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viernes, 9 de mayo de 2025

Dentro y fuera de Europa

viernes, 8 de julio de 2016

Fußnote 3

Era inverosímil que esa muchacha hubiera sido engendrada por él, pero también lo eran casi todos los hechos de su vida desde una noche en que se abotonó serenamente el uniforme y se puso la gorra de plato delante del espejo en su dormitorio del pabellón de oficiales del cuartel de Infantería de Mágina y bajó despacio por las escaleras que conducían al patio y vio formado en él un batallón y escuchó las órdenes gritadas por otros hombres que hasta ese momento habían sido sus compañeros de armas y unos minutos después serían sus enemigos, sus víctimas o sus prisioneros. No había elegido arrebatadamente una causa, no lo habían cegado ni la pasión política, que le era indiferente, ni una voluntad de heroísmo heredada de sus mayores o inoculada en su inteligencia durante la guerra de África. Ni siquiera sabía entonces, en las primeras semanas de aquel mes de julio, en qué medida anidaba la desesperación en su alma como una enfermedad secreta. Tan sólo se dijo, mientras estaba afeitándose y oía en el patio las voces de mando y los taconazos de la tropa, que no podía tolerar que un grupo amotinado de capitanes y tenientes rompiera la disciplina desobedeciendo sus órdenes. Lo que ocurrió después no lo había previsto, y tampoco era responsabilidad suya: los disparos, los incendios, las multitudes, la sangre, los cadáveres con el vientre desgarrado y las piernas abiertas tirados por las cunetas y los terraplenes en los mediodías de bochorno, el entusiasmo y las esperanzas de vencer que nunca compartió.
El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina 

 


Hay que prestar atención al que cuenta lo que ha visto de cerca1. En los primeros años noventa David Rieff fue reportero enmedio de la gran explosión de salvajismo que fue la guerra de Yugoslavia, y allí y entonces empezó a reflexionar sobre los efectos catastróficos que puede tener algo tan reverenciado como la memoria histórica2 o la memoria colectiva. Una vez, saliendo de entrevistar a un general serbio, uno de aquellos señores de la guerra que de la noche a la mañana se convirtieron en matarifes de sus compatriotas, un ayudante del militar le puso en la mano un papel doblado, como si le confiara un secreto. Cuando Rieff lo abrió, en la hoja en blanco no había más que un número, una fecha: 1453. Comprendió en seguida que se trataba de una consigna delirante de memoria histórica. 1453 es el año en que los turcos conquistaron Constantinopla y pusieron fin al Imperio Romano de Oriente. Invocando esa fecha, los genocidas serbios se convertían nada menos que en herederos de aquel imperio cristiano que más de cinco siglos después continuaban la lucha contra los invasores infieles, ahora los bosnios musulmanes a los que intentaban exterminar en beneficio de su sueño de redención patriótica. La guerra civil yugoslava sucedía en los años 90 del siglo XX y con todas las ventajas modernas de las tecnologías de la destrucción, pero a la gente se la mataba en nombre de cosas que habían sucedido en 1389, en 14533, en un tiempo muy alejado y del todo ajeno, y sin embargo convertido en presente por la obsesión vengativa y victimisma de las conmemoraciones.
No hay casi nadie que no piense que la preservación de la memoria es uno de los valores supremos en una colectividad. En mi trabajo como escritor y en mi activismo como ciudadano yo mismo he intentado contribuir al rescate de la memoria de la República española4 y de la cultura que quedó amputada y dispersa tras la derrota en la Guerra Civil y la grosera tentativa de lobotomía del franquismo. Así que empecé a leer con cierto reparo el libro de Rieff, titulado retadoramente In Praise of Forgetting. ¿Puede haber algo digno de ser alabado en la desmemoria? David Rieff tiene una doble cualificación de ensayista agudo y luminoso y de reportero. Viene de la tradición de libertad intelectual y claridad expresiva de Orwell y de John Gray, esa que brilla más que nunca en el ejercicio de llevar la contraria5 a lo consabido. Y además la combina con un conocimiento de primera mano sobre los lugares más conflictivos del mundo. Ha informado desde Israel, desde Rwanda, desde Irlanda, desde Argentina, desde la ex-Yugoslavia. Y en cada sitio ha sido testigo de los efectos terribles que puede provocar una obsesión por el pasado histórico, y de las dificultades extremas6 de restablecer un presente de convivencia viable sobre las ruinas y las heridas abiertas que deja una dictadura o un enfrentamiento civil.
La paz, o cuando menos la suspensión de las agresiones, es tan imprescindible como la justicia. Las víctimas han de ser honradas y los verdugos castigados. ¿Pero qué ocurre si, en el mundo real, la paz y la plena justicia resultan dos bienes igual de nobles pero a corto plazo incompatibles entre sí? En Yugoslavia, en 1995, lo más urgente era que cesara la carnicería. Se consiguió en los acuerdos de Dayton, que no satisfacían a nadie y que se han sostenido casi de milagro. Pero gracias a ellos, serbios ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes no han vuelto a enfrentarse con las armas. Algunos criminales de guerra han sido juzgados y condenados, otros no. ¿Dónde está el equilibrio entre la reconciliación y la justicia, entre la necesidad de reparar los crímenes y los sufrimientos del pasado y la de establecer un presente de convivencia entre unos y otros?
En este punto es donde David Rieff propone, cautelosamente, una reflexión sobre la conveniencia de un cierto grado de olvido, que ha de ser sobre todo no el olvido de lo que sucedió en la realidad, sino una visión crítica del pasado7 que ponga el rigor de la historia por encima de una memoria volcada en el fortalecimiento de la identidad colectiva, dedicada a proveer justificaciones para los fracasos y coartadas ennoblecedoras para los abusos y los crímenes, o para la simple estupidez humana, o para el enaltecimiento de los valores del presente. La memoria personal no es muy de fiar, pero al menos se ejerce sobre los hechos que ha vivido uno mismo. La memoria colectiva, precisa Rieff, no existe como tal, y es mucho más vaga en cuanto se alejan un poco en el tiempo las cosas presuntamente recordadas, cuando empiezan a olvidar y a extinguirse los que las vivieron y han podido contarlas. En la memoria histórica hay una actitud de reverencia hacia los hechos, los sacrificios, los heroísmos, de las personas a las que se elige recordar. Que con frecuencia esté inspirada por los ideales más nobles no la exime del peligro de la manipulación, porque con la misma facilidad se la puede poner al servicio de intereses miserables y de ideales siniestros, o ni siquiera eso, en esta época de autoestima confortable y narcisismo digital: al servicio de la vanidad de sentirse perseguido y rebelde sin el menor contratiempo y sin más esfuerzo que atribuirse los sufrimientos casi siempre inventados de otros que vivieron o no hace mucho tiempo.
Para estar vivos nos contamos historias a nosotros mismos”, dice Joan Didion. David Rieff reconoce, no sin cierto fatalismo, que las sociedades humanas necesitan pasados manejables sobre los que sostener el presente. Pero su experiencia como reportero y sus conocimientos de la historia le hacen mantenerse alerta ante la casi segura inevitabilidad de la manipulación. El precio de un pasado colectivo del todo alentador o ejemplar es la mentira. El grupo refuerza su solidaridad y su ultraje si un dato inoportuno contradice su memoria histórica, que como todos los rasgos de identidad se fortalece sobre todo cuando es puesto en duda por los extraños.
El antídoto de una memoria histórica dañina o incoveniente no es otra memoria histórica más justiciera. Es la Historia. Paradójicamente, dice Rieff, en esta época en que la Historia prácticamente ha desaparecido de enseñanza es cuando más proliferan todas las variedades de memorias históricas. Cuanto menos se sabe del pasado más vehementes son las apelaciones a legitimidades fetichistas que solo el pasado parece capaz de proveer. Pasados a medida8 son los parques temáticos de la identidad a la que cada uno se afilia, tan limpios de las incomodidades y la impurezas de la realidad histórica como un centro comercial herméticamente climatizado en uno de esos desiertos de las periferias urbanas. El antídoto de las fantasías adánicas o criminales sobre el pasado es el estudio sobrio de la Historia, que no avanza en ninguna dirección favorable9 y ni siquiera inteligible, y que es demasiado complicada y en general amarga como para ofrecer las simplificaciones consoladoras que alimentan la nostalgia o la movilización. Muy cerca del final de su libro David Rieff cita a Borges: “El olvido es la única venganza/ y el único perdón”. Pero no es la justicia.

Elogio del olvido, Antonio Muñoz Molina [El País, 17 de junio de 2016]

1Crónica: Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos. Artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad . Testigo: persona que da testimonio de algo, que atestigua. Persona que presencia o adquiere directo y verdadero conocimiento de algo.
2Dice Cervantes en El Quijote: Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
3Para justificar su comportamiento con los judíos, los alemanes recordaban a mi abuelo en 1940 la expulsión de los judíos de España que fue ordenada en 1492 por los Reyes Católicos.
4El general Vicente Rojo y su hija. El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina. Al poco de abandonar la Academia su antiguo jefe en la época de Marruecos, Sanjurjo se subleva contra la República en la ciudad Sevilla en lo que se denominó La Sanjurjada. Durante una breve temporada se convirtió en jefe de Estado Mayor de la 16ª Brigada de Infantería de León, este nuevo cargo le permitió comprobar la realidad del ejército antes de la Guerra Civil. De la misma forma pudo comprobar como en los ambientes militares se estaba fraguando el futuro conflicto, y de vez en cuando le convocaban a reuniones en las que se pretendía que se afiliase a una posible revuelta. Estallido de la Guerra Civil. Ascendido a comandante el 25 de febrero de 1936, al estallar la guerra civil, en julio de 1936, se mantuvo leal al gobierno de la República, y fue uno de los militares profesionales que participó en la reorganización de las fuerzas republicanas durante los instantes posteriores al golpe de Estado. La intención recelosa del gobierno de Giral fue la de desmantelar el ejército, finalmente en agosto de este mismo año se reactivan los escalafones militares. No es de suponer que se cuestionase la lealtad de Vicente Rojo ya que desde los primeros instantes fue trasladado a las oficinas del Estado Mayor del Ministerio al mando de Hernández Saravia.
5El valor de la disidencia: Separarse de la común doctrina, creencia o conducta.
6Convivencia viable sobre pasado de enfrentamiento civil. Lo leo en clave personal, no social.
7¿Justicia o paz? ¿Damos prioridad a reparar el daño o a la convivencia y reconciliación? Visión crítica del pasado: rigor de la historia, no falsear los hechos por fortalecer la identidad colectiva. Ofrecer una justificación a lo que no la tiene. Reconocimiento de los hechos tal como fueron.
8Los pasados a medida. En un plano personal, esto me recuerda a Crematorio, de Rafael Chirbes. Cuando Rubén Bertomeu muere, cada uno de los personajes de la novela, de su entorno familiar, trata de crear un pasado a su medida para justificarse, para sentirse inocentes. Dice Rafael Chirbes en una entrevista: “Rubén Bertomeu es el personaje que demuestra que hemos sido peores que ellos. Vuelve a ser Torquemada: qué malo es Rubén pero todos hemos vivido a su costa, todos hemos comido de él, hemos hecho arte de él, hemos escrito novelas de él, y sin embargo él nos avergüenza a todos. En España, desde el año 79, los que han hecho la textura física, ética y estética del país han sido los de mi generación de la izquierda. La manera de pensar, de hablar, la ha tejido mi generación. El gusto lo han moldeado periódicos como El País, no ha sido el ABC. El estilo arquitectónico lo han creado Calatrava cuando era del PSOE, Vázquez Consuegra y Moneo. Y este es el país que ha quedado.” […] “Torquemada, el personaje de Galdós, es un ejemplo. Torquemada, qué malo es, dicen, pero todo el mundo vive a su costa y todos los buenos se nutren de su avaricia. Lo mismo ocurre con Vautrin, el personaje de Balzac. A mí me gusta más el que caza que el se come la caza y dice estar limpio de sangre y de pelo y pluma.”
9Hace suyas las palabras de Rilke, en sus Cartas a un joven poeta: “Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón y trata de amar las preguntas en sí mismas”. La dama de las abejas, Elvira Lindo

viernes, 11 de septiembre de 2015

Memoria lúcida

La memoria incompleta, por Antonio Muñoz Molina

La conferencia de Antonio Muñoz Molina se desarrolló en la Universidad de Utrecht el 20 de octubre de 2011 dentro del Ciclo de Conferencias Spinoza y contó con la presencia de Wiljan van den Akker, decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de Utrecht; Javier Vallaure, embajador de España en Países Bajos, y Pablo Valdivia, profesor de la Universidad de Ámsterdam (UVA).

En primer lugar, tengo que decir que para mí, dar una conferencia que lleva el nombre de Baruch Spinoza es ya conmovedor porque representa dos cosas para mí muy importantes: la defensa de la racionalidad frente al fanatismo y al oscurantismo religioso y de cualquier otro tipo, y representa también la dignidad de las personas perseguidas que se quedan sin país, sin idioma, y que son expulsadas hasta por aquellos que parecían los suyos. Hay un soneto maravilloso de Borges dedicado a él que me aprendí de memoria. Empieza diciendo:
Las traslúcidas manos del judíolabran en la penumbra los cristalesy la tarde que muere es miedo y frío.(Las tardes a las tardes son iguales).
Y así sigue el poema. Imaginarse a Spinoza puliendo lentes que ayudarán al conocimiento del mundo material y elaborando teorías que contribuirán, de manera decisiva, en un futuro, al progreso de la razón humana es una de las grandes imágenes que para un escritor, que aspira a ser un escritor español y europeo, es muy importante.
Cuando el profesor Valdivia me invitó a venir aquí a dar esta conferencia, yo pensé que podría ser útil que explicara el modo en que la necesidad de indagar, de buscar o de completar de algún modo la memoria española, la memoria del pasado español, la necesidad que yo había sentido desde muy joven; y el modo en que esa memoria fragmentaria, o dividida, o muchas veces suprimida o engañada estaba flotando en el aire cuando yo era niño…; el modo en que esa memoria contribuyó a crear mi propia imaginación como escritor.


El reino de las voces

A lo que aspira la literatura de ficción es a explicar el mundo mediante relatos y cada escritor, creo yo, tiene una narración básica que va persiguiendo a lo largo de su vida. Y, en mi caso, por circunstancias biográficas y probablemente psicológicas, esa búsqueda de una memoria rota, o perdida, o incompleta, ha sido desde el principio un elemento fundamental. Entre los primeros recuerdos de mi vida están los recuerdos de oír a los mayores: en mi casa, en la familia o en el campo donde trabajaban mis padres. Oír a las personas mayores hablar de algo que era muy extraño para mí: la guerra. La guerra para un niño era la guerra que se veía en las películas. Eran los cómics que había cuando era pequeño que se llamaban Hazañas bélicas. Eran cómics de soldados americanos luchando heroicamente contra los nazis y contra los japoneses. La guerra eran también las películas de guerra. Y para mí ver que aquellas personas que eran comunes y que eran de mi familia o conocidos hablaban de una guerra en la que ellos habían estado despertaba mi imaginación de una manera muy poderosa. Porque después, en otras tentativas de modificación de la memoria, se ha dicho que en España, hasta prácticamente el año pasado, no se hablaba de la guerra. Es una historia atractiva, pero tiene el defecto de ser falsa.
Se hablaba mucho. Se hablaba, claro, en voz baja, y según con quién y se contaba según qué. En un mundo oral, como el mundo en el que yo me crie, esas historias de guerra formaban parte del catálogo de cosas que un niño estaba siempre escuchando. Uno escuchaba fragmentos de cosas, lo que le había sucedido a alguien al que habían perseguido y habían matado. Yo escuchaba nombres que me llamaban mucho la atención. Por ejemplo «Azaña» que suena épico. Yo no sabía que Azaña fue primer ministro y luego presidente de la Segunda República. No sabía qué era la Segunda República. Oía la palabra «Negrín», don Juan Negrín. Oía la palabra «el Ejército Rojo». Oía una serie de cosas que me costaba asociar con las personas junto a las que vivía. Y no solo oía, sino que algunas veces encontraba en estas casas campesinas que había antes, en las que los niños están siempre indagando, encontraba por allí cosas extrañas que me llamaban la atención y que no tenían explicación.
Encontraba, por ejemplo, en un armario, algo que me subyugaba: un uniforme militar azul marino. Había un uniforme, un correaje y una gorra de plato. Y yo decía «¿y esto?». Eso pertenecía a mi abuelo materno que había sido guardia de asalto en la República. Y la palabra «guardia de asalto» sonaba tan bien, «guardia de asalto», algo tremendo. Eso quedaba allí. Recuerdo otra cosa fundamental: había una caja de lata que estaba llena de dinero, llena de billetes. Y, claro, un niño piensa: «pero nosotros no tenemos dinero, tenemos poco dinero, los mayores están siempre hablando del dinero, del dinero que falta, que no hay. Y ¿cómo es que tienen esta caja de dinero aquí?». Entonces, para mí, llegar allí, abrir este armario, mirar, ver ese uniforme allí colgando y luego ver esa caja llena de dinero me despertaba, por una parte, la intuición de algo, no se sabe qué, el conocimiento incompleto y, por otra, la necesidad de completar eso mediante la imaginación y mediante la atención. Porque si uno prestaba atención, escuchaba cosas. Y claro, yo veía a mi abuelo materno, que era campesino y no podía imaginarme que hubiera sido un policía de uniforme.
¿Por qué fue policía y ahora no lo es? ¿Por qué habrá sido eso? ¿Por qué había estado preso? Decía: «Mi abuelo ha estado preso ¿por qué?». Presos estaban los delincuentes, los ladrones… Algo se sabía y algo se ignoraba. Además eso contrastaba con la memoria o el relato del pasado que se hacía en la escuela de esa época. Yo nací en 1956. Tengo un recuerdo bastante nítido de lo que era estar en una escuela franquista en la que se contaba, claro, el pasado de las glorias imperiales de España. España había sido un gran imperio, los españoles habíamos sido los primeros en descubrir América, en echar a los judíos, habíamos sido los primeros en cristianizar al mundo. Luego habíamos caído en la decadencia y había llegado el caudillo Francisco Franco que nos había salvado de aquello. Como un nuevo cruzado. Entonces la historia que se contaba en la escuela también chocaba un poco con la otra historia. Porque si era verdad la historia que se contaba en la escuela, si los que habían luchado en la guerra en el lado franquista eran los españoles de verdad y los que no, eran los antiespañoles, entonces esa gente a la que yo conocía y a la que escuchaba hablar, esa gente ¿qué era?
Así que una parte muy importante de mi educación no tiene que ver con libros. Sí con la influencia —y quien haya leído alguno de esos libros lo notará— que tuvieron esos narradores orales, instintivos, que contaban lo que había ocurrido, lo que ellos habían vivido y, además, lo contaban de una manera muy sorprendente. Porque esas personas hablaban de la guerra sin ningún tono ni ideológico ni épico. Eran campesinos y los campesinos son los que van a morir a las guerras. Todo el que tiene estudios, el que sabe escribir a máquina o el que tiene alguna habilidad, se coloca en el Estado Mayor o donde sea. Los que van al frente y mueren en la guerra son campesinos. Estos campesinos hablaban tanto de esas historias…; pero esas no se parecían en nada a las de las películas o de los cómics.
Una cosa que recuerdo contaban, y lo decían casi todos, era que ellos siempre cerraban los ojos cuando disparaban. Cuando estaban en el frente, si tenían que disparar, cerraban los ojos. Porque pensaban que no tenían por qué matar a un desconocido. Y también había como una continua sensación de sorna. Recuerdo siempre a un amigo de mi abuelo que hablaba de cómo murieron muchos compañeros suyos porque tenían que tomar una colina. En el lenguaje de este hombre se le había quedado la expresión «tomar la colina». Y decía: «Tenemos que tomar la colina». «Colina» es una palabra que no forma parte del lenguaje campesino. Y él decía… «¿cómo “tomar”? ¿Es que nos la íbamos a llevar a nuestra casa? Nosotros moríamos para tomar la colina, pero la colina seguía allí. Entonces ¿qué sentido tenía eso?».

Jinete en la tormenta

Todas esas historias por una parte, desarrollan la imaginación y, por otra parte, lo llevan a uno a esa sensación de querer saber, querer explicar. Uno puede explicar de dos maneras: contando y averiguando lo que ocurrió, y hay otra manera que es contar lo que podía haber ocurrido, que es la manera de la ficción. En la época en que una persona de mi generación se volvía rebelde —estoy hablando de finales de los años sesenta, principios de los setenta—, había varias cosas que hacíamos o intentábamos hacer. Una de ellas era dejarnos el pelo largo, en contra de la opinión de nuestros padres y de nuestros mayores, y otra cosa, claro, ante la presencia tan opresiva de la iglesia católica, lo primero que uno hacía era hacerse ateo. Estoy en deuda con la jerarquía católica española ya que desde los catorce años carezco de cualquier problema religioso, porque yo asociaba la Iglesia, la religión católica con el poder y con la autoridad franquista. Por una buena razón: porque la Iglesia católica en España fue la proveedora de la ideología del régimen.
El régimen de Franco era un régimen mentalmente muy perezoso. Entonces no hicieron grandes elaboraciones teóricas. Para el adoctrinamiento mental tenían a la Iglesia. Y les aseguro que la presión que ejercía la Iglesia católica sobre la gente, sobre las costumbres, sobre el pensamiento era terrible. Y era una presión además que te creaba unas ideas sobre el mundo completamente disparatadas. Por ejemplo, las ideas sobre los protestantes… Aquí supongo que hay bastantes ¿no? Para nosotros un protestante era un ser monstruoso y prácticamente imaginario porque no habíamos visto ninguno. ¡Un protestante! En un pueblo de al lado había una familia protestante. No sé por qué. Y se hablaba de eso: «Allí viven unos protestantes». Una persona que tiene el instinto de la rebeldía quiere romper con eso. Uno no sabía nada ni de los protestantes ni de nadie. Lo único que sabía era que estaba en contra de aquella gente. Porque del mismo modo que el régimen franquista se había hecho como una alianza entre la iglesia católica y los militares sublevados y del mismo modo que el papa Pío XII había declarado «cruzada» la guerra civil española —eso es interesante recordarlo— una cruzada. No había habido cruzadas desde el siglo xiii. Y el papa Pío XII declaró la guerra, digo la guerra de la parte de Franco, la declaró una «cruzada». Esas cosas se olvidan, pero es importante recordarlas.
Cuento todo esto no por nada, sino por mostrar otro paso, otro episodio en la formación de una persona, en la formación de la imaginación de alguien. Es decir: la necesidad urgente y virulenta de renegar de aquello. De renegar de la Iglesia, de la dictadura, renegar de todo y de buscar un mundo fuera, en otros lugares. 


Fernweh, ansia por viajar, pasión por salir del lugar de origen
Heimweh, nostalgia por volver al hogar, al lugar de origen

[A Antonio Muñoz Molina le entregan una nota e informa de su contenido]
El embajador acaba de comunicar que la banda terrorista ETA ha anunciado el cese definitivo de su actividad armada. Me alegro mucho porque uno de los horrores que ha sufrido España ha sido ese terrorismo que ha matado casi mil personas inocentes a lo largo de más de 40 años y además… Yo soy muy crítico con mi país y creo que uno tiene que ser muy crítico con su país, pero creo que si algo ha hecho ejemplarmente la democracia española ha sido luchar contra el terrorismo, meter a los terroristas en la cárcel, juzgarlos con todas las de la ley, juzgar a aquellos dentro del Estado que no hayan cumplido las leyes. Mi país muchas veces es criticado como dudosamente democrático y oscurantista. Creo que España ha dado un ejemplo admirable de lucha democrática y resistencia contra el terrorismo. Así que me alegro muchísimo, cierro el paréntesis… y sigo.
Estoy muy contento y creo que todos los demócratas españoles tenemos que estarlo y tenemos además que vindicar el imperio de la ley y reivindicar los valores democráticos que han llevado a esto. Esto lo ha traído la lucha democrática, el trabajo, el sacrificio de la policía, de la guardia civil, de las leyes, de los jueces, lo ha traído la serenidad de la gente que jamás, jamás ha incurrido en la venganza. Lo digo porque ahora van a llegar muchos padres para esta situación y va a parecer que han sido los mediadores, los supuestos mediadores internacionales los que han traído la paz. La paz en España ya existía. Lo que había era un problema de terrorismo que la democracia española ha vencido y no pueden imaginarse muchos de ustedes lo difícil que fue, y lo cruel y lo doloroso que ha sido. 

 
Pero sigo. Estaba hablando de la necesidad de romper con esa memoria, con esa historia postiza que venía, por una parte, del poder político y por otra del poder eclesiástico. Es decir, el pasado español según lo que yo estudiaba en la escuela, o en el instituto, el pasado español era una constante lucha de nuestra nación católica contra sus enemigos. Enemigos comunistas, protestantes, enemigos liberales… Había un término terrible que se usaba mucho en esa época que era la «anti España». Es escalofriante si uno se para a pensarlo. Es decir: las personas que no estaban con el poder no es que fueran distintas; es que eran antiespañoles. Es que eran la «anti España». Y en esa búsqueda, de pronto uno encontraba la necesidad de otra memoria. Uno de pronto encontraba una tradición que no sabía que le pertenecía. Porque en un libro de texto o recomendado por un amigo, leías nombres, leías libros de gente, poemas de Federico García Lorca, por ejemplo. O un poema de Miguel Hernández o de Pedro Salinas, o de Antonio Machado. Y entonces querías sabes… Esa gente que sonaba tan distinto de todo lo que conocías, esa gente, ¿dónde estaba?, ¿qué había sido de ella? Y había, de nuevo, otro muro de silencio que había que vencer.
Los libros de Lorca estaban publicados en la España de Franco, por supuesto; una gran parte de ellos. Las obras de Machado también. Lo que no estaba era la historia de esa gente. Y uno… —este es un movimiento mental importante—… uno se hacía antifranquista al mismo tiempo que intentaba crearse una cultura literaria que implicaba la conexión con una memoria perdida. Con una tradición perdida o interrumpida, que es la tradición de la gran cultura española que quedó interrumpida por la Guerra Civil. Cuando voy a la Abadía de Westminster en Londres y veo «Poet’s corner» y veo donde están Dickens, y este, y el otro, siempre me pregunto «¿dónde están los poetas y los escritores españoles?». Pues García Lorca está en una fosa común en las afueras de Granada, Antonio Machado está en Francia en un cementerio francés, Luis Cernuda está enterrado en México, etc., etc. El descubrimiento de esos escritores que le hacían a uno creer, que le producían la emoción de algo completamente nuevo, algo radicalmente distinto, estaba asociado también con una disidencia política. Uno quería saltar por encima de su propio tiempo, de su propia vida para conectarse con esas personas, con esos nombres. Y entonces, como he dicho antes, uno encontraba tirando del hilo de lo que había ocurrido, encontraba cuál había sido el destino de esa gente y a qué España pertenecía.

Beatus ille

Recuerdo, por ejemplo, descubrir la lectura de Antonio Machado, de García Lorca, de Miguel Hernández; la lectura también de Max Aub, encontrar un libro de este escritor que había muerto en México. Y el hecho, insisto, de amar a esos escritores te hacía querer formar parte de esa tradición y recuperar ese ejemplo. La primera novela que escribí, Beatus ille, es, en gran parte, el resumen de todo esto que les he venido contando hasta ahora. Esa es una novela que está hecha de varias cosas: una de ellas son muchas historias que yo había escuchado de niño y que en la imaginación fueron cobrando forma hasta formar parte de una novela. Había una historia que a mí me impresionaba mucho de niño. Además los campesinos repiten mucho las cosas. No vamos a idealizar. Los campesinos son muy pesados. Son muy machacones.

Domingo González

Contaban una historia de un falangista en mi ciudad que un grupo de milicianos había ido a buscar en los primeros meses de la guerra para ejecutarlo. No lo habían encontrado porque este hombre se había escapado huyendo por unos tejados. Había entrado en un granero y se había escondido entre la paja. Y los que lo perseguían llegaron al granero y empezaron a clavar las hoces en la paja a ver si lo encontraban. De pronto el hombre sintió que las puntas de una de esas horcas le tocaban el cuerpo. Y pensó: «Ya está, me van a matar». Para su sorpresa, esas puntas se apartaron de su cuerpo y oyó una voz que decía: «Vámonos, que aquí no está». Este hombre había sido salvado por un desconocido. Quien haya leído alguna novela mía la reconocerá, porque es una historia que yo he contado de diversas maneras, en parte inventada, en parte recordada, muchas veces. Esas historias eran un elemento fundamental en la creación de mi primera novela. Una novela es, sobre todo, una manera de encontrar la forma en la que se incluyan y se contengan muchos materiales muy distintos. Y una gran parte de esos materiales que había dentro de la novela eran todas aquellas historias que había venido escuchando desde que era niño. Historias que, además, han perdido su carácter testimonial, porque por el hecho de ser contadas y recontadas, y por ser imaginadas, dejaron de ser testimonios para convertirse en algo parecido al relato mitológico.

Jacinto Solana

Ese era un elemento. Pero había otro, también fundamental. Inventé para esa novela un personaje que era como el retrato robot de esa parte de la memoria intelectual española que había sido suprimida por la dictadura y que una persona joven, de mi generación, quería recuperar. Inventé a un escritor que había pertenecido a la generación de la República, que había sido amigo de los grandes de esa época. Lo inventé en parte inspirado por Josep Torres Campalans, la novela de Max Aub. Es decir, puse un personaje falso rodeado de gente que había existido de verdad. Pero no solo inventé a ese escritor, sino que inventé también a un hombre mucho más joven que busca el rastro de ese escritor. Me parece significativo en mi trabajo el modo en que está vista la cuestión de la guerra o la postguerra civil española. No tanto la narración de los hechos en sí como el intento por parte de las personas de otras generaciones que vienen después de dar un salto y conectarse con ese pasado. Para una persona de mi generación, los finales de los años setenta o principios de los años ochenta, el pasado inmediato español era inútil, no nos servía para nada. Necesitábamos eso que se llama en inglés a usable past. Necesitábamos un pasado, una tradición con la que pudiéramos relacionarnos. Y esa tradición venía, por una parte, de la necesidad de aprender de maestros exteriores, de maestros de la literatura —Pablo ha citado a Faulkner y a Proust—, maestros de la literatura internacional, de la literatura latinoamericana, y dar el salto, a veces injustamente, por encima de la generación anterior que había pertenecido a la dictadura y conectarnos con la gran tradición, con esa gran tradición de la literatura de la República.
Esa novela es un ejercicio para alcanzar este fin. Es una reconstrucción imaginaria del posible reencuentro entre alguien que perteneció a la generación de la Guerra Civil, que perteneció a ese mundo intelectual, a ese tiempo de tantas posibilidades en todos los campos y los que vinieron después. Es decir: es un intento de superar esa tierra baldía en que convierte una dictadura a un país. Sobre todo una dictadura tan larga. Piensen que es muy importante a la hora de juzgar la historia contemporánea de España. ¿Cuánto duró el nazismo en Alemania? ¡Doce años! El fascismo en Italia duró veintiún años, más o menos, en América Latina la dictadura más larga es la de Pinochet —que yo recuerde—, (no, la más larga es la de Fidel Castro, ¿no?); pero de las dictaduras militares la más larga es la de Pinochet, desde 1973 a 1989. Son periodos manejables dentro de una vida humana. Pero la dictadura de Franco, si sumamos la dictadura y la guerra, son treintainueve años. Es mucho, mucho tiempo. Es la ruina de varias generaciones. Cuando un argentino de 1983 quería conectarse con la Argentina anterior al golpe militar, solo tenía que ir atrás siete años. Cuando un chileno de 1989 quería conectarse con la historia anterior de Chile tenía que viajar solo dieciséis años en el tiempo. Pero en España, y por eso los paralelismos que se han hecho después entre la dictadura española y las latinoamericanas no sirven, la duración de la dictadura fue terrible.
Aquí abro un paréntesis importante: no piensen que la dictadura duró en España tanto tiempo porque los españoles llevamos en nuestros genes las dictaduras y las guerras civiles. La dictadura duró tanto tiempo por varias razones: una, porque las democracias europeas se negaron a prestar la menor ayuda a la República española en 1936; dos, porque las democracias europeas no hicieron nada contra Franco cuando terminó la Guerra Mundial en 1945; tres, porque un representante de las grandes democracias, el general Eisenhower, presidente de Estados Unidos, fue a España en 1959 y le dio un abrazo a Franco. Eso es muy importante.
Porque en Europa hay la tentación de decir que los pueblos se merecen los regímenes que tienen. La dictadura de Franco duró tanto en España porque las democracias occidentales dejaron solos a los españoles.
Hay otro fragmento de memoria del que a mí me interesa hablar aquí y es que España a partir de los años sesenta, mucho antes de que terminara la dictadura, España de pronto ha empezado a sufrir un cambio muy rápido. Había sido un país muy atrasado. La España en la que yo nací era un país paralizado en el tiempo —sobre todo la España interior, Andalucía interior que el embajador mencionaba y en la que yo nací era una tierra de un atraso pavoroso— y en solo unos años empezó un despegue económico que se multiplicó en los setenta y que hizo que aquel mundo rural, que había durado tanto, desapareciera de pronto, y que hubiera un desplazamiento de población enorme del campo a la ciudad. La cultura del mundo rural desapareció de golpe. Una transición que en otros países europeos había durado, a lo mejor, un siglo en España se hizo en el curso de una generación. Este tránsito determina otro de los rasgos de la vida española y también ha determinado mi propia condición de escritor. Por una razón: porque en el espacio de una vida, no demasiado larga, la generación a la que yo pertenezco ha vivido en dos mundos, ha vivido en dos siglos. Cuando yo era niño los campesinos segaban con hoz y apenas había mecanización en el campo. Los trabajos del campo se hacían a mano. Era una sociedad patriarcal, rigurosamente cerrada, campesina, autosuficiente. Y treinta años después la generación a la que yo pertenezco estaba viajando por el mundo, manejaba computadoras… Entonces, las personas de mi generación tenemos recuerdos que son más antiguos que nosotros. Y eso lleva a un dislocamiento y lleva también a la pérdida de la conciencia de lo que se ha sido. Por una razón que es comprensible: la gente no quiere recordar cuando era pobre.

El jinete polaco

España de los años ochenta, de los primeros noventa, que es la época del gran estallido de la democracia española, es decir… piensen que Franco se muere en 1975 y España tiene una constitución nueva en 1978 y en 1982 gana las elecciones el Partido Socialista por mayoría absoluta. Es decir, un país en el que unos años antes no había más religión que la católica, en el que los protestantes eran criaturas fantásticas y amenazadoras, en menos de veinte años es un país con libertad religiosa, con libertad plena de costumbres, y, al cabo de no mucho más tiempo, un país en el que existe el matrimonio homosexual, y en el que la asistencia a las iglesias es de las más bajas de Europa. Es un cambio de una magnitud de la que nadie se da cuenta y que solo quienes lo han visto pueden concebirlo. La generación de mis hijos, la generación de Pablo, ya nació en otro mundo. Nosotros no. Entonces esa necesidad de contar ese choque entre las dos partes de la propia vida, ese pasado campesino tan cercano y el mundo moderno en el que uno vivía, está en la base de otra novela mía que es El jinete polaco, que se publicó hace justo veinte años. Es el conflicto tremendo de las personas de una generación que nacen en un mundo y tienen que vivir en otro. Que nacen en la época del arado romano y de adultos trabajan con Internet. El conflicto además que lleva también a la desaparición de toda una cultura. Y una cultura que no hay que idealizar, por supuesto, pero que era una cultura sólida e importante: la cultura popular. Las culturas populares desaparecen en seguida porque no dejan testimonios escritos.
Ese era otro fragmento de memoria para mí importantísimo. Y es curioso que durante mucho tiempo quería hacer una novela que trataba de una familia campesina en la guerra y en la postguerra, y empezaba a escribirla y la tenía que dejar porque siempre se parecía a Cien años de soledad. Empezaba a escribir y me salía Macondo… Macondo o como una especie de vocación nostálgica del mundo campesino. Tampoco era lo que yo quería hacer. Solo cuando me di cuenta de que tenía que mezclar el mundo que yo había conocido y el mundo del que me habían hablado, el mundo de esos relatos orales con mi propia condición contemporánea fui capaz de poder escribir esa novela. En ella además había otro fragmento de memoria incompleta que era importante para mí. Después me he dado cuenta de que tenía casi más función alegórica. Esa novela es una historia de amor. El protagonista masculino es una persona de mi generación, alguien que procede del cataclismo de España posterior a la guerra. Alguien que viene de esta parte de España que, a consecuencia de la guerra, del fracaso social de la guerra y de la postguerra, de esa clase social que se quedó sin poder progresar, que se quedó condenada al aislamiento, a la autosuficiencia, etc.
Y había otra España que sufrió eso también, que fue la España ilustrada que se fue. Y entonces yo que había intentado escribir una novela de un militar, sin conseguirlo tampoco, encontré esa confluencia. El hombre que es el hijo de la España que se quedó, autóctona y cerrada, se encuentra con la hija del exiliado republicano. El exiliado republicano que se fue a Estados Unidos y que se hizo allí una nueva vida y tuvo una hija. Esa alegoría se me ocurrió después, pero era involuntaria. A mí me parecía que la España de los años ochenta, de los primeros noventa, con esa fascinación por la modernidad radical estaba dejando atrás, de manera casi delictiva, el testimonio y las vidas de las personas que habían sufrido tanto, que habían trabajado tanto. La paradoja del cambio democrático en España es que la democracia imponía tareas tan urgentes que el pasado se quedó desplazado. La democracia y el desarrollo. Entonces había que ser moderno. ¿Quién querría ser otra cosa que no fuera el personaje de Almodóvar, por ejemplo? Yo sentía, de nuevo, que una parte fundamental de la memoria española estaba siendo dejada al margen. 
 

Sefarad

Hay un tercer paso que, en mi caso llegó gradualmente, que es el descubrimiento y el estudio, hasta cierto punto cuidadoso, de algo que ha mencionado Pablo: la historia europea. Los españoles, por razón de nuestra dictadura, hemos vivido muy aislados. En mi propia experiencia de escritor hay un momento en el que llega el descubrimiento de los testimonios de la persecución nazi, del nazismo y del comunismo. Estos testimonios curiosamente en España, ni siquiera en la España de la Transición, habían salido solo de manera muy marginal. Y las razones son varias: una razón es el aislamiento del país; otra que al no tener población judía, al no tenerla en el siglo xx, España se consideraba al margen de todo eso; y otra muy importante y es que la izquierda más dogmática, que fue la que hizo la transición democrática, era profundamente comunista y profundamente anti israelí y, por tanto, en la creencia de ellos antijudía. Este es un factor importante. A veces pienso que en España culturalmente se hizo la transición del franquismo a la democracia pero no del antifranquismo a la democracia. Entonces, del Gulag, por ejemplo, no se hablaba, y no se hablaba, porque quien hablaba de ello eran solo los franquistas. La gente de izquierdas no decía nada del Gulag. Yo recuerdo y quizás el embajador se acordará también de cuándo Solzhenitsyn fue a España, en los años ochenta —a principios de los años ochenta— y muy importantes escritores españoles se dedicaron a ponerlo en ridículo. Y hubo uno (que no quiero nombrar ahora por respeto a su memoria), hubo uno que dijo: «El defecto de la Unión Soviética es dejar que esta clase de individuos salgan de los campos de concentración». Realmente esa es una cosa tremenda. Esa es una parte, otro fragmento de memoria perdido.


Todo lo que era sólido
Archipiélago Gulag es una obra del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn que denuncia la estructura de represión del estado estalinista en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El extenso texto, compuesto por piezas autónomas, fue redactado entre 1958 y 1967 en la clandestinidad y sin archivos, partiendo de la propia experiencia del autor y la de más de dos centenares de testimonios orales de aquellos compañeros de campos de concentración, prisión, trabajo y «reeducación» (gulag) que depositaron en él la historia de sus vidas.
Recuerdo ese libro en mi casa desde siempre. Del Círculo de lectores.


Por una parte, la sospecha de que cualquier mención del holocausto o de la persecución de los judíos es una apología del sionismo y, por otra, el hecho de no querer aceptar y de preferir ignorar los crímenes terribles cometidos en nombre del comunismo y no querer aceptar los testimonios que proceden de allí. Ignorar todo eso crea una conciencia completamente coja, en gran parte provinciana. ¿Cómo se puede tener una conciencia lúcida y real culturalmente y políticamente hablando si se ignora lo que ocurrió en la Alemania nazi y lo que ocurrió en el Gulag? Además, ¿cómo se puede entender la guerra civil española, lo que ocurrió en España, sin la mención europea? Porque para entender de verdad lo que ocurrió en España, no lo podemos entender solo en términos españoles. Yo no sabía que iba a escribir este libro del cual Pablo ha hecho una edición crítica ahora, no sabía que iba a escribir Sefarad. Lo que sabía era que leía sin parar: leía a Primo Levi, a Jean Améry, a Eugenia Ginzburg, a los escritores mayores de esa tradición… y los leía de una manera obsesiva sin saber que eso me fuera a llevar a ninguna parte. Hasta que finalmente se convirtió en esa novela en la que intentaba conectar la tradición progresista española —de la que me siento parte— con la tradición de persecuciones y huidas que empezaron en España en el siglo xv con la expulsión de los judíos —los judíos también habían sido expulsados ya de Inglaterra y de Francia antes; no es un pecado exclusivamente español— y con el hecho de que los grandes liberales de mi país, en la mayor parte de los casos, acabaron yéndose al exilio.
El franquismo nos había querido dar una tradición heroica y nosotros, los que queríamos construir una tradición alternativa, la encontrábamos casi exclusivamente en los perseguidos. Uno ve, por ejemplo, La Pléyade, la tradición francesa. Casi todos son miembros de la Academia Francesa. Casi todos están en el Panteón. Ve uno la tradición española, el canon español y los nombres del canon: son todas personas que están en la fosa común, o que tuvieron vidas horribles. Entonces para mí era muy importante establecer esa especie de linaje, intelectual y cultural; pero no hacerlo en forma de ensayo histórico, sino hacerlo en forma de novela. Y ¿por qué en forma de novela?, ¿por qué en forma de ficción? Porque la diferencia entre la ficción y la no ficción es la empatía. Es decir, para leer una novela uno tiene que ponerse en la piel (o, como se dice ahora en español, en los zapatos…) del sufrimiento de otro. Y porque al ponerte en la piel de otro aprendes una lección que el otro aprendió y es que tú también podrías ser el otro. Porque cuando uno estudia con cuidado lo que ocurrió en Alemania, en Rusia o en China, lo que descubre es que no es que estuvieran allí los judíos puestos en fila y perfectamente identificables y fueran perseguidos; es que primero se crea, además a veces de una manera muy complicada, la identidad de judío perseguible y después se le atribuye a las personas. O en el caso, por ejemplo, de las persecuciones de Stalin, muchos de los perseguidos eran comunistas furiosos. Entonces esa necesidad de ponerte en el lugar del otro solo se puede hacer en la novela.




Eres, uno de los capítulos de Sefarad, Antonio Muñoz Molina

La noche de los tiempos

Y hay un último paso. Descubrir que en mi país, en el que el pasado no había tenido ninguna importancia desde el establecimiento de la democracia, de pronto se ponía de moda la reivindicación de la Segunda República. Se ponía de moda una reivindicación, una nostalgia extraña por los años treinta y un desprecio hacia la tradición democrática de la que procedemos todos los españoles ahora mismo que es la Constitución de 1978. Entonces había como una crecida de sentimentalismo republicano, una añoranza de un pasado mítico al que por culpa de otro no se puede volver. Ese pasado mítico que alimenta tanto el narcisismo nacionalista. Es decir, lo bueno en España fue la República, la guerra, allí sí que luchamos de verdad, y esto que hay ahora es una farsa. Entonces para mí de pronto lo urgente era construir otro fragmento de lo que podemos llamar «memoria lúcida». Querer recordar, mediante la ficción también, que las cosas son mucho más complicadas que cualquier simplificación. Querer construir una ficción que contara cómo podían haber vivido las personas que estuvieron en aquel tiempo de la historia de España, cómo lo podían haber vivido. Cómo las cosas podían no haber sucedido. Cómo la normalidad que todo el mundo da por supuesto de pronto se derrumba. Eso fue lo que me llevó a escribir esta última novela que salió tan larga. Entonces, en todos los casos, lo que yo creo que uno tiene que hacer como escritor es una búsqueda de eliminar la simplificación. Hay más cosas que merecen ser recordadas de las que se recuerdan. Y el recuerdo tiene que ser más preciso y más lúcido de lo que parece y uno no puede proyectar hacia el pasado sus prejuicios o sus fantasías.


El atrevimiento de mirar, Todo lo que era sólido


Y por último, y con esto termino, mientras escribía esta novela última tenía un remordimiento por dentro y me decía: «Te estás dedicando demasiado al pasado. Las grandes novelas casi siempre han sido novelas contemporáneas. Quizás ya es el tiempo de dejar todo esto y ponerse a escribir sobre lo que tienes delante de los ojos, el puro presente». Y a eso quisiera dedicarme ahora. Muchas gracias.

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lunes, 4 de noviembre de 2013

Cuéntame cómo mataron a mi padre



Llego a esta novela después de haber leído El jinete polaco, El viento de la Luna, Plenilunio, Días de diario.
Encuentro varios nombres ya conocidos: Justo Solana, Jacinto Solana, Domingo González, el doctor Medina, la isla de Cuba, Mágina, la plaza del general Orduña. El hecho de ir descubriendo la historia de cada uno en diferentes novelas aumenta la sensación de verosimilitud.
Jacinto Solana
Ese poeta casi inédito de la generación de la República sobre el que Minaya estaba escribiendo su tesis doctoral. [Beatus Ille, pág. 13]
Que se ganaba la vida en los periódicos izquierdistas de Madrid y que una vez habló en un mitin del Frente Popular en la plaza de toros de Mágina, que fue condenado a muerte después de la guerra y luego indultado y salió de la cárcel para morir del modo que merecía en un tiroteo con la Guardia Civil. [Beatus Ille, pág. 14]
Alguien vino entonces y le habló de Jacinto Solana. Muerto, inédito, prestigioso, heroico, desaparecido, probablemente fusilado, al final de la guerra. […] Se llamaba, se llama, José Manuel Luque, le contó a Inés, y no sé imaginarlo sin riesgo de anacronismo, exaltado, supongo, adicto a las conversaciones clandestinas, ignorando el desaliento y la duda, con papeles prohibidos en la carpeta, resuelto a que el destino cumpla lo que ellos afirman, con barba, dijo Minaya, con rudas botas proletarias.
-Jacinto Solana. Apunta ese nombre, Minaya, porque yo haré que lo oigas en el futuro, y lee estos versos. Se publicaron en Hora de España, en el número de julio de 1937. Aunque te advierto que se trata sólo de un aperitivo para lo que verás después. [Beatus Ille, pág. 18]
Leyó de nuevo el nombre de la ciudad y la fecha, Mágina, mayo de 1937, como una contraseña que el otro, José María Luque, no podía advertir, como una invitación más honda que la de los versos, sin calcular aún la posible coartada, sólo asombrado de que por segunda vez en unos pocos días hubiera vuelto a abrirse como una herida el territorio inerte de su conciencia donde yacía la ciudad, su propia vida malgastada y lejana. Yo sé que no murió, iba a decir, recordando los monólogos tristes de su padre en los que aparecía a veces el nombre de Jacinto Solana, yo sé que no desapareció del mundo al terminar la guerra, que salió de la cárcel y volvió a Mágina para seguir combatiendo como si aún perdurase en él la furia que lo animaba cuando escribió esos romances y que tal vez sólo concluyó cuando lo mataron. [Beatus Ille, pág. 19-20]
Sólo hablaba de eso, en la primavera del treinta y seis, de la necesidad de abandonar la mala vida de los periódicos y los banquetes con brindis y las revistas literarias para volver a Mágina y encerrarse en la casa de su padre y no salir de allí ni hablar con nadie hasta que no hubiera terminado un libro que todavía no se llamaba Beatus Ille y que iba a ser no sólo la justificación de su vida, sino también el arma de una incierta venganza [Beatus Ille, pág. 26]
-Sería inexacto decir que fue mi mejor amigo, como te contaba tu padre. No fue el mejor, sino el único amigo que yo he tenido en mi vida, y también mi maestro y mi hermano mayor, el que me guiaba por Madrid y me descubría los libros que era preciso leer y me llevaba a ver las películas mejores, porque era muy aficionado al cine, y había estado en París con Buñuel cuando se estrenó La edad de Oro. Antes de la guerra, uno de sus trabajos fue escribir guiones en esa empresa de películas que tenía Buñuel [Beatus Ille, pág 30-31]
En mayo del 37, cuando vino a Mágina para mi boda, estaba en la redacción de ese periódico y pertenecía a la Alianza de Intelectuales, y acababan de nombrarlo comisario de cultura de una brigada de choque, pero de pronto no se supo nada de él, y ya no asistió al congreso de escritores que iba a celebrarse aquel verano en Valencia. Ni su mujer sabía dónde estaba. Se había alistado como soldado raso en el ejército popular, con otro nombre, y ya no volvió a publicar ni una sola palabra. Lo hirieron en el Ebro, y al final de la guerra fue detenido en el puerto de Alicante. Pero todo eso ya lo supe diez años después de que desapareciera, cuando salió de la cárcel y vino a Mágina y a esta casa. Seguía queriendo escribir un libro, un solo libro memorable, decía, para morirse después, porque eso era lo único que le había importado en su vida, escribir algo que siguiera viviendo cuando él ya estuviera muerto. Exactamente eso me decía.
[Beatus Ille, pág 31-32]
Jacinto Solana, 1904-1947, como una inscripción funeral, como el título de un libro todavía en blanco, destinado acaso a no escribirse nunca, a no ser sino un volumen de ordenadas páginas sin una sola palabra ni otras señales que las de su cuadrícula azul.
[Beatus Ille, pág 33]
-Si vieras –dijo Manuel- la expresión de sus ojos cuando entró por primera vez en la biblioteca. Mi madre había ido a pasar unos días en “La isla de Cuba”, y mi padre estaba en Madrid, en el Congreso de los Diputados, y durante una semana la casa entera fue para nosotros. Teníamos once o doce años, y Solana, al entrar en el patio, se quedó muy quieto y callado, como si le diera miedo seguir avanzando. […] En su casa había un solo libro. Se llamaba, me acuerdo, Rosa María o la flor de los amores, un folletín en tres volúmenes que Solana leyó a los diez años y por el que guardó siempre una especie de gratitud. “Qué más quisiera yo que escribir algo parecido a esas dos mil páginas de infortunios”, me decía.
[Beatus Ille, pág 49]
-Le contaré algo si me promete que va a guardar el secreto. A mí nunca me pareció que la pobre Mariana fuera tan atractiva como decían. Como decían ellos, Manuel y Solana, desde luego, aunque Solana se cuidaba mucho de decirlo en voz alta. ¿Y sabe lo que tenían los dos? Un exceso de humores seminales y de literatura, y perdóneme la crudeza. Supongo que ya le habrán contado que Solana también estaba enamorado de ella. Desesperadamente, y desde mucho antes que Manuel, pero con la desventaja de que ya estaba casado cuando la conoció. Píamente casado por lo civil, como buen comunista que era, cristianamente remordido por la tentación de engañar al mismo tiempo a su esposa y a su mejor amigo. ¿De verdad que su padre nunca le habló de eso? [Beatus Ille, pág 53]
Era el tiempo de recoger la aceituna, y un hombre a quien tardó en reconocer cargaba sacos vacíos y largas varas de brezo para sacudir los olivos en un mulo atado a la reja de la ventana.
-Cómo no me voy a acordar de él, si nos criamos juntos –dice el hombre a Minaya, y se ahoga y tose sin quitarse de la boca el cigarro empapado de saliva, sentado al sol en un sillón de mimbre que cruje bajo su cuerpo grande y derribado-. Pero él se fue a Madrid cuando la Dictadura, y se colocó en un periódico y se metió en cosas de política, porque era de ideas y nunca le había gustado el campo, así que dejó solo a su padre con todo el trabajo que tenían en la huerta y estuvieron sin hablarse varios años.
“Calla, Manuel”, murmura al lado del viejo una mujer de pelo blanco y recogido y toca negra sobre los hombros, que estaba barriendo la acera y había visto a Minaya detenerse ante la casa contigua como si no supiera que nadie habitaba en ella desde hacía muchos años. […]
-A Justo Solana, el padre, lo fusilaron al terminar la guerra, y nadie sabe por qué. Algo haría, dice la gente, como tantos otros que entonces se señalaron, pero yo no sé qué pudo hacer, si no era hombre que se metiera en política y se pasó toda la guerra sin subir de su huerta. Pero volvió un poco después de que entraran las tropas, y a los tres o cuatro días vinieron a buscarlo en un coche y se lo llevaron a la cárcel, esposado como un criminal. Luego me enteré de que le habían dado el paseo. Pero su hijo, Jacinto, no lo supo hasta que no volvió de la cárcel. Me parece que lo estoy viendo como lo veo a usted, con su abrigo negro y su sombrero y la maleta atada con una cuerda que traía en la mano. Al principio no lo conocí. Yo estaba en mi portal cuando él llamó a su casa, y vi la cara que puso cuando le dijeron que ahí ya no vivía su padre. Jacinto, le dije, ¿no te acuerdas de mí?, y cuando le eché la mano vi que estaba llorando. Me dijo, Manuel, qué le han hecho a mi padre, y yo no sabía qué contestarle, porque se me puso una cosa aquí, en la garganta, y no podía ni hablar. Que lo mataron, le dije, y él me miró y bajó la cabeza y se fue de la plaza sin decirme ni una sola palabra. Y ya no volví a verlo más. Aquel verano me dijeron que a él también lo habían matado.
[Beatus Ille, pág 60-61, Manuel y Leonor, los abuelos maternos de AMM]
-Será el doctor Medina –dice mi madre-. Yo creo que lo vi salir esta tarde de la casa, con su maletín negro.
-Muy mal habrá tenido que verse para llamar a un médico que estuvo con los rojos, siendo él tan falangista. […]
-Se le murió un gran amigo hace poco –dice mi abuelo, confidencial, entendido, sugiriendo siempre que sabe más de lo que dice, que guarda valiosos secretos-. ¿Y sabéis con quién tuvo también mucha amistad?
-Mejor no nos lo cuentas –lo interrumpe mi abuela-. Que te tomas un vaso más de vino y te vas de la lengua.
-Con el hijo de nuestro vecino, el de la casa del rincón…
-¿El hortelano que fusilaron al final de la guerra?
Yo ya me sé todas las historias: y también sé hasta dónde hablan y en qué momento se quedarán callados, y en qué pasaje de un relato bajarán la voz para decir un nombre o para recordar un crimen que casi siempre tiene el aire de una desgracia súbita y natural, de un golpe absurdo del destino.
-¿No mataron también al hijo, cuando salió de la cárcel?
-Lo mataron en el cortijo de su amigo, el año cuarenta y siete – a mi abuelo le gustan las fechas exactas y las palabras esdrújulas-. En una emboscada de la Benemérita.
[El viento de la Luna, pág 143-145]
-¡Que se ha muerto el ciego! ¡Que dicen que se ha ahorcado! […]
Recordando que el ciego no tuvo escrúpulos en quedarse con la casa de un hombre inocente al que él mismo había mandado a la muerte. “El pobre Justo Solana”, dice mi padre, “un hombre que no se metió nunca en nada y que tenía la huerta al lado de la nuestra y no quiso salir de ella mientras durara la guerra”. […] “Pagó por su hijo”, explica mi abuelo, “que había dejado al padre solo y viejo en la huerta para irse a Madrid, porque tenía la cabeza llena de pájaros, mira qué ruinas y qué desgracias traen las ideas”. “Yo me acuerdo de cuando vinieron a buscar a ese hombre”, dice mi madre. “Cómo te vas a acordar tú, si eras una chiquilla.” Pero tenía nueve años, recién cumplidos, y se acuerda de que estaba siempre esperando que sonara el llamador de la puerta y fuera su padre que volvía de la prisión […] “pero había una denuncia por medio, y el juez Domingo González no iba a perdonar”. […] Hablan de lo sucedido hace treinta años como si hubiera pasado ayer mismo y como si algo pudiera aún ser corregido: reviven pormenores de entonces tan febrilmente como los de esta tarde, y la muerte del ciego parece ya tan antigua en sus relatos y tan gastada por infinitas variaciones que cobra en mis oídos una irrealidad idéntica a la de las historias de la guerra, borrosa igual que ellas, sumergida en la confusión y en la sangre.
[El viento de la Luna, pág 268-274]
El sonido muerto del llamador de la casa del rincón, paredaña a la nuestra, que permanece casi siempre mudo porque nadie vive en ella desde hace años, desde que el ciego Domingo González, que la había usurpado al final de la guerra, se marchó definitivamente enloquecido por la oscuridad y el terror y fue a refugiarse en una de las estaciones abandonadas junto al río.
[El jinete polaco, pág 46]
En la casa de al lado, la del rincón, donde vivió el ciego González, había vivido siempre el único amigo de mi bisabuelo Pedro, que combatió en Cuba junto a él y fue fusilado sin explicación a los pocos días de que entraran en Mágina las tropas, cuando mi abuelo Manuel ya estaba preso.
[El jinete polaco, pág 127]

¿José Manuel Luque tiene algo que ver con el Praxis?
Solana se quitó las gafas para limpiar los cristales empañados y le dijo lo que Manuel había adivinado y temido desde que lo vio en el patio: “Cuéntame cómo mataron a mi padre.”
A continuación, comienza el capítulo 3. Cuenta el encuentro de padre e hijo.
“Eso nos decían cuando nos mandaron a Cuba. Que íbamos a darles un escarmiento a los insurrrectos. Y ya ves, un poco más y tú no naces.”
Si se marchó de Mágina el 19 de julio de 1936 no fue porque tuviera miedo de la guerra, sino porque la guerra le ofreció el pretexto que siempre había deseado para abandonar la ciudad y huir el trato tedioso con los otros hombres. En la tarde de aquel 19 de julio salió a la calle y vio a un hombre que cruzaba corriendo la plaza de san Lorenzo y se apostaba en una de sus esquinas. El hombre, un desconocido, tenía la camisa empapada en sudor y miró a mi padre con la boca abierta, diciéndole algo que él no pudo entender, porque en seguida sonó un disparo en la plaza vacía y el desconocido, empujado contra la pared como por un golpe de viento, rebotó en ella sujetándose el vientre y cayó muerto sobre el empedrado
Beatus Ille, pág 128-136
¿Quién salvó la vida a Domingo González?


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