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viernes, 9 de mayo de 2025
viernes, 8 de julio de 2016
Fußnote 3
Era inverosímil que esa muchacha hubiera sido engendrada por él, pero también lo eran casi todos los hechos de su vida desde una noche en que se abotonó serenamente el uniforme y se puso la gorra de plato delante del espejo en su dormitorio del pabellón de oficiales del cuartel de Infantería de Mágina y bajó despacio por las escaleras que conducían al patio y vio formado en él un batallón y escuchó las órdenes gritadas por otros hombres que hasta ese momento habían sido sus compañeros de armas y unos minutos después serían sus enemigos, sus víctimas o sus prisioneros. No había elegido arrebatadamente una causa, no lo habían cegado ni la pasión política, que le era indiferente, ni una voluntad de heroísmo heredada de sus mayores o inoculada en su inteligencia durante la guerra de África. Ni siquiera sabía entonces, en las primeras semanas de aquel mes de julio, en qué medida anidaba la desesperación en su alma como una enfermedad secreta. Tan sólo se dijo, mientras estaba afeitándose y oía en el patio las voces de mando y los taconazos de la tropa, que no podía tolerar que un grupo amotinado de capitanes y tenientes rompiera la disciplina desobedeciendo sus órdenes. Lo que ocurrió después no lo había previsto, y tampoco era responsabilidad suya: los disparos, los incendios, las multitudes, la sangre, los cadáveres con el vientre desgarrado y las piernas abiertas tirados por las cunetas y los terraplenes en los mediodías de bochorno, el entusiasmo y las esperanzas de vencer que nunca compartió.El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina
Hay
que prestar
atención al que cuenta lo que ha visto de cerca1.
En los primeros años noventa David Rieff fue reportero enmedio de la
gran explosión de salvajismo que fue la guerra de Yugoslavia, y allí
y entonces empezó a reflexionar sobre los
efectos catastróficos que puede tener algo tan reverenciado como la
memoria histórica2
o la memoria colectiva.
Una vez, saliendo de entrevistar a un general serbio, uno de aquellos
señores de la guerra que de la noche a la mañana se convirtieron en
matarifes de sus compatriotas, un ayudante del militar le puso en la
mano un papel doblado, como si le confiara un secreto. Cuando Rieff
lo abrió, en la hoja en blanco no había más que un número, una
fecha: 1453. Comprendió en seguida que se trataba de una consigna
delirante de memoria histórica. 1453
es el año en que los turcos conquistaron Constantinopla y pusieron
fin al Imperio Romano de Oriente.
Invocando esa fecha, los genocidas serbios se convertían nada menos
que en herederos de aquel imperio cristiano que más de cinco siglos
después continuaban la lucha contra los invasores infieles, ahora
los bosnios musulmanes a los que intentaban exterminar en beneficio
de su sueño de redención patriótica. La guerra civil yugoslava
sucedía en los años 90 del siglo XX y con todas las ventajas
modernas de las tecnologías de la destrucción, pero a
la gente se la mataba en nombre de cosas que habían sucedido en
1389, en 14533,
en un tiempo muy alejado y del todo ajeno, y sin embargo convertido
en presente por la obsesión vengativa y victimisma de las
conmemoraciones.
No
hay casi nadie que no piense que la
preservación de la memoria es uno de los valores supremos en una
colectividad.
En mi trabajo como escritor y en mi activismo como ciudadano yo mismo
he intentado contribuir al rescate de la
memoria de la República española4
y de la cultura que quedó amputada y dispersa tras la derrota en la
Guerra Civil y la grosera tentativa de lobotomía del franquismo.
Así que empecé a leer con cierto reparo el libro de Rieff, titulado
retadoramente In
Praise of Forgetting.
¿Puede haber algo digno de ser alabado en la desmemoria? David Rieff
tiene una doble cualificación de ensayista agudo y luminoso y de
reportero. Viene de la tradición de libertad intelectual y claridad
expresiva de Orwell y de John Gray, esa que brilla más que nunca en
el ejercicio de llevar
la contraria5
a lo consabido.
Y además la combina con un conocimiento de primera mano sobre los
lugares más conflictivos del mundo. Ha informado desde Israel, desde
Rwanda, desde Irlanda, desde Argentina, desde la ex-Yugoslavia. Y en
cada sitio ha sido testigo
de los efectos terribles que puede provocar una obsesión por el
pasado histórico,
y de las dificultades
extremas6
de restablecer un presente de convivencia viable sobre las ruinas y
las heridas abiertas que deja una dictadura o un enfrentamiento
civil.
La
paz, o cuando menos la suspensión de las agresiones, es tan
imprescindible como la justicia.
Las víctimas han de ser honradas y los verdugos castigados. ¿Pero
qué ocurre si, en el mundo real, la paz y la plena justicia resultan
dos bienes igual de nobles pero a corto plazo incompatibles entre sí?
En Yugoslavia, en 1995, lo más urgente era que cesara la carnicería.
Se consiguió en los acuerdos de Dayton, que no satisfacían a nadie
y que se han sostenido casi de milagro. Pero gracias a ellos, serbios
ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes no han vuelto a
enfrentarse
con las armas. Algunos criminales de guerra han sido juzgados y
condenados, otros no. ¿Dónde está el
equilibrio entre la reconciliación y la justicia, entre la necesidad
de reparar los crímenes y los sufrimientos del pasado y la de
establecer un presente de convivencia
entre unos y otros?
En
este punto es donde David Rieff propone, cautelosamente, una
reflexión sobre la conveniencia
de un cierto grado de olvido, que ha de ser sobre todo no el olvido
de lo que sucedió en la realidad, sino una visión crítica del
pasado7
que ponga el rigor de la historia por encima de una memoria volcada
en el fortalecimiento de la identidad colectiva,
dedicada a proveer justificaciones para los fracasos y coartadas
ennoblecedoras para los abusos y los crímenes, o para la simple
estupidez humana, o para el enaltecimiento de los valores del
presente. La memoria personal no es muy de fiar, pero al menos se
ejerce sobre los hechos que ha vivido uno mismo. La memoria
colectiva, precisa Rieff, no existe como tal, y es mucho más vaga en
cuanto se alejan un poco en el tiempo las cosas presuntamente
recordadas, cuando
empiezan a olvidar y a extinguirse los que las vivieron y han podido
contarlas.
En
la memoria histórica hay una actitud de reverencia hacia los hechos,
los sacrificios, los heroísmos, de las personas a las que se elige
recordar.
Que con frecuencia esté inspirada por los
ideales más nobles
no la exime del peligro de la manipulación, porque con la misma
facilidad se la puede poner al servicio de intereses miserables y de
ideales siniestros, o ni siquiera eso, en esta época de autoestima
confortable y narcisismo digital: al servicio de la
vanidad de sentirse perseguido y rebelde sin el menor contratiempo
y sin más esfuerzo que atribuirse los sufrimientos casi siempre
inventados de otros que vivieron o no hace mucho tiempo.
“Para
estar vivos nos contamos historias a nosotros mismos”, dice Joan
Didion. David Rieff reconoce, no sin cierto fatalismo, que las
sociedades humanas necesitan pasados manejables sobre los que
sostener el presente. Pero su experiencia como reportero y sus
conocimientos de la historia le hacen mantenerse alerta
ante la casi segura inevitabilidad de la manipulación.
El precio de un pasado colectivo del todo alentador o ejemplar es la
mentira. El grupo refuerza su solidaridad y su ultraje si un dato
inoportuno contradice su memoria histórica, que como todos los
rasgos de identidad se fortalece sobre todo cuando es puesto en duda
por los extraños.
El
antídoto de una memoria histórica dañina o incoveniente no es otra
memoria histórica más justiciera. Es la Historia.
Paradójicamente, dice Rieff, en esta época en que la Historia
prácticamente ha desaparecido de enseñanza es cuando más
proliferan todas las variedades de memorias históricas. Cuanto menos
se sabe del pasado más vehementes son las apelaciones a
legitimidades fetichistas que solo el pasado parece capaz de proveer.
Pasados a medida8
son los parques temáticos de la identidad a la que cada uno se
afilia, tan limpios de las incomodidades y la impurezas de
la realidad histórica como un centro comercial herméticamente
climatizado en uno de esos desiertos de las periferias urbanas. El
antídoto de las fantasías adánicas o criminales sobre el pasado es
el estudio sobrio de la Historia, que no
avanza en ninguna dirección favorable9
y ni siquiera inteligible, y que es demasiado complicada y en general
amarga como para ofrecer las simplificaciones consoladoras que
alimentan la nostalgia o la movilización. Muy cerca del
final de su libro David Rieff cita a Borges: “El olvido es la única
venganza/ y el único perdón”. Pero no es la justicia.
Elogio
del olvido, Antonio Muñoz Molina [El País, 17 de junio de 2016]
1Crónica:
Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los
acontecimientos. Artículo periodístico o información radiofónica
o televisiva sobre temas de actualidad . Testigo: persona que da
testimonio de algo, que atestigua. Persona que presencia o adquiere
directo y verdadero conocimiento de algo.
2Dice
Cervantes en El Quijote: Debiendo
ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y
que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les
hagan torcer del camino de la verdad,
cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las
acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo por venir.
3Para
justificar su comportamiento con los judíos, los alemanes
recordaban a mi abuelo en 1940 la expulsión de los judíos
de España que fue ordenada en 1492 por los Reyes
Católicos.
4El
general Vicente Rojo y su hija. El jinete polaco, Antonio Muñoz
Molina. Al poco de abandonar la Academia su antiguo jefe en la época
de Marruecos, Sanjurjo se subleva contra la República en la ciudad
Sevilla en lo que se denominó La Sanjurjada. Durante una breve
temporada se convirtió en jefe de Estado Mayor de la 16ª Brigada
de Infantería de León, este nuevo cargo le permitió comprobar la
realidad del ejército antes de la Guerra Civil. De la misma forma
pudo comprobar como en los ambientes militares se estaba fraguando
el futuro conflicto, y de vez en cuando le convocaban a reuniones en
las que se pretendía que se afiliase a una posible revuelta.
Estallido de la Guerra Civil. Ascendido a comandante el 25 de
febrero de 1936, al estallar la guerra civil, en julio de 1936, se
mantuvo leal al gobierno de la República, y fue uno de los
militares profesionales que participó en la reorganización de las
fuerzas republicanas durante los instantes posteriores al golpe de
Estado. La intención recelosa del gobierno de Giral fue la de
desmantelar el ejército, finalmente en agosto de este mismo año se
reactivan los escalafones militares. No es de suponer que se
cuestionase la lealtad de Vicente Rojo ya que desde los primeros
instantes fue trasladado a las oficinas del Estado Mayor del
Ministerio al mando de Hernández Saravia.
5El
valor de la disidencia: Separarse de la común doctrina, creencia o
conducta.
6Convivencia
viable sobre pasado de enfrentamiento civil. Lo leo en clave
personal, no social.
7¿Justicia
o paz? ¿Damos prioridad a reparar el daño o a la convivencia y
reconciliación? Visión crítica del pasado: rigor de la historia,
no falsear los hechos por fortalecer la identidad colectiva.
Ofrecer una justificación a lo que no la tiene. Reconocimiento de
los hechos tal como fueron.
8Los
pasados a medida. En un plano personal, esto me recuerda a
Crematorio, de Rafael Chirbes. Cuando Rubén Bertomeu muere, cada
uno de los personajes de la novela, de su entorno familiar, trata de
crear un pasado a su medida para justificarse, para sentirse
inocentes. Dice Rafael Chirbes en una entrevista: “Rubén Bertomeu
es el personaje que demuestra que hemos sido peores que ellos.
Vuelve a ser Torquemada: qué malo es Rubén pero todos hemos vivido
a su costa, todos hemos comido de él, hemos hecho arte de él,
hemos escrito novelas de él, y sin embargo él nos avergüenza a
todos. En España, desde el año 79, los que han hecho la textura
física, ética y estética del país han sido los de mi generación
de la izquierda. La manera de pensar, de hablar, la ha tejido mi
generación. El gusto lo han moldeado periódicos como El País,
no ha sido el ABC. El estilo arquitectónico lo han creado
Calatrava cuando era del PSOE, Vázquez Consuegra y Moneo. Y este es
el país que ha quedado.” […] “Torquemada, el personaje de
Galdós, es un ejemplo. Torquemada, qué malo es, dicen, pero todo
el mundo vive a su costa y todos los buenos se nutren de su
avaricia. Lo mismo ocurre con Vautrin, el personaje de Balzac. A mí
me gusta más el que caza que el se come la caza y dice estar limpio
de sangre y de pelo y pluma.”
9Hace
suyas las palabras de Rilke, en sus Cartas a un joven poeta:
“Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón y
trata de amar las preguntas en sí mismas”. La dama de las abejas,
Elvira Lindo
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Literatura
viernes, 11 de septiembre de 2015
Memoria lúcida
La memoria incompleta, por Antonio Muñoz Molina
La conferencia de Antonio Muñoz Molina se desarrolló en la Universidad de Utrecht el 20 de octubre de 2011 dentro del Ciclo de Conferencias Spinoza y contó con la presencia de Wiljan van den Akker, decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de Utrecht; Javier Vallaure, embajador de España en Países Bajos, y Pablo Valdivia, profesor de la Universidad de Ámsterdam (UVA).
La conferencia de Antonio Muñoz Molina se desarrolló en la Universidad de Utrecht el 20 de octubre de 2011 dentro del Ciclo de Conferencias Spinoza y contó con la presencia de Wiljan van den Akker, decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de Utrecht; Javier Vallaure, embajador de España en Países Bajos, y Pablo Valdivia, profesor de la Universidad de Ámsterdam (UVA).
En
primer lugar, tengo que decir que para mí, dar una conferencia que
lleva el nombre de Baruch Spinoza es
ya conmovedor porque representa dos cosas para mí muy importantes:
la defensa de la racionalidad frente al
fanatismo y al oscurantismo religioso y de cualquier otro
tipo, y representa también la dignidad de
las personas perseguidas que se quedan sin país, sin
idioma, y que son expulsadas hasta por aquellos que parecían los
suyos. Hay un soneto maravilloso de Borges dedicado a él que me
aprendí de memoria. Empieza diciendo:
Las traslúcidas manos del judíolabran en la penumbra los cristalesy la tarde que muere es miedo y frío.(Las tardes a las tardes son iguales).
Y
así sigue el poema. Imaginarse a Spinoza puliendo lentes que
ayudarán al conocimiento del mundo material y elaborando
teorías que contribuirán, de manera decisiva, en un futuro, al
progreso de la razón humana es una de las grandes
imágenes que para un escritor, que aspira a ser un escritor español
y europeo, es muy importante.
Cuando
el profesor Valdivia me invitó a venir aquí a dar esta conferencia,
yo pensé que podría ser útil que explicara el
modo en que la necesidad de indagar, de buscar o de completar de
algún modo la memoria española, la memoria del pasado español,
la necesidad que yo había sentido desde muy joven; y el modo en que
esa memoria fragmentaria, o dividida, o muchas veces suprimida o
engañada estaba flotando en el aire cuando yo era niño…; el modo
en que esa memoria contribuyó a crear mi
propia imaginación como escritor.
El reino de las voces
A
lo que aspira la literatura de ficción es a explicar el mundo
mediante relatos y cada escritor, creo yo, tiene una narración
básica que va persiguiendo a lo largo de su vida. Y, en mi caso, por
circunstancias biográficas y probablemente psicológicas, esa
búsqueda de una memoria rota, o perdida, o incompleta, ha sido desde
el principio un elemento fundamental. Entre los primeros recuerdos de
mi vida están los recuerdos de oír a los mayores: en mi casa, en la
familia o en el campo donde trabajaban mis padres. Oír a las
personas mayores hablar de algo que era muy extraño para mí: la
guerra.
La guerra para un niño era la guerra que se veía en las películas.
Eran los cómics que había cuando era pequeño que se llamaban
Hazañas
bélicas.
Eran cómics de soldados americanos luchando heroicamente contra los
nazis y contra los japoneses. La guerra eran también las películas
de guerra. Y para mí ver que aquellas personas que eran comunes y
que eran de mi familia o conocidos hablaban de una guerra en la que
ellos habían estado despertaba mi imaginación de una manera muy
poderosa. Porque después, en otras tentativas de modificación de la
memoria, se
ha dicho que en España,
hasta prácticamente el año pasado, no
se hablaba de la guerra.
Es una historia atractiva, pero tiene el defecto de ser falsa.
Se
hablaba mucho. Se hablaba, claro, en voz baja, y según con quién y
se contaba según qué. En un mundo oral, como el mundo en el que yo
me crie, esas historias de guerra formaban parte del catálogo de
cosas que un niño estaba siempre escuchando. Uno escuchaba
fragmentos de cosas, lo que le había sucedido a alguien al que
habían perseguido y habían matado. Yo escuchaba nombres que me
llamaban mucho la atención. Por ejemplo «Azaña» que suena épico.
Yo no sabía que Azaña fue primer ministro y luego presidente de la
Segunda República. No sabía qué era la Segunda República. Oía la
palabra «Negrín», don Juan Negrín. Oía la palabra «el Ejército
Rojo». Oía una serie de cosas que me costaba asociar con las
personas junto a las que vivía. Y no solo oía, sino que algunas
veces encontraba en estas casas campesinas que había antes, en las
que los niños están siempre indagando, encontraba por allí cosas
extrañas que me llamaban la atención y que no tenían explicación.
Encontraba,
por ejemplo, en un armario, algo que me subyugaba: un uniforme
militar azul marino. Había un uniforme, un correaje y una gorra de
plato. Y yo decía «¿y esto?». Eso pertenecía a mi abuelo materno
que había sido guardia de asalto en la República. Y la palabra
«guardia de asalto» sonaba tan bien, «guardia de asalto», algo
tremendo. Eso quedaba allí. Recuerdo otra cosa fundamental: había
una caja de lata que estaba llena de dinero, llena de billetes. Y,
claro, un niño piensa: «pero nosotros no tenemos dinero, tenemos
poco dinero, los mayores están siempre hablando del dinero, del
dinero que falta, que no hay. Y ¿cómo es que tienen esta caja de
dinero aquí?». Entonces, para mí, llegar allí, abrir este
armario, mirar, ver ese uniforme allí colgando y luego ver esa caja
llena de dinero me despertaba, por una parte, la intuición de algo,
no se sabe qué, el conocimiento incompleto y, por otra, la necesidad
de completar eso mediante la imaginación y mediante la atención.
Porque si uno prestaba atención, escuchaba cosas. Y
claro, yo veía a mi abuelo materno, que era campesino y no podía
imaginarme que hubiera sido un policía de uniforme.
¿Por
qué fue policía y ahora no lo es? ¿Por qué habrá sido eso? ¿Por
qué había estado preso? Decía: «Mi abuelo ha estado preso ¿por
qué?». Presos estaban los delincuentes, los ladrones…
Algo se sabía y algo se ignoraba. Además eso
contrastaba con la memoria o el relato del pasado que se hacía en la
escuela de esa época. Yo nací en 1956. Tengo un recuerdo
bastante nítido de lo que era estar en una escuela franquista en la
que se contaba, claro, el pasado de las glorias imperiales de España.
España había sido un gran imperio, los españoles habíamos sido
los primeros en descubrir América, en echar a los judíos, habíamos
sido los primeros en cristianizar al mundo. Luego habíamos caído en
la decadencia y había llegado el caudillo Francisco Franco que nos
había salvado de aquello. Como un nuevo cruzado. Entonces
la historia que se contaba en la escuela también chocaba un poco con
la otra historia. Porque si era verdad la historia que se
contaba en la escuela, si los que habían luchado en la guerra en el
lado franquista eran los españoles de verdad y los que no, eran los
antiespañoles, entonces esa gente a la que yo conocía y a la que
escuchaba hablar, esa gente ¿qué era?
Así
que una parte muy importante de mi educación
no tiene que ver con libros. Sí con la influencia —y
quien haya leído alguno de esos libros lo notará— que tuvieron
esos narradores orales, instintivos, que contaban
lo que había ocurrido, lo que ellos habían vivido y,
además, lo contaban de una manera muy sorprendente. Porque esas
personas hablaban de la guerra sin ningún
tono ni ideológico ni épico. Eran campesinos y los
campesinos son los que van a morir a las guerras. Todo el que tiene
estudios, el que sabe escribir a máquina o el que tiene alguna
habilidad, se coloca en el Estado Mayor o donde sea. Los que van al
frente y mueren en la guerra son campesinos. Estos campesinos
hablaban tanto de esas historias…; pero esas no se parecían en
nada a las de las películas o de los cómics.
Una
cosa que recuerdo contaban, y lo decían casi todos, era que ellos
siempre cerraban los ojos cuando disparaban. Cuando estaban en el
frente, si tenían que disparar, cerraban los ojos. Porque pensaban
que no tenían por qué matar a un desconocido. Y también había
como una continua sensación de sorna.
Recuerdo siempre a un amigo de mi abuelo que hablaba de cómo
murieron muchos compañeros suyos porque tenían que tomar una
colina. En el lenguaje de este hombre se le había quedado la
expresión «tomar la colina». Y decía: «Tenemos que tomar la
colina». «Colina» es una palabra que no forma parte del lenguaje
campesino. Y él decía… «¿cómo “tomar”? ¿Es que nos la
íbamos a llevar a nuestra casa? Nosotros moríamos para tomar la
colina, pero la colina seguía allí. Entonces ¿qué sentido tenía
eso?».
Jinete en la tormenta
Todas
esas historias por una parte, desarrollan la imaginación y, por otra
parte, lo llevan a uno a esa sensación de querer saber, querer
explicar. Uno puede explicar de dos maneras:
contando y averiguando lo que ocurrió, y hay otra manera que es
contar lo que podía haber ocurrido, que es la manera de la ficción.
En la época en que una persona de mi generación se volvía rebelde
—estoy hablando de finales de los años sesenta, principios de los
setenta—, había varias cosas que hacíamos o intentábamos hacer.
Una de ellas era dejarnos el pelo largo, en contra de la opinión de
nuestros padres y de nuestros mayores, y otra cosa, claro, ante la
presencia tan opresiva de la iglesia católica, lo primero que uno
hacía era hacerse ateo. Estoy en deuda con la jerarquía católica
española ya que desde los catorce años
carezco de cualquier problema religioso, porque yo asociaba la
Iglesia, la religión católica con el poder y con la autoridad
franquista. Por una buena razón: porque la
Iglesia católica en España fue la proveedora de la ideología del
régimen.
El
régimen de Franco era un régimen mentalmente muy perezoso. Entonces
no hicieron grandes elaboraciones teóricas. Para
el adoctrinamiento mental tenían a la Iglesia. Y les
aseguro que la presión que ejercía la Iglesia católica sobre la
gente, sobre las costumbres, sobre el pensamiento era terrible. Y era
una presión además que te creaba unas
ideas sobre el mundo completamente disparatadas. Por
ejemplo, las ideas sobre los protestantes… Aquí supongo que hay
bastantes ¿no? Para nosotros un protestante era un ser monstruoso y
prácticamente imaginario porque no habíamos visto ninguno. ¡Un
protestante! En un pueblo de al lado había una familia protestante.
No sé por qué. Y se hablaba de eso: «Allí viven unos
protestantes». Una persona que tiene el instinto de la rebeldía
quiere romper con eso. Uno no sabía nada ni de los protestantes ni
de nadie. Lo único que sabía era que estaba en contra de aquella
gente. Porque del mismo modo que el
régimen franquista se había hecho como una alianza entre la iglesia
católica y los militares sublevados y del mismo modo que el papa Pío
XII había declarado «cruzada» la guerra civil española —eso es
interesante recordarlo— una cruzada. No había habido cruzadas
desde el siglo xiii. Y el papa Pío XII declaró la
guerra, digo la guerra de la parte de Franco, la declaró una
«cruzada». Esas cosas se olvidan, pero es importante recordarlas.
Cuento
todo esto no por nada, sino por mostrar otro paso, otro episodio en
la formación de una persona, en la formación de la imaginación de
alguien. Es decir: la necesidad urgente y
virulenta de renegar de aquello. De renegar de la Iglesia, de la
dictadura, renegar de todo y de buscar un mundo fuera, en otros
lugares.
Fernweh, ansia por viajar, pasión por salir del lugar de origen
Heimweh, nostalgia por volver al hogar, al lugar de origen
Heimweh, nostalgia por volver al hogar, al lugar de origen
[A
Antonio Muñoz Molina le entregan una nota e informa de su contenido]
El
embajador acaba de comunicar que la banda terrorista ETA
ha anunciado el cese definitivo de su actividad armada. Me
alegro mucho porque uno de los horrores que ha sufrido España ha
sido ese terrorismo que ha matado casi mil personas inocentes a lo
largo de más de 40 años y además… Yo soy muy crítico con mi
país y creo que uno tiene que ser muy crítico con su país, pero
creo que si algo ha hecho ejemplarmente la
democracia española ha sido luchar contra el terrorismo,
meter a los terroristas en la cárcel, juzgarlos con todas las de la
ley, juzgar a aquellos dentro del Estado que no hayan cumplido las
leyes. Mi país muchas veces es criticado
como dudosamente democrático y oscurantista. Creo que
España ha dado un ejemplo admirable de lucha democrática y
resistencia contra el terrorismo. Así que me alegro muchísimo,
cierro el paréntesis… y sigo.
Estoy
muy contento y creo que todos los demócratas españoles tenemos que
estarlo y tenemos además que vindicar el imperio de la ley y
reivindicar los valores democráticos que han llevado a esto. Esto lo
ha traído la lucha democrática, el trabajo, el sacrificio de la
policía, de la guardia civil, de las leyes, de los jueces, lo ha
traído la serenidad de la gente que jamás, jamás ha incurrido en
la venganza. Lo digo porque ahora van a llegar muchos padres para
esta situación y va a parecer que han sido los mediadores, los
supuestos mediadores internacionales los que han traído la paz. La
paz en España ya existía. Lo que había era un problema de
terrorismo que la democracia española ha vencido y no pueden
imaginarse muchos de ustedes lo difícil que fue, y lo cruel y lo
doloroso que ha sido.
Pero
sigo. Estaba hablando de la necesidad de romper con esa memoria, con
esa historia postiza que venía, por una parte, del poder político y
por otra del poder eclesiástico. Es decir, el pasado español según
lo que yo estudiaba en la escuela, o en el instituto, el pasado
español era una constante lucha de nuestra nación católica contra
sus enemigos. Enemigos comunistas, protestantes, enemigos
liberales… Había un término terrible que se usaba mucho en esa
época que era la «anti España».
Es escalofriante si uno se para a pensarlo. Es decir: las personas
que no estaban con el poder no es que fueran distintas; es que eran
antiespañoles. Es que eran la «anti España». Y en esa búsqueda,
de pronto uno encontraba la necesidad de otra memoria. Uno
de pronto encontraba una tradición que no sabía que le pertenecía.
Porque en un libro de texto o recomendado por un amigo, leías
nombres, leías libros de gente, poemas de Federico García Lorca,
por ejemplo. O un poema de Miguel Hernández o de Pedro Salinas, o de
Antonio Machado. Y entonces querías sabes… Esa gente que sonaba
tan distinto de todo lo que conocías, esa gente, ¿dónde estaba?,
¿qué había sido de ella? Y había, de nuevo, otro muro de silencio
que había que vencer.
Los
libros de Lorca estaban publicados en la España de Franco, por
supuesto; una gran parte de ellos. Las obras de Machado también. Lo
que no estaba era la historia de esa gente. Y uno… —este es un
movimiento mental importante—… uno se
hacía antifranquista al mismo tiempo que intentaba crearse una
cultura literaria que implicaba la conexión con una memoria perdida.
Con una tradición perdida o interrumpida, que es la
tradición de la gran cultura española que quedó interrumpida por
la Guerra Civil. Cuando voy a la Abadía de Westminster en Londres y
veo «Poet’s corner» y veo donde están
Dickens, y este, y el otro, siempre me pregunto «¿dónde están los
poetas y los escritores españoles?». Pues García Lorca está en
una fosa común en las afueras de Granada, Antonio Machado está en
Francia en un cementerio francés, Luis Cernuda está enterrado en
México, etc., etc. El descubrimiento de esos escritores que le
hacían a uno creer, que le producían la emoción de algo
completamente nuevo, algo radicalmente distinto, estaba asociado
también con una disidencia política. Uno quería saltar
por encima de su propio tiempo, de su propia vida para conectarse con
esas personas, con esos nombres. Y entonces, como he dicho antes, uno
encontraba tirando del hilo de lo que había
ocurrido, encontraba cuál había sido el destino de esa gente y a
qué España pertenecía.
Beatus ille
Recuerdo,
por ejemplo, descubrir la lectura de Antonio Machado, de García
Lorca, de Miguel Hernández; la lectura también de Max Aub,
encontrar un libro de este escritor que había muerto en México. Y
el hecho, insisto, de amar a esos escritores te hacía querer formar
parte de esa tradición y recuperar ese ejemplo. La
primera novela que escribí, Beatus
ille, es,
en gran parte, el resumen de todo esto que les he venido contando
hasta ahora.
Esa es una novela que está hecha de varias cosas: una de ellas son
muchas historias que yo había escuchado de niño y que en la
imaginación fueron cobrando forma hasta formar parte de una novela.
Había una historia que a mí me impresionaba mucho de niño. Además
los campesinos repiten mucho las cosas. No vamos a idealizar. Los
campesinos son muy pesados. Son muy machacones.
Domingo González
Contaban
una historia de un falangista en mi ciudad que un grupo de milicianos
había ido a buscar en los primeros meses de la guerra para
ejecutarlo. No lo habían encontrado porque este hombre se había
escapado huyendo por unos tejados. Había entrado en un granero y se
había escondido entre la paja. Y los que lo perseguían llegaron al
granero y empezaron a clavar las hoces en la paja a ver si lo
encontraban. De pronto el hombre sintió que las puntas de una de
esas horcas le tocaban el cuerpo. Y pensó: «Ya está, me van a
matar». Para su sorpresa, esas puntas se apartaron de su cuerpo y
oyó una voz que decía: «Vámonos, que aquí no está». Este
hombre había sido salvado por un
desconocido. Quien haya leído alguna novela mía la
reconocerá, porque es una historia que yo he contado de diversas
maneras, en parte inventada, en parte recordada, muchas veces. Esas
historias eran un elemento fundamental en la creación de mi primera
novela. Una novela es, sobre todo, una
manera de encontrar la forma en la que se incluyan y se contengan
muchos materiales muy distintos. Y una gran parte de esos materiales
que había dentro de la novela eran todas aquellas historias que
había venido escuchando desde que era niño. Historias
que, además, han perdido su carácter testimonial, porque por el
hecho de ser contadas y recontadas, y por ser imaginadas, dejaron
de ser testimonios para convertirse en algo parecido al relato
mitológico.
Jacinto Solana
Ese
era un elemento. Pero había otro, también fundamental. Inventé
para esa novela un personaje que era como el retrato robot de esa
parte de la memoria intelectual española que había sido suprimida
por la dictadura y
que una persona joven, de mi generación, quería recuperar. Inventé
a un escritor que había pertenecido a la generación de la
República, que había sido amigo de los grandes de esa época. Lo
inventé en parte inspirado por Josep
Torres Campalans,
la novela de Max Aub. Es decir, puse un personaje falso rodeado de
gente que había existido de verdad. Pero no solo inventé a ese
escritor, sino que inventé también a un hombre mucho más joven que
busca el rastro de ese escritor. Me
parece significativo en mi trabajo el modo en que está vista la
cuestión de la guerra o la postguerra civil española.
No tanto la narración de los hechos en sí como el intento por parte
de las personas de otras generaciones que vienen después de dar un
salto y conectarse con ese pasado. Para una persona de mi generación,
los finales de los años setenta o principios de los años ochenta,
el pasado inmediato español era inútil, no nos servía para nada.
Necesitábamos
eso que se llama en inglés a
usable past. Necesitábamos
un pasado, una tradición con la que pudiéramos relacionarnos.
Y esa tradición venía, por una parte, de la necesidad de aprender
de maestros exteriores, de maestros de la literatura —Pablo ha
citado a Faulkner y a Proust—, maestros de la literatura
internacional, de la literatura latinoamericana, y dar el salto, a
veces injustamente, por encima de la generación anterior que había
pertenecido a la dictadura y conectarnos con la gran tradición, con
esa gran tradición de la literatura de la República.
Esa
novela es un ejercicio para alcanzar este fin. Es una reconstrucción
imaginaria del posible reencuentro entre alguien que perteneció a la
generación de la Guerra Civil,
que perteneció a ese mundo intelectual, a ese tiempo de tantas
posibilidades en todos los campos y los que vinieron después. Es
decir: es un intento de superar esa tierra baldía en que convierte
una dictadura a un país. Sobre todo una dictadura tan larga. Piensen
que es muy importante a la hora de juzgar la historia contemporánea
de España. ¿Cuánto duró el nazismo en Alemania? ¡Doce años! El
fascismo en Italia duró veintiún años, más o menos, en América
Latina la dictadura más larga es la de Pinochet —que yo recuerde—,
(no, la más larga es la de Fidel Castro, ¿no?); pero de las
dictaduras militares la más larga es la de Pinochet, desde 1973 a
1989. Son periodos manejables dentro de una vida humana. Pero
la dictadura de Franco, si sumamos la dictadura y la guerra, son
treintainueve años.
Es mucho, mucho tiempo. Es
la ruina de varias generaciones.
Cuando un argentino de 1983 quería conectarse con la Argentina
anterior al golpe militar, solo tenía que ir atrás siete años.
Cuando un chileno de 1989 quería conectarse con la historia anterior
de Chile tenía que viajar solo dieciséis años en el tiempo. Pero
en España, y por eso los paralelismos que se han hecho después
entre la dictadura española y las latinoamericanas no sirven, la
duración de la dictadura fue terrible.
Aquí
abro un paréntesis importante: no piensen que la dictadura duró en
España tanto tiempo porque los españoles llevamos en nuestros genes
las dictaduras y las guerras civiles. La
dictadura duró tanto tiempo por varias razones: una, porque las
democracias europeas se negaron a prestar la menor ayuda a la
República española en 1936; dos, porque las democracias europeas no
hicieron nada contra Franco cuando terminó la Guerra Mundial en
1945; tres, porque un representante de las grandes democracias, el
general Eisenhower, presidente de Estados Unidos, fue a España en
1959 y le dio un abrazo a Franco. Eso es muy importante.
Porque
en Europa hay la tentación de decir que los pueblos se merecen los
regímenes que tienen. La dictadura de Franco duró tanto en España
porque las democracias occidentales dejaron solos a los españoles.
Hay
otro fragmento de memoria del que a mí me interesa hablar aquí y es
que España a partir de los años sesenta, mucho antes de que
terminara la dictadura, España de pronto ha empezado a sufrir un
cambio muy rápido. Había sido un país muy atrasado. La España en
la que yo nací era un país paralizado en el tiempo —sobre todo la
España interior, Andalucía interior que el embajador mencionaba y
en la que yo nací era una tierra de un atraso pavoroso— y en solo
unos años empezó un despegue económico
que se multiplicó en los setenta y que hizo que aquel mundo rural,
que había durado tanto, desapareciera de pronto, y que
hubiera un desplazamiento de población enorme del campo a la ciudad.
La cultura del mundo rural desapareció de
golpe. Una transición que en otros países europeos había
durado, a lo mejor, un siglo en España se hizo en el curso de una
generación. Este tránsito determina otro de los rasgos de la vida
española y también ha determinado mi propia condición de escritor.
Por una razón: porque en el espacio de una
vida, no demasiado larga, la generación a la que yo pertenezco ha
vivido en dos mundos, ha vivido en dos siglos. Cuando yo
era niño los campesinos segaban con hoz y apenas había mecanización
en el campo. Los trabajos del campo se hacían a mano. Era una
sociedad patriarcal, rigurosamente cerrada, campesina,
autosuficiente. Y treinta años después la generación a la que yo
pertenezco estaba viajando por el mundo, manejaba computadoras…
Entonces, las personas de mi generación tenemos recuerdos que son
más antiguos que nosotros. Y eso lleva a un dislocamiento y lleva
también a la pérdida de la conciencia de
lo que se ha sido. Por una razón que es comprensible: la
gente no quiere recordar cuando era pobre.
El jinete polaco
España
de los años ochenta, de los primeros noventa, que es la época del
gran estallido de la democracia española, es decir… piensen que
Franco se muere en 1975 y España tiene una constitución nueva en
1978 y en 1982 gana las elecciones el Partido Socialista por mayoría
absoluta. Es decir, un país en el que unos años antes no había más
religión que la católica, en el que los protestantes eran criaturas
fantásticas y amenazadoras, en
menos de veinte años es un país con libertad religiosa, con
libertad plena de costumbres, y, al cabo de no mucho más tiempo, un
país en el que existe el matrimonio homosexual, y en el que la
asistencia a las iglesias es de las más bajas de Europa.
Es un cambio de una magnitud de la que nadie se da cuenta y que solo
quienes lo han visto pueden concebirlo. La generación de mis hijos,
la generación de Pablo, ya nació en otro mundo. Nosotros no.
Entonces esa necesidad de contar ese choque entre las dos partes de
la propia vida, ese
pasado campesino tan cercano y el mundo moderno en el que uno vivía,
está en la base de otra novela mía que es El
jinete polaco,
que
se publicó hace justo veinte años. Es el conflicto tremendo de las
personas de una generación que nacen en un mundo y tienen que vivir
en otro. Que nacen en la época del arado romano y de adultos
trabajan con Internet. El conflicto además que lleva también a la
desaparición de toda una cultura. Y una cultura que no hay que
idealizar, por supuesto, pero que era una cultura sólida e
importante: la
cultura popular. Las culturas populares desaparecen en seguida porque
no dejan testimonios escritos.
Ese
era otro fragmento de memoria para mí importantísimo. Y es curioso
que durante mucho tiempo quería
hacer una novela que trataba de una familia campesina en la guerra y
en la postguerra,
y empezaba a escribirla y la tenía que dejar porque siempre se
parecía a Cien
años de soledad. Empezaba
a escribir y me salía Macondo… Macondo o como una especie de
vocación nostálgica del mundo campesino. Tampoco era lo que yo
quería hacer. Solo
cuando me di cuenta de que tenía que mezclar el mundo que yo había
conocido y el mundo del que me habían hablado, el mundo de esos
relatos orales con mi propia condición contemporánea fui capaz de
poder escribir esa novela.
En ella además había otro fragmento de memoria incompleta que era
importante para mí. Después me he dado cuenta de que tenía casi
más función
alegórica.
Esa novela es una historia de amor. El protagonista masculino es una
persona de mi generación, alguien que procede del cataclismo de
España posterior a la guerra. Alguien que viene de esta parte de
España que, a consecuencia de la guerra, del fracaso social de la
guerra y de la postguerra, de esa clase social que se quedó sin
poder progresar, que se quedó condenada al aislamiento, a la
autosuficiencia, etc.
Y
había otra España que sufrió eso también, que fue la España
ilustrada que se fue. Y entonces yo que había
intentado escribir una novela de un militar, sin conseguirlo tampoco,
encontré esa confluencia. El
hombre que es el hijo de la España que se quedó, autóctona y
cerrada, se encuentra con la hija del exiliado republicano.
El exiliado republicano que se fue a Estados Unidos y que se hizo
allí una nueva vida y tuvo una hija. Esa alegoría se me ocurrió
después, pero era involuntaria. A mí me parecía que la España
de los años ochenta, de los primeros noventa, con esa
fascinación por la modernidad radical estaba
dejando atrás, de manera casi delictiva, el testimonio y las vidas
de las personas que habían sufrido tanto, que habían
trabajado tanto. La paradoja del cambio democrático en España es
que la democracia imponía tareas tan urgentes que el pasado se quedó
desplazado. La democracia y el desarrollo. Entonces había que ser
moderno. ¿Quién querría ser otra cosa que no fuera el personaje de
Almodóvar, por ejemplo? Yo sentía, de nuevo, que una
parte fundamental de la memoria española estaba siendo dejada al
margen.
Sefarad
Hay
un tercer paso que, en mi caso llegó gradualmente, que es el
descubrimiento y el estudio, hasta cierto punto cuidadoso, de algo
que ha mencionado Pablo: la
historia europea.
Los españoles, por razón de nuestra dictadura, hemos vivido muy
aislados. En mi propia experiencia de escritor hay un momento en el
que llega el
descubrimiento de los testimonios de la persecución nazi, del
nazismo y del comunismo.
Estos testimonios curiosamente en España, ni siquiera en la España
de la Transición, habían salido solo de manera muy marginal. Y las
razones son varias: una razón es el aislamiento del país; otra que
al
no tener población judía,
al no tenerla en el siglo xx, España se consideraba al margen de
todo eso; y otra muy importante y es que la
izquierda más dogmática, que fue la que hizo la transición
democrática, era profundamente comunista y profundamente anti
israelí y,
por tanto, en la creencia de ellos antijudía. Este es un factor
importante. A veces pienso que en
España culturalmente se hizo la transición del franquismo a la
democracia pero no del antifranquismo a la democracia. Entonces, del Gulag,
por
ejemplo, no se hablaba, y no se hablaba, porque quien hablaba de ello
eran solo los franquistas. La
gente de izquierdas no decía nada del Gulag.
Yo
recuerdo y quizás el embajador se acordará también de cuándo
Solzhenitsyn
fue a España, en los años ochenta —a principios de los años
ochenta— y muy importantes escritores españoles se dedicaron a
ponerlo en ridículo. Y hubo uno (que no quiero nombrar ahora por
respeto a su memoria), hubo uno que dijo: «El defecto de la Unión
Soviética es dejar que esta clase de individuos salgan de los campos
de concentración». Realmente esa es una cosa tremenda. Esa es una
parte, otro fragmento de memoria perdido.
Todo lo que era sólido
Archipiélago Gulag es una obra del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn que denuncia la estructura de represión del estado estalinista en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El extenso texto, compuesto por piezas autónomas, fue redactado entre 1958 y 1967 en la clandestinidad y sin archivos, partiendo de la propia experiencia del autor y la de más de dos centenares de testimonios orales de aquellos compañeros de campos de concentración, prisión, trabajo y «reeducación» (gulag) que depositaron en él la historia de sus vidas.
Archipiélago Gulag es una obra del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn que denuncia la estructura de represión del estado estalinista en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El extenso texto, compuesto por piezas autónomas, fue redactado entre 1958 y 1967 en la clandestinidad y sin archivos, partiendo de la propia experiencia del autor y la de más de dos centenares de testimonios orales de aquellos compañeros de campos de concentración, prisión, trabajo y «reeducación» (gulag) que depositaron en él la historia de sus vidas.
Recuerdo ese libro en mi casa desde siempre. Del Círculo de lectores.
Por
una parte, la sospecha de que cualquier mención del holocausto o de
la persecución de los judíos es una apología del sionismo y, por
otra, el
hecho de no querer aceptar y de preferir ignorar los crímenes
terribles cometidos en nombre del comunismo
y no querer aceptar los testimonios que proceden de allí. Ignorar
todo eso crea una conciencia completamente coja, en gran parte
provinciana. ¿Cómo se puede tener una conciencia lúcida y real
culturalmente y políticamente hablando si se ignora lo que ocurrió
en la Alemania nazi y lo que ocurrió en el Gulag? Además, ¿cómo
se puede entender la guerra civil española, lo que ocurrió en
España, sin la mención europea? Porque para entender de verdad lo
que ocurrió en España, no lo podemos entender solo en términos
españoles. Yo no sabía que iba a escribir este libro del cual Pablo
ha hecho una edición crítica ahora, no sabía que iba a escribir
Sefarad.
Lo que sabía era que leía sin parar: leía a Primo Levi, a Jean
Améry, a Eugenia Ginzburg,
a los escritores mayores de esa tradición… y los leía de una
manera obsesiva sin saber que eso me fuera a llevar a ninguna parte.
Hasta que finalmente se convirtió en esa novela
en la que intentaba conectar la tradición progresista española —de
la que me siento parte— con la tradición de persecuciones y huidas
que empezaron en España en el siglo xv con la expulsión de los
judíos —los judíos también habían sido expulsados ya de
Inglaterra y de Francia antes; no es un pecado exclusivamente
español— y con el hecho de que los grandes liberales de mi país,
en la mayor parte de los casos, acabaron yéndose al exilio.
El
franquismo nos había querido dar una tradición heroica y nosotros,
los que queríamos construir una tradición alternativa, la
encontrábamos casi exclusivamente en los perseguidos. Uno ve, por
ejemplo, La Pléyade, la tradición francesa. Casi todos son miembros
de la Academia Francesa. Casi todos están en el Panteón. Ve uno la
tradición española, el canon español y los nombres del canon: son
todas personas que están en la fosa común, o que tuvieron vidas
horribles. Entonces para mí era muy importante establecer esa
especie de linaje, intelectual y cultural; pero no hacerlo en forma
de ensayo histórico, sino hacerlo en forma de novela. Y ¿por qué
en forma de novela?, ¿por qué en forma de ficción? Porque
la diferencia entre la ficción y la no ficción es la empatía. Es
decir, para leer una novela uno tiene que ponerse en la piel (o, como
se dice ahora en español, en los zapatos…) del sufrimiento de
otro. Y porque al ponerte en la piel de otro aprendes una lección
que el otro aprendió y es que tú también podrías ser el otro.
Porque cuando uno estudia con cuidado lo que ocurrió en
Alemania, en Rusia o en China, lo que descubre es que no es que
estuvieran allí los judíos puestos en fila y perfectamente
identificables y fueran perseguidos; es que primero
se crea, además a veces de una manera muy complicada, la
identidad de judío perseguible y después se le atribuye a las
personas. O en el caso, por ejemplo, de las persecuciones
de Stalin, muchos de los perseguidos eran comunistas furiosos.
Entonces esa necesidad de ponerte en el lugar del otro solo se puede
hacer en la novela.
Eres, uno de los capítulos de Sefarad, Antonio Muñoz Molina
La noche de los tiempos
Y
hay un último paso. Descubrir que en mi país, en el que el pasado
no había tenido ninguna importancia desde el establecimiento de la
democracia, de pronto se ponía de moda la reivindicación
de la Segunda República. Se ponía de moda una
reivindicación, una nostalgia extraña por los años treinta y
un desprecio hacia la tradición democrática de la que
procedemos todos los españoles ahora mismo que es la Constitución
de 1978. Entonces había como una crecida de sentimentalismo
republicano, una añoranza de un pasado
mítico al que por culpa de otro no se puede volver. Ese
pasado mítico que alimenta tanto el narcisismo nacionalista.
Es decir, lo bueno en España fue la República, la guerra, allí sí
que luchamos de verdad, y esto que hay ahora es una farsa. Entonces
para mí de pronto lo urgente era construir otro fragmento de lo que
podemos llamar «memoria lúcida». Querer recordar, mediante la
ficción también, que las cosas son mucho más complicadas que
cualquier simplificación. Querer
construir una ficción que contara cómo podían haber vivido las
personas que estuvieron en aquel tiempo de la historia de España,
cómo lo podían haber vivido. Cómo las cosas podían no haber
sucedido. Cómo la normalidad que todo el mundo da por supuesto de
pronto se derrumba. Eso fue lo que me llevó a escribir
esta última novela que salió tan larga. Entonces, en todos los
casos, lo que yo creo que uno tiene que hacer
como escritor es una búsqueda de eliminar
la simplificación. Hay más cosas que merecen ser recordadas de las
que se recuerdan. Y el recuerdo tiene que ser más preciso
y más lúcido de lo que parece y uno no
puede proyectar hacia el pasado sus prejuicios o sus fantasías.
El atrevimiento de mirar, Todo lo que era sólido
Y
por último, y con esto termino, mientras escribía esta novela
última tenía un remordimiento por dentro y me decía: «Te estás
dedicando demasiado al pasado. Las grandes novelas casi siempre han
sido novelas contemporáneas. Quizás ya es el tiempo de dejar todo
esto y ponerse a escribir sobre lo que
tienes delante de los ojos, el puro presente». Y a eso
quisiera dedicarme ahora. Muchas gracias.

lunes, 4 de noviembre de 2013
Cuéntame cómo mataron a mi padre
Llego
a esta novela después de haber leído El jinete polaco, El viento de la Luna,
Plenilunio, Días de diario.
Encuentro
varios nombres ya conocidos: Justo Solana, Jacinto Solana, Domingo González, el
doctor Medina, la isla de Cuba, Mágina, la plaza del general Orduña. El hecho
de ir descubriendo la historia de cada uno en diferentes novelas aumenta la
sensación de verosimilitud.
Jacinto Solana
Ese
poeta casi inédito de la generación de la República sobre el que Minaya estaba
escribiendo su tesis doctoral. [Beatus Ille, pág. 13]
Que
se ganaba la vida en los periódicos izquierdistas de Madrid y que una vez habló
en un mitin del Frente Popular en la plaza de toros de Mágina, que fue
condenado a muerte después de la guerra y luego indultado y salió de la cárcel
para morir del modo que merecía en un tiroteo con la Guardia Civil. [Beatus
Ille, pág. 14]
Alguien
vino entonces y le habló de Jacinto Solana. Muerto, inédito, prestigioso,
heroico, desaparecido, probablemente fusilado, al final de la guerra. […] Se
llamaba, se llama, José Manuel Luque, le contó a Inés, y no sé
imaginarlo sin riesgo de anacronismo, exaltado, supongo, adicto a las
conversaciones clandestinas, ignorando el desaliento y la duda, con papeles
prohibidos en la carpeta, resuelto a que el destino cumpla lo que ellos
afirman, con barba, dijo Minaya, con rudas botas proletarias.
-Jacinto
Solana. Apunta ese nombre, Minaya, porque yo haré que lo oigas en el futuro, y
lee estos versos. Se publicaron en Hora de España, en el número de julio de
1937. Aunque te advierto que se trata sólo de un aperitivo para lo que verás
después. [Beatus Ille, pág. 18]
Leyó
de nuevo el nombre de la ciudad y la fecha, Mágina, mayo de 1937, como una
contraseña que el otro, José María Luque, no podía advertir, como una
invitación más honda que la de los versos, sin calcular aún la posible
coartada, sólo asombrado de que por segunda vez en unos pocos días hubiera
vuelto a abrirse como una herida el territorio inerte de su conciencia donde
yacía la ciudad, su propia vida malgastada y lejana. Yo sé que no murió, iba a decir, recordando los monólogos tristes de su
padre en los que aparecía a veces el
nombre de Jacinto Solana, yo sé que no desapareció del mundo al terminar la
guerra, que salió de la cárcel y volvió a Mágina para seguir combatiendo como
si aún perdurase en él la furia que lo animaba cuando escribió esos romances y
que tal vez sólo concluyó cuando lo mataron. [Beatus Ille, pág. 19-20]
Sólo
hablaba de eso, en la primavera del treinta y seis, de la necesidad de
abandonar la mala vida de los periódicos y los banquetes con brindis y las
revistas literarias para volver a Mágina y encerrarse en la casa de su padre y
no salir de allí ni hablar con nadie hasta que no hubiera terminado un libro
que todavía no se llamaba Beatus Ille y que iba a ser no sólo la justificación
de su vida, sino también el arma de una incierta venganza [Beatus Ille, pág.
26]
-Sería
inexacto decir que fue mi mejor amigo, como te contaba tu padre. No fue el
mejor, sino el único amigo que yo he tenido en mi vida, y también mi maestro y
mi hermano mayor, el que me guiaba por Madrid y me descubría los libros que era
preciso leer y me llevaba a ver las películas mejores, porque era muy
aficionado al cine, y había estado en París con Buñuel cuando se estrenó La
edad de Oro. Antes de la guerra, uno de sus trabajos fue escribir guiones en
esa empresa de películas que tenía Buñuel [Beatus Ille, pág 30-31]
En
mayo del 37, cuando vino a Mágina para mi boda, estaba en la redacción de ese
periódico y pertenecía a la Alianza de Intelectuales, y acababan de nombrarlo
comisario de cultura de una brigada de choque, pero de pronto no se supo nada
de él, y ya no asistió al congreso de escritores que iba a celebrarse aquel
verano en Valencia. Ni su mujer sabía dónde estaba. Se había alistado como
soldado raso en el ejército popular, con otro nombre, y ya no volvió a publicar
ni una sola palabra. Lo hirieron en el Ebro, y al final de la guerra fue
detenido en el puerto de Alicante. Pero todo eso ya lo supe diez años después
de que desapareciera, cuando salió de la cárcel y vino a Mágina y a esta casa.
Seguía queriendo escribir un libro, un solo libro memorable, decía, para
morirse después, porque eso era lo único que le había importado en su vida,
escribir algo que siguiera viviendo cuando él ya estuviera muerto. Exactamente
eso me decía.
[Beatus
Ille, pág 31-32]
Jacinto
Solana, 1904-1947, como una inscripción funeral, como el título de un libro
todavía en blanco, destinado acaso a no escribirse nunca, a no ser sino un
volumen de ordenadas páginas sin una sola palabra ni otras señales que las de
su cuadrícula azul.
[Beatus
Ille, pág 33]
-Si
vieras –dijo Manuel- la expresión de sus ojos cuando entró por primera vez en
la biblioteca. Mi madre había ido a pasar unos días en “La isla de Cuba”, y mi
padre estaba en Madrid, en el Congreso de los Diputados, y durante una semana
la casa entera fue para nosotros. Teníamos once o doce años, y Solana, al
entrar en el patio, se quedó muy quieto y callado, como si le diera miedo
seguir avanzando. […] En su casa había un solo libro. Se llamaba, me acuerdo,
Rosa María o la flor de los amores, un folletín en tres volúmenes que Solana
leyó a los diez años y por el que guardó siempre una especie de gratitud. “Qué
más quisiera yo que escribir algo parecido a esas dos mil páginas de infortunios”,
me decía.
[Beatus
Ille, pág 49]
-Le
contaré algo si me promete que va a guardar el secreto. A mí nunca me pareció
que la pobre Mariana fuera tan atractiva como decían. Como decían ellos, Manuel
y Solana, desde luego, aunque Solana se cuidaba mucho de decirlo en voz alta.
¿Y sabe lo que tenían los dos? Un exceso de humores seminales y de literatura,
y perdóneme la crudeza. Supongo que ya le habrán contado que Solana también
estaba enamorado de ella. Desesperadamente, y desde mucho antes que Manuel, pero
con la desventaja de que ya estaba casado cuando la conoció. Píamente casado
por lo civil, como buen comunista que era, cristianamente remordido por la
tentación de engañar al mismo tiempo a su esposa y a su mejor amigo. ¿De verdad
que su padre nunca le habló de eso? [Beatus Ille, pág 53]
Era
el tiempo de recoger la aceituna, y un hombre a quien tardó en reconocer
cargaba sacos vacíos y largas varas de brezo para sacudir los olivos en un mulo
atado a la reja de la ventana.
-Cómo
no me voy a acordar de él, si nos criamos juntos –dice el hombre a Minaya, y se
ahoga y tose sin quitarse de la boca el cigarro empapado de saliva, sentado al
sol en un sillón de mimbre que cruje bajo su cuerpo grande y derribado-. Pero
él se fue a Madrid cuando la Dictadura, y se colocó en un periódico y se metió
en cosas de política, porque era de ideas y nunca le había gustado el campo,
así que dejó solo a su padre con todo el trabajo que tenían en la huerta y
estuvieron sin hablarse varios años.
“Calla,
Manuel”, murmura al lado del viejo una mujer de pelo blanco y recogido y toca
negra sobre los hombros, que estaba barriendo la acera y había visto a Minaya
detenerse ante la casa contigua como si no supiera que nadie habitaba en ella
desde hacía muchos años. […]
-A
Justo Solana, el padre, lo fusilaron al terminar la guerra, y nadie sabe por
qué. Algo haría, dice la gente, como tantos otros que entonces se señalaron,
pero yo no sé qué pudo hacer, si no era hombre que se metiera en política y se
pasó toda la guerra sin subir de su huerta. Pero volvió un poco después de que
entraran las tropas, y a los tres o cuatro días vinieron a buscarlo en un coche
y se lo llevaron a la cárcel, esposado como un criminal. Luego me enteré de que
le habían dado el paseo. Pero su hijo, Jacinto, no lo supo hasta que no volvió
de la cárcel. Me parece que lo estoy viendo como lo veo a usted, con su abrigo
negro y su sombrero y la maleta atada con una cuerda que traía en la mano. Al
principio no lo conocí. Yo estaba en mi portal cuando él llamó a su casa, y vi
la cara que puso cuando le dijeron que ahí ya no vivía su padre. Jacinto, le
dije, ¿no te acuerdas de mí?, y cuando le eché la mano vi que estaba llorando.
Me dijo, Manuel, qué le han hecho a mi padre, y yo no sabía qué contestarle,
porque se me puso una cosa aquí, en la garganta, y no podía ni hablar. Que lo
mataron, le dije, y él me miró y bajó la cabeza y se fue de la plaza sin
decirme ni una sola palabra. Y ya no volví a verlo más. Aquel verano me dijeron
que a él también lo habían matado.
[Beatus
Ille, pág 60-61, Manuel y Leonor, los abuelos maternos de AMM]
-Será
el doctor Medina –dice mi madre-. Yo creo que lo vi salir esta tarde de la
casa, con su maletín negro.
-Muy
mal habrá tenido que verse para llamar a un médico que estuvo con los rojos,
siendo él tan falangista. […]
-Se
le murió un gran amigo hace poco –dice mi abuelo, confidencial, entendido,
sugiriendo siempre que sabe más de lo que dice, que guarda valiosos secretos-.
¿Y sabéis con quién tuvo también mucha amistad?
-Mejor
no nos lo cuentas –lo interrumpe mi abuela-. Que te tomas un vaso más de vino y
te vas de la lengua.
-Con
el hijo de nuestro vecino, el de la casa del rincón…
-¿El
hortelano que fusilaron al final de la guerra?
Yo
ya me sé todas las historias: y también sé hasta dónde hablan y en qué momento
se quedarán callados, y en qué pasaje de un relato bajarán la voz para decir un
nombre o para recordar un crimen que casi siempre tiene el aire de una
desgracia súbita y natural, de un golpe absurdo del destino.
-¿No
mataron también al hijo, cuando salió de la cárcel?
-Lo
mataron en el cortijo de su amigo, el año cuarenta y siete – a mi abuelo le
gustan las fechas exactas y las palabras esdrújulas-. En una emboscada de la
Benemérita.
[El
viento de la Luna, pág 143-145]
-¡Que
se ha muerto el ciego! ¡Que dicen que se ha ahorcado! […]
Recordando
que el ciego no tuvo escrúpulos en quedarse con la casa de un hombre inocente al
que él mismo había mandado a la muerte. “El pobre Justo Solana”, dice mi padre,
“un hombre que no se metió nunca en nada y que tenía la huerta al lado de la
nuestra y no quiso salir de ella mientras durara la guerra”. […] “Pagó por su
hijo”, explica mi abuelo, “que había dejado al padre solo y viejo en la huerta
para irse a Madrid, porque tenía la cabeza llena de pájaros, mira qué ruinas y
qué desgracias traen las ideas”. “Yo me acuerdo de cuando vinieron a buscar a
ese hombre”, dice mi madre. “Cómo te vas a acordar tú, si eras una chiquilla.”
Pero tenía nueve años, recién cumplidos, y se acuerda de que estaba siempre
esperando que sonara el llamador de la puerta y fuera su padre que volvía de la
prisión […] “pero había una denuncia por medio, y el juez Domingo González no
iba a perdonar”. […] Hablan de lo sucedido hace treinta años como si hubiera
pasado ayer mismo y como si algo pudiera aún ser corregido: reviven pormenores
de entonces tan febrilmente como los de esta tarde, y la muerte del ciego
parece ya tan antigua en sus relatos y tan gastada por infinitas variaciones
que cobra en mis oídos una irrealidad idéntica a la de las historias de la
guerra, borrosa igual que ellas, sumergida en la confusión y en la sangre.
[El
viento de la Luna, pág 268-274]
El
sonido muerto del llamador de la casa del rincón, paredaña a la nuestra, que
permanece casi siempre mudo porque nadie vive en ella desde hace años, desde
que el ciego Domingo González, que la había usurpado al final de la guerra, se
marchó definitivamente enloquecido por la oscuridad y el terror y fue a
refugiarse en una de las estaciones abandonadas junto al río.
[El
jinete polaco, pág 46]
En
la casa de al lado, la del rincón, donde vivió el ciego González, había vivido
siempre el único amigo de mi bisabuelo Pedro, que combatió en Cuba junto a él y
fue fusilado sin explicación a los pocos días de que entraran en Mágina las
tropas, cuando mi abuelo Manuel ya estaba preso.
[El
jinete polaco, pág 127]
¿José Manuel Luque tiene
algo que ver con el Praxis?
Solana
se quitó las gafas para limpiar los cristales empañados y le dijo lo que Manuel
había adivinado y temido desde que lo vio en el patio: “Cuéntame cómo mataron a
mi padre.”
A
continuación, comienza el capítulo 3. Cuenta el encuentro de padre e hijo.
“Eso
nos decían cuando nos mandaron a Cuba. Que íbamos a darles un escarmiento a los
insurrrectos. Y ya ves, un poco más y tú no naces.”
Si
se marchó de Mágina el 19 de julio de 1936 no fue porque tuviera miedo de la
guerra, sino porque la guerra le ofreció el pretexto que siempre había deseado
para abandonar la ciudad y huir el trato tedioso con los otros hombres. En la
tarde de aquel 19 de julio salió a la calle y vio a un hombre que cruzaba corriendo
la plaza de san Lorenzo y se apostaba en una de sus esquinas. El hombre, un
desconocido, tenía la camisa empapada en sudor y miró a mi padre con la boca
abierta, diciéndole algo que él no pudo entender, porque en seguida sonó un
disparo en la plaza vacía y el desconocido, empujado contra la pared como por
un golpe de viento, rebotó en ella sujetándose el vientre y cayó muerto sobre
el empedrado
Beatus
Ille, pág 128-136
¿Quién
salvó la vida a Domingo González?
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