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viernes, 16 de octubre de 2015

Todo el mundo conoce a una mala mujer

 
Hízome regalar y servir los días que allí estuve con toda la puntualidad posible. En este tiempo anduve haciendo mi cuenta, dando trazas en mi vida, qué haría o cómo viviría. Y al fin de todas ellas vence la vanidad. Comencé mi negocio por galas y más galas. Hice dos diferentes vestidos de calza entera, muy gallardos. Otro saqué llano para remudar, pareciéndome que con aquello, si comprase un caballo, que quien así me viera, y con un par de criados, fácilmente me compraría las joyas que llevaba. Púselo por obra. Comencé a pavonear y gastar largo. La huéspeda no era corta, sino gentil cortesana. Dábame cañas a las manos en cuanto era mi gusto.
Aconteció que, como frecuentasen mi visita muchas de sus amigas, una dellas trujo en su compañía una muchachuela de muy buena gracia, hermosa como un ángel y, con ser tan por estremo hermosa, era mucho más vellosa. Hícele el amor; mostróse arisca. Dádivas ablandan peñas. Cuanto más la regalé, tanto más iba mostrándoseme blanda, hasta venir en todo mi deseo. Continué su amistad algunos días, en los cuales nunca cesó, como si fuera gotera, de pedir, pelar y repelar cuanto más pudo, tan sutil y diestramente cual si fuera mujer madrigada, muy cursada y curtida; empero bastábale la dotrina de su madre. Pidióme una vez que le comprase un manteo de damasco carmesí, que vendía un corredor a la Puerta del Sol, con muchos abollados y pasamanos de oro, y no querían por él menos de mil reales. Pareciéndome aquello una excesiva libertad (porque, aunque me tenía un poco picado, no lo había hecho tan mal con ella que ya no le hubiese dado más de otros cien escudos y que, si así me fuese dejando cargar a su paso, en tres boladas no quedara bolo enhiesto), no se lo di. Enojóse: no se me dio nada. Sintióse: dime por no entendido. Indignáronse madre y hija: callé a todo, hasta ver en qué paraba. No me vinieron a visitar ni yo las envié a llamar. Entraron en consejo con mi huéspeda, que fueron todas el lobo y la vulpeja y tres al mohíno.
Veis aquí, cuando a mediodía estaba comiendo muy sin cuidado de cosa que me lo pudiera dar, donde veo entrar por mi aposento un alguacil de corte. «¡Ah cuerpo de tal! Aquí morirá Sansón y cuantos con él son. Mi fin es llegado», dije. Levantéme alborotado de la mesa y el alguacil me dijo:
-Sosiéguese Vuestra Merced, que no es por ladrón.
-«Antes no creo que puede ser por otra cosa» -dije entre mí-. ¿Ladrón dijistes? Creí que lo decía por donaire y por esa causa quería prenderme.
Turbéme de modo, que ni acertaba con palabra ni sabía si huir, si estarme quedo. Teníanme tomada la puerta los corchetes, la ventana era pequeña y alta de la calle. No pudiera con tanta facilidad arronjarme por ella, que primero no me cogieran y, cuando pudiera escapar de sus manos, me matara. Últimamente, con toda mi turbación, como pude le pregunté qué mandaba. Él, con la boca llena de risa y muy sin el cuidado que yo estaba, metiendo la mano en el pecho sacó dél un mandamiento en que me mandaban prender los alcaldes por lo que ni comí ni bebí.
«Por estrupo» -diréis-. «Válgate la maldición por hembra, y a mí, si sé lo que te pides y no mientes como cien mil diablos.» Juréle ser falsedad y testimonio. El alguacil, riéndose, me dijo que así lo creía; empero que no podía exceder del mandamiento ni soltarme. Que tomase la capa y me fuese con él a la cárcel. Vime desbaratado. Yo tenía los baúles cuales ya podrás imaginar. Mis criados no eran conocidos. Estaba en posada, donde me habían hecho la cama y quizá para tener achaque de robarme. Si allí los dejaba, quedaban como en la calle, y, si los quería sacar, no sabía dónde ponerlos. Pues ir a la cárcel es como los que se van a jugar a la taberna en la montaña, que comienzan por los naipes y acaban borrachos con el jarro en las manos. Pensando ir por poco, pudiera ser salir por mucho.


[El estupro es una violencia sexual considerada como un delito en la mayoría de las legislaciones. Generalmente es confundido con el abuso sexual infantil, sin embargo tiene una diferencia sustancial, en cuanto el estupro se puede cometer en contra de una persona en edad de consentimiento sexual [mayor de doce] y menor de 18 años, mientras que el abuso sexual infantil engloba a menores de dicha edad [menores de doce], siendo además el abuso sexual infantil un agravante de la violación.
Der. Coito con persona mayor de 12 años y menor de 18, prevaliéndose de superioridad, originada por cualquier relación o situación.
Der. Acceso carnal con persona mayor de 12 años y menor de 16, conseguido con engaño.
Der. Por equiparación legal, algún caso de incesto.
Antiguamente, coito con soltera núbil o con viuda, logrado sin su libre consentimiento.]


Estaba que no sabía lo que hacerme. Aparté a solas a el alguacil. Roguéle que por un solo Dios no permitiese mi perdición. Díjele que aquella hacienda quedaba en riesgo y perdida; que diese traza cómo no se me hiciese agravio, porque me robarían y que sólo aquese había sido el intento de aquella gente. Era hombre de bien, que no fue pequeña ventura, discreto, cortesano; sabía mi verdad, como quien conocía bien a la parte. Prometí de pagárselo muy a su gusto. Díjome que no tuviese pena, que haría lo que pudiese por servirme. Dejó allí los criados en mi guarda y salió a buscar a la parte, que habían con él venido y estaban en el aposento de la huéspeda. Fue y volvió con unos y otros medios.
Amenazólas que, si no lo hacían, había de jurar en mi favor la verdad y descubrir la bellaquería, si no se contentaban con lo que fuese bueno. Ellas, que vieron su pleito mal parado, lo dejaron todo en sus manos y concertónos en dos mil reales, que le fue por juramento a la madre que le había de pagar el manteo con el doblo y no la tendría contenta. Mas yo sé que lo quedó, porque no se lo debía. Paguéselos y, yéndonos a el oficio del escribano, se bajaron de la querella.
Costóme todo hasta docientos ducados y en media hora lo hicimos noche; mas no tuve aquélla en la posada ni más puse pie de para sacar mi hacienda y al punto alcé de rancho. Fuime a la primera que hallé, hasta que busqué un honrado cuarto de casa con gente principal. Compré las alhajas que tuve necesidad y puse mis pucheros en orden.
Cuando andaba en esto, encontréme una mañana con el mismo alguacil en las Descalzas y, después de haber ambos oído una misma misa, nos hablamos y juréle por el Sacramento que allí estaba que tal cargo no tuve aquella mujer, y díjome:
-Caballero, no es necesario ese juramento para lo que yo sé, cuanto más para lo que aquí es muy público. Yo conozco aquella mozuela, y con esta demanda que puso a Vuestra Merced son tres las querellas que ha dado en esta Corte por el mismo negocio. Dio la primera ante el vicario de la villa, de un pobre caballero de epístola, que vino aquí a cierto negocio. Era hijo de padres honrados y ricos. El cual, por bien de paz, les dejó en las uñas hasta la sotana y se fue, como dicen, en camisa. Después lo pidieron otra vez en la villa, querellándose a el teniente de un catalán rico, de quien también pelaron lo que pudieron; pero éste jurada se la tiene, que no le dejará la manda en el testamento. Agora se querelló, a los alcaldes, de Vuestra Merced, y si no fuera por parecerme de menor inconveniente pagarles aquel dinero que consentirse ir preso dejando su hacienda desamparada, verdaderamente no lo consintiera, hiciera mi oficio; empero del mal el medio. Que, aunque sin duda Vuestra Merced saliera libre, no pudiera ser con tanta brevedad, que no pasase algún tiempo en pruebas y respuestas. Con esto escusamos prisiones, grillos, visitas, escribanos, procuradores, daca la relación, vuelve de la relación. Que todo fuera dilación, vejación y desgusto. Más barato se hizo de aquella manera y con menos pesadumbre.
»Lo que como hidalgo y hombre de bien puedo a Vuestra Merced asegurar es que he servido a Su Majestad con esta vara casi veinte y tres años, porque va ya en ellos. Y que de todos cuantos casos he visto semejantes a éste, no he sabido de tres en más de trecientos, que se hayan pedido con justicia; porque nunca quien lo come lo paga o por grandísima desgracia. Siempre suele salir horro el dañador y después lo echan a la buena barba. Siempre suele recambiar en un desdichado, de quien pueden sacar honra y dineros o marido a propósito para sus menesteres. Él es como la seca, que el daño está en el dedo y escupe debajo del brazo. La causa es porque o luego el delincuente huye o es persona tal a quien sería de poca importancia pedirlo. Estas mozuelas ándanse por esas calles o en casa de sus amigas o en las de sus padres. Entra en la cocina el mozo, tiene lugar de hablarlas y ellas de responderle. Ambos están de las puertas adentro. Sóbrales el tiempo, no les falta gana, llega la ocasión y dejan asentada la partida. Y como sucede las más veces aquesto con gente pobre y luego él, en oliendo el tocino, se sale de casa y no parece, cuando los padres lo alcanzan a saber, para no quedarse sin el fruto de sus trabajos, danle una fraterna y ellos mismos andan después a ojeo y la echan a la mano a persona tal, que saquen costo y costas de su mercadería. Y así viene quien menos culpa tiene a lavar la lana.
Entonces le pregunté:
-Pues dígame Vuestra Merced, suplícole, si nunca los tales casos acontecen sino a solas, ¿quién hay que jure con verdad, si ella no da gritos para que se vea la fuerza y acude gente que los halle a entrambos en el acto?
Respondióme:
-No es necesario ni en tales casos piden a el testigo que diga si los vio juntos, que sería infinito. Basta que depongan que los vieron hablar y estar a solas, que la besó, que los vieron abrazados o de las puertas adentro de una pieza, o tales actos que se pueda dellos presumir el hecho. Porque con esto y la voz que ella misma se pone de haber sido forzada, hallándola ya las matronas como dice, bastan para prueba. Yo vi en esta corte un caso muy riguroso y el mayor que Vuestra Merced habrá oído. Aquí estuvo una dama muy hermosa y forastera, la cual venía ladrada de su tierra, no con otro fin que a buscar la vida. Tratóse como doncella y en ese hábito anduvo algunos días. Pretendióla cierto príncipe y, habiéndole hecho escritura por ochocientos ducados, en que con él concertó su honor, diciendo quererlos para su casamiento, no pagándoselos a el plazo, ejecutó y cobró. Después de allí a pocos años, que no pasaron cuatro, siendo favorecida de cierto personaje, hizo un escabeche, con que, habiendo tratado con cierto estranjero, querelló dél. Y alegando el reo contra ella la escritura original y la paga del interés, lo condenaron y pagó. Allá dijo que no hubo, que sí hubo. En resolución, la mujer en cada lugar cobraba dos y tres veces lo que no vendía, y desta manera pasaba. Vuestra Merced no se tenga por mal servido en lo hecho, porque libró muy bien. Que a fe que los testigos decían ensangrentados, aunque no lo quedó ella.
Despedímonos y fuese. Yo quedé admirado de oír semejante negocio. De allí me fui deslizando poco a poco en la consideración de cuán santa, cuán justa y lícitamente había proveído el Santo Concilio de Trento sobre los matrimonios clandestinos. ¡Qué de cosas quedaron remediadas! ¡Qué de portillos tapados y paredes levantadas! Y cómo, si la justicia seglar hiciera hoy otro tanto en casos cual el mío, no hubiera el quinto ni el diezmo de las malas mujeres que hay perdidas. Porque real y verdaderamente, hablándola entre nosotros, no hay fuerza, sino grado. No es posible hacerla ningún hombre solo a una mujer, si ella no quiere otorgar con su voluntad. Y si quiere, ¿qué le piden a él?
Diré lo que verdaderamente aconteció en un lugar de señorío en el Andalucía. Tenía un labrador una hija moza, de quien se enamoró un mancebo, hijo de vecino de su pueblo, y, habiéndola gozado, cuando el padre della lo vino a saber, acudió a una villa, cabeza de aquel partido, a querellarse del mozo. El alcalde tuvo atención a lo que decían y, después de haber el hombre informádole muy a su placer del caso, le dijo: «¿Al fin os querelláis de aquese mozo, que retozó con vuestra muchacha?» El padre dijo que sí, porque la deshonró por fuerza.
Volvió el alcalde a preguntar: «Y decidme, ¿cuántos años tiene él y ella?» El padre le respondió: «Mi hija hace para el agosto que viene veinte y un años y el mozuelo veinte y tres.»
Cuando el alcalde oyó esto, enojado y levantándose con ira del poyo, le dijo: «¿Y con eso venís agora? ¡Él de veinte y tres y ella de veinte y uno! Andá con Dios, hermano. ¡Ved qué gentil demanda! Volvedos en buen hora, que muy bien pudieron herlo
Si así se les respondiese con una ley en que se mandase que mujer de once años arriba y en poblado no pudiese pedir fuerza, por fuerza serían buenas. No hay fuerza de hombre que le valga, contra la que no quiere. Y cuando una vez en mil años viniese a ser, no se había de componer a dinero ni mandándolos casar -salvo si no le dio ante testigos palabras dello-, no había de haber otro medio que pena personal, según el delito, y que saliese a la causa el fiscal del rey, para que no pudiese haber ni valiese perdón de parte. Yo aseguro que desta manera ellos tuvieran miedo y ellas más vergüenza. Porque quitándoles esta guarida, desconfiadas, no se perderían. Si fue su voluntad, ¿qué piden? Si no tienen, que no engañen.
Aquí entra luego la piedad y dice: «¡Oh!, que son mujeres flacas, déjanse vencer, por ser fáciles en creer y falsos los hombres en el prometer: deben ser favorecidas.» Esto es así verdad; empero, si supiesen que no lo habían de ser, sabríanse mejor guardar. Y aquesta confianza suya las destruye, como la fe sin obras, que tiene millares en los infi[e]rnos. Ninguna se fíe de hombre. Prometen con pasión y cumplen con dilación y sin satisfación. Y la que se confiare, quéjese de sí, si la burlare.
Prenden a un pobreto, como yo he visto muchas veces revolverse dos criados en una casa, y, estando ella como gusano de seda de tres dormidas con quien ha querido, cuando el amo los halla juntos, prende a el desdichado que ni comió nata ni queso, sino sólo el suero que arronjan a los perros. Tiénenlo en la cárcel, hasta que ya desesperado lo hacen que se case con ella, porque lo condenan en pena pecuniaria, que, vendidos él y todo su linaje, no alcanzan para pagarla. Cuando se ve perdido y cargado de matrimonio, quítale a bofetadas lo que tiene. Vanse uno por aquí y el otro por allí. Él se hace romero y ella ramera. Ved qué gentil casamiento y qué gentil sentencia. ¡Oh! si sobre aquesto se reparase un poco, no dudo en el grande provecho que dello resultase.
Pagué lo que no pequé, troqué lo que no comí. Puse mi casa, recogíme con lo que tenía, porque temía no me sucediese con otra huéspeda lo que con la pasada. [...]
Como mi casa estaba tan bien puesta, mi persona tan bien tratada y mi reputación en buen punto, no faltó un loco que me codició para yerno. Parecióle que todo yo era de comer y que no tenía dentro ni pepita que desechar. Aun ésta es otra locura, casar los hombres a sus hijas con hijos de padres no conocidos. Mirá, mirá, tomá el consejo de los viejos: «A el hijo de tu vecino mételo en tu casa.» Sabes qué mañas, qué costumbres tiene, si tiene, si sabe, si vale; y no un venedizo, que pudieran otro día ponérselo desde su casa en la horca, si acaso lo conocieran.
Era también mohatrero como yo, que siempre acude cada uno a su natural. Tanto se me vino a pegar, que me llegó a empegar. Casóme con su hija y otra no tenía. Estaba rico. Era moza de muy buena gracia. Prometi[ó]me con ella tres mil ducados. Dije de sí.
Él, como era vividor, sólo buscaba hombre de mi traza, que supiese trafagar con el dinero. Y en aquesto tuvo razón, porque mucho más vale un yerno pobre que sepa ser vividor, que rico y gran comedor. Mejor es hombre necesitado de dineros, que dineros necesitados de hombre.
Aqueste se aficionó de mí. Tratáronse los conciertos y efetuáronse las bodas. Ya estoy casado, ya soy honrado. La señora está en mi casa muy contenta, muy regalada y bien servida. Pasáronse algunos días, y no fueron muchos, cuando, llevándonos mi suegro un domingo [a] comer a su casa, después de alzadas mesas, que nos quedamos los tres a solas, díjome así:
-Hijo, como ya con los años he pasado por muchos trabajos y veo que sois mozo y estáis a el pie de la cuesta, para que lleguéis a lo alto della descansado y no volváis a caer desde la mitad, os quiero dar mi parecer, como quien tanto es interesado en vuestro bien; que de otra manera, no tenía para qué daros parte de lo que pretendo. Lo primero habéis de considerar que, si un maravedí sacardes del caudal con que tratáis, que se os acabará muy presto, cuando sea muy grueso. También habéis de hacer cómo con vuestro buen crédito paséis adelante. Y, si habéis de ser mercader, seáis mercader, poniendo aparte todo aquello que no fuere llaneza, pues no se negocia ya sino con ella y con dinero: cambiar y recambiar. Yo procuraré iros dando la mano cuanto más pudiere siempre. Y porque, lo que Dios no quiera, si alguna vez diere vuelta el dado y no viniere la suerte como se desea, purgaos en salud, preveníos con tiempo de lo que os puede suceder. Otorgaránse luego dos escrituras y dos contraescrituras. La una sea confesando que me debéis cuatro mil ducados, que os presté, de la cual os daré luego carta de pago como la quisierdes pintar. Y ambas las guardaremos para si fueren menester; aunque mucho mejor sería que tal tiempo nunca llegase ni lo viésemos por nuestra puerta. La otra será: yo haré que os venda mi hermano quinientos ducados que tiene de juro en cada un año y haráse desta manera. No faltará un amigo cajero, que por amistad haga muestra del dinero, para que pueda el escribano dar fe de la paga, o ahí lo tomaremos y nos lo prestarán en el banco a trueco de cincuenta reales. Y cuando se haya otorgado la escritura de venta, vos le volveréis a dar a él poder en causa propria, confesando que aquello fue fingido; mas que real y verdaderamente siempre los quinientos ducados fueron y son suyos.
Parecióme muy bien, por ser cosa que pudiera importar y nunca dañar. Hízose así como lo trazó el maestro y como aquel que de bien acuchillado sabía cómo se había de preparar el atutia, pues ya tenía el camino andado y con la misma traza se había enriquecido.
Desta manera fui negociando algún tiempo, siendo siempre puntual en todo. Y como la ostentación suele ser parte de caudal por lo que a el crédito importa, presumía de que mi casa, mi mujer y mi persona siempre anduviésemos bien tratados y en mi negociación ser un reloj. Era la señora mi esposa de la mano horadada y taladrada de sienes. Yo por mi negocio le comencé a dar mano y ella por el suyo tomó tanta, que con sus amigas en banquetes, fiestas y meriendas, demás de lo exorbitante de sus galas y vestidos, con otros millares de menudencias, que como rabos de pulpos cuelgan de cada cosa déstas, juntándose con la carestía que sucedió aquellos primeros años y la poca corresponsión que hubo de negocios, ya me conocí flaqueza, ya tenía váguidos de cabeza y estaba para dar comigo en el suelo. Faltaba muy poco para dejarme caer a plomo.
Nadie sabe, si no es el que lo lasta, lo que semejante casa gasta. Si en este tiempo se hiciera la ley en que dieron en Castilla la mitad de multiplicado a las mujeres, a fe que no sólo no se lo dieran, empero que se lo quitaran de la dote. Debían entonces de ayudarlo a ganar; empero agora no se desvelan sino en cómo acabarlo de gastar y consumir.
Hacienda y trato tenía yo solo para ser brevemente muy rico, y con la mujer quedé pobre. Como sólo mi suegro sabía tan bien como yo el debe y ha de haber de mi libro, no me faltaba el crédito, porque todos creyeron siempre que aquellos quinientos ducados eran míos. Con aquella sombra cargué cuanto más pude, hasta que, no pudiendo sufrir el peso, me asenté como edificio falso.
Llegábase ya el tiempo de las pagas, que, aunque siempre corre, para los que deben vuela y es más corto. Vime apretado. No podía sosegar ni tener algún reposo. Fuime a casa de mi suegro a darle cuenta de mi cuidado. Él me alentó cuanto más pudo, diciendo que no desmayase, pues teníamos el remedio a las manos, de puertas adentro de nuestra casa.
Segunda parte de Guzmán de Alfarache, Mateo Alemán



El posmachismo es una de las últimas trampas que la cultura patriarcal ha puesto en práctica. Su objetivo es claro, busca jugar con la normalidad como argumento y hacerlo, paradójicamente, en nombre de la igualdad. Para los posmachistas todo lo que sea corregir la desigualdad, que lógicamente se dirige a atender a las mujeres que sufren sus consecuencias, es presentado como un ejemplo manifiesto de desigualdad por no contemplar dentro de esas medidas a los hombres. Incluso llegan a presentarlas como un ataque contra ellos, puesto que muchas de estas iniciativas buscan modificar privilegios que la cultura les ha concedido, es decir, los privilegios que los hombres se han dado a sí mismos.
El posmachismo lo tiene fácil porque juega en campo propio. Pretende que continúen las mismas referencias tradicionales, no otras, y para ello su estrategia es generar cierta confusión y desorientación, porque esa desorientación se traduce en duda, la duda en una distancia que lleva a que la gente no se posicione respecto al tema en cuestión, esta distancia se convierte en pasividad, y la pasividad en que todo continúe como estaba, es decir, bajo las referencias de la desigualdad.
Por eso el posmachismo no plantea alternativas y sólo critica aquello que viene a cuestionar las referencias y valores tradicionales. Es fácil, si se critica aquello que cuestiona a la desigualdad, y de ese modo se genera una duda, el resultado es que permanece la desigualdad. Por ejemplo, si se habla de violencia de género el posmachismo plantea como argumento que hay muchas “denuncias falsas” que las mujeres utilizan para sacar beneficios en contra de los hombres, y al separarse “quedarse con la custodia de los niños, la casa y la paga”. Como se puede ver, no niega la existencia de violencia de género, pero generan la duda sobre su realidad al cuestionar su dimensión y al decir que todo ello es producto del interés del feminismo y determinadas organizaciones de mujeres que se ven beneficiadas al imponer su visión particular de la realidad. Y para ello se aprovecha de la ventaja que da jugar con el mito tradicional de la “mujer mala y perversa” que la cultura ha puesto al alcance de cualquiera cuando lo necesite.
Nosotros no somos así”, dicen los posmachistas ante los argumentos más directos y frontales del machismo clásico, pero persiguen lo mismo y lo consiguen con más eficacia al cambiar el mensaje en la forma y en el contenido.
Los elementos que predominan en la estrategia posmachista son la neutralidad, el cientificismo, el interés común, el argumento del beneficio económico para quien defiende la igualdad, la idea de imposición y adoctrinamiento como parte de una ideología excluyente, y el ataque personal y descrédito de quienes se posicionan en contra del posmachismo.
La teórica NEUTRALIDAD en sus planteamientos pretende marcar distancias con las iniciativas que se proponen desde los movimientos a favor de la igualdad y el feminismo. El posmachismo dice que ellos no quieren beneficiar a hombres ni a mujeres, que ellos buscan lo mejor para todos, y de este modo hacen una crítica directa a las medidas de igualdad dirigidas a las mujeres, como si éstas fueran parte de un privilegio por ser mujeres, cuando en realidad son actuaciones dirigidas a abordar las consecuencias sufridas por la desigualdad, bien sean en forma de violencia, discriminación, o cualquier otro tipo. Es como si un programa de salud basado en la vacunación de las personas en riesgo ante una enfermedad infecto-contagiosa fuese criticado por no vacunar a toda la población. No tiene sentido y resulta ridículo, pero estos mismos planteamientos cuando se hacen en temas de igualdad suelen tener mucha receptividad al jugar con los valores y los prejuicios existentes.
El CIENTIFICISMO también busca romper con la posición del feminismo y de la igualdad. El posmachismo parte de la base que la igualdad es un planteamiento ideológico, no una realidad, puesto que para ellos la realidad está en la desigualdad y en la distribución desigual de funciones entre hombres y mujeres. Para reforzar sus propuestas y marcar distancia de un teórico planteamiento ideológico, recurren al dato, y para ello manipulan estudios y resultados de manera que sean sintónicos con los que plantean desde su posición ideológica. Por ejemplo, los estudios del Consejo General del Poder Judicial indican que aproximadamente el 30% de las sentencias por violencia de género no son condenatorias, y el posmachismo concluye sobre este dato que el 30% de las denuncias son falsas al no traducirse en condenas. Con ello generan la confusión en la sociedad e indican que las denuncias falsas están presentes en un porcentaje elevado del total, cuando en realidad una sentencia no condenatoria no indica que la denuncia haya sido falsa, simplemente que los elementos de prueba existentes no son suficientes para romper la presunción de inocencia que ampara al acusado. Pero da igual, lo importante es generar confusión y hacer que se dude de la realidad de la violencia de género.
El INTERÉS COMÚN parte del juego anterior y pretende reforzar la idea de que el posmachismo es quien en verdad defiende la igualdad buscando lo mejor para toda la sociedad, para hombres mujeres, niños y niñas, no como las medidas de igualdad que "sólo se centran en las mujeres y que, incluso, se dirigen contra los hombres".
Pero además, por si todo esto fuera poco, al margen del cuestionamiento implícito a sus propuestas, el planteamiento posmachista incluye dos elementos críticos directos hacia la igualdad que cuentan con mucha receptividad en el momento actual.
Uno de ellos es la referencia al BENEFICIO ECONÓMICO DE QUIEN DEFIENDE LA IGUALDAD. Todo se presenta como una forma de “ganar dinero”, de “beneficiar a las organizaciones afines o a gente cercana”, o de poner en marcha servicios que no sirven para nada salvo para “colocar a los amigos y a las amigas”. Y por supuesto, todo ello en detrimento de otros recursos, programas, ayudas… que sí son necesarias. El argumento económico siempre es eficaz, pero en tiempos de crisis económica ha encontrado una receptividad añadida que al unirse a los otros argumentos facilitan la pasividad, cuando no el rechazo directo de las iniciativas a favor de la igualdad.
El otro argumento “de moda” es hablar de “ADOCTRINAMIENTO”. Para esas posiciones hablar de igualdad sólo es un instrumento “atractivo” para conseguir imponer una ideología y unos valores al resto de la sociedad, por eso hablan de “ideología de género” y han tomado la palabra “género” como sinónimo de todo lo malo, dogmático y radical, para plantear la amenaza en estos términos y hablar de adoctrinamiento. Esta posición refleja de forma muy gráfica cuál la imagen de la realidad.
La extensión de su planteamiento se ve como transmisión de los valores aceptados, lo cual se entiende como “educación”, mientras que transmitir la igualdad como valor y corregir las consecuencias de la desigualdad se ve como “adoctrinamiento”. De este modo se llega a la paradoja de que hablar de los valores y de las referencias que luego dan lugar a la violencia de género, a la discriminación, al aislamiento y alejamiento de las mujeres de la vida pública… es educar, mientras que lo contrario y permitir una sociedad más justa y pacífica es adoctrinamiento.
El otro elemento característico es el DESCRÉDITO Y ATAQUE DE LAS PERSONAS QUE SE POSICIONAN A FAVOR DE LA IGUALDAD. La idea es sencilla, si se desacredita a esa persona lo que diga o proponga no tendrá valor, por eso nunca faltan los insultos personales, la invención de historias profesionales y vitales paralelas o las referencias a la actuación por interés económico, con lo cual cierran el círculo y potencian el descrédito. Es algo de lo que ya he hablado en este mismo blog, ¿recuerdan el post “Mis adorables machistas”?
Puede parecer extraño o exagerado, pero ocurre a diario. No paran, se sienten victoriosos en un momento en el que los recursos que permitían ir contra la corriente del tiempo y la historia han desaparecido, y en el que la ideología conservadora sopla con intensidad tormentosa.
El posmachismo, Miguel Lorente Acosta, 22 de mayo de 2013


La Real Academia Española (RAE) define al machismo como la actitud de prepotencia de los hombres respecto de las mujeres. Se trata de un conjunto de prácticas, comportamientos y dichos que resultan ofensivos contra el género femenino.
El machismo es un tipo de violencia que discrimina a la mujer o, incluso, a los hombres homosexuales. También puede hablarse de machismo contra los denominados metrosexuales o todo aquel hombre cuya conducta exhibe alguna característica que suele estar asociada a la feminidad.
A lo largo de la historia, el machismo se ha reflejado en diversos aspectos de la vida social, a veces de forma directa y, en otras ocasiones, de manera sutil. Durante muchos años se negó el derecho a voto de la mujer, por ejemplo. En algunos países, por otra parte, todavía se castiga el adulterio de la mujer con la pena de muerte, cuando a los hombres no les corresponde la misma pena.


La sumisión de la mujer a su marido aún suele ser vista como un valor positivo. Hay quienes sostienen que una mujer alcanza su plenitud cuando se casa y se convierte en ama de casa para atender a su esposo y a sus hijos. Otro reflejo del machismo instaurado en la sociedad aparece en frases como “María es la mujer de Facundo”, ya que la oración inversa no es usual (“Facundo es el hombre de María”). La mujer aún es vista como una propiedad del hombre.
Las publicidades sexistas (con mujeres escasas de vestimenta para incentivar la venta de productos) son otra muestra del machismo.


Misoginia: aversión contra la mujer


Hay lectores con la escopeta cargada. Recuerdo haber escrito un artículo en el que me atrevía a afirmar que prefería el presente al pasado. ¿A qué pasado? Pues al de hace 40 años, sin ir más lejos. De inmediato, alguno de esos lectores que creen que vivimos la peor de las épocas posible juzgó mi afirmación de un optimismo desconsiderado: "Claro, desde su posición privilegiada...". Uf, qué cansancio. En realidad, cuando hacía esa valoración no estaba pensando en mí. Pensaba en cualquier mujer española que vivió su juventud hace apenas medio siglo. Pensaba en mi madre y al pensar en mi madre pensaba en casi todas las mujeres. Y al pensar en ellas he de reconocer que sí, que de alguna manera pensaba en mí. Prefiero vivir ahora. Prefiero no tener que andar pidiendo dinero, ser libre en mis movimientos, salir al extranjero sin el humillante permiso del marido y no ser considerada como una menor de edad. El machismo sigue ahí, latente, dispuesto a morder desde una columna, el comentario faltón de un político o esa infravaloración de las mujeres que se manifiesta como un tic que se nos escapara, reflejo de lo que hemos sido y aún somos en gran medida. Prefiero esta vida. Hace 40 años yo era la niña que espiaba las conversaciones de las mujeres. Era escuchar aquello de "ssshhh, hay ropa tendida", y ponerme a interpretar a la niña que andaba a lo suyo para que se olvidaran de mí y enterarme del secreto. Hace 40 años escuché hablar en susurros una tarde de verano de la desgracia de una joven amiga de la familia. La había dejado su novio. La había dejado como dejaban antes los novios a las chicas, sin explicaciones. Huyendo. Al cabo de unos meses, había aparecido en unas fiestas del brazo de otra. La chica abandonada debía de tener unos 26 años, pero hablaban de ella como si se pudiera dar su vida por zanjada. Recuerdo haber sentido una gran angustia, por ella, por la chica, a la que conocía y quería y que parecía tan feliz con su futura boda, pero también por todas las mujeres sin marido. A partir de ese momento creí observar que todo el mundo la trataba con una enojosa compasión, con ese cariño excesivo que avisa al enfermo de que se está muriendo. Mi crecimiento y el del propio país me permitieron, nos permitieron, al menos a las chicas de ciudad, que la soltería no fuera una amenaza; otras preocupaciones, la vocación, el trabajo o los amoríos ocuparon el lugar de aquella vieja obsesión por encontrar novio. Solo cuando vi en el cine por primera vez Calle Mayor o La tía Tula, a mi juicio dos películas que demuestran que alguna vez supimos hacer realismo, sentí en la boca el regusto amargo de aquel recuerdo infantil. La mirada anhelante y vulnerable de la solterona interpretada por Betsy Blair o esa sensualidad reprimida a la que Aurora Bautista dio vida arrebatada en "su" tía Tula encarnan la presencia de muchas mujeres reales a las que yo vi defenderse de un mundo que las trataba con guasa y condescendencia. La novelista Jane Austen dedicó su vida a narrar la angustia de la soltería. Por mucho que grandes escritores la despreciaran y consideraran el tema menor, las novelas de Austen son casi un tratado de cómo mujeres inteligentes habían de dedicar gran parte de sus energías a la caza de marido. Algunas incluso acababan siendo felices. Todo esto me venía a la cabeza porque la librera Lola Larumbe puso en mis manos hace unos días un tesoro que nunca sabré cómo agradecerle. Es una novela corta, Un matrimonio de provincias, escrito por una italiana que adoptó el seudónimo de Marquesa Colombi a mediados del XIX. El libro había quedado en el olvido hasta que Italo Calvino y Natalia Ginzburg lo rescataron en 1973. La historia es corriente: una muchacha guapa e inocente fantasea con ser la elegida de un joven gordo y adinerado. Lo extraordinario es cómo está contada. La familia es vulgar; la ciudad, Novara, plúmbea; la única distracción para una chica consiste en sentirse mirada por un hombre. El estilo es tan seco, tan irónico, que convierte esta anécdota mil veces repetida es una historia modernísima, nada retórica y muy audaz. No es para menos. Buscando la biografía de la autora, Anna María Mozzoni, nos encontramos con que fue la primera mujer en escribir en Il Corriere della Sera, se casó vieja para la época (en la treintena) y se acabó separando. Murió en los años veinte, tras haber disfrutado una intensa vida en su madurez y haber padecido el tedio en su juventud de las costumbres provincianas, de esa ciudad desesperante, Novara, en la que los enamorados de clase media (aunque venida a menos) se comunican solo con miradas y los de clase humilde, más desvergonzados, hablan. No hay dulzura, como en las novelas de Austen, no hay dureza como en La tía Tula, ni humor cruel como en La señorita de Trevélez en la que se basó Bardem para hacer su Calle Mayor; aquí solo encontramos vidas aburridas, sin brillo. Y una conclusión seca y aún más asfixiante: buscar marido llena de zozobra el corazón de las muchachas en flor, pero encontrarlo las sumerge en un tedio de espanto hasta la muerte. No hay escapatoria. El único final feliz lo encontró esta lectora cuando al acabar el libro sintió la emoción de haber encontrado una joya inesperada.
Buscar marido, Elvira Lindo [El País, 24 de octubre de 2010]


Aunque presentía lo que me iba a encontrar, leí algunos comentarios de lectores en el digital de este periódico a cuenta del acuerdo económico al que han llegado la camarera de un hotel neoyorkino y Dominique Strauss-Khan. Estas son algunas de las perlas que encontré:
Por favor, viólame Strauss, soy tan débil…”. “Caso claro de un putón verbenero más fea que Picio y un picha floja descerebrado pero con pasta”. “Dominique… cuando te dé por violar a alguien, por favor, que sea un poquito más presentable… esta es más fea que un tiro de mierda. Tío ya te vale”. “Y ahora a gozar de los millones esta negrota Naffisatou”. “Ahora al menos se la ve contenta, igual de violada, con el honor igual de mancillado, pero con una pasta. Y a vivir que son dos días”. “Joer, el tocatetas más rentable de la historia… quién le iba a decir que con esa cara iba a ganar tanta pasta”. “¿Los negros siempre buscan justicia?”. “Le ha salido caro el polvo”. “Cualquiera se fía de esa rata, seguro que ni la violó”. “Al final pasa que a esta tía, menuda trepa, que la violaran es una de las mejores cosas, o quizá la mejor, que le ha pasado en la vida. Tremendo”.
Solo he reproducido unos cuantos ejemplos, había otros todavía más vergonzosos y no he querido reproducirlos. De cualquier manera, tal vez sigan ahí, para uso y disfrute de quien quiera leerlos. O para el vómito. Se pasa una la vida cuidando cada palabra que escribe, tratando de no ofender gratuitamente y de ser ecuánime, buscando las mil maneras para no ser malinterpretada y, de pronto, irrumpe un pueblo soberano que no está sujeto a las mismas normas de educación y autocontrol que yo.
Aún peor, te pasas la vida luchando contra ese resistente muro de la misoginia o del desprecio y te encuentras con esta basura publicada en aras de la “participación”. No sé quién leerá esto, pero no hay derecho.
No hay derecho, Elvira Lindo [El País, 12 de diciembre de 2012]


El Tribunal Supremo de Italia ha dictaminado en una sentencia hecha pública el miércoles que una mujer vestida con pantalones vaqueros no puede haber sido violada porque no se puede quitar este tipo de prenda "sin la colaboración activa de quien la lleva". El tribunal ha fallado de esta forma al considerar el caso de una joven de 18 años, de la ciudad de Potenza (en el sur de Italia) e identificada como Rosa, que acusó a su profesor de autoescuela, de 45 años, de haberla violado. El acusado fue condenado por un tribunal de Potenza a dos años y 10 meses de cárcel pero ahora, el Tribunal Supremo ha anulado su pena al dar la razón a sus argumentos de que la víctima había consentido el acto sexual.
Según los miembros del tribunal -todos ellos hombres- es imposible que un violador logre quitar un pantalón vaquero a una mujer si la víctima se opone a su agresor "con todas sus fuerzas".La sentencia tiene todas las bazas de sentar jurisprudencia en Italia.
Los pantalones vaqueros impiden que la mujer sea violada, según la justicia italiana [El País, 11 de febrero de 1999]


En la primera foto que tras el despertar de Jesús Neira ha publicado la prensa se percibe esa secuela común que sufren los que superan un coma: la melancolía de un tiempo arrebatado. Todos los pies de foto echan mano de tres palabras para definir el comportamiento por el que este hombre se vio al borde de la muerte: héroe, heroico, heroicidad. Las merece.
Hoy en día es un héroe el que se atreve a intervenir en un incidente callejero, dado el nivel de agresividad que se respira a menudo en el ambiente. Dicho esto, habría que reflexionar sobre el impacto que ha tenido el tratamiento del caso Neira. Se ha dado la coincidencia de que en estos últimos días varios desconocidos con los que entablé conversación me contaron que habían presenciado una agresión a una mujer en plena calle y reaccionaron de la misma manera, inhibiéndose o llamando a la policía. Me ha dado que pensar. Ya digo, los relatos coincidentes no tienen rigor periodístico, pero al referirse todos ellos al profesor Neira para justificar su temor a salir malparados si intervenían, muestran que la manera sensacionalista y a veces grosera en que se ha informado sobre este suceso ha podido tener un efecto contraproducente. Para empezar, el hecho de que defender a una persona que está siendo maltratada se haya convertido hoy en un acto heroico más que de solidaridad ciudadana, hace que se atemoricen aquellos que, entre la posibilidad de conservar su integridad o ser alzados como héroes, opten por lo primero.
Pero hay otro elemento añadido: las campañas contra la violencia machista instan a la ciudadanía a señalar a los agresores, a intervenir. ¿Qué debe pensar entonces el telespectador que ve cómo la víctima a la que defendió Neira se lleva una pasta por defender a su agresor? El resultado es paradójico: los mismos que coronan al héroe lo humillan públicamente.
Lo heroico, Elvira Lindo [El País, 7 de enero de 2009]

[No puedo olvidar el testimonio en televisión de una chica que había sido víctima de una violación en la calle, que comentó cómo veía pasar algunas personas sin que ninguna interviniese. Todo hacía pensar que se trataba de una agresión sexual, pero los testigos optaron por mirar hacia otro lado, quizá pensaban “si están en plena calle, esto tiene que ser consentido”.]

In The Accused, he watched.  Although he eventually called for help, it was  too late.
Acusados





















martes, 13 de octubre de 2015

Mujeres desconocidas

Capítulo VIII

Deja robados Guzmán de Alfarache a su tío y deudos en Génova, y embárcase para España en las galeras
Nunca debe la injuria despreciarse ni el que injuria dormirse, que debajo de la tierra sale la venganza, que siempre acecha en lo más escondido della. De donde no piensan suele saltar la liebre. No se confíen los poderosos en su poder ni los valientes en sus fuerzas, que muda el tiempo los estados y trueca las cosas. Una pequeña piedra suele trastornar un carro grande, y cuando a el ofensor le parezca tener mayor seguridad, entonces el ofendido halla mejor comodidad. La venganza ya he dicho ser cobardía, la cual nace de ánimo flaco, mujeril, a quien solamente compete. Y pues ya tengo referido de algunos y de muchos que han eternizado su nombre despreciándola, diré aquí un caso de una mujer que mostró bien serlo.

Motivo para casarse

Una señora, moza, hermosa, rica y de noble linaje, quedó viuda de un caballero igual suyo, de sus mismas calidades. La cual, como sintiese discretamente los peligros a que su poca edad la dejaba dispuesta cerca de la común y general murmuración -que cada uno juzga de las cosas como quiere y se le antoja y, siendo sólo un acto, suelen variar mil pareceres varios, y que no todas veces las lenguas hablan de lo cierto ni juzgan de la verdad-, pareciéndole inconveniente poner sus prendas a juicio y su honor en disputa, determinóse a el menor daño, que fue casarse.

Pretendientes desiguales

Tratábanle dello dos caballeros, iguales en pretender, empero desiguales en merecer. El uno muy de su gusto, según deseaba, con quien ya casi estaba hecho, y el otro muy aborrecido y contrario a lo dicho, pues, demás de no tener tanta calidad, tenía otros achaques para no ser admitido, aun de señora de muy menos prendas. Pues como con el primero se hubiese dado el sí de ambas las partes, que sólo faltaba el efeto, viendo el segundo su esperanza perdida y rematada, su pretensión sin remedio y que ya se casaba la señora, tomó una traza luciferina, con perversos medios para dar un salto con que pasar adelante y dejar a el otro atrás.

Las apariencias

Acordó levantarse un día de mañana y, habiendo acechado con secreto cuándo se abriese la casa de la desposada, luego, sin ser sentido, se metió en el portal, estándose por algún espacio detrás de la puerta, hasta parecerle que ya bullía la gente por la calle y todas las más casas estaban abiertas. Entonces, fingiendo salir de la casa, como si hubieran dormido aquella noche dentro della, se puso en medio del umbral de la puerta, la espada debajo del brazo, haciendo como que se componía el cuello y acabándose de abrochar el sayo. De manera que cuantos pasaron y lo vieron, creyeron por sin duda ser él ya el verdadero desposado y haber gozado la dama.

El peso de la murmuración

Cuando tuvo esto en buen punto, se fue poco a poco la calle adelante hasta su posada. Esto hizo dos veces, y dellas quedó tan público el negocio y tan infamada la señora, que ya no se hablaba de otra cosa ni había quien lo ignorase en todo el pueblo, admirados todos de tal inconstancia en haber despreciado el primer concierto de tales ventajas y hecho eleción del otro, que tan atrasado y con tanta razón lo estaba.

La parte por el todo

Pues como se divulgase haberlo visto salir de aquella manera, medio desnudo, cuando llegó a noticia del primero, tanto lo sintió, tanto enojo recibió y su cólera fue tanta, que, si amaba tiernamente deseándola por su esposa, cruelmente aborreció huyéndola. Y no sólo a ella, mas a todas las mujeres, pareciéndole que, pues la que estimó en tanto, teniéndola por tan buena, casta y recogida, hizo una cosa tan fea, que habría muy pocas de quien fiarse y sería ventura si acertase con una.

Modelo de mujer

Consideró sus inconstancias, prolijidades y pasiones y juntamente los peligros, trabajos y cuidados en que ponían a los hombres. Fue pasando con este discurso en otros adelante, que favorecido del cielo hicieron que, trocado el amor de la criatura en su Criador, se determinase a ser fraile, y así lo puso en obra, entrándose luego en religión.
Cuando a noticia de la señora llegó este hecho y la ocasión por lo que se decía en el pueblo y que ya no era en algún modo poderosa para quitar de su honor un borrón tan feo, sintiólo como mujer tan perdida, que tanto perdió junto, la honra, marido, hacienda y gusto, sin esperarlo ya más tener por aquel camino ni su semejante, sin poder jamás cobrarse. Fue fabricando con el pensamiento la traza con que mejor poder salvar su inocencia ejemplarmente, pareciéndole y considerándose tan rematada como su honestidad y que de otro modo que por aquel camino era imposible cobrarlo, pagando una semejante alevosía con otra no menos y más cruel.

La venganza

Revistiósele una ira tan infernal y fuele creciendo tanto, que nunca pensó en otra cosa sino en cómo ponerlo en efeto. Líbrenos Dios de venganzas de mujeres agraviadas, que siempre suelen ser tales, cuales aquí vemos esta presente. Lo que primero hizo fue tratar de meterse monja -que aun si aquí parara, hubiera mejor corrido- y, dando parte de sus trabajos y pensamiento a otra muy grande amiga suya del proprio monasterio, lo efetuó con mucho secreto.

La voluntad del pretendiente

Luego fue recogiendo dentro del convento todo el principal menaje de su casa, joyas y dineros, anejándole por contratos públicos lo más de su hacienda. Esto hecho, estuvo esperando que se le volviese a tratar del casamiento de aquel caballero su enemigo, el cual a pocos días volvió a ello, dando por disculpa el amor grande que le tenía, por cuya causa desesperado usó de aquellos medios para poder conseguir lo que tanto deseaba. Mas, pues conocía su culpa y haber sido causa del yerro, quería soltar la quiebra ofreciéndose por su marido.

El voto de castidad

Ella, que otra cosa no deseaba para que su intención saliese a luz y resplandeciese su honor con ello, respondió que, pues el negocio ya no podía tener otro algún mejor medio, acetaba éste. Mas que había hecho un voto, el cual se cumplía dentro de dos meses, poco más, en que no le podría dar gusto, que, si el suyo lo fuese dilatarlo por este tiempo, que lo sería para ella. Empero que si luego quisiese tratar de verlo efetuado, había de ser con la dicha condición y juntamente con esto hacerlo muy de secreto, y tanto cuanto más fuese posible, hasta que pasado el término se pudiese manifestar.

El negocio del casamiento

Acetólo el caballero, hallándose por ello el hombre más dichoso del mundo y, prevenido lo necesario, se hicieron con mucho silencio los contratos con que fueron desposados. Estuvieron juntos muy pocos días, entretenido él con la esperanza cierta del bien cierto que ya poseía, y no menos ella con la de su venganza.

Clitemnestra

Una noche, después de haber cenado, que se fue a dormir el marido, ella entró en el aposento y, sentada cerca dél, aguardó que se durmiese y, viéndolo traspuesto con la fuerza del sueño primero, lo puso en el último de la vida, porque, sacando de la manga un bien afilado cuchillo, lo degolló, dejándolo en la cama muerto. A la mañana temprano salió de su aposento, y diciendo a la gente de su casa que había su esposo tenido mala noche, que nadie lo recordase hasta que fuese su gusto llamar o ella volviese de misa, cerró su puerta y con buena diligencia se fue al monasterio, donde luego recibió el hábito y fue monja, después de lavada su infamia con la sangre de quien la manchó, dando de su honestidad notorio desengaño y de su crueldad terrible muestra.

Historia del loco Cardenio

Viene muy bien acerca desto lo que dijo Fuctillos, un loco que andaba por Alcalá de Henares, el cual yo después conocí. Habíale un perro desgarrado una pierna y, aunque vino a estar sano della, no lo quedó en el corazón. Estaba de mal ánimo contra el perro, y viéndolo acaso un día muy estendido a la larga por delante de su puerta, durmiendo a el sol, fuese allí junto a la obra de Sancta María y, cogiendo a brazos un canto cuan grande lo pudo alzar del suelo, se fue bonico a él sin que lo sintiese y dejóselo caer a plomo sobre la cabeza. Pues como se sintiese de aquella manera el pobre perro, con las bascas de la muerte daba muchos aullidos y saltos en el aire, y viéndolo así, le decía: «Hermano, hermano, quien enemigos tiene no duerma.»

Cervantes: La venganza pensada arguye crueldad y mal ánimo

Ya otra vez he dicho que siempre lo malo es malo y de lo malo tengo por lo peor a la venganza. Porque corazón vengativo no puede ser misericordioso, y el que no usare de misericordia no la espere ni la tendrá Dios dél. Por la medida que midiere ha de ser medido. Hanlo de igualar con la balanza en que pesare a su prójimo. No se puede negar esto; mas también se me debe confesar que yerran aquellos que, sabiendo la mala inclinación de los hombres, hacen confianza dellos, y más de aquellos que tienen de antes ofendidos: que pocos o ninguno de los amigos reconciliados acontece a salir bueno.

El perdón

Mucho de Dios ha de tener en el alma el que por solo Él perdonare. Pocos milagros habemos visto por este caso y sólo de uno vi en Florencia el testimonio, fuera de los muros de la ciudad en la iglesia de San Miniato, dentro en la fortaleza, que por ser breve y digno de memoria haré dél relación.

Súplica clemencia

Un gentilhombre florentín, llamado el capitán Juan Gualberto, hijo de un caballero titulado, yendo a Florencia con su compañía, bien armado y a caballo, encontró en el camino con un su enemigo grande, que le había muerto a un su hermano. El cual, viéndose perdido y sujeto, se arrojó por el suelo a sus pies, cruzados los brazos, pidiéndole de merced por Jesucristo crucificado que no lo matase. El Juan Gualberto tuvo tal veneración a las palabras que, compungido de dolor, lo perdonó con grande misericordia. De allí lo hizo volver consigo a Florencia, donde lo llevó a ofrecer a Dios en la iglesia de San Miniato y, puesto delante de un crucifijo de bulto, le pidió Juan Gualberto que así le perdonase sus pecados, con la intención que había él perdonado aquel su enemigo. Viose visiblemente cómo, delante de toda la gente de su compañía y otros que allí estaban, el Cristo humilló la cabeza bajándola. Reconocido Juan Gualberto de aquesta merced y cortesía, luego se hizo religioso y acabó su vida santamente. Hoy está el Cristo de la forma misma que puso la humillación y es allí venerado por grandísima reliquia.
Cuando el perdón se hace sin este fundamento, siempre suele dejar un rescoldo vivo que abrasa el alma, solicitándola para venganza. Y aunque cuanto en lo exterior parece ya estar aquel fuego muerto, de tal agua mansa nos guarde Dios, que muchas y aun las más veces queda cubierta la lumbre con la ceniza del engañoso perdón; mas, en soplándola con un poco de ocasión, fácilmente se descubre y resplandecen las brasas encendidas de la injuria.

Intenta justificar su sed de venganza por los que le mantearon

Por mí lo conozco, que tanto fue lo que siempre me aguijoneaba la venganza, que como con espuelas parecía picarme los ijares como a bestia. ¡Bien bestia!, que no lo es menos el que conoce aqueste disparate. Poníame siempre a los ojos aquel zarandeado de huesos y, reparando en ello, parecía que aún me sonaban como cascabeles. Con esto y con la dulzura que me lo habían contado y malas entrañas con que lo habían hecho, sin pesarles ya de otra cosa, más de haberles parecido poco, me hacía considerar y decir: «¡Oh, hideputa, enemigos, y si a vuestra puerta llegara necesitado, y qué refresco me ofreciérades para pasar mi viaje!»
Causábame cólera y della mucho deseo de pagarme de todos los de la conjuración; y dellos no tanto cuanto del viejo dogmatista como primero inventor y ejecutor que fue della y de mi daño. […]

Capítulo IX

La historia de Dorotea y Bonifacio

Otro día, cuando amaneció, levantéme luego por la mañana, y todo él casi se me pasó recibiendo pésames, cual si [Saavedra] fuera mi hermano, pariente o deudo que me hiciera mucha falta, o como si, cuando a la mar se arrojó, se hubiera llevado consigo los baúles. «Aquesos guarde Dios -decía yo entre mí-; que los más trabajos fáciles me serán de llevar.» No sabían regalo que hacerme ni cómo -a su parecer- alegrarme; y para en algo divertirme de lo que sospechaban y yo fingía, pidieron a un curioso forzado cierto libro de mano que tenía escrito y, hojeándolo el capitán, vino a hallarse con un c[a]so que por decir en el principio dél haber en Sevilla sucedido, le mandó que me lo leyese. Y, pidiendo atención, se la dimos y dijo:

Presentación desigual de los padres de Dorotea

«-En Sevilla, ciudad famosísima en España y cabeza del Andalucía, hubo un mercader estranjero, limpio de linaje, rico y honrado, a quien llamaban Micer Jacobo. Tuvo dos hijos y una hija de una señora noble de aquella ciudad. Ellos dotrinados con mucho cuidado, en virtud y crianza y en todo género de letras tocantes a las artes liberales, y ella en cosas de labor, con exceso de curiosidad, por haberse criado en un monasterio de monjas desde su pequeña edad, a causa de haber fallecido su madre de su mismo parto.

Las bodas de Camacho y Quiteria

»Como los bienes de fortuna son mudables y más en los mercaderes, que traen sus haciendas en bolsas ajenas y a la disposición de los tiempos, no medió pie de la buena suerte a la mala. Sucedió que, como sus hijos viniesen de las Indias con suma de oro y plata, cuando ya llegaban a vista de la barra de San Lúcar y, como dicen, dentro de las puertas de su casa, revolvió un temporal, que con viento deshecho, trayéndolos de una en otra parte, dio con el navío encima de unas peñas, y abierto por medio se fue luego a pique sin algún reparo, ni lo pudo tener mercadería ni persona de todo él.
»Cuando a los oídos del padre llegó tan afligida nueva de pérdida tan grande, se melancolizó de manera que dentro de breves días también falleció.
»La hija, que residía en el convento, ya perdida la hacienda, los hermanos y padre defuntos, viéndose desamparada y sola, sintió su trabajo como lo pudiera sentir aun cualquiera hombre de mucha prudencia, por haberle faltado tanto en tan breve, que pudo decirse un día, y con ella la esperanza de su remedio, porque deseaba ser monja.

Subordinadas a voluntad ajena

»Cesaron sus disinios, comenzó su necesidad; cesaron los regalos, comenzaron los trabajos y fueron creciendo de modo que ya no sabía qué hacer ni cómo poderse allí dentro sustentar. Y aunque las conventuales todas, que le tenían mucho amor por la nobleza de su condición, afabilidad, trato y más buenas partes, condolidas de su necesidad y pobreza, la quisieran tener consigo, mas como estaban subordinadas a voluntad ajena de su prelado, ni ellas lo pudieron hacer ni a ella fue posible quedar. Porque dentro de breve término se le notificó que saliese o señalase la dote, y, no pudiendo cumplir con lo segundo, tomó resolución en lo primero.

Sin dote y con temor de la murmuración

»Era tan diestra en labor, así blanca como bordados, matizaba con tanta perfeción y curiosidad, que por toda la ciudad corría su nombre. Con esto, las virtudes de su alma y hermosura de su rostro eran tan por exceso, que a porfía parece haberse fabricado por diestros diversos artífices en competencia. Y todo junto, en comparación de su recogimiento, mortificación, ayunos y penitencia, no llegaban. Viéndose, pues, desabrigada, con temor de la murmuración y de ocasión que le pudiera dañar, celosa de su honor, buscó un aposento en compañía de otras doncellas religiosas, donde sin tener otra sombra sino la de su trabajo, con él se alimentaba tasadísimamente y con grande límite, dando ejemplo de su virtud a todas las más doncellas de su tiempo.

El encargo del arzobispo

»El arzobispo de aquella ciudad tuvo deseo de mandar hacer algunas cosas de curiosidad, hijuelas y corporales matizados, y no sabiendo ni hallándose quien como Dorotea lo hiciese -que así se llamaba esta señora- por las buenas nuevas que della tuvieron, la buscaron y encomendáronle aquesta obra, prometiéndole por ella muy buena paga.

Los batihojas o artesanos del oro

»Era necesario para tanta curiosidad que fuera el oro el mejor, más delgado y florido que se pudiera hallar. Y porque sólo quien lo sabe gastar es quien lo sabe mejor escoger, ella propria en compañía de sus vecinas y amigas lo fueron a buscar a los batihojas, que son en Sevilla los oficiales que lo hacen y venden.
[SEVILLA. 21.03.2004 Manuel Fernández Sánchez, el último batihoja de Sevilla, ha muerto. Su fallecimiento tuvo lugar el pasado 26 de enero, a los 79 años de edad. Con él se pone fin a una labor artesanal que tuvo sus inicios en esta ciudad durante el siglo XIII, tras la reconquista cristiana. Tal fue el auge de esta artesanía en aquella época, que el rey San Fernando dedicó una calle a los que desempeñaban este oficio.
Manuel Fernández realizaba esta labor en el número 77 de la
calle San Luis, en un taller que fue vendido a principios de los 90. De este modo, el último batihoja de Sevilla decidió poner punto y final a una labor en la que habían trabajado cuatro generaciones. No en vano, fue su bisabuelo, Antonio Fernández, quien abrió dicho taller en 1860.
El proceso para convertir el oro en finas láminas comenzaba con la purificación del metal. De esta forma, había que fundirlo en ácido caliente para proceder a su purificación, de manera que perdiera el cobre. Después se vertía sobre una rillera, de donde salían los lingotes. A partir de ahí comenzaba la verdadera labor del batihoja, teniendo que martillarlos durante bastantes horas para dejarlos reducidos en finas láminas que se introducen en moldes de tripas de cerdo para su conservación.]

Bonifacio

»Acertaron a entrar en casa de un mancebo de muy buena gracia y talle, que de muy poco tiempo había comenzado a usar el oficio y puesto tienda, que para más acreditarse procuraba que su obra hiciera ventajas conocidas a la de sus vecinos. Déste quisieran comprar lo que para toda su labor les fuera necesario -tanto por ser a su propósito, cuanto por escusar la salida de casa-, si el dinero les alcanzara; mas como sólo llevaban lo que para principio se les había dado, dijeron que llevarían un poco y volverían por más, como se fuese obrando y ella cobrando.
»El mancebo, cuando vio la hermosura y compostura de la doncella, su habla, su honestidad y vergüenza, de tal manera quedó enamorado, que lo menos que le diera fuera todo su caudal, pues en aquel mismo punto le había entregado el alma. Y sintiéndole que dejaba de comprar con su gusto por falta de dineros, tomando achaque para sus deseos de la ocasión que le vino a la mano, sin dejarla pasar ni soltarla della, dijo:
»-Señoras, si el oro es tal que hace a propósito para lo que se busca, escoja y lleve su merced lo que hubiere menester y no le dé cuidado pagarlo luego, que por la misericordia de Dios, ánimo tengo y caudal no me falta para poder fiar aun otras partidas más importantes, y no a tan buena dita. Vuestra Merced, señora, lleve lo que quisiere y pague luego lo que mandare, que lo más que restare debiendo me irá pagando, poco a poco, según lo fuere cobrando del dueño de la obra.
»Parecióles a todas el mozo muy cortés y buena la comodidad, según se deseaba. Dorotea le dio el dinero que tenía de presente y, habiendo escogido todo el oro que le pareció mejor y necesario, lo llevó consigo, dejándole dicha la calle y casa donde acudiese por la resta.
»Luego se fueron, quedando el pobre mozo tan amante y fuera sí, cuanto falto de todo reposo y combatido de varios desasosiegos. Rompióle amor las entrañas, no comía, no bebía ni vivía: tan ocupada tenía el alma en aquella peregrina belleza, espejo de toda virtud, que todo era muerte su trabajosa vida, sin saber qué hiciese. Y pareciéndole doncella pobre, que por medios del matrimonio pudiera ser tener buen puerto sus castos deseos, quísose informar de quién era, de su vida, costumbres y nacimiento.

Dorotea, mi tesoro

»La relación que le hicieron y nuevas que della tuvo fueron tales, que con ellas quedó de nuevo muy más perdido y menos confiado, nunca creyendo poder alcanzar tan grande riqueza, hallándose siempre indigno de tanto bien como lo fuera para él poder alcanzarla por esposa.
»De todo desesperaba, en todo se conocía inferior. Mas, como no era posible ni en su mano volverse atrás, que las pasiones del alma no tocan menos a los más pobres que a los más poderosos y todos igualmente las padecen, aunque se hallaba tan atrás, nunca dejó de porfiar para pasar adelante, perseverando en su honesto propósito, por haberlo puesto en las manos de Dios, que siempre los favorec[e] y sabe acomodar con sola su voluntad las cosas de su servicio, represetándole siempre que no era otro su deseo que hallar compañera con quien mejor poderle servir, en especial aquella tan virtuosa y de su gusto, empero que así lo hiciese como mejor conviniese a su servicio.

Casamiento como remedio

»También se le representó que la mucha pobreza y discreción le harían por ventura fuerza, para que sólo mirando a su soledad y remedio, pospusiese pundonores vanos, acomodándose con el tiempo y, siéndole representado su honesto deseo de servirla, lo viniese a conceder. Con estos pensamientos y cuidados procuraba solicitar la cobranza, no apretando ni enfadando, antes tomando achaques, unas veces de ver su tan curiosa labor, otras por hacérsele paso, fingiendo lo que más a propósito venía para hacer visita y por tomar amistad. Que sólo a este fin iban por entonces encaminados sus deseos, para con ella poder mejor después entablar el juego y en el ínterin poder aquel espacio breve mitigar las ansias que siempre ausente le causaba su dama.
»En esto anduvo el mozo tan discreto como solícito y tan solícito como enamorado, procediendo con tan honrados y buenos términos, que muy en breves granjeó de todas las voluntades, no pesándoles de sus visitas, antes con ellas ya recebían regalo.

La autoridad de la doncella mayor

»Entre las que allí vivían, que eran cuatro hermanas, a la una dellas, la más venerable y grave, a quien tenían las otras todo respeto, tanto por su prudencia mucha cuanto por ser mayor en edad, se fue inclinando más en amistad y regalándola, conque después, andando el tiempo, en ocasiones que se ofrecían, poco a poco se fue descubriendo, haciéndola capaz de sus deseos, hasta de todo punto quedar aclarado con ella, suplicándole que, interponiendo para ello su autoridad, fuese parte que sus esperanzas no quedasen sin el premio que de su valor y discreción esperaba y que, siéndole favorable, la fuese disponiendo en las ocasiones que se ofreciesen, de tal manera que cualesquier dificultades quedasen llanas, pues de su parte ninguna se podía ofrecer que a brazos cruzados no se pusiese a hacer toda su voluntad.

La recurrencia a un tercero para negociar el casamiento

»Los buenos terceros bien intencionados, que sin respetos humanos tratan de las cosas honestas con libertad y verdad, tienen siempre tal fuerza, que persuaden con facilidad, porque se les da todo crédito. Esta señora fue labrando en Dorotea de modo, de uno en otro lance, que, convencida de razón, vino a condescender en el consejo que le dieron y, obedeciéndolo como de su verdadera madre, le besó por ello las manos, dejándolo en ellas.
»El desposorio se hizo con gusto general y mayor el de Bonifacio -que así llamaban a el desposado-, porque se creyó hallar con aquella joya el más dichoso, bien afortunado y rico de los hombres, pues ya tenía mujer como la deseaba, en condición y de mayor calidad que merecía, y tal, que pudiera vivir con ella seguro y honrado, sin temor de celoso pensamiento ni de alguna otra cosa que le pudiera causar desasosiego.

Insistencia en la castidad

»Vivían contentos, muy regalados y sobre todo satisfechos del casto y verdadero amor que cada cual dellos para el otro tenía. Él de ordinario asistía en la tienda, ocupado en el beneficio de su hacienda, y ella en su aposento, tratando de su labor, así doméstica como de aguja, gastando en sus matices y bordados parte de la que su marido hacía. Crecíales la ganancia y en mucha conformidad pasaban honrosamente la vida.

Las que tropiezan son las señoras; los galanes son instrumentos del demonio

»El demonio vela y nunca se adormece; más y en especial vela en destruir la paz contra las casas y ánimos conformes, arma cepos y tiende redes con todo secreto y diligencia para hacer, como desea, el daño posible y dar con ello en el suelo. Andaba siempre acechando a esta pobre señora, procurando derribarla y rendirla y, cuando más no pudiese, que a lo menos trompezase. Y así en las visitas, en misa, en sermón, en las mayores devociones, en la comunión, aun en ella la inquietaba, presentándole los instrumentos de su maldad, mancebos galanes, discretos, olorosos y pulidos, que le saliesen a el encuentro, siguiéndola y solicitándola. Mas de todo sacaba poco fruto. Porque la casta mujer, mostrándose fuerte, siempre vencía con su honestidad semejantes liviandades. Y aunque para quitar la ocasión rehusaba cuanto más podía el salir de su casa y escasamente a lo muy forzoso y necesario, donde también era perseguida, rondábanle la puerta noche y día, buscaban invenciones y medios para verla. Empero nada les aprovechaba.

El teniente y La mujer de al lado

»Entre los galanes que la deseaban servir, que todos eran mozos y señores los más principales de la ciudad, era uno el teniente della, mancebo soltero y rico. Vivía frontero de la misma casa, en otras principales, altas y de buen parecer, que por ser más humildes y bajas las de Dorotea, no obstante que había calle de por medio, cuándo por los terrados, cuándo por las ventanas, la señoreaba cuanto hacía. Y tanto, que su esposo ni ella podían casi vestirse ni acostarse sin ser vistos, en especial estando con descuido y queriendo con cuidado asecharlos.

Volverse al puesto con la caña

»Con esta ocasión el teniente andaba muy apasionado y cansado de hacer diligencias con extraordinaria solicitud. Al fin se hubo de volver, como los demás, al puesto con la caña, sin recebir algún favor ni visto sombra de sospecha con que poderlo pretender ni que desdorase un cabello del crédito de la mujer.

Otro de la misma cofradía de los penantes

»Andaba también con los muchos en la danza un otro penitente de la misma cofradía de los penantes, muy llagado y afligido. Era burgalés, galán, mozo, discreto y rico, las cuales prendas, favorecidas de su franqueza pudieran allanar los montes. Mas a la casta Dorotea, ni las partes deste poder del teniente ni pasiones de los más le hacían el menor sentimiento del mundo, como si dél no fuera.

Recordando a Camila de El curioso impertinente

»Mostrábase a todos estos combates fortísima peña inexpugnable, donde los asiduos combates de las furiosas ondas del torpe apetito, no pudiendo vencer, quedaron quebrantadas. No hay duda que siempre continuaba velando su honestidad, como la grulla, la piedra del amor de Dios levantada del suelo y el pie fijo en el de su marido. Y fuera imposible herirla, si el sagaz cazador no le armara los lazos del engaño en la espesura de la santidad, para cazar a la simple paloma.

Claudio, el sagaz cazador

»Este burgalés, que se llamaba Claudio, tenía en su servicio una gentil esclava blanca, de buena presencia y talle, nacida en España de una berberisca, tan diestra en un embeleco, tan maestra en juntar voluntades, tan curiosa en visitar cimenterios y caritativa en acompañar ahorcados, que hiciera nacer berros encima de la cama.

La alcahueta, el tercero mal intencionado

»Llamóla un día, diole cuenta de su pena, pidiéndole consejo para salir con su pretensión adelante. La buena esclava, como haciendo burla, después de haberse bien satisfecho y enterado en el caso, riéndose, le dijo:
»-¡Pues cómo, señor! ¿Qué montes quieres mudar, qué mares agotar, a qué muertos volver el espíritu, cuál dificultad es tan grande la que te aflige y tanto me encareces? No son esas las cosas que a mí me desvelan; poco aceite y menos trabajo se ha de gastar en ello de lo que piensas; ya puedes hacer cuenta que la tienes par de ti; descuida y ten buen ánimo, que yo te daré la caza en las manos dentro de pocos días o no me llamen Sabina, hija de Haja.

Como partida de ajedrez

»Tomó el negocio a su cargo y comenzó desde aquel punto a entablar el juego, dando trazas, como el que propone dar en el ajedrez un mate a tantos lances en casa señalada. Comenzó por el peón de punta, meneando los trebejos. Y componiendo un cestillo de verdes cohollos de arrayán, cidro y naranjo, adornándolo de alhaelíes, jazmines, juncos, mosquetes y otras flores, compuestas con mucha curiosidad, lo llevó a el batihoja, diciéndole ser criada de cierta señora monja de aquella ciudad, abadesa del convento, que, teniendo noticia de la obra tan buena que allí se hacía y necesidad forzosa de un poco de buen oro para unos ornamentos que dentro de la casa estaban acabando para el día de San Juan, la regalaba con aquel cestillo y suplicaba que del oro mejor que tuviese le diese dos libras para probarlo y que, saliendo tal como le habían certificado y era conveniente a su propósito, lo pagaría muy bien y siempre lo iría gastando de su casa, llevando para cada semana lo que se pudiese gastar en ella; demás que tendría mucho cuidado de regalarlo. Bonifacio se alegró con la buena ocasión de la ganancia y no menos con el cestillo de flores, que lo estimó en mucho por la curiosidad con que venía fabricado.

Cestillo de flores como manzana de Blancanieves

»El cual a el punto, luego que lo recibió, habiendo despachado la esclava con el oro, lo llevó a su mujer, poniéndoselo en las faldas con grande alegría, que no con menos fue recebido della. Preguntóle de quién lo había comprado y díjole lo que pasaba. Entonces lo estimó en más, porque le vino a la memoria el tiempo de su niñez, cuando con las más doncellas de su edad y monjas del convento se ocupaban en semejantes ejercicios. Rogó a su marido que, si otra vez volviese, la hiciese subir a su aposento, que holgaría de conocerla.
»Luego la semana siguiente, dentro de seis días, veis aquí donde vuelve Sabina muy regocijada, diciendo del oro que había sido bueno y a pedir otro tanto, que fuese de lo mismo, dándole un largo recabdo de parte de su señora y con él una imagen pequeña de alcorza y un rosario de la misma pasta, con tanta curiosidad obrado, que bien era dino de mucha estima. Así como lo vio, no quiso recebirlo, sino que de su mano lo diese a Dorotea, su esposa.

Mujer, un bien que se da y se toma

»Cayóle la sopa en la miel, sucediéndole lo que deseaba y a pedir de boca; mas haciéndose de nuevas, dijo:
»-¡Ay, mal hombre! ¿Dícelo de veras y casado es? No lo creo. Aun por soltero nos lo habían vendido y trataba ya mi señora de casarlo con una lega que tenemos, tan linda como unas flores, hermosa y rica.
»Bonifacio le respondió:
»-Rica y hermosa la tengo, como allá me la podían dar, y con quien vivo contentísimo. Subí, veréisla.
»Sabina le dijo:
»-En buena fe, no quiero; no sea que me burle, que es un traidor.
»-No burlo, de veras -le dijo Bonifacio-. Subí, amiga Sabina.
»Ella, cuando entró en la pieza y vio a Dorotea, desalada y los pechos por tierra se le lanzó a los pies, haciéndole mil zalemas, admirada de su grande hermosura; que, aunque había oídola loar, era mucho más la obra que las palabras. Quedó como embelesada de ver sus bastidores con los bordados y otras labores que le mostró en que se ocupaba, con cuánta perfeción y curiosidad estaba obrado, diciendo:
»-¿Cómo es posible no gozar mi señora de cosa tan buena? No, no; no ha de pasar así de aquí adelante, sin que con amistad muy estrecha se comuniquen. ¡Ay, Jesús, cuando yo le cuente a mi señora la abadesa lo que he visto, cuánta invidia me tendrá! Cuánto deseo le crecerá de gozar un venturoso día de tal cara. Por el siglo de la que acá me dejó y así su alma esté do la cera luce o que landre mala me dé, si no fuere alcahueta destos amores. Yo quiero de aquí adelante regalar a esta perla y visitarla muy a menudo.
»Con estas palabras y otras regaladísimas llevó su oro, después de haberse despedido. Y de allí en adelante, de dos a tres días continuaba la visita, ya por oro, ya diciendo hacérsele camino por allí, diciéndole a el marido que cometería traición si por allí pasase y dejase de entrar a ver aquel ángel.
»Otras veces, con achaque de traerle algún regalo, la iba disponiendo a que de su voluntad tuviese deseo de irse a holgar a el monasterio un día. Cuando ya le pareció tiempo, dio por allá la vuelta un lunes de mañana y llevóle dos canasticos, uno con algunas niñerías de conservas y otro de algunas frutas de aquel tiempo, las más tempranas y mejores que se pudieron hallar.

La comedia que representaban las monjas

»Dióselos diciendo que, por ser del huerto de casa y lo primero que se había cogido, le pareció a su señora que no pudiera estar en otra parte tan bien empleado como en ella. Y que juntamente le suplicaba dos cosas. La primera y principal que, pues de allí a ocho días, el siguiente lunes, era la fiesta del glorioso San Juan Baptista y el domingo su santa víspera, le hiciese merced en hacer penitencia, pasando en el convento aquellos dos días, pues en su casa no eran de ocupación. Demás que tenían las monjas muchas fiestas y representaban una comedia entre sí a solas, que de nada gustaría, si aquesta merced no le hiciese. Y que otras señoras principales, parientas de las monjas, vendrían por allí, para que acompañándola se fuesen juntas.
[Mi bisabuelo paterno, Ildefonso, se enamoró de mi bisabuela Catalina cuando la conoció en el convento de Santa Paula, en Sevilla. Ella había ido a despedirse de una prima suya, Socorro, que se había metido a monja. La familia de mi bisabuelo vivía allí, en el patio del convento y él estaba desayunando cuando escuchó llorar a una muchacha.
Esta historia no me la contó mi abuelo, sino mi tía abuela Luisa, quien sustituyó a su tía Soledad en la casa y portería de Santa Paula. Quien ha visitado la Iglesia y patio del convento, ha conocido a mis tíos abuelos, Luisa y Pedro.]
»Lo segundo, que les diese tres libras de buen oro para fluecos de un frontal, que deseaban acabar para poner en un altar allá dentro, procurando, si fuese posible, se lo diese más cubierto y delgado. A lo del oro respondió Dorotea:

No soy mía, hágase en mí tu voluntad

»-Dárelo de muy buena gana, que lo tengo en mi poder y también hiciera lo que mi señora la abadesa me manda; mas está en el de mi marido. Ya sabéis, hermana Sabina, que no soy mía. Mi dueño es el que os puede dar el sí o el no, conforme a su voluntad.
»-En buena fe -le respondió-: aun esa sería ella, si no me la diese. Nunca yo medre si de aquí saliese todos estos ocho días hasta llevarla. No sería razón que una cosa sola que mi señora suplica tan de veras, la primera y tan justa, se dejase de hacer, porque desea, como a la salvación, gozar de aqueste paraíso.
»-¡Ay!, callá, Sabina -dijo Dorotea-. No hagáis burla de mí, que ya soy vieja.
»-¡Vieja! -dijo Sabina-. ¡Sí, sí, dese mal muere! ¡Cómo decirme agora que la primavera es fin del año y cuaresma por diciembre! Dejémonos de gracias, que así, vieja como es, la goce su marido muchos años y les dé Dios fruto de bendición. Agora se haga lo que le suplico, que deseo ganar aqueste corretaje, que mi señora la retoce. ¡Ay, cómo se ha de holgar con esta traidora!

Todo lo malo es cosa del demonio

»Bonifacio y Dorotea se reyeron, y él con alegre semblante, sin ver la culebra que estaba entre la yerba ni el daño que le asechaba, por la grande confianza que de su esposa tenía, dijo:
La autoridad de la madre abadesa y la autorización del marido
»-Agora bien, por mi vida, que Sabina lo ha reñido y pleiteado con gracia. No se le puede negar lo que pide, habiéndolo enviado a mandar el abadesa mi señora. Idos a holgar esos dos días, que yo sé cuán de gusto serán para vos y no menos para mí porque lo recibáis. Hermana Sabina, decid a su merced que así se hará, como se manda y, cuando aquesas señoras que decís vayan al monasterio, pasen sus mercedes por aquí para que se vayan juntas.

¿Qué gana Sabina para estar tan contenta?

»Agradeciólo Sabina con tales palabras, cuales de mujer tan ladina y que ya tenía negociado su deseo. Fuese a su casa tan contenta y orgullosa, que ya le parecía volverse atrás los pasos que adelante daba y que a su posada nunca jamás llegaría. El corazón le reventaba en el cuerpo de alegría. Quisiera, si fuera lícito, irla cantando a voces por las calles; echábasele de ver el contento en los visajes del rostro; hervíale la sangre, bailábanle los ojos en la cara; parecía que por ellos y la boca quería bosar la causa.
»Cuando en su casa entró, como una loca soltó los chapines, dejó caer de la cabeza el manto y, arrastrándolo por detrás, alzando con las manos las faldas por delante, que le impedían el correr, entró desatinada en el aposento de su señor, que la esperaba. Por decírselo todo, todo lo partía entre los dientes y la lengua, sin que alguna cosa dijese concertada. Ya comenzaba por ativa, ya lo volvía por pasiva. Bien o mal, tal como pudo, le dio el mensaje de modo que todos aquellos ocho días no acabaron ella de referirlo y él mil veces de preguntarlo.
»Volvía a cada paso a tratar una misma cosa, discantaban luego si aquello sería posible tener efeto. Parecíale que aquello, que dello hablaban, le había de servir y quedar por paga, sin acabar de creer que pudiera ser cierto un bien tan deseado ni llegar a gozar de tan alegre día. Para el concierto tratado hizo que se previniesen unas parientas y conocidas de casa, de quien tenía satisfación de cualquier secreto, que le ayudasen con su solicitud en este hecho.
»Llegado el domingo, día ya señalado, vistiéndose unas en hábito de casadas, otras de doncellas, de dueñas otras, fueron con Sabina por Dorotea. Tocaron a la puerta. Salió su esposo, que ya las esperaba, y como viese una tan honrada escuadra de mujeres, a el parecer principales, llamó a la suya que bajase presto, que la esperaban. Ella bajó tan simple como contenta. Habláronse todas con muy comedidos cumplimientos y, entregándosela el marido, la cogieron en medio y con ella y grande alegría fueron su viaje.
»Iban al monasterio encaminadas, cuando una de aquellas de tocas reverendas dijo:
»-¡Ay amarga de mí, cómo se nos ha olvidado ir por doña Beatriz, la desposada, que nos estará esperando y también la convidaron!
»Otra respondió luego:
»-Por los huesos de mis padres que dice verdad y que no me acordaba más della que de la primera camisa que me vestí. No podemos ir sin ella. Volvamos por aquí, que presto llegaremos allá.

Como un encierro

»Dio entonces la vuelta uno de aquellos cabestros de faldas largas y rosario a el cuello por cencerro, tomando la delantera, y todas la siguieron hasta dar consigo en casa de Claudio. Llamaron a la puerta. Salióles a responder por la ventana una esclavilla, preguntando quién llamaba y lo que querían. Una dellas le dijo:
»-Entra presto y dile a tu señora que baje su merced presto, que la esperamos.
»Hizo como que fue a dar el recabdo y, cuando de allá dentro volvió con la respuesta, les dijo:

Porque las mujeres tardan en arreglarse

»-A Vuestras Mercedes suplica mi señora se sirvan de no tomar pesadumbre aguardando un poco en cuanto se acaba de tocar, que será en breve, y entretanto se podrán Vuestras Mercedes entrar a sentarse a la cuadra.
»Ellas entraron por el patio en una sala bien aderezada, donde se quedaron las más y solas dos pasaron adelante a una mediana cuadra con Dorotea. Estaba muy bien puesta, con sus paños de tela de plata y damasco azul y cama de lo proprio, la cuja de relieve dorada. Junto a ella estaba un curioso estrado, en que las tres tomaron sus asientos y de allí a muy poco dijeron:

Novia camastrona y perezosa

»-¡Ay, Dios!, y qué prolija novia hace doña Beatriz, y si a mano viene, aún de la cama no se habrá levantado. Andad acá, hermana, sepamos cuándo habemos de ir de aquí.

Secuestro y violación pero la juzgarían culpable 

»Salieron las dos, y, quedándose sola Dorotea, se desparecieron, que persona viviente no se conocía por la casa. Claudio entró luego y, tomando en el estrado una de aquellas almohadas junto a Dorotea, le comenzó a hacer muchos ofrecimientos, descubriéndole la traza que para su venida se había tenido, desculpando aquel proceder con lo mucho que le hacía padecer. De que no quedó la pobre señora poco turbada y triste, porque lo conocía de vista y sabía sus pretensiones. Viose atajada, no supo qué hacerse ni cómo defenderse. Comenzó con lágrimas y ruegos a suplicarle no manchase su honor ni le hiciese a su marido afrenta, cometiendo contra Dios tan grave pecado; empero no le fue de provecho. Dar gritos no le importunaba, que no había persona de su parte y, cuando de algún fruto le pudieran ser y gente de fuera entrara, quien allí la hallara forzoso habían de culpar su venida, sin dar crédito a el engaño. Defendióse cuanto pudo.
»Claudio, con palabras muy regaladas y obras de violencia, y contra su resistencia y gusto, tomaba de por fuerza los frutos que podía; pero no los que deseaba, con que se iba entreteniendo y cansándola. Finalmente, después que ya no pudo resistirle, viendo perdido el juego y empeñada la prenda en lo que Claudio había podido poco a poco ir granjeando de su persona, rindióse y no pudo menos. Ellos estaban solos a puerta cerrada, el término era largo de dos días, la fuerza de Claudio mucha, ella era sola, mujer y flaca: no le fue más posible.
»Bien se pudiera decir que había sido pendencia de por San Juan, si no se les anublara el cielo. Comieron y cenaron en muchas libertades y fuéronse a dormir a la cama; empero breve fue su sosiego y sobresaltado su reposo. Porque nunca el diablo hizo empanada de que no quisiese comer la mejor parte.

No quedará sin castigo

»Costumbre suya es, cuando hace junta semejante, formar una tienda o pabellón, convidando a que se metan dentro, que allí los encubrirá y nada se sabrá, haciéndose cargo del secreto, y después, cuando están encerrados en el mayor descuido y mal pensada seguridad, abre las puertas, descubre, derriba los pabellones, manifestando en público el vicio recelado y, tañendo su tamborino, a repique de campana, llama la gente para que allí acudan a verlos, dejándolos avergonzados y tristes, de que más él se queda riendo.
»¿Quién creyera que invención tan bien trazada viniera tan en breve a descubrirse por tan estraño camino? ¿Quién esperara de tan felices medios y principios, fines tan adversos y trágicos? Mal dije que no se podía esperar menos, considerada la danza y quien la guiaba. Demás que de necesidad había de castigar el cielo a letra vista semejante maldad y fuerza. Y aunque no fue la pena igual con el delito, fue a lo menos aldabada poderosa, para que cualquiera buen discursista reconociera la ofensa y hiciera penitencia della.

Cuando el gato no está, los ratones bailan

»Como aquel día todo anduvo tan sin cuenta ni orden, allá en su cuarto los criados ensancharon los vientres, quitaron los pliegues a los estómagos y las canillas a las candiotas; comieron y bebieron hasta ir a las camas gateando, dejándose la chimenea con toda la lumbre y cerca della mucha leña. El fuego se fue metiendo por los tueros y rajas, y ellos encendidos, comunicándose con los más que cerca estaban, de manera que casi a la media noche todo aquel cuarto se quemaba sin que persona lo sintiese, que dormían todos.
»Era víspera de San Juan. El teniente andaba de ronda y a el grande resplandor, que ya la lumbre se devisaba de muy lejos, viola y sospechó la verdad, que alguna casa se quemaba. Fuéronse por el rastro de la claridad hasta la casa de Claudio. Dieron voces y golpes a la puerta. La casa era grande. Los unos de cansados, los otros bien borrachos y otros abrasados, ninguno respondía. Levantóse por la vecindad mucho alboroto. Unos y otros vecinos, preveníase cada cual de su remedio. Fuese llegando mucha gente, y con fuerza que hicieron derribaron por el suelo las puertas. Entraron por la casa, creyendo que los della ya fueron consumidos con el fuego y cuando menos ahogados con el humo, pues alguno por toda la casa no parecía.

Secuestrada y violada pero amante

»Fueron las voces y el estruendo tanto, que Claudio recordó y, turbado de aquel ruido tan grande, sin saber lo que pudiera ser, con la espada en la mano y ambos desnudos, abrió la puerta del aposento y, cuando vio el fuego, volvióse adentro para cubrirse con algo y salir huyendo. El teniente creyó que la gente de fuera fue quien abrió aquella sala para entrar a robar. Acudió a la defensa con diligencia y halló a los dos amantes, que apriesa y por salvarse buscaban los vestidos y, teniéndolos en las manos, ninguno hallaba el suyo.

Expuestos a vergüenza pública

»Ya podréis considerar cuáles podrían estar y qué pudieran sentir, viéndose desnudos, la casa llena de gente y sobre todo su mayor enemigo el teniente, que los había cogido juntos. Volvamos, pues, a él, que luego conoció a Dorotea. Quedó tan fuera de sí, que de los tres no se pudiera hacer alguna diferencia cuál estaba más muerto. Porque nunca el teniente pudiera persuadirse de persona del mundo a semejante cosa. Pues, teniendo por testigos a sus proprios ojos, aún los tachaba.

Resuelto a vengarse, y más de Dorotea

»Viose tan turbado, tan abrasado de celos, tan desesperado y loco, que por vengarse dellos y sin otra consideración, los hizo llevar a la cárcel con ánimo de vengarse y más de Dorotea, que, por no haberle admitido, estaba resuelto de infamarla, buscando rastros para tener ocasión con que prender también a su marido, pareciéndole no haber sido posible no ser sabidor y consentidor del caso, dando a su mujer licencia que fuese a dormir con aquel mancebo, por interese grande que por ello le habría dado. Que una pasión de amor hace cegar el entendimiento, volviendo los ánimos tiranos y crueles.

Todos a la cárcel

»A ella la llevaron cubierta con su manto, con orden de que no fuese por entonces conocida hasta hacer la información, y a él por otra parte también lo llevaron preso. Y aunque hizo Claudio por impedirlo grandes diligencias, pretendiendo escusar los graves daños que dello pudieran resultar, ni ruegos ni dineros fueron parte a que la rabia del corazón se le aplacase a el juez.
»Ellos quedaron en su prisión y el juez echando espuma por la boca, hasta que se aplacó el fuego y lo dejó muerto; mas el de su corazón muy vivamente ardía. Era ya después de media noche. Había padecido mucho con el cansancio y más con el enojo. Fuese a dormir, si pudo, que se cumplió el refrán en él: Así tengáis el sueño.
»No lo tuvo bueno ni es de creer; antes con el enojo trazaría la venganza, guisándola de mil modos para que no escapasen o a lo menos limpia la honra. Mas estaba haciendo la cuenta sin la huéspeda. Que apenas él tenía los pies en la cama, cuando ya Dorotea tenía cobro.

La intervención de Sabina; las mujeres, algunas veces, aciertan sin pensar

»Dormía Sabina en un aposento más adentro del de su amo, para si en algo fuese menester de noche, y, como hubiese tenido atención a todo lo pasado, acudió presto a el remedio. Que siempre las mujeres en el primer consejo son más promptas que los hombres, y no ha de ser pensado para que acierten algunas veces. Sacó de su aposento un grueso capón que había quedado de la cena, el cual acomodó con un gentil pedazo de jamón de la sierra, con un frasco de generoso vino, buen pan y reales en la bolsa. Poniéndose un colchón, sábanas y un cobertor en la cabeza y la cesta en el brazo, se fue a la cárcel. Pidió al portero que le dejase meter aquella cama y cena para una dueña de su amo, que, porque se tardó en dar un caldero con que sacar agua para matar el fuego, la mandó traer el teniente presa. Con esta poca culpa y cuatro reales de a cuatro que le metió en la mano, le abrió las puertas, haciéndole cien reverencias, aunque con la ropa que sobre la cabeza llevaba no le vio la cara.
»Ella entró con su recabdo a Dorotea, que más estaba muerta que viva. Estuvieron hablando solas, porque las más presas ya dormían. Y de allí resultó que Dorotea, hecha Sabina y puesta una saya suya verde que llevaba, llamó a el portero y le dio la cena, diciendo que la dueña no la quería ni dormir en cama hasta salir de allí. Él vio su cielo abierto y al sabor del tocino se puso en manos del vino, guardando la resulta para el siguiente día.

Como vuelvo a mi casa con semejante papeleta

»En cuanto el carcelero se ofrendaba, se cargó Dorotea el colchón en la cabeza y salió de la cárcel, dejando en su lugar a Sabina, y con dos de las mujeres del día pasado se volvió a casa de Claudio, hasta por la mañana, que con ellas y otras volvió a su casa, fingiéndose no haber estado buena de salud y que por eso se volvía.

[Candela de Mujeres al borde de un ataque de nervios: Pepa, yo no sabía donde presentarme. Yo no podía ir a Málaga con esta papeleta... Bastante es que soy modelo.]
 

Irse de rositas

»Ya el teniente andaba orgulloso para el siguiente día martes y no se olvidaba Claudio, porque, como ya sabía estar la señora en salvo, hizo que un su amigo hablase a el asistente, suplicándole que personalmente lo desagraviase, viendo la sinjusticia que le habían hecho. También el teniente, cuando fue a comer a su casa y se puso a la ventana, mirando con infernal celo a las de Dorotea, reconocióla y vio que, sentada con su marido, estaban comiendo juntos.
»Perdía el seso, estaba sin juicio, pensando qué fuese aquello. Envió a la cárcel a saber quién soltó la presa de la noche antes. Dijéronle que allí estaba. Ya pateaba en este punto, porque sin duda creyó estar loco, si acaso no hubiera sido sueño lo pasado. Así pasó aquel día hasta el siguiente, que, viniendo a la visita el asistente con sus dos tenientes, mandaron llamar a Claudio y a la mujer que con él había venido presa. Los cuales, como ya hubiesen dicho en su confisión quiénes eran y allí fuesen públicamente conocidos, fueron sueltos.

Daños materiales y deshonra de una hermana; se ordena franciscano

»Empero no tan libres que Claudio no purgase bien las costas. Porque cuando a su casa llegó, halló la mayor parte della y de sus bienes abrasados y juntamente a una su hermana honesta, de las que sacaron a Dorotea de su casa, la cual fue hallada con un su despensero en una misma cama muertos y otros tres criados. Tanto sintió este dolor, lastimóle de tal manera el corazón semejante afrenta, porque aquello había sido en toda la ciudad notorio, que de la intensa imaginación adoleció gravemente. Y no deseando salud para gozarse con ella, sino sólo para hacer penitencia del grave pecado cometido, convaleció y, sin dar cuenta dello a persona del mundo, se fue a el monte, donde acabó santamente, siendo religioso de la Orden de San Francisco.

Con su marido y en paz, porque mueren todos los testigos

»Dorotea se fue con su marido en paz y amistad, cual siempre habían tenido. El teniente se quedó muy feo, sin muchos doblones que le daban y sin venganza, y Bonifacio con todo su honor. Porque Sabina y las más que supieron su afrenta, dentro de muy pocos días murieron. Que así sabe Dios castigar y vengar los agravios cometidos contra inocentes y justos.»
Con esta historia y otros entretenimientos, venimos con bonanza hasta España, que no poco la tuve deseada, sin ferros, artillería, remos, postizas ni arrombadas. Porque todo fue a la mar y quedé yo vivo: que fuera más justo perecer en ella.



[Me he reído mucho, la verdad. Me ha parecido toda la historia un disparate. Pero fue publicada en 1604, no hay que perderlo de vista. Una mujer engañada, secuestrada y violada que, ni es la Marina de Átame, que termina enamorándose de Ricky, ni clase alguna de heroína, porque todo su afán es silenciar lo que le ha pasado. La mudez y la invisibilidad. En realidad, más parece la historia del sagaz Claudio.
El papel del teniente también tiene su aquél. Y no digamos las conclusiones y su decisión de vengarse.
El juez que echa espuma por la boca hasta quedar muerto es sensacional. Iba a prevaricar, ¿no? ¿O es que se espera de un juez -de lo humano y lo divino- que tome las causas de un modo personal?
La salida de Claudio, ordenándose franciscano y haciendo voto de pobreza me parece muy consecuente. Había perdido todos sus bienes materiales y tenía que purgar su culpa. La muerte y la deshonra, su castigo, no le vienen directamente a él sino a través de una hermana. ¿Qué mayor daño que ése? Nótese que la hermana fue hallada junto al despensero.
Compararía esta historia con la novela de El curioso impertinente, mucho más cercana a nosotros. Mucho más realista y donde la mujer tiene un papel más digno.
Asímismo la compararía con Carta de una desconocida, la novela de Stefan Zweig, publicada en 1922. Esa mujer que tampoco tiene ya nada que ver con nosotras, las mujeres del siglo XXI, pero que supone un cambio respecto a la perversión del amor de Dorotea.
Digamos que en Carta de una desconocida, la protagonista es la mujer y asume el papel activo. Es un Claudio romántico y apasionado cuyo objetivo es enamorar al escritor, convertirse en el centro de su vida. Para él, ella es invisible, indiferente, indistinta a las demás mujeres con las que también tiene aventuras. Pero le une una característica con Dorotea: no tiene voz. No puede expresar sus sentimientos. Es una especie de Sirenita y, aunque puede valerse de la astucia para alcanzar su enfermizo propósito, no puede manifestarle su voluntad.
Su voluntad es que este hombre se rinda ante ella pero sin que parezca que ella ha hecho nada por conseguirlo.]

Resultado de imagen de carta a una desconocida





 












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