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martes, 5 de julio de 2016

Cuestión de Estilo

Lo he contado más de una vez, y por ello pido disculpas. Hace tiempo, un amigo mío muy comilón y que está al tanto de las vanguardias gastronómicas, en una excursión a Guetaria, paró a comer en un caserío en medio del campo.Al encargar la comida, le explicaron que tenían tortillas y, ni corto ni perezoso, pidió una tortilla de langostinos tigre. La paisana, dueña del lugar y cocinera, le espetó: "Mire usted, aquí podemos hacerle tortilla de jamón, de queso, de chorizo, de patata, de espárragos, pero tortillas de tonterías, no tenemos".Fernando Savater

Delibes está firmemente convencido de que cada novela requiere una técnica y un estilo. «No puede narrarse de la misma manera -anotaba en Un año de mi vida- el problema de un pueblo en la agonía (Las ratas), que el problema de un hombre acosado por la estulticia1 y la mediocridad (Cinco horas con Mario)» (Un año 97). Fiel a estos principios teóricos, que en realidad no son sino la expresión de su propia experiencia como novelista, Delibes ha tratado en todo momento de adecuar técnica y contenido2, buscando siempre la adecuación a partir de este último elemento.
«Yo, como siempre, he utilizado la técnica y la fórmula que me parecían adecuadas para desarrollar el tema que me pedía paso. En este caso se trata de una historia totalmente inverosímil, de un experimento onírico, y procedí a ajustar la forma al sueño. Buscar una técnica nueva sin tema, en el vacío, me parece una candidez»

Las más de veinte novelas escritas por Delibes constituyen todo un repertorio de estructuras formales diferentes. Junto a la narración tradicional, sea en primera persona como ocurre en La sombra..., o en tercera persona, encontramos dos monólogos continuados, tres historias en forma de diario, un relato de factura onírica, una novela enteramente dialogada y otra con estructura epistolar. El punto de vista del personaje se impone de forma absoluta en las novelas cuya estructura formal hace posible la desaparición total del narrador. Ocurre esto en los Diarios de Lorenzo -cazador, emigrante y jubilado- o en las Cartas de amor..., obras en las que el lector entra en contacto directo con un personaje que escribe en primera persona; ocurre en el monólogo que Carmen Sotillo dirige a su marido muerto y o en larga confesión que el pintor protagonista de Señora de rojo... hace a la hija silenciosa, y ocurre también en Las guerras de nuestros antepasados, concebida como un diálogo entre dos personajes.


Claves para leer a Miguel Delibes, Amparo Medina-Bocos


Entrevista a Rafael Chirbes, por Julio José Ordovás, Revista Turia
Lo contraproducente, Javier Marías [La zona fantasma, 22 de junio de 2016]
El retrato del organista, Javier Marías [La zona fantasma, 29 de junio de 2016]




lunes, 26 de octubre de 2015

when the white man turns tyrant it is his own freedom that he destroys

En memoria de Jorge Semprún
George Orwell quiso ser "un escritor político, dando el mismo peso a cada una de estas dos palabras". El placer de causar placer, es decir, la vocación de escribir, no anularía en él el interés político: la defensa de la justicia y la libertad. Pero aún menos se doblegaría a la manipulación política de la escritura: "El lenguaje político -y con variaciones esto es verdad en todos los partidos políticos, de los conservadores a los anarquistas- está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato parezca respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro viento". Luchar contra la tergiversación y la máscara es la primera tarea del escritor político. Su credo empieza por el mandamiento que prohíbe mentir, aún antes del que prohíbe matar.
Por supuesto, la ficción no es una mentira -siempre que se presente sin ambigüedades como tal- sino otra vía de aproximación a la verdad amordazada: pero en cambio la oscuridad del estilo, apreciada por los estetas y por las mentes confusas que elogian en cuanto no entienden, ya es un comienzo de engaño. La precisión y la inteligibilidad tienen un componente técnico (que Orwell analiza en La política y el lenguaje inglés) pero sobre todo son una decisión moral: "La gran enemiga del lenguaje claro es la insinceridad". También hace falta tener un ánimo poco sobrecogido, que no retroceda ante los anatemas de los guardianes de la ortodoxia ni ante la desaprobación hostil de los voceros de la heterodoxia: "Para escribir en un lenguaje claro y vigoroso hay que pensar sin miedo, y si se piensa sin miedo no se puede ser políticamente ortodoxo". Por supuesto, eso lleva a enfrentarse tanto con los partidarios a ultranza de lo establecido como con los ordenancistas de la subversión. Desde el frustrado viaje a Siracusa de Platón, la peor dolencia gremial de los intelectuales es no considerar poder legítimo más que el que parece instaurar las ideas que ellos comparten. Los demás son advenedizos o usurpadores. De aquí una gran dificultad para hacer digerir la democracia a quienes debieran argumentar en su defensa.
George Orwell (como Chesterton, como cualquiera que no asume la mentalidad reptiliana del "amigo-enemigo" en el plano social) aceptó la paradoja y se autodenominó "anarquista conservador" o si se prefiere la versión de Jean-Claude Michéa, "anarquista tory". Esto implica saber que "en todas las sociedades, la gente común debe vivir en cierto grado contra el orden existente". Pero también que las personas normales no aspiran al Reino de los Cielos ni a la perfección semejante a él sobre la tierra, sino a mejorar su condición de forma gradual y eficiente. Existe en la mayoría de las personas -y ésta es quizá la única concesión de Orwell a la peligrosa tentación de la utopía- una forma de common decency, una decencia común y corriente que consiste, según la glosa de Bruce Begout, en la facultad instintiva de percibir el bien y el mal, frente a cualquier forma de deducción trascendental a partir de un principio. Es lo que hace que, más allá de izquierdas y derechas, existan buenas personas en los dos campos o a caballo entre ambos. En cuanto prevalecen, el mundo mejora... Por cierto, siguiendo esta vena de benevolencia utopista, Orwell descubrió cuando estuvo en Cataluña durante la Guerra Civil que los españoles tenemos una dosis de decencia innata, tonificada por un anarquismo omnipresente, más alta de lo normal y gracias a lo cual nos salvaremos de los peores males...
Es bien sabido que Orwell combatió el totalitarismo, tanto nazi como bolchevique, pero su compromiso político no fue meramente negativo ni maximalista. Por supuesto, apoyaba la democracia pese a sus imperfecciones y se revolvía contra quienes decían que era "más o menos lo mismo" o "igual de mala" que los regímenes totalitarios: según él, una estupidez tan grande como decir que tener sólo media barra de pan es lo mismo que no tener nada que comer. Consideraba que el capitalismo liberal en la forma que él conoció era insostenible, además de injusto, por lo que siempre apoyó el socialismo, cuyo proyecto constituía a sus ojos la combinación de la justicia con la libertad. Y ello pese a que quienes se autoproclaman socialistas no sean siempre precisamente dechados de virtud política: "Rechazar el socialismo porque muchos socialistas son individualmente lamentables sería tan absurdo como negarse a viajar en un tren cuando a uno le cae mal el revisor". Pensaba que la mayoría de las escuelas privadas de Inglaterra merecían ser suprimidas, porque sólo eran negocios rentables "gracias a la extendida idea de que hay algo malo en ser educados por la autoridad pública". Se oponía a los nacionalismos en cuanto tienen de beligerante, disgregador y ficticio (para cualquier extranjero, por ejemplo, un inglés es indiscernible de un escocés... ¡y hasta de un irlandés!) y defendía el patriotismo democrático, reclamando que se uniera de nuevo a la inteligencia que hoy le volvía la espalda. Se escandalizaba porque "Inglaterra fuese quizá el único gran país cuyos intelectuales están avergonzados de su propia nacionalidad". Algo le podríamos contar hoy de lo que ocurre en otros lugares...
Orwell eligió lo más difícil: no escribió para su clientela y contra los adversarios, sino contra las certidumbres indebidas de su propia clientela política. No tuvo complejos ante la realidad, sino que aspiró a hacer más compleja nuestra consideración de lo real. Es algo que la pereza maniquea nunca perdona: siempre proclama que se siente "decepcionada" por el maestro que prefiere moverse con la verdad en vez de permanecer cómodamente repantingado en el calor de establo de las certidumbres ortodoxas e inamovibles. Esa decepción proclamada por los rígidos le parecía a Orwell indicación fiable de estar en el buen camino: "En un escritor de hoy puede ser mala señal no estar bajo sospecha por tendencias reaccionarias, así como hace veinte años era mala señal no estar bajo sospecha por simpatías comunistas". Esta toma de postura atrajo sobre él no sólo los malentendidos, quizá inevitables, sino también la calumnia. Estalinistas de esos que han olvidado que lo son le acusaron (a final de los años noventa del pasado siglo) de haber facilitado una lista de intelectuales comunistas a los servicios secretos ingleses. La realidad, nada tenebrosa, es que a título privado ayudó a una amiga que trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores buscando intelectuales capaces de contrarrestar la propaganda comunista en la guerra fría, señalándole a quienes por ser sectarios o imbéciles le parecían inadecuados para la tarea. Los mismos que se pasan la vida denunciando agentes al servicio de la CIA o fascistas encubiertos no se lo perdonaron... ni se lo perdonan. Yo mismo tuve que defenderle no hace muchos años de esa calumnia en las páginas de este diario.
La actividad literaria de Orwell fue muy variada: novelista, desde luego, pero también perspicaz crítico literario, analista político y social, así como cronista de la guerra civil española y de la vida cotidiana de trabajadores y marginados en la Europa de la primera mitad del siglo XX. Incluso puede considerársele sin exageración pionero de lo que luego se llamó "nuevo periodismo", con crónicas ensayísticas tan inolvidables como Matar a un elefante, evocación de su estancia en la India. Sin embargo, al valorar la actualidad de su obra, conviene no olvidar que estuvo muy apegada a la circunstancia histórica que vivió. Sus dos relatos de ficción más logrados, 1984 y Rebelión en la granja, se han convertido por mérito propio en mitos perdurablemente sugestivos de las amenazas de esclavitud espiritual y material que caracterizaron el lado siniestro de la pasada centuria. Como otros mitos, se han salido de lo literario para llegar a ser arquetipos que se acomodan a nuevas salsas políticas y más recientes inquietudes. Pero lo cierto es que ya hemos rebasado en más de un cuarto de siglo la fecha en la que Orwell situó su distópico futuro. Y su estupendo ensayo El león y el unicornio revela desde la primera frase el momento en que fue concebido: "Mientras escribo, seres humanos altamente civilizados vuelan sobre mi cabeza, tratando de matarme". De modo que no se le pueden pedir análisis sobre nuestros problemas actuales ni menos soluciones pertinentes a ellos. Lo que sigue vigente de Orwell es sobre todo su actitud de apego a la verdad, conciencia de lo colectivo y carencia de pose estetizante. No hay autor más alejado de la posmodernidad que él...
Frente a quienes le han denostado, otros tratan de beatificarle, lo que sin duda también habría rechazado. A propósito de Gandhi (a quien admiraba y detestaba a partes iguales) escribió: "A todos los santos deberíamos juzgarles culpables hasta que demuestren su inocencia". Por su parte él tuvo la inocencia más limpia y menos discutible, la del coraje. Aunque conoció los horrores de la guerra nunca fue pacifista (el pacifismo le parecía una curiosidad psicológica, no un movimiento político) y hubiera preferido la muerte en combate a ese otro destino sobrevalorado, la muerte llamada natural "que significa, casi por definición, algo lento, nauseabundo y atroz". George Orwell murió de tuberculosis en 1950, a los cuarenta y siete años.
Compromiso con la verdad, Fernando Savater [El País, 20 de agosto de 2011]

 
En Moulmein, en la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas; se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante importante para que me ocurriera eso. Era subcomisario de la policía de la ciudad y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento antieuropeo era enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por todas partes, los insultos que me proferían cuando estaba a suficiente distancia, me alteraron los nervios. Los jóvenes monjes budistas eran los peores. En la ciudad los había a millares y ninguno parecía tener más ocupación que apostarse en las esquinas y mofarse de los europeos.

[Colonia británica: En 1886 se anexionó definitivamente la Alta Birmania al Imperio británico de la India, nombrándose un jefe comisario. Diez años después el gobierno británico nombró para Birmania británica un gobernador.
Durante la Segunda Guerra Mundial Birmania fue ocupada por los japoneses, pero fue retomada por el Reino Unido en 1945. En 1948, el Reino Unido se vio obligado a conceder la independencia.

República y estado socialista: En 1949 se produjo una sublevación comunista dominada por el Gobierno de U Nu. Desde 1962 se impuso un régimen militar encabezado por el general, Ne Win, que derrocó a U Nu. Tras aprobarse una nueva Constitución, que definió al país como república socialista en enero de 1974, dos meses después Ne Win fue elegido presidente y reelecto en marzo de 1978.]



Todo esto era desconcertante y molesto. Por aquel entonces yo había decidido que el imperialismo era un mal y que cuanto antes me deshiciera de mi trabajo y lo dejara, mejor. En teoría — y en secreto, por supuesto — estaba totalmente a favor de los birmanos y totalmente en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con mayor encono del que tal vez logre expresar. En una ocupación como ésa se presencia de cerca el trabajo sucio del imperio. Los desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de los calabozos, los rostros grises y atemorizados de los convictos con condenas más largas, las nalgas laceradas de los hombres que han sido azotados con cañas de bambú; todo eso me oprimía con un insoportable cargo de conciencia. Pero no podía ver la dimensión real de las cosas. Era joven, no tenía muchos estudios y me había visto obligado a meditar mis problemas en el absoluto silencio que le es impuesto a todo inglés en Oriente. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, y menos aún que es muchísimo mejor que los imperios más jóvenes que van a sustituirlo. Todo cuanto sabía era que me encontraba atrapado entre el odio al imperio al que servía y la rabia hacia las bestiecillas malintencionadas que intentaban hacerme el trabajo imposible. Una parte de mí pensaba en el Raj británico como en una tiranía inquebrantable, un yugo impuesto por los siglos de los siglos a la voluntad de pueblos sometidos; otra parte de mí pensaba que la mayor dicha imaginable sería hundir una bayoneta en las tripas de un monje budista. Sentimientos como éstos son los efectos normales del imperialismo; que se lo pregunten si no a cualquier oficial angloindio, si se lo puede pescar cuando no está de servicio.
Un día sucedió algo que, de forma indirecta, resultó esclarecedor. En sí fue un incidente minúsculo, pero me proporcionó una visión más clara de la que había tenido hasta entonces de la auténtica naturaleza del imperialismo, de los auténticos motivos por los que actúan los gobiernos despóticos. A primera hora de la mañana, el subinspector de una comisaría del otro extremo de la ciudad me llamó por teléfono y me dijo que un elefante estaba arrasando el bazar. ¿Sería tan amable de acudir y hacer algo al respecto? No sabía qué podía hacer yo, pero quería ver lo que ocurría, así que me monté en un poni y me puse en marcha. Me llevé el rifle, un viejo Winchester del 44 demasiado pequeño para matar un elefante, pero pensé que el ruido me sería útil para asustarlo. Varios birmanos me detuvieron por el camino y me contaron las andanzas del animal. Por supuesto, no se trataba de un elefante salvaje, sino de uno domesticado con un ataque de «furia». Lo habían encadenado, como hacen siempre que un elefante domesticado va a tener un ataque de «furia», pero la noche anterior había roto las cadenas y se había escapado. Su mahaut, la única persona que sabía cómo tratarlo cuando estaba en aquel estado, había salido en su busca, pero había errado el camino y se encontraba a doce horas de viaje. Por la mañana, el elefante había irrumpido de pronto en la ciudad. La población birmana no tenía armas y se veía bastante indefensa ante el animal. Ya había destrozado la choza de bambú de alguien; había matado una vaca, asaltado varios puestos de fruta y devorado la mercancía; también se había encontrado con el furgón municipal de la basura y, nada más bajar el conductor de un salto y poner pies en polvorosa, había volcado el vehículo y arremetido violentamente contra él.El subinspector birmano y algunos agentes de policía indios me estaban esperando en el barrio en que había sido visto el elefante. Se trataba de un barrio muy pobre, un laberinto de sórdidas chozas de bambú con tejados de palma que se extendía sobre la escarpada ladera de una colina. Recuerdo que era una mañana nublada, bochornosa, al principio de la estación de las lluvias. Empezamos a interrogar a la gente acerca de qué dirección había tomado el elefante y, como de costumbre, no logramos obtener ninguna información concreta. Eso es lo que ocurre en Oriente sin excepción; una historia siempre parece estar clara a cierta distancia, pero, cuanto más te acercas al lugar de los hechos, más confusa se vuelve. Algunas personas decían que el elefante se había ido en una dirección, otras afirmaban que había tomado una dirección distinta, otras manifestaban no haber oído hablar siquiera de ningún elefante. A punto estaba de creer que toda la historia no era más que una sarta de mentiras cuando oímos unos gritos no muy lejos de allí. Fue un berrido agudo y horrorizado de: «¡Fuera de ahí, niño! ¡Fuera de ahí enseguida!», y una vieja con una vara en la mano apareció de detrás de una choza, espantando con violencia a un montón de niños desnudos. La seguían algunas mujeres más, haciendo chascar la lengua y dando voces; era evidente que había algo que los niños no deberían haber visto. Rodeé la choza y vi el cadáver de un hombre que yacía extendido sobre el fango. Era un indio, un culí drávida negro, medio desnudo; no podía llevar muerto muchos minutos. La gente decía que, de repente, al doblar la esquina de la choza, el elefante se había abalanzado sobre él, lo había agarrado con la trompa, le había puesto la pata sobre la espalda y lo había enterrado en el suelo. Era la estación de las lluvias, el terreno estaba blando y su cara había dibujado una zanja de dos palmos de hondo y un par de metros de largo. Estaba boca abajo con los brazos en cruz y la cabeza bruscamente torcida hacia un lado. Tenía el rostro cubierto de fango, los ojos desorbitados, los dientes a la vista y apretados en una mueca de insoportable tormento. (Por cierto, que nadie me diga jamás que los muertos tienen una expresión apacible. La mayoría de cadáveres que he visto tienen un aspecto infernal.) La fricción de la pata de la enorme bestia le había arrancado la piel de la espalda con la misma pulcritud con que se desuella un conejo. En cuanto vi al muerto mandé a un ordenanza a la casa cercana de un amigo en busca de un rifle para elefantes. Ya había enviado de vuelta el poni, porque no quería que enloqueciera de miedo y me tirara al suelo si olía el animal.
El ordenanza regresó al cabo de unos minutos con un rifle y cinco cartuchos. Mientras tanto habían llegado algunos birmanos y nos habían dicho que el elefante se encontraba en los arrozales de más abajo, a sólo unos cientos de metros. Al emprender la marcha, casi toda la población del barrio salió de sus casas y me siguió en tropel. Habían visto el rifle y
exclamaban emocionados que iba a matar el elefante. No habían mostrado mucho interés en el animal cuando se limitaba a arrasar sus hogares, pero era diferente ahora que lo iban a matar. Para ellos se trataba de un momento de diversión, igual que lo habría sido para un público inglés. Además, querían la carne. Aquello me hizo sentir un poco incómodo. No tenía intención de matarlo -tan sólo había ordenado que trajeran el rifle para defenderme en caso de necesidad- y siempre resulta enojoso que te siga una multitud. Me dirigí colina abajo, con apariencia y sensación de idiota, el rifle echado al hombro y un creciente ejército de personas empujándose tras de mí. Una vez abajo, cuando las chozas quedaban atrás, había un camino de grava y, más allá, una lodosa extensión de arrozales de casi un kilómetro de ancho, aún sin arar, pero empapada por las primeras lluvias y salpicada de malas hierbas. El elefante estaba a unos ocho metros del camino, dándonos el flanco izquierdo. No le hizo ningún caso a la multitud que se acercaba. Arrancaba manojos de hierba, los golpeaba contra las rodillas para limpiarlos y luego se los llevaba a la boca.
Me había detenido en el camino. En cuanto vi el elefante tuve la absoluta certeza de que no debía matarlo. Matar un elefante útil para el trabajo es algo serio —es comparable a destruir una máquina enorme y cara— y claro está que no debe hacerse si hay forma de evitarlo. Además, a aquella distancia, comiendo apaciblemente, el elefante no parecía más peligroso que una vaca. Pensé entonces, y pienso ahora, que el ataque de «furia» ya se le estaba pasando, en cuyo caso se limitaría a vagar de forma inofensiva hasta que regresara el mahaut y lo capturara. Es más, no tenía la menor intención de dispararle. Decidí que lo observaría durante un rato para asegurarme de que no volvía a enloquecer y luego me iría a casa.
Sin embargo, en aquel momento miré alrededor, a la multitud que me había seguido. Era un grupo numeroso, de al menos unas dos mil personas, y crecía a cada minuto. Bloqueaba un largo tramo del camino en ambas direcciones. Contemplé ese mar de rostros amarillos sobre los ropajes chillones; semblantes felices y exaltados por ese instante de diversión, convencidos de que iba a matar el elefante. Me miraban como habrían mirado a un prestidigitador a punto de realizar un truco. Yo no les gustaba, pero con el rifle mágico entre las manos valía la pena mirarme por un momento. Y de repente me di cuenta de que al final tendría que matarlo. La gente esperaba que lo hiciera y debía hacerlo; sentí sus dos mil voluntades empujándome a actuar, de modo irresistible. Y fue en ese instante, estando ahí con el rifle en las manos, cuando comprendí por primera vez la vacuidad, la futilidad del dominio del hombre blanco en Oriente. Ahí estaba yo, el hombre blanco con su rifle, ante la multitud nativa desarmada, el presunto protagonista de la obra; pero, en realidad, no era más que una absurda marioneta manipulada por la voluntad de aquellos rostros amarillos que tenía detrás. Entendí en ese momento que, cuando el hombre blanco se vuelve un tirano, es su propia libertad la que destruye. Se convierte en una especie de monigote hueco y afectado, la figura estereotipada de un sahib. Porque es condición de su gobierno pasar la vida intentando impresionar a los «nativos», y por eso en cualquier crisis debe hacer lo que los «nativos» esperan de él. Se pone una máscara, y su rostro acaba por adaptarse a ella. Tenía que matar el elefante. Me había comprometido a hacerlo cuando mandé a buscar el rifle. Un sahib debe actuar como tal; debe parecer resuelto, saber lo que piensa y tomar decisiones. Haber recorrido todo ese camino, rifle en mano, con dos mil personas desfilando tras de mí, y alejarme luego sin más, sin haber hecho nada... no, eso era imposible. La multitud se reiría de mí. Y toda mi vida, la vida de todo hombre blanco en Oriente, era una larga lucha para evitar que se rieran de uno.
Sin embargo, no quería matar el elefante. Lo contemplé mientras golpeaba su manojo de hierba contra las rodillas, con ese aire de abuela ensimismada que tienen los elefantes. Me parecía que matarlo sería un asesinato. A mi edad no tenía ningún reparo en matar animales, pero nunca había disparado contra un elefante ni había tenido nunca ganas de hacerlo. (No sé por qué siempre parece peor matar un animal grande.) Además, había que tener en cuenta a su dueño. Vivo, el elefante valía por lo menos cien libras; muerto, sólo valdría lo que dieran por sus colmillos, quizá cinco libras. Pero debía actuar con rapidez. Me dirigí hacia unos birmanos que parecían tener cierta experiencia y que ya estaban allí cuando llegamos, y les pregunté cómo se había comportado el elefante. Todos respondieron lo mismo: no te hacía ningún caso si lo dejabas en paz, pero podía atacar si te acercabas demasiado.Tenía perfectamente claro lo que debía hacer. Debía acercarme, digamos, a unos veinticinco metros del elefante para poner a prueba su comportamiento. Si atacaba, podía disparar; si no me prestaba atención, resultaría seguro dejarlo tranquilo hasta que regresara el mahaut. Sin embargo, también sabía que no iba a hacer tal cosa. No era muy bueno con el rifle y el suelo era un fango blando en el que te hundías a cada paso. Si el elefante atacaba y erraba el tiro, tendría más o menos las mismas posibilidades que un sapo bajo una apisonadora. Pero ni siquiera entonces pensaba especialmente en mi pellejo, sólo en los atentos rostros amarillos que tenía detrás. Y es que, en aquel momento, con la multitud observándome, no sentía miedo de la forma habitual, como lo habría sentido de haberme encontrado solo. Un hombre blanco no debe asustarse en presencia de «nativos»; y por eso, en general, no se asusta. Lo único que podía pensar era que, si algo salía mal, aquellos dos mil birmanos me verían perseguido, atrapado, pisoteado y convertido en un cadáver con una mueca en la cara como aquel indio en lo alto de la colina. Y, si eso llegaba a ocurrir, era bastante probable que unos cuantos se rieran. No podía ser.

Sólo quedaba una alternativa. Cargué los cartuchos en la recámara y me eché al suelo en mitad del camino para apuntar mejor. La multitud se quedó en silencio e innumerables gargantas exhalaron un suspiro profundo, grave, emocionado, como el del público que ve por fin alzarse el telón en el teatro. Después de todo, iban a tener su instante de diversión. El rifle era un hermoso artefacto alemán con mira de precisión. Por aquel entonces
no sabía que para matar un elefante hay que disparar trazando una línea imaginaria de un oído a otro. Por lo tanto, ya que el elefante se encontraba de lado, debí haber apuntado directamente a un oído; en realidad, apunté varios centímetros por delante, pensando que el cerebro estaría algo avanzado.

Cuando apreté el gatillo no oí la detonación ni sentí el culatazo —eso nunca sucede si el disparo da en el blanco—, pero sí escuché el infernal rugido de júbilo que se alzó de la multitud. En aquel instante, en un lapso de tiempo demasiado breve, habría cabido pensar, incluso para que la bala llegara a su destino, un cambio misterioso y terrible le sobrevino al elefante.
No se movió ni cayó, pero se alteraron todas las líneas de su cuerpo. De pronto pareció abatido, encogido, inmensamente viejo, como si el horrible impacto de la bala lo hubiese paralizado sin derribarlo. Al final, después de un rato que pareció larguísimo —me atrevería a decir que pudieron haber sido cinco segundos— le fallaron las rodillas y cayó con flaccidez. Babeaba. Una enorme senilidad pareció apoderarse de él. Podría haberse imaginado que tenía miles de años. Volví a dispararle en el mismo lugar. Al segundo impacto no se desplomó sino que se puso en pie con desesperada lentitud y se mantuvo débilmente erguido, con las patas temblorosas y la cabeza gacha. Realicé un tercer disparo. Ése fue el que acabó con él. Pudo verse cómo la agonía le sacudía todo el cuerpo y le arrebataba las últimas fuerzas de las patas. Al caer, no obstante, pareció por un momento que se levantaba, ya que mientras las patas traseras se doblegaban bajo su peso, se irguió igual que una gran roca al despeñarse, con la trompa apuntando hacia el cielo como un árbol. Barritó, por primera y única vez. Y entonces se vino abajo, con el vientre hacia mí, y produjo un estrépito que pareció sacudir el suelo incluso donde yo estaba tumbado.


Me levanté. Los birmanos ya me habían rebasado y se apresuraban a cruzar el lodazal. Era evidente que el elefante no volvería a levantarse, pero no estaba muerto. Respiraba de forma muy acompasada, con largos y sonoros jadeos, el enorme bulto de su flanco subía y bajaba con dolor. Tenía la boca muy abierta; alcancé a ver las profundas cavernas rosa pálido de la garganta. Esperé durante largo tiempo a que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Por último descargué los dos tiros que me quedaban en el lugar donde pensé que estaría el corazón. La sangre espesa manó como terciopelo rojo, pero siguió sin morir. Ni siquiera se estremeció cuando lo alcanzaron los disparos, su torturada respiración continuó sin pausa. Se estaba muriendo, muy despacio y con gran agonía, pero en un mundo alejado de mí en el que ni siquiera una bala podía hacerle ya daño. Sentí que debía poner fin a aquel espantoso sonido. Era espantoso ver a la enorme bestia allí tumbada, incapaz de moverse y, aun así, incapaz de morir, y no lograr siquiera acabar con ella. Mandé a buscar mi rifle pequeño y le descerrajé un tiro tras otro en el corazón y por la garganta. No parecieron causar ningún efecto. Los torturados jadeos continuaron con tanta regularidad como el tictac de un reloj.
Al final no pude soportarlo por más tiempo y me marché. Más tarde oí que había tardado media hora en morir. Los birmanos acarreaban dagas y cestos incluso antes de que me fuese, y me contaron que por la tarde ya lo habían despojado de la carne casi hasta los huesos.
Después, cómo no, hubo interminables conversaciones sobre la muerte del elefante.
El dueño estaba furioso, pero no era más que un indio y no pudo hacer nada. Además, según la ley yo había hecho lo correcto, ya que a un elefante loco hay que matarlo, como a un perro loco, si su dueño no consigue dominarlo. Entre los europeos hubo división de opiniones. Los mayores me dieron la razón, los más jóvenes dijeron era una auténtica lástima sacrificar un elefante por haber matado a un culí, porque un elefante era más valioso que cualquiera de esos dichosos culís coringhee. Y después me alegré mucho de que el culí hubiese muerto; así la ley me ponía de su lado y me daba el pretexto suficiente para matar el elefante. A menudo me pregunté si alguno de ellos se dio cuenta de que lo había hecho sólo para evitar parecer un idiota.
Matar a un elefante, George Orwell. Traducción de Laura Manero y Verónica Canales [Saltana.org]


Fue entonces cuando Víctor Erice (San Sebastián, 1940) recordó en voz alta lo que para él fue el momento más extraordinario del filme y que no está en sus imágenes. Describió la escena como si de un cuento se tratara, mientras la sala se iba quedando cada vez más y más silenciosa. Fue el encuentro real entre Ana Torrent y el actor que hacía de Frankenstein. Era de noche, el bosque estaba ya iluminado por los proyectores y las luces, "siempre las luces", lo habían transfigurado. El actor estaba ya maquillado de Frankenstein. "Algo iba a pasar", recordó Erice. "Cuando llegó la niña estábamos cenando. También Frankenstein, que tomaba unos huevos fritos. De pronto, Ana reparó en el monstruo, dio un salto y se refugió en los brazos del primero que pilló, que era Teo Escamilla. Tuvo un ataque de pánico. Frankenstein no hacía más que sonreír y la niña no paraba de llorar. Fue un momento extraordinario. Pasados unos minutos, Ana y el monstruo empezaron a hablar. Ella le hizo entonces la pregunta fundamental: ¿Porqué mataste a la niña? Espero que la película en cierta forma respondiera a esta cuestión", finalizó Erice.
Víctor Erice: "Lo mejor de El espíritu de la colmena no está en sus imágenes", Rocío García [El País, 23 de septiembre de 2003]

La psicología de las multitudes nos dice que las masas son muy influenciables, y describe el carácter absoluto de sus juicios, la rapidez de los contagios emocionales, el debilitamiento o la pérdida del espíritu crítico, la desaparición del sentido de la responsabilidad personal, la subestimación o la exageración de la fuerza del adversario, su aptitud para pasar repentinamente del horror al entusiasmo y de las aclamaciones a las amenazas de muerte.
Anatomía del miedo, José Antonio Marina
 

miércoles, 14 de octubre de 2015

Que sais-je?



El amigo Montaigne, Fernando Savater [El País, 3 de septiembre de 2005]
A la búsqueda del yo: Montaigne y Azorín, por Montserrat Escartín Gual
Ínsula nº 743, Noviembre 2008
Montaigne en la trifulca, Mario Vargas Llosa [El País, 22 de mayo 2011]
Soy un relativista”, Vistazo, Guayaquil, 19 de febrero de 2004 José Saramago en sus palabras
Otras citas de José Saramago


Sin duda, el éxito y la permanente vigencia de Montaigne a lo largo de los siglos tienen algo de enigmático: no es un clásico como los demás, autor de un libro venerado y por tanto intimidador cuyo renombre nadie pone en tela de juicio pero que sólo los estudiosos siguen frecuentando. No, Montaigne siempre ha gozado de la complicidad entusiasta de muchísimos lectores que por lo demás no muestran ninguna afición especial a los grandes monumentos literarios: para ellos, Montaigne es algo familiar y próximo, una voz reconocible entre todas tanto cuando discute como cuando gasta bromas, en una palabra... un amigo. Por otros autores sentimos respeto o admiración, por Montaigne sentimos amistad. Quizá ningún otro escritor se ha ganado tantos amigos desde que firmó su obra y no es detalle menor que dos de los primeros se llamasen Cervantes y Shakespeare.

Lo que Montaigne ofrece al lector no es la solidez de una doctrina acabada ni tampoco el ejemplo moralmente edificante de una conducta digna de imitación, sino más bien compañía: la cercanía inteligente de alguien que comparte con nosotros perplejidades, descubrimientos y hasta caprichos. La espontaneidad de su reflexión no proviene de sus lecturas clásicas, sino de una curiosidad que peregrina incansable entre los temas que le brinda la cotidianidad: "Para un buen aprendizaje todo lo que se presenta ante nuestros ojos puede servir de libro y sobra como tal: la malicia de un paje, las tonterías de un criado, un comentario en la mesa son otras tantas asignaturas". De tal modo que lo mejor de sus "ensayos" (entendido este nombre en su día chocante en el sentido de "intentos" o aun "experimentos" como hubiera querido fray Diego de Cisneros) no se debe a la deliberación que traza el plan de trabajo sino a la divagación afortunada que aparta de él: "No me encuentro donde me busco; me encuentro mejor tropezándome casualmente que buscando e inquiriendo con mi juicio". El asunto que le sirve de punto de partida -y que determinará el título, a menudo engañoso, de la disertación- es lo de menos: cualquier puerta es buena para entrar en un jardín de senderos que incesantemente se bifurcan y ninguno de los cuales desemboca en la roca sólida de la certeza: "El primer argumento que Fortuna me ofrezca, lo retomo: todos me parecen igual de buenos. Nunca intento exponerlos enteros porque no alcanzo a ver el todo de nada: tampoco lo hacen los que prometen hacérnoslo ver. Entre las cien partes y las cien caras que tiene cada cosa sólo escojo una: a veces, sólo para tocarla con un lametazo; otras, con la yema de los dedos y puede que la pinche hasta el hueso. Le doy un puntazo, no muy ancho, pero lo más profundo que pueda. Lo que más me gusta es cogerla desde un punto de vista distinto (...) Sembrando una palabra aquí, allí otra, muestras arrancadas a la pieza original, apartadas sin intención ni promesa, no me veo obligado a acertar, y tampoco a aferrarme a mi postura sin tener ocasión de variarla cuando me apetezca: puedo entregarme a la duda y la incertidumbre o a mi horma preferida, es decir, la ignorancia". Y todo ello servido con un estilo lo más parecido posible a la charla de un grato compañero, a veces sutil y otras directo hasta lo procaz: nada que ver con la elocuencia de la arenga o el sermón: "El habla que me gusta es un habla natural y sencilla, tal sobre el papel como en los labios; un habla suculenta y nerviosa, corta y apretada, no tan delicada y peinada como vehemente y brusca".

Tal es la voz de Montaigne, adictiva y amistosa. Como ocurre con otras amistades, no siempre ni mucho menos compartimos sus puntos de vista más personales: a veces nos irrita con sus arbitrariedades o prejuicios, otras nos azora con la confidencia de alguna debilidad. A ratos olvidamos lo antigua que ya es su franqueza moderna y de pronto un párrafo nos lo aleja varios siglos... Pero si nunca cansa es porque "todo lo hace con alegría", como él mismo dijo. ¿Qué otro sería capaz de escribir un ensayo titulado "Que filosofar es aprender a morir" para decirnos: "En la virtud misma -digan lo que digan- la meta última de nuestro empeño es el placer. A quienes tanto les disgusta, a mí, ¡sí me gusta golpearles el oído con esta palabra!"? ¿O quién sino él denostaría a los que ofrecen la filosofía como algo inaccesible y ceñudo para los niños, cuando "no hay nada más alegre, más gallardo, más jovial, yo diría divertido y juguetón"? Tómate una copa conmigo, Michel: de blanco o de tinto (también sobre sus preferencias sucesivas en este terreno se explaya en algún sitio).

Esta voz inconfundible, insustituible, nos la ofrece con la mayor galanura y propiedad Marie-José Lemarchand en su nueva traducción de los "Ensayos". Una versión sumamente legible, que no retrocede ante actualizaciones necesarias ("echar un polvo", etcétera), competentemente anotada y presentada por Gredos en una edición de muy grato manejo, porque no debe olvidarse que éste es un libro para leer y releer. Apenas me atrevería a hacer alguna objeción, desde mi profanidad filológica: no me convence el cambio del título del admirable ensayo "De l'amitié" por "De los afectos", diga lo que diga el sabio M. A. Screech, porque es de la amistad y no sólo ni mucho menos en el sentido griego de philia de lo que en él habla el autor. Pero que tal minucia no empañe el contento de releer este libro, porque "lo más grande de este mundo es saber estar con uno mismo" y para ello nada mejor que acompañarse del amigo Montaigne.

El amigo Montaigne, Fernando Savater [El País, 3 de septiembre de 2005]


sábado, 10 de octubre de 2015

Alles über Eva

Tu voz precisa y entonada de lectora, la que yo más he amado, es la última que aún se resiste a abandonarte. Ninguna madre tiene derecho a quejarse de que sus hijos nunca lean o lean a regañadientes si ella no ha sido capaz de leerles de vez en cuando como tú me leías a mí...incluso mucho después de que supiese ya leer perfectamente, sólo por darme gusto. No hay cosa que más deteste ahora que verme obligado a soportar una lectura de poemas o un capítulo de novela balbuceado con narcisismo incompetente por su autor o una conferencia leída (que frente a una espontáneamente recitada es algo así como alimentarse con guisos enlatados en lugar de tomar alimentos frescos): pero si tú aún pudieras leer para mí cuentos de hadas o historias de animales que hablan, me acostaría a escucharte como cuando tenía fiebre. Para siempre.
Mira por dónde. Autobiografía razonada, Fernando Savater, 2003, p. 47

CARTA A UNA MAESTRA


Permíteme, querida amiga, que inicie este libro dirigiéndome a ti para rendirte tributo de admiración y para encomendarte el destino de estas páginas. Te llamo «amiga» y bien puedes ser desde luego «amigo», pues a todos y cada uno de los maestros me refiero: pero optar por el femenino en esta ocasión es algo más que hacer un guiño a lo políticamente correcto. Primero, porque en este país la enseñanza elemental suele estar mayoritariamente a cargo del sexo femenino (al menos tal es mi impresión: humillo la cerviz si las estadísticas me desmienten); segundo, por una razón íntima que queda aclarada suficientemente con la dedicatoria de la obra (A mi madre, mi primera maestra) y que quizá subyace, como ofrenda de amor, al propósito mismo de escribirla.
En lo tocante a la admiración, tampoco hay pretensión de halago oportunista. Vaya por delante que tengo a maestras y maestros por el gremio más necesario, más esforzado y generoso, más civilizador de cuantos trabajamos para cubrir las demandas de un Estado democrático.
Entre los baremos básicos que pueden señalarse para calibrar el desarrollo humanista de una sociedad, el primero es a mi juicio el trato y la consideración que brinda a sus maestros (el segundo puede ser su sistema penitenciario, que tanto tiene que ver como reverso oscuro con el funcionamiento del anterior). En la España del pasado reciente, por ejemplo, los republicanos progresistas convirtieron a los maestros en protagonistas de la regeneración social que intentaban llevar a cabo, por lo que,consecuentemente, la represión franquista se cebó especialmente con ellos, diezmándolos, para luego imponer la aberrante mitología pseudoeducativa que ha reflejado con tanta gracia Andrés Sopeña en su libro El florido pensil.
Actualmente coexiste en este país —y creo que el fenómeno no es una exclusiva hispánica— el hábito de señalar la escuela como correctora necesaria de todos los vicios e insuficiencias culturales con la condescendiente minusvaloración del papel social de maestras y maestros. ¿Que se habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.? Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa —desde luego no sin fundamento— en la escuela el campo de batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya dificilísimo erradicar.
Cualquiera diría por lo tanto que los encargados de esa primera enseñanza de tan radical importancia son los profesionales a cuya preparación se dedica más celo institucional, los mejor remunerados y aquellos que merecen la máxima audiencia en los medios de comunicación. Como bien sabemos, no es así. La opinión popular (paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de que sin una buena escuela no puede haber más que una malísima sociedad) da por supuesto que a maestro no se dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente inepta para realizar una carrera universitaria completa y cuya posición socioeconómica ha de ser —¡así son las cosas, qué le vamos a hacer!— necesariamente ínfima. Incluso existe en España ese dicharacho aterrador de «pasar más hambre que un maestro de escuela»... En los talking-shows televisivos o en las tertulias radiofónicas rara vez se invita a un maestro:¡para qué, pobrecillos! Y cuando se debaten presupuestos ministeriales, aunque de vez en cuando se habla retóricamente de dignificar el magisterio (un poco con cierto tonillo entre paternal y caritativo), las mayores inversiones se da por hecho que deben ser para la enseñanza superior. Claro, la enseñanza superior debe contar con más recursos que la enseñanza... ¿inferior?
Todo esto es un auténtico disparate. Quienes asumen que los maestros son algo así como «fracasados» deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso. Porque todos los demás que intentamos formar a los ciudadanos e ilustrarlos, cuantos apelamos al desarrollo de la investigación científica, la creación artística o el debate racional de las cuestiones públicas dependemos necesariamente del trabajo previo de los maestros. ¿Qué somos los catedráticos de universidad, los periodistas, los artistas y escritores, incluso los políticos conscientes, más que maestros de segunda que nada o muy poco podemos si no han realizado bien su tarea los primeros maestros, que deben prepararnos la clientela? Y ante todo tienen que prepararlos para que disfruten de la conquista cultural por excelencia, el sistema mismo de convivencia democrática, que debe ser algo más que un conjunto de estrategias electorales...
En el campo educativo —ésta es una de las convicciones que sustentan este libro—poco se habrá avanzado mientras la enseñanza básica no sea prioritaria en inversión de recursos, en atención institucional y también como centro del interés público. Hay que evitar el actual círculo vicioso, que lleva de la baja valoración de la tarea de los maestros a su ascética remuneración, de ésta a su escaso prestigio social y por tanto a que los docentes más capacitados huyan a niveles de enseñanza superior, lo que refuerza los prejuicios que desvalorizan el magisterio, etc. Es un tema demasiado serio para que lo abandonemos exclusivamente en manos de los políticos, que no se ocuparán de él si no lo suponen de interés urgente para su provecho electoral: también aquí la sociedad civil debe reclamar la iniciativa y convertir la escuela en «tema de moda» cuando llegue la hora de pergeñar programas colectivos de futuro. Es preciso convencer a los políticos de que sin una buena oferta escolar nunca lograrán el apoyo de los votantes. En caso contrario, nadie podrá quejarse y no queda más que resignarse a lo peor o despotricar en el vacío.

Por supuesto, también podemos confiar en que las individualidades bien dotadas se las arreglarán para superar sus deficiencias educativas, como siempre ha ocurrido. Está muy extendido cierto fatalismo que asume como un mal necesario que la enseñanza escolar —salvo en sus aspectos más servilmente instrumentales— fracasa siempre. En tal naufragio generalizado, cada cual sale a flote como puede. Un político amigo mío al que confié mi obsesión por la importancia de la formación en los primeros años se mostró escéptico: «a ti de pequeño te dieron una educación religiosa y ahora ya ves:ateo perdido; no creo que las intenciones de los educadores cuenten finalmente mucho y hasta pueden resultar contraproducentes». Este pesimismo educativo (complementado por la fe optimista en que quienes lo merezcan se salvarán de un modo u otro) trae en su apoyo aliados de lujo: ¿no fue el propio Freud quien aseguró en cierta ocasión que hay tres tareas imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar? Sin embargo esta convicción no impidió a Freud preferir el imposible gobierno inglés al de la Alemania nazi ni le hizo renunciar a su tarea como psicoanalista e instructor de psicoanalistas. Al igual que todo empeño humano —y la educación es sin duda el más humano y humanizador de todos, según luego veremos—, la tarea de educar tiene obvios límites y nunca cumple sino parte de sus mejores —¡o peores!— propósitos. Pero no creo que ello la convierta en una rutina superflua ni haga irrelevante su orientación ni el debate sobre los mejores métodos con que llevarla a cabo. Sin duda el esfuerzo por educar a nuestros hijos mejor de lo que nosotros fuimos educados encierra un punto paradójico, pues da por supuesto que nosotros —los deficientemente educados— seremos capaces de educar bien. Si el condicionamiento educativo es tan importante, nosotros los maleducados (por ejemplo los que crecimos y estudiamos las primeras letras bajo una dictadura) estamos ya condenados de por vida a perpetuar las tergiversaciones en las que nos hemos formado; y si hemos logrado escapar al destino ideológico que nuestros maestros pretendieron imponernos, ello puede indicar que después de todo la educación no es asunto tan importante como suelen suponer los conductistas pedagógicos.
Katharine Tait, en su delicioso libro My Father Bertrand Russell, señala que su ilustre progenitor estaba paradójicamente convencido por igual de la importancia de una buena educación para sus hijos y de que él personalmente no había sido irrevocablemente sellado por el rígido puritanismo de su formación infantil: «Puede que él pudiera pensar que el adecuado condicionamiento de los niños produciría el tipo de personas debido, pero ciertamente no se consideraba a sí mismo como el inevitable resultado de su propio condicionamiento.» Pues bien, creo necesario asumir resignadamente esta eventual contradicción para seguir adelante con este libro. En cualquier educación, por mala que sea, hay los suficientes aspectos positivos como para despertar en quien la ha recibido el deseo de hacerlo mejor con aquellos de los que luego será responsable. La educación no es una fatalidad irreversible y cualquiera puede reponerse de lo malo que había en la suya, pero ello no implica que se vuelva indiferente ante la de sus hijos, sino más bien todo lo contrario. Quizá de una buena educación no siempre deriven buenos resultados, lo mismo que un amor correspondido no siempre implica una vida feliz: pero nadie me convencerá de que por tanto la una y el otro no son preferibles a la doma oscurantista o a la frustración del cariño...

Es cierto, sin embargo, que la educación parece haber estado perpetuamente en crisis en nuestro siglo, al menos si hemos de hacer caso a las insistentes voces de alarma que desde hace mucho nos previenen al respecto. Cuando ahora confiese, amiga mía, que este libro responde a mi preocupación por la crisis actual de la educación es probable que muchos se encojan de hombros: ese triste cuento ya lo hemos oído tantas veces... Aun así, creo que es posible señalar peculiaridades inquietantes en el estadio crítico que hoy atravesamos. Por decirlo con palabras de Juan Carlos Tedesco, cuyo libro El nuevo pacto educativo ha sido una de mis mejores ayudas a lo largo de estas páginas, la crisis de la educación ya no es lo que era: «No proviene de la deficiente forma en que la educación cumple con los objetivos sociales que tiene asignados, sino que, más grave aún, no sabemos qué finalidades debe cumplir y hacia dónde efectivamente orientar sus acciones.» En efecto, el problema educativo ya no puede reducirse sencillamente al fracaso de un puñado de alumnos, por numeroso que sea, ni tampoco a que la escuela no cumpla como es debido las nítidas misiones que la comunidad le encomienda, sino que adopta un perfil previo y más ominoso: el desdibujamiento o la contradicción de esas mismas demandas.
¿Debe la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral o formar hombres completos? ¿Ha de potenciar la autonomía de cada individuo, a menudo crítica y disidente, o la cohesión social? ¿Debe desarrollar la originalidad innovadora o mantener la identidad tradicional del grupo? ¿Atenderá a la eficacia práctica o apostará por el riesgo creador? ¿Reproducirá el orden existente o instruirá a los rebeldes que pueden derrocarlo? ¿Mantendrá una escrupulosa neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas, sexuales y otras diferentes formas de vida (drogas, televisión, polimorfismo estético...) o se decantará por razonar lo preferible y proponer modelos de excelencia? ¿Pueden simultanearse todos estos objetivos o algunos de ellos resultan incompatibles? En este último caso, ¿cómo y quién debe decidir por cuáles optar? Y otras preguntas se abren, por debajo incluso de las anteriores hasta socavar sus cimientos: ¿hay obligación de educar a todo el mundo de igual modo o debe haber diferentes tipos de educación, según la clientela a la que se dirijan?, ¿es la obligación de educar un asunto público o más bien cuestión privada de cada cual?, ¿acaso existe obligación o tan siquiera posibilidad de educar a cualquiera, lo cual presupone que la capacidad de aprender es universal? Pero vamos a ver: ¿por qué ha de ser obligatorio educar? Etc., etc.
Cuando el número de preguntas y su radicalidad arrollan patentemente la fragilidad recelosa de las respuestas disponibles, quizá sea hora de acudir a la filosofía. No tanto por afán dogmático de poner pronto remedio al desconcierto sino para utilizar éste a favor del pensamiento: hacernos intelectualmente dignos de nuestras perplejidades es la única vía para empezar a superarlas. Pero es que además el proyecto mismo de la filosofía no puede desligarse de la cuestión pedagógica. De vez en cuando, mis respetados maestros y colegas vuelven a plantearse la cuestión de cuál sea el gran tema de la filosofía actual: confieso que sus respuestas me dejan siempre notablemente insatisfecho. Que si el retorno de la religión, que si la crisis de los valores, que si los peligros de la técnica, que si el enfrentamiento entre individualismo y comunitarismo...cuestiones todas ellas muy adecuadas para ejercer el talento o para disimular altisonantemente la carencia de él. Sin embargo el tema de la educación, que engloba todos los anteriores y muchos otros (obligando además a que aterricen en el quehacer social), casi nunca lo oigo mencionar como asunto principal. Por lo visto es algo demasiado sectorial, demasiado especializado, demasiado funcional y modesto para suscitar la atención prioritaria de los grandes especuladores de hoy... aunque no lo fuese para muchos tampoco malos de los de ayer, como Montaigne, Locke, Rousseau, Kant o Bertrand Russell. Incluso hubo uno, John Dewey, que llegó a definir la filosofía como «teoría general de la educación», incurriendo quizá en una exageración pero no en un absurdo. En cualquier caso, mi opinión está más cerca de esa hipérbole que de otras declamaciones aparentemente sublimes que convierten a los filósofos en sacristanes o en auxiliares de laboratorio [...]

Dos últimas observaciones, la primera sobre el talante con que está concebido este libro y la segunda sobre su título. El talante o tono del libro, para empezar: supongo que será tachado, probablemente con cierto implícito reproche, de optimista. Respecto a casi todos mis libros se dice lo mismo, de modo que no imaginaré que éste —¡precisamente éste!— vaya a constituir una excepción. En un capítulo de otra obra mía (Ética como amor propio) he explicado la actitud de pesimismo ilustrado que considero más cuerda y a la que los despistados suelen llamar «optimismo». Pero bueno, qué más da. En efecto, no soy amigo de convertir la reflexión en lamento. Mi actitud, nada original desde los estoicos, es contraria a la queja: si lo que nos ofende o preocupa es remediable debemos poner manos a la obra y si no lo es resulta ocioso deplorarlo, porque este mundo carece de libro de reclamaciones. Por otra parte, estoy convencido de que tanto en nuestra época como en cualquier otra sobran argumentos para considerarnos igualmente lejos del paraíso e igualmente cerca del infierno. Ya sé que es intelectualmente prestigioso denunciar la presencia siempre abrumadora de los males de este mundo pero yo prefiero elucidar los bienes difíciles como si pronto fueran a ser menos escasos: es una forma de empezar a merecerlos y quizá a conseguirlos...
En el caso de un libro sobre la tarea de educar, empero, el optimismo me parece de rigor: es decir, creo que es la única actitud rigurosa. Veamos: tú misma, amiga maestra, y yo que también soy profesor y cualquier otro docente podemos ser ideológica o metafísicamente profundamente pesimistas. Podemos estar convencidos de la omnipotente maldad o de la triste estupidez del sistema, de la diabólica microfísica del poder, de la esterilidad a medio o largo plazo de todo esfuerzo humano y de que «nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir». En fin: lo que sea, siempre que sea descorazonador. Como individuos y como ciudadanos tenemos perfecto derecho a verlo todo del color característico de la mayor parte de las hormigas y de gran número de teléfonos antiguos, es decir, muy negro. Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias,hechos...) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros.
Y aquí está la explicación también del título de mi libro. Hablaré del valor de educar en el doble sentido de la palabra «valor»: quiero decir que la educación es valiosa y válida, pero también que es un acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana. Cobardes o recelosos, abstenerse. Lo malo es que todos tenemos miedos y recelos, sentimos desánimo e impotencia y por eso la profesión de maestro —en el más amplio sentido del noble término, en el más humilde también— es la tarea más sujeta a quiebras psicológicas, a depresiones, a desalentada fatiga acompañada por la sensación de sufrir abandono en una sociedad exigente pero desorientada. De ahí nuevamente mi admiración por vosotras y vosotros, amiga mía. Y mi preocupación por lo que os —nos— debilita y desconcierta. Las páginas que siguen no pretenden más que acompañar a quienes se lanzan valientemente a este mar perplejo de la enseñanza y también suscitar en el resto de la ciudadanía el necesario debate que a todos pueda ayudarnos.
El valor de educar, Fernando Savater

Jeong-hie Yun's Mija in Chang-dong Lee's Poetry (Shi, 2010)
En el mundo del interiorismo no hay nada que se le parezca a la cocina de una abuela. La cocina de una abuela esconde tesoros que darían para una tesis sociológica. Los hijos le regalan a la abuela cafeteras eléctricas, cubos de basura con apartado de reciclaje o una Thermomix, pero la abuela se resiste a tirar lo viejo. En cuanto los hijos salen por la puerta, ella le pone un pañito de ganchillo a los nuevos aparatos para que no cojan polvo y vuelve a usar los viejos. La abuela recicla en el sentido literal de la palabra. No tira nada. Las bolsas del supermercado hacen las veces de bolsas de basura. Los botes de cristal se usan para meter conservas. La abuela está feliz porque ha descubierto que cuando se le acaba el litro de leche corta el cartón de tetrabrik por el centro y en una mitad mete la ración de comida que le ha sobrado y la otra mitad hace efectos de tapadera. Ya no tiene ni que manchar los tupperware. La cocina de una abuela parece un bazar. Hay cables que recorren el espacio de un lado a otro porque la instalación eléctrica es vieja. En una repisa, se amontonan todas las sorpresas de roscón que han ido apareciendo desde que nacieron sus nietos; parejitas de novios que adornaron tartas nupciales; palilleros de barro de algún restaurante o esos pollos de cerámica que se regalan en los bautizos. A los botes nuevos de cristal que le regaló su hija hay que sumarles los antiguos de latón del Cola Cao. De unas perchitas diminutas de la pared cuelgan: la bolsa del pan; una bolsa de plástico del Mercadona en donde guarda pan duro para rallar; el dispositivo que la comunica en el caso de que sienta un desvanecimiento con el servicio de urgencias de "mayores"; el móvil; unos paños de cocina que sólo son de adorno y dos calendarios, el de 2011 y el de 2002, que no tiró en su día y hasta hoy. En un rincón que quedaba libre su hijo le colocó una televisión que les sobraba cuando ellos pusieron la extraplana. La tele tiene tanto fondo y se la han colgado tan arriba que parece la tele de un bar. La abuela se coloca enfrente de la pantalla a la hora de la cena y cuando acaba siente un agudo pinchazo en las cervicales. Para el día, prefiere la radio, está mal sintonizada y tiene un esparadrapo sujetando la tapa de las pilas, pero y qué, la puede llevar de un cuarto a otro. Cuando vienen sus hijos tratan de tirarle cosas que según ellos están inservibles. La cafeterilla con el asa rota, por ejemplo. Pero por qué tirarla, se pregunta, si ella se las apaña para agarrarla con un trapo sin quemarse. Cuando vienen sus nietos le trastean por todas partes. Les gusta rastrear su niñez que aún anda entre los cajones, porque ella no ha tirado nada, ni una foto de comunión, ni un trabajo manual del colegio, ni un muñeco de Bola de Dragón. Antropología pura. En uno de esos cajones de cocina está el cambio social de España de los últimos treinta años. ¿Dónde están los periodistas, los poetas, los novelistas que no andan hurgando en los cajones? Sus nietos revuelven y se van otra vez. Y ella se queda, melancólica y aliviada a la vez. Pienso que quien no se haya sentado a hablar alguna vez en una de estas cocinas no está capacitado para conocer la esencia del país. Pero de qué país. ¿De España, de cualquier rincón en el mediterráneo? Eso hubiera pensado de no haber visto Poetry, la película del coreano Lee Chan-dong. La abuela de esta película quiere aprender a escribir poesía y asiste a las clases de un centro cultural de su barrio. El barrio es como cualquier barrio periférico de una ciudad de provincias española. La abuela como cualquiera de las nuestras. Una de esas abuelas que trata de recuperar el tiempo perdido, que muy a su pesar se enfrenta con un nieto adolescente difícil e ingobernable, que ha de hacer frente a un alzhéimer que comienza a desdibujarle el rastro de las palabras que definen el mundo. Ella no sabe dónde está la poesía. No sabe que la poesía de su vida, más que en las hojas del árbol o en la brisa, está en esa cocina, tan poderosamente suya y tan nuestra también, porque es conmovedor cómo podría ser la cocina que acabo de describir, la de cualquier anciana española que prepara la comida a su nieto, guarda objetos inservibles y trata de mantener una existencia pulcra y digna. Hacía tiempo que no veía una película que me conmoviera así. Las ciudades occidentales se nos han ido llenando en los últimos años de restaurantes exóticos y hemos pensado, ilusos, que a través de ellos conocíamos China, Corea, Vietnam o esos países árabes que ahora nos muestran anhelos tan similares a los nuestros. Tras el velo de la multiculturalidad, tras el colorido de la diferencia, creíamos vislumbrar algo de un mundo ajeno. Y todo era mucho más simple. La cocina de la abuela que interpreta la actriz Yoon Jeong-Hee se parece a la cocina de una de nuestras abuelas: el mismo amontonamiento y el mismo primor en unos escasos metros cuadrados; el mismo sentirse sobrepasada por la educación de un nieto; el mismo deseo de recuperar lo que la vida le ha escatimado. De pronto, gracias a la puerta que abre el cine a una historia particular todo se nos vuelve cercano. Claro que hay cineastas o escritores en España que jamás se sentarían en una cocina como esa. Y se les nota.

Cosas de abuelas, Elvira Lindo [El País, 27 de febrero de 2011]

A la niña que sonríe a la cámara le quedan pocos meses para dejar de serlo. Conozco su futuro de tal forma que me acongoja no poder evitar lo que se le vendrá encima. Sonríe al fotógrafo profesional que ha ido a casa para sacar unas fotos de familia a las que añadirá en un montaje precario la imagen yeyé de la Virgen María, San José y el Niño para felicitar las Pascuas. Es el primer año que no van a ir al pueblo por Navidad, pero los padres quieren estar presentes encima de los televisores de las casas de los tíos. A la niña le hubiera gustado ir como todos los años a vivir la Nochebuena y la Nochevieja al calor del horno de su tío panadero. La niña, expansiva, gregaria, encuentra su hábitat natural rodeada de cincuenta personas entre tíos y primos, en esas veladas en las que los niños cantan hasta quedar roncos, corren de madrugada por las calles heladoras del pueblo y se acurrucan bajo siete mantas susurrando al oído de los primos un último secreto antes de ser derrotados por el sueño. La niña aún no entiende enteramente la nostalgia con la que su madre vive el estar lejos de los suyos, pero a veces se siente contagiada por el mal de la melancolía inexplicable. La melancolía es una sombra aún débil en su carácter. La niña es de sonrisa fácil. La sonrisa le sube el rostro alargado hacia arriba y sólo los ojos permanecen tozudamente inclinados hacia abajo, como anunciando la doble naturaleza de un temperamento inestable. La niña tiene una serie de recuerdos difusos sobre su pequeño pasado. Se mezclan los paisajes de los lugares en los que ha vivido y la conformidad ante la idea de que la vida es un llegar para irse y que uno debe adaptarse pronto y sin protestar a nuevas casas y nuevos acentos. La niña tiene ahora un acento mallorquín, lo ha adquirido en pocos meses y ahora no podría imaginar una vida fuera de la isla. Parece que siempre ha bajado, como ahora baja, al colmado del señor Jaume para que le prepare todas las tardes un bocadillo de sobrasada y aceitunas. A su mejor amiga de la calle le falta un brazo y lleva uno que parece el de la Virgen María. A veces juegan al corro y la niña entiende que por fidelidad habrá de tomar la mano de estatua de su amiga. El alma de la niña se agita en esos momentos con miedo y compasión. Como si fuera un regalo, la amiga le enseña el muñón y la niña lo toca. Toca el fruncido de muñeca de tela que forma la piel al final del hombro. La niña soñará durante muchas noches que los brazos se le caen al suelo como cae la fruta madura del árbol. Ésta es sin duda la tragedia más palpable que ha vivido la niña. Esto, la melancolía de su madre y una cierta ansiedad que le lleva a tener algunas manías, como rascar las paredes, guiñar los ojos o arrancarse la vacuna del cólera hasta provocar una infección que ha traído al practicante a casa. Manías que van y vuelven, que torturan y avergüenzan. Manías que se agudizan cada vez que su madre pronuncia la palabra manía.
Un día, la debilidad emocional de su madre toma un nombre concreto: corazón. El corazón no late a su debido ritmo y eso es lo que provoca en la madre llantos sin motivo. Ese órgano misterioso que está detrás del pecho izquierdo sobre el que la niña, aun siendo ya grande para estar en brazos, se queda dormida muchas noches, provocando la burla de sus hermanos mayores. Es el corazón el culpable de que la madre tenga que irse a un médico de la Península. La madre nunca se ha marchado de casa, así que la niña vive de pronto una orfandad anticipada, un ensayo. Apenas habla con la madre por teléfono porque está muy débil y se emociona, dice la tía. Ya habrá tiempo. El tiempo pasa, pasa como un galgo y se lleva dos meses por delante hasta que el padre anuncia que ha llegado el momento de ir a verla a Madrid.
Es una tarde larga del comienzo de la primavera. El piso es nuevo, iluminado ahora por la última luz de la tarde, apenas amueblado y lleno de gente. Son esos mismos tíos y primos que beben y cantan en el horno por Navidad. Pero ahora hablan bajo, como se habla en los velatorios o en misa. Están por todas partes. En la cocina las mujeres andan preparando la cena, en el salón los hombres fuman, en el pasillo unos van y vienen. La niña presiente el final de una vida, la suya como niña. Quisiera no entrar en el cuarto, preferiría esperar a su madre en la isla, que su vuelta no estuviera sometida a la emoción del regreso, verla sin más, acodada en la ventana, vigilando su vuelta del colegio. La niña se resiste a entrar pero la mano firme del padre la sitúa delante de la cama. La mujer que la niña ve allí no es la madre.
La madre era una mujer alta, con el pecho generoso y elevado de las madres, ese pecho para hundir el desconsuelo cuando te han pegado, el pecho contra el que estamparse para sofocar la rabia. La madre llevaba peinados cardados, tenía el pelo castaño y los ojos vivos y pequeños, la sonrisa redonda, de dientes grandes y muy blancos. La madre tenía una voz dulce, susurrante y entonada con la que cantaba boleros en la cocina. No, no es ella. La mujer que yace en la cama tiene el color de los aparecidos, la piel amarilla. La mano amarilla que se alza temblorosa con la intención de tocarle la cara a la niña. La niña debería darle a la mujer extraña el consuelo de un abrazo tanto tiempo esperado. Eso debería haber hecho, pero se queda a los pies de la cama, incapaz de no sentir un rencor infundado.
Una de las tías pierde la paciencia. Besa a tu madre, dice. La cabeza de la niña acerca reticente su cabeza a la cabeza de pelo blanco de la mujer que más que hablar solloza. "Hija mía, hija mía". La niña apoya una mano sobre su cuerpo y toca algo duro y picudo. Le cuesta advertir que aquello es la cadera. La cadera que ella conocía, la cadera carnal y redonda ya no existe. Los hermanos también están allí, de pie, parados ante la imagen de la desconocida. Una de las tías, con esa disposición que podría parecer frialdad a quien no supiera que el amor se manifiesta también amortajando parientes y limpiando moribundos, baja la sábana y abre el camisón de aquella anciana de cuarenta y dos años que lejanamente recuerda a la madre. Miradla, pobrecica, mirad lo que ha tenido que pasar. Una cicatriz gorda y roja recorre de arriba abajo el pecho agitado de la mujer, un ciempiés con mil patas negras a los lados que se ondula o se encoge de pronto, según la enferma, con un hilo de voz, pronuncia los nombres de sus cuatro hijos y los mira con ojos espantados desde un mundo que no es el de los vivos. Ahora tenéis que cuidarla, dice alguien. La niña, al oírlo, alberga los dos sentimientos que ya no habrán de abandonarla nunca, el de la responsabilidad y el de la amenaza. La responsabilidad es una presión en el pecho, la amenaza de la muerte el apretón de una garra en la nuca.
La noche entra en el cuarto. Nadie da la luz. Los adultos entran a despedirse, acarician la frente a la enferma, murmuran algún último consejo. Las hermanas se quedan sentadas en la otra cama, en silencio, sabiendo que la madre desea tenerlas cerca. Se acuestan y la hermana mayor abraza a la niña, que trata inútilmente de reprimir el llanto. No llores, no llores. La mujer respira y solloza, dice cosas que ellas no pueden entender. Cuando el cansancio va ganando a la pena y la habitación queda en silencio, un pequeño ruido va tomando forma. Es rítmico como el tictac de un reloj pero de una naturaleza distinta. Cambia su velocidad a cada momento, como si respondiera a un compás caprichoso. La niña se levanta y, tal y como ha visto hacer tantas veces esa tarde, moja el pico del pañuelo en el vaso de agua y se lo pasa a la mujer por los labios. Gracias, hija mía. La voz en la oscuridad es deliciosamente familiar, como si el hecho de no ver la cara amarilla de pómulos hundidos ayudara a devolver la presencia del ser querido. Es el corazón, dice la madre, lo que suena es mi corazón, no te asustes. Lo dice como si ella misma tuviera que habituarse a ese sonido que parece estar certificando a cada instante su precaria presencia en el mundo, sus días de más que son una resta del futuro que no va a tener. Tengo mucho calor, dice. La hermana se levanta para retirarle la colcha y las dos, la niña y la hermana adolescente, se quedan de pie, mirándola sin verla, escuchando el corazón, dispuestas desde entonces a hacer lo posible por mantener ese latido en el mundo. La niña, igual que acepta el desafío de una nueva ciudad o un nuevo acento, acepta que sus días de infancia están contados, y de la manera voluntariosa y poco argumentada con que los niños sensibles se hacen grandes propósitos, pasa el dedo índice por la cabeza del enorme ciempiés que duerme sobre el cuello de la anciana, que al tacto de la caricia vuelve a convertirse en su madre.
Corazón abierto, Elvira Lindo [El País, 30 de agosto de 2006]

Maravilloso. No se puede describir con mayor maestría situación y sentimientos. Este artículo tiene una fuerza arrolladora y una profunda intensidad emocional. Ya no entro en cómo está escrito. Me he sentido en su piel e intentaré explicar la razón. Antonia Garrido, la madre de Elvira Lindo falleció cuando ésta tenía dieciséis años (1978). Cuando yo contaba esa misma edad (1990), falleció mi abuela materna. Mi abuela ocupaba entonces un lugar extraordinariamente importante en mi vida y era, además, el centro de su familia. No exagero al decir que todo pivotaba en torno a ella. Bien, pues he recordado, fundamentalmente dos momentos: la visita que realicé al hospital -nuestra despedida- donde yo era consciente de que no iba a volver a verla y muy presumiblemente ella también; y la tarde que la acompañé al médico, cuando la enfermedad le plantó cara. Teníamos que recorrer a pie un trayecto de unos 500 metros hasta llegar a la consulta del médico, y hubo momentos en los que ella tuvo que apoyarse en mí. Esa misma tarde se celebraba un funeral y me pidió que modificáramos el recorrido para no pasar por delante de la iglesia y encontrarnos con el cortejo. Ella no deseaba que nadie la viera así. A decir verdad, era tan coqueta que nunca se quejaba y procuraba que nadie se diera cuenta de su dolor.
Hasta la visita al médico, yo no había advertido la gravedad. Mi abuela acababa de cumplir 64 años. Al regreso, pasamos directamente a recoger el tratamiento prescrito en la Farmacia, donde trabajaba mi tía.
El contraste entre el despreocupado y alegre recibimiento de mi tía y lo que acababa de vivir me hizo darme cuenta de que todos teníamos los ojos vendados o vivíamos de espaldas a esa realidad.
Cuando mi hermano, unos días más tarde (no sé cuántos) le puso nombre y rostro a la enfermedad, sobresaltado, incrédulo, yo estaba en la cocina de nuestra casa y era pasado el mediodía (yo iba al Instituto por las tardes). Sería la hora de almorzar porque me veo delante de la freidora pero no sé lo que estoy haciendo allí. Mi hermano vino a confirmarme el diagnóstico, lo que yo ya estaba tratando de asimilar desde que ví la cara del médico y escuché su parecer.
Tuvo más peso lo que no dijo y cómo lo dijo que lo que sacamos en claro al abandonar la consulta.
Ser cómplice de mi abuela en su padecimiento y ser testigo del examen de D. Emilio fueron un ensayo, una premonición de lo que iba a ocurrir. Esos días me “ayudaron” a prepararme.
Fue mi primera experiencia con la muerte de un modo directo. Tampoco era capaz de prever sus consecuencias una vez ocurrido el desenlace.
Apenas uno o dos meses después del fallecimiento de mi abuela, mi madre me dió la noticia del estado crítico de un chico muy joven, también del pueblo, tenía veintiséis, era el hermano de Rocío, una amiga de la pandilla con el que yo había estrechado un poco más la amistad desde hacía dos veranos. La última vez que nos encontramos, el día de Nochevieja, él me había presentado a su novia y se había despedido de mí (entonces ya estaba muy enfermo) pero yo no había sabido interpretar su mensaje. Me veo escribiéndole una carta sabiendo que él ya no la podría leer. 
Uno piensa que estará preparado y advertirá las señales caso de que vuelva a producirse una experiencia similar. En mi caso no fue así. 
Nueve años más tarde me veo acompañando a mi tía al ginecólogo. Esta vez nos llevaba mi otra tía, que estaba en el pueblo porque eran las vacaciones de verano. La siguiente visita, al especialista. Esta vez nos llevó su marido. 
La tarde que fueron a recoger los resultados, yo había salido con mi novio.
Cuando regresé, ya de noche, me encontré la pared de la cochera de su vehículo completamente desconchada y el faro y la parte delantera del coche, dañados.
Ahí empecé a vivir de nuevo algo para lo que yo no estaba preparada. Mi tía tenía sólo 45 años cuando le diagnosticaron la enfermedad. 
Supongo que escribo sobre esto porque ha tenido y tiene un impacto enorme en mi vida.
También porque me ayuda a ordenar mis ideas y a recordarlo. A enfrentarme a ello. Con tal de no sentirme sola. No sé si a alguien más le pasa. Cuando pienso en ellas me siento bien acompañada.





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