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lunes, 23 de febrero de 2015

The dreams of men

The dreams of men, the seed of commonwealths, the germs of empires
Heart of darkness



La chica hablaba, aliviando así su dolor, con la certeza de que contaba con mi compasión; hablaba como beben los sedientos. Yo había oído decir que su familia se había opuesto a su compromiso con Kurtz. No era lo bastante rico o algo así. Y la verdad es que no sé si no había sido un pobre indigente toda su vida. Él me había dado algunos motivos para pensar que había sido la impaciencia provocada por su relativa pobreza lo que le había impulsado a ir allí.

El corazón en las tinieblas, Joseph Conrad




Pero Marlow no era un típico hombre de mar (si se exceptúa su afición a relatar historias), y para él la importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino afuera, envolviendo la anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz, a semejanza de uno de esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral de la claridad de la luna. […]


— No quiero aburriros demasiado con lo que me ocurrió personalmente — comenzó, mostrando en ese comentario la debilidad de muchos narradores de aventuras que a menudo parecen ignorar las preferencias de su auditorio — . Sin embargo, para que podáis comprender el efecto que todo aquello me produjo es necesario que sepáis como fui a dar allá, que es lo que vi y como tuve que remontar el río hasta llegar al sitio donde encontré a aquel pobre tipo. Era en el último punto navegable, la meta de mi expedición. En cierto modo pareció irradiar una especie de luz sobre todas las cosas y sobre mis pensamientos. Fue algo bastante sombrío, digno de compasión... nada extraordinario sin embargo... ni tampoco muy claro. No, no muy claro. Y sin embargo parecía arrojar una especie de luz.


El narrador, Marlow

El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. “Cuando sientas deseos de criticar a alguien” –fueron sus palabras-“recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”.

No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcionalmente bien, a pesar de ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más que eso. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio.

Me gradué en New Haven en 1915, […] me vine para el Este definitivamente, o al menos así lo creía, en la primavera del año veintidós.

La historia de este verano comienza en realidad la tarde en que fui a cenar adonde los Buchanan. Daisy era prima segunda mía, y a Tom lo conocí en la universidad.

El narrador, Nicholas "Nick" Carraway

El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald

¡Casi cinco años! Debió haber momentos, aún en aquella tarde, cuando Daisy se quedara corta con relación a sus sueños; no por culpa de ella, empero, sino por la colosal vitalidad de la ilusión de Gatsby, que la había superado a ella, que lo había superado todo. Se había dedicado a su quimera con una pasión creadora, agrandándola todo el tiempo, adornándola con cada una de las plumas brillantes que pasaban nadando junto a sí. Ninguna cantidad de fuego o frescura puede ser mayor que aquello que un hombre es capaz de atesorar en su insondable corazón.

El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald

Él mismo me contó todo esto mucho después, pero yo lo puse aquí con la idea de hacer reventar aquellos primeros rumores locos sobre sus antecedentes, que ni siquiera se acercaban un poco a la verdad. Además, él me lo contó en un momento de confusión, cuando yo había llegado al punto de creerlo todo y nada acerca de él. Entonces saqué ventaja de este pequeño alto -en que Gatsby, por así decirlo, hacía una pausa para respirar-, para aclarar esta cantidad de concepciones falsas.

El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald



Habló largo sobre el pasado y colegí que deseaba recuperar algo, alguna imagen de sí mismo quizás, que se había ido en amar a Daisy. Había llevado una vida desordenada y confusa desde aquella época, pero si alguna vez pudiera regresar a un punto de partida y volver a vivirla con lentitud, podría encontrar qué era la cosa...

... Una noche de otoño, cinco años atrás, habían estado caminando por la calle mientras caían las hojas, cuando llegaron a un lugar donde no había árboles y el andén estaba iluminado de luz de luna. Allí se detuvieron y se miraron cara a cara. La noche estaba fría ya, llena de aquella misteriosa emoción que se da dos veces al año, con el cambio de estación. Las inmóviles luces de las casas susurraban en la oscuridad y las estrellas titilaban agitadas. Por el rabillo del ojo vio Gatsby que los bloques del andén formaban en realidad una escalera que llevaba a un lugar secreto entre los árboles; él podría trepar, si lo hacía solo y una vez allí, podría succionar la savia de la vida, tragar el inefable néctar del asombro. […]

Fue aquella noche cuando me contó la extraña historia de su juventud con Dan Cody; me la contó porque “Jay Gatsby “ se había quebrado, como el cristal, contra la dura malevolencia de Tom; la larga y secreta extravagancia había sido ejecutada en público. Creo que él habría reconocido cualquier cosa ahora, sin reservas, pero quería hablar de Daisy.

Ella había sido la primera niña“bien” que había conocido. Por varias razones que no me reveló había llegado a entrar en contacto con personas de su clase, pero siempre con un indiscernible alambre de puyas en medio. Él la encontraba deseable y excitante. Al principio iba a su casa con otros oficiales de Camp Taylor; después, solo. Lo maravillaba; nunca había estado en una casa tan hermosa. Pero lo que le proporcionaba aquella atmósfera de inefable intensidad era que Daisy vivía allí; para ella era algo tan normal como para él su carpa del campamento. Había un misterio maduro en la casa, la insinuación de alcobas en el piso de arriba, más hermosas y frescas que las demás, de actividades alegres y radiantes en sus corredores, de romances que no eran mustios y que no estaban guardados en naftalina, sino frescos y vivos y con olor a brillantes autos último modelo y a bailes cuyas flores no estaban marchitas aún.

También lo excitaba el hecho de que muchos hombres la hubieran amado; ello aumentaba su valor a ojos de Gatsby. Sentía la presencia de Daisy por toda la casa, penetrando el aire con sombras y ecos de emociones aun vibrantes.

Pero sabía que estaba en casa de Daisy por un colosal accidente. No obstante lo glorioso que su futuro como Jay Gatsby pudiera llegar a ser, en el presente era un joven sin cinco centavos, sin pasado, y sometido a que en cualquier movimiento la invisible capa de su uniforme cayera de sus hombros. Por eso le sacó el mayor partido posible al tiempo de que disponía. Tomó lo que pudo, ávido y sin escrúpulos.

Y por último, una serena noche de octubre, tomó a Daisy también; la tomó porque no tenía verdadero derecho a tocar su mano.



Podía haberse despreciado a sí mismo, porque en realidad la había tomado bajo pretensiones falsas. No pretendo decir que mintió hablándole de millones imaginarios, pero le había dado a Daisy, adrede, un sentido de seguridad; la había dejado creer que provenía de un estrato social semejante al suyo, que era muy capaz de sostenerla. De hecho, esto no era así; no tenía una familia acomodada que lo respaldara, y era posible que, al capricho de un gobierno impersonal, reventara en cualquier parte del mundo.

Pero no se despreciaba a sí mismo, y las cosas no resultaron como había imaginado. Es probable que hubiera tenido la intención de tomar lo que podía e irse; pero encontró de pronto que se había comprometido en la búsqueda de un grial. Sabía que Daisy era extraordinaria, pero no se había dado cuenta con exactitud de cuán extraordinaria una “niña bien” podía ser. Ella desaparecía en su casa opulenta, en su vida opulenta y plena, dejando a Gatsby con las manos vacías. Él se sentía casado con ella, eso era todo.

Cuando se encontraron de nuevo, dos días después, era Gatsby quien estaba sin aliento, quien se sentía, de alguna manera, traicionado. El pórtico de la casa de Daisy brillaba con el esplendor comprado del brillo de las estrellas; el mimbre de la silla hacía chasquidos muy a la moda mientras se volvía hacia él y la besaba en la boca curiosa y fascinante. Tenía un resfriado y esto le ponía la voz más ronca y más embrujadora que nunca, y Gatsby quedó totalmente anodadado al darse cuenta de la juventud y el misterio aprisionados entre el dinero y preservados en él, y de la frescura de un nutrido guardarropas, y de Daisy, resplandeciente como la plata, a salvo y orgullosa, por encima de las feroces luchas de los pobres.

-No soy capaz de describirte cuán sorprendido quedé cuando me di cuenta de que la amaba, viejo amigo. Un tiempo tuve incluso esperanzas de que ella me echara; pero no lo hizo; y es que también estaba enamorada de mí. Me creía muy sabio porque sabía algunas cosas diferentes de las que ella conocía... Ahí estaba yo, alejándome de mis ambiciones, enamorándome cada día más, y, de pronto, no me importó. ¿De qué servía hacer cosas grandes si yo podía divertirme más contándole a ella lo que iba hacer?

El gran Gatsby, F.S. Fitzgerald.

Yo había estado leyendo El gran Gatsby y me había impresionado la voz narradora, la mirada y la voz de Nick Carraway. Gatsby no era un héroe del que Nick diera testimonio: era un héroe porque Nick lo miraba. Su cualidad legendaria no estaba en él mismo ni en sus actos sino en la perspectiva de otro; su ambigüedad última, el espacio en blanco en el centro de su carácter y en la mayor parte de su biografía, era el resultado de una falta de información. Siendo en gran medida una invención de sí mismo, Jay Gatsby sólo existe plenamente en la mirada de los otros

Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina 

Sólo un nombre no existía, y no importaba, el del narrador de la novela [...] Viviría exclusivamente en la medida en que presenciaba y atestiguaba las vidas de los otros. Había surgido del Nick Carraway de Scott Fitzgerald, pero yo no sabía entonces que Nick Carraway había sido inspirado por el Marlow de Joseph Conrad
Como la sombra que se va, Antonio Muñoz Molina


miércoles, 14 de agosto de 2013

Un atajo de la nada a la nada

En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. “Cuando sientas deseos de criticar a alguien” –fueron sus palabras-“recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”.
No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcionalmente bien, a pesar de ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más que eso. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio. [Declaración de principios: en el límite de la murmuración]
Me gradué en New Haven en 1915, […] me vine para el Este definitivamente, o al menos así lo creía, en la primavera del año veintidós.
La historia de este verano comienza en realidad la tarde en que fui a cenar adonde los Buchanan. Daisy era prima segunda mía, y a Tom lo conocí en la universidad.
No sé por qué vinieron al Este. Habían pasado un año en Francia sin ninguna razón particular y luego anduvieron inquietos de un lugar a otro, dondequiera que hubiera jugadores de polo y gente con quien disfrutar de su dinero. Daisy me dijo por teléfono que esta mudanza era definitiva, pero no le creí…, no conocía bien el corazón de mi prima, pero sentía que Tom andaba por siempre con algo de ansiedad en pos de la dramática turbulencia de un irrecuperable partido de fútbol.
[Daisy] -No nos conocemos bien, Nick –dijo de repente-, aunque seamos primos.
[Daisy] -Como puedes ver, pienso que el mundo es horrible, mírese como se mire –prosiguió convencida-. Todo el mundo lo cree…hasta la gente más avanzada. Pero yo lo sé. He estado en todas partes, lo he visto todo y lo he hecho todo –sus ojos, desafiantes como los de Tom, se movieron veloces en derredor mío con emotivo desdén-. ¡Refinada; oh, Dios, si soy refinada!
[¿Cuál ha sido su desengaño?]
[Nick] El hecho que los chismosos hubieran publicado sus amonestaciones fue una de las razones que me trajeron al Este. No es lógico dejar de salir con una vieja amiga por hacerse caso a los rumores, pero por otra parte, no tenía yo intenciones de que a fuerza de chismes me obligaran a casarme.
Su interés en mí me conmovió un poco y los volvió un tanto menos remotamente ricos; de todos modos me sentía confundido y un poco asqueado cuando me marché. Me parecía que lo que Daisy debía hacer era irse cuanto antes de la casa con la niña; pero todo parecía indicar que no se le había pasado por la cabeza hacerlo.
A unas cincuenta yardas, la figura de un hombre con las manos en los bolsillos, observando de pie la pimienta dorada de las estrellas, había emergido de las sombras de la mansión de mi vecino. Algo en sus pausados movimientos y en la posición segura de sus pies sobre el césped me indicó que era Gatsby en persona, que había salido para decidir cuál parte de nuestro firmamento local le pertenecía. Decidí llamarlo.[…] Pero no lo hice ya que mostró un repentino indicio de que se sentía contento en su soledad: estiró los brazos hacia las aguas oscuras de un modo curioso y, aunque no estaba lejos de él, pude haber jurado que temblaba. Sin pensarlo, miré hacia el mar y nada distinguí salvo una sola luz verde, diminuta y lejana, que parecía ser el extremo de un muelle. Cuando volví a mirar hacia Gatsby, éste había desaparecido y yo me encontraba solo de nuevo en la turbulenta oscuridad. [el caminante sobre el mar de nubes, anticipo]
Pero encima de la tierra gris y de los espasmos del polvo desolado que todo el tiempo flota sobre ella, se pueden percibir, al cabo de un momento, los ojos del T.J. Eckleburg. Los ojos del T.J. Eckleburg son azules y gigantescos, con retinas que miden una yarda. No se asoman desde rostro alguno sino tras un par de enormes anteojos amarillos, posándose sobre una nariz inexistente. Es evidente que el oculista chiflado y guasón los colocó allí a fin de aumentar su clientela del sector de Queens, y después se hundió en la ceguera eterna, los olvidó o se mudó. Pero sus ojos, un poco desteñidos por tantos días de sol y de agua sin recibir pintura, cavilan sobre el solemne basurero.[símbolo de Dios]
[Myrtle a su hermana Catherine] –Querida –le dijo a su hermana con voz alta y melindrosa-, la mayor parte de la gente cada vez que puede trata de robarle a uno. No piensan sino en el dinero.
-¿Ves? –exclamó Catherine triunfante. Bajó la voz de nuevo-. En realidad, es la esposa de él [de Tom Buchanan] quien los separa. Es católica, y ellos no creen en el divorcio.
Daisy no era católica, pero me impresionó mucho la rebuscada excusa. [la novela está llena de chismes y habladurías]
[Myrtle] -Me casé con él [George Wilson] porque imaginé que era un caballero –dijo al fin. Pensé que él sabía qué es ser gente bien, pero no me llega ni a los zapatos.
[¿A qué llama Myrtle Wilson un caballero? ¿valdría Tom Buchanan como ejemplo?]
[Myrtle] -Mi única locura fue haberme casado con él. En seguida me di cuenta de que había cometido un error.
En algún momento, cerca de la media noche, Tom Buchanan y la señora Wilson se quedaron cara a cara, discutiendo con voz apasionada si ella tenía derecho a mencionar el nombre de Daisy. […]
Con un movimiento corto y certero, Tom Buchanan le reventó la nariz de un manotazo.
[Con este gesto Tom pone en evidencia cuáles son sus verdaderas intenciones y su falta de respeto hacia Myrtle]
Me gustaba caminar por la Quinta Avenida, elegir entre la muchedumbre románticas mujeres e imaginar que en un momento yo entraría en sus vidas y que nadie lo sabría o podría reprochármelo. Algunas veces, en mi mente, las seguía hasta sus apartamentos en las esquinas de calles recónditas, y ellas se volteaban y me devolvían una sonrisa antes de desvanecerse por entre una puerta en la cálida oscuridad.
Durante un tiempo perdí de vista a Jordan Baker, para después, en pleno verano, encontrarla de nuevo. Al principio me sentía halagado de salir con ella porque era campeona de golf y todo el mundo la conocía de nombre. Más tarde hubo algo más. Aunque no estaba propiamente enamorado, sentía una especie de tierna curiosidad. El altivo y aburrido rostro que le presentaba al mundo escondía algo: la mayor parte de las afectaciones terminan por esconder algo, aunque no hubiera sido así al comienzo, y un buen día encontré qué era. […]
Jordan Baker evitaba instintivamente a los hombres agudos e inteligentes, […] Era una deshonesta incurable. No podía soportar estar en desventaja
[Jordan]-Se necesitan dos para que haya un accidente.
[Nick] -Suponte que te encuentras con alguien tan descuidado como tú.
Cada persona se supone dueña de al menos una de las virtudes cardinales, y esta es la mía: soy uno de los pocos hombres honrados que haya conocido.
[Lo emplea en un sentido de lealtad, de honestidad. Me parece presuntuoso porque eso no lo debería decir él sino que uno debería deducirlo de su comportamiento]
Una vez escribí en los espacios vacíos de una guía los nombres de quienes estuvieron en casa de Gatsby aquel verano. […] “Esta guía es válida para el 5 de julio de 1922”, pero aún se pueden leer los nombres grises, y ellos les darán una mejor impresión que mis generalidades sobre quiénes aceptaron la hospitalidad de Gatsby, pagándole el sutil tributo de hacerse los de la vista gorda.
Con una especie de emoción vehemente comenzó a sonar en mis oídos una frase: “Existen tan sólo los perseguidos y los perseguidores, los ocupados y los ociosos”. [No aclara de quién es la cita, ¿es famosa?]

Volvió la cabeza al sentir que tocaban a la puerta con suavidad y elegancia. Salí a abrir. Gatsby, pálido como la muerte, con las manos hundidas, como pesas, en los bolsillos del saco, estaba de pie, en medio de un charco de agua, mirándome trágicamente a los ojos.
[Cuando uno sabe que se está equivocando. Las cosas no suelen ir como uno las había soñado.]

-Hace mucho tiempo que no nos veíamos dijo Daisy, su voz lo más natural posible, como si nada pasara.
-Cinco años en noviembre próximo.
[Hay un diálogo así en Cumbres borrascosas]

Ni por un momento dejó de mirar a Daisy, y pienso que revaluó cada artículo de su casa de acuerdo al grado de aprobación que leyó en sus bien amados ojos. Algunas veces, él también se quedaba observando sus posesiones con una mirada atónita, como si ante la real y sorprendente presencia de Daisy nada de ello siguiera siendo real.

Sacó una pila de camisas y comenzó a arrojarlas, una tras otra, ante nosotros; camisas de lino puro y de gruesas sedas y de finas franelas, que perdieron sus dobleces al caer y cubrieron la mesa en un abigarrado desorden. Mientras las admirábamos trajo otras, y el suave y rico montículo creció más alto con camisas a rayas, de espirales y a cuadros; en coral y verde manzana, en lavanda y naranja pálido, con monogramas en azul índigo. De pronto, emitiendo un sonido que luchaba por salir, Daisy dobló su cabeza sobre las camisas y comenzó a llorar a mares.
-¡Qué camisas más bonitas! -sollozaba, con la voz silenciada por los ricos pliegues-. Me pongo triste porque nunca antes había visto camisas como... como éstas.

-Si no fuera por la neblina podríamos ver tu casa.

¡Casi cinco años! Debió haber momentos, aún en aquella tarde, cuando Daisy se quedara corta con relación a sus sueños; no por culpa de ella, empero, si no por la colosal vitalidad de la ilusión de Gatsby, que la había superado a ella, que lo había superarlo todo. Se había dedicado a su quimera con una pasión creadora, agrandándola todo el tiempo, adornándola con cada una de las plumas brillantes que pasaban nadando junto a sí. Ninguna cantidad de fuego o frescura puede ser mayor que aquello que un hombre es capaz de atesorar en su insondable corazón.
[La realización de un sueño nunca es mejor que lo que se había soñado. ¿Por qué no dejarlo en sueño? Si él conocía a Daisy, ¿no podía prever lo que iba a ocurrir?]

Aquella voz [una voz llena de dinero] era lo que más lo capturaba.

-Yo no le pedirla tanto -aventuré yo-. Uno no puede repetir el pasado.
-¿No se puede repetir el pasado? -exclamó él, no muy convencido de ello. ¡Pero claro que se puede!
Miró a su alrededor con desesperación, como si el pasado acechara aquí, en la sombra de su casa, lejos de su alcance por muy poco.
-Voy a organizar las cosas para que todo sea igual que antes, hasta el último detalle -dijo, moviendo la cabeza con determinación-. Ella verá.

Era James Gatz quien había estado deambulando por la playa aquella tarde en un harapiento suéter verde y en un par de pantalones de dril pero fue James Gatsby quien pidió prestado un bote de remos, salió hacia el Tuolomee e informó a Cody que un ventarrón podría cogerlo y volverlo trizas en media hora.
[Decían que había matado a un hombre]

-Dios mío, me parece que el hombre sí viene -dijo Tom . ¿No se da cuenta que ella no quiere?
Ella dice que sí quiere.
-Ven -dijo el señor Sloane a Tom; estamos retrasados. Nos tenemos que ir -y después me dijeron a mí:
-Dígale por favor que no lo pudimos esperar, ¿Lo hará? [anticipación]

[Tom] -Me pregunto dónde diablos conocería a Daisy. Por Dios, puede que sea anticuado en mis ideas, pero las mujeres andan rodando demasiado estos días para mi gusto. Conocen toda suerte de bichos raros.
Era evidente que a Tom le molestaba que Daisy estuviera saliendo sola, porque el sábado siguiente vino con ella a la fiesta de Gatsby por la noche. Tal vez fue su presencia lo que le dio a la velada su peculiar tinte de opresión

Ahora lo veía de nuevo [a Tom], a través de los ojos de Daisy.

Y mientras cavilaba sobre el viejo y, desconocido mundo, pensé en el asombro de Gatsby al observar por primera vez la luz verde al final del muelle de Daisy. Había recorrido un largo camino antes de, llegar a su prado azul, y su sueño debió haberle parecido tan cercano que habría sido imposible no apresarlo. No se había dado cuenta de que ya se encontraba más allá de él, en algún lugar- allende la vasta penumbra de la ciudad, donde los oscuros campos de la república se extendían bajo la noche.
Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocedo ante nosotros. En ese entonces nos fue esquivo, pero no importa; mañana correremos más aprisa extenderemos los brazos más lejos... hasta que, una buena mañana...
De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado.

Fue una novela que me impactó extraordinariamente, por su estética narrativa y por la estética sentimental de los personajes, que se parecen a aquellos que me imagino que viven en el hermoso poema de Jaime Gil de Biedma sobre el último verano de nuestra juventud.
Las lágrimas de Daisy sobre las camisas de Gatsby, Juan Cruz [6 de agosto de 2009]
Verano Gatsby, Antonio Muñoz Molina [El país,1 de agosto de 2009]
Personalmente, me recordó la atmósfera de Desayuno con diamantes de Truman Capote.
Lo abrió en la contra carátula y me lo entregó para que yo viera. En la última hoja estaba escrita la palabra “horario” y la fecha septiembre 12 de 1906; y debajo:
Levantarme de la cama 6:00 AM
Ejercicio de pesas y de escalar 6:15 a 6:30 AM
Estudiar electricidad, etc. 7:15 a 8: 15 AM
Trabajar 8:3O a 4:30 PM
Béisbol y deportes 4:30 a 5:00 PM
Practicar locución, pose y cómo lograrla 5:00 a 6:00 PM
Estudiar inventos necesarios 7:00 a 8:00 PM
RESOLUCIONES GENERALES
No perder tiempo en Shafters o (un nombre indescifrable)
No fumar o mascar chicle
Bañarse día de por medio
Leer cada semana un libro o una revista cultos
Ahorrar cinco dólares (tachado) tres dólares semanales
Ser mejor con los padres

-Encontré este libro por accidente -dijo el viejo-. Le muestra a uno como era, ¿no es así?
-Sí, le muestra a uno eso.

El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald

En Desayuno con diamantes, el cuaderno de gastos de Holly [Holiday Golightly] también nos permite que nos hagamos una idea de cómo es y de la clase de vida que lleva.
También hay algo común en El amor en los tiempos del cólera.

Iba a titular esta entrada Bajo la persistente mirada del doctor Eckleburg pero después de leer este artículo:
 he cambiado de idea.
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