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jueves, 31 de enero de 2013

Un favorito de nadie





“Nací en Blunderstone, en Suffolk, o “por allí cerca”, como dicen en Escocia.

“Dios es testigo de que una sola palabra afectuosa que me hubiesen dirigido en aquel momento habría hecho de mí un ser diferente para toda la vida. Una palabra de aliento o explicación, de piedad por mi ignorancia infantil, de bienvenida por mi llegada, de seguridad de que aquél seguía siendo mi hogar, me hubieran hecho querer de corazón a aquel hombre [Eduardo Murdstone], en vez de haber de fingirlo con una apariencia hipócrita. Incluso habría llegado a respetarle en vez de aborrecerle. Creo que mi madre se disgustó mucho viéndome de pie en la estancia, torvo y como ausente, y recuerdo que me siguió con la mirada cuando busqué una silla para sentarme, acaso lamentando no verme obrar con la infantil libertad de antes; pero la palabra a que me refiero no fue pronunciada y la oportunidad de que resultase eficaz se disipó.”

“Entonces me golpeó como si quisiera matarme. En medio del ruido que provocábamos, yo oía gritar a mi madre y a Peggotty, así como carreras en la escalera. Luego Murdstone se fue, cerrando la puerta con llave, y yo quedé tendido en el suelo, ardiendo de fiebre, lacerado, deshecho, furioso por aquel injusto modo de castigarme.
¡Qué bien recuerdo, hoy que la pasión de aquella hora se ha calmado, el anormal silencio que reinaba en toda la casa! ¡Qué bien recuerdo lo malvado que, cuando mi ira y mi dolor principiaron a suavizarse, me reconocí!”

“Me veo sentado en las estancias mal iluminadas, con la cabeza sostenida en la mano, oyendo las desastrosas tocatas del profesor [Mell] y estudiando mis lecciones del día siguiente. Me veo cerrando los libros y creyendo escuchar a través de los sones de la flauta los ruidos habituales de mi antiguo hogar y el silbido del viento en las playas de Yarmouth, y sintiéndome dolorosamente triste y solo. Me veo dirigiéndome hacia mi lecho a lo largo de aposentos deshabitados y llorando, al borde de él, en mi ansia de una palabra cariñosa de Peggotty. Me veo bajando la escalera temprano de mañana, mirando, por la enorme hendidura que existía en una ventana de la escalera, la campana que pendía sobre una construcción exterior coronada por una veleta, y temiendo el momento en que su badajo llamase a clase a Steerforth y a los demás alumnos. Con todo, tan tremendo instante era secundario, en mis inquietudes, en comparación al espantable en que el hombre de la pata de palo abriese la puerta de la tapia para dar ingreso al amedrentador señor Creakle.”

“Me enteré de que [el profesor Charles] Mell no era mala persona, pero que no tenía dinero ni para mandar cantar a un ciego y que, indudablemente, su anciana madre era pobre como Job.”


“Mell, al que siempre encomendaban las misiones más difíciles, hubo de hacerse cargo de todo el colegio.
Si cupiese asociar la idea de un toro o un oso con un ser tan inofensivo como el señor Mell, podría decirse que aquella tarde se halló como un ejemplar de aquellas especies acosado por un millar de perros, al alcanzar el tumulto escolar su culminación. […]
En una palabra, escarnecían cuanto hubiera debido motivar mayor respeto hacia él.”

“En resumen, yo no era, ni mucho menos, un favorito de nadie, ni aun de mí mismo, porque quienes me querían no podían exteriorizarlo, y los que me tenían aversión lo exteriorizaban tan elocuentemente, que yo vivía en la constante certeza de parecer a todos cohibido, torpe y obtuso.
Comprendía que les molestaba tanto como ellos a mí.
Era un tormento tener que permanecer sentado tiempo y tiempo en la misma actitud, sin poder mover ni una pierna ni un brazo, por temor a que la Murdstone se quejara de mi turbulencia, como lo hacía al menor pretexto, y sin osar dirigir la vista a parte alguna, para no dar a aquella mujer nuevos motivos de reproche.”

“La madre que yacía en su tumba era la madre de mi infancia; la criatura que dormía en sus brazos [su hermano menor] era yo mismo, tal como había sido en otros tiempos, descansando ahora, silencioso para siempre, sobre su regazo…”

“Él no podía soportarme [Eduardo Murdstone, su padrastro], y al apartarme de sí, creo que procuraba olvidar sus deberes conmigo… y lo conseguía.
No era que me tratasen mal abiertamente. No me pegaban, ni me mataban de hambre, pero el mal que me hacían no tenía intervalos de bondad: se me infería de modo sistemático e inflexible. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, yo era fríamente descuidado. Me pregunto a veces, cuando pienso en ello, que habrían hecho si yo enfermara entonces; si me habrían dejado languidecer en mi cuarto, abandonado a mi soledad habitual, o si alguno de ellos [de los Murdstone] habría acudido a asistirme.”

Justo eso es lo que le ocurre a su madre y a su hermano pequeño, del que no sabemos su nombre. Me pregunto si podría trasladarse la pregunta a un nivel general. Qué ocurriría si descuidáramos sistemáticamente la educación [la enseñanza, en particular] y la sanidad.
Creo que no hay pregunta más pertinente en este momento.

“Aunque comprendí muy bien que de lo que se trataba, en realidad, era de deshacerse de mí, no supe concretamente si alegrarme o lamentarlo […] y así ataviado y con cuanto poseía de ropas y efectos guardados en un baulillo que llevaba ante mí, me veo, repito, sentado como un pobre niño solo en el mundo (según hubiera dicho la señora Gummidge), en la silla de postas en que Quinion se dirigía a tomar la diligencia de Yarmouth…”

“Ahora que conozco el mundo bastante, he perdido casi en absoluto la facultad de asombrarme por nada; pero, aún así, todavía me causa cierta sorpresa la facilidad con que me sacaron de casa a la edad que tenía. Siendo un niño de buenas cualidades, dotado de grandes capacidades de observación, listo, de fácil comprensión, delicado, muy susceptible a cualquier daño físico o moral, paréceme extraño que nadie se hiciese cargo de mi situación. Pero nadie se lo hizo; y así me convertí, a los diez años de edad, en un obrero al servicio de la casa Murdstone y Grinby. […] No hallo palabras adecuadas para expresar la íntima congoja de mi alma cuando caí entre semejante compañía. Comparaba aquellos muchachos, mis constantes camaradas de allí en adelante, con los de mi más feliz niñez, es decir, con Steerforth, Tradles y los demás y sentía que todas mis esperanzas de convertirme en un hombre culto y distinguido caían por su base.”






“Cuando ahora voy de Southwark a Blackfriars y vago, a las horas de comer por calles oscuras cuyas losas pudieron haber sido pisadas antaño por mis infantiles pies, pienso en cuántas van faltando ya de aquellas gentes que solían desfilar por mi mente al recordar el eco de la voz del capitán Hopkins. Y cuando mis memorias tornan a aquella lenta fortuna de mi niñez, asómbrame el pensar en las muchas historias que he imaginado para cada uno de aquellos personajes reales, colocándolas, como una bruma de mi fantasía, sobre tantos hechos que recuerdo perfectamente. Y cuando cruzo esos viejos lugares, veo sin extrañeza alguna, y le compadezco, a un niño inocente y romántico, que camina ante mí, construyéndose un mundo imaginativo peculiar, al margen de cosas tan extrañas y tan sórdidas experiencias…”

Textos seleccionados de David Copperfield I, Charles Dickens




viernes, 7 de septiembre de 2012

Todo lo que tenía que decir


Esta es la segunda parte del nudo de la novela Tiempos difíciles, de Charles Dickens
CAPITULO IX
OYENDO LA ÚLTIMA PALABRA

Como un ave rapaz pendiente de su presa

Mostraba tal seguridad exterior, que muchos observadores se habrían visto obligados a tomarla por una paloma, encarnada, por algún capricho de la Naturaleza, en el tabernáculo terrenal de un ave de las de pico encorvado.
Su manera de estar tan pronto en un piso como en otro era un misterio sin solución posible.
Podía bajar como un proyectil, con rapidez inigualada, desde el techo de la casa hasta el vestíbulo; pero en el momento de llegar a su destino aparecía en plena posesión de su aliento y de su dignidad. Y ningún ojo humano la vio jamás caminar con paso rápido.
Mostróse muy cariñosa con el señor Harthouse y mantuvo con él algunas agradables
conversaciones a raíz de su llegada a la finca.
-Vivimos en un mundo muy especial, caballero –dijo la señora Sparsit.
Prosiguió la señora Sparsit:
-Un mundo muy especial, diría yo, señor, refiriéndome a la intimidad que se liga en un momento entre individuos que eran poco antes completamente extraños. Recuerdo, caballero, que en aquella ocasión llegasteis a decir que sentíais verdadero recelo de la señorita Gradgrind.

El caballero continúa en su línea de adulación y menosprecio de sí mismo.

-Vuestra memoria me hace un honor excesivo para lo que mi insignificancia se merece. Vuestras amables indicaciones tuvieron por efecto corregir mi timidez, siendo innecesario que yo agregue que resultaron ser completamente exactas.
-¿Habéis encontrado a la señorita Gradgrind...; la verdad, no me acostumbro a llamarla señora Bounderby; me resulta muy absurdo...; la habéis encontrado, digo, tan juvenil como os la describí yo? -preguntó muy melosa la señora Sparsit.
-Es de un gran atractivo, señor -dijo la señora Sparsit, haciendo girar sus mitones el uno sobre el otro.
-Todo el mundo estaba antes de acuerdo en que a la señorita Gradgrind le faltaba vivacidad, pero confieso que la veo actualmente aventajada en ese sentido de una manera notable y sorprendente. A propósito, ¡aquí tenemos al señor Bounderby! -exclamó la señora Sparsit, saludando con repetidas inclinaciones de cabeza, como si no hubiese estado hablando ni pensase en nadie más que en él-. ¿Cómo os encontráis esta mañana, señor? ¡Ea, queremos veros alegre, por favor!

Reacción del señor Bounderby a las atenciones de la señora Sparsit:

Tan persistentes esfuerzos por aliviar su aflicción y por aligerar su carga, habían empezado ya para entonces a suavizar más que de costumbre la actitud del señor Bounderby hacia la señora Sparsit, produciendo simultáneamente una actitud más exigente hacia casi todas las demás personas, desde su esposa para abajo.
El señor Bounderby le contestó: «Si estuviese yo esperando a los cuidados de mi esposa, querida señora, supongo que sabéis sobradamente que tendría que esperar hasta el día del Juicio; de modo, pues, que os ruego que os toméis la molestia de encargaros de la tetera.»

Dardos envenenados a la esposa:

Insistió en que únicamente se había tomado la libertad de atender el requerimiento que le había hecho el señor Bounderby.., aunque los deseos de éste habían sido para ella como una ley durante mucho tiempo..., porque  la señorita Gradgrind se había retrasado un poco y los minutos del señor Bounderby eran muy preciosos, constándole a la señora Sparsit desde siempre que era esencial el que se desayunase sin perder uno solo.

El fanfarrón de la humildad no procura a su esposa el lugar que le corresponde:

-¡Por favor! ¡No os mováis de donde estáis, señora; no os mováis de donde estáis!  -manifestó el señor Bounderby-. Creo que será un placer para la señora Bounderby el que la releven de esa molestia.
-Podéis estar tranquila, señora... Decidme, Lu: no os molestáis por ello, ¿verdad?
Eso lo dijo el señor Bounderby de una manera jactanciosa.
-¿Por qué había de dar nadie importancia a eso, señora Sparsit?  -exclamó el señor Bounderby, esponjándose con un sentimiento de desdén-. Concedéis demasiada importancia a estos detalles, señora. Por vida mía que tendréis que renunciar aquí a algunas de vuestras ideas. Estáis anticuada, señora. Vivís retrasada para los tiempos de los hijos de Tom Gradgrind.
-¿Qué os ocurre?  -preguntó Luisa, sorprendida y con frialdad-.  ¿De qué os habéis molestado?
-¿Molestarme? -repitió Bounderby-. ¿Suponéis que si algo me hubiese molestado, no soy quién para decirlo y para pedir que cese la molestia? Me tengo por un hombre franco y no me gusta andarme por las ramas.

Lu le hace probar su propia medicina, el gusto del desdén:

Luisa le contestó serenamente:
-Me imagino que a nadie se le ha ocurrido juzgaros ni excesivamente receloso ni demasiado quisquilloso. Ni de niña ni de mujer os he encontrado yo jamás ese defecto. No comprendo, por tanto, lo que ahora os ocurre.
- ¿Lo que me ocurre? -replicó el señor Bounderby-. No me ocurre nada. Si me ocurriera, ¿no sabéis bastante bien que yo, Cosías Bounderby, de Coketown, no me lo hubiera callado? Bounderby dio un puñetazo en la mesa haciendo temblar las tazas de té; Luisa miró a su marido, y del orgullo saliéronle a la cara unos colores tan vivos que no parecía la misma, o al menos no le pareció al señor Harthouse.
Luisa dijo:
-Os mostráis incomprensible esta mañana. Por favor, no os molestéis más en dar a entender lo que os pasa. No tengo curiosidad de saberlo. ¿Qué importancia tiene?

La incomprensión hace extraños compañeros de viaje:

Pero desde aquel día, la influencia de la señora Sparsit sobre el señor Bounderby acercó más aún a Luisa y a Santiago Harthouse, reforzó el peligroso desvío de Luisa para con su marido y la mutua intimidad de ella y de Harthouse contra él, intimidad a la que Luisa llegó de un modo gradual y tan insensible que ni ella misma hubiera podido luego explicar cómo fue. Pero si intentó o no rehacer ese camino, es cosa que quedó oculta en su hermético corazón.

La doble cara de la señora Sparsit:

La mismísima descendiente de los Scadgers y emparentada por su matrimonio con los Powlers, agitó el mitón de su mano derecha frente al retrato del dueño de la casa, hizo una mueca despectiva a aquella obra de arte y exclamó:
«¡Te lo tienes merecido, mentecato, y yo me alegro mucho!»

Novedades en el Palacio de Piedra:

No hacía mucho que se había marchado el señor Bounderby cuando apareció Bitzer. Había llegado desde la ciudad con un mensaje que enviaban desde el Palacio de Piedra. El mensaje consistía en un aviso apresurado informando a Luisa de que la señora Gradgrind se encontraba muy enferma.Luisa marchó entre retumbos a Coketown. Su padre seguía en Londres cribando y cribando su montón de desperdicios en el Parlamento -sin que se supiese hasta entonces que hubiese sacado de tanta basura ningún producto valioso- y aún estaba entregado a su dura tarea en aquel vertedero nacional. A su madre, que seguía recostada en su sofá, las visitas le resultaban una molestia más que otra cosa; con los hermanos más jóvenes no sabía Luisa alternar; con Cecilia no volvió a mostrarse amable desde la noche aquella en que la hija del trotamundos había levantado los ojos para mirar a la que iba a ser la esposa del señor Bounderby. Nada, pues, la atraía hacia la casa de sus padres, y sólo raras veces había vuelto a ella.
Sus memorias del hogar y de la niñez traíanle el recuerdo de cómo habían ido cegando, apenas brotaban, todos los manantiales y fuentes de su joven corazón. Desde la época en que Luisa se marchó de la casa de sus padres, Cecilia había vivido como una más de la familia. Ahora Luisa la encontró junto a su madre; también su hermana Juana, que andaba entre los diez y  los doce años de edad, hallábase en la habitación.
Costó grandes trabajos hacer comprender a la señora Gradgrind que había llegado su hija mayor.

La ninguneada señora Gradgrind se explica:

De pronto, pareció que súbitamente se le aclaraba todo y dijo:
-Pues bien, querida mía, espero que sigas viviendo de una manera que sea satisfactoria para ti. Todo fue obra de tu padre. Se empeñó en  ello con toda su alma. Y, sin embargo, hubiera debido saber lo que se hacía.
-¿Quieres que te hable de mí, querida? Esto sí que es cosa nueva; todos quieren ahora oírme hablar de mí. Pues no estoy nada bien, Luisa. Me siento débil y aturdida.
-Me parece que hay en alguna parte de esta habitación un sufrimiento, pero no podría decir terminantemente que soy yo quien lo tiene.
Después de estas extrañas palabras, permaneció durante un rato en silencio. Luisa, que tenía la mano de su madre entre las suyas, dejó de sentir el pulso; la besó, y entonces percibió un ligerísimo hilillo de vida que parecía revolotear dentro de ella. La señora
Gradgrind dijo:
-Vienes pocas veces a ver a tu hermana. Crece lo mismo que tú. Yo quisiera que mirases por ella. Cecí, tráela.
La trajeron junto a la meridiana, y se quedó allí, con una mano en la de su hermana, Luisa, que la había visto echar el brazo al cuello de Cecilia, se dio cuenta de la diferencia de intimidad.
-¿Ves cómo se te parece, Luisa?
-Sí, madre; yo diría que es como yo, pero...
-¿Qué? Sí, yo lo digo siempre -exclamó la señora Gradgrind con inesperada prontitud-. Y eso me hace recordar una cosa. Quiero..., quiero hablar contigo, querida mía. Cecilia, mi buena muchacha, déjanos a solas un momento.

Cómo Lu vio a su hermana Juana:

Luisa había soltado la mano de su hermana; se dijo que el rostro de ésta denotaba mayor bondad y alegría de las que el suyo propio tuviera nunca; vio en él, no sin que incluso en aquel lugar y en aquel instante brotase en su corazón un ligero resentimiento, vio en él algo de la simpatía de otro rostro que había en el cuarto: el rostro dulce, de ojos sinceros, de tina palidez que la brillante cabellera negra hacía aún más intensa que lo que la habían hecho las noches pasadas en vela y el cariño.

Cómo la señora Gradgrind se atreve por fin a decir algo:

-Como sabes, tu padre vive ahora ausente casi siempre de esta casa, de modo que tengo que escribirle acerca del asunto.
-Debes tener presente, hija, que siempre que he dicho alguna cosa le han dado tantas vueltas que no han acabado nunca; por eso renuncié hace ya tiempo a decir nada.
-Estudiaste muchísimo, Luisa, y lo mismo hizo tu  hermano..., toda clase de logías desde la mañana hasta la noche. Si hay alguna logía, la que sea, que no se ha traído y llevado en esta casa, todo lo que yo puedo decir es que esperó, por lo menos, que no me obligarán jamás a oír su nombre.
-Pero hay algo, Luisa, que no es ninguna logía, y que vuestro padre ha pasado por alto o lo ha olvidado. Yo no sé lo que es. Muchas veces, teniendo sentada a mi lado a Cecilia, he pensado en ello. Ya no podré saber nunca su nombre. Acaso lo sepa tu padre. Me trae desasosegada. Quiero escribirle, para que me diga, por amor de Dios, qué es ello. Dame una pluma, dame una pluma.
Pronto la mano se detuvo en su tarea; la débil y pálida lucecita que brillaba siempre detrás de la tenue transparencia se apagó.
CAPITULO X
LA ESCALERA DE LA SEÑORA SPARSIT
Como los nervios de la señora Sparsit tardaron mucho en recobrar su temple, la digna dama alargó su estancia en el retiro del señor Bounderby durante algunas semanas; a pesar de que la conciencia de haber descendido de su alta situación en la vida daba a su temperamento tendencias eremíticas, se resignó con noble fortaleza a vivir, como si dijéramos, en la opulencia, y a mantenerse de la nata de la tierra.
Al señor Bounderby se le metió en su explosivo temperamento la convicción de que la señora Sparsit era una mujer de condición muy elevada para darse cuenta de que él llevaba sobre sí, en sus soledades, aquella carga indeterminada (aún no sabía concretamente en qué consistía), y se le metió además el convencimiento de que Luisa se habría opuesto a las frecuentes visitas de la señora Sparsit, de haber sido compatible con la grandeza suya, la de Bounderby, que su mujer pusiese inconvenientes a nada de lo que él hacía.
-Quiero deciros una cosa, señora: mientras dure el buen tiempo vendréis a la finca todos los sábados y permaneceréis aquí hasta el lunes.
A esto contestó la señora Sparsit con la frase, aunque no con el espíritu, mahometana:
-Oír es obedecer.

Me mantengo con vida para verte caer:

Construyó en su fantasía una altísima escalera y a los pies de la misma una negra sima de oprobio y de ruina; día a día y hora a hora veía ella descender a Luisa por aquella escalera.
La vida de la señora Sparsit no tuvo de allí en adelante más objeto que mirar a la escalera y observar cómo Luisa descendía por sus escalones. Unas veces con lentitud, otras con rapidez, en ocasiones varios escalones de un salto, haciendo circunstancialmente algunas pausas, pero sin retroceder jamás. Cualquier retroceso de Luisa pudiera haber dado lugar a que la señora Sparsit se muriese de melancolía y de pesar.

El sagaz método del señor Bounderby. Una mirada muy perspicaz:

Mis instrucciones son: calladamente, que parezca que ya no nos ocupamos de ello. Haced lo que queráis debajo del rosal; pero que no sospechen lo que hacéis; de lo contrario, no faltará medio centenar de individuos de su calaña que se encargarán de poner definitivamente fuera del alcance de nuestra mano al fugitivo. No os mováis; que los ladrones se vayan confiando, y nos haremos con ellos.

La caída está próxima:

La esposa del señor Bounderby se hallaba sentada junto al señor Harthouse en un rincón del jardín; hablaban en voz muy baja, y durante sus cuchicheos Harthouse se inclinaba hacia Luisa, y tocaba casi los cabellos de ésta con su cara.
-¡Poco le falta ya! -exclamó la señora Sparsit, aguzando hasta el máximo la vista.
La señora Sparsit estaba demasiado lejos para poder oír ni una sola palabra de lo que hablaban, ni aun siquiera podía saber que hablaban en voz baja, a no ser por la expresión de sus rostros; pero lo que se decían era esto:

La conversación sobre Esteban B. La interpretación de Harthouse sobre lo sucedido en el Banco:

-¿Os acordáis de aquel hombre, señor Harthouse?
-¡Perfectísimamente!
-¿De sus facciones, de sus maneras, de lo que dijo?
-Perfectamente. A mí me pareció una persona muy aburrida. Extremoso y aburrido en alto grado. Supo mantenerse hasta lo último en las normas de la exaltación de la virtud humilde; pero os aseguro que yo pensaba, entre tanto, para mis adentros: «¡Buen hombre, os estáis pasando de la raya! »
-A mí me ha costado mucho trabajo pensar mal de ese hombre.
-Mi querida Luisa..., como dice Tom -cosa que nunca decía -, ¿sabéis alguna cosa buena del individuo?
-Ninguna, desde luego.
-¿Y de alguna otra persona de su clase?
-¿Cómo voy a saber, si no conozco a ninguno de ellos, ni hombres ni mujeres?
-Entonces, mi querida Luisa, dignaos recibir un consejo que os da vuestro leal amigo, que sabe algo de algunas de las variedades de sus excelentes compañeros de Humanidad..., porque son unas criaturas excelentes, a pesar de ciertas debilidades, como la de echar siempre mano a todo cuanto ven a su alcance. Este individuo habla. Y ¿quién es el hombre que no habla? Este individuo predica la moral. Perfectamente; toda clase de farsantes la predican. Desde la Cámara de los Comunes hasta el Correccional, todo el mundo habla como un moralista, excepto la gente de nuestra clase; por eso es precisamente por lo que da gusto hablar con las gentes de nuestra clase. Un miembro de las clases apelusadas..., de las que trabajan entre pelusa..., ve que mi estimado amigo el señor Bounderby lo ata muy corto...,  se tropieza con alguien  que le propone ir a partes en este negocio del Banco; entra en el ajo, se mete algún dinero en el bolsillo, que antes estaba vacío, y con eso se quita un peso de encima. La verdad que, si no hubiese aprovechado semejante oportunidad, no habría sido un individuo vulgar, sino un hombre extraordinario.
Luisa le contestó, después de permanecer unos momentos pensativa:
-Me da la impresión de que está mal que yo me sienta tan dispuesta a mostrarme de acuerdo con vuestras palabras y que éstas parezcan quitarme un peso del corazón.
-Yo me limito a exponer un punto de vista que me parece razonable, sin agravar las cosas.

Cree el ladrón que todos son de su condición. Por si no ha quedado claro: soy de la misma opinión que su hermano, ¿no es suficiente argumento para convenir conmigo?

He hablado del asunto más de una vez con mi amigo  Tom... Sigo, como comprenderéis, en términos de la más perfecta confianza con Tom..., y él comparte por completo mi opinión, de igual manera que yo comparto por completo la suya...

El lobo estrecha el cerco sobre Caperucita:

¿Queréis daros un paseo?
Echaron a andar por los caminos del jardín alejándose de la casa. La penumbra crepuscular iba difuminándolo todo; Luisa se apoyaba en el brazo de Harthouse, sin sospechar cómo iba descendiendo, descendiendo, descendiendo, por la escalera de la señora Sparsit.
Noche y día, la señora Sparsit mantenía enhiesta su escalera. Cuando Luisa hubiese descendido hasta el último escalón y desaparecido en la sima, poco le importaba a la señora Sparsit que la escalera cayese encima de ella misma.
Y lo que a la señora Sparsit le interesaba era el ver a Luisa acercarse siempre, sin que una mano se interpusiese para detenerla, hacia el escalón inferior de la escalera gigantesca.

La hipocresía y el interés de los aduladores:

Con toda la deferencia que le merecía el señor Bounderby, en contraposición al desprecio que le inspiraba su retrato, no tenía la señora Sparsit la menor intención de interrumpir el descenso. Anhelando que éste se realizase, pero sin impaciencias, esperaba la última caída, para que así cuajase y madurase la cosecha de sus esperanzas.
CAPITULO XI
CADA VEZ MÁS ABAJO
Aunque separada durante la semana de su escalera por todo el largo del ferrocarril que mediaba entre Coketown y la casa de campo, mantenía su contemplación felina de Luisa, por medio del marido de ésta, por medio de su hermano, por medio de Santiago Harthouse, por medio de los sobrescritos de las cartas y de los paquetes, por medio de todos los seres, animados o inanimados, que se acercaban en algún momento a la escalera. Apostrofando a la figura que bajaba y con ayuda de su mitón amenazador, le decía:
-¡Estáis ya con el pie en el último escalón, señora mía! ¡Con todo vuestro disimulo, sois incapaz de engañarme!
Fuese disimulo o fuese cosa natural, fuese condición original del carácter de Luisa, o fuese un injerto hecho en el mismo por las circunstancias, el hecho es que su sorprendente reserva desorientaba y servía de estímulo al mismo tiempo a otra persona de tanta vista como la misma señora Sparsit. Había momentos en que Santiago Harthouse no veía con claridad en aquella mujer. Había momentos en los que no acertaba a leer en el rostro que tan detenidamente había estudiado; momentos en que aquella joven solitaria le resultaba un misterio.

El curioso impertinente se ausenta. Sparsit canta Si tú me dices ven:

Fue pasando el tiempo, hasta que se presentó un asunto que exigió que el señor Bounderby hiciese un viaje que había de tenerlo tres o cuatro días fuera de casa. Era viernes el día en que el señor Bounderby notificó a la señora Sparsit, estando en el Banco, su próxima ausencia, agregando:
-De todos modos, señora, vos iréis mañana a la finca. Iréis ni más ni menos que si yo estuviese allí. Para vos el caso es igual.
-Vuestros deseos son órdenes para mí, señor Bounderby -replicóle la señora Sparsit-. De otro modo, yo me sentiría inclinada a desobedecer vuestros amables mandatos, porque no estoy segura de que a la señorita Gradgrind le resulte el recibirme tan grato como a vuestra generosa hospitalidad. Pero no es necesario que insistáis más, Iré, invitada por vos.
-Me imagino, señora, que cuando yo os invito a mi casa, no necesitáis de la invitación de nadie más -contestóle el señor Bounderby con ojos de sorpresa.

Como Esaú, que vendió su primogenitura a Jacob por un plato de lentejas:

-Bitzer, presentad mis respetos al joven señor Tomás e invitadle de parte mía a que venga a compartir conmigo una chuleta de cordero en salsa de nueces, con un vaso de cerveza de la India.
El joven señor Tomás, dispuesto casi siempre a semejantes convites, envió a la señora Sparsit una contestación amable, y fue pisando los talones al mensajero. La señora Sparsit le dijo:
-¿Cómo sigue el señor Harthouse? -le preguntó la señora Sparsit.
-Está cazando en Yorkshire. Ayer le envió a Lu un canasto lleno de piezas cobradas que parecía una iglesia de grande.
-Yo le tengo una gran simpatía al señor Harthouse, como se la tienen otras muchas personas -dijo la señora Sparsit-. Quizá lo veamos pronto por aquí, ¿no es verdad, Tom?
-¿Verlo? Yo espero verlo mañana -contestó el mequetrefe.
-Tengo cita con él para esperarlo en la estación mañana al atardecer, y me imagino que después cenaré en su compañía. A la casa de campo no creo que vaya hasta dentro de una semana más o menos, porque tiene compromisos en otra parte. Por lo menos, eso es lo que él ha dicho; aunque a mí no me extrañaría que se quedase a pasar aquí el domingo y en tal caso haría alguna escapada hasta la quinta.
-¡A propósito!  -exclamó la señora Sparsit-. Si yo os diese un mensaje para vuestra hermana, ¿os acordaríais de transmitírselo?
-Nada más que presentarle mis respetuosos saludos y manifestarle que acaso no la moleste esta semana con mi compañía.
-Vaya, si no es más que eso, no importaría nada aunque me olvidase de darlo -dijo Tom-, porque no es probable que Lu se acuerde de vos si no os tiene delante.
Después de pagar el convite de la señora Sparsit con este amable piropo, volvió a caer en su descortés silencio
Al llegar la noche, se puso rápidamente la cofia y el chal y salió con disimulo a la calle; tenía sus razones para rondar furtivamente en torno de la estación, por la que habría de llegar de Yorkshire determinado viajero, y para preferir el husmear desde los rincones y a la vuelta de las columnas, más bien que dejarse ver abiertamente en aquella zona. Tom estaba esperando, y anduvo haciendo tiempo hasta que llegó el esperado tren. El señor Harthouse no venía en él.
La señora Sparsit, apartándose de la oscura ventana de un despacho desde la que estuvo espiándolo por última vez, se dijo:
-Esta es una añagaza para quitárselo de en medio.
¡Harthouse está en estos momentos reunido con su hermana!
Aquella idea fue el fruto de un momento de inspiración, y la señora Sparsit se lanzó con toda la prisa posible a sacar de ella todas sus consecuencias.

Dispuesta a pillarlos in fraganti:

La estación en la que se tomaba el tren para la casa de campo se hallaba situada en el extremo opuesto de la ciudad.
En el momento de cerrar la noche sus párpados, una noche encapotada del mes de septiembre, vio ésta cómo la señora Sparsit se deslizaba fuera del vagón, bajaba por las escaleras de madera de la pequeña estación al camino pedregoso, desembocaba de éste en una verde vereda y quedaba oculta bajo la veraniega exuberancia de ramas y de hojas.
Se oían muy cerca voces apagadas. La voz de él y la voz de ella. ¡La cita dada a Tom era, en efecto, una añagaza para mantenerlo alejado! ¡Ahí estaban ellos, un poco más allá, junto al tronco del árbol caído!
Estaba tan próxima a la pareja, que le hubiera bastado dar un salto, y no muy grande, para tocarlos a ambos. Harthouse había acudido en secreto y no se había dejado ver por la casa. Había venido a caballo, atravesando seguramente los campos vecinos, porque su caballo estaba amarrado a pocos pasos de allí, del lado de afuera de la cerca.

¿A quién representa el árbol caído? Todo indica que a la dama.

-Amor mío -decíale Harthouse-, ¿qué iba a hacer yo? ¿Era posible que me mantuviese alejado, sabiendo que vos estabais sola?
La señora Sparsit pensó para sus adentros: «Puedes ladear tu cabeza para hacerte más interesante; yo no me explico lo que ven en ti cuando la mantienes erguida. ¡Qué lejos estás de pensar, amor mío, quién tiene puestos en ti sus ojos!»
Era muy cierto que Luisa ladeaba su cabeza. En efecto: le instaba a que se marchase, le ordenaba que se alejase de allí; pero ni volvía la cabeza para mirar a Harthouse ni la levantaba. Lo verdaderamente notable era que permaneciese sentada con el mismo sosiego que había mostrado en todos los momentos de su vida
-Mi querida niña  -dijo Harthouse, y la señora Sparsit vio con placer que su brazo le rodeaba el talle-, ¿no queréis soportar mi compañía por un ratito?
-Aquí no.
-¿Dónde, entonces, Luisa?
-Aquí no.
-¡Es tan corto el tiempo de que disponemos para lo mucho que tenemos que hacer, he venido de tan lejos, te quiero tanto y estoy tan frenético! Jamás hubo enamorado tan leal a su dama y tan maltratado por ella como yo. Me parte el alma que me recibáis de esta manera tan fría, cuando esperaba encontrar la acogida luminosa vuestra, que ha sido como el sol que me ha vuelto a la vida.
-¿Hace falta que os repita que quiero estar a solas conmigo en este lugar?
-Pero necesitamos estar juntos, mi querida Luisa. ¿Dónde queréis que nos reunamos?
Ella y él tuvieron un sobresalto. También la que estaba escuchándolos tuvo un sobresalto de culpabilidad, porque le pareció que había entre los árboles otra persona al acecho. Sin embargo, no era sino la lluvia que empezaba a caer con fuerza y en grandes goterones.

¿Sobre quién empieza a llover?. El diluvio. Continúan las referencias bíblicas:

-¿Queréis que dentro de unos minutos me llegue yo a caballo hasta la casa, fingiendo creer inocentemente que el dueño está allí, y que recibirá un gran placer con mi visita?
-¡No!
-Vuestras órdenes, aunque crueles, llevan implícita mi obediencia; a pesar de ser el hombre más desdichado del mundo, creo que me mantuve insensible frente a todas las mujeres, para venir por último a caer rendido a los pies de la más hermosa, la más encantadora y la más imperiosa de todas ellas. Mi querida Luisa, no es posible que yo me marche, ni que os deje marchar, bajo la impresión de este duro exceso de vuestro dominio.
La señora Sparsit vio cómo retenía a la joven, rodeándole el talle con el brazo, y escuchó inmediatamente cómo al alcance de sus oídos anhelantes (los de la señora Sparsit) le decía cuán grande era su amor, y cómo era ella el premio por el que deseaba jugárselo todo en la vida. Todas las ambiciones que últimamente venía persiguiendo resultaban despreciables comparadas con ella; todo el éxito que tenía ya casi al alcance de la mano, él lo arrojaba lejos de sí como una cosa inmunda comparada con ella. Pero todo: sus ambiciones, si éstas servían para estar cerca de ella; o la renuncia a las mismas, si le obligaban a apartarse de ella, la fuga misma, si Luisa la compartía; el secreto, si ella lo exigía; cualquier cosa, o todo lo que el Destino le deparase, todo, absolutamente todo le era igual, con tal que Luisa le fuese fiel a él; Harthouse, el hombre que había visto cuán abandonada estaba ella; el hombre al que ella había inspirado desde su primer encuentro una admiración y un interés de que él mismo se juzgaba incapaz; el hombre al que ella había admitido en sus confidencias, que sentía abnegación y adoración por ella.
Con la precipitación en que estaba Luisa, entre el vendaval de su conciencia por dejarse arrastrar de sus pecaminosos deseos; el terror de verse descubierta.
Por último, Harthouse saltó la tapia y se alejó con su caballo, no supo ella fijamente en qué lugar ni cuándo se habían dado cita, fuera de haberles oído decir que sería aquella misma noche.
La señora Sparsit vio salir a Luisa del bosque y la vio también entrar en la casa. ¿Qué haría luego? Llovía ya a cántaros.
«¿Cómo? ¡He ahí a Luisa  que sale de la casa! Se ha echado a toda prisa el manto y la bufanda, y escapa furtivamente. ¡Se fuga! ¡Ha caído ya del último escalón y se la traga el abismo!»
Sin hacer caso de la lluvia, avanzando con paso rápido y decidido, Luisa tiró por un sendero paralelo al de los carruajes. La señora Sparsit la siguió, ocultándose entre la sombra de los árboles, aunque a corta distancia. La señora Sparsit sabía que de un instante a otro pasaría un tren para Coketown; de ahí dedujo que su primer punto de destino era esta ciudad.
Pocas precauciones se necesitaban para disfrazar a la señora Sparsit y hacer que no la conociese nadie, dado que iba coja y chorreando agua. El agua humedeció y apagó dos o tres faroles, y de este modo pudieron las dos mujeres ver mucho mejor el temblor y zigzagueo de los relámpagos a lo largo de los carriles del ferrocarril.
Luisa se ha metido en un vagón, la señora Sparsit se ha metido en otro; la pequeña estación es un puntito desierto en medio de la tormenta.
La señora Sparsit sentíase fabulosamente feliz, aunque le castañeteaban los dientes por efecto de la humedad y del frío. La figura de la mujer se había tirado al precipicio y la señora Sparsit se encontraba ahora como si estuviese cuidando el cadáver. ¿Podía hacer otra cosa sino regocijarse, ella, que se había mostrado tan activa en conseguir aquel triunfo fúnebre? «Por muy bueno que sea el caballo del señor Harthouse -se dijo para sus adentros la señora Sparsit-, llegará ella a Coketown mucho antes que él. ¿En dónde le esperará y a dónde se encaminarán juntos? ¡Paciencia! Ya lo sabremos.»
El tremendo aguacero que caía dio origen a una gran confusión en el momento de llegar el tren a su destino.

¿Qué es lo que quiere llevarse el agua?

Las alcantarillas y algunas tuberías habían reventado, el agua se había desbordado y las calles estaban inundadas. Lo primero que hizo la señora Sparsit al bajar del tren fue dirigir sus alocados ojos hacia los coches de alquiler, que se veían muy solicitados, porque pensaba: «Se meterá en uno y éste se alejará antes que yo pueda seguirlo en otro; aun a riesgo de que me atropellen, tengo que enterarme del número y de la dirección que da al cochero.»
Pero la señora Sparsit calculó mal. Luisa no se había metido en ningún coche, y, sin embargo, había desaparecido. Los ojos negros, fijos en el vagón de ferrocarril en que Luisa había viajado, descubrieron este hecho un segundo demasiado tarde. Al ver que, pasados algunos minutos, no se abrían las portezuelas del vagón, la señora Sparsit pasó y repasó por delante sin ver nada; entonces miró en el interior y lo encontró vacío. No le quedaba a la señora Sparsit otro recurso que romper en lágrimas de amargura y exclamar:
-¡La he perdido!
CAPITULO XII
EL DERRUMBE

¿Dónde está Lu? ¿Con quién?. El golpe es magistral. ¿Ya pensábais que había sucumbido?

Los basureros nacionales se habían desbandado momentáneamente, después de mantener entre ellos infinidad de pequeñas y ruidosas escaramuzas, y el señor Gradgrind se encontraba en su casa pasando las vacaciones.
Quizá su empeño principal estribaba en demostrar que el buen samaritano era un mal economista.
Se oían a lo lejos los retumbos del trueno, caía la lluvia como un diluvio, y en ese instante se abrió la puerta del cuarto del señor Gradgrind. Éste se ladeó para mirar por un lado de la lámpara que tenía encima de la mesa y vio con asombro a su hija mayor.
-¡Luisa!
-Padre, necesito hablaros.

Hay un capítulo principal (XV) en la primera parte que se titula Padre e hija. Este es el contrapunto:

A continuación se descubrió la cabeza, y dejando caer al desgaire el manto y la capucha, se quedó mirando a su padre, tan pálida, tan desmelenada, tan retadora y tan desesperada, que inspiró miedo al señor Gradgrind.
-¿Qué te pasa? Te conjuro, Luisa, a que me digas lo que te pasa.
Ella se dejó caer en una silla delante de su padre y apoyó la mano helada en su brazo.
-Padre, vos habéis sido quien me ha educado desde la cuna.
-Así es, Luisa.
-¡Maldita sea la hora en que nací para un destino semejante!
-¿Cómo pudisteis vos darme la vida y despojarme de todos los dones inapreciables que la distinguen de un estado de muerte consciente? ¿Dónde han quedado los adornos de mi alma? ¿Dónde los sentimientos de mi corazón? ¿Qué habéis hecho, padre mío, qué habéis hecho del jardín que debió florecer en mí en medio de la gran soledad de este mundo? -Luisa se golpeó con ambas manos el pecho-. Si hubiese estado aquí dentro ese jardín, tan sólo sus cenizas me habrían bastado para salvarme del vacío en que se hunde toda mi vida. No quise nunca decíroslo; pero ¿recordáis, padre, la última vez que vos y yo hablamos en esta habitación?
-Si hubiese encontrado en vos un poco de ayuda, esto que ahora sube a mis labios habría subido entonces a ellos. No os echo nada en cara. Lo que jamás cultivasteis en mí no lo habéis cultivado tampoco en voz mismo; pero si todo lo hubieseis hecho hace mucho tiempo, o si no os hubieseis cuidado de mí, ¡cuánto mejor y más dichosa sería yo hoy!
-Padre, si la última vez que estuvimos aquí de conversación hubieseis sabido lo que yo misma temía y contra lo que yo luchaba, porque mi principal tarea desde mi infancia ha sido luchar contra todos los impulsos que brotaban en mi corazón; si hubierais sabido que dentro del mío dormían sensibilidades, afectos, flaquezas, que, bien cultivadas, se habrían convertido en una fuerza y que contravienen todos los cálculos hechos por el hombre y escapan a sus fórmulas aritméticas igual que su Creador, ¿me habríais entregado a ese hombre al que ahora estoy bien segura de que odio?
- ¿Me habríais condenado jamás al frío y a la esterilidad, que me han endurecido el alma y me la han envenenado? ¿Me habríais despojado..., sin beneficio alguno para nadie, y únicamente para la mayor desolación de este mundo..., de la parte inmaterial de mi vida, de la primavera y el verano de mi ilusión, de lo que constituía mi refugio para esquivar lo que hay de sórdido y de malo en el mundo que me rodea, de lo que hubiera sido la escuela en que habría aprendido a ser más humilde y más cordial con los demás y a esforzarme por mejorarlos dentro de mi reducida esfera?
-Pues bien, padre; si yo hubiera sido ciega, si hubiese tenido que buscar mi camino a tientas, pero hubiese gozado de libertad, conociendo exactamente las  formas y superficies de las cosas, para ejercitar hasta cierto punto mi imaginación con respecto a ellas, hoy sería un millón de veces más sabia, más feliz, más cariñosa, más satisfecha, más inocente y humana en todos los aspectos que lo que soy, teniendo estos ojos míos para ver. Y ahora, escuchad lo que he venido a deciros.
-Crecí, padre mío, poseída de un hambre y de una sed que no se han visto apagadas ni un solo instante, con un ardiente impulso que me llevaba hacia alguna región en que las reglas, los números y las definiciones  no reinasen como señores absolutos; crecí, y cada pulgada de mi camino me costó una batalla.
-En esta contienda he llegado casi a expulsar y aplastar lo mejor de mí misma, convirtiéndolo de ángel en demonio. Las cosas que he aprendido me han dejado en la duda, en la incredulidad, en el desdén, lamentando haberlas aprendido; mi único y triste recurso ha sido pensar que la vida se pasa pronto y que nada en ella merece el dolor y la preocupación de una lucha.
-Me propusisteis un marido, y yo lo acepté. Jamás os fingí a vos ni a él que lo amaba. Sabía yo, y vos, padre, sabíais, como lo sabía él, que jamás sentí amor por Bounderby. No me era totalmente indiferente el casarme porque esperaba que de esa manera  podría ser agradable y útil a Tom. Fue lo mismo que una loca fuga hacia una irrealidad, y poco a poco he comprobado toda la locura de esa fuga. Pero la verdad es que Tom había sido el objeto de todas las pequeñas ternuras de mi vida; quizá lo fue porque yo sabía muy bien cuán digno de compasión era. Pero eso importa poco ahora, como no sea para disponer vuestro ánimo a que juzguéis con más benignidad sus errores.
Mirándole siempre fijamente a la cara siguió diciendo:
-Cuando estuve ya irrevocablemente casada, estalló de nuevo en mi interior mi vieja porfía, rebelándose contra el nuevo lazo; hiciéronla aún más furiosa todas aquellas causas de disparidad que surgen de nuestros dos caracteres individuales.
-No os lo echo en cara, padre, ni me quejo. He venido con otro propósito.

Me he visto en él y me ha sobrevenido el espanto. Si somos afines, ¿así soy? Vengo a contarte cómo ha crecido la semilla que sembraste:

-Padre, en estas condiciones, la casualidad puso en mi camino una nueva amistad, a un hombre que no se parecía a los que yo había conocido: mundano, alegre, cortés, de conversación fácil, sin fingimientos; a un hombre que confesaba el poco aprecio en que tenía las cosas que yo en secreto no me atrevía a despreciar; a un hombre que me dio casi en el acto la sensación..., yo no sé cómo ni por qué pasos graduales..., de que me comprendía y de que leía en mis pensamientos. No me pareció que él fuese peor que lo que yo era. Entre nosotros parecía existir una cercana afinidad. Lo único que me extrañó fue que se interesase tanto por mí un hombre que no se interesaba por nada en el mundo.
-No digo nada de las súplicas suyas para ganar mi confianza. Importa muy poco cómo la ganó. El hecho es, padre, que la ganó. Todo lo que vos sabéis de la historia de mi matrimonio lo supo él en detalle sin tardar mucho.
- No he hecho nada peor que lo que os cuento, no os he deshonrado. Pero si me preguntáis si he amado a ese hombre, o si le amo, os diré con franqueza, padre mío, que es posible que sí. Ni yo misma lo sé.
Luisa apartó de pronto sus manos de los hombros de su padre y las apretó sobre su costado, mientras que en su rostro, que parecía otro distinto, y en todo su cuerpo, erguido, resuelto a terminar en un último esfuerzo todo lo que tenía que decir, estallaban tumultuosamente los sentimientos largamente contenidos.
-Esta noche, en ausencia de mi esposo, tuvo una entrevista conmigo, y en ella me declaró su amor. En este mismo instante está esperándome; sólo así pude librarme de su presencia.
No sé si estoy arrepentida, no sé si estoy avergonzada, no sé si me siento rebajada en mi propia estimación. Todo lo que sé es que vuestra filosofía y vuestras enseñanzas no me salvarán. ¡Ahí tenéis, padre, a lo que me habéis traído! ¡Salvadme por algún otro medio!
El padre de Luisa cerró más sus brazos para impedir que su hija cayese desplomada; pero ella gritó con voz terrible:
- ¡Si seguís sosteniéndome, voy a morirme! ¡Dejadme caer al suelo!
Y su padre la dejó tendida en el suelo y vio a la que era el orgullo de su corazón y el triunfo de su sistema tendida a sus pies como un bulto insensible.



Dostoievsky: “Dickens me contó que todas las personas buenas y sencillas de sus novelas eran lo que él quisiera haber sido, y que todos sus malvados eran él mismo, o más bien lo que él encontraba dentro de sí; su crueldad, sus ataques de hostilidad sin motivo hacia aquellos que estaban indefensos y se dirigían a él en busca de consuelo, su rechazo hacia quienes debería amar… Había dos personas en él, me dijo” una que siente lo que debo sentir y otra que siente lo contrario; con la que siento lo contrario hago mis personajes malvados; con la que siente como un ser humano debe sentir trato de vivir mi vida”. AMM

martes, 4 de septiembre de 2012

¿Realmente, todos tenemos un precio?


Este es el nudo de la novela Tiempos difíciles, de Charles Dickens.
LIBRO SEGUNDO
LA COSECHA
CAPITULO PRIMERO
EFECTOS EN EL BANCO

La mano que se interpone entre el sol y las cosas. Los mitos de Coketown.

Lo admirable de Coketown era que existiese. Tantas veces había sido reducido a ruinas, que causaba asombro cómo había podido aguantar tantas catástrofes. Se puede afirmar que los fabricantes de Coketown están hechos de la porcelana más frágil que ha existido jamás.
Por grande que sea el mimo con que se los manipule, se rompen en pedazos con tal facilidad, que lo dejan a uno con la sospecha de si no estarían antes agrietados.
Además de la cuchara de oro del señor Bounderby, que andaba en boca de casi todos en Coketown, era muy popular en esta ciudad otro mito, que adoptaba la forma de una amenaza. Siempre que un coketownense creíase perjudicado, es decir, siempre que se le impedía campar por sus respetos y alguien proponía que se le hiciese responsable de las consecuencias de sus actos, podíase tener la seguridad de que reaccionaría con la espantosa amenaza de que «antes arrojaría al Atlántico todos sus bienes».Esta amenaza había puesto en varias ocasiones al ministro del Interior a dos dedos de la muerte.
Sin embargo, los coketownenses eran tan patriotas, a pesar de todo, que jamás arrojaron sus bienes al Atlántico, sino que, por el contrario, tuvieron la amabilidad de cuidarlos celosamente.
Pero el sol mismo, aunque produzca en general efectos beneficiosos, era menos benigno con Coketown que el frío más rudo, y rara vez clavaba fijamente su mirada en los rincones más apretados de la ciudad sin que engendrase más muerte que vida. Así es como el ojo del mismo cielo se convierte en un ojo maldito cuando unas manos incapaces o sórdidas se interponen entre él y las cosas a las que él mira para llevarles su bendición.

El hada o el Dragón del Banco según los ojos que la miren

Todas las mañanas la señora Sparsit solía estar en su puesto de observación a punto para acoger al señor Bounderby, cuando éste cruzaba la calle para entrar en el Banco, con la gratitud compasiva que se merecía una víctima. Aquél llevaba ya casado un año, y ni por un instante siquiera lo había liberado, en todo ese tiempo, la señora Sparsit de su inflexible compasión.
Bajo la impresión de representar papel tan interesante, considerábase la señora Sparsit como una especie de hada del Banco. Las gentes de la población, que en sus idas y venidas por la calle la veían allí, mirábanla como el dragón del Banco que vigilaba los tesoros de la mina.
Por último, tenía bajo su custodia un pequeño arsenal de machetes y carabinas dispuestos en orden vengativo encima del delantero de la chimenea de uno de los despachos, y tenía, además, algo que constituye una tradición inseparable de todos los locales de negocio que se jactan de ricos: una hilera de cubos para casos de incendio, vasijas que no sirven absolutamente de nada cuando el incendio se produce, pero que (era cosa probada) ejercían sobre  cuantos los miraban un admirable efecto moral, equiparable casi al de las barras de oro.

Bitzer o el aprendiz de Bounderby. El delator.

-La verdad, señora, que lo que he oído nada tiene de particular. Nuestra gente del pueblo es mala gente, señora ; pero esto, por desgracia, no es ninguna novedad.
- ¿Y qué es lo que hacen ahora esos descontentadizos individuos?
-Lo de siempre, señora. Formar uniones, coligarse, solidarizarse unos con otros.
-Es muy de lamentar que la Unión de patronos tolere que se formen esas ligas de una clase social.
-Estando unidos ellos, debían, todos a una, negarse  a dar trabajo a ningún hombre que estuviese coligado con otro.
-Ya lo hicieron, señora; pero no dio resultado.
-Sé únicamente que es preciso sujetar a estas gentes de una vez y para siempre, y que esto debía haberse realizado hace ya mucho tiempo.
-Y qué, ¿sigue el personal siendo tan de confianza, trabajador y puntual como de costumbre?
-Sigue portándose bastante bien, señora..., con la excepción de siempre.
Bitzer desempeñaba el respetable cargo de espía e informador general en el establecimiento; en pago a este servicio voluntario, recibió, con ocasión de las últimas Navidades, un regalo especial, además del sueldo de una semana, y por encima de éste. Se había convertido en un mozo  muy calculador, precavido, prudente y que haría con seguridad carrera. Su cerebro funcionaba con exactitud matemática y carecía en absoluto de sentimientos y de pasiones. Todos sus actos estaban inspirados en el más refinado y frío cálculo; y no sin motivo solía decir la señora Sparsit, refiriéndose a él, que era el joven de más sólidos principios que ella había conocido jamás.
-Sí; me refiero al señor Tomás. Recelo bastante del señor Tomás, señora; no me gustan, en modo alguno sus maneras de comportarse.
-Bitzer, ¿ya no os acordáis de lo que os tengo dicho a propósito de nombres propios?

-Por muy improbable que pareciese hace algunos años el que yo me viese dependiendo del señor Bounderby, sirviéndole por un regalo anual, no tengo más remedio que pensar en dicho señor desde ese punto de vista. Yo he merecido del señor Bounderby todos los respetos debidos a mi posición en la sociedad y todas las atenciones correspondientes a mi alcurnia que yo podía ambicionar. Más, muchas más. De aquí que mi protector merecerá siempre mi más escrupulosa  lealtad.
- El tal individuo, señora, no se comportó jamás como debía desde el momento mismo en que entró en estas oficinas. Es un vago, manirroto y crapuloso. No se merece el pan que come, señora, y tampoco sabría ganárselo, si no contase con un amigo y pariente en la Corte.
-Lo único que yo desearía, señora, es que su amigo y pariente no le proveyese de medios para seguir llevando la vida que lleva. Por lo demás, señora, bien sabemos vos y yo de qué bolsillo sale el dinero que gasta.
-Hay que compadecerlo, señora. Esa última persona a la que he  aludido, merece, señora, que la compadezcamos.
-En efecto, Bitzer; yo siempre, siempre, he compadecido a los que viven en un engaño.
Este último era otro de los mitos de Coketown. Cualquiera de sus capitalistas, de los que habían llegado a reunir sesenta mil libras esterlinas empezando con medio penique, salía de pronto y en cualquier ocasión preguntando asombrado por qué los sesenta mil obreros manuales que, más o menos, había en Coketown no se las arreglaban para convertir, todos y cada uno de ellos, su medio penique en sesenta mil libras, viniendo a reprocharles que no fuesen capaces de llevar a cabo una cosa tan sencilla.
Otro tema, el de sus asociaciones: estoy seguro de que hay muchos entre ellos que podrían beneficiarse un poco de cuando en cuando, en dinero o en protección, mejorando de este modo su nivel de vida, con solo que se vigilasen entre sí, comunicando después lo que saben.

Aparición del visitante: ¿amigo o enemigo?. El poder de la adulación.

-Se ve claro que es forastero.
-No sé qué pueda querer un forastero a estas horas en el Banco, como no sea que se le haya hecho tarde para el asunto que traía; pero como yo ocupo un cargo en este establecimiento por delegación del señor Bounderby, estaré a la altura de mis obligaciones.
Penetró en el cuarto de la Comisión directiva del Banco con el ademán de una matrona romana que saliese de las murallas de la ciudad para conferenciar con un general invasor.
Esta entrada imponente no produjo el menor efecto sobre el visitante, que se había acercado paseando a la ventana y se hallaba en aquel instante mirando despreocupado a la calle. Silboteaba por lo bajo con toda la tranquilidad imaginable, cubierta aún la cabeza con el sombrero y con una expresión de cansancio que era en parte producto del mucho calor y en parte también de su excesiva elegancia de maneras. Saltaba a la vista del más ciego que se trataba de un perfecto caballero, cortado por el patrón de la moda de su tiempo: cansado de todo y tan escéptico de todo como el mismísimo Lucifer.
La señora Sparsit pensó para sí misma,  mientras se agachaba con una majestuosa inclinación: «¡Ejem...! Treinta y cinco, bien parecido, buena estampa, buena dentadura, buena voz, de buena casta, bien vestido, pelo negro, mirada audaz.»
-Mi marido llevaba el apellido Powler.
-Os aburriréis mucho aquí, ¿verdad?
-Soy esclava de las circunstancias y hace ya mucho tiempo que me doblegué a la fuerza que rige mi vida.
-Soy portador de una carta de presentación para el banquero señor Bounderby. Pero, al llegar en mi paseo hasta el Banco, tuve la buena suerte de descubrir en la ventana...-hacia la que movió con lánguido vaivén la mano, ligeramente encorvada- a una dama de aspecto muy aristocrático y agradable, y me dije que lo mejor que yo podía hacer era tomarme la libertad de preguntar a esa dama dónde reside el señor Bounderby, el banquero.
En aquel mismo instante, y aunque estaba casi sentado en la mesa, inclinábase al desgaire hacia ella, como si descubriese en la señora Sparsit un cierto atractivo que la hacía encantadora... a su modo.
El forastero, cuya facilidad y suavidad de expresión resultaban agradables y parecían indicar pensamientos mucho más razonables y graciosos que lo que realmente eran -lo que acaso constituía un hábil recurso ideado por el fundador de una escuela que tiene tan numerosos adeptos, fuera quien fuese ese gran hombre- dijo:
-Ya sé que los bancos son siempre recelosos y que oficialmente deben serlo. Por eso me permito decir que mi carta..., hela aquí..., procede del diputado par este distrito..., del señor Gradgrind..., a quien tuve el gusto de conocer en Londres.
-Sí, señor; llevo diez  años de tratarlo en la situación de dependencia en que estoy con respecto a él -contestó la señora Sparsit.
-¡Eso es una eternidad! Tengo entendido que casó con la hija de Gradgrind.
- En efecto, tuvo ese... honor -dijo la señora Sparsit, y apretó súbitamente la boca.
-Según me informan, esa dama es todo un filósofo. ¿Es cierto?
-¿Ah, sí? ¿De veras? -exclamó la señora Sparsit.
-Disculpad mi impertinente curiosidad: vos conocéis a esa familia y sois también mujer de mundo. Yo estoy en vísperas de conocerla y acaso tenga que tratarla mucho... ¿Es la dama tan alarmante como se dice? Ardo en deseos de saber si responde a la verdad la fama de mujer de cabeza sólida que le da su padre. ¿Es mujer a la que no hay que ponerle un pero? ¿Repugnante y apabullantemente sabia? Vuestra significativa sonrisa me está diciendo que no. Habéis vertido un bálsamo sobre mis preocupaciones. Veamos ahora la edad... ¿Cuarenta...? ¡Treinta y cinco!
La señora Sparsit soltó una risa franca, y exclamó:
-Una verdadera chiquilla. Se casó sin tener veinte años.
-¿Qué opináis del caballero, Bitzer?
-Que gasta mucho dinero en vestir, señora.
-Es preciso reconocer que tiene muy buen gusto.
-Desde luego, señora; si es que vale la pena de gastar en eso el dinero. Además, me da en la nariz, señora, que es un jugador -agregó Bitzer mientras sacaba brillo a la mesa.
-El juego es una inmoralidad.
-El juego es una ridiculez, señora, porque siempre hay una proporción de probabilidades en contra de los jugadores.
-¡Qué estúpido!
Esta exclamación fue lanzada por la señora Sparsit mientras cenaba a solas. No dijo a quién se refería; desde luego no podía referirse al plato de mollejas.

CAPITULO II
DON SANTIAGO HARTHOUSE

Presentación del hermano del caballero y del caballero mismo. ¿Malvado o botarate?

Entre los caballeros refinados que no pertenecían de una manera normal a la escuela de Gradgrind, había uno de buena familia y mejor presencia, dotado de un feliz y extraño humorismo, que había obtenido un éxito inmenso en la Cámara de representantes en cierta ocasión en que la obsequió  -a la Cámara y al Consejo de administración de cierto ferrocarril- con su descripción de un accidente ferroviario en el que los más cuidadosos empleados de ferrocarril que había en el mundo, a sueldo de los gerentes de compañía más espléndidos de que existía memoria, manejando la maquinaria más perfecta que jamás se planeó, en la línea ferroviaria mejor construida hasta entonces, habían matado a cinco personas y herido a treinta y dos por una pura desgracia, sin la cual todas las excelencias de todo aquel sistema habrían quedado real y verdaderamente imperfectas.
El honorable diputado había cosquilleado a la Cámara -que disfruta de un fino sentido del humor-, haciéndola reír de tal manera que aquélla no quiso escuchar nada a propósito de la investigación judicial y absolvió al ferrocarril entre aplausos y risas.
Ahora bien: este caballero tenía un hermano más joven y de aspecto más agradable todavía, el que después de intentar hacer carrera como alférez de dragones encontró esta profesión molestísima; intentó a continuación abrirse camino en el séquito de un embajador inglés en el extranjero, pareciéndole también aquello un aburrimiento; hizo a continuación un viaje hasta Jerusalén y se aburrió allí por el estilo; inmediatamente emprendió un viaje en yate por el mundo y se aburrió en todas partes.
«Si necesitáis para un cargo cualquiera un hermoso perro capaz de pronunciar discursos magníficamente endemoniados, buscad a mi hermano Santi, que es el hombre que os está haciendo falta.» Después de unas cuantas y súbitas apariciones en mítines públicos, el señor Gradgrind y un consejo de sabios políticos dieron el visto bueno a Santi, decidiéndose enviarlo a Coketown para que lo fuesen conociendo en dicha ciudad y en sus alrededores.

Otro curioso impertinente. Bounderby es a Anselmo lo que Harthouse es a Lotario.

Bounderby prosiguió:
-No os mostréis tan seguro de que os va a agradar lo que voy a deciros. Por mi parte, no os lo aseguro. En primer lugar, ya habréis visto el humo que acá nos gastamos, y que para nosotros es como el pan de cada día. Desde todo punto de vista, es la cosa más saludable que hay en el mundo, especialmente para los pulmones. Si acaso pertenecéis al partido de los que quieren obligarnos a suprimir el humo, desde ahora os digo que difiero de vos.
-Señor Bounderby: os doy la seguridad de que comparto en absoluto y por completo vuestra opinión. Con pleno conocimiento.
-Me alegra oíros hablar de ese modo. Con seguridad que habréis oído también hablar muchísimo del trabajo en nuestras fábricas... ¿Que sí que habéis oído? Perfectamente. Yo quiero exponeros las cosas tal y como son. Se trata del trabajo más agradable, del más llevadero y del mejor pagado que existe. Más aún, si nosotros mismos quisiésemos mejorar las fábricas, lo único que podríamos hacer sería cubrir los suelos con alfombras de Esmirna.
-Por último  -prosiguió Bounderby-, hablemos de nuestros obreros. No hay en nuestra ciudad hombre, mujer o niño que no esté poseído de una ambición en su vida. Esa ambición consiste en vivir de sopa de tortuga y carne de venado con cuchara de oro. Sois hombre de buena familia. No os engañéis suponiendo ni siquiera por un momento que yo soy un hombre de buena familia. Yo soy un auténtico arrapiezo del arroyo, un andrajo, un hombre de baja ralea. Esto era precisamente la única cosa capaz de despertar el interés de Santi por la persona del señor Bounderby.
-Siendo así, podemos darnos un apretón de manos de igual a igual. Y digo de igual a igual, porque, conociendo lo que yo soy, conociendo toda la profundidad del arroyo desde el que yo mismo conseguí levantarme como no la conoce nadie, estoy tan orgulloso como podéis estarlo vos. Estoy tan orgulloso como podáis estarlo vos. Una vez que he afirmado debidamente mi independencia, podemos entrar en las fórmulas de cómo os encontráis y que espero que os encontréis muy bien.
-Quizá sepáis..., o quizá no lo sepáis..., que yo me casé con la hija de Tom Gradgrind. Si
no tenéis cosa mejor que hacer que venir paseando conmigo hacia la parte alta de la ciudad, tendré mucho gusto en presentaros a la hija de Tom Gradgrind.
-Señor Bounderby, con ello os habéis anticipado a mis más ardientes deseos  -contestó Santi.

Presentación de la Dama. Diferencias con Camila. Personalidad propia.

En el cuarto de estar de aquella mansión salió a saludarlos la mujer joven más extraordinaria que don Santiago Harthouse viera hasta entonces. Era al mismo tiempo recatada y espontánea; reservada, pero siempre en guardia; fría y altiva, pero avergonzada y dolida de la fanfarrona humildad de su marido, que le producía sobresaltos igual que si cada exhibición que él hacía fuese un pinchazo o un golpe. El observarla resultó para Harthouse una emoción nueva. El rostro de la joven era tan notable como sus maneras. Las facciones, bellas; pero resultaba imposible adivinar su expresión auténtica, debido al freno impuesto al juego natural de las mismas. Era inútil intentar meterse todavía a comprender a la joven aquella, que despistaba por completo todo intento de penetración con su absoluta indiferencia, su completa seguridad en sí misma, jamás desorientada, y, sin embargo, jamás a sus anchas, con su cuerpo físico junto a ellos y con su alma aparentemente solitaria.

El fanfarrón de la humildad. Se cree muy listo y además presume de bruto. Un hombre hecho a sí mismo, silvestre como un champiñón.

-Aquí tenéis, caballero, a mi esposa, la señora de Bounderby, hija mayor de Tom Gradgrind. Lu, este es don Santiago Harthouse. El señor Harthouse se ha alistado en el rol de vuestro padre. Si no figura dentro de poco tiempo como colega de Tom Gradgrind, creo por lo menos que oiremos hablar de él como diputado de alguna de las poblaciones cercanas a la nuestra. Observaréis, señor Harthouse, que mi esposa es más joven que yo.
Ignoro qué es lo que ella vería en mí para casarse conmigo, pero supongo que algo vio o, de lo contrario, no me habría tomado por marido. Es mujer de extensos conocimientos políticos y de otras clases. Si queréis daros un empacho de cualquier cosa, os aseguro que me costaría trabajo recomendaros a otro consejero mejor que Lu Bounderby.
-¡Ea, si vuestra especialidad son los cumplidos, aquí triunfaréis, porque no habéis de encontrar competidor! Jamás tuve yo oportunidad de aprender galanterías, y reconozco que ignoro el arte de decirlas. La realidad es que me inspiran desdén. Pero vos habéis sido educado de diferente manera. Mi educación ha sido a ras de tierra, ¡por vida mía! Vos sois un caballero y yo no tengo la pretensión de serlo.

El tanteo de Lu para conocer a Harthouse. Carezco de principios. Hago lo que me conviene.

-El señor Bounderby es un noble bruto en estado relativamente salvaje y está libre del todo de los arreos con que trabaja un caballejo corriente como yo.
-Respetáis mucho, y ello es natural, al señor Bounderby -contestó Luisa tranquilamente.
A pesar de ser un caballero que había corrido tanto mundo, el visitante se vio desmontado y pensó: «¿En qué sentido lo habrá dicho?»
-A juzgar por lo que ha explicado el señor Bounderby, pensáis consagraros al servicio de vuestro país. Estáis resuelto a indicarle al país la manera de salir de todas sus dificultades.
-Señora Bounderby: os aseguro por mi honor que no se trata de eso. Me guardaré muy bien de afirmar delante de vos semejante cosa. He visto un poco de mundo, aquí y allí, en un lado y en otro; he sacado la consecuencia de que todo en la vida es completamente despreciable, cosa que los demás han visto también y que algunos confiesan y otros no;  y me voy a lanzar a defender las opiniones de vuestro respetado padre... A decir verdad, lo hago porque no me encuentro en disposición de optar entre distintas opiniones, así que lo mismo me da defender esas que otras.
-Según eso, ¿no tenéis formada ninguna? –preguntó Luisa.
-No siento, en verdad, predilección alguna. Os aseguro que no atribuyo la menor importancia a las opiniones, cualesquiera que sean. El resultado de las diversas clases de aburrimiento que he tenido que soportar ha sido el convencerme (si la palabra convencer no resulta demasiado artificiosa para aplicarla al perezoso, sentimiento que me inspira el tema) de que cualquier conjunto de teorías puede resultar tan provechoso como cualquier otro, y exactamente tan dañoso como todos las demás. Existe cierta familia inglesa que tiene en su escudo una encantadora divisa italiana: «Lo que ha de ser, será.» No hay más verdad que esa.
Al señor Harthouse le pareció que la joven quedaba un poco impresionada en favor suyo por aquella resabiada jactancia, mezcla de honradez y deshonestidad, vicio tan peligroso, tan dañino y tan corriente.
-El sistema que es capaz de demostrarlo todo en una línea de unidades, decenas, centenas y millares, me parece, señora Bounderby, que es el más divertido y el que proporciona a un hombre las mejores oportunidades. Yo lo defiendo con tanto calor como si creyese en él.
Estoy completamente dispuesto a ponerme en favor suyo y lo haré hasta donde me lo exija mi supuesta fe en él. ¿Qué más podría yo hacer, si, en efecto, fuese un perfecto creyente?
-Perdonadme, ni siquiera tengo ese mérito. Os aseguro, señora Bounderby, que si todos los que pensamos como yo saliésemos de entre las filas en que formamos y nos pasasen juntos en revista, resultaríamos ser el partido más numeroso del país.
Se hubiese decidido a lanzarse otra vez al viaje de Jerusalén; de no sentir tanta curiosidad acerca de Luisa.

La debilidad de Lu. Todos tenemos nuestro talón de Aquiles.

«¿No habrá nada, nada.., capaz de poner emoción en esa cara?», se preguntaba al verla sentada en la cabecera de la mesa, donde su juvenil figura, pequeña y delgada, pero muy graciosa, parecía tan linda como fuera de lugar. ¡Pardiez! ¡Ya lo creo que había! Allí estaba, y en figura inesperada, apareció Tom, y en cuanto se abrió la puerta, cambió Luisa, y brotó en su rostro una sonrisa de felicidad.
«¡Hola, hola!  -pensó el visitante-. Este mequetrefe es la única persona a quien tiene afecto... ¡Vaya, vaya!»
Poco era lo que se veía en el joven que fuese capaz de llevar la alegría al rostro de Luisa, porque era un individuo agrio, y de maneras poco simpáticas hasta con su hermana. Eso era una prueba de la gran soledad de aquel corazón y de la necesidad que sentía de consagrarlo a alguien. El señor Harthouse, dándole vueltas y más vueltas al problema, pensaba: «Por eso mismo es este mequetrefe la única persona por la que ha sentido cariño en su vida... Por eso mismo..., por eso mismo...»
Igual en presencia de su hermana que después que ésta se retiró de la habitación, el mequetrefe no disimuló el desprecio que sentía por el señor Bounderby, haciendo visajes y guiñando un ojo cuantas veces pudo hacerlo sin que lo advirtiese aquel hombre independiente. El señor Harthouse no se dio por enterado de aquellos mensajes telegráficos, pero hizo cuanto pudo por animarle a ellos y le demostró una simpatía extraordinaria.
CAPITULO III
EL MEQUETREFE

Thomas Bounderby. Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así. El desgraciado bocazas

El que un caballerito joven, educado en un sistema permanente de represión de las tendencias naturales, fuese un hipócrita, resultaba sorprendente; sin embargo, ese era el caso de Tom. También resultaba extraordinario el que un caballerito joven al que no  se le había dejado que hiciese lo que le venía en gana, ni siquiera durante cinco minutos, apareciese, en fin de cuentas, como incapaz de gobernarse a sí mismo; pero eso era lo que había ocurrido con Tom. Era completamente inconcebible el que un caballerito joven, a quien le han estrangulado la imaginación en la cuna, se viese perseguido por el fantasma de la misma, que ha adoptado la forma de una abyecta sensualidad; pues, sin género de duda, ese fenómeno se daba en Tom.
-Si lo que queréis insinuar es que se me da un bledo del viejo Bounderby, tenéis razón. De toda mi vida, siempre que me he referido a él he dicho «el viejo Bounderby», y he tenido de él la misma opinión que hoy. No voy a empezar ahora a hablar con miramientos del viejo Bounderby. Es demasiado tarde para eso.
Santiago Harthouse siguió recostado en el mismo sitio y en idéntica actitud, fumando su
cigarro con su manera despreocupada y mirando con simpatía al mequetrefe, como si tuviese conciencia de ser un demonio agradable que sólo con cernerse sobre su víctima tenía bastante para que ésta le entregase su alma entera, si él se la pedía.
-¿Mi hermana Lu? Jamás le ha importado nada del viejo Bounderby.
-Vos conocéis a nuestro padre, señor Harthouse, y conociéndolo no debéis sorprenderos de que Lu se casase con el viejo  Bounderby. Ella no había tenido jamás novio; nuestro padre le propuso al viejo Bounderby, y ella lo aceptó.
-Sí, pero no se habría mostrado tan obediente, y la cosa no hubiera salido con tanta facilidad, de no haber sido por mí -contestó el mequetrefe.
-La convencí yo. Me habían metido en el Banco del viejo Bounderby (al que yo nunca quise ir), y sabía que me moriría allí de asco si ella daba calabazas al viejo Bounderby; le dije, pues, cuál era mi deseo, y ella accedió. Fue una chica valiente, ¿no es cierto?
-Bien mirado, la cosa no era tan importante para ella como para mí  -continuó diciendo Tom con mucha frialdad-. Yo me jugaba en el asunto mi libertad y mi regalo, y acaso mi carrera, mientras que ella no tenía otro novio, y la vida en nuestra casa era igual que vivir en una prisión..., especialmente después que yo me marché de allí. No es lo mismo que si para casarse con Bounderby hubiese ella tenido que renunciar a otro partido. Sin embargo, lo que hizo estuvo muy bien.
-Mirad, mi hermana es una chica muy normal. La mujer se las arregla para vivir perfectamente en cualquier situación. Luisa se ha hecho a esa vida suya definitivamente, y no le importa. Tanto se le da de esa como de otra. Además, Luisa es una mujer joven; pero no es una mujer como tantas otras. Ella es capaz de ensimismarse y pasarse pensando una hora entera de un tirón. Yo la he visto estar así muchas veces, sentada y contemplando el fuego.
-Mi inteligente hermana está hoy más o menos donde entonces estaba. Solía lamentárseme de que ella no disponía de los recursos de  que pueden echar mano otras muchachas. No creo que haya tenido ocasión de procurárselos de entonces acá. Pero eso le tiene sin cuidado; las muchachas tienen siempre medios para salir adelante  -agregó como persona que sabe lo que se dice, y volvió a dar chupadas a su cigarro.
-Lo que la tía Sparsit siente por Lu es, en opinión mía, más que admiración. Podríamos llamarlo afecto y reverencia. Tía Sparsit no tiró nunca el anzuelo a Bounderby cuando éste era soltero. ¡Muy lejos de eso!
El mequetrefe entró en casa y se metió en la cama. Si hubiese tenido la menor idea de lo que acababa de hacer aquella noche, y hubiese sido menos mequetrefe y más hermano, quizá se habría echado en seguida a la calle, se habría dirigido hasta la orilla del río maloliente teñido de negro y se habría acostado de una vez y para siempre dentro de él, cubriéndose la cabeza definitivamente con sus hediondas aguas.
CAPITULO IV
HOMBRES Y HERMANOS

Los obreros de Coketown

Una persona que quisiese enterarse de lo que allí ocurría tenía que ver, con la misma claridad que veía las vigas del techo y los muros de ladrillo enjalbegados, que todos los hombres allí reunidos sentían el convencimiento de que las condiciones en que  vivían eran, de un modo u otro, peores de lo que pudieran ser; que todos los hombres allí reunidos se consideraban obligados a coligarse con los demás para conseguir su mejora ; que todos los hombres allí reunidos no tenían otra esperanza de conseguirlo que el aliarse con los camaradas que los rodeaban, y que en esta creencia, acertada o equivocada en aquel momento, y por desgracia equivocada, la totalidad de aquella multitud escuchaba grave, profunda y lealmente conmovida. Tampoco podía dejar de ver ese espectador, si era sincero, que aquellos hombres demostraban en sus mismas ilusiones poseer grandes cualidades, susceptibles de ser aplicadas a las más felices y mejores empresas; y que el afirmar, dejándose llevar de axiomas corrientes, por muy reales y verdaderos que pareciesen, que esos hombres perdían el rumbo sin razón alguna, movidos de ambiciones irracionales, era lo mismo que afirmar que podía existir el humo sin el fuego, la muerte sin el nacimiento, la cosecha sin la sementera, y que todas y cada  una de las cosas pueden producirse sin causa real.

Esteban Blackpool. El valor de la palabra dada. El derecho a la disidencia. La objeción de conciencia.

Esteban empezó a hablar en medio de un silencio absoluto:
-Amigos míos, he escuchado lo que de mí se ha hablado, y es probable que no alcance a desvirtuarlo. Pero hubiera preferido que escuchaseis la verdad acerca de mí, de mis propios labios mejor que de los de otra persona, aunque nunca haya acertado yo a hablar delante de tanta gente sin emocionarme y aturrullarme.
-Yo soy el único obrero de la fábrica de Bounderby, entre todos los que allí trabajan, que no se ha adherido a los reglamentos propuestos. No me es posible aceptarlos. Amigos míos, dudo que os sean de ninguna utilidad; más bien creo que os perjudicarán.
-Pero no es precisamente por esa razón por la que yo no entro. Si no fuese más que por eso, yo entraría con los demás. Es que yo tengo mis razones..., razones mías, personales...,que me lo impiden; no sólo de momento, sino para siempre..., para siempre, mientras viva.
-Hermanos y compañeros de trabajo..., que eso sois para mí, aunque no lo sois, que yo sepa, para este delegado...; yo no tengo más que una palabra, y no tendría otra aunque tuviera que estar hablando hasta el día de mi muerte. Sé bien lo que me espera. Sé perfectamente que todos  vosotros habéis decidido no tener nada que ver con quien no está con vosotros en este asunto. Sé perfectamente que, aunque me vieseis muriendo al borde de un camino, pasaríais de largo mirándome como a un extraño y a un forastero. Yo lo he querido y he de procurar salir adelante lo mejor que pueda.
-Acaso cuando se proponga y discuta esta cuestión se produzca una amenaza de paro si me quedo trabajando entre vosotros. Pero antes que se produjese un hecho así quisiera yo morir; si no se produce, seguiré trabajando solitario entre vosotros..., tengo que trabajar, amigos míos; no es desafiaros; es que tengo que vivir. No cuento para vivir sino con mi trabajo, ¿y adónde voy a ir yo, que he trabajado aquí, en Coketown, desde que era pequeño?
No me quejaré de que, de hoy en adelante, me echéis al arroyo, de que me miréis como a un proscrito y me deis de lado, pero confío en que me dejaréis trabajar. Si algún derecho me queda, amigos míos, creo que es este.
Con esta sencillez cayó Esteban Blackpool en la más solitaria de las vidas.
CAPITULO V
UN HOMBRE Y UNOS AMOS

No muerdas la mano que te da de comer: ¿Estás con ellos o conmigo? Si no los delatas, estás contra mí. Esta es la torpeza del que se cree muy listo: no escuchar y exigir la elección cuando la elección ya está tomada.

El señor Bounderby le dijo con su acostumbrada solemnidad:
-Y bien, Esteban, ¿qué es lo que me dicen? ¿Qué ha hecho contigo toda esta mala ralea?
Pasa y desembucha.
-Perdón, caballero; nada tengo que contar sobre ese particular -dijo Esteban Blackpool.
Pues bien: ¿podéis creerme si os digo que, a pesar del estigma con que lo han marcado, sigue tan esclavo de sus compañeros que ni siquiera se atreve a abrir los labios para darnos informes acerca de ellos?
-Lo que yo he dicho es que no tengo nada que hablar, señor, y no que tenga miedo de abrir mis labios.
-¿Eso has dicho? ¡Ajá! Yo sé bien lo que has dicho; más aún; sé hasta lo que piensas, ¿qué te parece? No siempre se piensa lo mismo que se dice. A veces se piensan y se dicen cosas muy distintas. Lo mejor que podías hacer es decirnos sin rodeos que el tal Slackbridge no anda por esta ciudad incitando a los obreros al motín; que no se trata de un jefe de organización de los obreros, es decir, de un canalla de lo más desvergonzado. Lo mejor que podías hacer es decirnos eso, sin más; lo que es a mí no me engañas. Eso es lo que quieres decirnos. ¿Por qué no lo dices?
-Yo lamento, señor, tanto como vos, el que los jefes de los obreros sean malos. Los obreros toman los jefes que encuentran, y no es la menor de sus desgracias el que no puedan disponer de otros mejores.
Y dirigiéndose instintivamente a Luisa, después de haberla mirado a la cara, exclamó:
-¡Nada de eso, señora! Ni rebeldes ni bergantes. Nada de eso, señora, ni mucho menos.
Seguramente, señora, que lo que han hecho conmigo no me parece nada bien. A pesar de todo, no hay entre ellos, señora, ni una docena de hombres..., ¿qué digo una docena?, ni seis siquiera..., que no estén convencidos de que han obrado como era su deber para con ellos mismos y para con todos los demás. ¡Dios me libre de que yo, que conozco a esos hombres y que he tratado con ellos durante toda mi vida..., con ellos he comido y bebido, con ellos he sudado y trabajado y los he amado..., falte a la verdad hablando de ellos, aunque me han hecho lo que me han hecho!
-No, señora; no. Ellos son leales unos con otros, fieles unos a otros, cariñosos unos con otros, aunque se vieran en peligro de muerte. Si os encontraseis pobre entre ellos, enfermo entre ellos, sufriendo entre ellos por alguna de las muchas cosas que lleva la aflicción a la puerta del pobre, veríais cómo ellos se mostraban cariñosos, tiernos, serviciales y cristianos con vos. Tened la completa seguridad de ello, señora. Antes se dejarían hacer pedazos que cambiar de manera de ser.
-Señor, aunque yo he tenido mi parte de sufrimientos, nunca tuve habilidad para exponerlos. Señor, vivimos metidos en un embrollo. Fijaos en nuestra ciudad..., con todo lo rica que es..., y ved la gran cantidad de personas que han tenido la idea de reunirse aquí para tejer, para cardar y para ganarse la vida, todos con el mismo oficio, de un modo u otro, desde que nacen hasta que los entierran. Fijaos en cómo vivimos, en dónde vivimos, en qué apiñamiento y con qué uniformidad todos. Fijaos en cómo las fábricas funcionan siempre, sin que con ello nos acerquen más a ninguna meta determinada y distante.., como no sea a la muerte. Fijaos en el concepto en que nos tenéis, en lo que escribís acerca de nosotros, en lo que decís de nosotros, en las comisiones que enviáis a los ministros con quejas de nosotros y en que siempre tenéis razón y jamás la tuvimos nosotros en todos los días de nuestra vida. Fijaos en cómo todas estas cosas han ido creciendo y creciendo, haciéndose más voluminosas, adquiriendo mayor amplitud, endureciéndose más y más, de año en año, de generación en generación. ¿Quién que se fije con atención en todo esto no dirá, si es sincero, que es un embrollo?

-Lo ignoro, señor. ¿Cómo voy a arreglarlo yo? Eso les corresponde a los que están por encima de mí y por encima de todos nosotros. ¿De qué discuten, señor, entre ellos, si no discuten de cómo arreglarlo?
-Señor yo soy hombre de pocos conocimientos y de maneras ordinarias para que pueda indicar a este caballero el modo de mejorar todo esto..., aunque hay en esta ciudad trabajadores de más talento que yo y podrían hacerlo... pero sí que puedo decirle qué es lo que no mejorará jamás la situación. La mano dura no la mejorará. Con vencer y triunfar en los conflictos no se mejorará. Poniéndose de acuerdo para dar siempre, contra naturaleza, la razón a una de las partes, y quitársela siempre, contra toda lógica, a la otra parte, jamás, jamás se mejorará. Mientras se aísle a millares y millares de personas que viven todas de la misma manera, metidas siempre en idéntico embrollo, por fuerza han de ser como un solo hombre, y vosotros seréis como otro solo hombre, con un mundo negro e imposible de salvar entre unos y otros, mientras subsista esta situación desdichada, sea poco o sea mucho tiempo. No se mejorará la situación ni en todo el tiempo que ha de transcurrir hasta que el Sol se vuelva hielo, si se persiste en no acercarse a los trabajadores con simpatía, paciencia y métodos cariñosos como hacen ellos unos con otros en sus muchas tribulaciones, acudiendo al socorro de sus compañeros necesitados con lo que a ellos mismos les está haciendo falta... No lo hacen mejor, esa es mi humilde opinión, los trabajadores de ninguno de los países por donde ha viajado el caballero. Sobre todo valorándolos como tanta o cuánta mano de obra y moviéndolos como números en una suma, o como máquinas, igual que si ellos no tuviesen amores y  gustos, recuerdos e inclinaciones, ni almas que pueden entristecerse, ni almas capaces de esperar... ; menospreciándolos como si para nada contasen ellos, cuando están tranquilos, y echándoles en cara la falta de sentimientos humanos en sus tratos con vosotros, cuando ellos se desasosiegan...; de ese modo, señor, no se mejorará la situación mientras el mundo sea mundo y no vuelva a la nada de que Dios lo sacó.
El señor Bounderby agregó, con una expresiva inclinación de cabeza:
-Acabad el trabajo que tenéis entre manos y marchaos después a trabajar a otra parte.
CAPITULO VI
EL ALEJAMIENTO

La sospechosa anciana señora Pegler. La incondicionalidad de una madre.

Supe que el señor Bounderby se había casado. Lo leí en un periódico, ¡qué boda más suntuosa y elegante!– la anciana puso un extraño entusiasmo en esta exclamación-, y quise ver a su señora. Todavía no lo he conseguido.-díjole la anciana a Esteban.
-Pues yo, señora, he visto a esa dama, que es joven y hermosa. Tiene unos ojos negros pensativos y una actitud tan serena como yo no he visto en otra mujer.
-Sí, tuve un hijo que consiguió hacer una carrera magnífica en la vida, una carrera maravillosa. Pero no hablemos de él, por favor, porque ha... -colocó su taza en la mesa y
movió las manos como si hubiese querido decir muerto. Pero en lugar de esto, dijo en voz alta- : Lo perdí.
-¡Bounderby!  -exclamó con voz ahogada, levantándose de la silla-. ; Por favor, escondedme! No permitáis por nada del mundo que me vea. No le dejéis subir hasta que
haya salido yo de aquí. ¡Por favor, por favor!
-Reportaos, señora, reportaos. No se trata del señor Bounderby, sino de su señora. No puede inspiraros miedo, ya que hace una hora estabais entusiasmada con ella.
-Pues, entonces, haced el favor de no hablarme, ni de daros por enterado de mi presencia, dejándome completamente tranquila en este rincón -dijo la anciana.

Los conocimientos de Lu sobre los obreros de Coketown. Una visión realista y pragmática.

Eran algo a lo que se le exigía tanto y cuanto de trabajo y se le pagaba tanto y cuanto, terminando allí la cosa; eran algo que debía regirse infaliblemente por las leyes de la oferta y la demanda; eran algo que se revolvía contra estas leyes, creándose dificultades; algo que adelgazaba un poco cuando el trigo encarecía y que se atracaba cuando el trigo se vendía barato; eran algo que se multiplicaba todos los años de acuerdo con un porcentaje determinado de delincuentes y otro porcentaje de indigentes; eran un artículo al por mayor, con el que se hacían grandes fortunas; algo que de pronto se encrespaba como el mar, causaba algunos destrozos y pérdidas -principalmente a sí mismos- y luego se calmaba.
Todo esto sabía Luisa de los obreros de Coketown. Pero tan lejos estaba de su pensamiento el separar a esa masa en unidades, como de separar las aguas del mar en las gotas que las integran.
-Parece que sus compañeros de oficio, los tejedores, lo han puesto en entredicho porque él había prometido a alguien que no se asociaría con ellos. Supongo que seréis vos la persona a la que él había hecho esa promesa. ¿Me permitís que os pregunte por qué la hizo?
Raquel rompió a llorar.
-Yo no se la exigí. Lo que hice fue suplicarle que, en su propio interés, se mantuviese apartado de las luchas, no sospechando que por mi culpa se colocaría precisamente en una situación difícil. Pero sé muy bien que antes de faltar a la palabra que me dio se dejaría matar cien veces. Estoy muy segura de eso, porque lo conozco bien.
Esteban:
-Ni la misma Raquel sería capaz de hacer con sus palabras más amables esta oferta tan amable. Para demostraros que no soy un hombre ingrato ni descomedido, aceptaré dos libras. Os las aceptaré como un préstamo que pagaré a su tiempo. Será para mí el trabajo
más agradable de mi vida aquel que me permita demostraros una vez más mi eterna gratitud por esta acción vuestra.

Thomas. El daño de los irresponsables: implicar a los inocentes. 

-Espera un momento. Lu. Quisiera hablar unas palabras con este hombre antes que nos marchemos. Se me ha ocurrido una idea. Blackpool, si queréis salir conmigo a la escalera, os lo diré.
-Entonces, desde hoy hasta el día en que os marchéis, pasearos cerca del Banco, después
que salgáis al anochecer del trabajo, por espacio de una hora más o menos. Si él se fijase en que rondáis por allí, no hagáis como que estáis con un propósito determinado; porque él no os llevará ningún mensaje de mi parte, a menos que yo tenga la seguridad de poder haceros el servicio que deseo. Si así fuese, él os entregaría una nota o un mensaje verbal; pero nada más... Veamos, Blackpool, ¿tenéis la seguridad de haberme comprendido?
Esteban, pensativo como siempre, echó a andar  carretera adelante. Los árboles se doblaban a su paso, susurrándole que dejaba detrás un corazón leal y enamorado.
CAPITULO VII
PÓLVORA

El avance del malvado. Los cálculos del interesado:

Don Santiago Harthouse, metido de lleno en las actividades de su partido de adopción, empezó a apuntarse tantos inmediatamente. Con un poco más de visitas de propaganda entre los hombres políticos de categoría, un poco más de exhibir su elegante indiferencia entre los elementos de menos relieve, una tolerable administración de fingida honradez en la inmoralidad, el más eficaz y más generalizado de todos los pecados capitales elegantes, consiguió rápidamente que lo considerasen como a un hombre, de gran porvenir. Otro gran punto a favor suyo era el que no tomaba las cosas en serio, y esto le permitía amoldarse con tanta espontaneidad a la manera de ser de las gentes estrictamente realistas
-Ni nosotros creemos en las cosas que ellos dicen, querida señora Bounderby, ni ellos mismos las creen. La única diferencia que existe entre nosotros y esos que profesan la virtud, la benevolencia o la filantropía (llamadlo como queráis), consiste en que nosotros sabemos que todo eso es palabrería sin sentido y lo decimos, en tanto que ellos lo saben igual que nosotros, pero se lo callan.

Por contraste, Lu. Continúan los guiños a Cervantes:

Resultaba más dañoso todavía en semejante situación el que, aun antes que su eminentemente práctico padre hubiese empezado a moldearla, existiese dentro de ella una tendencia que pugnaba, entre dudas y resentimientos, por creer en una Humanidad más noble y más amplia que aquella de que le hablaban. Entre dudas, porque esa aspiración había quedado arrumbada durante su juventud.
Cómo ser malvado sin vocación. Los aduladores me inspiran tan poca confianza como los que se echan tierra encima. Con frecuencia se trata de una fanfarronería que encubre su desprecio por los demás:
En cuanto al señor Harthouse, cualquiera que fuese el destino hacia el que él se iba acercando, ni meditaba en el mismo ni le preocupaba. No tenía ante él un designio determinado, ni un plan; no encrespaba su laxitud ninguna voluntad de hacer un mal.
Dedicó principalmente sus ocios a la casa de los Bounderbys. Durante sus andanzas y visitas por el distrito de Coketown acudía con frecuencia a ella, con gran satisfacción del señor Bounderby. Estaba muy de acuerdo con las maneras fanfarronas de este último al jactarse ante todo su mundo de que a él se le daba un bledo de las gentes de la aristocracia, pero que el señor Harthouse era bien venido a su casa, en vista de que a su esposa, la hija de Tom Gradgrind, le agradaban esa clase de relaciones.
El señor Harthouse empezó a pensar en que constituiría para él una sensación nueva que aquel rostro que tan bellamente cambiaba de expresión mirando al mequetrefe, cambiase también mirándolo a él.
La parte mejor  y más profunda de su carácter se escapaba a la percepción de Harthouse, porque en las almas, como en los mares, el abismo responde al abismo; pero pronto empezó a observar con mirada de estudioso todo lo demás que caía dentro de la esfera de su percepción.
El señor Bounderby había adquirido una casa y unos terrenos situados a unas quince millas de distancia de la ciudad y que quedaban a cosa de un par de millas de la estación del ferrocarril que cruzaba por medio de viaductos un territorio inhóspito.
Entre la umbría de aquel retiro, durante los largos días ardorosos del estío, fue donde el señor Harthouse empezó a poner a prueba aquel rostro que lo había dejado perplejo la vez primera que lo vio y que ahora se esforzaba por conseguir que cambiase de expresión con respecto a él.
-Señora Bounderby, me felicito muchísimo de esta afortunada casualidad que me ha hecho encontraros sola. Hace tiempo que anhelo hablaros.
-Vuestro hermano, mi joven amigo Tom... Instantáneamente se colorearon las mejillas de Luisa y se volvió hacia Harthouse con una mirada llena de interés. Este último pensaba para sí: «¡No he visto en mi vida un espectáculo tan extraordinario y tan cautivador como sus facciones cuando cobran animación!» El rostro de Harthouse traicionó sus pensamientos..., quizá sin traicionar sus intenciones, porque acaso entrase en sus propósitos el que así ocurriese.
-Perdonadme. En el interés que demostráis por Tom encuentro tal belleza... Tom debería
estar muy orgulloso de ese sentimiento que os inspira... Yo no tengo más remedio que dejarme llevar de mi admiración, aunque sé que es una cosa imperdonable...
-No, señora Bounderby; ya sabéis que no tengo la pretensión de serlo. Sabéis que soy una criatura humana codiciosa, que estoy dispuesto a venderme en cualquier momento por una cantidad razonable y que soy totalmente incapaz de puntos de vista propios de una Arcadia.
-Me merezco vuestra severidad. Soy en todo un perro despreciable, menos en una cosa:
que no engaño..., Que no engaño. Pero en esta ocasión me sorprendisteis, haciendo que me desviase del tema. Me intereso por vuestro hermano.

Este es un buen golpe. Muy inteligente. ¿Cómo es posible que se interese por alguien quien no muestra interés por nada?

-¿Es posible, señor Harthouse, que os intereséis por algo?  -le preguntó Luisa, entre incrédula y agradecida.

-Señora Bounderby, creo yo que no puede achacarse como pecado imperdonable a un joven de los años de vuestro hermano el que sea irreflexivo, atolondrado y gastador... ; en una palabra, y para emplear el calificativo corriente, un poco juerguista. Vuestro hermano lo es, ¿verdad?
-Disculpad, señora Bounderby, mi impertinente curiosidad. Pienso que quizá Tom pudiera verse metido gradualmente en dificultades, y quiero alargarle una mano auxiliadora desde la sima de mi mala vida pasada... ¿Hará falta que insista en que lo hago por él mismo? ¿Es indispensable?
-Para que yo pueda confesaros todo cuanto me ha ocurrido, empezaré por manifestaros que abrigo la duda de que vuestro hermano no ha encontrado muchas facilidades en la vida.
Perdonadme mi franqueza: dudo de que haya existido nunca una gran confianza entre vuestro hermano y vuestro muy digno padre.
-Ni creo que exista tampoco (y confío en que daréis a mis palabras el verdadero alcance
que tienen) entre él y su muy estimado hermano político.
-Señora Bounderby  -dijo Harthouse, tras un breve silencio-, ¿no habría modo de que llegásemos, entre vos y yo, a un mejor entendimiento? ¿Os ha pedido prestada Tom alguna suma considerable de dinero?

La dama habla demasiado y se confía con quien sabe que no es de fiar

-Tened en cuenta, señor Harthouse, que, si contesto a lo que insistís en saber, no lo hago como queja ni como señal de que estoy pesarosa. Yo jamás me quejaría de nada, y no lamento en manera alguna lo que he hecho.
-Cuando me casé, descubrí que mi hermano se hallaba por entonces fuertemente endeudado. Quiero decir que sus deudas eran fuertes para él. Eran también lo bastante fuertes para obligarme a vender algunas de mis pequeñas joyas. Esto no constituyó ningún sacrificio. Las vendí muy gustosa. No les concedía valor alguno. En realidad, no me merecían ningún aprecio.
-De entonces acá, he dado a mi hermano en varias ocasiones el dinero de que me era posible disponer; en una palabra, cuanto dinero he tenido. Puesta a concederos mi confianza, movida por el interés que demostráis por mi hermano, no quiero quedarme a medias. Desde que vos visitáis esta casa, habrá él necesitado en total un centenar de libras, que yo no he podido darle. Las consecuencias que pudiera acarrearle esta deuda suya me ha traído inquieta, pero a nadie he confiado estos secretos hasta ahora que los confío a vuestro honor. En nadie he tenido confianza hasta ahora, porque..., por una razón que vos mismo habéis apuntado hace poco...
-Señora Bounderby, aunque soy la más réproba persona del mundo, os aseguro que lo que acabáis de decirme despierta en mí el más alto grado de interés. Yo no puedo mostrarme riguroso con vuestro hermano. Comprendo y comparto el prudente criterio con que vos miráis sus errores. Con todo el respeto posible hacia el señor Gradgrind y hacia el señor Bounderby, creo comprender que la educación que Tom ha recibido no fue afortunada para él. Criado de una manera inadecuada para la sociedad en que él tiene que desenvolverse, se lanza por sí mismo a extremos que no son sino los opuestos a otros extremos en que le han forzado a vivir..., desde luego con las mejores intenciones del mundo.

Aquí se descubre: Me intereso por él y por su amiga, claro.

No puedo perdonarle el que no se muestre más razonable en sus palabras, miradas y en los actos de su vida, para corresponder al afecto de su mejor amiga, de la devoción que le profesa su mejor amiga, de la falta de egoísmo de esta amiga, de su espíritu de sacrificio. La manera como, hasta donde yo he podido observar, corresponde a esa persona amiga, es muy pobre. Lo que ella ha hecho por él exige un amor y una gratitud constantes de su parte, y no el mal humor y el capricho. Por muy despreocupado que yo sea, no llega mi indiferencia, señora Bounderby, hasta el punto de no importarme este defecto de vuestro hermano, ni hasta el punto de inclinarme a considerarlo como un pecado venial.
-En una palabra, señora Bounderby: a lo que yo aspiro es a corregir a vuestro hermano en este punto. Mi apreciación más exacta de la situación en que se encuentra, mi consejo y mi guía para sacarlo de ella..., consejo y guía que creo han de ser de bastante utilidad, viniendo como vienen de quien ha hecho bribonadas mucho mayores..., me darán alguna influencia sobre él, y toda la que llegue a conseguir me comprometo a emplearla en este designio mío.
Ya he dicho lo suficiente, y aún más que lo suficiente. Estoy dándoos la impresión de ser una buena persona; os aseguro por mi honor que no es esa, ni mucho menos, mi intención; reconozco abiertamente que no tengo nada de tal.

Con esta declaración Thomas se cubre de gloria. Recuerda el tema de fondo de Una proposición indecente (1993), aquello que decía el multimillonario John Gage (Robert Redford) de que todo el mundo tiene un precio:

-No pienso en semejante cosa, señor Harthouse, a menos que haya alguna linda mujercita que disponga de una gran fortuna y que se encapriche de mí. En ese caso, podría ella estar segura de que no le diría que no, aunque fuese tan fea como rica. Grabaría su nombre en la corteza de los árboles cuantas veces se me antojase.
-Sospecho, Tom, que tenéis un temperamento mercenario.
-¿Mercenario?  - repitió Tom  -. ¿Y quién es el que no se vende? Preguntádselo a mi hermana.
-¿Has querido decir con eso que ese es un defecto mío? - le dijo Luisa, sin darse de otro modo por enterada del enojo de su hermano y de su mal carácter.
Tom le contestó, ceñudo:
-Tú sabrás si el gorro te viene bien, Lu, y en tal caso, puedes quedarte con él.
-Tom está hoy algo misántropo, como suele ocurrirles de cuando en cuando a todas las personas hastiadas- dijo el señor Harthouse-. No hagáis caso de sus palabras, señora Bounderby. Su pensamiento es muy diferente. Si vuestro hermano sigue en ese plan, no tendré más remedio que revelaros algunas opiniones suyas que me ha expuesto particularmente.
Yo, señor Harthouse, sí que estoy en un lío terrible. No podéis haceros idea de la situación en que me he metido..., de la situación de que mi hermana hubiera podido sacarme si hubiese querido hacerlo.
¿Qué es lo que uno podía hacer para conseguir dinero y a quién voy a pedírselo si no es a mi hermana?
-¿Si no lo tenía? Yo no he dicho que lo tenga. Es posible que yo necesitase más del que Luisa disponía; pero mi hermana pudo conseguirlo. Es inútil, después de todo cuanto os he dicho, andarse con secretos. Vos sabéis ya que ella no se casó, con Bounderby por interés propio ni por amor a éste, sino en interés mío. Siendo esto así, ¿por qué no le saca a él, mirando por mí, el, dinero que yo necesito? Ella no necesitaba decirle qué iba a hacer con ese dinero; Luisa no tiene nada de tonta; si ella quisiese, podía engatusarlo y sacárselo.
Santiago Harthouse sintió fuertes deseos de tirar a Tomás Gradgrind, hijo, al estanque.
-Mi querido Tomás, permíteme que haga yo de banquero tuyo.
-Señor Harthouse, es demasiado tarde; de nada me sirve por el momento el dinero. Antes sí me hubiera sido de utilidad. Sin embargo, os quedo muy reconocido; vos sí que sois un verdadero amigo.
-¡Un verdadero amigo!  -El señor Harthouse pensó lánguidamente: « ¡Ay mequetrefe,
mequetrefe! ¡Qué borrico eres!»
-Bien Tom; pero quiero que sepas que todo el mundo es egoísta en sus actos, y yo no me diferencio en nada de los demás mortales. Tengo un interés desesperado –la desesperación de Harthouse era de una languidez tropical- en que te muestres menos rudo con tu hermana..., tienes obligación de hacerlo..., en que seas un hermano más amante y cariñoso..., cosa que tienes también obligación de ser.
-No tuve intención de molestarte, Lu; ya sé que me quieres, y tú también sabes que yo te
quiero.
Después de esta escena, Luisa se mostró sonriente con alguien más. ¡Sí, con alguien más, por desgracia! Santiago Harthouse, retorciendo el sentido de la reflexión que se hizo el primer día que vio su linda cara, pensó: «Eso de menos tiene de exclusivo el interés que se toma por el mequetrefe..., eso de menos..., eso de menos.»
CAPITULO VIII
LA EXPLOSIÓN
Había logrado ligar con Luisa una confianza de la que estaba excluido el marido de aquélla. Había ligado con ella una confianza basada precisamente en la indiferencia que Luisa sentía hacia su marido y en la ausencia, total y permanente, de toda simpatía entre ellos. Harthouse se había dado maña para llevar al ánimo de Luisa el convencimiento de que conocía su corazón hasta en sus últimos repliegues; se había acercado mucho a ella por el camino del más tierno afecto de Luisa; había conseguido que su propia persona estuviese asociada a ese sentimiento, y se había desvanecido la muralla tras la que ella se escudaba.
Tenía gran interés en ver si Luisa había recaído desde la noche anterior. No. Él la volvió a encontrar en el punto en que la había dejado.
También ahora hubo en los ojos de ella una mirada de interés para Harthouse.
El día transcurrió tan a su gusto -o tan contra su gusto- como podía esperarse, teniendo en cuenta lo fatigoso de la tarea, y a las seis de la tarde regresó a caballo. Desde el pabellón del guarda de la finca hasta la casa principal había un trayecto de una media milla; iba Harthouse a caballo y al paso por la fina gravilla del camino, en otro tiempo de Nickits, cuando irrumpió en aquél, saliendo de entre los arbustos, el señor Bounderby, y lo hizo con tal violencia que el caballo reculó asustado.
-¡Harthouse! ¿No os habéis enterado? -dijo a gritos.
-Han robado en el Banco la noche pasada, señor. Un robo extraordinario. Han robado con llave falsa.
El humilde fanfarrón se dibuja a sí mismo:
-Muchas gracias; sí, podéis felicitarme, porque pudieran haberme quitado veinte mil libras esterlinas.
-¡Aquí está la hija de Tom Gradgrind, que sabe perfectamente cuánto podían haberme robado, ya que vos no lo sabéis! -bramó Bounderby-. ¡Luisa rodó por el suelo, como si hubiese recibido un tiro, cuando se lo dije! Creo que ha sido la primera vez que le ha ocurrido cosa semejante. En mi opinión, y dadas las circunstancias, esto habla mucho en su favor.
Luisa estaba aún abatida y pálida. Santiago Harthouse le rogó que se agarrase a su brazo y echó a andar lentamente, preguntándole la forma en que había tenido lugar el robo.
Bounderby ofreció, irritado, el brazo a la señora Sparsit
-A propósito: ¿dónde está Tom? -preguntó el señor Harthouse, mirando en torno suyo.
-Ha estado colaborando con la Policía, y se ha quedado en el Banco cuando yo he venido para acá. Me gustaría que estos ladrones hubiesen intentado robarme a mí cuando tenía los años que él tiene. Habrían perdido dinero si hubiesen invertido en el negocio más de dieciocho peniques; pueden estar seguros de eso.
-¿Se sospecha de alguien? -preguntó el señor Harthouse.
-¡Bueno estaría que se saquease a Cosías Bounderby, de Coketown, sin que se sospechase de nadie! ¡Hasta ahí podríamos llegar!
-¿Qué diríais si supieseis... - y aquí alzó violentamente la voz- que anda en el asunto un obrero?
-No será, supongo, nuestro amigo Blackpot - dijo con languidez Harthouse.
Luisa dejó escapar una débil exclamación de incredulidad y sorpresa, que no escapó al oído de Bounderby
Mostradme a un obrero descontento, y yo os diré que ese hombre está dispuesto a todo lo malo, sea lo que sea.
Este era otro de los mitos de Coketown que algunos se habían tomado el trabajo de popularizar..., y que para algunas personas constituía artículo de fe.
-Pero yo los conozco bien a estos individuos  –decía Bounderby-. Yo soy capaz de leer dentro de ellos como en un libro abierto
El señor Bounderby dirigió al señor Harthouse una mirada en la que reventaba de orgullo, y que parecía querer decir: «Yo soy el amo de esta dama y creo que ella merece que le deis importancia, caballero.»

El seductor caballero es además un sofista. Vuelve el anillo de Giges. El temor al castigo es lo que nos hace cumplir la ley. El temor a los dioses condiciona nuestra acción:

Glaucón (hermano de Platón) hace referencia a esta leyenda para ejemplificar su teoría de que todas las personas por naturaleza son injustas. Sólo son justas por miedo al castigo de la ley o por obtener algún beneficio por ese buen comportamiento. 

Santiago Harthouse le contestó:
-Desde luego, serán castigados con el máximo rigor de la ley, como suelen decir los tablones de avisos, y bien merecido se lo tienen. El que asalta un Banco debe atenerse a las consecuencias. Si no tuviera ninguna consecuencia, todos nos meteríamos a salteadores de bancos.
El señor Bounderby:
-De momento, Lu Bounderby, es preciso cuidar de la señora Sparsit. Este asunto le ha quebrantado los nervios, y permanecerá con nosotros un par de días. Instaladla, pues, con comodidad.
«La verdad es que si yo tuviera que borrar de mi memoria el recuerdo de que el señor Sparsit era un Powler y que yo estoy emparentada con la familia de los Scadgers; si pudiera destruir incluso la realidad para convertirme en una persona de estirpe vulgar y con parientes vulgares, lo haría de muy buena gana. Creo que, dadas mis circunstancias actuales, era lo que correspondía hacer. » Esta misma actitud de austeridad la llevó a renunciar durante la cena a los platos muy ricos y a los vinos, hasta que el señor Bounderby le ordenó amablemente que se sirviese de ellos.
Pero en lo que mayor hincapié hizo la señora Sparsit, desde el principio hasta el fin, fue en su decisión de compadecer al señor Bounderby. Disculpábase asimismo por una manía que, al decir de ella, no conseguía dominar, y era su curiosa propensión a llamar a la señora Bounderby «señorita Gradgrind», cosa que hizo durante la cena no menos de sesenta u ochenta veces.

Luisa alcanza a comprender que Tom ha ido demasiado lejos. Confírmame lo que ya sé y estaré de tu lado:

Mucho tiempo después de desvestirse y acostarse, estuvo Luisa  esperando a su hermano.
-Tom, ¿no tienes nada que decirme? Si  me has querido alguna vez en tu vida y si tienes algo que has ocultado a todos, dímelo a mí.
Luisa apoyó su propia cabeza en la almohada de Tom y su cabellera se desparramó por encima de su hermano como si quisiera ocultarlo de todos menos de sí misma.
-Querido hermano mío, ¿no tienes nada que decirme? ¿No podrías decirme alguna cosa si tú quisieses? Me digas lo que me digas, yo seguiré siendo la misma. ¡Oh Tom, dime la verdad!
-Hermano querido, ten en cuenta que lo mismo que ahora estás ahí tendido en medio de la noche melancólica, yacerás también alguna noche en otro sitio, y que incluso yo, si vivo entonces, no podré acompañarte.
Y también yo estaré un día tendida, tal como ahora estoy a tu lado, descalza, desnuda, envuelta en tinieblas, en la larga noche de mi descomposición, hasta que quede reducida a polvo. Pensando en lo que seremos entonces, ¡Tom, dime la verdad!
-Ten la seguridad de que no he de echarte nada en cara.  Ten la seguridad de que te compadeceré y te seré leal. Ten la seguridad de que te salvaré a cualquier precio... ¿Nada tienes que decirme, Tom? Háblame muy quedo al oído. Dime solamente ¡sí! y yo te comprenderé.
-Tom, supongo que no habrás contado a nadie la visita que hicimos a esa gente y que nos encontramos allí con tres personas.
-Después de todo lo que ha ocurrido, ¿debo decir que hice esa visita? ¿Estoy en la obligación de decirlo? ¿Es imprescindible que lo diga?
-¡Por los clavos de Cristo, Lu! Tú no tienes costumbre de pedirme consejos. Di lo que gustes. Si tú te lo callas, yo me lo callaré. Si lo haces público, ahí acaba el compromiso.
-Tom, ¿crees verdaderamente que el hombre aquel a quien di el dinero está complicado en el crimen?
-A mí me pareció un hombre honrado.
-Hay otros que tal vez te parezcan criminales y no lo son.
-Para que veas que yo distaba mucho de tener una opinión favorable de ese individuo, te diré que lo llamé fuera para decirle en voz baja que podía darse por muy satisfecho de la ganancia impensada que le llovía de manos de mi hermana y que esperaba que hiciese buen uso de la misma. Supongo que te acordarás de que lo saqué de la habitación. Yo no digo nada contra ese hombre: quizá sea una buena persona, a pesar de todo. ¡Ojalá que lo sea!
-¿No tienes nada más que decirme?
-No quisiera que me la dijeras, Tom, y en esta noche menos que en ninguna de tu vida.
¡Ojalá que sean muchas y muy felices las que tengas!
Al cabo de unos momentos, el desgraciado muchacho levantó la cabeza para mirar cautelosamente; al ver que Luisa se había marchado, deslizóse fuera de la cama, cerró la
puerta con llave y se arrojó otra vez sobre la almohada, mesándose el cabello, llorando con ira, amándola a pesar suyo, despreciándose a sí mismo con rencor, pero sin arrepentimiento, y maldiciendo con igual rencor y ningún  provecho de todo cuanto de bueno hay en el mundo.

 Continuará...


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