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jueves, 5 de mayo de 2016

En la antigua buhardilla


Algunas divagaciones sobre el oficio de la novela, Antonio Muñoz Molina
La santa de la espada, Antonio Muñoz Molina [El País, 21 de diciembre de 2018]
Contemplación de las imágenes, Antonio Muñoz Molina [El País, 13 de mayo de 2016]
Un viaje a Caravaggio, Antonio Muñoz Molina [El País, 1 de junio de 2013]

I
Dice Philip Roth: «Cada vez que empiezo una novela me veo confrontado con el aprendiz dentro de mí». La novela es un extraño oficio en el que la maestría, si llega, tiene mucho de hallazgo y de azar, y en el que, en cualquier caso, la experiencia de un libro no se transfiere más allá de él. Aprendes, con suerte, a escribir la novela que tienes entre manos mientras estás escribiéndola, y cuando la terminas lo aprendido se esfuma, y con el alivio del final se deshace también cualquier rastro de destreza. Si hay otra novela, vendrá al precio de un nuevo aprendizaje. Y si lo aprendido a lo largo de la que se terminó con tanto esfuerzo se intenta aplicar en la próxima, el resultado será una falsificación. Bien es verdad que no hay a veces falsificador más experto que el autor de la obra original, cuyos vicios expresivos, si hay suerte, se considerarán rasgos de estilo, y sus rutinas y mañas inventivas recibirán el título de nobleza de obsesiones. De modo que casi tanto esfuerzo como a aprender hay que dedicarlo a desaprender: o a lograr que la acumulación de la experiencia no se convierta en seguridad y arrogancia; algo parecido a lo que en la práctica zen se llama espíritu de principiante: un saber que solo es beneficioso en la medida en que es olvidado.
II
Hay temas que están volviendo siempre; hay tonos que no se borran porque forman parte del metal de la voz. Yo tengo la sensación casi física de haber escapado cuando termino un libro y de haberlo escrito para corregir o incluso desmentir el anterior. Pero al final, según acaba de apuntar mi querido Ángel Loureiro, parece que las semejanzas acaban siendo mucho más persistentes que las novedades, y que la morada en la que uno busca refugio es una repetición de aquella de la que se había escapado. El problema es saber dónde se encuentra el punto de equilibrio, el camino intermedio entre esa mezcla de fatalidad y elección con la que se inventa el mundo propio de cada uno y la monotonía consentida por la autoindulgencia. Es una cuestión engañosa porque muchas veces una poética del laconismo puede admitir sin fatiga una casi infinidad de variaciones sutiles. Pienso en Chéjov, en Emily Dickinson. Un rumor monótono de reconocimiento nos acoje desde la primera línea. En media página cabría la lista de los recursos usados. Y, sin embargo, las variaciones no se agotan. Pienso en las novelas de George Simenon, no solo las del comisario Maigret. El tono, la extensión, el estilo, apenas varían entre unas y otras, a lo largo de muchos años. Simenon tiene dentro un reloj infalible que determina la duración máxima de cada historia, un principio riguroso de economía que rige el número de los personajes y el de las pasiones que sienten. Pero esa semejanza es compatible con una extraordinaria diversidad de escenarios, que además en ningun caso son neutrales, porque en Simenon siempre es muy poderosa la sugestión del lugar, la percepción del espacio. Una calle de Nueva York o una plantación en Tahití o una casa de vecinos en una ciudad portuaria y petrolífera del mar Negro o un paisaje provincial de Holanda o de Francia. El tema ronda siempre los mecanismos del deseo, el trastorno, la soledad y la desgracia. De un modo u otro los personajes de Simenon siempre están perdidos. Y, sin embargo, esa reiteración de lo que es casi lo mismo nunca cansa. Las pequeñas variaciones son tan significativas porque las percibimos en el interior del patrón general, como en una pieza de música que siempre es la misma y siempre cambia en cada interpretación. Los que tendemos a la invención expansiva admiramos a los maestros de la concisión: a Paul Klee, a Dickinson, a Thelonious Monk, a William Carlos Williams, Alice Munro. Si, como decía Cyril Connolly, dentro de un hombre gordo hay un hombre muy delgado que grita pidiendo ayuda, dentro de las novelas muy largas quizás haya una novela corta o un cuento comprimido en un grado de síntesis cercano al del haiku, al de la greguería. Pero algo pasó que provocó una explosión, una reacción en cadena. Volveré sobre ella un poco más tarde.

III
Pero Simenon es un caso especial. Algunos no consideran que pertenezca a la gran literatura. Busco sus novelas en una librería de París y ha desaparecido del orden alfabético: De Semprún, Jorge, se pasa a Simon, Claude. En las librerías americanas tampoco suele encontrarse a Raymond Chandler o a Patricia Highsmith en los estantes llamados de Fiction and Literature. Están en Crime. En España, como apenas hemos tenido tradiciones, tampoco hemos tenido clasificaciones demasiado severas, menos aún en los años en los que mi generación de lectores y de novelistas estaba formándose, allá por la mitad de los años setenta. Borges era un modelo poderoso. Borges y Bioy habían fundado en Buenos Aires la colección policial del Séptimo Círculo, poniendo en práctica una premisa estética que el propio Borges había esbozado en su prólogo a la primera novela sólida de Bioy, «La invención de Morel». Las formas breves, el cuento fantástico, el enigma policial eran antídotos contra la proliferación indisciplinada de la novela realista o las efusiones verbales de la novela experimental. A algunos de nosotros esa llamada al orden nos resultó muy atractiva, y creo que también muy beneficiosa durante un cierto tiempo. Nos permitió leer sin prejuicios, saltándonos las divisiones estrictas entre lo que era gran literatura y lo que no lo era, y también forzándonos a valorar por encima de todo no los contenidos y los mensajes tan abrumadores en una época de gran intoxicación ideológica, sino el puro acto de contar. Tardíamente, al abrirnos a los géneros de la literatura popular, con su parte de construcción artificiosa y de descaro sentimental, podíamos acercarnos al arte narrativo con la benéfica desenvoltura con que la explosión visual del pop libró a la pintura americana de los rigores del expresionismo abstracto. Después del experimentalismo inflexible, de la pesadumbre de lo social y de lo vernáculo, la afición a los géneros nos incitaba a una necesaria ligereza. Ligereza, se ha dicho, no es lo contrario de seriedad, sino de pesadez. La novela realista, decía Borges, se permite indulgencias y descuidos de organización que serían inaceptables en el cuento policial o fantástico. Algunos imaginábamos la posibilidad de reunir lo mejor de los dos mundos. Yo me preguntaba cómo habría sido el Viaje al centro de la Tierra si en vez del tosco Julio Verne lo hubieran escrito Rimbaud o Baudelaire. Soñaba una novela policial perfecta en la que cupiera al mismo tiempo la densidad de las vidas reales y el flujo de los hechos históricos. Hubiera querido escribir en el mismo libro La educación sentimental y El Fantasma de la Ópera, El Gran Gatsby y Cosecha roja, El sueño de los héroes y la historia de secreto e infamia de Ramón Mercader. Hubiera deseado que en el salón de la duquesa de Guermantes se cometiera un crimen y que el narrador indolente de Proust consagrara toda su inteligencia y su capacidad de observación a resolverlo.



IV
Era útil esa fascinación con los géneros para inventar novelas, igual que imagino que es útil la disciplina de la métrica y de la rima para domar las efusiones emocionales y verbales de los aprendices de poetas. No hay arte en el que no sea imprescindible la interiorización de una forma. Lo cual me recuerda ese aforismo de Juan Ramón Jiménez según el cual en poesía la forma va por dentro. A diferencia de lo que ocurre en las novelas, en la vida real no hay principios claros ni finales rotundos, no hay simetría, no hay selección ni organización de los materiales, no hay una lógica interior.
El tale of sound and fury told by an idiot signifying nothing de Shakespeare es bastante literal, con solo que ampliemos un poco el catálogo de las cosas de las que trata el cuento, aparte de sonido y de furia. Uno creía tener una buena historia, pero se exasperaba al descubrir que ese conocimiento no le servía de nada. Entre la historia imaginada y el papel, en aquellos tiempos anteriores a las pantallas de cristal líquido, había un espacio en blanco, un cortocircuito, una imposibilidad del mismo orden de la que nos impide hablar a voluntad en los sueños o encontrar de pronto una palabra o una frase trivial en un idioma extranjero. Uno tenía ráfagas de historias, docenas de ellas, relatos escuchados a los mayores y situaciones inventadas a partir de la propia vida, uno tenía libros que le daban el impulso urgente de escribir pero que solo servían para anularlo con el resplandor de su ejemplo. Se escribían unas páginas como en un vendaval de inspiración y al día siguiente se comprobaba que no valían nada o quizás que conducían a un callejón sin salida o a una espesura en la que no había el menor indicio de orientación. Queriendo haber avanzado se encontraba uno de vuelta en el principio. Pero el problema era que no se tenía una sensación indudable de eso, de un principio. Qué envidia de tantas primeras frases, casuales en apariencia, como surgidas sin esfuerzo, imponiéndose sin dificultad, a veces con una promesa inmediata, otras con un aire de irrelevancia, casi de vulgaridad.
«Mucho tiempo he estado acostándome temprano.»
«Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes.»
«La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió...»
«A lo largo de tres días y de tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación.»
«Quisiera no haber visto del hombre (...) nada más que las manos.»
«La primera vez que puse la mirada en Terry Lennox...»
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas...»

Había que tener un principio, el cabo de un hilo. ¿Y cómo se podría llegar a él, tirar y sentir que resistía, que procuraba un impulso desde el cual se hiciera más seguro el avance?
Pero además había que sujetar todos los materiales de orígenes tan diversos a una forma que permitiera gobernarlos, que les diera una cierta unidad. La novela de aventuras y la novela de misterio ofrecían un esquema sólido, que en el fondo era el de las narraciones más primitivas: el héroe que abandona su lugar de origen para salir en busca de algo o de alguien, del vellocino de oro o del padre perdido o del cofre del tesoro; el que para lograr lo que busca ha de resolver una serie de enigmas, de todos los cuales el más radical es el de la muerte. La primera vez que yo me puse a escribir una novela anduve perdiéndome durante meses y años en un bosque de historias y poco a poco comprendí que la única manera que tenía de organizarlas era sometiéndolas a un esquema de investigación más o menos policial, aunque también de viaje de búsqueda. Me ayudaron Ross McDonald y Henry James, escritores de dos mundos en apariencia incompatibles. En algún momento de su carrera Ross McDonald dio con un argumento tan admirable que ya nunca dejó de repetirlo, novela tras novela, y que venía en parte de Conan Doyle. Alguien se pone a investigar un crimen recién cometido y descubre otro que ha permanecido oculto durante veinte o treinta años; alguien que parecía llevar muerto mucho tiempo resulta que estaba vivo y había cambiado de identidad: durante veinte o treinta años un cadáver tuvo un nombre que no le pertenecía porque quien se creyó que llevaba todo ese tiempo en la tumba siguió vivo, escondiéndose. El muerto que vuelve es Laura en la película de Otto Preminger y Sherlock Holmes en El Misterio de la casa cerrada, de Conan Doyle. En realidad, se trata de una versión secular de un cuento mucho más antiguo, el de la aparición de Cristo ante los discípulos después de su muerte y su entierro, ese caminante que revela su identidad durante la cena en Emaús.

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