Novela del
licenciado Vidriera
Miguel de Cervantes Saavedra
PASEÁNDOSE dos caballeros estudiantes
por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol durmiendo, a
un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador. Mandaron a un
criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía durmiendo en aquella soledad. A lo cual el muchacho
respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado, y que iba a la ciudad de
Salamanca a buscar un amo a quien servir, por sólo que le diese estudio. Preguntáronle si
sabía leer; respondió que sí, y escribir también.
-Desa manera -dijo uno
de los caballeros-, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de
tu patria.
-Sea por lo que fuere
-respondió el muchacho-; que ni el della ni del de mis padres sabrá ninguno
hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella.
-Con mis estudios
-respondió el muchacho-, siendo famoso por ellos; porque yo he oído decir que
de los hombres se hacen los obispos.
Esta respuesta movió a
los dos caballeros a que le recibiesen y llevasen consigo, como lo hicieron, dándole estudio de
la manera que se usa dar en aquella universidad a los criados que sirven. Dijo el muchacho que
se llamaba Tomás Rodaja, de donde infirieron sus amos, por el nombre y por el vestido, que debía de ser hijo de
algún labrador pobre. A pocos días le vistieron de negro, y a pocas semanas dio
Tomás muestras de tener raro ingenio, sirviendo a sus amos con tanta
fidelidad, puntualidad y diligencia que, con no faltar un punto a sus estudios,
parecía que sólo se ocupaba en servirlos. Y, como el buen servir del siervo mueve la
voluntad del señor a tratarle bien, ya Tomás Rodaja no era criado de sus amos,
sino su compañero.
Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos,
se hizo tan famoso en la universidad, por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género
de gentes era estimado y querido. Su principal estudio fue de leyes; pero
en lo que más se mostraba era en letras humanas; y tenía tan felice memoria que era cosa de
espanto, e ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era menos
famoso por él que por ella.
Sucedió que se llegó
el tiempo que sus amos acabaron sus estudios y se fueron a su lugar, que era
una de las mejores ciudades de la Andalucía. Lleváronse consigo a Tomás, y
estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a
sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a
todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos
licencia para volverse. Ellos, corteses y liberales, se la dieron, acomodándole
de suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.
Novela del licenciado Vidriera, Miguel de Cervantes
Tomás Rueda, Azorín [Crítica literaria]
Fragmento de El rojo y el negro; Stendhal.





