Max Aub. Escritor sin público, ciudadano sin país, Antonio Muñoz Molina
Hiroshima y la mentira atómica, Juan Gabriel Vásquez
Rafael Chirbes sobre Las tormentas del 48, de Benito Pérez Galdós [El País, 28 de diciembre de 2013]
Tres artículos que recomendaría y que me han gustado especialmente, por lo que he podido aprender de ellos:
En el primero, Muñoz Molina comenta San Juan, de Max Aub; Hiroshima, de John Hersey, comentado por Juan Gabriel Vásquez, su traductor al castellano; y Las tormentas del 48, de Benito Pérez Galdós, comentado por Rafael Chirbes.
Creo que se nota cuando un articulista hace un perfil sobre otro autor al que conoce bien y admira mucho. En este caso, además, se hace patente una cadena de admiraciones ya que, por ejemplo, Max Aub y Pérez Galdós sirven de maestros a Muñoz Molina y a Chirbes. ¿Cuál es la línea que tienen en común todos ellos? Te invito a descubrirla.
Me gustaría resumir/destacar una vez más lo fundamental [Ich möchte das Wesentliche noch einmal zusammenfassen]:
Max Aub
Escritor sin público, ciudadano sin país
Por Antonio Muñoz Molina
Max
Aub, español de vocación, mexicano de adopción, siempre
republicano, socialista y liberal, es uno de los grandes
heterodoxos de nuestras letras. Irónico,
lúdico, de la novela al teatro, de los diarios a la historia
ficción, del cuento al anecdotario, su obra nunca decepciona. En su
centenario, Antonio Muñoz Molina, uno de los que más ha hecho para
que su obra tenga el reconocimiento que merece, vuelve a Aub para
narrarnos la lucha del escritor exiliado por sus lectores.
En
marzo de 1998 asistí a una representación de San
Juan, de Max Aub,
en el teatro María Guerrero de Madrid. La sala estaba llena de
público, el montaje tenía una admirable envergadura visual y
dramática, los numerosos actores, sin excepción, interpretaban a
sus personajes con intensidad y sin énfasis. El final apocalíptico
dejó un silencio de congoja seguido inmediatamente por un largo
diluvio de aplausos. Puesto en pie, entre la gente entusiasmada y
conmovida, me acordé de Max Aub, que llevaba muerto 26 años, y a
quien le llegaba tan tarde la justicia de
aquel reconocimiento. Lo que acabábamos de ver y escuchar
en el María Guerrero lo había escrito él hacía exactamente 56
años, en la bodega del barco que lo llevaba
de Casablanca a Veracruz, pero lo había empezado a
imaginar algún tiempo antes y en otro barco más siniestro, aquel
donde viajó prisionero de los franceses de
Vichy desde Marsella a África. Max Aub, que fue un
escritor asiduo y excelente de diarios, tuvo sin embargo la virtud
paradójica de usar la propia experiencia
como material narrativo o dramático despojándola de cualquier
indicio de autobiografía: "Veo lo que vi sin verme",
anota en alguna parte, y ese conciso aforismo, entre Gracián y
Bergamín, contiene una parte de su poética. El doble viaje en barco
—por el Mediterráneo, por el Atlántico— vivido por él mismo
aporta los materiales inmediatos y veraces de la escritura, pero ésta
se desplaza narrativamente más allá de la experiencia de su autor,
se vuelca en el relato de otro viaje no vivido por él pero verdadero
en la medida en que se alimenta de las sensaciones, los olores, el
agobio que él ha conocido en esas bodegas penitenciarias y sombrías
de buques de carga condenados al desguace: el
viaje sin destino de un grupo de judíos europeos a los que nadie
quiere en ningún puerto y acaban tragados por el mar, en un anticipo
de la gran matanza que en 1938, cuando se sitúa la acción de San
Juan, aún no había
comenzado, y de la que ni siquiera había noticias muy
claras en 1942, cuando Max Aub escribió su drama, que se publicó un
año más tarde, ya en México, pero que él no vio nunca
representado.





