...cuestiones
todas ellas muy adecuadas para ejercer el talento o para disimular
altisonantemente la carencia de él. Sin embargo el tema
de la educación, que engloba todos los anteriores y muchos otros
(obligando además a que aterricen
en
el quehacer social), casi nunca lo oigo mencionar como asunto
principal.Por
lo visto es algo demasiado sectorial, demasiado especializado,
demasiado funcional y modesto para suscitar la atención prioritaria
de los grandes especuladores de hoy... aunque no lo fuese para
muchos tampoco malos de los de ayer, como Montaigne,
Locke, Rousseau, Kant o Bertrand Russell. Incluso hubo uno, John
Dewey, que llegó a definir la filosofía como «teoría
general de la educación», incurriendo quizá en una exageración
pero no en un absurdo. En cualquier caso, mi opinión está más
cerca de esa hipérbole que de otras declamaciones aparentemente
sublimes que convierten a los filósofos en sacristanes o en
auxiliares de laboratorio [...]
Dos
últimas observaciones, la primera sobre el talante con que está
concebido este libro y la segunda sobre su título. El talante o
tono del libro, para empezar: supongo que será tachado,
probablemente con cierto implícito reproche, de optimista.
Respecto a casi todos mis libros se dice lo mismo, de modo que
no imaginaré que éste —¡precisamente éste!— vaya a
constituir una excepción. En un capítulo de otra obra mía (Ética
como amor propio) he explicado la
actitud de pesimismo ilustrado que considero más cuerda
y a la que los despistados suelen llamar «optimismo». Pero bueno,
qué más da. En efecto, no soy amigo de convertir la reflexión en
lamento. Mi
actitud, nada original desde los estoicos, es contraria a la queja:
si lo que nos ofende o preocupa es remediable debemos poner manos a
la obra y si no lo es resulta ocioso deplorarlo, porque este mundo
carece de libro de reclamaciones. Por otra parte, estoy convencido
de que tanto en nuestra época como en cualquier otra sobran
argumentos para considerarnos igualmente lejos del paraíso e
igualmente cerca del infierno. Ya sé que es
intelectualmente prestigioso denunciar la presencia siempre
abrumadora de los males de este mundo pero yo prefiero elucidar los
bienes difíciles como si pronto fueran a ser menos
escasos: es una forma de empezar a merecerlos y quizá a
conseguirlos...
En
el caso de un libro sobre la tarea de educar, empero, el optimismo
me parece de rigor: es decir, creo que es la única actitud
rigurosa. Veamos: tú misma, amiga maestra, y yo que también soy
profesor y cualquier otro docente podemos ser ideológica o
metafísicamente profundamente pesimistas. Podemos estar convencidos
de la omnipotente maldad o de la triste estupidez del sistema, de la
diabólica microfísica del poder, de la esterilidad a medio o largo
plazo de todo esfuerzo humano y de que «nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar, que es el morir». En fin: lo que sea,
siempre que sea descorazonador. Como individuos y como ciudadanos
tenemos perfecto derecho a verlo todo del color característico de
la mayor parte de las hormigas y de gran número de teléfonos
antiguos, es decir, muy negro. Pero en cuanto educadores no nos
queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la
enseñanza presupone el optimismo tal como la natación
exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse,
debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el
optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué
consiste la educación. Porque educar
es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de
aprender y en el deseo de saber que la anima, en que
hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias,hechos...) que
pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los
hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento.
De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en
privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste
la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero
pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo
es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los
pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros.
Y
aquí está la explicación también del título de mi libro.
Hablaré del valor de educar en el doble sentido de la palabra
«valor»: quiero decir que la
educación es valiosa y válida, pero también que es
un acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana.
Cobardes o recelosos, abstenerse. Lo malo es que todos tenemos
miedos y recelos, sentimos desánimo e impotencia y por eso la
profesión de maestro —en el más amplio sentido del noble
término, en el más humilde también— es la tarea más sujeta a
quiebras psicológicas, a depresiones, a desalentada fatiga
acompañada por la sensación de sufrir abandono en una sociedad
exigente pero desorientada. De ahí nuevamente mi admiración por
vosotras y vosotros, amiga mía. Y mi preocupación por lo que os
—nos— debilita y desconcierta. Las páginas que siguen no
pretenden más que acompañar a quienes se lanzan valientemente a
este mar perplejo de la enseñanza y también suscitar en el resto
de la ciudadanía el necesario debate que a todos pueda ayudarnos.
El
valor de educar, Fernando Savater
En
el mundo del interiorismo no hay nada que se le parezca a la cocina
de una abuela. La cocina de una abuela esconde tesoros que darían
para una tesis sociológica. Los hijos le regalan a la abuela
cafeteras eléctricas, cubos de basura con apartado de reciclaje o
una Thermomix, pero la abuela se resiste a tirar lo viejo. En cuanto
los hijos salen por la puerta, ella le pone un pañito de ganchillo a
los nuevos aparatos para que no cojan polvo y vuelve a usar los
viejos. La abuela recicla en el sentido
literal de la palabra. No tira nada. Las bolsas del
supermercado hacen las veces de bolsas de basura. Los botes de
cristal se usan para meter conservas. La abuela está feliz porque ha
descubierto que cuando se le acaba el litro de leche corta el cartón
de tetrabrik por el centro y en una mitad mete la ración de comida
que le ha sobrado y la otra mitad hace efectos de tapadera. Ya no
tiene ni que manchar los tupperware. La cocina de una abuela parece
un bazar. Hay cables que recorren el espacio de un lado a otro porque
la instalación eléctrica es vieja. En una repisa, se amontonan
todas las sorpresas de roscón que han ido apareciendo desde que
nacieron sus nietos; parejitas de novios que
adornaron tartas nupciales; palilleros de barro de algún
restaurante o esos pollos de cerámica que se regalan en los
bautizos. A los botes nuevos de cristal que le regaló su hija hay
que sumarles los antiguos de latón del Cola Cao. De unas perchitas
diminutas de la pared cuelgan: la bolsa del
pan; una bolsa de plástico del Mercadona en donde guarda pan duro
para rallar; el dispositivo que la comunica en el caso de
que sienta un desvanecimiento con el servicio de urgencias de
"mayores"; el móvil; unos paños
de cocina que sólo son de adorno y dos calendarios, el de 2011 y el
de 2002, que no tiró en su día y hasta hoy. En un rincón
que quedaba libre su hijo le colocó una televisión que les sobraba
cuando ellos pusieron la extraplana. La tele tiene tanto fondo y se
la han colgado tan arriba que parece la tele de un bar. La abuela se
coloca enfrente de la pantalla a la hora de la cena y cuando acaba
siente un agudo pinchazo en las cervicales. Para
el día, prefiere la radio, está mal sintonizada y tiene un
esparadrapo sujetando la tapa de las pilas, pero y qué, la puede
llevar de un cuarto a otro. Cuando vienen sus hijos tratan
de tirarle cosas que según ellos están inservibles. La cafeterilla
con el asa rota, por ejemplo. Pero por qué tirarla, se pregunta, si
ella se las apaña para agarrarla con un trapo sin quemarse. Cuando
vienen sus nietos le trastean por todas partes. Les gusta rastrear su
niñez que aún anda entre los cajones, porque ella no ha tirado
nada, ni una foto de comunión, ni un trabajo manual del colegio, ni
un muñeco de Bola de Dragón.
Antropología pura. En uno de esos cajones de cocina está
el cambio social de España de los últimos treinta años. ¿Dónde
están los periodistas, los poetas, los novelistas que no andan
hurgando en los cajones? Sus nietos revuelven y se van otra vez. Y
ella se queda, melancólica y aliviada a la vez. Pienso
que quien no se haya sentado a hablar alguna vez en una de estas
cocinas no está capacitado para conocer la esencia del país.Pero de qué país. ¿De España, de
cualquier rincón en el mediterráneo?Eso
hubiera pensado de no haber visto Poetry,
la película del coreano Lee
Chan-dong. La abuela de esta
película quiere aprender a escribir poesía y asiste a las clases de
un centro cultural de su barrio. El barrio es como cualquier barrio
periférico de una ciudad de provincias española. La abuela como
cualquiera de las nuestras. Una de esas abuelas que trata de
recuperar el tiempo perdido, que muy a su pesar se enfrenta con un
nieto adolescente difícil e ingobernable, que ha de hacer frente a
un alzhéimer que comienza a desdibujarle el rastro de las palabras
que definen el mundo. Ella no sabe dónde está la poesía. No
sabe que la poesía de su vida, más que en las hojas del árbol o en
la brisa, está en esa cocina, tan poderosamente suya y tan nuestra
también, porque es conmovedor cómo podría ser la cocina que acabo
de describir, la de cualquier anciana española que
prepara la comida a su nieto, guarda objetos inservibles y trata de
mantener una existencia pulcra y digna. Hacía tiempo que no veía
una película que me conmoviera así. Las ciudades occidentales se
nos han ido llenando en los últimos años de restaurantes exóticos
y hemos pensado, ilusos, que a través de ellos conocíamos China,
Corea, Vietnam o esos países árabes que ahora nos muestran anhelos
tan similares a los nuestros. Tras el velo de la multiculturalidad,
tras el colorido de la diferencia, creíamos vislumbrar algo de un
mundo ajeno. Y todo era mucho más simple. La cocina de la abuela que
interpreta la actriz Yoon
Jeong-Hee se parece a la cocina de una de nuestras
abuelas: el mismo amontonamiento y el mismo primor en unos escasos
metros cuadrados; el mismo sentirse
sobrepasada por la educación de un nieto; el mismo deseo de
recuperar lo que la vida le ha escatimado. De pronto,
gracias a la puerta que abre el cine a una historia particular todo
se nos vuelve cercano. Claro que hay cineastas o
escritores en España que jamás se sentarían en una cocina como
esa. Y se les nota.
Cosas
de abuelas, Elvira Lindo [El País, 27 de febrero de 2011]
A
la niña que sonríe a la cámara le quedan pocos meses para dejar de
serlo. Conozco su futuro de tal forma que me acongoja no poder evitar
lo que se le vendrá encima. Sonríe al fotógrafo profesional que ha
ido a casa para sacar unas fotos de familia a las que añadirá en un
montaje precario la imagen yeyé de la Virgen María, San José y el
Niño para felicitar las Pascuas. Es el
primer año que no van a ir al pueblo por Navidad, pero
los padres quieren estar presentes encima de los televisores de las
casas de los tíos. A la niña le hubiera gustado ir como todos los
años a vivir la Nochebuena y la Nochevieja al calor del horno de su
tío panadero. La niña, expansiva, gregaria, encuentra su hábitat
natural rodeada de cincuenta personas entre tíos y primos, en esas
veladas en las que los niños cantan hasta quedar roncos, corren de
madrugada por las calles heladoras del pueblo y se acurrucan bajo
siete mantas susurrando al oído de los primos un último secreto
antes de ser derrotados por el sueño. La
niña aún no entiende enteramente la nostalgia con la que su madre
vive el estar lejos de los suyos, pero a veces se siente contagiada
por el mal de la melancolía inexplicable. La melancolía
es una sombra aún débil en su carácter. La niña es de sonrisa
fácil. La sonrisa le sube el rostro alargado hacia arriba y sólo
los ojos permanecen tozudamente inclinados hacia abajo, como
anunciando la doble naturaleza de un temperamento inestable. La niña
tiene una serie de recuerdos difusos sobre su pequeño pasado. Se
mezclan los paisajes de los lugares en los que ha vivido y la
conformidad ante la idea de que la vida es un llegar para irse y que
uno debe adaptarse pronto y sin protestar a nuevas casas y nuevos
acentos. La niña tiene ahora un acento mallorquín, lo ha adquirido
en pocos meses y ahora no podría imaginar una vida fuera de la isla.
Parece que siempre ha bajado, como ahora baja, al colmado del señor
Jaume para que le prepare todas las tardes un bocadillo de sobrasada
y aceitunas. A su mejor amiga de la calle le
falta un brazo y lleva uno que parece el de la Virgen María.
A veces juegan al corro y la niña entiende que por fidelidad habrá
de tomar la mano de estatua de su amiga. El alma de la niña se agita
en esos momentos con miedo y compasión. Como si fuera un regalo, la
amiga le enseña el muñón y la niña lo toca. Toca el fruncido de
muñeca de tela que forma la piel al final del hombro. La niña
soñará durante muchas noches que los brazos se le caen al suelo
como cae la fruta madura del árbol. Ésta
es sin duda la tragedia más palpable que ha vivido la niña.
Esto, la melancolía de su madre y una cierta ansiedad que le lleva a
tener algunas manías, como rascar las paredes, guiñar los ojos o
arrancarse la vacuna del cólera hasta provocar una infección que ha
traído al practicante a casa. Manías que van y vuelven, que
torturan y avergüenzan. Manías que se agudizan cada vez que su
madre pronuncia la palabra manía.
Un
día, la debilidad emocional de su madre
toma un nombre concreto: corazón. El corazón no late a
su debido ritmo y eso es lo que provoca en la madre llantos sin
motivo. Ese órgano misterioso que está detrás del pecho izquierdo
sobre el que la niña, aun siendo ya grande para estar en brazos, se
queda dormida muchas noches, provocando la burla de sus hermanos
mayores. Es el corazón el culpable de que la madre tenga que irse a
un médico de la Península. La madre nunca se ha marchado de casa,
así que la niña vive de pronto una
orfandad anticipada, un ensayo. Apenas habla con la madre
por teléfono porque está muy débil y se emociona, dice la tía.
Ya habrá tiempo. El tiempo pasa, pasa como un galgo y se lleva dos
meses por delante hasta que el padre anuncia que ha llegado el
momento de ir a verla a Madrid.
Es
una tarde larga del comienzo de la primavera. El piso es nuevo,
iluminado ahora por la última luz de la tarde, apenas amueblado y
lleno de gente. Son esos mismos tíos y primos que beben y cantan en
el horno por Navidad. Pero ahora hablan bajo, como se habla en los
velatorios o en misa. Están por todas partes. En la cocina las
mujeres andan preparando la cena, en el salón los hombres fuman, en
el pasillo unos van y vienen. La niña
presiente el final de una vida, la suya como niña.
Quisiera no entrar en el cuarto, preferiría esperar a su madre en
la isla, que su vuelta no estuviera sometida a la emoción del
regreso, verla sin más, acodada en la ventana, vigilando su vuelta
del colegio. La niña se resiste a entrar pero la mano firme del
padre la sitúa delante de la cama. La
mujer que la niña ve allí no es la madre.
La
madre era una mujer alta, con el pecho generoso y elevado de las
madres, ese pecho para hundir el desconsuelo cuando te han pegado,
el pecho contra el que estamparse para sofocar la rabia. La madre
llevaba peinados cardados, tenía el pelo castaño y los ojos vivos
y pequeños, la sonrisa redonda, de dientes grandes y muy blancos.
La madre tenía una voz dulce, susurrante y entonada con la que
cantaba boleros en la cocina. No, no es
ella. La mujer que yace en la cama tiene el color de los
aparecidos, la piel amarilla. La mano amarilla que se alza
temblorosa con la intención de tocarle la cara a la niña. La niña
debería darle a la mujer extraña el consuelo de un abrazo tanto
tiempo esperado. Eso debería haber hecho, pero se queda a los pies
de la cama, incapaz de no sentir un rencor infundado.
Una
de las tías pierde la paciencia. Besa a tu madre, dice. La cabeza
de la niña acerca reticente su cabeza a la cabeza de pelo blanco de
la mujer que más que hablar solloza. "Hija mía, hija mía".
La niña apoya una mano sobre su cuerpo y toca algo duro y picudo.
Le cuesta advertir que aquello es la cadera. La cadera que ella
conocía, la cadera carnal y redonda ya no existe. Los
hermanos también están allí, de pie, parados ante la imagen de la
desconocida. Una de las tías, con esa disposición que podría
parecer frialdad a quien no supiera que el amor se manifiesta
también amortajando parientes y limpiando moribundos,
baja la sábana y abre el camisón de aquella anciana de cuarenta
y dos años que lejanamente recuerda a la madre. Miradla,
pobrecica, mirad lo que ha tenido que pasar. Una cicatriz
gorda y roja recorre de arriba abajo el pecho agitado de la mujer,
un ciempiés con mil patas negras a los lados que se ondula o se
encoge de pronto, según la enferma, con un hilo de voz, pronuncia
los nombres de sus cuatro hijos y los mira con ojos espantados desde
un mundo que no es el de los vivos. Ahora
tenéis que cuidarla, dice alguien. La niña, al oírlo, alberga los
dos sentimientos que ya no habrán de abandonarla nunca, el de la
responsabilidad y el de la amenaza. La responsabilidad es
una presión en el pecho, la amenaza de la muerte el apretón de una
garra en la nuca.
La
noche entra en el cuarto. Nadie da la luz. Los adultos entran a
despedirse, acarician la frente a la enferma, murmuran algún último
consejo. Las hermanas se quedan sentadas en la otra cama, en
silencio, sabiendo que la madre desea tenerlas cerca. Se
acuestan y la hermana mayor abraza a la niña, que trata inútilmente
de reprimir el llanto. No llores, no llores. La mujer respira y
solloza, dice cosas que ellas no pueden entender. Cuando
el cansancio va ganando a la pena y la habitación queda en
silencio, un pequeño ruido va tomando forma. Es rítmico como el
tictac de un reloj pero de una naturaleza distinta. Cambia su
velocidad a cada momento, como si respondiera a un compás
caprichoso. La niña se levanta y, tal y como ha visto hacer tantas
veces esa tarde, moja el pico del pañuelo en el vaso de agua y se
lo pasa a la mujer por los labios. Gracias, hija mía. La voz en la
oscuridad es deliciosamente familiar, como si el hecho de no ver la
cara amarilla de pómulos hundidos ayudara a devolver la presencia
del ser querido. Es el corazón, dice la madre, lo que suena es mi
corazón, no te asustes. Lo dice como si ella misma tuviera que
habituarse a ese sonido que parece estar certificando a cada
instante su precaria presencia en el mundo, sus días de más que
son una resta del futuro que no va a tener. Tengo mucho calor, dice.
La hermana se levanta para retirarle la colcha y las dos, la niña y
la hermana adolescente, se quedan de pie, mirándola sin verla,
escuchando el corazón, dispuestas desde entonces a hacer lo posible
por mantener ese latido en el mundo. La niña, igual que acepta el
desafío de una nueva ciudad o un nuevo acento, acepta
que sus días de infancia están contados, y de la manera
voluntariosa y poco argumentada con que los niños sensibles se
hacen grandes propósitos, pasa el dedo índice por la cabeza del
enorme ciempiés que duerme sobre el cuello de la anciana, que al
tacto de la caricia vuelve a convertirse en su madre.
Corazón
abierto, Elvira Lindo [El País, 30 de agosto de 2006]
Maravilloso.
No se puede describir con mayor maestría situación y sentimientos. Este artículo tiene una fuerza
arrolladora y una profunda intensidad emocional. Ya no entro en cómo
está escrito. Me he sentido en su piel e intentaré explicar la
razón. Antonia Garrido, la madre de Elvira Lindo falleció cuando
ésta tenía dieciséis años (1978). Cuando yo contaba esa misma edad (1990),
falleció mi abuela materna. Mi abuela ocupaba entonces un lugar
extraordinariamente importante en mi vida y era, además, el centro
de su familia. No exagero al decir que todo pivotaba en torno
a ella. Bien, pues he recordado, fundamentalmente dos momentos: la
visita que realicé al hospital -nuestra despedida- donde yo
era consciente de que no iba a volver a verla y muy presumiblemente
ella también; y la tarde que la acompañé al médico, cuando la
enfermedad le plantó cara. Teníamos que recorrer a pie un trayecto
de unos 500 metros hasta llegar a la consulta del médico, y hubo
momentos en los que ella tuvo que apoyarse en mí. Esa misma tarde se
celebraba un funeral y me pidió que modificáramos el
recorrido para no pasar por delante de la iglesia y encontrarnos con
el cortejo. Ella no deseaba que nadie la viera así. A decir verdad, era tan coqueta que nunca se quejaba y procuraba que nadie se diera cuenta de su dolor.
Hasta
la visita al médico, yo no había advertido la gravedad. Mi abuela
acababa de cumplir 64 años. Al regreso, pasamos directamente a
recoger el tratamiento prescrito en la Farmacia, donde trabajaba mi
tía.
El
contraste entre el despreocupado y alegre recibimiento de mi tía y
lo que acababa de vivir me hizo darme cuenta de que todos teníamos
los ojos vendados o vivíamos de espaldas a esa realidad.
Cuando
mi hermano, unos días más tarde (no sé cuántos) le puso nombre y rostro a la enfermedad, sobresaltado, incrédulo, yo estaba en la cocina de nuestra
casa y era pasado el mediodía (yo iba al Instituto por las tardes).
Sería la hora de almorzar porque me veo delante de la freidora pero
no sé lo que estoy haciendo allí. Mi hermano vino a confirmarme el
diagnóstico, lo que yo ya estaba tratando de asimilar desde que ví
la cara del médico y escuché su parecer.
Tuvo
más peso lo que no dijo y cómo lo dijo que lo que sacamos en claro
al abandonar la consulta.
Ser
cómplice de mi abuela en su padecimiento y ser testigo del examen de
D. Emilio fueron un ensayo, una premonición de lo que iba a ocurrir.
Esos días me “ayudaron” a prepararme.
Fue
mi primera experiencia con la muerte de un modo directo. Tampoco era
capaz de prever sus consecuencias una vez ocurrido el desenlace.
Apenas
uno o dos meses después del fallecimiento de mi abuela, mi madre me
dió la noticia del estado crítico de un chico muy joven, también del pueblo,
tenía veintiséis, era el hermano de Rocío, una amiga de la pandilla con el que yo
había estrechado un poco más la amistad desde hacía dos veranos.
La última vez que nos encontramos, el día de Nochevieja, él me había presentado a su novia y se había
despedido de mí (entonces ya estaba muy enfermo) pero yo no había
sabido interpretar su mensaje. Me veo escribiéndole una carta
sabiendo que él ya no la podría leer. Uno piensa que estará preparado y advertirá las señales caso de que vuelva a producirse una experiencia similar. En mi caso no fue así. Nueve años más tarde me veo acompañando a mi tía al ginecólogo. Esta vez nos llevaba mi otra tía, que estaba en el pueblo porque eran las vacaciones de verano. La siguiente visita, al especialista. Esta vez nos llevó su marido. La tarde que fueron a recoger los resultados, yo había salido con mi novio. Cuando regresé, ya de noche, me encontré la pared de la cochera de su vehículo completamente desconchada y el faro y la parte delantera del coche, dañados. Ahí empecé a vivir de nuevo algo para lo que yo no estaba preparada. Mi tía tenía sólo 45 años cuando le diagnosticaron la enfermedad. Supongo que escribo sobre esto porque ha tenido y tiene un impacto enorme en mi vida. También porque me ayuda a ordenar mis ideas y a recordarlo. A enfrentarme a ello. Con tal de no sentirme sola. No sé si a alguien más le pasa. Cuando pienso en ellas me siento bien acompañada.