| El Bosco, 1503-1504 |
Imagino
un idioma cuya literatura tiene un gran espacio en blanco en el centro: la obra maestra de la literatura en ese idioma permanece
oculta durante siglos, olvidada o prohibida; el nombre de su autor no lo
conocen más que dos o tres eruditos. El problema más grave no es la injusticia
del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que
fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma
y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las
influencias que una obra así podía haber irradiado. Hay que pensar en qué
habría sido la literatura en inglés, y hasta la misma lengua inglesa, sin la King James Bible,
la traducción directa al inglés que se publicó en 1611. No habría habido
Milton, ni William Blake, ni los suntuosos oratorios de Haendel, ni Moby-Dick, ni Walt
Whitman, ni una parte de James Joyce, ni Faulkner, ni los Negro Spirituals,
ni los discursos arrebatadores de Martin Luther King.
Una
de las cimas literarias de la lengua española, la Biblia traducida en el siglo XVI,
ha sido invisible o ha permanecido en los márgenes de nuestra cultura desde el
momento mismo en que se publicó, y no ha podido ejercer ninguna influencia
vivificadora; uno de nuestros más grandes escritores, su traductor, fue
perseguido hasta el extremo de que su nombre fue borrado por completo de
nuestra memoria colectiva. Fue raído, habría escrito él mismo, Casiodoro de
Reina, con su sentido visceral del idioma, su capacidad para
combinar la inmediatez y la riqueza de la lengua popular con las tensiones
máximas de la voluntad poética, con la necesidad de enriquecer y ensanchar el
idioma español para que cupiera en él nada menos que toda la Biblia, el Antiguo
Testamento y el Nuevo, desde el Génesis al Apocalipsis. La Biblia King James se
publicó en Inglaterra en 1611, con pleno apoyo de la Corona, y gracias al
trabajo sostenido de un equipo de traductores (John Updike decía que era una de
las dos únicas obras maestras escritas por un comité, junto al informe oficial
sobre los atentados del 11 de septiembre). A la manera española, Casiodoro de Reina
parece que hizo él solo la mayor parte de ese trabajo ingente, y además lo hizo
no en la tranquilidad de un estudio, con tiempo y sosiego por delante y una
biblioteca a mano, sino mientras huía de un sitio a otro, por la Europa de la
Reforma, la Contrarreforma y las guerras de religión. Nuestra Biblia castellana
se terminó de traducir cuarenta años antes que la inglesa, pero se publicó en
Basilea, en 1569, y los pocos ejemplares que llegaron de contrabando
a España cayeron en manos de la Inquisición y fueron quemados por ella, igual
que fue quemado el hereje que los introdujo en el país, del que se sabe que se
llamaba Juanillo y era jorobado.
Si
a Casiodoro de Reina no lo quemó la Inquisición fue porque había escapado a
Ginebra en 1559. Lo quemaron, desde luego, en efigie, en 1562, en Sevilla, en un auto
de fe en el que ardió también el cadáver sacado de la sepultura de otro
perseguido que había muerto antes de que lo atraparan. Quemaron cadáveres y
muñecos de cartón, y quemaron a personas vivas, entre ellas una mujer que había
albergado en su casa reuniones clandestinas de disidencia religiosa. Ordenaron
derribar la casa de la mujer y sembraron de sal el solar para asegurarse de que
no pudiera crecer ni la hierba. Casiodoro de Reina estuvo en Ginebra, en
Inglaterra, en Amberes, en Fráncfort, en Basilea, en Estrasburgo. Traducía la
Biblia, ejercía como pastor de comunidades de españoles refugiados y vivía del
comercio de la seda. Había sido monje jerónimo en Sevilla, muy cercano a los
círculos erasmistas en los que abundaban los judíos y moriscos conversos.
De Ginebra se marchó porque lo repugnaba que los calvinistas fueran
tan aficionados como los católicos a quemar disidentes. Menéndez
Pelayo, que no tuvo más remedio que admirar su talento literario, procura
también desacreditarlo en su Historia
de los heterodoxos españoles: dice que era un morisco granadino, y
que cuando se marchó de Inglaterra fue huyendo de una acusación de sodomía.
La obra maestra escondida, Antonio Muñoz Molina [El País, 27 de julio de 2014]
Sobre La Biblia del Oso. Traducción de Casiodoro de la Reina. Edición dirigida por José María González Ruiz. Alfaguara. Madrid, 2001.
La madre de la literatura, Félix de Azúa [El País, 26 de mayo de 2013]
Cada lector, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 9 de octubre de 2012]
Ese monumento de papel, Arturo Pérez Reverte [Patente de corso, 4 de abril de 2011]
El sermón del fantasma, Javier Marías [El País, 7 de mayo de 2006]
La “Biblia del oso”, Luis Manuel Ruiz [El País, 15 de mayo de 2002]
El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, Miguel de Cervantes. Primera Parte. Capítulo XLIII
Hallada la primera traducción al español del “Elogio de la locura”, Isabel Ferrer [El País, 15 de febrero de 2012]
Hallada la primera traducción al español del “Elogio de la locura”, Isabel Ferrer [El País, 15 de febrero de 2012]






