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viernes, 13 de mayo de 2016

Patriotismo constitucional

Las diversas religiones que existían en Roma eran todas consideradas por el pueblo como igualmente verdaderas, por el filósofo como igualmente falsas y por el político como igualmente útiles.
Edward Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, I,II.


El historiador sabe muchas veces que “la tradición” es la historia falsificada y adulterada. Pero el político no solamente no lo sabe o no quiere saberlo, sino que se inventa una tradición y se queda tan ancho.
Julio Caro Baroja, El laberinto vasco


Nacionalismo: España no es eterna, Álvarez Junco [El País, 30 de abril de 2016]
Entrevista a Álvarez Junco, José Andrés Rojo [El País, 6 de abril de 2016]
Álvarez Junco desmonta los mitos del nacionalismo, Rodríguez Marcos [El País, 29 de abril de 2016]
La nación, artefacto moderno, Moreno Luzón [El País, 30 de abril de 2016]
Una conversación con Santos Juliá, Manuel Morales [El País, 7 de octubre de 2016]
El patriotismo constitucional, Habermas 2006, 112

Durante mucho tiempo, las naciones fueron consideradas realidades naturales. El ensayista británico Walter Bagehot escribió que eran “tan viejas como el mundo” y algo así creían los mejores pensadores del siglo XIX y primera mitad del XX, incluido Marx, que hizo de las clases los sujetos de la historia, pero nunca cuestionó seriamente a las naciones. En plena era de las naciones, sin embargo, Ernest Renan se planteó la dificultad de su definición y, tras descartar todos los factores “objetivos” —raza, lengua, religión, historia—, acabó anclándolas en un elemento subjetivo, misterioso, una “voluntad de ser nación”, que se traducía en un “plebiscito cotidiano” a su favor.
La fase nacional de la historia humana condujo a las dos guerras mundiales y los fascismos. Y en 1945, al fin, tras descubrirse los crímenes y las locuras nazis, la reflexión sobre estos problemas inició un giro.
El politólogo norteamericano Carlton Hayes fue quizás el primero que defendió que las naciones eran un fenómeno moderno, debido a la secularización de las sociedades. Ante el descreimiento, la nación satisfacía la necesidad de permanencia, de anclaje de las vidas individuales en entes que trascendieran su finitud. Hayes estudió, a partir de ahí, los altares de la patria, las banderas y símbolos nacionales como objetos sagrados y hasta esa moral que permite —exige— matar para defender los intereses patrios, a diferencia de la moral individual, que veta matar a tu prójimo.
Retomando las reflexiones de Renan, el historiador y politólogo británico Elie Kedourie explicó que lo esencial en la nación era, sí, el plebiscito cotidiano, la adhesión de sus miembros, pero observó que los plebiscitos se convocan para ganarlos y que, no pudiendo vivir en la incertidumbre de una votación diaria que cuestione su existencia, los Estados se aseguran de que los ciudadanos se sientan nacionales educándolos de mil maneras en esa dirección. Kedourie convertía así la educación en el factor clave del nacionalismo y el Estado en el gran muñidor del proceso.
Ernest Gellner vinculó más tarde el surgimiento de las naciones con la modernización socioeconómica, que exige movilidad geográfica, división del trabajo y mercados amplios. El Estado favorece la cultura común, base de todo ello, alfabetizando a la población en la lengua oficial. El nacionalismo no era, pues, sólo una invención moderna sino algo funcional.
Benedict Anderson añadió su definición de la nación como una “comunidad política imaginada”. Comunidad, al concebirse como compuesta de miembros que, pese a las múltiples desigualdades sociales, son hijos de la misma madre y están dispuestos a sacrificarse por el conjunto. Política, porque es el nuevo sujeto de la soberanía y genera derechos políticos para sus miembros. E imaginada porque, a diferencia de la familia, la mayoría de sus miembros no se conocen ni se conocerán nunca personalmente, pese a lo cual comparten un mundo mental de mitos y valores comunes (gracias a la literatura “nacional”, que les ha hecho identificarse con los mismos héroes y odiar a los mismos villanos).
Eric Hobsbawm añadió a estas reflexiones una célebre obra, La invención de la tradición, y completó así un giro en nuestra comprensión de los fenómenos nacionales que ha sido llamado modernista, historicista o constructivista. Frente a la anterior manera de entender el asunto —esencialista, naturalista o perennialista—, ahora se da por supuesto que las naciones no son realidades naturales, estables y antiquísimas, como los ríos y las montañas, sino creaciones político-culturales, relativamente recientes, fruto de acontecimientos contingentes, que han surgido en algún momento del pasado (no fechable ni repentino, sino incierto y lento), han tenido y tendrán vigencia a lo largo de un cierto lapso de tiempo (durante el cual su significado evoluciona) y acabarán por desaparecer algún día, pues nada, y menos aún las identidades colectivas, es eterno en la historia.
De esta manera, el fenómeno nacional quedó relativizado. Pertenecer a una nación dejó de ser un rasgo permanente y esencial de la especie humana para localizarse en un cierto lugar y momento en la historia: Europa, a partir de las revoluciones liberales. Fue entonces, al derribar las monarquías absolutas, cuando se hizo de la nación la colectividad soberana, triunfó el principio de igualdad entre sus miembros, se reescribieron las historias y se reformuló la cultura en torno al sujeto nacional, haciendo al fin de la lealtad a la patria el principio legal y el anclaje ideológico supremo. La nación triunfó sobre cualquier otra identidad colectiva, las sociedades se homogeneizaron y se eliminaron o marginaron las culturas minoritarias. Fue un cambio crucial de las identidades políticas que Europa exportó al resto del mundo.

[Desde el siglo X, los territorios alemanes formaron una parte central del Sacro Imperio Romano Germánico que duró hasta 1806. Durante el siglo XVI, las regiones del norte del país se convirtieron en el centro de la Reforma Protestante.
Como un moderno estado-nación, el país fue unificado en tiempos de la guerra franco-prusiana en 1871. Hace 145 años. Goethe nació en 1749 y falleció en 1832 ]


Pero en épocas anteriores, durante la inmensa mayoría del pasado humano conocido, nuestros antecesores han vivido dentro de las más diversas organizaciones políticas —unidades tribales, feudales, ciudades-Estado, monarquías patrimoniales, imperios— cuyas fronteras no coincidían con sociedades culturalmente homogéneas. Como tampoco era única la identificación de los súbditos, que se sentían miembros de comunidades mucho más pequeñas que la nación (parroquias, aldeas, comarcas, linajes, gremios, estamentos), insertas a su vez en mundos culturales mucho más grandes (cristiandad, islam). Al revés de lo que ocurriría en el mundo contemporáneo, no se consideraba contrario al orden natural de las cosas que el monarca que les regía fuera “extranjero”.


Las naciones no sólo vieron reducido su espacio en la historia, sino que, además, se comprendió que su construcción servía a ciertos fines, que desempeñaba funciones integradoras del cuerpo social y legitimadoras de la autoridad política. Las naciones son sistemas de creencias y de adhesión emocional que surten efectos políticos de los que se benefician ciertas élites locales. Y esas élites, bien busquen reforzar un Estado existente o construir uno nuevo, fomentan los sentimientos nacionales. Lo cual no significa que debamos caer en una visión instrumentalista y conspiratoria de este tipo de fenómenos. Que las naciones beneficien a los nacionalistas, como las religiones al clero, no quiere decir que desde el principio una secta malévola haya planeado la seducción de un público incauto. Religiones y naciones son fenómenos mucho más complejos, surgidos originariamente alrededor de profetas iluminados y generosos, capaces de satisfacer necesidades de sus seguidores muy dignas de respeto.
El estudio de las identidades nacionales exige, por tanto, partir de la premisa de que estamos tratando de entes construidos históricamente, en constante cambio, perecederos y manipulables al servicio de fines políticos. Lo cual no hace del sujeto nacional una excepción en el mundo de las identidades colectivas. Porque todas las identidades, incluyendo algunas tan arraigadas en datos fisiológicos como las de género, tienen mucho de cultural o construido. Harold Isaacs lo explicó bien en su Ídolos de la tribu.
La nueva visión historicista o constructivista de las naciones tuvo un enorme éxito y llegó un momento en que todo el mundo denunciaba “invenciones” y disolvía la realidad social en “discursos”. Excesos que han llevado a una reacción en los últimos años, con críticas que en muchos casos merecen ser escuchadas aunque en otros sean sospechosos retornos al esencialismo, aplaudidos por el nacionalismo militante. Muchos historiadores han subrayado la existencia de identidades colectivas, que incluso eran llamadas “naciones”, en épocas muy anteriores a la contemporánea. Pero la diferencia es que no se les atribuía la soberanía sobre un territorio, que es lo que define al nacionalismo moderno. También se ha observado, con razón, que este nacionalismo se alimenta siempre de tradiciones e identidades culturales procedentes de épocas anteriores. El hecho de que una identidad sea sobre todo cultural, y no natural, no quiere decir que sea un “invento” arbitrario. En el terreno de las naciones no se puede predicar el “todo vale”. Construir un proyecto nacional que tenga posibilidades de éxito entre el público requiere, como mínimo, hacerlo sobre rasgos culturales preexistentes y creíbles.
Pero ningún autor serio defiende hoy que la humanidad ha vivido dividida en naciones de forma natural e inmemorial. La visión constructivista del nacionalismo sigue vigente. Como otras identidades colectivas, las naciones son creaciones culturales perecederas. Y son especialmente absurdas las explicaciones de los procesos históricos a partir de la existencia de mentalidades, caracteres colectivos o “formas de ser” de los pueblos. Por ejemplo, la existencia de repetidas guerras civiles en España hasta 1939 se debería al violento “carácter español”, un carácter sólo demostrado por las muchas guerras civiles vividas en el país. Explicación circular e inútil. Cuando el general Franco tuvo a bien morirse, además, no estalló ninguna guerra civil en España, contra lo que auguraban los creyentes en estereotipos. No se entiende cómo y por qué puede alterarse algo tan profundo como la “manera de ser” de un pueblo.
Concluyamos, pues. Lamento comunicar a los no expertos en estos temas —pues los expertos lo saben de sobra— que, contra lo que nos enseñaban de niños, España no es eterna. Espero que nadie necesite asistencia psiquiátrica. Para calmar los ánimos, añadiré que los rivales y competidores de España (Cataluña, Euskadi, Portugal, Francia, Marruecos) también desaparecerán algún día. Aunque este, me temo, es un magro consuelo para un creyente.
Nacionalismo: España no es eterna, Álvarez Junco [El País, 30 de abril de 2016]


viernes, 18 de septiembre de 2015

La ciudadanía democrática


La carga del pasado, José Álvarez Junco [El País, 12 de octubre de 2014]
Nacionalismo y dinero, José Álvarez Junco [El País, 4 de septiembre de 2014]

El verano del 14, José Álvarez Junco [El País, 26 de julio de 2014]
El temor al maligno, José Álvarez Junco
Monarquismo o juancarlismo, José Álvarez Junco 
Ser minoría no es una desgracia, José Álvarez Junco [El País, 14 de mayo de 2014]


Hace solo veinte, o incluso diez, años, España parecía haber superado muchos de los problemas que habían mantenido al país hundido en un atraso secular. Un atraso relativo, solo comparado con Inglaterra, Francia o Alemania, pero vivido como muy humillante por nuestros bisabuelos, que creían en pueblos o razas superiores e inferiores y no podían admitir compararse con Polonia, Turquía o Marruecos. Mirándose en el espejo de la Europa avanzada, las generaciones del 98 o del 14 se angustiaron y desesperaron ante lo que percibieron como país pobre, dividido entre unos pocos latifundistas con ínfulas nobiliarias y unos millones de braceros toscos e ignorantes; con unos períodos de efervescencia política seguidos por otros en que reinaba el orden gracias a la fuerza, el caciquismo y el falseamiento del sufragio; sometido a una influencia clerical desmesurada incluso para el mundo católico y a un intervencionismo militar que se traducía en constantes pronunciamientos y dictaduras; y enfrentado con el nuevo desafío catalán y vasco.

¿Nuestros bisabuelos? Todavía hoy hay quien no quiere compararse con esos otros países europeos. Parece que solo queramos mirarnos en el espejo de Alemania. Nos comparamos solo con Inglaterra, Francia y Alemania.

Ese inestable cóctel llevó, tras muchos zig-zags, al baño de sangre de 1936-39. Pero pareció superado al terminar el largo período franquista, con una Transición relativamente fácil. No seré yo quien reniegue de la Transición. Pero sí del clima triunfalista que generó. De repente, pareció que todo iba bien: habíamos resuelto nuestros problemas —salvo el territorial—: ni éramos pobres ni dominaban ya militares, curas y latifundistas. Sacábamos pecho. Éramos un país europeo, “normal”. Hablábamos del “milagro español”. Celebrábamos con toda pompa los fastos del 92. Nuestros ferrocarriles y carreteras deslumbraban ahora a los europeos, que hacía nada de tiempo estaban a años luz de nosotros —era en parte gracias al dinero europeo, pero eso mejor olvidarlo—. Nuestra renta per cápita iba a superar a la italiana, luego a la británica, y era cuestión de tiempo alcanzar a franceses y alemanes. En cuanto a nuestra democracia, quién podía ponerle un pero. Qué importaba que en Inglaterra o Estados Unidos hubiera tardado siglos en formarse y la nuestra fuera de ayer y poco menos que caída del cielo.
Pero no hay milagros. La Transición, con todas sus virtudes, se hizo sin cumplir un requisito que hubiera preocupado a un Giner de los Ríos: la preparación pedagógica indispensable para cualquier avance político. Es verdad que en el mundo clandestino del antifranquismo se había ido creando una cierta cultura democrática, pero estaba cargada de rasgos jacobinos o inquisitoriales; no se interiorizaron los valores de libertad, de respeto al otro, de convivencia con el disidente. Faltó ese saber ser libres que no se establece por decreto, como se establecen las convocatorias electorales, sino que se aprende con tiempo, esfuerzo y duros golpes al dictador que todos llevamos dentro.

Esta idea está recogida en Todo lo que era sólido, de AMM

Una función pedagógico-política de este tipo podía haber cumplido la malhadada Educación para la Ciudadanía, pero esta se enfocó por otros derroteros, más sofisticados, más provocadores frente a la moral católica tradicional, menos centrados en lo que aquí necesitamos: aprender a debatir, a escuchar al discrepante, a practicar la libertad de manera responsable; es decir, a hacer exactamente lo contrario de lo que hacen los tertulianos o los reality shows televisados. Mi generación no pudo leer a Giner de los Ríos o a John Stuart Mill. Para las siguientes, se decidió que no hacía falta (y ahora el Gobierno suprime, sin más, la educación cívica). Y eso se paga.
Una democracia que no se asienta sobre una ciudadanía educada y consciente de sus derechos es necesariamente de mala calidad. Porque el ciudadano sin formación política tiende a cometer errores de bulto. Uno de los primeros es caer en el populismo, que consiste en aceptar la ingenua idea de que el pueblo es bueno y que todo iría bien si se hiciera lo que él quiere o intuye; los culpables de nuestros males son los dirigentes, “los políticos”. Lo cual elimina la responsabilidad de la ciudadanía, pese a ser ella quien ha generado y ha elegido a estos. Y conduce a un segundo error: poner desmesuradas esperanzas en un líder o un partido, sentarse a esperar redentores, políticos fuertes y honestos que, sin esfuerzo por nuestra parte, nos resolverán los problemas. Lo cual provoca enseguida el desencanto. El elector defraudado gira entonces al otro extremo y empieza a denigrar al que ayer veneraba. Ortega lo escribió: hay que “desterrar, podar del alma colectiva, la esperanza en el genio, que viene a ser una manifestación del espíritu de la lotería. (…) Prefiero para mi patria la labor de cien hombres de mediano talento, pero honrados y tenaces, que la aparición de ese genio, de ese Napoleón que esperamos”.


Añadiría también confundir lo básico, lo necesario con lo accesorio o contingente.

¿Cómo pudimos creer que, en un abrir y cerrar de ojos, habíamos superado un pasado tan duro, que toda nuestra herencia cultural había desaparecido por arte de magia? El ser humano se comporta según le enseña el entorno en que crece. Lo cual de ningún modo significa que estemos sometidos a un destino fatal, que el pasado sea una losa imposible de levantar. Sobran los ejemplos de cambios; el cambio existe, es incluso inevitable en la historia; pero las herencias y las continuidades, también.
Que el cambio era posible se demostró durante la Transición. Un exfalangista, joven, listo y ambicioso, comprendió que era inevitable desmantelar el régimen y lo hizo en relativamente poco tiempo. Un rey, joven también y menos corto de lo que creíamos, entendió que las circunstancias no le permitían comportarse como su abuelo. Los dirigentes de la oposición renunciaron a los maximalismos revolucionarios a cambio de un sistema democrático parlamentario. Los dirigentes actuaron, pues, de manera sensata. Pero muchos problemas heredados quedaron en pie.
Dejando de lado los aspectos económicos, que no son mi campo, y ciñéndome a lo institucional y cultural, no era lógico pensar que unos funcionarios, jueces, militares o policías que habían aprendido a desempeñar sus tareas en un régimen de sumisión, halago al jefe y cultivo de clientelas, iban a convertirse en impecables servidores de la ley y el bien público sin necesidad de ningún tipo de reciclaje. Ni que unos ciudadanos que habían obedecido durante siglos por puro miedo al castigo, una vez suavizado este y sin aprendizaje alguno iban a interiorizar y cumplir las normas de convivencia. Ni que los propios políticos que condujeron la Transición iban a dejar de aprovechar el entorno y los reflejos heredados para recaer en el clientelismo y el autoritarismo. Ni que un país con tan pobre tradición científica iba a empezar a tener, sin un enorme esfuerzo de inversión y nuevos métodos de enseñanza y de selección del personal, tantos premios Nobel de Física o Medicina como otros donde se había cultivado la ciencia durante siglos. Ni que profesores para quienes una clase consistía en recitar un monólogo ante un grupo de oyentes pasivos, que debían repetirlo luego memorizado en un examen, iban de repente a saber incentivar la lectura, fomentar la participación de sus estudiantes y debatir y pensar juntos. Ni que una ciudadanía acostumbrada a escabullirse de la hacienda pública, y a admirar a los defraudadores, iba a pagar honradamente sus impuestos. Ni que quienes habían crecido al amparo de caciques no iban a votar, ahora que podían votar, a alcaldes corruptos pero que traían dinero al pueblo.


Las películas de Alberto Rodríguez Librero: La isla mínima, Grupo/, El hombre de las mil caras

No estoy recetando un retorno a la literatura del “Desastre” y al “problema de España”, a la autoflagelación y al ensayismo fácil sobre caracteres colectivos de raíz metafísica. Una dosis de pesimismo es lo que menos necesitamos ahora. En la España actual hay datos positivos, como el que nadie cuestione la legitimidad de la democracia; o que no haya una extrema derecha populista, al contrario que en nuestra siempre envidiada Francia; o el carácter pacífico del proceso catalán —por ambas partes; y pese a las pasiones que levanta—; o la insólita transformación de nuestras fuerzas armadas. Construyamos sobre esos datos.
No hay que ser fatalistas, pero tampoco ingenuos. Evitemos la ilusión milagrera. Las ataduras del pasado son superables, pero para desligarse de ellas hay que reconocer su existencia y realizar un gran esfuerzo.
La carga del pasado, José Álvarez Junco


jueves, 17 de septiembre de 2015

Contabilidad por espacio de tres mil años

"Wer nicht von dreitausend Jahren
Sich weiß Rechenschaft zu geben
Sich weiß Rechenschaft zu geben,
Bleib im Dunkel unerfahren,
Mag von Tag zu Tage leben."   

El que no sabe llevar su contabilidad por espacio de tres mil años se queda como un ignorante en la oscuridad y sólo vive al día.
―Johann Wolfgang von Goethe




Entrevista a José Álvarez Junco por Tomás Val [Mercurio, febrero 2014]
Entrevista a José Álvarez Junco por Daniel Arjona, [El Cultural, 27 de diciembre de 2013]
El famoso individualismo español, José Álvarez Junco
Las deformaciones de la memoria, José Álvarez Junco
Virtudes y peligros del populismo, José Álvarez Junco

José Álvarez Junco es catedrático de Historia de la Universidad Complutense. En el año 2002 recibió el Premio Nacional de Ensayo y el Fastenrath de la Academia de la Lengua por su obra Mater dolorosa, donde reflexionaba acerca de la identidad de la nación, sus símbolos y tensiones. A punto de jubilarse de su cátedra, acaba de publicar Las historias de España (Crítica), un estudio sobre las diferentes visiones de nuestro país en la obra de los historiadores.
¿Cómo era, grosso modo, la España de 1914?
Tenía muchos rasgos comunes con la Europa de esa época. Era una sociedad del antiguo Régimen, muy dominada por la aristocracia terrateniente, con los pueblos encabezados por los caciques y los curas. Una España muy tradicional con dos partidos, el Liberal y el Conservador, que habían sido de Cánovas y de Sagasta hasta que ambos murieron. El Partido Conservador lo heredó Maura, que tenía una serie de rivales internos, y que, sobre todo, estaba peleado con el rey. Maura era un político más bien autoritario, cuarenta años mayor que el rey al que intentaba tutelar sin éxito. A Alfonso XIII [1886-ab1902 hasta la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931] le gustaba, por ejemplo, conducir coches a altas velocidades y Maura, que sabía lo que valía la vida de un rey, lo que había costado llevar a un niño al trono, se ponía muy nervioso. Además, el rey le salió respondón e intentaba intervenir en política… Durante el régimen de la Restauración, ninguno de los dos partidos políticos llegaba al poder porque ganara unas elecciones, era el rey el que decía: “te ha tocado a ti”. Eran partidos con grandes personalidades que contaban con la buena voluntad del monarca y una opinión pública manipulada con la ayuda de los periódicos, que estaban comprados.
Todo eso no suena muy europeo…
En Europa, en general, no era la democracia lo que legitimaba el poder. En Inglaterra había un régimen parlamentario, pero las elecciones no eran democráticas. Eran elitistas, con unas cuotas de representación. No existía el sufragio universal masculino, no digamos el femenino. En Francia había sufragio universal, pero las elecciones estaban muy manipuladas. En los demás países, olvídese de democracia.
A principios del siglo XX hubo una ola de optimismo y de confianza en el progreso.
Afectaba a ciertas áreas y aquí llegó en forma de reflejo y de complejo. La española era una sociedad agraria, analfabeta. Empezamos el siglo XX con casi un sesenta por ciento de analfabetismo. Eso cambió muy rápidamente en Europa y también en España a raíz de la Primera Guerra Mundial. Millones de muertos, millones de movilizados, gentes a las que se les inculcaron nuevos ideales como el ideal patriótico y el ideal nacionalista. El nacionalismo es relativamente nuevo antes de la guerra. La gente se identificaba con la religión, con la clase social… Si a un europeo, antes de 1914, se le hubiera preguntado qué era, lo normal habría sido que hubiera contestado que agricultor, o cristiano, o luterano… A partir de 1914 empezaron a decir alemán, francés, inglés… La nacionalización se produce de una forma brutal y repentina en la guerra, y en España también, aunque de manera refleja.


¡Esto se olvida y me parece muy importante!

¿Qué pasó en España durante el tránsito de la pesimista generación del 98 a la del 14, que proclama que la solución está en Europa y no en nuestras esencias?
Pasó la guerra y la llegada de generaciones jóvenes. El proceso de industrialización, de urbanización, de alfabetización, de modernización, se desata a partir del 98. La idea de que hay que modernizarse, hacerse europeos, de que hay que cambiar muchas cosas, empieza a entrar en las conciencias después de la Primera Guerra Mundial. La economía española, entre 1900 y 1930, se transforma de una manera radical como consecuencia de las políticas regeneracionistas. Se construyen escuelas, carreteras; se regenera la Armada… Todos están de acuerdo en que hay que regenerar el país, en que España no puede seguir siendo tan rara dentro de Europa, pero éramos un país bastante normal dentro del continente, muy parecido a Italia, a Grecia, a Ucrania, a Polonia… La periferia de Europa no se parecía a Francia, a Inglaterra, a Alemania… Eso es lo que acompleja y despierta las ganas de cambio. Europa, para ellos, eran Francia, Inglaterra y Alemania. Lo que pasa es que modernizar y nacionalizar se pueden hacer de muchas maneras y de hecho, la gran crisis de los años treinta, lo que lleva a la Guerra Civil, se produce porque chocan dos maneras de modernizar el país. Dos Españas, la de la Residencia de Estudiantes, la urbana de Lorca y de Buñuel, y la España del cura y del cacique.
Esas dos Españas también se manifiestan durante la Primera Guerra Mundial, con la división entre germanófilos y aliadófilos.
Era más complicado, pero sí, a grandes rasgos los aliadófilos eran la España de izquierdas y los germanófilos, la de derechas.
¿Cuál es el origen de esas dos Españas?
Quizás el siglo XVIII. Los ilustrados encuentran una gran oposición de la España rural, de los nobles, de las clases medias con una mentalidad muy tradicional y de una parte de la Iglesia. De ahí viene el primer enfrentamiento, de esos reformistas que se llamaron afrancesados. Después, en la guerra contra Napoleón, se llamará así a los colaboracionistas, pero el insulto procedía de la Ilustración. Ese es el germen de las dos Españas, aunque ese mito se va reformulando en las diferentes situaciones históricas.
¿Tenían razón Ortega y compañía cuando afirmaban que la solución era Europa?
O, como he dicho, lo que ellos llamaban Europa: Inglaterra, Francia y Alemania. Entonces, sí, claro que sí. Una economía más basada en el conocimiento científico, unas clases medias profesionales, dejar de tener unos aristócratas que se dedicaban a la caza y unos campesinos desposeídos de todo… Y no olvidemos a las mujeres: el enorme cambio de la Primera Guerra Mundial estuvo relacionado con la mujer. Los hombres se van al frente y las mujeres a las fábricas o a nuevos oficios como telefonistas, secretarias, enfermeras, maestras… La mujer empieza a tener independencia económica, empieza a decidir sobre su vida. Esa Europa sí que era la solución.
¿Aportó, la generación del 14, alguna idea que hoy continúe vigente? ¿Aguantan esos autores la comparación con las grandes figuras del pensamiento?
Fuera de España, del único que han oído hablar es de Ortega. Pero en una historia del pensamiento mundial, Ortega apenas merecería un par de líneas. Nos movemos en un pensamiento de andar por casa, que no sale al exterior y que no va a competir a las grandes ligas. Por expresarlo en términos futbolísticos, un equipo que quiera jugar contra los grandes tiene que tener jugadores buenos, muchos traídos de fuera, comprar al mejor. Si hiciéramos eso en el terreno educativo, otra cosa sería. Pero aquí siempre se ha tratado de contratar a nuestros propios doctores y si son de nuestro pueblo, mejor. No hay manera de que el mundo universitario entienda eso y así nos va.
Pocos años después, con Lorca, Buñuel, Dalí, sí que empezamos a competir en esas grandes ligas.
En efecto, un gran cambio, producto de muchos factores. Hay un dato fundamental: la Junta de Ampliación de Estudios y el hecho de que, a partir de 1910, se está mandando a alumnos españoles a estudiar fuera de España. Así, más tarde, durante la Segunda República, nos encontramos con varios miles de españoles que han aprendido otra manera de pensar y de relacionarse, muy bien formados intelectualmente.
Las antiguas becas Erasmus…
Sí, aunque las Erasmus son mucho menos ambiciosas porque solamente se viaja por un año. Por otra parte, lo de la Junta afectaba a unos pocos centenares y las Erasmus a muchos miles. En todo caso, las Erasmus son maravillosas porque abren el mundo a los jóvenes.
Detrás de esa política aperturista estaba el espíritu de la Institución Libre de enseñanza.
Una de las consecuencias del 98 es que se crea el Ministerio de Educación, en aquel momento Ministerio de Instrucción Pública. Hasta entonces no existía en España, el Estado no se hacía cargo de los gastos de la educación. En 1900 se crea el Ministerio y el Estado asume el pago de los maestros. La Institución Libre de Enseñanza la había creado un grupo de catedráticos que habían sido expulsados de sus puestos por reivindicar la libertad de cátedra. Su influencia fue determinante en iniciativas como esta de la ampliación de Estudios o la creación de la Residencia de Estudiantes.
Y, después de muchos años, estamos plenamente instalados en Europa. Desde su visión como historiador, ¿ha supuesto una cierta decepción esa Europa con la que soñamos tantos años?
Es coyuntural y ya veremos cómo se resuelve esta crisis. Europa ha sido el proyecto más interesante que habido en el mundo en los últimos cincuenta años y está pasando un mal momento, pero quién sabe. Yo creo que hay que unirse más y crear un verdadero gobierno económico europeo. ¿Decepción? Hicimos una cosa muy bien: la Transición. Pero una cosa es que la Transición se hiciera más o menos bien y otra pensar que ya estaba todo hecho, que estábamos en Europa, que éramos ricos. Aquellos fastos del 92, la España moderna, éramos los más ricos y los más listos…
¿Seguiría hoy Ortega diciendo aquello de “No es eso, no es eso”?
Ortega lo dijo en la Segunda República, en unas circunstancias muy especiales, y además estaba molesto porque no se le tenía en cuenta tanto como él quería. Cuando Ortega hablaba de las élites estaba pensando en sí mismo. Supongo que hoy diría que nuestra democracia tiene sus defectos institucionales, pero lo más grave es que no hay una educación cívica adecuada, que no se ha transformado la sociedad y que, entre otras cosas, elige a unos líderes bastante malos, a los que no exige que tengan una capacidad profesional. Son gente de aparato, de partido.
¿Somos consecuencia de aquella España del 14? ¿Es la Historia una línea recta?
Somos herederos del 14 en la medida en que sigue estando presente el viejo sueño europeo, pero no sé si ese sueño es tan unánime como lo era entonces ni si sale de las élites y llega al conjunto de la sociedad. Estamos viendo en Europa muchos partidos antieuropeístas, xenófobos y ultranacionalistas. Quién sabe si ese es el futuro, si ganarán las elecciones los que halagan los instintos más bajos y rastreros. Ciertos errores se repiten.
¿Es Ortega nuestra mayor figura intelectual?
Ortega es lo mejor que ha dado España en los últimos siglos. No es un pensador de categoría mundial; no creó un sistema filosófico, pero dijo cosas sensatas y, sobre todo, magníficamente escritas. Fue un gran pedagogo, un magnífico introductor de las corrientes de pensamiento que venían de Europa, de Alemania.
¿Y después de Ortega?
Después vino el desierto del franquismo.
Pero acabó hace cuarenta años.
Sí, pero fueron cuarenta años y, no lo olvidemos, no produjo nada. No hay un solo libro de pensamiento que valga la pena recordar. Ni en historia, ni en filosofía, ni en ciencia política… Nada de nada. Y ocupó todas las cátedras, todas las Academias, todos los tribunales. Y ahora son esos señores los que deciden los puestos de los demás, con lo que el legado está ahí.
Entrevista a José Álvarez Junco por Tomás Val [Mercurio, febrero 2014]


miércoles, 16 de septiembre de 2015

On Liberty

Principio del daño (o Harm Principle): «El objeto de este ensayo [Sobre la libertad] es afirmar un sencillo principio destinado a regir absolutamente las relaciones de la sociedad con el individuo en lo que tengan de compulsión o control, ya sean los medios empleados, la fuerza física en forma de penalidades legales o la coacción moral de la opinión pública. Este principio consiste en afirmar que el único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entremeta en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros es la propia protección. Que la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro una comunidad civilizada contra su voluntad es evitar que perjudique a los demás». (Sobre la libertad, capítulo 1. Introducción). John Stuart Mill


José Álvarez Junco (Viella, Lleida, 1942) es experto en el siglo XIX y en el anarquismo español. Se trata de un historiador de referencia. Se ha jubilado como catedrático de Historia de la Universidad Complutense tras 50 años de enseñanza, ocho de ellos en Boston (EEUU). Álvarez Junco podría ser un representante de la tercera España, esa vía imposible en el siglo XX, la pretendida por la Institución Libre de Enseñanza y los Chaves Nogales, una España que siempre ha recibido críticas y ataques de las otras dos.
Esta entrevista será una prueba. Nos recibe en su casa de Madrid. Hablamos en el jardín, al disfrute del primer otoño cuando aún parece primavera. Pese a su origen catalán, es un zamorano de adopción. Habla tranquilo, acostumbrado a la pausa profesoral. Tras la primera pregunta el periodista se enreda en el manejo de la grabadora, algo que él aprovecha para trazarse un esquema de respuesta. Fue una excepción. Cuando hay orden en la cabeza suelen sobrar los papeles.




Entrevista a José Álvarez Junco por Ramón Lobo, [eldiario, 4 de octubre de 2014]
En el nombre de..., José Álvarez Junco
Religión y violencia, José Álvarez Junco


¿Vienen del siglo XIX gran parte de los problemas que tenemos, tanto políticos como de identidad, o el origen es más antiguo?
Del XIX vienen algunos. Fue un siglo complicado en la historia de España pero no se puede decir que todos los problemas de la historia de España procedan del XIX. Muchos de ellos ya están resueltos. Creo que son más cercanos. En el XIX ocurre algo muy importante, que la monarquía española, que era una monarquía imperial, pierde su imperio. Pierde el 90% en el primer cuarto y el 10% restante al terminar el siglo, en el 98. España pasa de ser una de las primeras potencias mundiales a ser una de tercera, completamente irrelevante. No participa en ninguna guerra, en ninguna alianza, en nada importante internacionalmente en el XIX y en el XX, incluidas las dos guerras mundiales.
A eso se añade la inestabilidad política, las luchas entre absolutistas y liberales, el problema agrario, que viene de siglos anteriores: grandes latifundistas y millones de aparceros sin tierras. Se añade el problema educativo y el analfabetismo a unos niveles desconocidos en la Europa avanzada. En la Europa periférica no, pero en la Europa avanzada -Alemania, Francia, Inglaterra-, desde luego. Se añade el peso de la Iglesia como institución, un problema que sí viene del Antiguo Régimen.
Todas esas cuestiones se resuelven en el siglo XX. Esos problemas no persisten hoy, salvo la estructura territorial del Estado que es un asunto de finales del XIX, de los años noventa, con el surgimiento del catalanismo y el vasquismo y recorre todo el XX para resurgir al final del franquismo. Ese sí que es un problema actual que viene de la historia, pero no del XIX y mucho menos de la Edad Media, no tiene que ver con reinos medievales, procede más bien del franquismo.
Da la sensación de que el XIX es la lucha entre la España negra y la España de la luz, y que casi siempre ganó la España negra.
Sí, pero no es tan fácil. Ese es un cliché que elaboraron las dos partes, pero sobre todo la España liberal. Que la España liberal no era precisamente la España de la luz se demuestra en el hecho de que cuando tenía el poder, las muchedumbres se lanzaban a quemar iglesias y a matar curas, que no son actos propios de la luz. La España de la luz está representada por la Institución Libre de Enseñanza porque la Institución Libre de Enseñanza no hacía esas cosas y tampoco tuvo nunca el poder. Quizá lo tuvo en 1931 brevemente cuando hubo una serie de institucionistas en el gobierno. Pero fueron desbordados rápidamente.
¿Ha existido la tercera España?
Claro que ha existido, pero ha sido minoritaria.
La de Manuel Chaves Nogales, por ejemplo.
Sí, y de tantos otros. Se puede hablar de la tercera España en Ortega y Gasset, en Marañón, en los institucionistas. Gente muy importante, pero un grupo minoritario.
España es un país de trinchera: aquí o allá, con nosotros o contra nosotros.
Como tantos países incultos. No podemos creer que somos excepcionales. Como tantos países en los que no hay mucha educación. Sucede cuando en la escuela no te enseñan que tu verdad es tu verdad pero no La Verdad, y que el de al lado tiene otra verdad distinta a la tuya y que aunque sea distinta es respetable, y que a lo mejor harías bien escuchándole porque quizá aprendas algo de él. Eso no se lo enseñan a nadie en las escuelas, ni en las de derechas ni en las de izquierdas.
Somos un país que no escucha.
Claro que somos un país que no escucha. La mejor expresión que puede encontrar son las tertulias y los debates enloquecidos, de gritos y pasión, en televisión y radio, que son los que tienen las mayores audiencias. Ahí desde luego hay una cosa que no hace nadie, que es escuchar. ¡Nadie! Pero eso es porque no te lo han enseñado desde pequeño.
No aceptamos la posibilidad de que el otro tenga algo que aportar.
Incluso puedes aprender que tienes razón porque el otro está diciendo disparates que refuerzan tu posición. O resulta que lo que dice no es tan disparatado. Esto es un principio básico de la educación liberal, lo dice John Stuart Mill en ‘Sobre la libertad’, que es un libro que deberían aprenderse casi de memoria en las escuelas españolas. Aquí, por supuesto, nadie ha leído a John Stuart Mill. Hay algunos y algunas que se declaran liberales, como doña Esperanza Aguirre, pero, claro, ¡menuda liberal! Es una liberal en economía pero en política no parece que sea una persona que se caracterice por escuchar.
La derecha en este país es bastante retrógrada, salvando contadas excepciones. Y la izquierda aún es bastante sectaria.

martes, 15 de septiembre de 2015

Die Vergangenheit ist ein fremdes Land

The past is a foreign country: they do things differently there. 
L. P. Hartley
Die Vergangenheit ist ein fremdes Land; sie machen dort alles anders.

Entrevista a José Álvarez Junco por Emma Rodríguez, [Lecturas sumergidas, 30 de mayo de 2015]
Nación o Estado, José Álvarez Junco [El País, 14 de septiembre de 2015]
Parábola de la corrupción, José Álvarez Junco [El País, 15 de julio de 2015]
Stalin: el otro monstruo, José Álvarez Junco [El País, 7 de junio de 2015]



Hizo derecho por tradición familiar, pero la Historia se cruzó en su camino. Lo suyo no era convertirse en notario y registrador de la propiedad, como quería su padre. Fue la curiosidad por la política, por los derechos públicos, lo que llevó a José Álvarez Junco (Viella, Lérida, 1942) a desmarcarse de los deseos paternos, a reconocer los trazos de su carácter a la hora de dibujar su propio horizonte, los pliegues de un destino único e intransferible. Empezó la carrera de Políticas cuando corrían tiempos grises en España, tiempos de franquismo y cerrazón. En ese escenario, cada vez más comprometido en la lucha contra la dictadura, el joven estudiante emprendió viaje a Inglaterra a finalizar su formación.
Allí, leyendo un libro de Gerald Brenan, fue donde se enteró de que en España había habido anarquismo. A su regreso le propuso a José Antonio Maravall, su profesor favorito, junto con Luis Díez del Corral, hacer su tesis sobre la filosofía política del anarquismo español. Reconoce que entonces sabía muy poco de Historia, que lo que de verdad le atraía era ver cuáles eran las bases filosóficas que había detrás del anarquismo, analizar cómo era posible una sociedad sin autoridad… “Pero cuando terminé esa tesis me encargaron una asignatura, Historia de los movimientos sociales, y tuve que empezar a hacer Historia, a enseñar Historia, a ejercer como historiador”. [...], en el momento de esta entrevista estaba entregado a la labor de un próximo libro que será una recopilación de todos sus estudios sobre naciones y nacionalismos. Pero la conversación le obligó a hacer una parada y mirar hacia atrás, hacia los comienzos, hacia ese primer tramo del camino desde el que todo se construye. Ir hacia atrás para avanzar hacia adelante, para leer el ahora.
Empecemos por ese momento clave en su vida en el que toma la decisión de hacer una tesis doctoral sobre el anarquismo en plena etapa franquista. En esos momentos se trataba de algo absolutamente innovador, valiente. Sé que no fue del todo fácil llevarla a cabo…
No. No me resultó fácil porque me negaron una beca. Era lógico que el tema no gustara demasiado políticamente, pero la elección respondió a un ímpetu generacional. Entonces los historiadores y politólogos jóvenes estábamos interesados en el estudio del movimiento obrero. El marxismo era una influencia para todos, en mayor o menor medida. Yo, aunque no fui un marxista ortodoxo, también me dediqué a investigar la historia del movimiento obrero y también creí que el socialismo sucedería al capitalismo. Desde ahí, intentábamos hacer la otra historia de España, esa historia que no nos habían contado y que nosotros intentábamos reivindicar, cada cual acercándose a aquella parte que le resultaba más atrayente.
¿Cómo ve el Álvarez Junco de hoy al joven que fue?, ¿Qué recuerdos guarda de esa época, de la vida universitaria, de ese primer viaje a Inglaterra?
La vida universitaria de esos años, por supuesto, estaba dominada por la situación política, por el antifranquismo imperante, que contrastaba tanto con la vida del ciudadano normal. Eran como dos mundos: uno, el de la calle, muy reprimido y temeroso; y otro muy libre, audaz, [¡?!] con pintadas del tipo “Franco, asesino”. Eso resultaba muy atractivo, sin duda, aunque hiciera difícil que se desarrollaran cursos con normalidad. Yo me fui a Inglaterra a los 22 años, una decisión, en efecto, crucial en mi vida. Estuve un año en una ciudad de provincias (Bristol) y lo pasé mal, porque llegué con un nivel pésimo de inglés. Todo me resultaba extraño: la lengua, las comidas, la falta de sol, la forma de relacionarse de la gente. Pero aprendí mucho. Conocí una sociedad libre, donde la gente procuraba no molestar al de al lado, donde había elecciones, donde había viejitas empolvadas que iban a mítines de Harold Wilson y cantaban La Internacional. Fueron, además, mis primeras relaciones con chicas, mucho más libres, por supuesto, que en España. En fin, volví asombrado por lo que había vivido, y en cierto modo seducido por aquella sociedad
Y allí aguardaba Gerald Brenan. En este caso se puede confirmar que una lectura puede transformar la vida, iluminar el rumbo de los acontecimientos.
Sí. Leyendo El laberinto español de Gerald Brenan supe que en España había habido anarquismo y volví decidido a hacer mi tesis sobre eso. Como yo no era historiador, sino que estaba en la facultad de Políticas, y mi asignatura era Historia de las Ideas, o del pensamiento, político, pues hice un enfoque de filosofía política: la filosofía política del anarquismo español. Eso me llevó unos ocho años, del 66 al 74. Me leí todos los libros, folletos, periódicos, anarquistas que pude encontrar (al final, la mayoría en Amsterdam, en el Instituto de Historia Social, donde hay unos fondos inmensos del anarquismo español; estuve allí varias veces). Y, ante la cantidad de material, acabé cortando en 1910, sin poder llegar a la Guerra Civil, que era mi idea inicial. Me interesó mucho el tema, y me atrajo vitalmente, pero también llegué a la conclusión de que su creencia básica de que había una armonía natural que permitía proyectar una sociedad sin coacción de ningún tipo era demasiado ingenua.
Del joven estudiante pasamos a una larga etapa como catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Sociales en la Universidad Complutense. Una etapa que acabó hace poco más de un año y que se zanjó con un libro de homenaje dedicado por algunos de sus discípulos, Pueblo y Nación. ¿Se echan de menos las aulas? ¿Fue gratificante ese periodo dedicado a la enseñanza?
La enseñanza, ¿gratificante? Sí, desde luego. El contacto con los alumnos, con los buenos, con los que se interesan por lo que les dices, es apasionante. Pero enseñar a esa mayoría que está allí sólo por obligación [¡!] me gustaba menos. Ahora me alegro de no tener que hablar en público sino para gente que va a oírme porque les interesa. O sea, que no echo en falta las clases. En cuanto al ambiente universitario en sí, a mis contactos con los colegas, tampoco es grandioso en España. Hay poco ambiente de debate, de discusión de ideas nuevas, sobre lecturas recientes, etcétera, en la universidad española. Salvo excepciones, claro. Mi departamento, por ejemplo, el de Historia, en la facultad de Políticas de la Complutense, donde me acabo de jubilar, es francamente bueno.
Hoy, tal y como están las humanidades, seguramente habrá muchos padres que se llevarán las manos a la cabeza si un hijo o hija les dice que quiere dedicarse a la Historia. “¿Qué futuro puede tener eso en el mundo de hoy?”, puede que sea la pregunta, la reflexión inmediata. ¿Qué se les puede decir a esos padres?
Bueno. Entiendo que sea así, porque los padres están pensando en el bienestar de sus hijos y en que elijan una carrera que tenga futuro. Yo también soy padre y también he podido adoptar esas posiciones conservadoras en un momento dado y dar a mi hijo ese tipo de consejos. Evidentemente la sociedad en la que estamos no demanda historiadores. La salida del historiador ha sido siempre la enseñanza y hoy, en el sistema educativo actual, la presencia de la historia es muy reducida. ¡Qué le vamos a hacer! No podemos imponer a una sociedad que aprenda cosas en las que no está interesada.

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