Mostrando entradas con la etiqueta Georges de La Tour. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Georges de La Tour. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de julio de 2014

Un lujo de primera necesidad




ELOGIO APASIONADO DEL CONOCIMIENTO, Antonio Muñoz Molina, 8 de julio de 2010
LA DISCIPLINA DE LA IMAGINACIÓN, Antonio Muñoz Molina, 22 de septiembre de 1998
George de la Tour, en su penumbra, Antonio Muñoz Molina [El País, 9 de mayo de 2009]
Georges de la Tour, en su penumbra, Antonio Muñoz Molina [El País, 22 de febrero de 2016]


ELOGIO APASIONADO DEL CONOCIMIENTO

Antonio Muñoz Molina, 8 de julio de 2010

No sé si hay un rasgo más singularmente humano que el instinto de aprender, en su doble sentido de adquirir una habilidad y descubrir algo nuevo. Nacemos mucho más torpes y más indefensos que las crías de cualquier otra especie. Nuestra supervivencia depende de manera inmediata del amparo prolongado de nuestros mayores y de nuestra capacidad de adquirir mediante la curiosidad y la imitación destrezas que no recibimos en la herencia genética. Las primeras frases rudimentarias que aprendemos a decir son preguntas. Pero aún antes de que hayamos comenzado el proceso asombroso del aprendizaje de la lengua ya estamos preguntando al indicar las cosas con el dedo, al fijarnos en ellas con esa intensidad sin parpadeo de la mirada infantil. Tener hijos es recordar o más bien descubrir hasta qué punto la mayor parte de los gestos más naturales en apariencia son el resultado de un aprendizaje lento y laborioso; es darnos cuenta de la extensión de lo que no sabíamos y ahora damos por supuesto. Salvo respirar y succionar la leche materna casi todo hemos tenido que aprenderlo, y es probable que ni siquiera fuésemos capaces de caminar completamente erguidos si no nos hubiéramos fijado en los adultos. Aprendemos con cautela y aprendemos con temeridad; a saltos súbitos y con perseverancia. Julio Cortázar escribió unas instrucciones célebres para subir una escalera. Su lectura tenía un gran efecto humorístico, pero basta fijarse en cómo un niño intenta gatear en los primeros peldaños o cómo el filo de un descansillo al que se asoma puede ser un abismo terrible para revelarnos la dificultad extrema de lo que nos parece muy fácil tan sólo porque hemos olvidado el esfuerzo que nos costó al principio. Y qué cuento habría podido escribir también Cortázar con las instrucciones para hacerse el nudo de los zapatos, en el que se nos enredaban tantas veces sin éxito nuestros dedos infantiles, o para llevarse a la boca una cucharada de sopa.


Todo lo que era sólido. La fragilidad de todo lo que ahora damos por supuesto.

Cada niño es un filósofo presocrático que se hace las preguntas fundamentales sobre el origen y la naturaleza del universo y sobre los fenómenos más comunes. Obtiene conclusiones fantásticas de la observación directa y establece hipótesis que explican satisfactoriamente la forma de la tierra, el motivo de que el fuego queme y el hielo dé frío, de que pegue el pegamento y la luna aparezca en el horizonte al anochecer. Cada niño es una máquina de aprender que imita, que pregunta, que imagina, que se muere de ganas de saber el final de una historia apenas se le ha contado el principio, que señala cada cosas y cada animal con el dedo para saber sus nombres, que nos agota con sus preguntas insaciables sobre todo. Empieza a aprender laboriosamente las primeras letras porque ha hecho el descubrimiento de la equivalencia artificial entre esos signos y los sonidos familiares, y entonces va por la calle queriendo descifrar cada uno de los letreros que encuentra, tirando impaciente de la mano adulta que lo guía.


Y como adulto no debiera perder nunca la capacidad de asombro, la curiosidad y el interrogarse por aquellas mismas cosas que uno ya se preguntaba de niño. El adulto no debiera nunca dejar de aprender y de interrogarse por lo ya aprendido. En eso consiste el sentido crítico. No hay que dar nada por supuesto y seguro. Uno debería hacer más caso de Sócrates en esa actitud receptiva, abierta a aprender cosas nuevas y, al mismo tiempo, crítica e irónica, dispuesta a cuestionar todo lo recibido.

En esa actitud no somos distintos de los otros primates superiores: lo que nos distingue de ellos es el volumen de todo lo que tenemos que aprender y la capacidad intelectual equivalente. Y absorbemos de una manera tan profunda lo que hemos aprendido que se nos vuelve natural y nos parece instintivo, lo mismo las palabras de la lengua materna que adquirimos a los tres años que las del otro idioma en el que nos sumergimos en la edad adulta; y con la misma desenvoltura que damos un paso después que otro o realizamos la complicadísima sucesión de operaciones físicas y mentales que nos permiten subir o bajar una escalera nos acostumbramos después a pedalear en una bicicleta manteniendo un equilibrio que al principio parecía imposible, y conducimos un coche por una autopista mientras escuchamos música o conversamos con un compañero de viaje. Aprender bien es olvidar que hemos aprendido.

Eso es cultura: asimilación de lo adquirido y aprendido. Me acordé de Robinson Crusoe. No conocemos el valor de las cosas hasta que nos vemos privados de ellas.

Verdades obvias, desde luego. Pero conviene no perderlas de vista para apreciar el valor y la dificultad de lo que damos por supuesto, que suele ser lo más importante de la vida. Damos por supuesta la salud hasta que caemos enfermos. Nuestra existencia entera depende del hábito de la respiración, pero sólo pensamos en ella a no ser que notemos un ahogo. Nadie como un asmático aprecia el don del aire limpio y fresco en los pulmones. Sólo cuando se ha vivido bajo una tiranía conserva uno la plena conciencia del valor de la democracia. Y quizás, cuando nos hemos convertido en personas razonablemente cultivadas, nos cuesta más apreciar nuestro privilegio y recordar los años de esfuerzo que hemos dedicado al aprendizaje, y la diferencia enorme que hay entre saber algo y no saberlo, entre el analfabeto y el letrado, entre la explicación racional de los hechos y la confusión de la mentalidad supersticiosa o fanática. Es una diferencia, casi siempre, de clase, y perdonen que use un término poco de moda en una época en que la izquierda ha abandonado el marco conceptual de las clases sociales para sustituirlo por el de las identidades colectivas.


Daniel Defoe: De tal manera es nuestra condición: No experimentamos las ventajas de un estado hasta que probamos los sinsabores de otros. Lo que está en juego: un sistema educativo y sanitario públicos, la legalidad de un sistema democrático, la igualdad de hombres y mujeres, un verdadero laicismo, …Me acordé de Su autorretrato: Derechos sin responsabilidades son privilegios; un derecho individual beneficia a la comunidad; un privilegio siempre se ejerce a costa de alguien. Ser progresista no es defender a rajatabla al grupo al que uno pertenece sino vindicar como propias las causas singulares de quienes en principio no son como nosotros.
 
Sólo quien vive en un país regido por el imperio de la ley se deja seducir románticamente por fantasías libertarias; y para encontrar el paraíso en la vida rural es imprescindible habitar en una ciudad moderna. Tristemente nadie aprecia lo que ha tenido desde siempre. Pero lo que no se aprecia no se defiende, y basta que algo se dé por seguro para que esté en peligro, porque no hay nada valioso que no sea también muy frágil. Quizás por eso lo que más sorprende de la España democrática es el poco apego que parece tenerse a la democracia, y el poco prestigio que se concede al saber.

No es una impresión subjetiva, una muestra más de esa cansina pesadumbre con la que los españoles miramos a nuestro país. Tenemos uno de los índices más altos de abandono escolar de la Unión Europea y uno de los más bajos de gasto en investigación científica. Ni una sola de nuestras universidades aparece en las listas de las mejores del mundo. La productividad de nuestra economía no ha dejado de caer en los últimos años, y una de las explicaciones más habituales entre los economistas es la baja calidad de la enseñanza en España. No hay político en el poder que no diga esa tontería triunfal de que la actual generación es la mejor preparada de nuestra historia, pero el estado de ánimo habitual entre los que se dedican de verdad a la enseñanza en las aulas –por distinguirlos de la caterva de los pedagogos y los entendidos- es la desolación. Desolación ante el bajo nivel de conocimiento que se arrastra de un curso a otro, de la escuela al instituto, del instituto a la universidad, y más desolación todavía ante la dificultad de mantener en las clases una atmósfera propicia al aprendizaje. Algunos levantamos la voz queriendo alertar de esta degradación de la enseñanza hace ya más de veinte años, y se nos llamó alarmistas y reaccionarios. Pero llegaron uno por uno los demoledores informes internacionales a partir de 2007 y la clase política y sus aliados en el establishment pedagógico se mantuvieron inamovibles en su ceguera interesada, en su optimismo catastrófico, en su astucia para eludir responsabilidades. Se recordará que el general Franco murió en 1975, pero aún así la consejera de educación de la junta de Andalucía atribuyó el mal estado de la enseñanza en su comunidad a la herencia franquista. Y disculpen si continúo hablando de mi tierra, ya que por ser de allí me hieren más los disparates que vienen de ella. Para paliar –verbo de moda- el abandono escolar, la Junta de Andalucía estableció un renovador sistema pedagógico: pagar un estipendio a los alumnos por el simple hecho de no irse de la escuela.

Pero hay un dato que me parece más doloroso y más significativo, por razones personales que explicaré después: por primera vez, en España, está llegando a la edad adulta una generación menos cualificada académicamente que la de sus padres.

Mi indignación es civil y política, pero también personal. Pertenezco a una generación que nació en la mitad del siglo pasado y por lo tanto ha vivido a medias entre dos mundos. Nos hicimos adultos en un país que empezaba a ser próspero, pero tenemos recuerdos muy nítidos de la pobreza y el atraso. Vivimos en grandes ciudades y en mayor o menor medida casi todos nos hemos asomado a otros países del mundo, pero nos criamos en sociedades rurales en las que la vida se reducía al círculo muy estrecho del pueblo o del barrio campesino, y en las que las expectativas de bienestar eran muy limitadas, y menos verosímiles que las de retroceso, porque una mala cosecha o unos años de sequía o una enfermedad podían traer la ruina, o estrechar más aún el cerco de la pobreza. Muchísimos de nosotros fuimos los primeros en nuestras familias no ya en llegar a la universidad sino en terminar la escuela primaria y hacer el bachillerato. Los escritores tienden a atribuirse pasados singulares en los que muy prematuramente ya se insinuaba la predestinación para la literatura. Pero que yo me hiciera escritor no es más significativo, en términos de cambio social, que las carreras profesionales de otros coetáneos míos de parecido origen: profesores, médicos, ingenieros, periodistas, abogados. Cuando nos encontramos por el mundo nos reconocemos sin vacilación, con una fraternidad instantánea basada en la memoria común, que nos alivia de la necesidad de explicarnos. Algunas veces tenemos recuerdos que parecen más antiguos que nuestras propias vidas. Somos parecidos a ese tipo de personaje tan frecuente en las novelas americanas del siglo XX, el hijo de emigrantes que habla sin acento la lengua del nuevo país y se mueve con fluidez en él pero conserva la lengua de sus padres y siente que viaja a otro mundo o a otra región del tiempo cuando visita el barrio en el que nació, y del que los emigrantes de la primera generación nunca salieron del todo. Nuestros padres pertenecen al país del pasado, nuestros hijos al del porvenir. Nosotros, que hemos vivido con plena conciencia el tránsito del uno al otro, no nos identificamos por completo con ninguno de los dos. Dibujamos las primeras letras sobre una pequeña pizarra con un marco de madera y ahora escribimos en un ordenador portátil en el que acarreamos sin peso toda la biblioteca de nuestros trabajos y todas nuestras conexiones instantáneas con el mundo exterior. Nuestros padres segaban con hoces y cavaban la tierra con azadas y nuestros hijos envían a toda velocidad mensajes por el teléfono móvil en un lenguaje cifrado que a nosotros nos cuesta comprender. Nos acordamos de cómo era el mundo antes de la televisión y ahora navegamos con soltura por Internet y sabemos encontrar en youtube una actuación recóndita de Thelonious Monk en los años cuarenta. Para nuestros hijos viajar en el AVE en menos de tres horas de Madrid a Barcelona es tan natural como lo fue para nosotros pasarnos largas noches enteras en los expresos que nos llevaban a Madrid. Ellos se mueven por Europa sin fijarse mucho en las fronteras que cruzan. Nosotros nos acordamos de cuando hacía falta un certificado de buena conducta expedido por la policía para solicitar un pasaporte, y los hombres de la generación de nuestros padres apenas salieron de jóvenes de su pueblo natal para ir al ejército, y cuando salían a Europa era para trabajar en tareas agotadoras y muchas veces serviles en países de gente arrogante y hostil que les daba órdenes en lenguas que ellos no entendían. Y cuando nos va a ganar el fatalismo sobre nuestro sistema político una punzada instintiva nos recuerda siempre que por muy defectuosa que sea la democracia nunca es lícito renegar o capitular de ella, porque hemos vivido en una dictadura y recordamos la experiencia de su grosería y su fealdad, y conocemos de primera mano la diferencia entre tener libertad y no tenerla, entre ser un súbdito y ser un ciudadano.



Chrome - Handwriting/>Chrome - Handwriting