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jueves, 5 de mayo de 2016

En la antigua buhardilla


Algunas divagaciones sobre el oficio de la novela, Antonio Muñoz Molina
La santa de la espada, Antonio Muñoz Molina [El País, 21 de diciembre de 2018]
Contemplación de las imágenes, Antonio Muñoz Molina [El País, 13 de mayo de 2016]
Un viaje a Caravaggio, Antonio Muñoz Molina [El País, 1 de junio de 2013]

I
Dice Philip Roth: «Cada vez que empiezo una novela me veo confrontado con el aprendiz dentro de mí». La novela es un extraño oficio en el que la maestría, si llega, tiene mucho de hallazgo y de azar, y en el que, en cualquier caso, la experiencia de un libro no se transfiere más allá de él. Aprendes, con suerte, a escribir la novela que tienes entre manos mientras estás escribiéndola, y cuando la terminas lo aprendido se esfuma, y con el alivio del final se deshace también cualquier rastro de destreza. Si hay otra novela, vendrá al precio de un nuevo aprendizaje. Y si lo aprendido a lo largo de la que se terminó con tanto esfuerzo se intenta aplicar en la próxima, el resultado será una falsificación. Bien es verdad que no hay a veces falsificador más experto que el autor de la obra original, cuyos vicios expresivos, si hay suerte, se considerarán rasgos de estilo, y sus rutinas y mañas inventivas recibirán el título de nobleza de obsesiones. De modo que casi tanto esfuerzo como a aprender hay que dedicarlo a desaprender: o a lograr que la acumulación de la experiencia no se convierta en seguridad y arrogancia; algo parecido a lo que en la práctica zen se llama espíritu de principiante: un saber que solo es beneficioso en la medida en que es olvidado.
II
Hay temas que están volviendo siempre; hay tonos que no se borran porque forman parte del metal de la voz. Yo tengo la sensación casi física de haber escapado cuando termino un libro y de haberlo escrito para corregir o incluso desmentir el anterior. Pero al final, según acaba de apuntar mi querido Ángel Loureiro, parece que las semejanzas acaban siendo mucho más persistentes que las novedades, y que la morada en la que uno busca refugio es una repetición de aquella de la que se había escapado. El problema es saber dónde se encuentra el punto de equilibrio, el camino intermedio entre esa mezcla de fatalidad y elección con la que se inventa el mundo propio de cada uno y la monotonía consentida por la autoindulgencia. Es una cuestión engañosa porque muchas veces una poética del laconismo puede admitir sin fatiga una casi infinidad de variaciones sutiles. Pienso en Chéjov, en Emily Dickinson. Un rumor monótono de reconocimiento nos acoje desde la primera línea. En media página cabría la lista de los recursos usados. Y, sin embargo, las variaciones no se agotan. Pienso en las novelas de George Simenon, no solo las del comisario Maigret. El tono, la extensión, el estilo, apenas varían entre unas y otras, a lo largo de muchos años. Simenon tiene dentro un reloj infalible que determina la duración máxima de cada historia, un principio riguroso de economía que rige el número de los personajes y el de las pasiones que sienten. Pero esa semejanza es compatible con una extraordinaria diversidad de escenarios, que además en ningun caso son neutrales, porque en Simenon siempre es muy poderosa la sugestión del lugar, la percepción del espacio. Una calle de Nueva York o una plantación en Tahití o una casa de vecinos en una ciudad portuaria y petrolífera del mar Negro o un paisaje provincial de Holanda o de Francia. El tema ronda siempre los mecanismos del deseo, el trastorno, la soledad y la desgracia. De un modo u otro los personajes de Simenon siempre están perdidos. Y, sin embargo, esa reiteración de lo que es casi lo mismo nunca cansa. Las pequeñas variaciones son tan significativas porque las percibimos en el interior del patrón general, como en una pieza de música que siempre es la misma y siempre cambia en cada interpretación. Los que tendemos a la invención expansiva admiramos a los maestros de la concisión: a Paul Klee, a Dickinson, a Thelonious Monk, a William Carlos Williams, Alice Munro. Si, como decía Cyril Connolly, dentro de un hombre gordo hay un hombre muy delgado que grita pidiendo ayuda, dentro de las novelas muy largas quizás haya una novela corta o un cuento comprimido en un grado de síntesis cercano al del haiku, al de la greguería. Pero algo pasó que provocó una explosión, una reacción en cadena. Volveré sobre ella un poco más tarde.

III
Pero Simenon es un caso especial. Algunos no consideran que pertenezca a la gran literatura. Busco sus novelas en una librería de París y ha desaparecido del orden alfabético: De Semprún, Jorge, se pasa a Simon, Claude. En las librerías americanas tampoco suele encontrarse a Raymond Chandler o a Patricia Highsmith en los estantes llamados de Fiction and Literature. Están en Crime. En España, como apenas hemos tenido tradiciones, tampoco hemos tenido clasificaciones demasiado severas, menos aún en los años en los que mi generación de lectores y de novelistas estaba formándose, allá por la mitad de los años setenta. Borges era un modelo poderoso. Borges y Bioy habían fundado en Buenos Aires la colección policial del Séptimo Círculo, poniendo en práctica una premisa estética que el propio Borges había esbozado en su prólogo a la primera novela sólida de Bioy, «La invención de Morel». Las formas breves, el cuento fantástico, el enigma policial eran antídotos contra la proliferación indisciplinada de la novela realista o las efusiones verbales de la novela experimental. A algunos de nosotros esa llamada al orden nos resultó muy atractiva, y creo que también muy beneficiosa durante un cierto tiempo. Nos permitió leer sin prejuicios, saltándonos las divisiones estrictas entre lo que era gran literatura y lo que no lo era, y también forzándonos a valorar por encima de todo no los contenidos y los mensajes tan abrumadores en una época de gran intoxicación ideológica, sino el puro acto de contar. Tardíamente, al abrirnos a los géneros de la literatura popular, con su parte de construcción artificiosa y de descaro sentimental, podíamos acercarnos al arte narrativo con la benéfica desenvoltura con que la explosión visual del pop libró a la pintura americana de los rigores del expresionismo abstracto. Después del experimentalismo inflexible, de la pesadumbre de lo social y de lo vernáculo, la afición a los géneros nos incitaba a una necesaria ligereza. Ligereza, se ha dicho, no es lo contrario de seriedad, sino de pesadez. La novela realista, decía Borges, se permite indulgencias y descuidos de organización que serían inaceptables en el cuento policial o fantástico. Algunos imaginábamos la posibilidad de reunir lo mejor de los dos mundos. Yo me preguntaba cómo habría sido el Viaje al centro de la Tierra si en vez del tosco Julio Verne lo hubieran escrito Rimbaud o Baudelaire. Soñaba una novela policial perfecta en la que cupiera al mismo tiempo la densidad de las vidas reales y el flujo de los hechos históricos. Hubiera querido escribir en el mismo libro La educación sentimental y El Fantasma de la Ópera, El Gran Gatsby y Cosecha roja, El sueño de los héroes y la historia de secreto e infamia de Ramón Mercader. Hubiera deseado que en el salón de la duquesa de Guermantes se cometiera un crimen y que el narrador indolente de Proust consagrara toda su inteligencia y su capacidad de observación a resolverlo.



IV
Era útil esa fascinación con los géneros para inventar novelas, igual que imagino que es útil la disciplina de la métrica y de la rima para domar las efusiones emocionales y verbales de los aprendices de poetas. No hay arte en el que no sea imprescindible la interiorización de una forma. Lo cual me recuerda ese aforismo de Juan Ramón Jiménez según el cual en poesía la forma va por dentro. A diferencia de lo que ocurre en las novelas, en la vida real no hay principios claros ni finales rotundos, no hay simetría, no hay selección ni organización de los materiales, no hay una lógica interior.
El tale of sound and fury told by an idiot signifying nothing de Shakespeare es bastante literal, con solo que ampliemos un poco el catálogo de las cosas de las que trata el cuento, aparte de sonido y de furia. Uno creía tener una buena historia, pero se exasperaba al descubrir que ese conocimiento no le servía de nada. Entre la historia imaginada y el papel, en aquellos tiempos anteriores a las pantallas de cristal líquido, había un espacio en blanco, un cortocircuito, una imposibilidad del mismo orden de la que nos impide hablar a voluntad en los sueños o encontrar de pronto una palabra o una frase trivial en un idioma extranjero. Uno tenía ráfagas de historias, docenas de ellas, relatos escuchados a los mayores y situaciones inventadas a partir de la propia vida, uno tenía libros que le daban el impulso urgente de escribir pero que solo servían para anularlo con el resplandor de su ejemplo. Se escribían unas páginas como en un vendaval de inspiración y al día siguiente se comprobaba que no valían nada o quizás que conducían a un callejón sin salida o a una espesura en la que no había el menor indicio de orientación. Queriendo haber avanzado se encontraba uno de vuelta en el principio. Pero el problema era que no se tenía una sensación indudable de eso, de un principio. Qué envidia de tantas primeras frases, casuales en apariencia, como surgidas sin esfuerzo, imponiéndose sin dificultad, a veces con una promesa inmediata, otras con un aire de irrelevancia, casi de vulgaridad.
«Mucho tiempo he estado acostándome temprano.»
«Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes.»
«La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió...»
«A lo largo de tres días y de tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación.»
«Quisiera no haber visto del hombre (...) nada más que las manos.»
«La primera vez que puse la mirada en Terry Lennox...»
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas...»

Había que tener un principio, el cabo de un hilo. ¿Y cómo se podría llegar a él, tirar y sentir que resistía, que procuraba un impulso desde el cual se hiciera más seguro el avance?
Pero además había que sujetar todos los materiales de orígenes tan diversos a una forma que permitiera gobernarlos, que les diera una cierta unidad. La novela de aventuras y la novela de misterio ofrecían un esquema sólido, que en el fondo era el de las narraciones más primitivas: el héroe que abandona su lugar de origen para salir en busca de algo o de alguien, del vellocino de oro o del padre perdido o del cofre del tesoro; el que para lograr lo que busca ha de resolver una serie de enigmas, de todos los cuales el más radical es el de la muerte. La primera vez que yo me puse a escribir una novela anduve perdiéndome durante meses y años en un bosque de historias y poco a poco comprendí que la única manera que tenía de organizarlas era sometiéndolas a un esquema de investigación más o menos policial, aunque también de viaje de búsqueda. Me ayudaron Ross McDonald y Henry James, escritores de dos mundos en apariencia incompatibles. En algún momento de su carrera Ross McDonald dio con un argumento tan admirable que ya nunca dejó de repetirlo, novela tras novela, y que venía en parte de Conan Doyle. Alguien se pone a investigar un crimen recién cometido y descubre otro que ha permanecido oculto durante veinte o treinta años; alguien que parecía llevar muerto mucho tiempo resulta que estaba vivo y había cambiado de identidad: durante veinte o treinta años un cadáver tuvo un nombre que no le pertenecía porque quien se creyó que llevaba todo ese tiempo en la tumba siguió vivo, escondiéndose. El muerto que vuelve es Laura en la película de Otto Preminger y Sherlock Holmes en El Misterio de la casa cerrada, de Conan Doyle. En realidad, se trata de una versión secular de un cuento mucho más antiguo, el de la aparición de Cristo ante los discípulos después de su muerte y su entierro, ese caminante que revela su identidad durante la cena en Emaús.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Memoria lúcida

La memoria incompleta, por Antonio Muñoz Molina

La conferencia de Antonio Muñoz Molina se desarrolló en la Universidad de Utrecht el 20 de octubre de 2011 dentro del Ciclo de Conferencias Spinoza y contó con la presencia de Wiljan van den Akker, decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de Utrecht; Javier Vallaure, embajador de España en Países Bajos, y Pablo Valdivia, profesor de la Universidad de Ámsterdam (UVA).

En primer lugar, tengo que decir que para mí, dar una conferencia que lleva el nombre de Baruch Spinoza es ya conmovedor porque representa dos cosas para mí muy importantes: la defensa de la racionalidad frente al fanatismo y al oscurantismo religioso y de cualquier otro tipo, y representa también la dignidad de las personas perseguidas que se quedan sin país, sin idioma, y que son expulsadas hasta por aquellos que parecían los suyos. Hay un soneto maravilloso de Borges dedicado a él que me aprendí de memoria. Empieza diciendo:
Las traslúcidas manos del judíolabran en la penumbra los cristalesy la tarde que muere es miedo y frío.(Las tardes a las tardes son iguales).
Y así sigue el poema. Imaginarse a Spinoza puliendo lentes que ayudarán al conocimiento del mundo material y elaborando teorías que contribuirán, de manera decisiva, en un futuro, al progreso de la razón humana es una de las grandes imágenes que para un escritor, que aspira a ser un escritor español y europeo, es muy importante.
Cuando el profesor Valdivia me invitó a venir aquí a dar esta conferencia, yo pensé que podría ser útil que explicara el modo en que la necesidad de indagar, de buscar o de completar de algún modo la memoria española, la memoria del pasado español, la necesidad que yo había sentido desde muy joven; y el modo en que esa memoria fragmentaria, o dividida, o muchas veces suprimida o engañada estaba flotando en el aire cuando yo era niño…; el modo en que esa memoria contribuyó a crear mi propia imaginación como escritor.


El reino de las voces

A lo que aspira la literatura de ficción es a explicar el mundo mediante relatos y cada escritor, creo yo, tiene una narración básica que va persiguiendo a lo largo de su vida. Y, en mi caso, por circunstancias biográficas y probablemente psicológicas, esa búsqueda de una memoria rota, o perdida, o incompleta, ha sido desde el principio un elemento fundamental. Entre los primeros recuerdos de mi vida están los recuerdos de oír a los mayores: en mi casa, en la familia o en el campo donde trabajaban mis padres. Oír a las personas mayores hablar de algo que era muy extraño para mí: la guerra. La guerra para un niño era la guerra que se veía en las películas. Eran los cómics que había cuando era pequeño que se llamaban Hazañas bélicas. Eran cómics de soldados americanos luchando heroicamente contra los nazis y contra los japoneses. La guerra eran también las películas de guerra. Y para mí ver que aquellas personas que eran comunes y que eran de mi familia o conocidos hablaban de una guerra en la que ellos habían estado despertaba mi imaginación de una manera muy poderosa. Porque después, en otras tentativas de modificación de la memoria, se ha dicho que en España, hasta prácticamente el año pasado, no se hablaba de la guerra. Es una historia atractiva, pero tiene el defecto de ser falsa.
Se hablaba mucho. Se hablaba, claro, en voz baja, y según con quién y se contaba según qué. En un mundo oral, como el mundo en el que yo me crie, esas historias de guerra formaban parte del catálogo de cosas que un niño estaba siempre escuchando. Uno escuchaba fragmentos de cosas, lo que le había sucedido a alguien al que habían perseguido y habían matado. Yo escuchaba nombres que me llamaban mucho la atención. Por ejemplo «Azaña» que suena épico. Yo no sabía que Azaña fue primer ministro y luego presidente de la Segunda República. No sabía qué era la Segunda República. Oía la palabra «Negrín», don Juan Negrín. Oía la palabra «el Ejército Rojo». Oía una serie de cosas que me costaba asociar con las personas junto a las que vivía. Y no solo oía, sino que algunas veces encontraba en estas casas campesinas que había antes, en las que los niños están siempre indagando, encontraba por allí cosas extrañas que me llamaban la atención y que no tenían explicación.
Encontraba, por ejemplo, en un armario, algo que me subyugaba: un uniforme militar azul marino. Había un uniforme, un correaje y una gorra de plato. Y yo decía «¿y esto?». Eso pertenecía a mi abuelo materno que había sido guardia de asalto en la República. Y la palabra «guardia de asalto» sonaba tan bien, «guardia de asalto», algo tremendo. Eso quedaba allí. Recuerdo otra cosa fundamental: había una caja de lata que estaba llena de dinero, llena de billetes. Y, claro, un niño piensa: «pero nosotros no tenemos dinero, tenemos poco dinero, los mayores están siempre hablando del dinero, del dinero que falta, que no hay. Y ¿cómo es que tienen esta caja de dinero aquí?». Entonces, para mí, llegar allí, abrir este armario, mirar, ver ese uniforme allí colgando y luego ver esa caja llena de dinero me despertaba, por una parte, la intuición de algo, no se sabe qué, el conocimiento incompleto y, por otra, la necesidad de completar eso mediante la imaginación y mediante la atención. Porque si uno prestaba atención, escuchaba cosas. Y claro, yo veía a mi abuelo materno, que era campesino y no podía imaginarme que hubiera sido un policía de uniforme.
¿Por qué fue policía y ahora no lo es? ¿Por qué habrá sido eso? ¿Por qué había estado preso? Decía: «Mi abuelo ha estado preso ¿por qué?». Presos estaban los delincuentes, los ladrones… Algo se sabía y algo se ignoraba. Además eso contrastaba con la memoria o el relato del pasado que se hacía en la escuela de esa época. Yo nací en 1956. Tengo un recuerdo bastante nítido de lo que era estar en una escuela franquista en la que se contaba, claro, el pasado de las glorias imperiales de España. España había sido un gran imperio, los españoles habíamos sido los primeros en descubrir América, en echar a los judíos, habíamos sido los primeros en cristianizar al mundo. Luego habíamos caído en la decadencia y había llegado el caudillo Francisco Franco que nos había salvado de aquello. Como un nuevo cruzado. Entonces la historia que se contaba en la escuela también chocaba un poco con la otra historia. Porque si era verdad la historia que se contaba en la escuela, si los que habían luchado en la guerra en el lado franquista eran los españoles de verdad y los que no, eran los antiespañoles, entonces esa gente a la que yo conocía y a la que escuchaba hablar, esa gente ¿qué era?
Así que una parte muy importante de mi educación no tiene que ver con libros. Sí con la influencia —y quien haya leído alguno de esos libros lo notará— que tuvieron esos narradores orales, instintivos, que contaban lo que había ocurrido, lo que ellos habían vivido y, además, lo contaban de una manera muy sorprendente. Porque esas personas hablaban de la guerra sin ningún tono ni ideológico ni épico. Eran campesinos y los campesinos son los que van a morir a las guerras. Todo el que tiene estudios, el que sabe escribir a máquina o el que tiene alguna habilidad, se coloca en el Estado Mayor o donde sea. Los que van al frente y mueren en la guerra son campesinos. Estos campesinos hablaban tanto de esas historias…; pero esas no se parecían en nada a las de las películas o de los cómics.
Una cosa que recuerdo contaban, y lo decían casi todos, era que ellos siempre cerraban los ojos cuando disparaban. Cuando estaban en el frente, si tenían que disparar, cerraban los ojos. Porque pensaban que no tenían por qué matar a un desconocido. Y también había como una continua sensación de sorna. Recuerdo siempre a un amigo de mi abuelo que hablaba de cómo murieron muchos compañeros suyos porque tenían que tomar una colina. En el lenguaje de este hombre se le había quedado la expresión «tomar la colina». Y decía: «Tenemos que tomar la colina». «Colina» es una palabra que no forma parte del lenguaje campesino. Y él decía… «¿cómo “tomar”? ¿Es que nos la íbamos a llevar a nuestra casa? Nosotros moríamos para tomar la colina, pero la colina seguía allí. Entonces ¿qué sentido tenía eso?».

Jinete en la tormenta

Todas esas historias por una parte, desarrollan la imaginación y, por otra parte, lo llevan a uno a esa sensación de querer saber, querer explicar. Uno puede explicar de dos maneras: contando y averiguando lo que ocurrió, y hay otra manera que es contar lo que podía haber ocurrido, que es la manera de la ficción. En la época en que una persona de mi generación se volvía rebelde —estoy hablando de finales de los años sesenta, principios de los setenta—, había varias cosas que hacíamos o intentábamos hacer. Una de ellas era dejarnos el pelo largo, en contra de la opinión de nuestros padres y de nuestros mayores, y otra cosa, claro, ante la presencia tan opresiva de la iglesia católica, lo primero que uno hacía era hacerse ateo. Estoy en deuda con la jerarquía católica española ya que desde los catorce años carezco de cualquier problema religioso, porque yo asociaba la Iglesia, la religión católica con el poder y con la autoridad franquista. Por una buena razón: porque la Iglesia católica en España fue la proveedora de la ideología del régimen.
El régimen de Franco era un régimen mentalmente muy perezoso. Entonces no hicieron grandes elaboraciones teóricas. Para el adoctrinamiento mental tenían a la Iglesia. Y les aseguro que la presión que ejercía la Iglesia católica sobre la gente, sobre las costumbres, sobre el pensamiento era terrible. Y era una presión además que te creaba unas ideas sobre el mundo completamente disparatadas. Por ejemplo, las ideas sobre los protestantes… Aquí supongo que hay bastantes ¿no? Para nosotros un protestante era un ser monstruoso y prácticamente imaginario porque no habíamos visto ninguno. ¡Un protestante! En un pueblo de al lado había una familia protestante. No sé por qué. Y se hablaba de eso: «Allí viven unos protestantes». Una persona que tiene el instinto de la rebeldía quiere romper con eso. Uno no sabía nada ni de los protestantes ni de nadie. Lo único que sabía era que estaba en contra de aquella gente. Porque del mismo modo que el régimen franquista se había hecho como una alianza entre la iglesia católica y los militares sublevados y del mismo modo que el papa Pío XII había declarado «cruzada» la guerra civil española —eso es interesante recordarlo— una cruzada. No había habido cruzadas desde el siglo xiii. Y el papa Pío XII declaró la guerra, digo la guerra de la parte de Franco, la declaró una «cruzada». Esas cosas se olvidan, pero es importante recordarlas.
Cuento todo esto no por nada, sino por mostrar otro paso, otro episodio en la formación de una persona, en la formación de la imaginación de alguien. Es decir: la necesidad urgente y virulenta de renegar de aquello. De renegar de la Iglesia, de la dictadura, renegar de todo y de buscar un mundo fuera, en otros lugares. 


Fernweh, ansia por viajar, pasión por salir del lugar de origen
Heimweh, nostalgia por volver al hogar, al lugar de origen

[A Antonio Muñoz Molina le entregan una nota e informa de su contenido]
El embajador acaba de comunicar que la banda terrorista ETA ha anunciado el cese definitivo de su actividad armada. Me alegro mucho porque uno de los horrores que ha sufrido España ha sido ese terrorismo que ha matado casi mil personas inocentes a lo largo de más de 40 años y además… Yo soy muy crítico con mi país y creo que uno tiene que ser muy crítico con su país, pero creo que si algo ha hecho ejemplarmente la democracia española ha sido luchar contra el terrorismo, meter a los terroristas en la cárcel, juzgarlos con todas las de la ley, juzgar a aquellos dentro del Estado que no hayan cumplido las leyes. Mi país muchas veces es criticado como dudosamente democrático y oscurantista. Creo que España ha dado un ejemplo admirable de lucha democrática y resistencia contra el terrorismo. Así que me alegro muchísimo, cierro el paréntesis… y sigo.
Estoy muy contento y creo que todos los demócratas españoles tenemos que estarlo y tenemos además que vindicar el imperio de la ley y reivindicar los valores democráticos que han llevado a esto. Esto lo ha traído la lucha democrática, el trabajo, el sacrificio de la policía, de la guardia civil, de las leyes, de los jueces, lo ha traído la serenidad de la gente que jamás, jamás ha incurrido en la venganza. Lo digo porque ahora van a llegar muchos padres para esta situación y va a parecer que han sido los mediadores, los supuestos mediadores internacionales los que han traído la paz. La paz en España ya existía. Lo que había era un problema de terrorismo que la democracia española ha vencido y no pueden imaginarse muchos de ustedes lo difícil que fue, y lo cruel y lo doloroso que ha sido. 

 
Pero sigo. Estaba hablando de la necesidad de romper con esa memoria, con esa historia postiza que venía, por una parte, del poder político y por otra del poder eclesiástico. Es decir, el pasado español según lo que yo estudiaba en la escuela, o en el instituto, el pasado español era una constante lucha de nuestra nación católica contra sus enemigos. Enemigos comunistas, protestantes, enemigos liberales… Había un término terrible que se usaba mucho en esa época que era la «anti España». Es escalofriante si uno se para a pensarlo. Es decir: las personas que no estaban con el poder no es que fueran distintas; es que eran antiespañoles. Es que eran la «anti España». Y en esa búsqueda, de pronto uno encontraba la necesidad de otra memoria. Uno de pronto encontraba una tradición que no sabía que le pertenecía. Porque en un libro de texto o recomendado por un amigo, leías nombres, leías libros de gente, poemas de Federico García Lorca, por ejemplo. O un poema de Miguel Hernández o de Pedro Salinas, o de Antonio Machado. Y entonces querías sabes… Esa gente que sonaba tan distinto de todo lo que conocías, esa gente, ¿dónde estaba?, ¿qué había sido de ella? Y había, de nuevo, otro muro de silencio que había que vencer.
Los libros de Lorca estaban publicados en la España de Franco, por supuesto; una gran parte de ellos. Las obras de Machado también. Lo que no estaba era la historia de esa gente. Y uno… —este es un movimiento mental importante—… uno se hacía antifranquista al mismo tiempo que intentaba crearse una cultura literaria que implicaba la conexión con una memoria perdida. Con una tradición perdida o interrumpida, que es la tradición de la gran cultura española que quedó interrumpida por la Guerra Civil. Cuando voy a la Abadía de Westminster en Londres y veo «Poet’s corner» y veo donde están Dickens, y este, y el otro, siempre me pregunto «¿dónde están los poetas y los escritores españoles?». Pues García Lorca está en una fosa común en las afueras de Granada, Antonio Machado está en Francia en un cementerio francés, Luis Cernuda está enterrado en México, etc., etc. El descubrimiento de esos escritores que le hacían a uno creer, que le producían la emoción de algo completamente nuevo, algo radicalmente distinto, estaba asociado también con una disidencia política. Uno quería saltar por encima de su propio tiempo, de su propia vida para conectarse con esas personas, con esos nombres. Y entonces, como he dicho antes, uno encontraba tirando del hilo de lo que había ocurrido, encontraba cuál había sido el destino de esa gente y a qué España pertenecía.

Beatus ille

Recuerdo, por ejemplo, descubrir la lectura de Antonio Machado, de García Lorca, de Miguel Hernández; la lectura también de Max Aub, encontrar un libro de este escritor que había muerto en México. Y el hecho, insisto, de amar a esos escritores te hacía querer formar parte de esa tradición y recuperar ese ejemplo. La primera novela que escribí, Beatus ille, es, en gran parte, el resumen de todo esto que les he venido contando hasta ahora. Esa es una novela que está hecha de varias cosas: una de ellas son muchas historias que yo había escuchado de niño y que en la imaginación fueron cobrando forma hasta formar parte de una novela. Había una historia que a mí me impresionaba mucho de niño. Además los campesinos repiten mucho las cosas. No vamos a idealizar. Los campesinos son muy pesados. Son muy machacones.

Domingo González

Contaban una historia de un falangista en mi ciudad que un grupo de milicianos había ido a buscar en los primeros meses de la guerra para ejecutarlo. No lo habían encontrado porque este hombre se había escapado huyendo por unos tejados. Había entrado en un granero y se había escondido entre la paja. Y los que lo perseguían llegaron al granero y empezaron a clavar las hoces en la paja a ver si lo encontraban. De pronto el hombre sintió que las puntas de una de esas horcas le tocaban el cuerpo. Y pensó: «Ya está, me van a matar». Para su sorpresa, esas puntas se apartaron de su cuerpo y oyó una voz que decía: «Vámonos, que aquí no está». Este hombre había sido salvado por un desconocido. Quien haya leído alguna novela mía la reconocerá, porque es una historia que yo he contado de diversas maneras, en parte inventada, en parte recordada, muchas veces. Esas historias eran un elemento fundamental en la creación de mi primera novela. Una novela es, sobre todo, una manera de encontrar la forma en la que se incluyan y se contengan muchos materiales muy distintos. Y una gran parte de esos materiales que había dentro de la novela eran todas aquellas historias que había venido escuchando desde que era niño. Historias que, además, han perdido su carácter testimonial, porque por el hecho de ser contadas y recontadas, y por ser imaginadas, dejaron de ser testimonios para convertirse en algo parecido al relato mitológico.

Jacinto Solana

Ese era un elemento. Pero había otro, también fundamental. Inventé para esa novela un personaje que era como el retrato robot de esa parte de la memoria intelectual española que había sido suprimida por la dictadura y que una persona joven, de mi generación, quería recuperar. Inventé a un escritor que había pertenecido a la generación de la República, que había sido amigo de los grandes de esa época. Lo inventé en parte inspirado por Josep Torres Campalans, la novela de Max Aub. Es decir, puse un personaje falso rodeado de gente que había existido de verdad. Pero no solo inventé a ese escritor, sino que inventé también a un hombre mucho más joven que busca el rastro de ese escritor. Me parece significativo en mi trabajo el modo en que está vista la cuestión de la guerra o la postguerra civil española. No tanto la narración de los hechos en sí como el intento por parte de las personas de otras generaciones que vienen después de dar un salto y conectarse con ese pasado. Para una persona de mi generación, los finales de los años setenta o principios de los años ochenta, el pasado inmediato español era inútil, no nos servía para nada. Necesitábamos eso que se llama en inglés a usable past. Necesitábamos un pasado, una tradición con la que pudiéramos relacionarnos. Y esa tradición venía, por una parte, de la necesidad de aprender de maestros exteriores, de maestros de la literatura —Pablo ha citado a Faulkner y a Proust—, maestros de la literatura internacional, de la literatura latinoamericana, y dar el salto, a veces injustamente, por encima de la generación anterior que había pertenecido a la dictadura y conectarnos con la gran tradición, con esa gran tradición de la literatura de la República.
Esa novela es un ejercicio para alcanzar este fin. Es una reconstrucción imaginaria del posible reencuentro entre alguien que perteneció a la generación de la Guerra Civil, que perteneció a ese mundo intelectual, a ese tiempo de tantas posibilidades en todos los campos y los que vinieron después. Es decir: es un intento de superar esa tierra baldía en que convierte una dictadura a un país. Sobre todo una dictadura tan larga. Piensen que es muy importante a la hora de juzgar la historia contemporánea de España. ¿Cuánto duró el nazismo en Alemania? ¡Doce años! El fascismo en Italia duró veintiún años, más o menos, en América Latina la dictadura más larga es la de Pinochet —que yo recuerde—, (no, la más larga es la de Fidel Castro, ¿no?); pero de las dictaduras militares la más larga es la de Pinochet, desde 1973 a 1989. Son periodos manejables dentro de una vida humana. Pero la dictadura de Franco, si sumamos la dictadura y la guerra, son treintainueve años. Es mucho, mucho tiempo. Es la ruina de varias generaciones. Cuando un argentino de 1983 quería conectarse con la Argentina anterior al golpe militar, solo tenía que ir atrás siete años. Cuando un chileno de 1989 quería conectarse con la historia anterior de Chile tenía que viajar solo dieciséis años en el tiempo. Pero en España, y por eso los paralelismos que se han hecho después entre la dictadura española y las latinoamericanas no sirven, la duración de la dictadura fue terrible.
Aquí abro un paréntesis importante: no piensen que la dictadura duró en España tanto tiempo porque los españoles llevamos en nuestros genes las dictaduras y las guerras civiles. La dictadura duró tanto tiempo por varias razones: una, porque las democracias europeas se negaron a prestar la menor ayuda a la República española en 1936; dos, porque las democracias europeas no hicieron nada contra Franco cuando terminó la Guerra Mundial en 1945; tres, porque un representante de las grandes democracias, el general Eisenhower, presidente de Estados Unidos, fue a España en 1959 y le dio un abrazo a Franco. Eso es muy importante.
Porque en Europa hay la tentación de decir que los pueblos se merecen los regímenes que tienen. La dictadura de Franco duró tanto en España porque las democracias occidentales dejaron solos a los españoles.
Hay otro fragmento de memoria del que a mí me interesa hablar aquí y es que España a partir de los años sesenta, mucho antes de que terminara la dictadura, España de pronto ha empezado a sufrir un cambio muy rápido. Había sido un país muy atrasado. La España en la que yo nací era un país paralizado en el tiempo —sobre todo la España interior, Andalucía interior que el embajador mencionaba y en la que yo nací era una tierra de un atraso pavoroso— y en solo unos años empezó un despegue económico que se multiplicó en los setenta y que hizo que aquel mundo rural, que había durado tanto, desapareciera de pronto, y que hubiera un desplazamiento de población enorme del campo a la ciudad. La cultura del mundo rural desapareció de golpe. Una transición que en otros países europeos había durado, a lo mejor, un siglo en España se hizo en el curso de una generación. Este tránsito determina otro de los rasgos de la vida española y también ha determinado mi propia condición de escritor. Por una razón: porque en el espacio de una vida, no demasiado larga, la generación a la que yo pertenezco ha vivido en dos mundos, ha vivido en dos siglos. Cuando yo era niño los campesinos segaban con hoz y apenas había mecanización en el campo. Los trabajos del campo se hacían a mano. Era una sociedad patriarcal, rigurosamente cerrada, campesina, autosuficiente. Y treinta años después la generación a la que yo pertenezco estaba viajando por el mundo, manejaba computadoras… Entonces, las personas de mi generación tenemos recuerdos que son más antiguos que nosotros. Y eso lleva a un dislocamiento y lleva también a la pérdida de la conciencia de lo que se ha sido. Por una razón que es comprensible: la gente no quiere recordar cuando era pobre.

El jinete polaco

España de los años ochenta, de los primeros noventa, que es la época del gran estallido de la democracia española, es decir… piensen que Franco se muere en 1975 y España tiene una constitución nueva en 1978 y en 1982 gana las elecciones el Partido Socialista por mayoría absoluta. Es decir, un país en el que unos años antes no había más religión que la católica, en el que los protestantes eran criaturas fantásticas y amenazadoras, en menos de veinte años es un país con libertad religiosa, con libertad plena de costumbres, y, al cabo de no mucho más tiempo, un país en el que existe el matrimonio homosexual, y en el que la asistencia a las iglesias es de las más bajas de Europa. Es un cambio de una magnitud de la que nadie se da cuenta y que solo quienes lo han visto pueden concebirlo. La generación de mis hijos, la generación de Pablo, ya nació en otro mundo. Nosotros no. Entonces esa necesidad de contar ese choque entre las dos partes de la propia vida, ese pasado campesino tan cercano y el mundo moderno en el que uno vivía, está en la base de otra novela mía que es El jinete polaco, que se publicó hace justo veinte años. Es el conflicto tremendo de las personas de una generación que nacen en un mundo y tienen que vivir en otro. Que nacen en la época del arado romano y de adultos trabajan con Internet. El conflicto además que lleva también a la desaparición de toda una cultura. Y una cultura que no hay que idealizar, por supuesto, pero que era una cultura sólida e importante: la cultura popular. Las culturas populares desaparecen en seguida porque no dejan testimonios escritos.
Ese era otro fragmento de memoria para mí importantísimo. Y es curioso que durante mucho tiempo quería hacer una novela que trataba de una familia campesina en la guerra y en la postguerra, y empezaba a escribirla y la tenía que dejar porque siempre se parecía a Cien años de soledad. Empezaba a escribir y me salía Macondo… Macondo o como una especie de vocación nostálgica del mundo campesino. Tampoco era lo que yo quería hacer. Solo cuando me di cuenta de que tenía que mezclar el mundo que yo había conocido y el mundo del que me habían hablado, el mundo de esos relatos orales con mi propia condición contemporánea fui capaz de poder escribir esa novela. En ella además había otro fragmento de memoria incompleta que era importante para mí. Después me he dado cuenta de que tenía casi más función alegórica. Esa novela es una historia de amor. El protagonista masculino es una persona de mi generación, alguien que procede del cataclismo de España posterior a la guerra. Alguien que viene de esta parte de España que, a consecuencia de la guerra, del fracaso social de la guerra y de la postguerra, de esa clase social que se quedó sin poder progresar, que se quedó condenada al aislamiento, a la autosuficiencia, etc.
Y había otra España que sufrió eso también, que fue la España ilustrada que se fue. Y entonces yo que había intentado escribir una novela de un militar, sin conseguirlo tampoco, encontré esa confluencia. El hombre que es el hijo de la España que se quedó, autóctona y cerrada, se encuentra con la hija del exiliado republicano. El exiliado republicano que se fue a Estados Unidos y que se hizo allí una nueva vida y tuvo una hija. Esa alegoría se me ocurrió después, pero era involuntaria. A mí me parecía que la España de los años ochenta, de los primeros noventa, con esa fascinación por la modernidad radical estaba dejando atrás, de manera casi delictiva, el testimonio y las vidas de las personas que habían sufrido tanto, que habían trabajado tanto. La paradoja del cambio democrático en España es que la democracia imponía tareas tan urgentes que el pasado se quedó desplazado. La democracia y el desarrollo. Entonces había que ser moderno. ¿Quién querría ser otra cosa que no fuera el personaje de Almodóvar, por ejemplo? Yo sentía, de nuevo, que una parte fundamental de la memoria española estaba siendo dejada al margen. 
 

Sefarad

Hay un tercer paso que, en mi caso llegó gradualmente, que es el descubrimiento y el estudio, hasta cierto punto cuidadoso, de algo que ha mencionado Pablo: la historia europea. Los españoles, por razón de nuestra dictadura, hemos vivido muy aislados. En mi propia experiencia de escritor hay un momento en el que llega el descubrimiento de los testimonios de la persecución nazi, del nazismo y del comunismo. Estos testimonios curiosamente en España, ni siquiera en la España de la Transición, habían salido solo de manera muy marginal. Y las razones son varias: una razón es el aislamiento del país; otra que al no tener población judía, al no tenerla en el siglo xx, España se consideraba al margen de todo eso; y otra muy importante y es que la izquierda más dogmática, que fue la que hizo la transición democrática, era profundamente comunista y profundamente anti israelí y, por tanto, en la creencia de ellos antijudía. Este es un factor importante. A veces pienso que en España culturalmente se hizo la transición del franquismo a la democracia pero no del antifranquismo a la democracia. Entonces, del Gulag, por ejemplo, no se hablaba, y no se hablaba, porque quien hablaba de ello eran solo los franquistas. La gente de izquierdas no decía nada del Gulag. Yo recuerdo y quizás el embajador se acordará también de cuándo Solzhenitsyn fue a España, en los años ochenta —a principios de los años ochenta— y muy importantes escritores españoles se dedicaron a ponerlo en ridículo. Y hubo uno (que no quiero nombrar ahora por respeto a su memoria), hubo uno que dijo: «El defecto de la Unión Soviética es dejar que esta clase de individuos salgan de los campos de concentración». Realmente esa es una cosa tremenda. Esa es una parte, otro fragmento de memoria perdido.


Todo lo que era sólido
Archipiélago Gulag es una obra del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn que denuncia la estructura de represión del estado estalinista en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El extenso texto, compuesto por piezas autónomas, fue redactado entre 1958 y 1967 en la clandestinidad y sin archivos, partiendo de la propia experiencia del autor y la de más de dos centenares de testimonios orales de aquellos compañeros de campos de concentración, prisión, trabajo y «reeducación» (gulag) que depositaron en él la historia de sus vidas.
Recuerdo ese libro en mi casa desde siempre. Del Círculo de lectores.


Por una parte, la sospecha de que cualquier mención del holocausto o de la persecución de los judíos es una apología del sionismo y, por otra, el hecho de no querer aceptar y de preferir ignorar los crímenes terribles cometidos en nombre del comunismo y no querer aceptar los testimonios que proceden de allí. Ignorar todo eso crea una conciencia completamente coja, en gran parte provinciana. ¿Cómo se puede tener una conciencia lúcida y real culturalmente y políticamente hablando si se ignora lo que ocurrió en la Alemania nazi y lo que ocurrió en el Gulag? Además, ¿cómo se puede entender la guerra civil española, lo que ocurrió en España, sin la mención europea? Porque para entender de verdad lo que ocurrió en España, no lo podemos entender solo en términos españoles. Yo no sabía que iba a escribir este libro del cual Pablo ha hecho una edición crítica ahora, no sabía que iba a escribir Sefarad. Lo que sabía era que leía sin parar: leía a Primo Levi, a Jean Améry, a Eugenia Ginzburg, a los escritores mayores de esa tradición… y los leía de una manera obsesiva sin saber que eso me fuera a llevar a ninguna parte. Hasta que finalmente se convirtió en esa novela en la que intentaba conectar la tradición progresista española —de la que me siento parte— con la tradición de persecuciones y huidas que empezaron en España en el siglo xv con la expulsión de los judíos —los judíos también habían sido expulsados ya de Inglaterra y de Francia antes; no es un pecado exclusivamente español— y con el hecho de que los grandes liberales de mi país, en la mayor parte de los casos, acabaron yéndose al exilio.
El franquismo nos había querido dar una tradición heroica y nosotros, los que queríamos construir una tradición alternativa, la encontrábamos casi exclusivamente en los perseguidos. Uno ve, por ejemplo, La Pléyade, la tradición francesa. Casi todos son miembros de la Academia Francesa. Casi todos están en el Panteón. Ve uno la tradición española, el canon español y los nombres del canon: son todas personas que están en la fosa común, o que tuvieron vidas horribles. Entonces para mí era muy importante establecer esa especie de linaje, intelectual y cultural; pero no hacerlo en forma de ensayo histórico, sino hacerlo en forma de novela. Y ¿por qué en forma de novela?, ¿por qué en forma de ficción? Porque la diferencia entre la ficción y la no ficción es la empatía. Es decir, para leer una novela uno tiene que ponerse en la piel (o, como se dice ahora en español, en los zapatos…) del sufrimiento de otro. Y porque al ponerte en la piel de otro aprendes una lección que el otro aprendió y es que tú también podrías ser el otro. Porque cuando uno estudia con cuidado lo que ocurrió en Alemania, en Rusia o en China, lo que descubre es que no es que estuvieran allí los judíos puestos en fila y perfectamente identificables y fueran perseguidos; es que primero se crea, además a veces de una manera muy complicada, la identidad de judío perseguible y después se le atribuye a las personas. O en el caso, por ejemplo, de las persecuciones de Stalin, muchos de los perseguidos eran comunistas furiosos. Entonces esa necesidad de ponerte en el lugar del otro solo se puede hacer en la novela.




Eres, uno de los capítulos de Sefarad, Antonio Muñoz Molina

La noche de los tiempos

Y hay un último paso. Descubrir que en mi país, en el que el pasado no había tenido ninguna importancia desde el establecimiento de la democracia, de pronto se ponía de moda la reivindicación de la Segunda República. Se ponía de moda una reivindicación, una nostalgia extraña por los años treinta y un desprecio hacia la tradición democrática de la que procedemos todos los españoles ahora mismo que es la Constitución de 1978. Entonces había como una crecida de sentimentalismo republicano, una añoranza de un pasado mítico al que por culpa de otro no se puede volver. Ese pasado mítico que alimenta tanto el narcisismo nacionalista. Es decir, lo bueno en España fue la República, la guerra, allí sí que luchamos de verdad, y esto que hay ahora es una farsa. Entonces para mí de pronto lo urgente era construir otro fragmento de lo que podemos llamar «memoria lúcida». Querer recordar, mediante la ficción también, que las cosas son mucho más complicadas que cualquier simplificación. Querer construir una ficción que contara cómo podían haber vivido las personas que estuvieron en aquel tiempo de la historia de España, cómo lo podían haber vivido. Cómo las cosas podían no haber sucedido. Cómo la normalidad que todo el mundo da por supuesto de pronto se derrumba. Eso fue lo que me llevó a escribir esta última novela que salió tan larga. Entonces, en todos los casos, lo que yo creo que uno tiene que hacer como escritor es una búsqueda de eliminar la simplificación. Hay más cosas que merecen ser recordadas de las que se recuerdan. Y el recuerdo tiene que ser más preciso y más lúcido de lo que parece y uno no puede proyectar hacia el pasado sus prejuicios o sus fantasías.


El atrevimiento de mirar, Todo lo que era sólido


Y por último, y con esto termino, mientras escribía esta novela última tenía un remordimiento por dentro y me decía: «Te estás dedicando demasiado al pasado. Las grandes novelas casi siempre han sido novelas contemporáneas. Quizás ya es el tiempo de dejar todo esto y ponerse a escribir sobre lo que tienes delante de los ojos, el puro presente». Y a eso quisiera dedicarme ahora. Muchas gracias.

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viernes, 4 de julio de 2014

Un lujo de primera necesidad




ELOGIO APASIONADO DEL CONOCIMIENTO, Antonio Muñoz Molina, 8 de julio de 2010
LA DISCIPLINA DE LA IMAGINACIÓN, Antonio Muñoz Molina, 22 de septiembre de 1998
George de la Tour, en su penumbra, Antonio Muñoz Molina [El País, 9 de mayo de 2009]
Georges de la Tour, en su penumbra, Antonio Muñoz Molina [El País, 22 de febrero de 2016]


ELOGIO APASIONADO DEL CONOCIMIENTO

Antonio Muñoz Molina, 8 de julio de 2010

No sé si hay un rasgo más singularmente humano que el instinto de aprender, en su doble sentido de adquirir una habilidad y descubrir algo nuevo. Nacemos mucho más torpes y más indefensos que las crías de cualquier otra especie. Nuestra supervivencia depende de manera inmediata del amparo prolongado de nuestros mayores y de nuestra capacidad de adquirir mediante la curiosidad y la imitación destrezas que no recibimos en la herencia genética. Las primeras frases rudimentarias que aprendemos a decir son preguntas. Pero aún antes de que hayamos comenzado el proceso asombroso del aprendizaje de la lengua ya estamos preguntando al indicar las cosas con el dedo, al fijarnos en ellas con esa intensidad sin parpadeo de la mirada infantil. Tener hijos es recordar o más bien descubrir hasta qué punto la mayor parte de los gestos más naturales en apariencia son el resultado de un aprendizaje lento y laborioso; es darnos cuenta de la extensión de lo que no sabíamos y ahora damos por supuesto. Salvo respirar y succionar la leche materna casi todo hemos tenido que aprenderlo, y es probable que ni siquiera fuésemos capaces de caminar completamente erguidos si no nos hubiéramos fijado en los adultos. Aprendemos con cautela y aprendemos con temeridad; a saltos súbitos y con perseverancia. Julio Cortázar escribió unas instrucciones célebres para subir una escalera. Su lectura tenía un gran efecto humorístico, pero basta fijarse en cómo un niño intenta gatear en los primeros peldaños o cómo el filo de un descansillo al que se asoma puede ser un abismo terrible para revelarnos la dificultad extrema de lo que nos parece muy fácil tan sólo porque hemos olvidado el esfuerzo que nos costó al principio. Y qué cuento habría podido escribir también Cortázar con las instrucciones para hacerse el nudo de los zapatos, en el que se nos enredaban tantas veces sin éxito nuestros dedos infantiles, o para llevarse a la boca una cucharada de sopa.


Todo lo que era sólido. La fragilidad de todo lo que ahora damos por supuesto.

Cada niño es un filósofo presocrático que se hace las preguntas fundamentales sobre el origen y la naturaleza del universo y sobre los fenómenos más comunes. Obtiene conclusiones fantásticas de la observación directa y establece hipótesis que explican satisfactoriamente la forma de la tierra, el motivo de que el fuego queme y el hielo dé frío, de que pegue el pegamento y la luna aparezca en el horizonte al anochecer. Cada niño es una máquina de aprender que imita, que pregunta, que imagina, que se muere de ganas de saber el final de una historia apenas se le ha contado el principio, que señala cada cosas y cada animal con el dedo para saber sus nombres, que nos agota con sus preguntas insaciables sobre todo. Empieza a aprender laboriosamente las primeras letras porque ha hecho el descubrimiento de la equivalencia artificial entre esos signos y los sonidos familiares, y entonces va por la calle queriendo descifrar cada uno de los letreros que encuentra, tirando impaciente de la mano adulta que lo guía.


Y como adulto no debiera perder nunca la capacidad de asombro, la curiosidad y el interrogarse por aquellas mismas cosas que uno ya se preguntaba de niño. El adulto no debiera nunca dejar de aprender y de interrogarse por lo ya aprendido. En eso consiste el sentido crítico. No hay que dar nada por supuesto y seguro. Uno debería hacer más caso de Sócrates en esa actitud receptiva, abierta a aprender cosas nuevas y, al mismo tiempo, crítica e irónica, dispuesta a cuestionar todo lo recibido.

En esa actitud no somos distintos de los otros primates superiores: lo que nos distingue de ellos es el volumen de todo lo que tenemos que aprender y la capacidad intelectual equivalente. Y absorbemos de una manera tan profunda lo que hemos aprendido que se nos vuelve natural y nos parece instintivo, lo mismo las palabras de la lengua materna que adquirimos a los tres años que las del otro idioma en el que nos sumergimos en la edad adulta; y con la misma desenvoltura que damos un paso después que otro o realizamos la complicadísima sucesión de operaciones físicas y mentales que nos permiten subir o bajar una escalera nos acostumbramos después a pedalear en una bicicleta manteniendo un equilibrio que al principio parecía imposible, y conducimos un coche por una autopista mientras escuchamos música o conversamos con un compañero de viaje. Aprender bien es olvidar que hemos aprendido.

Eso es cultura: asimilación de lo adquirido y aprendido. Me acordé de Robinson Crusoe. No conocemos el valor de las cosas hasta que nos vemos privados de ellas.

Verdades obvias, desde luego. Pero conviene no perderlas de vista para apreciar el valor y la dificultad de lo que damos por supuesto, que suele ser lo más importante de la vida. Damos por supuesta la salud hasta que caemos enfermos. Nuestra existencia entera depende del hábito de la respiración, pero sólo pensamos en ella a no ser que notemos un ahogo. Nadie como un asmático aprecia el don del aire limpio y fresco en los pulmones. Sólo cuando se ha vivido bajo una tiranía conserva uno la plena conciencia del valor de la democracia. Y quizás, cuando nos hemos convertido en personas razonablemente cultivadas, nos cuesta más apreciar nuestro privilegio y recordar los años de esfuerzo que hemos dedicado al aprendizaje, y la diferencia enorme que hay entre saber algo y no saberlo, entre el analfabeto y el letrado, entre la explicación racional de los hechos y la confusión de la mentalidad supersticiosa o fanática. Es una diferencia, casi siempre, de clase, y perdonen que use un término poco de moda en una época en que la izquierda ha abandonado el marco conceptual de las clases sociales para sustituirlo por el de las identidades colectivas.


Daniel Defoe: De tal manera es nuestra condición: No experimentamos las ventajas de un estado hasta que probamos los sinsabores de otros. Lo que está en juego: un sistema educativo y sanitario públicos, la legalidad de un sistema democrático, la igualdad de hombres y mujeres, un verdadero laicismo, …Me acordé de Su autorretrato: Derechos sin responsabilidades son privilegios; un derecho individual beneficia a la comunidad; un privilegio siempre se ejerce a costa de alguien. Ser progresista no es defender a rajatabla al grupo al que uno pertenece sino vindicar como propias las causas singulares de quienes en principio no son como nosotros.
 
Sólo quien vive en un país regido por el imperio de la ley se deja seducir románticamente por fantasías libertarias; y para encontrar el paraíso en la vida rural es imprescindible habitar en una ciudad moderna. Tristemente nadie aprecia lo que ha tenido desde siempre. Pero lo que no se aprecia no se defiende, y basta que algo se dé por seguro para que esté en peligro, porque no hay nada valioso que no sea también muy frágil. Quizás por eso lo que más sorprende de la España democrática es el poco apego que parece tenerse a la democracia, y el poco prestigio que se concede al saber.

No es una impresión subjetiva, una muestra más de esa cansina pesadumbre con la que los españoles miramos a nuestro país. Tenemos uno de los índices más altos de abandono escolar de la Unión Europea y uno de los más bajos de gasto en investigación científica. Ni una sola de nuestras universidades aparece en las listas de las mejores del mundo. La productividad de nuestra economía no ha dejado de caer en los últimos años, y una de las explicaciones más habituales entre los economistas es la baja calidad de la enseñanza en España. No hay político en el poder que no diga esa tontería triunfal de que la actual generación es la mejor preparada de nuestra historia, pero el estado de ánimo habitual entre los que se dedican de verdad a la enseñanza en las aulas –por distinguirlos de la caterva de los pedagogos y los entendidos- es la desolación. Desolación ante el bajo nivel de conocimiento que se arrastra de un curso a otro, de la escuela al instituto, del instituto a la universidad, y más desolación todavía ante la dificultad de mantener en las clases una atmósfera propicia al aprendizaje. Algunos levantamos la voz queriendo alertar de esta degradación de la enseñanza hace ya más de veinte años, y se nos llamó alarmistas y reaccionarios. Pero llegaron uno por uno los demoledores informes internacionales a partir de 2007 y la clase política y sus aliados en el establishment pedagógico se mantuvieron inamovibles en su ceguera interesada, en su optimismo catastrófico, en su astucia para eludir responsabilidades. Se recordará que el general Franco murió en 1975, pero aún así la consejera de educación de la junta de Andalucía atribuyó el mal estado de la enseñanza en su comunidad a la herencia franquista. Y disculpen si continúo hablando de mi tierra, ya que por ser de allí me hieren más los disparates que vienen de ella. Para paliar –verbo de moda- el abandono escolar, la Junta de Andalucía estableció un renovador sistema pedagógico: pagar un estipendio a los alumnos por el simple hecho de no irse de la escuela.

Pero hay un dato que me parece más doloroso y más significativo, por razones personales que explicaré después: por primera vez, en España, está llegando a la edad adulta una generación menos cualificada académicamente que la de sus padres.

Mi indignación es civil y política, pero también personal. Pertenezco a una generación que nació en la mitad del siglo pasado y por lo tanto ha vivido a medias entre dos mundos. Nos hicimos adultos en un país que empezaba a ser próspero, pero tenemos recuerdos muy nítidos de la pobreza y el atraso. Vivimos en grandes ciudades y en mayor o menor medida casi todos nos hemos asomado a otros países del mundo, pero nos criamos en sociedades rurales en las que la vida se reducía al círculo muy estrecho del pueblo o del barrio campesino, y en las que las expectativas de bienestar eran muy limitadas, y menos verosímiles que las de retroceso, porque una mala cosecha o unos años de sequía o una enfermedad podían traer la ruina, o estrechar más aún el cerco de la pobreza. Muchísimos de nosotros fuimos los primeros en nuestras familias no ya en llegar a la universidad sino en terminar la escuela primaria y hacer el bachillerato. Los escritores tienden a atribuirse pasados singulares en los que muy prematuramente ya se insinuaba la predestinación para la literatura. Pero que yo me hiciera escritor no es más significativo, en términos de cambio social, que las carreras profesionales de otros coetáneos míos de parecido origen: profesores, médicos, ingenieros, periodistas, abogados. Cuando nos encontramos por el mundo nos reconocemos sin vacilación, con una fraternidad instantánea basada en la memoria común, que nos alivia de la necesidad de explicarnos. Algunas veces tenemos recuerdos que parecen más antiguos que nuestras propias vidas. Somos parecidos a ese tipo de personaje tan frecuente en las novelas americanas del siglo XX, el hijo de emigrantes que habla sin acento la lengua del nuevo país y se mueve con fluidez en él pero conserva la lengua de sus padres y siente que viaja a otro mundo o a otra región del tiempo cuando visita el barrio en el que nació, y del que los emigrantes de la primera generación nunca salieron del todo. Nuestros padres pertenecen al país del pasado, nuestros hijos al del porvenir. Nosotros, que hemos vivido con plena conciencia el tránsito del uno al otro, no nos identificamos por completo con ninguno de los dos. Dibujamos las primeras letras sobre una pequeña pizarra con un marco de madera y ahora escribimos en un ordenador portátil en el que acarreamos sin peso toda la biblioteca de nuestros trabajos y todas nuestras conexiones instantáneas con el mundo exterior. Nuestros padres segaban con hoces y cavaban la tierra con azadas y nuestros hijos envían a toda velocidad mensajes por el teléfono móvil en un lenguaje cifrado que a nosotros nos cuesta comprender. Nos acordamos de cómo era el mundo antes de la televisión y ahora navegamos con soltura por Internet y sabemos encontrar en youtube una actuación recóndita de Thelonious Monk en los años cuarenta. Para nuestros hijos viajar en el AVE en menos de tres horas de Madrid a Barcelona es tan natural como lo fue para nosotros pasarnos largas noches enteras en los expresos que nos llevaban a Madrid. Ellos se mueven por Europa sin fijarse mucho en las fronteras que cruzan. Nosotros nos acordamos de cuando hacía falta un certificado de buena conducta expedido por la policía para solicitar un pasaporte, y los hombres de la generación de nuestros padres apenas salieron de jóvenes de su pueblo natal para ir al ejército, y cuando salían a Europa era para trabajar en tareas agotadoras y muchas veces serviles en países de gente arrogante y hostil que les daba órdenes en lenguas que ellos no entendían. Y cuando nos va a ganar el fatalismo sobre nuestro sistema político una punzada instintiva nos recuerda siempre que por muy defectuosa que sea la democracia nunca es lícito renegar o capitular de ella, porque hemos vivido en una dictadura y recordamos la experiencia de su grosería y su fealdad, y conocemos de primera mano la diferencia entre tener libertad y no tenerla, entre ser un súbdito y ser un ciudadano.



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