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lunes, 3 de marzo de 2025
lunes, 23 de febrero de 2015
The dreams of men
The dreams of men, the seed of commonwealths, the germs of empires
Heart of darkness
La chica hablaba, aliviando así su dolor, con la certeza de que contaba con mi compasión; hablaba como beben los sedientos. Yo había oído decir que su familia se había opuesto a su compromiso con Kurtz. No era lo bastante rico o algo así. Y la verdad es que no sé si no había sido un pobre indigente toda su vida. Él me había dado algunos motivos para pensar que había sido la impaciencia provocada por su relativa pobreza lo que le había impulsado a ir allí.
Heart of darkness
La chica hablaba, aliviando así su dolor, con la certeza de que contaba con mi compasión; hablaba como beben los sedientos. Yo había oído decir que su familia se había opuesto a su compromiso con Kurtz. No era lo bastante rico o algo así. Y la verdad es que no sé si no había sido un pobre indigente toda su vida. Él me había dado algunos motivos para pensar que había sido la impaciencia provocada por su relativa pobreza lo que le había impulsado a ir allí.
El corazón en las
tinieblas, Joseph Conrad
Pero
Marlow no era un típico hombre de mar (si se exceptúa su afición a relatar
historias), y para él la importancia de un relato no estaba dentro de la nuez
sino afuera, envolviendo la anécdota de la misma manera que el resplandor
circunda la luz, a semejanza de uno de esos halos neblinosos que a veces se
hacen visibles por la iluminación espectral de la claridad de la luna. […]
—
No quiero aburriros demasiado con lo que me ocurrió personalmente — comenzó,
mostrando en ese comentario la debilidad de muchos narradores de aventuras que
a menudo parecen ignorar las preferencias de su auditorio — . Sin embargo, para
que podáis comprender el efecto que todo aquello me produjo es necesario que
sepáis como fui a dar allá, que es lo que vi y como tuve que remontar el río
hasta llegar al sitio donde encontré a aquel pobre tipo. Era en el último punto
navegable, la meta de mi expedición. En cierto modo pareció irradiar una
especie de luz sobre todas las cosas y sobre mis pensamientos. Fue algo
bastante sombrío, digno de compasión... nada extraordinario sin embargo... ni
tampoco muy claro. No, no muy claro. Y sin embargo parecía arrojar una especie
de luz.
El
narrador, Marlow
El
corazón de las tinieblas, Joseph Conrad
En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un
consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.
“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” –fueron sus palabras-“recuerda
que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”.
No dijo nada más, pero como siempre nos hemos
comunicado excepcionalmente bien, a pesar de ser muy reservados, comprendí que
quería decir mucho más que eso. En consecuencia, soy una persona dada a
reservarme todo juicio.
Me gradué en New Haven en 1915, […] me vine para el
Este definitivamente, o al menos así lo creía, en la primavera del año
veintidós.
La historia de este verano comienza en realidad la
tarde en que fui a cenar adonde los Buchanan. Daisy era prima segunda mía, y a
Tom lo conocí en la universidad.
El narrador, Nicholas
"Nick" Carraway
El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald
¡Casi cinco años! Debió haber momentos, aún en aquella
tarde, cuando Daisy se quedara corta con relación a sus sueños; no por culpa de
ella, empero, sino por la colosal vitalidad de la ilusión de Gatsby, que la
había superado a ella, que lo había superado todo. Se había dedicado a su
quimera con una pasión creadora, agrandándola todo el tiempo, adornándola con
cada una de las plumas brillantes que pasaban nadando junto a sí. Ninguna
cantidad de fuego o frescura puede ser mayor que aquello que un hombre es capaz
de atesorar en su insondable corazón.
El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald
Él
mismo me contó todo esto mucho después, pero yo lo puse aquí con la idea de
hacer reventar aquellos primeros rumores locos sobre sus antecedentes, que ni
siquiera se acercaban un poco a la verdad. Además, él me lo contó en un momento
de confusión, cuando yo había llegado al punto de creerlo todo y nada acerca de
él. Entonces saqué ventaja de este pequeño alto -en que Gatsby, por así
decirlo, hacía una pausa para respirar-, para aclarar esta cantidad de
concepciones falsas.
El
gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald
Habló
largo sobre el pasado y colegí que deseaba recuperar algo, alguna imagen de sí
mismo quizás, que se había ido en amar a Daisy. Había llevado una vida
desordenada y confusa desde aquella época, pero si alguna vez pudiera regresar
a un punto de partida y volver a vivirla con lentitud, podría encontrar qué era
la cosa...
...
Una noche de otoño, cinco años atrás, habían estado caminando por la calle
mientras caían las hojas, cuando llegaron a un lugar donde no había árboles y
el andén estaba iluminado de luz de luna. Allí se detuvieron y se miraron cara
a cara. La noche estaba fría ya, llena de aquella misteriosa emoción que se da
dos veces al año, con el cambio de estación. Las inmóviles luces de las casas
susurraban en la oscuridad y las estrellas titilaban agitadas. Por el rabillo
del ojo vio Gatsby que los bloques del andén formaban en realidad una escalera
que llevaba a un lugar secreto entre los árboles; él podría trepar, si lo hacía
solo y una vez allí, podría succionar la savia de la vida, tragar el inefable
néctar del asombro. […]
Fue
aquella noche cuando me contó la extraña historia de su juventud con Dan Cody;
me la contó porque “Jay Gatsby “ se había quebrado, como el cristal, contra la
dura malevolencia de Tom; la larga y secreta extravagancia había sido ejecutada
en público. Creo que él habría reconocido cualquier cosa ahora, sin reservas,
pero quería hablar de Daisy.
Ella
había sido la primera niña“bien” que había conocido. Por varias razones que no
me reveló había llegado a entrar en contacto con personas de su clase, pero
siempre con un indiscernible alambre de puyas en medio. Él la encontraba
deseable y excitante. Al principio iba a su casa con otros oficiales de Camp
Taylor; después, solo. Lo maravillaba; nunca había estado en una casa tan
hermosa. Pero lo que le proporcionaba aquella atmósfera de inefable intensidad
era que Daisy vivía allí; para ella era algo tan normal como para él su carpa
del campamento. Había un misterio maduro en la casa, la insinuación de alcobas
en el piso de arriba, más hermosas y frescas que las demás, de actividades
alegres y radiantes en sus corredores, de romances que no eran mustios y que no
estaban guardados en naftalina, sino frescos y vivos y con olor a brillantes
autos último modelo y a bailes cuyas flores no estaban marchitas aún.
También
lo excitaba el hecho de que muchos hombres la hubieran amado; ello aumentaba su
valor a ojos de Gatsby. Sentía la presencia de Daisy por toda la casa,
penetrando el aire con sombras y ecos de emociones aun vibrantes.
Pero
sabía que estaba en casa de Daisy por un colosal accidente. No obstante lo
glorioso que su futuro como Jay Gatsby pudiera llegar a ser, en el presente era
un joven sin cinco centavos, sin pasado, y sometido a que en cualquier
movimiento la invisible capa de su uniforme cayera de sus hombros. Por eso le
sacó el mayor partido posible al tiempo de que disponía. Tomó lo que pudo,
ávido y sin escrúpulos.
Y
por último, una serena noche de octubre, tomó a Daisy también; la tomó porque
no tenía verdadero derecho a tocar su mano.
Podía
haberse despreciado a sí mismo, porque en realidad la había tomado bajo
pretensiones falsas. No pretendo decir que mintió hablándole de millones imaginarios,
pero le había dado a Daisy, adrede, un sentido de seguridad; la había dejado
creer que provenía de un estrato social semejante al suyo, que era muy capaz de
sostenerla. De hecho, esto no era así; no tenía una familia acomodada que lo
respaldara, y era posible que, al capricho de un gobierno impersonal, reventara
en cualquier parte del mundo.
Pero
no se despreciaba a sí mismo, y las cosas no resultaron como había imaginado.
Es probable que hubiera tenido la intención de tomar lo que podía e irse; pero
encontró de pronto que se había comprometido en la búsqueda de un grial. Sabía
que Daisy era extraordinaria, pero no se había dado cuenta con exactitud de
cuán extraordinaria una “niña bien” podía ser. Ella desaparecía en su casa opulenta,
en su vida opulenta y plena, dejando a Gatsby con las manos vacías. Él se
sentía casado con ella, eso era todo.
Cuando
se encontraron de nuevo, dos días después, era Gatsby quien estaba sin aliento,
quien se sentía, de alguna manera, traicionado. El pórtico de la casa de Daisy
brillaba con el esplendor comprado del brillo de las estrellas; el mimbre de la
silla hacía chasquidos muy a la moda mientras se volvía hacia él y la besaba en
la boca curiosa y fascinante. Tenía un resfriado y esto le ponía la voz más
ronca y más embrujadora que nunca, y Gatsby quedó totalmente anodadado al darse
cuenta de la juventud y el misterio aprisionados entre el dinero y preservados
en él, y de la frescura de un nutrido guardarropas, y de Daisy, resplandeciente
como la plata, a salvo y orgullosa, por encima de las feroces luchas de los
pobres.
-No
soy capaz de describirte cuán sorprendido quedé cuando me di cuenta de que la
amaba, viejo amigo. Un tiempo tuve incluso esperanzas de que ella me echara;
pero no lo hizo; y es que también estaba enamorada de mí. Me creía muy sabio
porque sabía algunas cosas diferentes de las que ella conocía... Ahí estaba yo,
alejándome de mis ambiciones, enamorándome cada día más, y, de pronto, no me
importó. ¿De qué servía hacer cosas grandes si yo podía divertirme más
contándole a ella lo que iba hacer?
El
gran Gatsby, F.S. Fitzgerald.
Yo había estado leyendo El gran Gatsby y me había impresionado la voz narradora, la mirada y la voz de Nick Carraway. Gatsby no era un héroe del que Nick diera testimonio: era un héroe porque Nick lo miraba. Su cualidad legendaria no estaba en él mismo ni en sus actos sino en la perspectiva de otro; su ambigüedad última, el espacio en blanco en el centro de su carácter y en la mayor parte de su biografía, era el resultado de una falta de información. Siendo en gran medida una invención de sí mismo, Jay Gatsby sólo existe plenamente en la mirada de los otros
Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina
Yo había estado leyendo El gran Gatsby y me había impresionado la voz narradora, la mirada y la voz de Nick Carraway. Gatsby no era un héroe del que Nick diera testimonio: era un héroe porque Nick lo miraba. Su cualidad legendaria no estaba en él mismo ni en sus actos sino en la perspectiva de otro; su ambigüedad última, el espacio en blanco en el centro de su carácter y en la mayor parte de su biografía, era el resultado de una falta de información. Siendo en gran medida una invención de sí mismo, Jay Gatsby sólo existe plenamente en la mirada de los otros
Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina
Sólo un nombre no existía, y no importaba, el del narrador de la novela [...] Viviría exclusivamente en la medida en que presenciaba y atestiguaba las vidas de los otros. Había surgido del Nick Carraway de Scott Fitzgerald, pero yo no sabía entonces que Nick Carraway había sido inspirado por el Marlow de Joseph Conrad.
Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina
jueves, 22 de agosto de 2013
Quinientas mil víctimas sin nombre
Joseph Conrad había conocido a Casement en el Congo y
de cómo le había tenido por la única persona franca de entre los europeos
corruptos, en parte por el clima tropical y en parte por su propia codicia y avidez,
que allí se había encontrado. […]
Al final del verano de 1862, la señora Evelina Korzeniowska
salió de viaje con su hijo Teodor Josef Konrad, que en aquel entonces aún no
tenía cinco años, de la pequeña ciudad polaca de Zitomir a Varsovia, para unirse
a su esposo, Apollo Korzeniowski, quien ya en primavera había abandonado su
escasamente retribuida existencia de administrador con la intención de ayudar a
preparar, con una actividad literaria y conspiradora, la
sublevación que tantos anhelaban contra la tiranía rusa. A mediados de septiembre
tuvieron lugar las primeras asambleas del Comité
Nacional ilegal polaco en el piso en Varsovia de los Korzeniowski, y, en
el transcurso de las semanas siguientes, el pequeño Konrad habría visto entrar
y salir de la casa de sus padres indudablemente a numerosas personas llenas de
misterio.
Los rostros adustos de las señorías que conversaban
con voces veladas en el salón blanco y rojo le habrán permitido intuir, cuando
menos, el significado del momento histórico. Probablemente en aquel tiempo estuviera
incluso iniciado en la finalidad conspiradora de los procesos y sabría que mamá
—aun estando prohibido— vestía de color negro en señal de duelo por su pueblo,
que desfallecía bajo un poder extranjero. De no ser así, a más tardar hubieran tenido
que hacerle confidente cuando, a finales de octubre, su
padre fue detenido y encerrado en la ciudadela. La sentencia, después de
un rápido procedimiento ante el juzgado militar, le
condenaba al destierro en Vologda, un lugar abandonado en alguna parte
de un paraje desértico detrás de Nizhni Novgorod. Todo Vologda, escribe Apollo Korzeniowski
a su primo en el verano de 1863, es un agujero pantanoso aislado cuyas calles y
caminos consisten en troncos de árboles tendidos en el suelo.
Las casas, y también los palacios de la nobleza de provincias
que se construían en tablas pintadas de colores, se erigen sobre
postes colocados en medio del lodo. Todo se hunde alrededor, todo se pudre y se
descompone. Solamente hay dos estaciones, un invierno blanco y un invierno
verde. Durante nueve meses desciende el aire glacial desde el mar del Norte. El
termómetro se hunde hasta profundidades inverosímiles.
Todo está rodeado de una oscuridad inagotable. Durante
el invierno verde llueve sin interrupción. El fango se cuela por las puertas.
La rigidez mortal se convierte en un marasmo cruento. En el invierno blanco
todo está muerto, en el invierno verde todo está a punto de morir.
La tuberculosis que padece Evelina Korzeniowska desde hace
años se desarrolla en estas circunstancias de una forma poco más o menos
incontrolable. Los días que le quedan están casi contados. Para ella, la muestra de benevolencia de las autoridades zaristas
que hace posible una prolongada estancia para el restablecimiento de su salud
en la casa de campo ucraniana de su hermano, al final no es más que una mortificación
adicional puesto que al expirar el plazo que se le había concedido, no
obstante todas las peticiones y solicitudes y pese a que estaba más cercana a
la muerte que a la vida, debe regresar con Konrad al exilio. El día de la
partida, Evelina Korzeniowska, rodeada por multitud de parientes, personal de
servicio y amigos venidos de las inmediaciones, está de pie sobre la escalinata
de la residencia señorial de Novofastov. Todos los congregados, a excepción de
los niños y de los que visten librea, llevan ropas de paño negro o seda negra.
No se pronuncia una sola palabra. La abuela, medio ciega,
fija su mirada sobre la triste escena hacia la tierra vacía. En el camino curvo
de arena que conduce alrededor de la rotonda de boj, se detiene un coche extravagante
que producía la impresión de estar extrañamente alargado. Demasiado lejos se
eleva la lanza del coche, demasiado lejos del final, emplazado en la parte
posterior del vehículo sobrecargado con baúles de viaje y bultos de equipaje de
todo tipo, parece estar distanciado el pescante con el cochero.
Incluso la carrocería del coche tiene una suspensión muy
baja entre las ruedas, como si estuviese entre dos mundos
separados para siempre. La portezuela está abierta y dentro, en el
asiento acolchado de cuero rasgado, lleva algún tiempo el pequeño Konrad,
viendo desde la oscuridad lo que describirá más adelante. […]
A comienzos de abril de 1865, dieciocho meses después de
la partida de Novofastov, a la edad de treinta y dos años, muere Evelina
Korzeniowska en el exilio de las sombras que la tuberculosis ha propagado por
su cuerpo y de la nostalgia que desmoronaba su alma. También la voluntad de
vivir de Apollo está casi extinta por completo. Apenas era capaz de dedicarse a
la instrucción de su hijo, oprimido por tanta desgracia.
Ya casi no atiende
a su propio trabajo. Como máximo modifica una línea de su traducción de Los
trabajadores del mar de Víctor Hugo. Este libro infinitamente aburrido le
parece ser el espejo de su propia vida.
C'est un livre sur
des déstinées dépaysées, dice una vez a Konrad, sur des individus expulses et
perdus, sur les éliminés du sort, un livre sur ceux qui sont seuls et évités. […]
leía durante horas gruesos libros polacos y franceses
de aventuras, descripciones de viajes y novelas.
El entierro del nacionalista Apollo Korzeniowski se convirtió
en una gran manifestación silenciosa. A lo largo de las calles cortadas al
tráfico, permanecían de pie, presos de una solemne emoción, trabajadores con la
cabeza descubierta, niños de escuela, estudiantes universitarios y ciudadanos
con sombrero de copa alta en la mano, y por doquier, en las ventanas de los
pisos superiores abiertas hacia fuera, se apiñaban grupos de personas vestidas
de negro. El cortejo fúnebre con Konrad, de doce años, al frente como principal
familia del difunto, salía del estrecho callejón y atravesaba el centro de la ciudad
pasando por las torres desiguales de la iglesia de Santa María con dirección a la
Puerta de Florian. Era una tarde hermosa. El cielo azul se abovedaba sobre los
tejados de las casas y la nubes pasaban muy altas, empujadas por el viento,
como una escuadra de veleros.
la idea absolutamente desacertada para el hijo de un
hidalgo polaco de provincias, de querer hacerse capitán […]
Tan sólo un año después, el 14 de octubre de 1874
—todavía no tiene diecisiete años—, se despide en la estación de Cracovia, ya
al otro lado de la ventana del tren, de su abuela Theophila Bobrowska y de su
fiel tío Tadeusz. El billete a Marsella que tiene en el bolsillo ha costado 137
florines y 75 céntimos. Además de esto sólo lleva consigo lo que le cabe en su
pequeña maleta de mano, y pasarán dieciséis años antes de que, de visita,
regrese a su país natal, que todavía no ha sido liberado.
En 1875 Konrad Korzeniowski cruza por primera vez el océano
Atlántico en el Mont Blanc […]
Hacia aquel lado se llevan armas, máquinas de vapor,
pólvora y munición. A éste se trae azúcar en toneladas y madera cortada de los
bosques tropicales. […]
en el salón de la mayestática esposa del banquero y naviero
Delestang, se interna en una extraña sociedad mezclada de nobles, bohemios,
mecenas, aventureros y legitimistas españoles. Los últimos coletazos de la caballerosidad
se unen a las maquinaciones sin escrúpulos, se tienden complicadas intrigas, se
fundan sindicatos de contrabandistas y se cierran negocios turbios.
Korzeniowski está enredado de muchas maneras
la historia de amor, que en algunos aspectos roza lo
fantástico, alcanzó su punto culminante a finales de febrero de 1877,
cuando Korzeniowski se disparó al pecho o bien fue disparado por un rival. De
hecho, hasta el día de hoy aún no se ha aclarado si la herida, no mortal, afortunadamente,
fue consecuencia de un duelo, como Korzeniowski afirmó más tarde, o, como
suponía el tío Tadeusz, de un intento de suicidio. El gesto dramático, en
virtud del cual el joven, stendhalista de corazón,
quería resolver su situación amorosa, estaba inspirado en la ópera que por
aquel entonces determinaba las costumbres y, especialmente, la impronta de las
penas de amor en la sociedad marsellesa al igual que en el resto de las
ciudades europeas. Korzeniowski había conocido en el Teatro de Marsella las
creaciones musicales de Rossini y de Meyerbeer y estaba cautivado sobre todo
por las operetas de Jacques Offenbach
En febrero de 1890, es decir, doce años después de su llegada
a Lowestoft y más de quince tras la despedida en la estación de Cracovia,
Korzeniowski, que entre tanto ha adquirido la nacionalidad británica y la patente
de capitán y ha estado en las regiones más apartadas del mundo, regresa por
primera vez a Kazimierowska a casa de su tío Tadeusz. En unas notas que tomó
mucho más tarde describe cómo después de breves estancias en Berlín, Varsovia y
Lublin, llega a la estación ucraniana en la que el cochero y el mayordomo de su
tío le están aguardando en un trineo tirado por
cuatro caballos bayos, que por lo demás es
muy pequeño, casi de juguete.
Quedan ocho horas de viaje hasta llegar a Kazimierowska. Cuidadosamente, escribe
Korzeniowski, el mayordomo, antes de que tomara sitio a mi lado, me envolvió en
un abrigo de piel de oso que me llegaba hasta las puntas de los pies, y me encasquetó
un enorme gorro de piel provisto de orejeras en la cabeza. Cuando el trineo
arrancó, comenzó para mí un viaje invernal de
retorno a la infancia, acompañado del suave tintineo uniforme de los
cascabeles. Con un seguro instinto, el joven cochero, de dieciséis años quizá,
encontraba el camino a través de campos interminables, cubiertos de nieve. A
una observación por mi parte, continúa Korzeniowski, sobre el admirable sentido
de la orientación del cochero, que nunca titubeaba y ni siquiera perdió el
camino una sola vez, el mayordomo dijo que él, el joven, era hijo de Josef, el
viejo cochero que había llevado siempre a mi abuela Bobrowska, que en paz
descanse, y que más tarde había servido con la misma fidelidad al pane Tadeusz
hasta que la cólera se lo hubo llevado. También su mujer, dijo el mayordomo,
había muerto de la enfermedad que se había presentado al romper el hielo, y
también una casa entera llena de niños de la que
solamente ha sobrevivido este joven sordomudo, que está sentado delante de nosotros, en el pescante. Nunca se le había
mandado a la escuela y nunca se había contado con que alguna
vez pudiera servir para algo, hasta que se comprobó que los caballos le seguían
como a ningún otro criado.
Ya antes de su viaje a Polonia y a Ucrania, Korzeniowski
había buscado un empleo en la Societé Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo. Inmediatamente
después del regreso de Kazimierowska fue a visitar otra vez al gerente Albert
Thys en la administración central de la sociedad en la rue de Brederode, de
Bruselas.
Thys, con su cuerpo gelatinoso metido a la fuerza en una
levita que le venía demasiado escasa, se hallaba en una oscura oficina debajo
de un mapa de África que cubría la superficie entera de la pared, y sin más preámbulos
ofreció a Korzeniowski, apenas hubo formulado su deseo, el comando de un vapor que cubría la travesía por el curso superior
del Congo, probablemente porque a su capitán, un alemán o danés llamado
Freiesleben, lo acababan de asesinar los nativos. […]
A partir de este pésimo estado de ánimo, Korzeniowski
descubre paulatinamente, a lo largo de la gran travesía, la locura de toda la empresa colonial. […]
Efectivamente, en toda la historia del colonialismo,
en su mayor parte aún no escrita, apenas hay un capítulo más lóbrego que el de
la colonización del Congo. […]
Entre 1890 y 1900, se dejan la vida aproximadamente quinientas mil de estas víctimas sin nombre, que
no aparecen registradas en ningún informe anual. En el mismo tiempo las
acciones de la Compagnie du Chemin de Fer du Congo suben de 320 a 2.850 francos
belgas. […]
Korzeniowski lleva ya un par de días en este campo de batalla
colmado de un estruendo ininterrumpido que le recordaba una enorme cantera,
cuando, como más adelante hace contar a Marlow, su portavoz en El
corazón de las tinieblas, se topa con un lugar más apartado a las afueras del
área colonizada, donde los devastados por la enfermedad y los mermados por el
hambre y el trabajo se tumban para morir. Igual que después de una masacre yacen
en la penumbra grisácea al fondo del despeñadero.
Evidentemente no se detiene a estos seres de sombras cuando
se escurren hacia la selva. Ahora son libres, libres como el aire que los rodea
y en el que poco a poco se disolverán.
Pausadamente, relata Marlow, desde la oscuridad penetra el brillo de unos ojos
que se dirigen hacia mí desde el más allá. Me inclino y junto a mi mano veo una
cara. Con lentitud se elevan los párpados. Al cabo de un rato, en algún lugar,
muy por detrás de la mirada vacía, se mueve una llamarada ciega que vuelve a
extinguirse inmediatamente. Y mientras un ser humano apenas salido de la
adolescencia emana su último aliento, aquellos que todavía no han llegado a su
final portan pesadísimos sacos de alimentos, cajas de herramientas, cargas
explosivas, objetos de implemento de todo tipo, partes de máquinas y cuerpos de
barcos desmontados a través de los pantanos y bosques y sobre la tierra
montañosa abrasada por el sol, o bien trabajan al pie de la montaña Pala-baila
y junto al río M'pozo en el trazado del ferrocarril, que conectará Matadi con
el curso superior del Congo. […]
Las primeras noticias acerca del tipo y la magnitud de
los crímenes cometidos en el curso de la civilización del Congo contra la
población autóctona llegaron a hacerse públicas en 1903 por mediación de Roger Casement,
quien entonces ocupaba el cargo de cónsul británico en Boma.
Los anillos de Saturno, W.S. Sebald
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