Textos seleccionados de Diario del Nautilus, Antonio Muñoz Molina
“En cierta noche lluviosa de 1909, el guarda del cementerio donde aquella tarde había sido enterrada una muchacha oyó bajo sus pies un grito sordo como un lejano rumor cuando caminaba entre las tumbas sosteniendo un farol cuya claridad se deshacía contra el telón de lluvia. Era un grito largo y sofocado bajo la tierra, y cuando el guardián y el niño que lo acompañaba se detuvieron junto a la tumba de la muchacha recién sepultada oyeron también los acuciantes arañazos que rasgaban la mortaja y el forro acolchado del ataúd como queriendo traspasar la puerta hermética de la muerte, que no vuelve a abrirse nunca. Sigue contando, rogaba yo, avariciosamente, cuéntame lo que pasó cuando abrieron la caja. Volvieron con azadones y palas y excavaron en el barro y luego en la tierra oscura hasta levantar el ataúd, pero entonces el grito y los arañazos habían dejado de oírse. La muchacha tenía los ojos abiertos y fijos frente a la lluvia, y el niño que medio siglo después era mi abuelo y me contaba la historia advirtió que había perdido las uñas y las yemas de los dedos y que sus manos rotas seguían curvadas por la desesperación de horadar la madera y la tierra y regresar de la muerte.”
Preciosa la forma en la que está contada. Mi abuela me contó una vez sobre lo ocurrido cuando trasladaron el cementerio viejo al nuevo, que es de 1920. Llamaron a los familiares para disponer de los restos de sus difuntos y encontraron algunos signos que mostraban la evidencia de sepultados en vida, regresados de un episodio de catalepsia.
Años más tarde, en el Instituto, Clara me habló de un capítulo de la serie de Hitchcock, “Final Escape”.
Lo recordé durante mucho tiempo porque en los primeros noventa leí una noticia en el periódico de una joven a la que dieron por muerta tras ingerir una dosis letal de pastillas y alcohol. La fortuna quiso que, poco después, un empleado [de seguridad, si mal no recuerdo] se propusiera abusar de ella y la sacó de la cámara con tal objeto. El calor de otro cuerpo la permitió regresar a la vida. Como resultado, los familiares directos de la chica no quisieron denunciarlo, no así el Hospital o la Clínica en la que trabajaba el necrófilo.
En el 2002, cuando se estrenó Hable con ella, no pude dejar de relacionarla con esta noticia. Fue en un país del norte de Europa, no podría precisar cuál.
“Ha
cruzado el río donde la memoria termina, aquel Leteo que los geógrafos antiguos
hallaron al otro lado de las columnas de Hércules, y cuyo nombre perduró tras
la venida de los árabes, que lo llamaron Guadalete. En él, y en las tinieblas
marítimas del Finisterre, se acababa el mundo, en la frontera del olvido, reino
de mares no visitados por nadie y criaturas tan inconcebibles que sólo el miedo
podía borrosamente nombrarlas.”
“Esta mañana, mientras
tomábamos el aperitivo en la penumbra de la biblioteca, Márquez me dijo el
nombre del río, Guadalete, y apeló a un par de diccionarios geográficos para
explicarme su etimología. Siento no haberlo escuchado entonces; supongo que si
lo hubiera hecho no habría sabido evitar nada. Márquez abrió uno de sus
diccionarios y buscó la palabra, deteniendo en ella su dedo índice, pero yo
casi no le hice caso; atento a mi martini, a la ventana que da a la pista de
tenis, a las dunas de este lado, al río. “Palabra compuesta de una doble raíz
griega y árabe”, dijo Márquez, leyendo.”
Las aguas del olvido, Antonio
Muñoz Molina






