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martes, 8 de julio de 2014

Ein Traum





René Descartes y el dualismo cuerpo-mente, José Ramón Alonso [UniDiversidad, 22 de marzo de 2014]
El asesino del sueño, José Ramón Alonso [UniDiversidad, 14 de junio de 2012]
Los sueños del Doctor Loewi, José Ramón Alonso [UniDiversidad, 21 de diciembre de 2010]
Jorge Luis Borges, El sueño
María Kodama, entrevistada por María Fernanda Crespín [Letralia 235, marzo de 2010]
Descartes, Jorge Luis Borges Selected Poems, Edited by Alexander Coleman 1999, p. 422)



René Descartes (1596-1650) nació en 1596 en un pueblo cercano a Tours, en Francia, en una familia de la pequeña nobleza. Su madre murió cuando él tenía trece meses y de niño tuvo una salud muy frágil pero su padre se preocupó de que recibiera una buena educación en el colegio jesuita de La Flèche, en Anjou, donde de 1604 a 1612 estudió los clásicos, lógica y filosofía aristotélicas, y matemáticas, disciplina en la que destacó. De su mala salud le quedó la costumbre de permanecer en la cama toda la mañana, leyendo, pensando o escribiendo, y de su formación con los jesuitas, un interés por los métodos analíticos y una sólida base científica, moral y religiosa. Tras otros dos años de estudios, se licenció en Leyes en Poitiers el año 1616 trasladándose a continuación a París. Allí vivió en el barrio de St. Germain, en la ribera del Sena y visitó los jardines reales, donde vio una de las maravillas de la época construidas por el hombre: las espectaculares fuentes animadas. Eran figuras de Neptuno, Diana y otros personajes mitológicos que se movían a través de sistemas de tuberías, válvulas y presión hidráulica y que parecían “estar vivas”.
Al terminar los estudios, como muchos otros jóvenes de todos los tiempos, Descartes sufrió una crisis personal. Se cuestionaba el valor de la educación recibida, que no parecía tener ninguna utilidad en el mundo real y no sabía qué hacer con su vida, se fue encerrando en casa y probablemente cayó en una depresión. Finalmente, a los 22 años salió de ese estado y concluyó que tenía que ver algo de mundo y con esa idea, también como muchos otros jóvenes a lo largo de los siglos, decidió alistarse en el ejército. Descartes lo recuerda así en su “Discurso del Método”:
Abandoné completamente el estudio de las letras. Decidí no buscar otro conocimiento que el que pudiera encontrarse dentro de mí o en el gran libro del mundo, pasé el resto de mi juventud viajando, visitando distintas cortes y ejércitos, mezclándome con gente de temperamentos y clases diversas, reuniendo variadas experiencias, poniéndome a prueba en las situaciones que la fortuna me ofrecía y en todo momento reflexionando sobre lo que aparecía en mi camino para intentar sacar algún provecho de ello.
Descartes se unió a las tropas del príncipe Mauricio de Nassau, el comandante en jefe de los ejércitos de los Países Bajos que luchaban para conseguir la independencia frente a los españoles y se incorporó al colegio militar de Breda, el principal centro de ingeniería militar de los neerlandeses. A pesar de ser un sitio de excelencia con magníficos profesores, un católico creyente como él no se sentía cómodo en el ejército protestante y realizó un largo rodeo a través de Polonia y el norte de Alemania para unirse al ejército de Baviera comandado por Maximiliano I. Fue uno de los muchos episodios en los que la religión influiría en su vida. Desde el primer momento y en sintonía con muchos intelectuales de su tiempo, Descartes vio claramente la necesidad de separar la fe y la razón. Esto significa que podía ser escéptico en cuanto a las posiciones filosóficas, e incluso las doctrinas teológicas de la Iglesia, pero no por ello renegó nunca de su fe católica, aunque fue frecuentemente una fuente de sinsabores por la oposición que sufrió a las ideas que sustentan su obra personal. Por otro lado, reclamaba la libertad absoluta de Dios en su acto de creación sin que los hombres pudiesen determinar su intencionalidad o sus planes.
Poco después, en 1619, realizó uno de sus principales descubrimientos y el que más ha perdurado: la geometría analítica, una forma de resolver problemas de álgebra geométricamente y problemas de geometría algebraicamente. Desarrolló un sistema de líneas de referencia, ordenadas y abscisas, que conocemos en su honor como coordenadas cartesianas. Otras innovaciones matemáticas que seguimos utilizando fueron el usar exponentes numéricos para indicar las potencias de un número (72) o el uso de la “x” para las cantidades desconocidas.
En este momento de su vida, se fue obsesionando con dos ideas. Una es que las ciencias naturales tenían que tener la fiabilidad de las ciencias exactas. La segunda, que el conocimiento debía basarse en ideas simples, firmes y que no fueran objeto de discusión subjetiva. Para ello estableció un método, el método científico, como sistema de acercamiento a la realidad y cuya cristalización más soberbia en el siglo XVII sería la publicación años después de su obra El Discurso del Método (Discours de la méthode pour bien conduire sa raison et chercher la vérité dans les sciences) escrita hacia 1637. Con ella se separan definitivamente, y no solo en los anaqueles de las bibliotecas, la Física y la Metafísica y se interpretan por primera vez los fenómenos naturales, incluyendo las respuestas de los seres vivos, como sucesos que responden a leyes generales, similares a las que rigen a los seres inanimados. La obra de Descartes es uno de los hitos fundamentales de la Ciencia moderna.
La aportación de Descartes supone la superación de la búsqueda del conocimiento por la lógica aristotélica, el refuerzo de las matemáticas como herramienta para la comprensión del mundo y la presentación de un nuevo tipo de pensamiento, el científico, como abordaje para el conocimiento del hombre y la Naturaleza. Este avance se potencia con la creación de las primeras sociedades científicas y con el desarrollo de métodos de difusión de las observaciones realizadas: conferencias, simposios, revistas… Paralelamente, se irían erigiendo las primeras academias, frecuentemente con patrocinio real, como principales foros científicos en contraste con las universidades, donde la Escolástica y el principio de autoridad dominarían varios siglos más.
De 1620 a 1628 Descartes estuvo viajando por Europa, y sabemos que en 1620 estaba en Bohemia, en 1621 en Hungría, en 1622 y 1623 permanece en Francia, y también visita Holanda y Alemania. En el tiempo que estuvo en París, conoce a Marin Mersenne, también graduado de La Flèche, con quien establece una amistad para el resto de su vida y que es quien le mantiene al tanto de los nuevos descubrimientos y el ambiente científico de Francia. También visitó Italia, pasando un tiempo en Venecia, desde donde de nuevo regresa a Francia. Durante estos viajes por Europa, según comenta a sus amigos, se libera de sus prejuicios, acumula experiencias y va desarrollando trabajos e ideas. En 1626 descubre la Ley de la Refracción de la Luz.
En 1628 se establece en Holanda, donde pasará los siguientes 20 años de su vida, con cambios periódicos de residencia, y viajando ocasionalmente a Francia. La recién fundada República de los Países Bajos era un ambiente más tolerante para las rompedoras ideas de Descartes que su patria nativa, Francia. Cuando se establece en Holanda empieza a trabajar en un tratado de física: Le Monde, ou Traité de la Lumière, pero estando cerca de finalizarlo, el padre Mersenne le informa de que Galileo ha sido arrestado por mantener su teoría del movimiento de la Tierra —que también defendía Descartes— y llevado ante la Inquisición. Descartes decide posponer su publicación, que finalmente será póstuma y va mandando a la imprenta solamente sus obras más “asépticas”. Primero, porque no deseaba enfrentarse a la Iglesia, de la que se siente un miembro fiel, y segundo, porque pensaba que el conflicto entre ciencia y religión no era más que un malentendido, que esperaba que se resolviese con prontitud y entonces podría publicar sus libros sin controversias. No fue así, sus obras supuestamente “seguras” irritan a los conservadores, algunos de los cuáles le acusan de promover el ateísmo mientras que otros le atacan por atreverse a cuestionar la autoridad de Aristóteles. Aunque vive en un país donde la autoridad del Papa no se reconoce oficialmente, Descartes teme ser asesinado por algún talibán de la ortodoxia. Para mantener su privacidad y desorientar a sus enemigos, en el tiempo que residió en Holanda vivió en veinticuatro direcciones diferentes en al menos trece ciudades distintas. Solo unos pocos amigos sabían su paradero del siguiente mes y también extremó la prudencia con la impresión de sus obras. Como resultado, envió “Les Passions de l’âme” (Las pasiones del ama) a la imprenta en 1649, pocos meses antes de morir y el “Traité de l´homme” que fue escrito en 1633, no estaría al alcance del público hasta doce años después de su fallecimiento, el 1662.
En la época de Descartes, la mecánica era la frontera más avanzada de la tecnología humana. Utilizando la fuerza del agua o del viento y distintos tipos de elementos como muelles o engranajes, las máquinas podían por primera vez en la historia, medir el tiempo, procesar alimentos, extraer agua de un pozo o trabajar con rapidez y potencia los metales o el cuero. Un producto especialmente llamativo era los autómatas, muñecos mecánicos capaces de moverse, saludar, adoptar distintas poses e incluso “cantar” o “hablar”. De alguna manera, el propio hombre construía seres a su imagen y semejanza. Al igual que hoy puede pasar con los ordenadores, que utilizamos como modelos para intentar explicar cómo funciona el cerebro o incluso todo un organismo, los hombres de la época de Descartes utilizaron estas máquinas, la tecnología disponible más sofisticada, para explicar el universo y los propios seres vivos. Así los astrónomos utilizan los relojes para explicar el movimiento de los planetas y construyen pequeños modelos del movimiento de los componentes del sistema solar basados en mecanismos de relojería. Del mismo modo, los estudiosos de la Biología, intentan entender los seres vivos como máquinas creadas por Dios. Galileo había comparado los huesos y articulaciones del cuerpo a un sistema de poleas y William Harvey había aclarado la circulación sanguínea explicando el corazón como un sistema de bombeo y las arterias, capilares y venas como las tuberías por las que discurre la sangre. Descartes se propuso hacer algo similar para el cerebro humano.
Descartes tenía interés por la Biología y la Medicina, en particular por la anatomía y la fisiología y al poco de llegar a Holanda comienza a ir a los mataderos para obtener cabezas de animales y órganos para su disección. Es posible que también realizara algunos experimentos en animales vivos. Sus estudios empezaban por la tarde -¡tenía que salir de la cama para hacer una disección!- y se alargaban hasta bien entrada la noche. En cierta ocasión, una visita pidió ver su biblioteca y él, supuestamente, señalo a los restos de una oveja que había diseccionado y respondió “Ésos son mis libros”.
Descartes propuso una explicación del sistema nervioso que rompía con las concepciones anteriores. Usó la teoría sobre el movimiento de los fluidos hidráulicos para explicar la función del cerebro y el comportamiento de los animales pero esa explicación mecanicista de los procesos biológicos generó un enorme debate. Sin embargo, él consideraba que los mecanismos cerebrales controlaban el comportamiento humano tan solo en la medida que era similar al de las bestias pero esta explicación no podría recoger algunas de las características del hombre como la inteligencia y el alma, que eran dadas directamente por Dios. Las capacidades exclusivas del hombre residían fuera del cerebro, en la “mente” un concepto muy solapado con el de “alma”. Descartes era un dualista que creía que la mente y el cuerpo eran entidades separadas.
La importancia de Descartes en nuestro conocimiento del cerebro es que él argumenta que la única diferencia entre las máquinas y los animales es la complejidad de los mecanismos. Entre el hombre y los animales, la diferencia está en la posesión de un alma, una entidad a la que Descartes liga no solo la inteligencia sino también las emociones y la memoria. De esta manera, la gran mayoría de los comportamientos humanos, exceptuando aquellos en los que participa el alma, tienen analogías en las actividades de los animales y pueden por lo tanto ser estudiados a través de la investigación de la anatomía, la fisiología y el comportamiento de los demás seres vivos. En segundo lugar, como el comportamiento de un animal es fundamentalmente mecánico, puede ser entendido igual que entendemos cómo funciona un autómata y las causas y procesos de estos comportamientos deben ser racionales y sujetas a leyes naturales. En tercer lugar, como poseedores de mente, los humanos son únicos, son los únicos seres que pueden pensar, que tienen un lenguaje y los únicos que saben que existen. En la que puede ser la frase más famosa de la Filosofía occidental en su Discurso del Método, Descartes lo expresa como “Cogito, ergo sum”, “Pienso, luego existo”. Los animales al contrario que nosotros no tienen pensamiento abstracto, no experimentan estados emocionales reales como amor o remordimiento y son incapaces de pensar o responder voluntariamente. Para Descartes, los animales son máquinas, de una complejidad que supera nuestra imaginación pero máquinas estímulo-respuesta donde todos los procesos son involuntarios.
En 1644 publica en Amsterdam, sus Principia Philosophiae una síntesis del Discurso y las Meditaciones. En 1649 publica su “Les Passions de l’Ame” (Las pasiones del alma) donde clasifica la vida emocional en seis estados básicos: admiración, amor, odio, deseo, alegría y tristeza. Todas las demás son variantes o “especies” de estas seis emociones básicas que se explicaban por los movimientos de los espíritus en el cerebro, la sangre y los órganos vitales.
Descartes entonces se plantea cómo el cuerpo y la mente-alma se relacionan entre sí, cómo algo material —el cuerpo— interactúa con algo inmaterial —la mente-alma. Descartes vivió bajo los reinados de Luis XIII y Luis XIV, dos monarcas absolutos que controlaban completamente sus territorios. Descartes creía en el derecho divino de la monarquía y en la necesidad de una autoridad central. Por lo tanto —pensó— el alma debe tener un auténtico centro de control en el cerebro, uno que controle los movimientos de los espíritus animales a través del sistema nervioso y para ello propone que mente y cuerpo se comunican en un punto, la glándula pineal. Esta pequeña glándula sería la encargada de la producción de los espíritus animales que son los que llevarían información de una parte del cuerpo a otra. Descartes escribe así:
Parece que he determinado con claridad que la parte del cuerpo en la que el alma ejerce inmediatamente sus funciones es … una glándula extremadamente pequeña, situada en el medio de la sustancia [del cerebro] y así suspendida sobre el conducto por el cual los espíritus de sus cavidades anteriores se comunican con aquellos en la posterior, de manera que el más ligero movimiento puede alterar en gran manera el curso de estos espíritus y del mismo modo, el curso de estos espíritus puede alterar en gran manera el movimiento de la glándula.

lunes, 7 de julio de 2014

Ser o no ser




Somos nuestro cerebro, Roberto Gallego Fernández, [El País, 8 de abril de 2014]
¿Somos nuestro cerebro?, Adela Cortina [El País, 4 de abril de 2014]
Ramón y Cajal, por fin para todos, Antonio Calvo Roy
Esculpir el propio cerebro, Antonio Calvo Roy [El País, 1 de julio de 2014]
House y la mentira, José Ramón Alonso, [UniDiversidad, 11 de julio de 2013]



Al lector quizás le resulte conocido el título porque recientemente la profesora Adela Cortina escribió un artículo en este diario encabezado por las mismas palabras aunque encerradas entre signos de interrogación. Cómo estoy entre esos investigadores que la autora mencionaba como partidarios de que esos signos sobran en el enunciado, intentaré exponer algunas ideas sobre porqué pienso así y empezaré matizando que no es que seamos nuestro cerebro sino que somos el resultado de su funcionamiento.
Hace unos años un joven salió de una casa de un pueblo del sureste español con la cabeza de su madre en una bolsa de la compra. Supongo que todos nos tranquilizamos algo cuando, al seguir leyendo la noticia, nos enteramos de que el degollador era un enfermo esquizofrénico que había abandonado su tratamiento médico. Esto explicaba su conducta, que pasaba de reprobable a ser digna de conmiseración. Pero aunque sea socialmente útil y tranquilizante ¿es siempre tan sencillo decidir si alguien es o no responsable de sus actos?
Unos pocos siglos atrás en algunos de los países europeos más de un esquizofrénico – la enfermedad existía, aunque no se conociese – fue ajusticiado al ser considerado poseído por el demonio. Simultáneamente en otras sociedades, curiosamente consideradas primitivas en aquellos países, algunos esquizofrénicos eran valorados respetuosamente como seres especiales tocados por la mano del dios correspondiente. Hoy tenemos bastantes datos contrastables sugerentes de que en el cerebro de un esquizofrénico hay alteraciones neurales que algún día explicarán como el funcionamiento de ese cerebro lleva a esa conducta. Pero lo importante es que para aquel esquizofrénico del inicio, sus actos, por muy anormales que nos parezcan a los demás, estaban tan justificados como los que llevaron a proclamar el dogma de la infalibilidad del Papa en el Concilio Vaticano I. Naturalmente hay una gran diferencia entre una conducta y otra, pero las dos son el resultado del funcionamiento del cerebro de las personas implicadas y a muchos millones de seres no bendecidos por la fe católica ambas nos parecerán lógicamente injustificadas aunque probablemente conseguiremos aproximarnos con mayor facilidad a las motivaciones de los asistentes al Concilio que a las de aquel esquizofrénico. Son los individuos que forman un grupo social quienes definen con sus conductas la norma aceptable por la mayoría y por lo tanto la responsabilidad individual ante el cumplimiento de esa norma de conducta.
Para muchos neurocientíficos lo que denominamos conciencia y voluntad son manifestaciones de la actividad cerebral; hecho que se pone en evidencia a diario porque perdemos ambas cada vez que nos dormimos. No he seguido el caso Carcaño, pero leo en otro artículo del mismo ejemplar de EL PAÍS en que apareció el de la profesora Cortina, que el encargado de la prueba que se le practicó dijo “El sujeto genera respuestas automáticas, que no están condicionadas ni por su voluntad ni por su conciencia. No se puede mentir a la máquina”. No veo en esta cita nada que me permita decir “De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro”, aunque es cierto que esta frase de la profesora Cortina sigue en su escrito a una versión distinta de las palabras del Dr. Valdizán. La actividad cerebral que llamamos voluntad y conciencia está por supuesto presente en el momento en que un sujeto se somete a la prueba que se aplicó a ese delincuente, pero esto es perfectamente compatible con que ese mismo cerebro tenga simultáneamente otra actividad responsable de esas otras respuestas inconscientes. Las decenas de miles de millones de neuronas de nuestro cerebro son capaces de mantener simultáneamente esas actividades y muchas más. Supongo que es posible –mis pobres conocimientos de Física no me permiten entrar en esta discusión– que solo seamos las marionetas de un complicado videojuego con el que se entretienen seres superiores de otros universos paralelos, algo aparentemente no muy lejano de la mitología griega, y que nuestra conciencia y voluntad no sean sino la expresión de sus caprichos. Pero mientras no exista alguna evidencia de tal cosa me parece más prudente considerar que nuestra conciencia y nuestra voluntad son manifestaciones del funcionamiento de nuestros cerebros.
El cerebro es un órgano tremendamente complejo resultado de centenares de millones de años de evolución. Estamos lejos todavía de entender como el funcionamiento del sistema nervioso da lugar a lo que somos, aunque sabemos con bastante certeza como da lugar a lo que es un gusano y como se comporta. Pero cada vez es mayor la evidencia contrastable de que el funcionamiento del cerebro en un momento dado está determinado por lo que a ese cerebro le ha ocurrido desde el momento en que empieza a organizarse en el embrión. Somos –nuestro cerebro es– el resultado de la acción de nuestros genes, acción de la que serían responsables quienes nos engendraron, y de lo que nuestro cerebro ha hecho desde que empezó a funcionar. Es en esa segunda parte donde nuestra responsabilidad aparece, añadida a la de la gente que nos rodea, desde nuestros padres hasta el conjunto de la sociedad en que nos desarrollamos. El cómo funcionará en el futuro un cerebro dado dependerá no solo de cómo los genes organizan la construcción de ese cerebro –sí, somos distintos desde el principio– sino también de lo que ese cerebro experimente a lo largo de la vida. Por eso la educación es crítica, por eso somos responsables de lo que hacemos con nuestro cerebro.
Uno de los retos principales de la Neurociencia actual es entender hasta donde un cerebro adulto es el resultado de la función de los genes que lo organizaron o de lo que ese cerebro ha “vivido” desde que empezó a funcionar. En un extremo, los genes lo determinarían todo, nuestras conductas tendrían poco que ver con lo que entendemos por voluntad y libertad de elección; en el otro serían el resultado de lo que nuestro entorno hizo sobre nuestro cerebro y lo que nuestro cerebro hizo durante nuestra vida. La investigación científica nos llevará a conocer cada vez con mayor precisión en qué lugar entre esos extremos está la realidad.
Roberto Gallego es Catedrático de Fisiología. Instituto de Neurociencias (Universidad Miguel Hernández-Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Alicante
Somos nuestro cerebro, Roberto Gallego Fernández, [El País, 8 de abril de 2014]


A mediados de marzo se celebró la Semana Mundial del Cerebro, un acontecimiento que tiene lugar anualmente en más de 80 países y se propone divulgar los progresos y beneficios de la investigación sobre el cerebro, como también los retos a los que se enfrenta. Y en este capítulo de los retos es en el que se introduce en ocasiones un espacio para la reflexión ética.
Curiosamente, la pregunta que suele plantearse a los eticistas es la de cuáles son los límites éticos en la investigación sobre el cerebro y en la aplicación de los hallazgos. Un guion que se repite en todos los acontecimientos científicos, como si la ética fuera una especie de linier sádico, empeñado en descalificar a los científicos cuando la pelota traspasa la línea de lo permitido.
Pero, afortunadamente, las cosas no son así, sino muy diferentes. El primer principio de cualquier ética respetable es el de beneficiar a los seres humanos, a los seres vivos en su conjunto y a la naturaleza, y cuanto más progresen las diversas ciencias en ese sentido, mejor habrán cumplido su tarea. Que, a fin de cuentas, es la de beneficiar. Por eso tiene pleno sentido que trabajen conjuntamente ciencias y humanidades con el fin de conseguir una vida mejor.
Ojalá avancemos en la prevención de enfermedades como la esquizofrenia, el alzhéimer, las demencias seniles, la enfermedad bipolar o la arteriosclerosis; podamos mantener una buena salud neuronal hasta bien entrados los años, mejorar nuestras capacidades cognitivas, precisar más adecuadamente la muerte cerebral, tratar tendencias como las violentas. Ojalá en la educación podamos servirnos de conocimientos sobre el cerebro que permitan a los maestros actuar de forma más acorde al desarrollo de ese órgano, extremadamente plástico; un asunto del que se ocupa con ahínco la neuroeducación.
Someter a alguien al llamado "test de la verdad" plantea un problema moral y legal
Ocurre, sin embargo, que cuando las investigaciones y las aplicaciones científicas ponen en peligro la vida, la salud o la dignidad de las personas o el bienestar de los animales se hace necesario recordar que no todo lo técnicamente viable es moralmente aceptable. Que “no dañar” es igualmente un principio inexcusable en todas las actividades humanas, también en las científicas. Para muestra, un botón.
Hace unos días los medios de comunicación informaban de que Miguel Carcaño, el asesino confeso de Marta del Castillo, iba a ser sometido a una prueba neurológica, conocida como “test de la verdad”, a través de la cual podrían leerse sus respuestas cerebrales. Una prueba de este tipo plantea un problema moral y legal, porque no es lícito introducirse en la intimidad de una persona, en este caso a través de su cerebro, sin su consentimiento. Y, en efecto, los medios informaban de que, según la abogada de Carcaño, este había accedido voluntariamente a someterse a la prueba. Esta es una de las muchas cuestiones éticas que se plantean en ámbitos como el de las neurociencias: que no es lícito introducirse en la intimidad de una persona sin su consentimiento expreso. Tampoco ante presuntos terroristas, un aspecto bien importante en la neuroseguridad.
Pero, ¿por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?
Según un buen número de investigadores, porque todos esos órganos son irrelevantes en comparación con el cerebro. Somos —dicen— nuestro cerebro. Él crea las percepciones, la conciencia, la voluntad, y tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo.

Yo no lo he entendido así

Trasplantarlo no presenta más problemas que los técnicos, porque donde va el cerebro de una persona va esa persona. Así las cosas, siguen afirmando estos científicos, actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás.

Tampoco esto lo he entendido así

Sin embargo, tal vez las cosas no sean tan simples y por eso otros investigadores hablan del “mito del cerebro creador”, de que no es el cerebro el que crea nuestro mundo.
Regresando al caso de Carcaño, el médico que supervisó la prueba de la verdad aclaraba que recibe ese nombre porque la persona sometida a ella no puede mentir. Según él, las respuestas cerebrales son automáticas y, por tanto, no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia. De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.
Parece, pues, que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y directora de la Fundación ÉTNOR.
¿Somos nuestro cerebro?, Adela Cortina [El País, 4 de abril de 2014]


Hace ya tiempo que la dualidad mente-cerebro dejó de ser tal. Hay una estructura compleja, lo más complejo que conocemos, en la que reside el pensamiento, lo que nos hace humanos, y no hay una dualidad inexplicada sino una ficción largamente alimentada. Los cien mil millones de neuronas que se calcula que hay en nuestro cerebro, más o menos el mismo número de estrellas que se considera que hay en nuestro barrio cósmico, en la Vía Láctea, son aún un continente por descubrir completamente, como el universo. Son las dos grandes regiones de conocimiento que aún nos retan, las grandes lagunas de ignorancia que aún tenemos que rellenar. Pero los abundantes ensayos que sobre el cerebro aparecen en las librerías ya dejan claras algunas cuestiones, entre ellas que el cerebro es una máquina muy compleja, ni más ni menos, y que seguimos fascinados por él, sobre todo porque seguimos fascinados por nosotros mismos.
El neurólogo holandés Dick Swaab, director del Instituto Holandés de Neurociencias, lo tiene claro: "La mente es el resultado del funcionamiento de nuestros cien mil millones de neuronas, y el alma, un malentendido. El uso universal del concepto de alma parece estar basado solamente en el temor que el ser humano tiene a la muerte, el deseo de volver a ver a los seres queridos y la errónea y arrogante idea de que somos tan importantes que algo de nosotros debe quedar a nuestra muerte". En su Somos nuestro cerebro, un ensayo que ha tenido un notable éxito internacional, explora la esencia humana viajando a los entresijos del órgano de pensar, ese poco más de kilo y medio de sesos que hacen posible que apreciemos la magia de un cuento de Cortázar o que derramemos alguna lágrima escuchando un cuarteto de Mozart. Un kilo y medio cuya manera de actuar nos hace distintos de cualquier otro ser vivo sobre el planeta. No en vano es, que sepamos, el objeto más complejo del sistema solar.
Lo sabemos, entre otras razones, porque hemos aprendido más sobre las funciones del cerebro en los últimos 15 años, gracias a las técnicas de imagen de resonancia magnética y a sus sucesoras, que en toda la historia precedente. Hasta entonces el cerebro se estudiaba directamente y comparándolo con el de otros animales, diseccionando cerebros humanos dañados en autopsias y mediante electrodos. La física hoy, sin embargo, permite ver los pensamientos, tal y como relata el físico teórico y divulgador Michio Kaku. "Sabemos más de la mente gracias a la física y a la biología que a la filosofía o la psicología".
Kaku hace, pues, un viaje que comienza con un accidente, el que sufrió en 1848 Phineas Gage, trabajador de los ferrocarriles en EE UU al que una barra de hierro atravesó el cerebro; no sufrió daños demasiado graves y, de hecho, pudo seguir trabajando, pero le cambió bastante el carácter. De la anécdota a la categoría, El futuro de nuestra mente revisa de manera exhaustiva lo que sabemos del cerebro, las técnicas que nos han permitido llegar hasta aquí, y trata de atisbar, mirando desde la física, hasta dónde puede llegar gracias a la combinación de conocimientos y destrezas, de la ingeniería a la neurociencia, para hacer aún más potente esta máquina de pensar. De momento, dice Kaku, ya hemos conseguido que la telequinesis, el mover objetos con la mente, empiece a ser una realidad, no como anunciaban los profetas de las falsas ciencias, con el poder de la mente de uno, sino gracias al poder de la mente de muchos, gracias a la tecnología. Y estamos solo al principio, dice este físico.

Ramón y Cajal, por fin para todos, Antonio Calvo Roy
Santiago Ramón y Cajal es el científico español más notable de todos los tiempos. Pocos en el mundo de la ciencia consiguen darle la vuelta a la manera en que todos sus colegas ven su campo de investigación, y Cajal lo hizo. Hasta que él demostró lo contrario, y no le fue nada fácil hacerlo, se pensaba que todos los tejidos de todos los órganos estaban formados por células independientes menos uno, el cerebro, que estaba configurado por una red. Y frente a los reticularistas, Cajal sostuvo, casi en solitario, el neuronismo que resultó ser cierto.
Además, es relevante por la escuela que fue capaz de crear y porque sus investigaciones han sido corroboradas siempre que una técnica más precisa permitía ver con más detalle las neuronas. Y sigue siendo un científico vivo y citado gracias a la precisión de sus hallazgos y a la agudeza de sus descripciones. Cajal, hombre prolífico, nos legó, además de sus trabajos científicos, otro tipo de literatura, en forma de memorias, en su célebre discurso de ingreso en la Academia de Medicina que dio origen a Reglas y consejos para la investigación científica, en forma de reflexiones más o menos acertadas y también en relatos fantásticos, sus célebres Cuentos de vacaciones. Y ahí siguen todos ellos, más o menos reeditados, pero, para nuestra vergüenza nacional, sin que haya habido todavía ni una sola edición crítica de ninguno de ellos. De algunos, sobre todo de Reglas y consejos, ha habido decenas de ediciones en español y otros muchos idiomas, y lo más parecido a una edición crítica es la publicada en 2005 por Leoncio López-Ocón; en realidad, un estudio sobre este trabajo de Cajal con varias miradas diferentes.
Sin embargo, no es una falta que pueda ponerse en el debe de los historiadores de la ciencia. El celo de los descendientes que se han hecho cargo de la gestión de los derechos de autor ha sido tal que ha hecho imposible llevar a cabo ediciones críticas. Pero este año, 2014, se acaba con esa imposibilidad. Que no sepamos aún con detalle por qué dice lo que dice en sus memorias, qué calla y por qué, qué necesita más explicación, a qué se refieren pasajes oscuros, cómo y por qué pudo hacer algunas de las cosas que hizo y que le convirtieron en el único premio Nobel español (Ochoa cuenta como estadounidense) es una extraña situación que podría acabar en breve.
Los derechos de autor de quienes murieron antes de 1987 duran 80 años. Eso significa que Cajal, que murió en 1934, hará justo 80 años en noviembre de este año, por lo que sus obras pasan a ser de dominio público. Ya no habrá que pedir permiso a los herederos para publicar su obra, condición indispensable de una edición crítica de sus memorias o de cualquier otra de sus publicaciones. "El 1 de enero del año siguiente al que se cumplan 80 de la muerte los derechos pasan a dominio público", dice José Rodríguez Tapia, catedrático de derecho civil en la Universidad de Málaga y experto en propiedad intelectual. "A quienes murieron antes de diciembre de 1987 se les aplica la ley de 1879". Por lo tanto, desde enero de 2015 "sus obras pasan a dominio público y cualquiera puede reproducirlas, aunque siempre deberá respetar la paternidad y la integridad, es decir, no se pueden trocear a gusto de quien sea ni, desde luego, atribuir sus obras a otro".
Para Leoncio López-Ocón, investigador del CSIC, historiador de la ciencia y autor de diversos trabajos sobre Cajal, "es el momento de que todos los que nos hemos interesado por Cajal nos animemos y que venga otra fase: tenemos que conseguir que la obra de Cajal llegue al máximo número de lectores, y ahora, si las obras son de dominio público, será más fácil. Faltan ediciones críticas de los textos y falta, sobre todo, un gran sitio web, como lo hay de los grandes científicos Darwin o Pasteur, en el que se reúna toda su obra, incluidas cartas, el gran archivo, en el que no ha sido fácil investigar hasta ahora, para que sea accesible para todos. El que pase a ser de dominio público posibilitará ese salto, que no haya restricciones al acceso a su obra".
No hay que tener miedo a las ideas y a las novedades, los productos del cerebro (en puridad, encéfalo; el cerebro es solo una parte del todo que supone el conjunto de sesos, aunque siempre se toma la parte por el todo). Eso dice al menos una de las personas que a lo largo del siglo XX más se han destacado en la comprensión de su funcionamiento, la investigadora italiana Rita Levi-Montalcini, nacida en 1909, en plena época gloriosa de Cajal, y muerta en 2012. Poco antes de morir terminó de repasar los pequeños ensayos que componen este libro póstumo, Atrévete a saber, en el que repasa los temas que durante tanto tiempo le han sido tan queridos, como "las razas no existen, existe el racismo", y que fue publicando en la revista Newton. Es, en todo caso, una delicia encontrarlos aquí reunidos y comprobar la vitalidad y la frescura de la mente de Levi-Montalcini, premio Nobel en 1986, que terminó de revisarlos a los 95 años.
Era una prueba de que no es una fatídica e inexcusable realidad el que el cerebro, pasada una edad, se deteriore hágase lo que se haga. Es verdad que es común encontrar problemas cognitivos en muchas personas de edad avanzada, pero muchas otras mantienen la lucidez sin lagunas. A estudiar esto dedica Elkhonon Goldberg su ensayo La paradoja de la sabiduría. Lejos de los libros de autoayuda —que no haya equívocos entre nosotros—, Goldberg, catedrático de la Universidad de Nueva York y director del Laboratorio de Neuropsicología y Funcionamiento Cognitivo, refuta, como tantos otros desde hace pocas décadas, una de las pocas afirmaciones de Cajal que el tiempo ha superado: "Las vías nerviosas son algo fijo, acabado, inmutable. Todo puede morir, nada renacer". Hoy sabemos que las neuronas conservan la plasticidad y la capacidad de cambiar su uso dependiendo de diversos factores. Otra cita de Cajal avala también esta visión: "Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro".
Así, dice Goldberg, "las estaciones de la mente no implican un declive en todos los aspectos, al envejecer se consiguen algunas importantes ganancias mentales". Pese a que el cerebro, al igual que el resto del cuerpo, envejece y pierde facultades, gana lo que se denomina "pericia cognitiva, que tiene la extraña habilidad de resistir los efectos indeseados del envejecimiento" y que se relaciona con la competencia y la sabiduría. Al envejecer, "parece que no todo sean malas noticias". El escritor húngaro Sándor Márai lo expresa de otra manera en sus Diarios 1984-1989: "No es bueno dejarse envejecer por la vejez".
De fisiología al día a día y a la manera de Stephen Jay Gould, o más propiamente, dado el tema, de Oliver Sacks o de Vilayanur Ramachandran, El escritor que no sabía leer y otras historias de neurociencia nos lleva a través de breves ensayos a descubrir el cerebro por el camino de hechos concretos, pequeñas historias en las que se muestran comportamientos, sucesos o personajes singulares, de cada uno de los cuales se extrae una lección sobre nosotros mismos. José Ramón Alonso, catedrático de biología celular y director del Laboratorio de Plasticidad Neuronal y Neurorreparación del Instituto de Neurociencias de Castilla y León, es un divulgador entusiasta y eficaz que une el sentido del humor con el rigor, la sencillez con la hondura y la precisión con la elegancia. En este libro sabremos de la importancia de la siesta para el cerebro, la memoria temprana, la frenología, Gulliver y otras muchas cuestiones que no nos dejarán indiferentes. Este libro fue, además, premio Prisma Casa de las Ciencias del Ayuntamiento de A Coruña al mejor texto inédito en el año 2013.
El mismo autor, José Ramón Alonso, que fue rector de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar Neurozapping, un repaso a las series de televisión desde el punto de vista de la neurociencia. Desde el conocido síndrome de Asperger que sufre el protagonista de The Big Bang theory, Sheldon Cooper, hasta House y la mentira, Porky y la tartamudez, Pokémon y la epilepsia, y las chicas de oro y la buena vejez, entre otros, el repaso es extraordinariamente sugestivo por lo próximos que nos resultan los personajes y lo poco que les hemos mirado desde el punto de vista neurológico.
Este libro nació tras una entrada en su blog UniDiversidad precisamente sobre Sheldon Cooper. Para muchos lectores que de una forma o de otra tenían relación con personas aquejadas del síndrome de Asperger, fue la primera vez que leían explicaciones claras y, sobre todo, en un entorno positivo. Tras el éxito de esa entrada, difundida por todo el mundo de habla hispana, Alonso decidió ampliar el tiro y ocuparse de más problemas neurológicos encarnados por personajes de series televisivas. La divulgación, como es sabido, encuentra su materia prima en cualquier lugar, porque en cualquier lugar al que miremos hay ciencia, incluida la mecánica del propio acto de mirar. Así, con materiales próximos, el trabajo de Alonso, que parte de más cerca, llega más lejos. Y nos ayuda a conocer mejor la maravillosa máquina de pensar, ese órgano que con el 2% del peso del cuerpo consume el 20% de la energía. Aunque luego no se puedan pesar los pensamientos, ni la conciencia.
Esculpir el propio cerebro, Antonio Calvo Roy [El País, 1 de julio de 2014]


House considera que la gente tiende a mentir aunque le vaya la vida en ello y que esa tendencia complica o impide aclarar las cosas para establecer la situación del paciente. Acuñó la frase “Todo el mundo miente” que se ha convertido en una de las referencias de la serie y que fue el título del episodio piloto de la primera temporada. Puede que no esté muy desencaminado. Jeff Hancock un profesor de la Universidad de Cornell en Nueva York especializado en comunicación social pidió a un grupo de 30 estudiantes que realizaran un seguimiento diario de sus comunicaciones durante una semana. Si la conversación o el intercambio de mails duraba más de diez minutos tenían que anotar si habían dicho alguna mentira. Hancock encontró mentiras en el 14% de los correos electrónicos, el 21% de los sms, el 27% de las interacciones cara a cara y casi el 40% de las conversaciones telefónicas. Teniendo en cuenta la frecuencia de estas comunicaciones, la media era que todo el mundo mentía todos los días.
En contra lo que pensamos, no es fácil descubrir a un mentiroso incluso para aquellos que tienen experiencia como las fuerzas de seguridad o el sistema judicial. Popularmente solemos creer que un mentiroso se delata por su lenguaje corporal, por su mirada oblicua o por sus gestos de nerviosismo pero no es verdad. Un mentiroso puede mirar a los ojos igual que alguien veraz y no necesariamente se rascan, apoyan su peso alternativamente en una pierna y otra, carraspean o se les traba la lengua. Pensamos que somos malos diciendo mentiras y buenos detectándolas pero en realidad es al revés.
No existe ningún comportamiento que vaya asociado a la mentira y no se exprese cuando alguien diga la verdad, no hay un síntoma claro y fiable de la mentira. Tendemos a dar más peso a la información no verbal que a la verbal cuando ambas parecen estar en conflicto y se ha visto que se detectan mejor las mentiras cuando el peso de ambos tipos de información es más equilibrado.
Emil Cioran decía que “la mentira es una forma de talento” y es cierto que hay gente especialmente buena en ello pero en la actualidad sabemos más sobre cómo detectar a los mentirosos. Los resultados son algo mejores cuando alguien puede comparar el comportamiento de un sospechoso en un interrogatorio frente a una situación similar anterior cuando se sabía que estaba diciendo la verdad. De alguna manera es útil disponer de un “nivel basal de honestidad” sobre el que pueda compararse su actuación actual. Aunque contando con ello se mejora en los resultados a la hora de cazar mentirosos, se sube de un porcentaje de acierto del 50%, el mismo de tirar a cara o cruz, a un 60 o un 70% lo que aún deja bastante margen para el error. Se supone que uno de los problemas es que el que miente está continuamente comprobando si su mentira ha colado o no y mejorando por tanto su actuación mientras que el que pregunta, no sabe normalmente si ha sido engañado o no y tiene pocas oportunidades para aprender de sus errores.
Si lo pensamos un poco, un mentiroso tiene que maquinar y trabajar más lo que va a decir que si su historia fuese cierta, así que una estrategia para discernir la veracidad de una sentencia es intentar forzar esas diferencias entre los que mienten y los que no, buscando preguntas que sean más difíciles de responder para un mentiroso y hagan caer sobre él lo que se ha llamado la “carga cognitiva”. Un ejemplo es pedir al sospechoso que cuente su historia de una forma cronológicamente inversa. Si ha vivido esa situación es mucho más fácil hacer eso que si se lo está inventando según lo va contando. Otro truco de un interrogatorio es pedirle al sospechoso que dibuje la escena. Esta tarea es mucho más difícil para un mentiroso porque establecer un escenario realista para una escena inventada resulta incómodo e imperfecto. Podemos aumentar la dificultad pidiéndole que mantenga contacto visual contigo mientras le estas interrogando y solicitándole esas tareas. Bajo esas circunstancias de presión cognitiva los mentirosos muestran más señales verbales y no verbales de que están engañando que aquellos que están diciendo la verdad. Muchos mentirosos se inventan una excusa, una coartada transportando un evento real que sucedió en otro momento al tiempo que les interesa tapar. Haciendo preguntas sobre la cronología exacta de ese supuesto suceso es posible descubrir que las cosas no cuadran.
Otra técnica de interrogatorio para saber la veracidad de la opinión de una persona sobre un tema –por ejemplo, el sentir de un posible miembro de ETA sobre la justificación de un atentado terrorista- es pedirle primero que explique su posición y a continuación solicitarle que asuma la posición contraria en el debate y argumente frente a su primera exposición. El interés de esta técnica es que todos presentamos mejores argumentos y más numerosos en lo que es nuestra posición real que en la que estamos inventando sobre la marcha.
Otro aspecto importante del interrogatorio es el uso estratégico de las evidencias. En el caso de un asesinato en Goteburgo (Suecia) la policía tenía información sobre las actividades de un sospechoso en la noche del asesinato pero nada que le relacionara con el arma utilizada, una botella de cristal. En vez de revelar lo que se sabe, hay que dejar que cuente su historia y solo después, cuando se encuentra más cansado empezar a confrontarle con las evidencias disponibles. Gradualmente el sospechoso se daba cuenta de que los policías tenía más información que la que estaban revelando, y cuando llegó el tema de la botella, intentó jugar con ellos a su propio juego, ofreciendo detalles que no tenían y que no podría conocer si hubiera sido inocente.
El uso estratégico de la evidencia es contrario a lo que sería nuestra tendencia normal, confrontar al sospechoso con todo lo que tenemos. En un estudio publicado en Law and Human Behavior, María Hartwig y su grupo pudieron demostrar que los voluntarios con tres horas de formación en esta técnica conseguían un éxito del 85,4% a la hora de detectar mentiras frente a un 56,1% en los interrogadores sin experiencia. En realidad, lo que hace a un interrogador exitoso no es la habilidad para ver detectar señales anómalas en el comportamiento no verbal sino la habilidad para hacer la pregunta adecuada algo en lo que House es un auténtico experto.
Una duda que surge en estos estudios es que un voluntario que está presentando una sentencia falsa o veraz en un experimento no tiene la tensión de un auténtico mentiroso. Algunos investigadores están usando esos videos donde un familiar pide ayuda sobre alguien, una esposa, un pariente que ha desaparecido. La ventaja es que se pueden seleccionar y separar aquellos casos donde se sabe a posteriori si estaban realmente pidiendo ayuda o, por el contrario, eran ellos los responsables de su desaparición. El personal entrenado para detectar pistas verbales y no verbales conseguía distinguir en más del 90% si era un familiar preocupado o un culpable mintiendo. Un ejemplo era que alguien que estaba mintiendo usaba un condicional como “si”, “si aparece…” mientras que un inocente usaba una palabra más concreta como “cuando”, “cuando aparezca…” Los mentirosos también mostraban breves expresiones de sorpresa en la mitad superior de la cara que es lo que sucede cuando alguien intenta parecer estresado y no lo consigue.
En la lucha contra la mentira siempre se ha soñado en contar con una máquina de la verdad. Dicen que los antiguos griegos controlaban el pulso de las personas que interrogaban para intentar detectar el momento el engaño. Lombroso usó un pletismógrafo para detectar a los falsarios y distintos aparatos y técnicas fueron utilizados posteriormente, en particular el polígrafo, un detector de mentiras que tiene ya más de un siglo de edad. Mide una serie de indicadores fisiológicos basándose en que un mentiroso estará más nervioso, lo que no siempre es cierto, y calibra señales de estrés incluyendo un aumento de la frecuencia del latido cardíaco, cambios en el patrón de respiración o el nivel de oxigenación en la sangre, en la actividad electromagnética en el cerebro o en la conductividad de la piel debidos a la sudoración. Los americanos tienen una gran fe en las máquinas y el polígrafo se ha usado para identificar al secuestrador del bebé de Lindbergh, a los nazis ocultos entre los prisioneros de guerra alemanes, a los comunistas durante la caza de brujas del senador McCarthy y en los casos más famosos de asesinato y espionaje de los últimos años. La última esperanza es el uso de máquinas de resonancia magnética funcional que permitan identificar distintos patrones de actividad en el cerebro de una persona cuando miente y cuando dice la verdad. Se han usado también aparatos que miden la dilatación de las pupilas o analizadores del habla que detecten cambios en la voz. Un programa del Ministerio de Interior de los Estados Unidos denominado FAST busca detectar a posibles malintencionados usando instrumentos a distancia como cámaras y sensores de la frecuencia cardíaca que permitan someter a un examen más detallado a alguien que entra en un aeropuerto con unas constantes fisiológicas alteradas.
Sin embargo, todo esto es muy complejo. Entendemos que una mentira es algo que es falso, que es deliberada y que pretende engañar pero no sabemos si cerebralmente es lo mismo una mentira destinada a la ocultación, a la alteración o a la fabricación, no sabemos si es lo mismo cuando alguien miente para encubrir algo que sabe que está mal o lo hace porque cree que es por un bien superior (lo que llamamos una mentira piadosa pero también un terrorista que cree en la justicia de su causa). No sabemos si la actividad cerebral de alguien que dice una mentira involuntariamente es la misma que cuando lo hace a consciencia. No sabemos si la mentira es algo exclusivo de los seres humanos o podemos tener algún tipo de modelo animal. No sabemos si el proceso mental de la mentira es el mismo cuando buscamos un beneficio que cuando intentamos evitar un castigo. Lo único que sabemos es que hay muchas cosas que no sabemos sobre las mentiras. Volviendo a House y al cerebro, la Alianza Nacional para la Enfermedad Mental (National Alliance on Mental Illness (NAMI) editó unas camisetas para recaudar fondos. La frase que pusieron fue: “Todo el mundo miente”.
House y la mentira, José Ramón Alonso, [UniDiversidad, 11 de julio de 2013]
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