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jueves, 21 de mayo de 2015

A la altura de sus sueños



I know what you will do when morning comes. I wake before you do and I lie still. Sometimes I doze, but usually I am alert, with my eyes open. I don’t move. I don’t want to disturb you. I can hear your soft, calm breathing and I like that. And then at a certain point you turn toward me without opening your eyes; your hand reaches over, and you touch my shoulder or my back. And then all of you comes close to me. It is as though you were still sleeping—there is no sound from you, just a need, almost urgent but unconscious, to be close to someone. This is how the day begins when you are with me.
It is strange how much unwitting effort it has taken to bring us here. The engineers and software designers could never have guessed, as they laid out their strategies and sought investment, that the thing they were making—the Internet—would cause two strangers to meet and then, after a time, to lie in the half-light of morning, holding each other. Were it not for them, we would never have been together in this place.
One day you ask me if I hate the British, and I say that I do not. All that is over now. It is easy to be Irish these days. Easier maybe than being Jewish and knowing, as you do, that your great-aunts and uncles perished at Hitler’s hands. And that your grandparents, whom you love and visit sometimes out on Long Island, lost their brothers and sisters; they live with that catastrophe day in, day out.
It is a pity that there is such great German music, you say, and I tell you that Germany comes in many guises, and you shrug and say, “Not for us.”
We are in New York, on the Upper West Side, and when I open the blinds in the bedroom we can see the river and the George Washington Bridge. You don’t know, because I will never tell you, how much it frightens me that the bridge is so close and in full view. You know more about music than I do, but I have read books that you have not read. I hope that you will never stumble on a copy of James Baldwin’s “Another Country”; I hope that I will never come into the room and find you reading it, following Rufus through New York to his final journey up this way, on the train, to the bridge, the jump, the water.
There is a year missing in your stories of your life, and this makes everyone who loves you watch you with care. I have asked you about it a few times and seen your hunched shoulders and your vague, empty look, the nerdy look that you have when you are low. I know your parents dislike the fact that I am older than you, but the knowledge that I don’t drink alcohol or take drugs almost makes up for that, or I like to think it does. You don’t drink or take drugs, either, but you do go outside to smoke, and maybe I should take up smoking, too, so that I can watch over you casually when you are out there and not have to wait and then feel relief when I hear the doors of the elevator opening and your key in the lock.
There is no year in my life that I cannot account for, but there are years that I do not think about now, years that went by slowly, in a sort of coiled pain. I have never bothered you with the details. You think I am strong because I am older, and maybe that is the way things should be.
I am old enough to remember when things were different. But no one cares now, in this apartment building or in the world outside, that we are men and we wake often in the same bed. No one cares now that when we touch each other’s face we find that we both need to shave. Or that when I touch your body I find a body like mine, though in better shape and twenty and more years younger. You are circumcised and I am not. That is a difference. We are cut and uncut, as they say in this country where we both live now, where you were born.
Germany, Ireland, the Internet, gay rights, Judaism, Catholicism: they have all brought us here. To this room, to this bed in America. How easy it would have been for this never to have happened. How unlikely it would have seemed in the past.

Sleep, Colm Tóibín, The New Yorker, 16 marzo de 2015
Colm Tóibín, Winston Manrique Sabogal, El País, 11 de septiembre de 2010
Las voces de Colm Tóibín, Antonio Muñoz Molina

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mirar con nuevos ojos



El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos. 





Hay una fotografía de Marcel Proust, su hermano y su madre capaz de producir escalofríos. Madame Proust está sentada, mientras que sus hijos, dos jóvenes veinteañeros, están de pie uno a cada lado de ella. Van bien vestidos y en sus ojos hay una mirada que hace pensar en el boulevard y en el salon. Los dos tienen algo de felino y afectado.Es fácil imaginar por qué maman tiene un aire tan severo y reprobador. Es una mujer que ha visto la cara a las dificultades, y estos jóvenes están preparados para las dificultades más dulces, delicadas y placenteras. Cuando el observador vuelve a deslizar su mirada hacia ellos puede apreciar en Marcel más inquietud interior; su mirada no es tan sosegada como la de su hermano Robert.Las cartas que su madre envió a Proust establecieron el escenario del primer volumen de su novela y marcaron la pauta de su vida. Una de las misivas, por ejemplo, fue escrita en 1895, cuando Proust tenía 24 años y estaba en Dieppe con el compositor Reynaldo Hahn, del cual estaba enamorado. Su madre quería saber exactamente a qué hora se iba a dormir y a qué hora se levantaba. Así que escribió: couche (acuesta) y dejó un espacio en blanco para que su hijo lo rellenase, y a continuación, escribió leve (levanta), y dejó otro espacio.Cuando comenzó a explicarse en su larga novela, que empezó pocos años después de la muerte de su madre, tuvo la hermosa idea de que ella, al morir, le había dejado un enorme espacio en blanco que tenía que llenar. Deseaba conocer todos los detalles; no quería que se le escatimase nada mientras estaba sentada en su silla en el cielo, con la mirada baja; y él haría cualquier cosa por complacerla.Las cartas de su madre marcaron su gran novela... y la pauta de su vida


Marcel Proust: El laberinto de la memoria; Colm Tóibín [El País, 12 de noviembre de 2013]
En busca del tiempo perdido, de Proust: Juventud de un centenario; Félix de Azúa [El País, 12 de noviembre de 2013]

Marcel Proust y los diez pilares de En busca del tiempo perdido, Winston Manrique Sabogal [El País, 14 de noviembre de 2013]
El lector inmortaliza a Marcel Proust por Nelson Fredy Padilla [El espectador, 24 de noviembre de 2012]
Fiebre manuscrita, Antonio Muñoz Molina [El País, 20 de febrero de 2013]


martes, 30 de julio de 2013

¿Pero qué demonios es el agua?


Hasta hace unos días, había pensado empezar esta charla diciendo que la vida se está poniendo de una forma en la que hablar de literatura es raro. Algo que algunos incluso pueden considerar un poco friki. Pero anteayer, en la manifestación de Valencia que lamentablemente se ha hecho famosa por su desproporcionada represión en vez de por los motivos de la protesta, vi que los alumnos de secundaria llevaban libros en las manos y que gritaban: “¡Estas son nuestras armas!”. Tras darle muchas vueltas, yo iba a deciros hoy aquí que la literatura no sirve para nada. Sin embargo, esos jóvenes me estaban llevando la contraria. Me decían que los libros tienen una utilidad. ¿Pero cómo un libro puede ser un arma? ¿Y un arma para qué? En contra de la imagen del adolescente vago, medio alcohólico y semianalfabeto que no hace mucho verbalizó uno de los descendientes de la Casa de Alba, esos chicos defendían su propia educación. “Leer es educarse”, parecían decir. O lo que es lo mismo, la única manera de emanciparse que tienen todos aquellos que no se apellidan Fitz-James y Martínez de Irujo. ¿Alguien sabe lo que significa “emanciparse”? No independizarse de la casa de los padres, que en cierto modo también, sino salir de la estrechez a la que parece condenarte tu origen social y económico y aspirar a una vida más amplia. Más rica. Más intensamente vívida. Abrirte la cabeza en un sentido metafórico. Luego volveremos sobre esto.     
¿Cómo puede competir hoy el acto de leer con el atrayente e inmediato poder del cine, los videojuegos, los móviles última generación o las excitantes posibilidades de una noche de sábado? Más aún, ¿qué es la literatura? ¿Por qué los críticos y los profesores aconsejan la lectura de libros aburridísimos y de los que más nos pueden gustar dicen sin embargo que no son buenos? Había una vez dos peces jóvenes nadando y entonces se encontraron con un pez más viejo que venía en sentido contrario y éste les saludó diciendo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron su camino sorprendidos y, al cabo de un rato, uno de ellos le preguntó al otro: “¿Pero qué demonios es el agua?”. A lo mejor, vosotros me veis a mí como ese pez viejo, supuestamente sabio, que os va a hablar de literatura como si fuera el agua. No es mi intención. Yo también fui un pez joven y aún me sigo preguntando, sin haber llegado a ninguna conclusión irrefutable, qué demonios es el agua o, para lo que viene al caso, la literatura o incluso la vida misma. El agua es la vida. Y toda vida puede ser convertida en literatura.
Cuando yo tenía vuestra edad, en mi casa había pocos libros. A mi padre le gustaba mucho el cine de acción, y a veces se compraba novelas que se habían convertido en películas. Eran libros de esos que hoy los críticos y los profesores dicen que no son buena literatura. Recuerdo que los dos primeros libros de adultos que leí fueron Papillon, que iba de un preso que se fugaba de una cárcel rodeada de agua, y El negociador, que era una novela de espías. A mí me aburría lo que se supone que tiene que hacer un adolescente para divertirse, es decir, estar todo el día en la calle, fumar hasta toser mucho y pillarse unas cogorzas del quince los fines de semana. Además, era demasiado tímido para ligar. Cuando los viernes por la noche venía mi amigo Mario superarreglado para que saliéramos de marcha, muchas veces, me encontraba en batín y se iba desolado y mirándome como si fuera un escarabajo. No estoy precisamente orgulloso de eso, aunque tampoco me arrepiento. Cada uno es como es. Lo importante es ser uno mismo. Luego descubrí que en los bares también se aprende mucho e incluso aprendí a ligar. Lo único que pasaba era que a mí me divertía más quedarme en casa viendo cine o leyendo libros que hacer botellón en una helada noche de febrero. Fue la época en la que mi madre le compró a un vendedor ambulante una colección de libros muy elegantes, marrones y con las letras doradas, con la que regalaban un mueblecito muy mono para poner debajo del televisor. La pobre lo hizo por estética, y sin saber en absoluto que aquella decisión cambiaría —aún duda si para bien o para mal— la vida de su primogénito. Porque mis hermanos no le echaron mucha cuenta a aquel mueblecito de debajo del televisor, pero a mí me dio para tenerme la mar de entretenido los dos o tres años siguientes. Recuerdo los lomos de aquella colección de Clásicos de la literatura universal del siglo XX y cómo me atraían títulos como Al este del Edén, El doctor Zhivago, El proceso, Crónica de una muerte anunciada, La ciudad y los perros, Otra vuelta de tuerca, El conformista, Mientras agonizo, La peste, Dublineses, Carpe diem, El gatopardo, La muerte en Venecia, El americano impasible, El espía que surgió del frío, Las tribulaciones del estudiante Törless. Aquellos títulos me llamaban, me hipnotizaban, y a veces cogía una de esas novelas y empezaba y no me enteraba de nada y o seguía leyendo porque simplemente sonaba bien o la dejaba para coger otra porque había más de cien títulos y siempre había alguno que me gustara. Aquello me divertía y me hacía libre, o sea, me emancipaba. Pero ¿en qué sentido me hacía libre y me emancipaba? Pues en el sentido de elegir el libro que me viniera en gana sin que nadie me dijera “ése no, aquél” ni cómo debía vestirme para leerlo ni dónde lo tenía que leer ni cómo tenía que sentirme ni por qué no hacía lo que se supone que todos tenemos que hacer para ser aceptados por los otros (a mí casi todas las actividades en grupo en las que se te dice lo que tienes que hacer me provocan una mezcla de vergüenza y rebeldía insoportables). A lo mucho, mi madre me comentaba de vez en cuando: “Te vas a quedar ciego” (y he aquí que no andaba del todo equivocada) o, si me pasaba demasiado tiempo encerrado, “Como sigas leyendo así te volverás loco”. ¿Por qué mis hermanos no y yo sí? ¿Por qué empecé a leer y pronto pasó a convertirse en una necesidad como dormir, respirar o comer? Pues no lo sé. Eso para mí sigue siendo un misterio.
Yo era también un consumidor compulsivo de periódicos. A veces un relato escrupulosamente real de los hechos —un reportaje periodístico sobre el derretimiento de los glaciares o un libro de historia sobre la Revolución Francesa— resulta más apasionante que la ficción narrativa. ¿De dónde surge el hábito humano de contar historias y, sobre todo, de inventarlas? La épica griega nace como una forma de periodismo. Los juglares medievales iban contando lo que les pasaba a los héroes y, poco a poco, iban tergiversando los hechos para hacerlos más interesantes. Para mí, el embobamiento con el que se escuchaban esas historias guarda cierto paralelismo con la ilusión del niño pequeño al que le cuentan un cuento antes de dormir, la misma que, si el adulto se interrumpe por lo que sea, le hace saltar de un grito: “¡Y qué pasó más!”. Ahí está, creo yo, el origen de que nos cuenten historias. De la necesidad de saber más. Y ese saber no sólo está en los libros. Está en los periódicos, en los relatos orales (a veces se aprende más de la vida en la calle que en una biblioteca), pero sobre todo está en la literatura.
¿Pero por qué tenemos que leer libros? La pregunta, en mi opinión, no debería ser “¿Por qué es bueno leer?”, una pregunta que suena como si a continuación te fueran a echar un sermón, porque leer no es imprescindible para sobrevivir y ni siquiera para ser felices. La pregunta es “¿Por qué leemos?”. Y yo no creo que se lea para ser más cultos, ni para aprender lecciones morales, ni para ser más inteligentes o mejores personas. No está científicamente comprobado que los lectores sean mejores personas ni más inteligentes que los que no leen. Más aún, puedo aseguraros que muchos escritores no son para nada buenas personas. Si a mí me preguntaran por qué leemos, lo primero que se me pasa por la cabeza es: 1) por diversión, 2) por necesidad y 3) porque haciéndolo me siento libre. Y si a continuación me preguntaran por qué escribo, mi respuesta sin vacilar sería “porque leo mucho” y, por tanto, por diversión, por necesidad y porque haciéndolo me siento libre.
En realidad, mi madre llevaba razón: la lectura no tiene ninguna utilidad práctica. Leyendo no se gana dinero. Es una pasión inútil. Pero al menos es una pasión. Y eso puede justificar de por sí una existencia. Sin las cosas que nos gusta mucho hacer, la vida no merecería la pena. Pero a veces, cuando se lee mucho y la lectura se convierte en una necesidad, a uno le nace el impulso de coger un bolígrafo y escribir eso que tanto le gusta leer en los libros. Porque la fuerza evocadora que tiene la lectura —esa que hace que nos traslademos a los Mares del Sur sin levantarnos del sofá, o enamorarse de una Maga en París, o visitar el planeta Marte de la mano de Ray Bradbury— convierte también la realidad en algo incompleto, aburrido e insatisfactorio, y si lo vemos así, surge la necesidad de completar ese mundo insuficiente por medio de la escritura, de poner en orden los sentimientos y las ideas que muchas veces se nos agolpan en el cerebro o en el pecho, y de darle forma al caos del sinsentido en el que creemos —quizás falsamente— que se ha convertido nuestra vida, o simplemente de reproducirlo. El escritor que cree que el arte sólo puede brotar de la angustia comparte con el adolescente la dramática tendencia a considerar dramático un mundo que no tiene por qué ser dramático necesariamente.  
Yo no recuerdo cuándo sentí la llamada de esa necesidad —“vocación” lo llaman los orientadores pedagógicos y los religiosos—, pero debió de ser más o menos con vuestra edad. Como al adolescente enamorado que se le quitan las ganas de comer, y suspira mirando el infinito, y siente que tiene que hacer algo para reaccionar, me puse un día a imitar al escritor que más me llegaba al alma, el responsable de que al final yo también acabara queriendo ser novelista, al autor de una novela titulada El jinete polaco que parecía que había sido escrita sólo para mí: Antonio Muñoz Molina. Escribir tenía por tanto una dimensión imitativa y una dimensión íntima: escribir como Muñoz Molina, escribir sobre lo que a mí me pasaba dentro.
De esa autoexploración, de ese preguntarse constantemente por qué, de esa necesidad, saldría con los años El hijo del futbolista. En esta novelita, cumplidos los treinta años, sentí la obligación de volver a cuando yo tenía vuestra edad, al último curso de instituto, al verano de la Selectividad cuando uno se plantea qué quiere hacer con su vida adulta: ir a la universidad, trabajar o sentarse bajo una parra a rascarse el ombligo. Y tratando de descubrir por qué acabé matriculándome en una carrera que ni me gustaba ni me sirvió de nada, me di cuenta de que, al mismo tiempo, no sólo me iba conociendo un poco mejor a mí mismo, sino que también comprendía mejor a mis padres, a mis abuelos, a la que fue mi primera novia, e incluso al pueblo donde nací y que había sido explotado por los ingleses hacía mucho y en el que casi todo el mundo parecía contento con ese pasado. Las cosas más fáciles de ver son a veces las más difíciles. Y, muchas veces, la ficción aclara mucho más la verdad que los hechos reales. Convirtiendo a mi abuelo en un personaje de ficción comprendí por qué defendía la colonización de la mina por parte de los ingleses. Convirtiendo a mi exnovia en personaje de ficción comprendí que no sólo ella tuvo la culpa de que rompiéramos. Convirtiendo a mis padres en personajes de ficción comprendí lo complicado que resulta ser padre y lo sencillo que resulta equivocarse. Y al final, lo que en un principio empezó por ser una novela vengativa, como de ajuste de cuentas con mi entorno más cercano, acabó convirtiéndose en una declaración de amor. Porque la literatura, entre otras muchas cosas, es una forma de declarar amor tanto a las personas como a la vida. Con la literatura aprendemos a comprender, a descifrar los sentimientos que nos parecen confusos y complicados, y si esa literatura es buena literatura sentimos una especie de revelación, una verdad, a la que no llegan ni la religión, ni la ciencia, ni la política, ni la filosofía: la de que nuestra existencia es un misterio insondable, uno maravilloso, repleto de cosas estupendas y cosas terribles, frente al que únicamente podemos encogernos de hombros y experimentar su riqueza y diversidad.
Pero las novelas no sólo explican el mundo interior, como suele hacer la poesía. También nos cuentan cómo es el mundo externo, real o imaginario. Es una de las mejores formas de empatía. Leer para vivir la vida de los otros. “Mirar lo que se tiene delante de los ojos requiere un esfuerzo constante”, dijo un escritor que a mí me gusta mucho, George Orwell. Quien sólo se mira a sí mismo es un narcisista egocéntrico. La literatura nos dice cómo es la vida de los demás. Cómo son los lugares que quizás nunca visitaremos. Qué pasó hace un siglo en un sitio en el que parece que nunca sucedió nada. Desde la soledad de un escritorio apartado, cientos de escritores nos han contado cómo es el mundo, la belleza de sus paisajes, y la maldad y bondad que puebla la tierra.    
Lo bueno de estar en 2º de Bachillerato es que sois lo suficientemente jóvenes para que ninguna decisión sea irreversible. Todos tenemos derecho a equivocarnos. Lo más lógico además es que así sea. Cualquier camino que emprendáis tiene arreglo. Y cada uno hará con su vida, como debe ser, lo que crea más oportuno. A mí no me gusta dar consejos. Pero voy a mencionar uno que escribió hace mucho un francés solitario llamado Montaigne: “No hago nada sin alegría”. Por eso, hagáis lo que hagáis, hacedlo con alegría, hacedlo porque de verdad sea lo que más os guste, no lo que digan los padres, los maestros, los novios o los hermanos mayores. Lo que a vosotros os haga feliz. No hay mayor maldición para un adulto que levantarse por la mañana temprano para ir a un trabajo que no le gusta. Yo soy profesor de Lengua y Literatura, pero en lo más secreto de mi interior, como si llevara una doble vida, me siento escritor, que no es ningún cargo ni glamuroso ni importante, sino sólo el oficio de un ciudadano que cuenta historias por escrito. Mis días se organizan en función del tiempo que puedo dedicarle a la escritura. Una parte de mi vida es la literatura. No la más importante, pero sí fundamental. Muchos sábados por las mañanas, desde la ventana de mi despacho, veo a la gente correr y montar en bici por el río. Yo en cambio me quedo en casa, aporreando mi ordenador, intentando saciar esa necesidad que a veces parece una patología. Eso me hace feliz por más que también me esclavice. Sin embargo, no sabría cómo contagiar esa pasión a quien no tenga interés por la literatura. Ya he dicho que, para mí, leer nos hace libres, nos invita a soñar y nos entretiene. Es además una costumbre que no resulta incompatible con ninguna profesión. Y que la voz del escritor no está más autorizada para nada que la del albañil, el médico o el fontanero. Pero nunca es tarde para aprender. En realidad, nos llevamos toda la vida aprendiendo. No sé si es bueno o malo obligar a leerse el Quijote en 1º de Bachillerato. Yo lo mando. Pero siempre me queda la duda de si mis alumnos no le cogerán manía a un libro que a mí me parece maravilloso. “Algo se les quedará”, me consuelo de vuelta a casa. Pero no lo tengo claro. Nadie puede obligarnos a leer. Nadie debería hacer lo que no le gusta. La clave está en la pasión. En la pasión con la que uno lea y en la pasión con la que uno enseñe literatura. Uno lee por el mismo motivo por el que viaja: para conocer, para salir de la monotonía del estrecho mundo que nos rodea, para comparar, para ser más flexibles; por lo que la lectura sí es un “arma”, como decían los estudiantes de Valencia, un arma  para vencer el aburrimiento y la apatía y la pereza y la cortedad de miras. O lo que es igual: para emanciparnos y saber mejor ser nosotros mismos o fantasear que no somos nosotros mismos. Leer, como viajar, si no una garantía de felicidad sí es una invitación para conseguirla. Por eso sólo puedo deciros que, para mí, leer libros es el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado: la forma de comprender, como en el chiste de los peces, qué demonios es el agua. Sin ellos, nuestra realidad sería más gris, más pequeña, más vacía, más pobre y menos mágica.

Muchas gracias.


En Burguillos, a 23 de febrero de 2012
Coradino Vega
Brooklyn, de Colm Tóibín
En una entrevista concedida a Europa Press, Vega, licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla, explicó que la novela recoge la encrucijada de Martino, un joven que tiene que decidir qué carrera universitaria comenzar después del verano. Éste, instigado por su profesor de filosofía, escribe un artículo en la revista del instituto en el que pone en tela de juicio la historia del pueblo en el que vive, e indirectamente el comportamiento de sus familiares.
Ante este paso, según indicó, aparece "el miedo del protagonista de pasar de la seguridad a lo desconocido" y así se inicia "una serie de cuestiones como qué hay de verdad en lo que le han contado u ocultado sus familiares, por qué su padre renunció a jugar a fútbol en primera división cuando era su sueño de niño, o por qué el abuelo siempre justifica a los ingleses que colonizaron el pueblo onubense donde viven", dijo.
Además, la historia cuenta con el telón de fondo de la 'Expo 92' de Sevilla, que opera como "símbolo de la convergencia de España con el signo de los tiempos, contrastando al mismo tiempo con la realidad de Martino, adoptando la novela signos tragicómico".
Por otro lado, Vega, que presenta hoy el libro en Sevilla, señaló que la novela presenta "un toque humano pues la novela lo que retrata es la intimidad de una familia que se enfrenta a la modernidad acelerada de un país pero que vive, en cuanto a los valores, en determinadas herencias del pasado".
Así, con respecto al tema social, el libro "cuestiona el estado de cosas, no sólo lo que pasó en Minas de Riotinto, sino a nivel nacional, y retrata la mentalidad de toda una generación nacida en la posguerra, que no tuvo una conciencia política definida y que en muchas ocasiones fueron caldos de cultivos para un cierto servilismo", manifestó.
"el miedo: Eje vertebrador del siglo xx"
Coradino Vega aseguró que el miedo, tal como aparece en la novela, es "el eje vertebrador de España en casi todo el siglo XX en las personas normales, es decir, en personas anónimas que tuvieron que encarar una guerra en la que se vieron obligados a tomar partido sin conciencia política".
En este sentido, añadió que "el miedo es hereditario y en Martino surge al dejar la adolescencia y pasar a la vida adulta; el de los padres es consecuencia del temor a que se tuerza el camino; por su parte, los abuelos temen contar las cosas terribles que vieron y que callaron".
La ópera prima de Vega, 'El hijo del futbolista', refleja, según explicó, que "el fútbol de élite está manipulado por las clases dirigentes y cuenta con la lacra de los aficionados radicales; sin embargo, el fútbol modesto es un lugar de sinsabores y un territorio de ilusión, pero también de dolor y frustración".
Con respecto al trasfondo de la novela, el escritor onubense señaló que la obra convive con el eco de la Olimpiadas de Barcelona en 1992, la Exposición Universal de Sevilla, o la guerra de Yugoslavia, momento en el que se vivió "la puesta de largo de España ante la modernidad de Europa". Asimismo, dijo que la 'Expo 92' tuvo su parte de "expectativa interesada y, quizás, de buena intención, pero también de embeleco colectivo, pues a los nacidos a mitad de la década de los 70 se les prometió un futuro que a la vista actual no hace falta juzgar mucho".
El libro muestra "una radiografía más del 'baby bomm' de los 70 y también una mirada de la mentalidad de décadas anteriores"; pues, según precisó, si a la novela le quitas los capítulos tecnológicos, "las corrientes y conflictos generacionales no han cambiado tanto, aunque sí el país que ha tenido un progreso vertiginoso".
Por último, aseguró que "el imaginario colectivo social del país sigue contando con aspectos incrustados que siguen existiendo con el paso del tiempo, pues es difícil que después de 40 de propaganda nacional católica no se siga heredando hoy día".
EUROPA PRESS. 12.02.2010
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