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martes, 17 de diciembre de 2013

Pruebas de insensibilidad



Aun en el banquillo de los acusados es siempre interesante oír hablar de uno mismo. Durante los alegatos del Procurador y del abogado puedo decir que se habló mucho de mí y quizá más de mí que de mi crimen. ¿Eran muy diferentes, por otra parte, esos alegatos?

Sobre todo cuando el vacío de un corazón, tal como se descubre en este hombre, se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir.

Pero, naturalmente, no siempre se puede ser razonable.




Le expliqué que tenía una naturaleza tal que las necesidades físicas alteraban a menudo mis sentimientos. […]
No me comprendía y estaba un poco resentido conmigo. Sentía deseos de asegurarle que yo era como todo el mundo, absolutamente como todo el mundo. […]
Hay cosas", agregó, "que no entiendo en su acto. Estoy seguro de que usted me ayudará a comprenderlas." Dije que todo era muy simple. […]
"¿Por qué esperó usted entre el primero y el segundo disparo?", dijo entonces. […]
“¿Por qué, por qué disparó usted contra un cuerpo caído?" Tampoco a esto supe responder. El juez se pasó las manos por la frente y repitió la pregunta con voz un poco alterada: "¿Por qué? Es preciso que usted me lo diga. ¿Por qué?" Yo seguía callado. […]
Entonces me dijo muy de prisa y de un modo apasionado que él creía en Dios y que estaba convencido de que ningún hombre era tan culpable como para que Dios no lo perdonase, pero que para eso era necesario que el hombre, por su arrepentimiento, se volviese como un niño cuya alma está vacía y dispuesta a aceptarlo todo. […]
Me dijo que era imposible, que todos los hombres creían en Dios, aun aquellos que le volvían la espalda. Tal era su convicción, y si alguna vez llegara a dudar, la vida no tendría sentido. "¿Quiere usted", exclamó, "que mi vida carezca de sentido?" Según mi opinión aquello no me concernía y se lo dije. […]
Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor." Iba a responder que eso sucedía justamente porque se trataba de criminales. Pero pensé que yo también era criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme. Entonces el juez se levantó como si quisiera indicarme que el interrogatorio había terminado. Se limitó a preguntarme, con el mismo aspecto de cansancio, si lamentaba el acto que había cometido. Reflexioné y dije que más que pena verdadera sentía cierto aburrimiento. Tuve la impresión de que no me comprendía. Pero aquel día las cosas no fueron más lejos. […]
“Basta por hoy, señor Anticristo." Entonces me ponían nuevamente en manos de los gendarmes.


[Uno busca el móvil del crimen y, cuando no lo hay o está oscuro, viene el desconcierto.
Ya lo tienen clasificado. Una vez que encaja con un determinado perfil, asunto concluido.
Me acordé de aquello que escribió hace poco Elvira Lindo:
La policía busca al culpable y nosotros necesitamos saber desesperadamente el porqué, darle alguna explicación a la maldad del criminal. En el caso de Asunta, hiela la sangre pensar que fueran los padres o que uno encubriera al otro. Personalmente, me resulta tan difícil de aceptar que no lo creeré hasta que se produzca una confesión o la policía presente evidencias indiscutibles. Antes de eso, casi todo me sobra.
Sospechosos, [El País, 2 de octubre del 2013]
Sobrecoge pensar que de no haberse descubierto al verdadero asesino de la joven Rocío Wanninkhof, la mujer que cargó con la culpa siendo inocente, Dolores Vázquez, estaría todavía cumpliendo condena. No fue solo la justicia quien la convirtió en culpable sino el pueblo justiciero, que consideró que el perfil de compañera sentimental de la madre de la víctima cuadraba a la perfección con un argumento novelesco del que la televisión fue la principal difusora. Dolores no ha sido indemnizada.
Justicieros, Elvira Lindo [El País, 4 de junio de 2013] […]

Al principio de la detención lo más duro fue que tenía pensamientos de hombre libre por ejemplo, sentía deseos de estar en una playa y de bajar hacia el mar. Al imaginar el ruido de las primeras olas bajo las plantas de los pies, la entrada del cuerpo en el agua y el alivio que encontraba, sentía de golpe cuánto se habían estrechado los muros de la prisión. Pero esto duró algunos meses. Después no tuve sino pensamientos de presidiario. Esperaba el paseo cotidiano que daba por el patio o la visita del abogado. Disponía muy bien el resto del tiempo. Pensé a menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco sin otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de María. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo. […]
Por ejemplo, estaba atormentado por el deseo de una mujer. […] Él fue quien primero me habló de mujeres. Me dijo que era la primera cosa de la que se quejaban los otros. Le dije que yo era como ellos y que encontraba injusto este tratamiento. "Pero", dijo, "precisamente para eso los ponen a ustedes en la cárcel."
-"¿Cómo, para eso?"
-"Pues sí. La libertad es eso. Se les priva de la libertad." Nunca había pensado en ello. Asentí: "Es verdad", le dije, "si no, ¿dónde estaría el castigo?"
-"Sí, usted comprende las cosas. Los demás no. Pero concluyen por satisfacerse por sí mismos." […]
Hubo también los cigarrillos. […]
No comprendía por qué me privaban de aquello que no hacía mal a nadie. Más tarde comprendí que también formaba parte del castigo. Pero ya me había acostumbrado a no fumar más y este castigo había dejado de ser tal para mí.
Fuera de estas molestias no me sentía demasiado desgraciado. Una vez más todo el problema consistía en matar el tiempo. A partir del instante en que aprendí a recordar, concluí por no aburrirme en absoluto. […] Comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podía vivir fácilmente cien años en una cárcel. Tendría bastantes recuerdos para no aburrirse. En cierto sentido era una ventaja.
Existía también el sueño. […]
La historia del checoslovaco [es la historia de Edipo dándole la vuelta: un filicidio en lugar de un parricidio]
Entre el jergón y la tabla de la cama había encontrado, en efecto, casi pegado al género, un viejo trozo de periódico, amarillento y transparente. Relataba un hecho policial cuyo comienzo faltaba pero que había debido ocurrir en Checoslovaquia. Un hombre había partido de un pueblo checo para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años había regresado rico, con su mujer y un hijo. La madre y una hermana dirigían un hotel en el pueblo natal. Para sorprenderlas, había dejado a la mujer y al hijo en otro establecimiento y había ido a casa de la madre, que no le había reconocido cuando entró.
Por broma, se le ocurrió tomar una habitación. Había mostrado el dinero. Durante la noche, la madre y la hermana le habían asesinado a martillazos para robarle y habían arrojado el cuerpo al río. Por la mañana había venido la mujer y sin saberlo, había revelado la identidad del viajero. La madre se había ahorcado. La hermana se había arrojado a un pozo. Debo de haber leído esta historia miles de veces Por un lado era inverosímil; por otro, era natural. De todos modos, me parecía que el viajero lo había merecido en parte y que nunca se debe jugar […]
Reconocí que era la que resonaba desde hacía muchos días en mi oído y comprendí que durante todo ese tiempo había hablado solo Recordé entonces lo que decía la enfermera en el entierro de mamá. No, no había escapatoria y nadie puede imaginar lo que son las noches en las cárceles. […]
Los viajeros anónimos espiaban al recién llegado para notar lo que tenía de ridículo. Sé perfectamente que era una idea tonta, pues allí no buscaban el ridículo, sino el crimen.
Sin embargo, la diferencia no es grande y, en cualquier caso, es la idea que se me ocurrió. […]  

Los periódicos
"Usted sabe, hemos hinchado un poco el asunto. El verano es la estación vacía para los periódicos. Y lo único que valía algo era su historia y la del parricida." […] No ha venido por usted, desde luego. Pero como está encargado de informar acerca del proceso del parricida, se le ha pedido que telegrafíe sobre su asunto al mismo tiempo." […]
Los periodistas tenían ya la estilográfica en la mano. Aparentaban todos el mismo aire indiferente y un poco zumbón. Sin embargo, uno de ellos, mucho más joven, vestido de franela gris con corbata azul, había dejado la estilográfica delante de sí y me miraba. En su rostro un poco asimétrico no veía más que los dos ojos, muy claros, que me examinaban atentamente, sin expresar nada definible. Y tuve la singular impresión de ser mirado por mí mismo. […] [Examen de conciencia. Todavía no tengo una idea clara sobre mí mismo.]
Según él, estaba allí para dirigir con imparcialidad la audiencia de un asunto que quería considerar con objetividad. […]
Quería saber si yo había vuelto al manantial con la intención de matar al árabe. "No", dije. "Entonces, ¿por qué estaba armado y por qué volver a ese lugar precisamente?" Dije que era el azar. […]
Por primera vez desde hacía muchos años tuve un estúpido deseo de llorar porque sentí cuánto me detestaba toda esa gente.[…]
"Sí", gritó con fuerza, "yo acuso a este hombre de haber enterrado a su madre con corazón de criminal". […]
Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes […]

[Hay un antes y un después en Meursault una vez que ha tomado conciencia de lo que significa verse privado de libertad. Y también hay un antes y un después una vez que se le ha leído el veredicto. Recordé aquellas palabras de Savater sobre héroes de carácter y héroes de destino:
A los protagonistas de las series también se les puede aplicar la división clásica entre héroes de carácter y héroes de destino. La recuerdo sucintamente: los héroes de carácter viven peripecias destinadas una y otra vez a confirmar o demostrar su personalidad inmutable (don Quijote, Mr. Pickwick, Sherlock Holmes, Charlot…); los héroes de destino despliegan su ejecutoria a lo largo de una evolución que les lleva desde lo que fueron como semilla original hasta alcanzar su estatura definitiva, feliz o desastrada (Madame Bovary, Raskolnikov, Lord Jim, Meursault, el sastrecillo valiente…). Desde luego, estas categorías nunca son absolutamente puras y la tendencia general es que, si duran lo suficiente, todo carácter acabe desembocando finalmente en un destino: don Quijote lo encuentra en la playa de Barcelona y termina siendo Alonso Quijano, el feraz en recursos Ulises llegando a Ítaca y su batalla final, incluso el característico Hercules Poirot remata su trayectoria como asesino en Telón. Sin embargo, aunque imperfecta en ocasiones o dudosa, esta división basta como clasificación elemental. Queremos frecuentar caracteres y conocer destinos: queremos ficción.
Carácter y destino, Fernando Savater [El País, 15 de octubre de 2013]

Leyendo la segunda parte de El extranjero, me acordé del examen de conciencia de Fresas silvestres, de El proceso, del final de El rojo y el negro. ¿Qué tienen en común Julián Sorel y Mersault?

Dice Vargas Llosa que Mersault:
Es un extranjero en un sentido radical, pues se comunica mejor con las cosas que con los seres humanos.
El mundo de Mersault no es pagano, es un mundo deshumanizado.
Pese a ser antisocial, Meursault no es un rebelde, pues no hay en él ninguna conciencia de inconformidad.
Su pasividad, su desinterés, son sin duda más graves que su falta, para quienes lo juzgan.
Si tuviera ideas o valores con qué justificar sus actos, su manera de ser, acaso sus jueces serían más benevolentes.
La novela no concluye, ni explícita ni implícitamente que, como las cosas son así, haya que resignarse a aceptar un mundo organizado por fanáticos como el Juez instructor o por histriones leguleyos como el Procurador.
Con su comportamiento perturbador, Mersault muestra la precariedad y la dudosa moral de las convenciones y ritos de la civilización. […] pone al descubierto la hipocresía y las mentiras, los errores y las injusticias que conlleva la vida social.
El extranjero debe morir, Mario Vargas Llosa

Sara expone sus sentimientos a una de las hermanas de Isak:
Isak es muy considerado. Es sumamente delicado. Está lleno de ternura y tiene principios. Quiere que pasemos el rato leyéndonos poesía y hablando también de la vida futura…Y no quiere besarme más que cuando está oscuro. Me está hablando siempre del pecado. Yo creo que está a una altura enorme sobre mí y yo me veo tan baja que no puedes tener idea de lo que siento.
Por otra parte, resulta que Sigfried es tan fresco y tan malo.
-Anda, Sara. Yo hablaré a Sigfried y si no se porta como es debido seguro que no tendrá vacaciones.

El segundo sueño de Isak Borg, en Fresas Salvajes
En el rincón de las fresas, su prima Sara, de la que siempre estuvo enamorado está sentada junto a él y sostiene un espejo para forzarlo a mirarse.
-¿Te has mirado en el espejo, Isak? ¿no? Pues yo te voy a decir el aspecto que tienes. No eres más que un viejo asustado que se va a morir muy pronto y yo tengo aún toda la vida por delante. […] No puedes aguantar la verdad. […] Pues ahora escúchame bien: Me voy a casar con tu hermano Sigfried. […]
Aunque tú sabes muchas cosas, en realidad no sabes nada.
[La razón, el conocimiento, la ciencia, la aplicación de los principios en la conducta [la rectitud] son insuficientes para colmar tu vida].
El examen [El proceso]
-Acérquese, por favor, profesor Borg. ¿Ha traído su papeleta de examen?
-Es un jeroglífico y yo sólo soy médico.
-Lo que está escrito en la pizarra es el primer deber de un médico. Es pedir perdón.
-Otra vez es usted “culpable de culpabilidad”.
-Aquí no se habla para nada de su corazón, ¿o es que quiere usted interrumpir el examen?
-Incompetente. […] Insensibilidad, egoísmo, falta de consideración. Son quejas presentadas por su esposa. Procederemos a un careo. Acompáñeme, profesor. No le queda otro recurso.



«Nuestra relación con otras personas consiste principalmente en discutir y juzgar el carácter y la conducta del prójimo. Eso me ha llevado a un retiro voluntario de, virtualmente, todo lo que llamamos intercambio social».
Al preguntarle por la existencia de Dios:
«¿Dónde está ese amigo al que busco en todas partes? Al clarear el día mi anhelo es más intenso. Cae la noche oscura y aún no hay rastro de él. ¡Aunque arda mi corazón! Pero ahí están las señales. Dondequiera que una fuerza surja, donde exista el perfume de una flor, en los campos por donde el viento sople, en el suspiro que exhalo, en el aire que respiro, su caridad está presente. Escucho su voz en el susurro de la brisa de verano».
“¿Dónde está el amigo que busco por doquiera? / Cuando apunta el día, mi inquietud también aumenta. / Cuando el día muere, lo busco todavía. / Aunque el corazón me abrasa, yo voy siguiendo sus huellas en cualquier brote de vida, / el aroma de la flor, la esbeltez de la espiga, / en el suspiro que lanzo y en el aire que respiro / está presente su amor y oigo cantar su voz en el viento del estío"


Una vida en la que pudiera recordar ésta


lunes, 16 de diciembre de 2013

La enfermedad del viejo Salamano



Al subir topé en la escalera oscura con el viejo Salamano, mi vecino de piso. Estaba con su perro. Hace ocho años que se los ve juntos. El podenco tiene una enfermedad en la piel, creo que sarna, que le hace perder casi todo el pelo y lo cubre de placas y costras oscuras. A fuerza de vivir con él, solos los dos en una pequeña habitación, el viejo Salamano ha concluido por parecérsele. Tiene costras rojizas en el rostro y pelo amarillo y escaso. A su vez el perro ha tomado del amo una especie de andar encorvado, con el hocico hacia adelante y el cuello tendido. Parecen de la misma raza y, sin embargo, se detestan. Dos veces por día, a las once y a las seis, el viejo lleva el perro a pasear. Desde hace ocho años no han cambiado el itinerario. Puede vérseles a lo largo de la calle de Lyon, el perro tirando del hombre hasta que el viejo Salamano tropieza. Entonces pega al perro y lo insulta. El perro se arrastra de terror y se deja arrastrar. Y el viejo debe tirar de él. Cuando el perro ha olvidado, aplasta de nuevo al amo y de nuevo el amo le pega y lo insulta. Entonces quedan los dos en la acera y se miran, el perro con terror, el hombre con odio. Así todos los días. Cuando el perro quiere orinar, el viejo no le da tiempo y tira; el podenco siembra tras sí un reguero de gotitas. Si por casualidad el perro lo hace en la habitación, entonces también le pega. Hace ocho años que ocurre lo mismo.



Fragmentos de El Extranjero, de Albert Camus
VARGAS LLOSA, Mario: «El extranjero debe morir», prólogo a El extranjero de Albert Camus. Círculo de Lectores, Barcelona 1988.
Hobbes, Naomi Klein y el uso político del miedo; Jorge A. Castillo Alonso [Garabatos al margen]
¿Existe la injusticia?, Elvira Lindo [El País, 8 de diciembre de 2013]




lunes, 18 de noviembre de 2013

El valor de disentir

El vigor de la ciudadanía procede de la capacidad individual de disentir, y en ella el derecho y la obligación de la crítica y de la autocrítica son inseparables.Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina

La valentía es Hannah Arendt, Maite Larrauri [FronteraD, 4 de julio de 2013]
Albert Camus, Discurso de aceptación del premio Nobel 
Dar caña, Fernando Savater [El País, 29 de octubre de 2013]



La película de Margarethe Von Trotta sobre Hannah Arendt no sólo se ajusta totalmente a los hechos sino, lo que es mucho más difícil, a las ideas. Ha sabido filmar la emoción con la que una verdad se presenta al pensamiento, y nos ha sabido hacer partícipes de la valentía que se requiere para sostenerla. Se podría decir que es una película arendtiana sobre Hannah Arendt.
En el centro mismo de la película se encuentra una de las preguntas filosóficas sobre las que Arendt se interrogó a lo largo de su vida. No es otra que la misma que preocupó a su maestro –también amante- Heidegger: “¿Qué significa pensar?”. La primera respuesta la formuló Heidegger: pensar es ir a lo más profundo, y para ello hay que separarse de los demás, aislarse. Arendt se inspiró en la respuesta del maestro y la redondeó: pensar es entrar en diálogo con uno mismo, desdoblarse en dos, es un dos-en-uno, entre uno mismo y su conciencia, y por ello la retirada del mundo es esencial; no se puede pensar en medio de los demás y si lo hacemos, producimos la sensación de estar ajenos a lo que pasa, entre el ensimismamiento y la distracción. Hannah Arendt, en la película, se tumba en el sofá, con el sempiterno cigarrillo entre los dedos, o deambula por la casa, se detiene ante una ventana, de noche, y observa las luces de Nueva York, o se refugia en una casa a las afueras de la ciudad y se pasea solitaria por el campo. Está hablando consigo misma, y podemos imaginar las preguntas que está planteándose: ¿Eichmann es un monstruo antisemita?, ¿qué está diciendo cuando argumenta que lo único que hizo fue obedecer órdenes?, ¿los consejos hebreos hicieron lo único que se podía hacer en esas circunstancias? Y como, cuando se empieza a pensar, la mente entra en una deriva temporal, la película nos muestra esos flash backs por los que vuelve a su memoria Heidegger, y sentimos cómo de unas preguntas pasa a otras: ¿Heidegger era un nazi?, ¿qué tipo de amor tuve por él?, ¿por qué se comportó de esa manera?
Von Trotta es muy sutil en el modo de presentar la relación de Arendt con Heidegger. Mary McCarthy le pregunta si Heidegger fue el gran amor de su vida, a lo que Arendt responde que el gran amor de su vida es Heinrich (o sea su marido). Entonces, si no ha sido el amor de tu vida –le replica la amiga McCarthy- completa tú esta frase: Heidegger es mi... Arendt no rellena esos puntos suspensivos, se limita a decir que hay cosas más fuertes que una misma.
Sabemos que una jovencísima Hannah Arendt se vio atraída por su maestro Heidegger, 17 años mayor que ella. Y ella decidió dejarse conmocionar por esa sacudida: era un pensador y eso no se encuentra todos los días. El pensador la sedujo no sólo con la palabra y ella se metió de lleno en esa aventura. Cuando él la abandonó, eso no significó para ella una negación de la atracción que experimentaba, sino una desgraciada historia de pareja con un hombre casado. Hannah Arendt siguió pensando que Heidegger era un gran filósofo y sus ideas siguieron iluminándola.
Sin embargo, Arendt se atrevió a criticar al maestro. En un artículo que escribió acerca de Heidegger, Arendt señala que el pensamiento es para este filósofo no sólo su morada sino también su madriguera. Y por ello acaba siendo finalmente su trampa. Dentro del pensamiento, Heidegger está atrapado, su retiro del mundo no es momentáneo, pasajero, sino definitivo y le sucede como ha pasado ya en tantos otros casos de filósofos: sabedores de su aislamiento pero queriendo demostrar lo contrario, cuando se deciden a participar de este mundo que también es el suyo, meten la pata, hacen el ridículo. Platón hizo el ridículo en Siracusa haciendo de consejero del tirano Dionisio. Heidegger hizo el ridículo durante el nazismo, aceptando el puesto de rector de la universidad de Friburgo.
Arendt ni piensa ni dice que Heidegger sea un nazi. Eso es lo que dice el moralista, el mojigato de Hans Jonas, que se congratula de que sea su amiga Hannah la enviada como cronista al juicio de Eichmann, porque da por descontado lo que ésta escribirá. Jonas es un ideólogo, un fanático.
Arendt afirma que pensar tiene sentido si es un modo de retirarse del mundo para volver a él en la acción, en la toma de la palabra sobre las cosas de este mundo. Pensar para después hablar y actuar. Y eso es lo que explica la historia que nos narra esta película. Después de haber escrito un libro sobre el totalitarismo, Arendt desea participar en un acontecimiento de su actualidad, el juicio a Eichmann, para ver a un nazi “de carne y hueso”. Ir a Israel, asistir al juicio y escribir después para el New Yorker es un reto para el pensamiento, a condición, claro está, de no saber de antemano, como lo saben los ideológicos, lo que va a decir.
El enfrentamiento que vemos en la película es el que existe entre quienes ya saben lo que piensan de Eichmann antes de oírlo (las autoridades israelíes, la opinión pública) y esta mujer que se atreve a pensar sin andaderas, sin barreras, sin límites. O sea todos (o casi) contra una. Sola ante el peligro de pensar.
Uno de los grandes aciertos de Von Trotta es que nos hace ver al auténtico Eichmann y no a un actor, para que así también los espectadores podamos juzgar. Y lo que sucede es que nos ponemos del lado de Arendt: Eichmann no es un monstruo que atemoriza, es un hombrecillo con algunos tics, con cara de funcionario, una especie de “fantasma y además resfriado”, que habla de “su departamento”, de “cumplir con su trabajo”, y que declara que no se planteó nada por propia iniciativa ya que lo único que hizo fue obedecer órdenes. La acusación y los testimonios pretenden hacerle responsable de la muerte y desaparición de millones de judíos. Él afirma que no es antisemita, en medio de algunas otras frases ridículas como que se quiere hacer de él “una chuleta para asarla después” y cosas semejantes. Arendt se ríe de él, desea que sea castigado por la justicia porque lo considera culpable, pero no está dispuesta a concederle la grandeza que supone atribuirle la maquinación y ejecución del holocausto. Es culpable porque obedeció órdenes injustas y sólo se puede decir de los niños y de los esclavos que obedecen. Los demás no obedecen sino que consienten.
En sus artículos para el New Yorker lo castiga también a su manera, aunque esto último nadie parece entenderlo. Ya que los nazis intentaron negar todo rastro de humanidad en sus víctimas, sometiéndolas a condiciones de degradación, ahora Arendt le negará su condición de humano a Eichmann ya que no hizo lo que distingue a los humanos, esto es pensar. Y como no ejerció el pensamiento, como obedeció las órdenes sin pararse a pensar, se convirtió en una marioneta, en nobody, en un don nadie. El mal encarnado en un imbécil. La banalidad del mal.
Pensar lo puede hacer cualquiera, no hace falta ser muy inteligente, ni muy culto. Y por eso mismo, también no pensar lo puede hacer cualquiera, incluso los más cultos, los más inteligentes. No siempre se está pensando, no sólo porque estamos entre los demás, desarrollando alguna actividad, sino también porque para muchas cosas aplicamos esquemas, concepciones, sin revisarlas. No tiene importancia, a no ser que se trate de algo crucial. Arendt afirma en sus escritos que la mayoría de nuestros juicios son en realidad prejuicios. Nosotros consideramos sólo como prejuicios los juicios que se emiten sobre un colectivo (por ejemplo, “los alemanes son rígidos”, “las mujeres son subjetivas”). Arendt nos indica que existen también prejuicios en juicios sobre particulares –“Aquiles es un valiente”- porque no se cuestiona el significado de “valiente”, aceptando por descontado lo que una sociedad en un momento determinado entiende. Estos últimos prejuicios son mucho más difíciles de desenmascarar porque tienen la apariencia de un juicio. Sin embargo, cuando nos ponemos a pensar es porque no aceptamos sin más los significados compartidos por un grupo social. Disentimos. En momentos históricos como los de la Alemania nazi era importante pensar por uno mismo y rechazar los significados de “hebreo”, “patria”, “valentía”, “justicia”, “alemán”, “raza”. Por no pensar, muchos don nadie como Eichmann se volvieron peligrosos. Encarnaron el mal desde su propia pequeñez y mediocridad. En una situación normal hubieran sido honrados y correctos ciudadanos. En una situación extrema se convirtieron en cómplices del holocausto, por consentir en un modo de hablar y de ver las cosas.
Pensamos, cuando lo hacemos, para determinar lo que para nosotros es justo o injusto, bueno o malo. También pensar implica un cierto peligro, cuando quien lo hace se opone a todos o casi todos. Y Arendt, que pensaba que Heidegger había sido un cobarde, quiere afirmar su propia valentía, demostrar con sus actos su propia teoría sobre el pensamiento. Escribe lo que piensa sobre Eichmann y sobre la participación de los consejos hebreos en el holocausto, en contra de lo que oficialmente quería sostener la comunidad hebrea. La película muestra las amenazas y las tensiones que Hannah Arendt tuvo que soportar, así como la dolorosa pérdida de los amigos que se quedaron en el lado de los prejuicios, sin querer plantearse si las cosas admitían otros puntos de vista, si quizá no todo había sucedido exactamente como el relato biempensante hebreo había hecho creer.
Y nunca se retractó ni de lo que pensaba, ni del hecho de haber desatado la polémica. “Lo volvería a hacer”. En uno de sus libros, afirma que para salir de los aparentes juicios, en realidad prejuicios, lo que hay que hacer no es dar una definición de lo que para una es el amor, o la amistad o la justicia, o el bien, eso sería algo abstracto, y como todas las cosas abstractas bastante inútil para orientar el comportamiento. Pensar es encontrar un caso concreto que tenga validez ejemplar y definir algo en función de ese caso: “Amar es lo que hace esta persona”. Pues bien, para mí, la valentía es Hannah Arendt.
La actualidad de su pensamiento, como de esta película, reside en el hecho de que siempre estamos llamados a pensar cuando existen situaciones que lo requieren. Como antigua enseñante de filosofía en el bachillerato, me atrevo a sugerir a los profesores que la proyecten y la discutan. He tenido la experiencia de observar el impacto que tenía Hannah Arendt en los estudiantes actuales, y la película puede ser un refuerzo maravilloso.
Ahora mismo estamos atravesando una difícil situación. No se había conocido tanta confusión desde el punto de vista de las convicciones desde la Segunda Guerra Mundial. En muchos aspectos los ciudadanos no sabemos qué pensar. Pues bien, este desconcierto podría ser un buen comienzo. ¡Atrevámonos a pensar!, lo que significa, dejemos de repetir los lugares comunes de la opinión pública y formulemos una opinión propia, como nos ha enseñado Hannah Arendt, no vagando entre abstracciones. Busquemos los casos de validez ejemplar que nos hagan entender lo que es un buen político, una buena ley, un buen alcalde, un buen profesor, un buen médico, un buen ciudadano. Y ya tendremos mucho adelantado.

domingo, 17 de noviembre de 2013

"Me rebelo, luego somos"


Entre la pobreza y el sol: Albert Camus. Maite Larrauri es escritora y profesora. En FronteraD
Una claridad inaceptable, Antonio Muñoz Molina [El País, 12 de noviembre de 2013]
Dos cabalgan juntos, Fernando Savater [El País, 23 de enero de 2010]
Albert Camus, filosofía de un espontáneo; Fernando Savater [El País, 7 de noviembre de 2013]





He leído con pasión a Albert Camus durante el último año. He llegado tarde, lo sé, quizá víctima inconsciente de la campaña de difamación que lo arrinconó, narrada profusamente por un también apasionado Michel Onfray en su reciente libro L'ordre libertaire. La vie philosophique d'Albert Camus (ed. Flammarion, 2012). Como cuenta Onfray, lo que puso a Camus en el punto de mira de los intelectuales franceses, capitaneados por Sartre y De Beauvoir, fue su temprana crítica (1951) del comunismo, su denuncia de los campos de internamiento soviéticos, su alejamiento de las ideologías, su pacifismo frente a la guerra de Argelia. Fue Camus un intempestivo y sufrió el destino de todos los intempestivos: no encontró fácilmente oídos que pudieran escucharle. Incluso su nietzscheanismo estaba lejos de poder ser comprendido en los años 50 del pasado siglo, y Camus, como recuerda insistentemente Onfray, fue siempre lector y seguidor de Nietzsche: en el discurso de aceptación del premio Nobel recordó que uno de sus maestros había sido Nietzsche, y en la cartera que viajaba con él el día de su accidente mortal de coche, junto al manuscrito inacabado de Le premier homme, se encontraba un ejemplar de La gaya ciencia.


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