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martes, 18 de febrero de 2025

Las otras vidas

martes, 19 de noviembre de 2013

la que ya no le importaba haber perdido



…la idea que hemos tenido formada por mucho tiempo de una persona nos tapa los oídos y nos nubla la vista
Marcel Proust, En busca del tiempo perdido 2


Seis años después de conocerla aún se conmovía cada vez que se acercaba a ella. Al mismo tiempo que la llamaba por segunda vez la vio venir desde las habitaciones del fondo. Supo instantáneamente que se encontraba de buen humor y que en el momento de besarse le ofrecería la boca, cosa que no ocurría siempre. Dejó en el suelo la cartera para poder abrazarla y al mirar tan de cerca sus facciones admirables se acordó de una de sus raras discusiones con ella. Blanca, irreflexivamente, en el calor de una disputa que también él había alentado, y de la que pasó semanas arrepintiéndose con obstinada amargura, lo acusó de conformarse con demasiado poco, de carecer, le dijo, "de la más mínima ambición". […]
Blanca siguió hablándole de un posible trabajo que él no acababa de entender en qué consistía, pero que le animó calurosamente a perseguir: pensaba, pero no era capaz de decírselo, que lo que Blanca necesitaba era preparar unas oposiciones de algo y conseguir una plaza fija. Tal vez que no hubiera hecho caso a la noticia sobre la exposición de Frida Khalo era un buen signo: ojalá cambiara, pero no mucho, sólo un poco, lo justo para no enclaustrarse con tanta frecuencia en el silencio y para no rechazar con hostilidad tajante la idea de tener un hijo. […]
Una cautela instintiva y un lacerante complejo de inferioridad le impedían manifestar sus opiniones: y muchas veces lo que le pasaba era que carecía por completo de una opinión, y que le era preciso improvisar una por miedo a que lo tomaran por un simple. Temía equivocarse y temía ofender, pero sobre todo mostrar como una evidencia que no estaba a la altura intelectual de los amigos de Blanca. […]
[Blanca] No sólo había inspirado deseos: también canciones, poemas, pinturas, incluso, se decía, alguna novela de éxito notable, cuyo manuscrito, dedicado por el autor, guardaba ella en su biblioteca, en un rincón especial, sobre su mesa de trabajo, junto a otros manuscritos, siempre dedicados, de libros de poemas, guiones de cine, colecciones de relatos y hasta partituras de canciones.[…]
Era probable que no hubiese tregua nunca: tendría que pasar cada hora y cada día del resto de su vida conquistándola, seduciéndola, vigilando con astucia y desvelo la aparición de cualquier peligro, de cualquier enemigo. No le importaba, desde luego, lo había sabido prácticamente desde que la conoció y si se paraba a pensarlo no lo había hecho del todo mal desde entonces. Él no tardó ni dos días en enamorarse de Blanca: que ella empezara poco a poco a corresponderle, que se deslizara, sin darse cuenta ni ella misma, de la simpatía y la gratitud hacia el amor, no fue el resultado del azar, ni de los mecanismos, ciegos de la pasión, sino la consecuencia lenta y merecida de la tenacidad de Mario, de su solicitud constante, de su ternura tan incondicional como la de un enfermero.[…]
Era que en todos los años de su vida sólo había estado enamorado de ella, de modo que su idea del amor le resultaba inseparable de la existencia de Blanca, y como había probado el amor y ya no sabía estar sin él y no imaginaba que se lo pudieran ofrecer otras mujeres, no le quedaba otro remedio para seguir viviendo que vivir siempre junto a ella, en las condiciones que fuesen

[Enamorado de un ideal- Encuentra a la mujer que se corresponde con ese perfil- La mujer real desconocida suplanta al ideal: ahí se produce el extrañamiento.]
En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina

Marino alzó los ojos del café y se volvió con disimulo hacia las mesas del fondo. Como ya había presentido, casi temido, la muchacha estaba allí, con sus labios sin pintar y su carpeta de colores vivos, haciendo sitio en la mesa para dejarla sobre ella, examinando el interior de un pequeño monedero de plástico, porque tal vez no estaba segura de poder pagarse un desayuno. Era tan joven que aún faltaban varios años para que en su rostro hubiera rasgos definitivos. La nariz, la boca, los pómulos, eran casi del todo infantiles, y también sus cortos dedos con las uñas mordidas, pero no el gesto con que se ponía el cigarrillo en los labios, ni la mirada, fija en la puerta del bar, casi vidriosa a veces. Dormía mal, desde luego, tenía ojeras y estaba muy pálida, sin duda madrugaba para llegar a tiempo al bar y mentía diciendo que las clases empezaban muy temprano, y era probable que ni siquiera fuese al instituto. Cómo imaginar ese rostro en una fila de bancas, junto a una ventana, atento a las explicaciones de alguien.

Llegaba uno o dos minutos después de las nueve y se sentaba siempre en la misma mesa. Él lo sabía y la esperaba, ya instalado en la barra, hojeando el periódico mientras tomaba el desayuno. La verdad es que ni siquiera tenía que pedirlo, y que eso le otorgaba una modesta certidumbre de estabilidad. Apenas cruzaba la puerta, el camarero ya se apresuraba a buscar el periódico del día para ofrecérselo y ponía en la cafetera un tazón de desayuno, saludándolo con una sonrisa de hospitalidad, casi de dulzura. Marino llevaba meses apareciendo a la misma hora en el bar y marchándose justo veinte minutos más tarde para volver a tiempo a la oficina, al reloj donde introducía una tarjeta plastificada con su foto oyendo un seco chasquido como de absolución, las nueve y media en punto. Decían los otros que el reloj era él, que tenía en su alma una puntualidad de cristal líquido.

De nueve a nueve y media las dimensiones del mundo se ceñían al camino entre la oficina y el bar. Habitar ese tiempo era tan confortable como ser ciudadano de uno de esos principados centroeuropeos que tienen el tamaño de una aldea en la que todos se conocen y donde no hay pobreza ni Ejército, sino tranquilos bancos con cuentas numeradas. Un país de aduanas benévolas: bastaba introducir la tarjeta magnética en la ranura del reloj para cruzar su frontera, y luego bajar a la calle y cruzar una plaza donde había árboles y un jardín con una fuente mediocre. Marino sabía exactamente a quién iba a ver en cada esquina y quién estaría ya en el bar cuando él entrara, empleados furtivos, señoras de cierta edad que mojaban con reverencia sus croissants en altos vasos de leche con cacao. Se trataba de gente tan familiar como desconocida, porque Marino no se la encontraba nunca en otros lugares de la ciudad, como si todos, también él, agotaran su existencia en la media hora del desayuno.

A aquel país casi nunca iban extranjeros. Y si llegaba alguno era difícil que los habituales lo notaran, ensimismados en la costumbre de saberse pocos e ignorados, tal vez felices. Por eso él tardó algunos días en advertir la presencia de la muchacha. Cuando la vio fue como si concluyera un lento proceso de saturación, semejante a ese goteo de un líquido incoloro en un vaso de agua al que de pronto añade un tono rojizo o azul que ni siquiera se insinuó hasta el instante en que aparece. Se fijó en ella un día sin sorpresa ninguna y tardó menos de diez minutos en enamorarse. Veinte minutos después, en la oficina, ya la había olvidado. Le hizo falta verla a la mañana siguiente para reconocer en sí mismo la dosis justa y letal de desgracia, la sensación de no ser joven y de haber perdido algo, una felicidad o plenitud de las que nada sabía, una noticia fugaz sobre un país adonde no iría nunca.

Sentado ante la barra, de espaldas a la puerta, Marino la sentía pasar a su lado, caminando hacia el fondo, tan indudable como un golpe de viento o como el curso de un río. El verano se había adelantado y todo el mundo llevaba camisas de manga corta, menos ella. El hombre a quien esperaba también parecía indiferente al calor. Vestía un traje marrón, de chaqueta ceñida y pantalón ligeramente acampanado, llevaba siempre chaqueta y corbata (de nudo grueso y unas gafas de sol, incluso en las mañanas nubladas. Ella lo esperaba ávidamente cada segundo que tardaba en llegar. Se notaba que esperándolo no había dormido y que cuando iba hacia el bar la impulsaba el desesperado deseo de encontrarse allí con él, pero el hombre nunca llegaba antes que ella. La impuntualidad, la indiferencia, eran los privilegios de su hombría.

En el curso de dos o tres desayunos Marino calculó la historia completa. El hombre tendría treinta y cinco o cuarenta años y la trataba con una frialdad exagerada o dictada por el disimulo. Estaba casado, en el dedo anular de la mano izquierda Marino había visto su anillo. Tendría hijos no mucho más jóvenes que ella, acaso un pequeño negocio no demasiado próspero, una boutique en los suburbios o un taller de aparatos de radio, y se iría a abrirlo en cuanto la dejara a ella en la parada de algún autobús, aliviado, un poco clandestino, permitiéndose una discreta sensación de libertad y de halago: quién a su edad no desea un asunto con una muchacha como ésa, quién lo obtiene.

Él le traía regalos. Paquetes pequeños, sobres con anillos baratos, suponía Marino, cosas así. Objetos fáciles de disimular que el tipo sacaba del bolsillo y deslizaba sobre la mesa con la mano cerrada y que desaparecían en seguida en el bolso o en la carpeta de la muchacha, como si nada más verse cada mañana se entretuvieran en un juego infantil. Marino los espiaba de soslayo pensando con suficiencia y envidia en la estupidez del amor. Algunas veces no se quedaban en el bar ni diez minutos. Una mañana, el hombre ni siquiera entró, Marino vio que la chica levantaba bruscamente los ojos agrandados y enrojecidos por el insomnio hacia la puerta de cristal. El hombre estaba parado en la calle, con las manos en los bolsillos, las gafas oscuras, la corbata floja, como si también él hubiera pasado una mala noche, y cuando supo que ella lo había visto le hizo una señal. Como una sonámbula la chica se puso en pie, recogió su carpeta y su paquete de cigarrillos rubios y salió tras él.

-Otra vez se me ha ido sin pagar -le dijo el camarero.

-La invito yo -Marino a veces tenía inútiles arrebatos de audacia.

-No sabía que la conociera -el camarero lo miraba con una sospecha de reprobación.

-Ella tampoco lo sabe.

-Allá usted.

Marino, que padecía una ilimitada capacidad de vergüenza, pagó los cafés y se arrepintió instantáneamente, pero ya era tarde, siempre lo era cuando decidía hacer o no hacer algo, y ese día terminó de desayunar diez minutos antes de lo acostumbrado, y fichó de regreso en el reloj de la oficina a las nueve y veinticinco, hecho que no dejaron de anotar con agrado sus superiores inmediatos, y que a fin de mes debía suponerle un incremento casi imperceptible en su nómina. De igual modo, si al volver se retrasaba un solo minuto el ordenador le descontaba una mínima parte proporcional de su sueldo, y lo peor no era el perjuicio económico, difícil de advertir en una paga ya tan baja, sino el oprobio de saber que las impuntualidades más sutiles quedaban automáticamente registradas en su ficha personal. Por eso Marino prefería salir a desayunar con unos segundos de retraso, y volver con un margen de tranquilidad más amplio, un minuto o dos, y cuando daban las nueve treinta él ya estaba sentado en su mesa, ante su máquina de escribir, chupando un pequeño caramelo de menta, porque ya no fumaba, o sacándole punta a un lápiz hasta volverlo tan agudo como un bisturí. En la oficina había quien le llamaba en voz baja esquirol.

Marino pasó tres días sin atreverse a desayunar en el sitio de siempre. Se avergonzaba, casi enrojecía al recordar la cara con que lo había mirado el camarero cuando le pagó los cafés. Le había sonreído, pensaba, como adivinándole un vicio secreto, sin duda lo tomaba por uno de esos hombres maduros y sombríos que se apostan tras las tapias de los colegios de niñas. Esas cosas eran increíbles, pero ocurrían, Marino leía de vez en cuando sobre ellas en las crónicas de sucesos y en una revista de divulgación sanitaria a la que estaba suscrito.

Y también era espantosamente posible que el camarero, sin malicia, le hubiera hablado de él a la muchacha, lo cual crearía una situación singularmente vidriosa para todos, seguro que ella sospechaba algo y se burlaba, y el hombre podía tomar a Marino por un competidor, uno de esos espías famélicos del amor de los otros. De qué le sirve a uno forjarse una vida respetable, obtener un puesto de trabajo para siempre y cumplir sus horarios y sus obligaciones con fidelidad impoluta, si un solo gesto, si un antojo irreflexivo lo puede arrojar a la intemperie del descrédito. Durante tres días, provisionalmente desterrado de su bar de costumbre, Marino sobrevivió entre nueve y media a un desorden semejante al que provocan las riadas. Tardó más tiempo del debido en encontrar otra cafetería. El aire olía turbiamente a tabaco y a orines, el suelo estaba sucio de serrín, el café era lamentable, los croissants añejos, el público desconocido, los camareros hostiles. Así que volvió a la oficina con dolor de estómago y con tres minutos de retraso, y a la mañana siguiente cambió de bar, pero fue inútil, y el tercer día ni siquiera desayunó, sumido ya en el abandono enfermizo de la melancolía, como quien renuncia a toda disciplina y se entrega a la bebida. Pasó la aciaga media hora de su libertad dando vueltas por las calles próximas a la oficina, examinando desde fuera bares desconocidos, como un mendigo que si se atreve a entrar será expulsado, mirando rostros de muchachas apresuradas que salían de los portales con carpetas de colores vivos asidas contra el pecho, sin verla nunca a ella, sin darse cuenta exacta de que la estaba buscando. A las diez y diecinueve minutos, después de subrayar con tinta roja el título de un expediente, decidió que se rendía a una doble evidencia: estaba enamorado, no había en la ciudad otro café como el que le daban en su bar de siempre.

Al día siguiente lo despertó la excitación del regreso, igual que cuando era más joven y no lo dejaba dormir la proximidad de un viaje. A las ocho menos tres minutos ya estaba en la oficina, antes que nadie, no como esos bohemios que aparecían jadeando y sin lavar a las ocho y cinco, mintiendo indisposiciones y disculpas. Marino los miraba con profunda piedad, con el alivio de no ser como ellos, y seguía afilando las puntas de sus lápices. Aquella mañana partió varias, si bien el prestigio menor que le había ganado su pericia en esa tarea se mantuvo inalterable, pues nadie se dio cuenta. Marino reprobaba el sacapuntas y usaba siempre, con delicado anacronismo, una cuchilla de afeitar.

A las ocho cincuenta y siete, contra su costumbre, ya se había puesto la chaqueta y cerrado con llave el cajón de su escritorio donde guardaba los lápices y la cuchilla, así como varías gomas de borrar tinta y lápiz y un muestrario de grapas de diversos tamaños. A y cincuenta y nueve ya estaba al acecho frente al reloj digital de la oficina con su tarjeta perforada en la mano, esperando el instante justo en que aparecieran en la pantalla las nueve cero cero. Cuando vio por fin el deseado temblor rojizo de los números introdujo la tarjeta en la ranura con la misma gallarda exactitud con que hinca un torero las banderillas en la cerviz del animal. Pero Marino estaba enamorado y le era indiferente hasta su propia perfección.
La muchacha ya estaba en el bar, dulce patria recobrada que desplegó ante Marino sus mejores atributos, sus banderas más íntimas, su tal vez inmerecida clemencia. El camarero, en cuyo rostro no pudo descubrir Marino la más lejana seña de reprobación, se apresuró a servirle el café exactamente como a él le gustaba, muy corto, con la leche muy caliente, con una última gota de leche fría, y en cuanto a la tostada, nunca la había probado él más en su punto. Pero todo se volvió súbitamente inútil, porque el amor, como en la adolescencia, le había quitado el apetito.

La muchacha estaba sola en el bar y lo miraba. Sentada en su mesa de siempre, bebiendo con desgana su café, fumando, tan temprano, manchando circularmente con la taza las hojas de apuntes de su carpeta escolar. Más pálida y despeinada que nunca, con un sucio y ceñido pantalón de raso amarillo y un basto jersey del que sobresalían con descuido los faldones de una camisa que debía pertenecer a un hombre mucho más alto que ella, el hombre que esa mañana ya no aparecería, el infiel. El pelo liso y descuidado le tapaba los ojos. Se mordía un mechón con sus agrietados labios rosa, extraviada en la inmóvil desesperación, en la soledad y el insomnio.

Cada vez que aparecía la silueta de alguien tras las cristaleras del bar la muchacha se erguía como si recobrara por un instante la conciencia. En realidad no había mirado a Marino, no parecía que pudiera mirar nada ni a nadie, tan sólo despertaban por un instante sus pupilas para permitirle comprobar de nuevo que quien ella esperaba ya no iba a venir. A las nueve y veinte se marchó. Olía casi intangiblemente a sudor tibio cuando pasó junto a Marino, que sólo se atrevió a volverse hacia ella cuando ya no pudo verla.

-Tengo una hija -le dijo amargamente el camarero-. Me da miedo que crezca. Ve uno tantas cosas.

Marino asintió con fervor. Merecer las confidencias del camarero, un desconocido, lo emocionaba intensamente, mucho más que el amor, sentimiento que ignoraba en gran parte.

Por la noche, hacia las diez, cuando volvía de un cursillo nocturno, vio desde el autobús a un hombre que le resultaba conocido. Antes de que su memoria terminara de reconocerlo ya lo había identificado el rencor. Caminaba solo, con las manos en los bolsillos y la chaqueta abierta, y la punta de su corbata sobresalía casi obscenamente bajo el chaleco marrón. Desde hacía años nadie que tuviera un poco de decencia llevaba tan largas las patillas. Marino, sobresaltado, buscó en la acera a la muchacha y al principio obtuvo la decepción y el alivio de no verla. El hombre quedó atrás, pero luego el autobús se detuvo en un semáforo y los mismos rostros que Marino había visto un minuto antes se repitieron sucesivamente, como si el tiempo retrocediera al pasado inmediato, sensación que con frecuencia inquietaba a Marino cuando iba en autobús.

Ahora sí que la vio. Caminaba tras él, vestida exactamente igual que por la mañana, con los faldones arrugados de la camisa cubriéndole los muslos, con la carpeta entre los brazos, más fatigada y pálida, más obstinada en la desesperación, como si no hubiera dejado de seguir al hombre y de buscarlo inútilmente desde las ocho de la mañana, despeinada, sonámbula bajo las luces de la noche, invulnerable a toda tregua o rendición. El hombre ni siquiera se volvía para mirarla o esperarla, tan seguro de su lealtad como de la de un perro maltratado, ajeno a ella, a todo. Se abrió el semáforo y Marino ya no los vio más.

-Ahí la tiene usted -le dijo a la mañana siguiente el camarero, señalándola sin disimulo-. Lleva media hora esperando. Alguien debería avisarle a su padre.

-Si lo tiene -dijo Marino. Imaginarla huérfana exageraba un poco turbiamente su amor.

-Asco de vida -sin que Marino lo pidiera, el camarero le entregó el periódico, doblado todavía, intacto. Estaba abriéndolo cuando un gesto de la muchacha lo estremeció de cobardía. Se había levantado y pareció mirarlo y caminar hacia él, llevando algo en la mano, un monedero o un estuche de lápices. Pero cuando llegó a la barra y se acodó en ella ya no lo miraba. Bajo el pelo, en los pómulos y en la frente, le brillaban gotas de sudor como pequeñas y fugaces cuentas de vidrio. Por primera vez Marino escuchó su voz cuando le pedía con urgencia un vaso de agua al camarero, tamborileando nerviosamente sobre el mármol con sus cortos dedos de uñas mordidas y pintadas. Ni su voz ni sus pupilas parecían pertenecerle: tal vez serían suyas muchos años más tarde, cuando no hubiera nada en su vida que no fuera irreparable.

Algunas cosas lo eran ya, temió Marino, viéndola ir hacia el lavabo: la soledad y el miedo, el insomnio. Sin duda el hombre del traje marrón había decidido no volver, se había disculpado ante ella con previsible cobardía y mentira, digno padre de nuevo, esposo arrepentido y culpable. Engañada, pensó Marino contemplando el breve pasillo que conducía a los lavabos, envilecida, abandonada. Llorando con las piernas abiertas en el retrete de un bar, temiendo acaso que no hubieran bastado, para ocultarlo todo, el sigilo y las diminutas píldoras blancas numeradas por días, como las lunas sucesivas de los calendarios. Eran las nueve y dieciséis y la muchacha aún no había salido. Haciendo como que leía el periódico, para evitar en el camarero cualquier sospecha de ingratitud, Marino vaticinó: «Cuando salga se habrá pintado los ojos y ya no llorará y será como si hubieran pasado cinco años y lo recordará todo desde muy lejos».

A las nueve y veintiuno el camarero ya no reparaba en Marino, porque la barra se había llenado de gente, y la única mesa que quedaba vacía era la de la chica abandonada: una carpeta rosa con fotografías de cantantes y actores de televisión, una taza de café, un cenicero con una sola colilla en la que Marino creía distinguir huellas de lápiz de labios. Pero a Marino el amor también le borraba los detalles y era posible que la chica no se pintara los labios. Para distraer su impaciencia imaginaba secretas obligaciones femeninas, el ácido, el escondido olor de celulosa adherida a las ingles. Era como estar espiando algo que no debía tras una puerta entornada, como oler su pelo o su jersey sin que ella lo supiera.
Pero nunca salía y el tiempo se desgranaba en la conciencia de Marino con el vertiginoso parpadeo con que se transfiguraban los números de los segundos en el reloj donde debía fichar al cabo de seis minutos, porque ya eran las nueve y veinticuatro, y aún debía pagar su desayuno y doblar el periódico y cruzar la plaza hasta el portal de su oficina y subir a ella en el ascensor, todo lo cual, en el mejor de los casos, y si se iba ahora mismo, le ocuparía más de cinco minutos, plazo arriesgado, pero ya imposible, porque el camarero, agobiado por el público, no le hacía ningún caso, y él no tenía suelto ni se atrevía a marcharse sin pagar el desayuno, y quién sabe si cuando a las y veintisiete llegara al portal no estaría bloqueado el ascensor, desgracia que le ocurría con alguna frecuencia.

El pasillo oscuro de los lavabos era como un reloj sin agujas. Marino calculó que la chica llevaba encerrada más de veinte minutos. En su trato con las fracciones menores de tiempo la gente suele actuar con una ciega inconsciencia. Armándose de audacia, Marino decidió que tenía ganas de orinar. A las nueve y veintiséis podría estar en la calle. Como última precaución observó al camarero: hablaba a voces con alguien mientras limpiaba la barra con un paño húmedo, y, de cualquier modo, nadie podría desconfiar del comportamiento de Marino; cualquiera puede bajar de su taburete y caminar hacia el lavabo.

Hacía al menos diez años que no le latía tan fieramente el corazón, que no notaba en el estómago ese vacío de náusea. En la puerta del lavabo de mujeres había una silueta de japonesa con paraguas. Estaba entornada y se oía tras ella el agua del depósito. Eran las nueve y veintisiete y Marino ya no tuvo coraje para seguir simulando. Como quien se arroja a la indignidad y al vicio la empujó. Notó con desesperación una resistencia obstinada e inerte. Junto al bidé, en el suelo, sin entrar todavía, vio una mano extendida hacia arriba, desarbolada como un pájaro muerto.

Se ha desmayado, pensó Marino, como si oyera esas palabras en una pesadilla, y siguió empujando hasta que su cuerpo fue atrapado entre la puerta y el dintel, y, ya ahogado por la desdicha, sintió que iban a sorprenderlo y que perdería el trabajo y que nunca más introduciría su tarjeta de plástico a la hora exacta en la ranura del reloj. Sólo a la mañana siguiente, al leer el periódico -no en el bar, adonde nunca volvería- pudo entender lo que estaba viendo. La cara de la muchacha era tan blanca y fría como la loza del bidé, y también su brazo desnudo que tenía una mancha morada un poco más oscura que la de los labios contraídos sobre las encías. En sus ojos abiertos brillaba la luz de la sucia bombilla como en un vidrio escarchado. Yacía doblada contra el suelo en una postura imposible, y parecía que en el último instante hubiera querido contener una hemorragia, porque tenía un largo pañuelo con dibujos atado al antebrazo.
Antes de salir Marino pisó algo, una cosa de plástico que crujió bajo su pie derecho reventando como una sanguijuela.

Temblando cruzó el bar. Nadie se fijo en él, nadie vio las rojas pisadas que iba dejando tras de sí. A las nueve y treinta y dos introdujo su tarjeta magnética en el reloj de la oficina. Mucho más tarde, como en sueños, subió hasta él el sonido de una sirena de la Policía o del hospital, hendiendo amortiguadamente el aire cálido, el rumor de los acondicionadores y de las máquinas de escribir.
La poseída, Antonio Muñoz Molina


"Yo creía entonces, en esos años en los que aún no te conocía, que la tarea de la literatura era inventar formas perfectas hechas de simetrías y de resonancias que dieran a la experiencia del mundo un orden y un significado del que de otro modo carecía. [...]
Muy poco a poco, en otra vida futura, me fui dando cuenta de que la belleza, la armonía, la simetría, son propiedades o consecuencias espontáneas de los procesos naturales, que existen sin necesidad de una inteligencia que las vaya organizando, igual que la selección natural actúa sin una dirección ni una finalidad, y desde luego sin un Ser Supremo que determine de antemano sus leyes. [...] A lo más que puede aspirar lo inventado no es a mejorar mediante la ficción la materia amorfa de los hechos reales sino a imitar lo que mirado con atención es su orden impremeditado y sin embargo riguroso, a convertirse en una maqueta de sus formas, en un modelo a escala de sus procesos. Dice Emily Dickinson en una carta: "La naturaleza es una casa encantada; el arte es una casa que quiere ser encantada"."
Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina


viernes, 26 de julio de 2013

Lecciones valiosas para la supervivencia

Escribir un cuento es seguir una pista, más con la intuición que con la conciencia o la voluntad, como sigue un perro un rastro con el hocico pegado a la tierra, cada vez más excitado por algo que solo él percibe. El perro no mira a lo lejos: huele muy cerca, avanza a impulsos rápidos, cambiando de dirección, respirando muy fuerte, ajeno a todo lo que no sea su búsqueda.
Rejuvenece escribir cuentos, después de no haberlo hecho en tanto tiempo. El cuento es un sueño solo parcialmente controlado. Yo tenía una idea antigua y me puse a trabajar en ella, para que ese libro que vuelve a salir ahora, Nada del otro mundo, fuese algo más que una reedición. Se lo había prometido a mi editora. Un cuento de diez o quince páginas, veinte como máximo, imaginaba. Me puse a escribir y los pormenores inesperados afluían sin que yo supiera cómo controlarlos. Esa idea antigua, el científico que trabaja en un laboratorio del sueño. A las cuarenta páginas la historia había avanzado mucho pero el final no estaba cerca. Me detuve una noche en el principio de una conversación, un hombre que le cuenta a otro algo en el bar de un hotel de Bruselas. En ese hotel tuve yo una larga conversación hace casi cinco años con mi hijo Antonio, que había pasado en Bruselas unos meses con una beca de la Comisión Europea. La historia no tenía que ver con aquel viaje ni con aquella conversación, pero las imágenes de entonces proveían el escenario, un cierto tono de confidencia. Antonio y yo caminando y conversando por Bruselas a lo largo de varios días, visitando un museo en el que nos hechizaron sobre todo los cuadros de René Magritte.
Pero la historia ya no cabía en los límites aceptables para completar un libro. Me acosté con jetlag y no podía dormir. Y entonces surgió otra historia, no sé de dónde, en parte del recuerdo y en parte de la imaginación, dos niños que se cuentan al oído historias de miedo en una escuela a mediados de los años sesenta, dos primos. Yo no soy ninguno de los dos: la historia viene del mundo en el que yo crecí pero no de mi propia vida. Era como ver algo objetivamente, en lo que ni mi voluntad ni mi experiencia directa intervenían. Vi una trama posible. Lo vi todo, con todos los detalles, en mi sueño despierto, en mi largo insomnio sin angustia.
Empecé a escribir al día siguiente, sin urgencia, dejándome llevar, quizás de nuevo alarmado por la abundancia de pormenores nuevos que surgían del acto de la escritura misma. Pero este cuento, de trama tan suscinta, resultó que tampoco iba a ser exactamente breve. Una cosa lleva a la otra. Un personaje habla y hay que dejarlo que se explique. Una imagen lleva a otra, y a otra.
En el cuento no hace falta la fortaleza para la larga distancia que exige la novela; no hay tiempo para desalentarse; el final está alentadoramente cerca; el primer impulso no llega a extinguirse. El cuento es una casa prestada en la que se vive una noche, unos pocos días; una ciudad de la que uno se marcha demasiado pronto como para convertirse en residente.
En la novela se gana por puntos, dice Julio Cortázar: en el cuento hay que ganar por K.O.
Escribir cuentos, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 24 de agosto de 2011]
Mañana estará en las librerías la nueva edición de Nada del otro mundo, con dos cuentos añadidos, uno que se publicó en el periódico hace bastantes años, Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad, otro inédito que escribí este verano, en un largo rapto de inspiración y laboriosidad, El miedo de los niños. El libro abarca casi mi vida entera de escritor. El primer cuento, El hombre sombra, lo escribí en Granada, en 1983, cuando era funcionario municipal y me presentaba a toda clase de concursos literarios, sin ningún resultado. El último creo que es el que más me gusta de todos. Surgió en mi imaginación casi como un sueño, sin que mi voluntad interviniera demasiado. Me desvelaba inventando detalles que tenían una claridad de recuerdos parcialmente ficticios; recuerdos de alguien cercano a mí pero que no era yo. En algunos momentos se me contagiaba el escalofrío de las cosas que estaba contando.
Al cuento le viene bien la punzada de lo fantástico, la penumbra del miedo. En los cuentos me ha salido con naturalidad algo que me cuesta más en las novelas, que es escribir sobre el tiempo mismo de ahora. Ahora tengo otro entre manos, pero va creciendo demasiado y yo no sé interrumpirlo, y quizás se convertirá en una novela corta. La novela corta me ha parecido siempre la forma perfecta, el tamaño exacto de duración e intensidad. Pero el formato de una historia no depende de uno. Se aparece, como se aparece un poema.
Miguel ha hecho una portada muy buena para esta edición: como una portada de novelilla barata de miedo, de las que veíamos antes en los kioscos; el miedo tan poético de las películas de serie B, el de las historias que nos contábamos en cuanto caía la noche los niños antiguos.
Cuentos de miedo, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 17 de octubre de 2011]

Contamos y escuchamos historias de ficción no para escapar del tedio de la vida real sino por la necesidad instintiva de comprenderla y ordenarla. La placentera evasión que nos procura una buena historia tiene siempre un camino de vuelta, aunque no siempre seamos conscientes de haberlo recorrido. La ficción es muy anterior a la literatura y mucho más universal y más importante que ella. Narradores extraordinarios no han escrito nunca. A lo largo de la mayor parte de la historia humana, ni siquiera han sabido que existía la escritura, ni la han necesitado. La escritura tiene unos cinco mil años, y su fin primordial no fue la transmisión de historias, sino el registro de bienes almacenados y de transacciones comerciales. Los mismos comerciantes que desde hace muchos millares de años llevaban de un lado a otro conchas perforadas, puntas de flechas de pedernal, bloques de lapislázuli o de ámbar, llevarían también consigo historias escuchadas o vividas en territorios lejanos que tendrían siempre una parte de maravilla y otra de familiaridad. Hace unos años, en una exposición sobre la Ruta de la Seda en el Museo de Historia Natural de Nueva York, había una sala en la que podían olerse las especias y los perfumes que transportaban las caravanas, y junto a ella otra en la que se escuchaban historias que llegaron a Occidente de la India y de China siguiendo los mismos caminos: fábulas de animales, leyendas de criaturas y viajes fantásticos. En las novelas del ciclo de los Snopes, Faulkner inventa un personaje que es al mismo tiempo narrador ambulante y vendedor y mecánico de máquinas de coser, V. C. Ratliff. Las vidas de las familias campesinas están muy poco comunicadas entre sí: es Ratliff, en su viejo Ford T, quien va de un lado a otro diseminando los relatos que fortalecen la comunidad gracias a una malla de hilos narrativos. Hace muchos años que no leo Cien años de soledad, pero los dos personajes de los que tengo un recuerdo más claro son narradores ambulantes, buhoneros de mercancías y de historias: el gitano Melquíades y Francisco el Hombre, que tiene uno de los nombres más formidables de la literatura del siglo XX en español, junto al Pepe el Romano de García Lorca.

Las grandes historias no son muchas, y tienen siempre algo de la sólida simplicidad de las mejores herramientas, a las que el tiempo y el uso desgastan mejorándolas, como mejoran los años los rasgos firmes de una cara. Las grandes historias permanecen idénticas a sí mismas por muchas veces que se cuenten y son distintas y originales en cada narración, igual que las grandes canciones. Muchas son inmemoriales: muy pocas han nacido de la imaginación exclusiva de un escritor y han cobrado vida más allá de los libros en las que fueron contadas por primera vez. La historia de don Quijote y Sancho, la del Humbert Humbert y la nínfula vulnerada Lolita, la de la Ballena Blanca y el capitán Ahab. No sé si hay alguna más. No hay muchas más El armazón de lo primitivo sostiene la mayor parte de las mejores narraciones modernas, sean de la novela, del cine, del teatro, de la ópera. El Narrador de Proust, el Hans Castorp de Thomas Mann, el Parsifal y el Sigfried de Wagner, el Nick Carraway de Scott Fitzgerald, el Fabrice del Dongo de Stendhal, son variaciones del joven Telémaco que abandona la protección de su madre y de su isla para aprender las lecciones fundamentales de la vida. La intrépida Jane Eyre es tan la Cenicienta como la Pretty Woman de Julia Roberts o aquellas "reinas por un día" que hacían llorar a nuestras madres y a nuestras vecinas en los remotos concursos de la televisión en blanco y negro.
Pero no creo que haya una historia más primitiva, más angustiosa, más idéntica siempre a sí misma que la de los niños perdidos que sucumben al engaño de un adulto tenebroso, o de un adulto digno de toda confianza que de repente se transforma en un monstruo. Escribo esto y me acuerdo de los cuentos que escuchábamos los niños y los que nos contábamos entre nosotros y también de ese motivo simple e hipnótico de Peer Gynt que silba Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf. La niña sola, que juega en la calle, a la que se le acerca el desconocido, tímido y amable, casi necesitado, en un tenebrismo de ángulos de cámara expresionistas, en una de esas ciudades abstractas que en otros tiempos se reconstruían en los estudios de cine. Una teoría científica es el destilado de una serie suficiente de observaciones y experimentos; en una ficción duradera cristalizan en un solo relato muchas experiencias diversas que tienen una médula común. No hay cultura en la que no existan ficciones porque en la ficción se concentran lecciones valiosas para la supervivencia, igual que en un friso de animales prehistóricos pintados en una cueva se concentran siglos, milenios de observación imprescindible de los animales de los que depende la existencia colectiva. El cuento del niño o de los niños perdidos, del adulto familiar y repentinamente monstruoso, del desconocido que va de paso y ofrece un regalo, es la alarma universal ante un peligro que nunca ha cesado; es el saber heredado de la experiencia que los niños se transmiten entre sí con más eficacia que cuando las historias de miedo se las cuentan los padres.

En España, en Torrelaguna, dos niños aceptan la invitación de un desconocido a subir a su coche. Como en tantos cuentos, son dos hermanos, un niño y una niña. El desconocido arranca y se aleja por caminos perdidos, y acaba aprisionando a los dos hermanos en un pozo seco. La oscuridad, el desamparo, el hambre, el frío, el terror, el frágil consuelo de abrazarse, son inmemoriales: también pertenecen a una crónica de periódico que se publicó no hace ni un mes. En Nueva York, en un vecindario de Brooklyn habitado sobre todo por judíos ultraortodoxos, un niño de nueve años consigue que sus padres le permitan emprender una modesta aventura, en la que ya está el germen del viaje de Telémaco: porque está impaciente por sentir que ya ha crecido los padres no lo esperarán junto a la parada del autobús que lo trae de sus tareas escolares veraniegas, sino en la puerta de casa, muy cerca, a una distancia de siete manzanas, en un barrio donde todo el mundo se conoce. El bosque de los cuentos es la metáfora de la facilidad con que pueden perderse los niños apenas se separan de la mano de sus padres: los árboles amenazadores son las altas piernas de los extraños. En la distancia de siete manzanas el niño que nunca había vuelto solo a casa le pidió ayuda a un adulto que debería de ofrecerle un aspecto afable. Solo hay un paso entre la casualidad y el terror. El adulto amistoso le sonríe al niño y le ofrece llevarlo a casa en su coche y lo que ocurre después valdría más no poder imaginarlo. Que hay monstruos y pozos y castillos de irás y no volverás es una lección que los cuentos llevan milenios enseñándonos.

El miedo de los niños, Antonio Muñoz Molina [El País, 30 de julio de 2011]
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