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martes, 29 de julio de 2014

La nave de los locos

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El Bosco, 1503-1504


Imagino un idioma cuya literatura tiene un gran espacio en blanco en el centro: la obra maestra de la literatura en ese idioma permanece oculta durante siglos, olvidada o prohibida; el nombre de su autor no lo conocen más que dos o tres eruditos. El problema más grave no es la injusticia del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las influencias que una obra así podía haber irradiado. Hay que pensar en qué habría sido la literatura en inglés, y hasta la misma lengua inglesa, sin la King James Bible, la traducción directa al inglés que se publicó en 1611. No habría habido Milton, ni William Blake, ni los suntuosos oratorios de Haendel, ni Moby-Dick, ni Walt Whitman, ni una parte de James Joyce, ni Faulkner, ni los Negro Spirituals, ni los discursos arrebatadores de Martin Luther King.
Una de las cimas literarias de la lengua española, la Biblia traducida en el siglo XVI, ha sido invisible o ha permanecido en los márgenes de nuestra cultura desde el momento mismo en que se publicó, y no ha podido ejercer ninguna influencia vivificadora; uno de nuestros más grandes escritores, su traductor, fue perseguido hasta el extremo de que su nombre fue borrado por completo de nuestra memoria colectiva. Fue raído, habría escrito él mismo, Casiodoro de Reina, con su sentido visceral del idioma, su capacidad para combinar la inmediatez y la riqueza de la lengua popular con las tensiones máximas de la voluntad poética, con la necesidad de enriquecer y ensanchar el idioma español para que cupiera en él nada menos que toda la Biblia, el Antiguo Testamento y el Nuevo, desde el Génesis al Apocalipsis. La Biblia King James se publicó en Inglaterra en 1611, con pleno apoyo de la Corona, y gracias al trabajo sostenido de un equipo de traductores (John Updike decía que era una de las dos únicas obras maestras escritas por un comité, junto al informe oficial sobre los atentados del 11 de septiembre). A la manera española, Casiodoro de Reina parece que hizo él solo la mayor parte de ese trabajo ingente, y además lo hizo no en la tranquilidad de un estudio, con tiempo y sosiego por delante y una biblioteca a mano, sino mientras huía de un sitio a otro, por la Europa de la Reforma, la Contrarreforma y las guerras de religión. Nuestra Biblia castellana se terminó de traducir cuarenta años antes que la inglesa, pero se publicó en Basilea, en 1569, y los pocos ejemplares que llegaron de contrabando a España cayeron en manos de la Inquisición y fueron quemados por ella, igual que fue quemado el hereje que los introdujo en el país, del que se sabe que se llamaba Juanillo y era jorobado.
Si a Casiodoro de Reina no lo quemó la Inquisición fue porque había escapado a Ginebra en 1559. Lo quemaron, desde luego, en efigie, en 1562, en Sevilla, en un auto de fe en el que ardió también el cadáver sacado de la sepultura de otro perseguido que había muerto antes de que lo atraparan. Quemaron cadáveres y muñecos de cartón, y quemaron a personas vivas, entre ellas una mujer que había albergado en su casa reuniones clandestinas de disidencia religiosa. Ordenaron derribar la casa de la mujer y sembraron de sal el solar para asegurarse de que no pudiera crecer ni la hierba. Casiodoro de Reina estuvo en Ginebra, en Inglaterra, en Amberes, en Fráncfort, en Basilea, en Estrasburgo. Traducía la Biblia, ejercía como pastor de comunidades de españoles refugiados y vivía del comercio de la seda. Había sido monje jerónimo en Sevilla, muy cercano a los círculos erasmistas en los que abundaban los judíos y moriscos conversos. De Ginebra se marchó porque lo repugnaba que los calvinistas fueran tan aficionados como los católicos a quemar disidentes. Menéndez Pelayo, que no tuvo más remedio que admirar su talento literario, procura también desacreditarlo en su Historia de los heterodoxos españoles: dice que era un morisco granadino, y que cuando se marchó de Inglaterra fue huyendo de una acusación de sodomía.

La obra maestra escondida, Antonio Muñoz Molina [El País, 27 de julio de 2014]
Sobre La Biblia del Oso. Traducción de Casiodoro de la Reina. Edición dirigida por José María González Ruiz. Alfaguara. Madrid, 2001.


La madre de la literatura, Félix de Azúa [El País, 26 de mayo de 2013]
Cada lector, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 9 de octubre de 2012]
Ese monumento de papel, Arturo Pérez Reverte [Patente de corso, 4 de abril de 2011]
El sermón del fantasma, Javier Marías [El País, 7 de mayo de 2006]
La “Biblia del oso”, Luis Manuel Ruiz [El País, 15 de mayo de 2002]
El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, Miguel de Cervantes. Primera Parte. Capítulo XLIII
Hallada la primera traducción al español del “Elogio de la locura”, Isabel Ferrer [El País, 15 de febrero de 2012]






miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mirar con nuevos ojos



El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos. 





Hay una fotografía de Marcel Proust, su hermano y su madre capaz de producir escalofríos. Madame Proust está sentada, mientras que sus hijos, dos jóvenes veinteañeros, están de pie uno a cada lado de ella. Van bien vestidos y en sus ojos hay una mirada que hace pensar en el boulevard y en el salon. Los dos tienen algo de felino y afectado.Es fácil imaginar por qué maman tiene un aire tan severo y reprobador. Es una mujer que ha visto la cara a las dificultades, y estos jóvenes están preparados para las dificultades más dulces, delicadas y placenteras. Cuando el observador vuelve a deslizar su mirada hacia ellos puede apreciar en Marcel más inquietud interior; su mirada no es tan sosegada como la de su hermano Robert.Las cartas que su madre envió a Proust establecieron el escenario del primer volumen de su novela y marcaron la pauta de su vida. Una de las misivas, por ejemplo, fue escrita en 1895, cuando Proust tenía 24 años y estaba en Dieppe con el compositor Reynaldo Hahn, del cual estaba enamorado. Su madre quería saber exactamente a qué hora se iba a dormir y a qué hora se levantaba. Así que escribió: couche (acuesta) y dejó un espacio en blanco para que su hijo lo rellenase, y a continuación, escribió leve (levanta), y dejó otro espacio.Cuando comenzó a explicarse en su larga novela, que empezó pocos años después de la muerte de su madre, tuvo la hermosa idea de que ella, al morir, le había dejado un enorme espacio en blanco que tenía que llenar. Deseaba conocer todos los detalles; no quería que se le escatimase nada mientras estaba sentada en su silla en el cielo, con la mirada baja; y él haría cualquier cosa por complacerla.Las cartas de su madre marcaron su gran novela... y la pauta de su vida


Marcel Proust: El laberinto de la memoria; Colm Tóibín [El País, 12 de noviembre de 2013]
En busca del tiempo perdido, de Proust: Juventud de un centenario; Félix de Azúa [El País, 12 de noviembre de 2013]

Marcel Proust y los diez pilares de En busca del tiempo perdido, Winston Manrique Sabogal [El País, 14 de noviembre de 2013]
El lector inmortaliza a Marcel Proust por Nelson Fredy Padilla [El espectador, 24 de noviembre de 2012]
Fiebre manuscrita, Antonio Muñoz Molina [El País, 20 de febrero de 2013]


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