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lunes, 16 de diciembre de 2013

Patriotismo basado "en las zonas templadas del espíritu"



En España, país desmemoriado, se ha puesto de moda la memoria. Es una memoria singularmente selectiva: borra o desfigura la parte del pasado más cercana al presente y se remonta a una lejanía hasta hace poco no muy frecuentada, salvo por los aficionados a la historia y los historiadores profesionales, y por algunos novelistas que educamos nuestra imaginación en los relatos cautelosos sobre la República y la guerra que escuchamos de nuestros mayores en la infancia. La historia es un saber difícil que requiere largas investigaciones, ofrece muchas incertidumbres y da a veces amargas noticias. La memoria no se investiga, sólo se recupera, sin exigir mucha disciplina, incluso, muchas veces, con un propósito de afirmación personal o colectiva que nadie está autorizado a discutir, ya que la memoria, por definición, le pertenece al que la posee. La memoria, si no es vigilada por la razón, tiende a ser consoladora y terapéutica. Modificar los recuerdos personales para que se ajusten a los deseos del presente es una tarea legítima, aunque con frecuencia tóxica, a la que casi todos nosotros somos proclives.
Cuando la memoria se convierte en un simulacro colectivo su efecto empieza a ser más alarmante. Su primacía desaloja a la historia del debate público, porque la historia es mucho menos maleable, y con frecuencia puede desmentir las buenas noticias sobre el pasado que a todos nos gusta regalarnos. Al filtrarse a través del recuerdo, y también del olvido, el pasado se convierte en ficción y en materia novelesca. Pero a la novela no le exigimos fidelidad a los hechos privados o públicos que puedan haberla inspirado. La responsabilidad de la novela es estética y moral: la de los discursos públicos, casi como la de la ciencia, debería estar sujeta a las exigencias más severas del conocimiento.
Como novelista y como ciudadano, la negligencia o el silencio que durante muchos años envolvieron el recuerdo de la Segunda República, de la Guerra Civil y de la resistencia antifranquista me parecieron desoladores. La falta de conexión entre el presente iniciado en la transición y las tradiciones progresistas españolas que fueron interrumpidas por la guerra y sepultadas por el franquismo ha sido una de las debilidades mayores de nuestro sistema democrático: ha alimentado nuestro raquitismo cívico y nuestra profunda penuria cultural, así como una contumaz injusticia hacia quienes lucharon contra la dictadura o fueron víctimas de lo que Paul Preston ha llamado la "política de la venganza". Quienes ya éramos adultos a principios de los años ochenta sabemos que la razón de tanto olvido público no era el chantaje de una derecha franquista que siguiera vigilando desde la sombra. Desde 1982 el Partido Socialista gobernaba con mayoría absoluta, y sus dirigentes, empeñados en la tarea necesaria de modernizar plenamente el país, optaron por ocuparse más del futuro que del pasado, con un entusiasmo en el que había una parte de arrojo verdadero y otra de frivolidad y cosmética. De pronto la épica de la resistencia se había quedado antigua, tan obsoleta como las barbas y como las chaquetas de pana. Cambios verdaderos y profundos sucedían mientras tanto, pero muchos nos sentimos agraviados en aquellos años por la amnesia atolondrada de los que mandaban, por la falta de escrúpulos y una propensión al favoritismo y al descuido de la moral pública que habrían de acabar en los escándalos de corrupción de los primeros años noventa.
La historia proscrita por el franquismo fue una historia simplemente abandonada por la democracia. Abandonada por el Estado central y sustituida por mitologías más o menos lunáticas en los sistemas educativos de los gobiernos autónomos, consagrado cada uno a la tarea de inventar pasados gloriosos que fatalmente acabarían malogrados por una pérfida invasión española. La mezcla de la pedagogía posmoderna y del nacionalismo identitario pueden conducir a resultados pintorescos o alarmantes, a una confusa aleación de ignorancia y adoctrinamiento muy peligrosa para la vida civil pero muy útil para la demagogia política.
A algunos nos parecía que el estudio atento de la República y de la Guerra Civil era a la vez una reparación parcial de las injusticias del olvido y una búsqueda de esos valores sustantivos cuya debilidad resultaba tan dañina para nuestro sistema democrático. Al leer obsesivamente libros sobre entonces -los diarios de Azaña, las memorias de Barea, las novelas de Max Aub, los estudios de Hugh Thomas o de Jackson, la sobrecogedora historia oral de Ronald Fraser- revivíamos una y otra vez un drama que no nos apasionaba ni nos hacía sufrir menos porque conociéramos de sobra su triste final. Nos indignaba el escándalo de la indiferencia de las democracias hacia la suerte de la República española, el modo en que aceptaron sacrificarla queriendo apaciguar a Hitler. Pero también nos producía un íntimo dolor, semejante a una derrota personal, la incapacidad de las fuerzas políticas del bando leal para unirse eficazmente contra el enemigo común. Al cobrar conciencia política en los últimos años de la dictadura, sentíamos una nostalgia doble del porvenir y del pasado, del mañana en el que podríamos respirar y vivir en libertad y del lejano ayer en el que la libertad existió brevemente. Igual que saltábamos sobre la cultura del pasado inmediato para vincularnos a una tradición de heroica modernidad literaria y estética que interrumpió la guerra y dispersó el exilio, queríamos buscar nuestra legitimidad política en aquella República que era el reverso exacto del régimen siniestro en el que habíamos crecido. Por eso había un fondo de desconsuelo al ver que la democracia restaurada no se esforzaba demasiado en honrar a los perseguidos, a los silenciados, a los encarcelados y asesinados por el franquismo, a los que salieron de España al final de la guerra y continuaron combatiendo al nazismo en Europa, a los cautivos y supervivientes de los campos alemanes. Hubiéramos querido que se les hiciera justicia mientras estaban vivos, y también que los valores que ellos defendieron tuviesen más presencia en la política española: un sentido de la austeridad y la decencia, de la ciudadanía solidaria y responsable, una vocación franca de justicia social, un amor exigente por la instrucción pública, un verdadero laicismo, un respeto a la ley entendida como expresión de la soberanía popular.
No es eso lo que hemos visto tanto como habría sido necesario, y si no lo hemos visto no ha sido por la presión de una derecha torva y de vocación autoritaria o por la existencia de un rey. Pero a pesar de esas deficiencias -de las cuales los únicos responsables son la clase política y la ciudadanía, cada uno en su escala de acción- en 30 años España ha cambiado tan prodigiosamente que ni siquiera los que hemos vivido este tránsito somos capaces de comprender su magnitud y su calado. Nos hace falta el testimonio deslumbrado de quienes nos han visto desde fuera, y no hemos sido capaces de hacer conscientes a nuestros hijos de la novedad y la fragilidad de lo que nosotros no tuvimos y ellos dan casi desganada o despectivamente por supuesto. Hemos pasado de la dictadura a la democracia, del centralismo al federalismo, del tercer mundo al primer mundo, del aislamiento internacional a la plena ciudadanía europea. Nos hemos dado un sistema educativo y sanitario públicos que con todas sus deficiencias sólo puede valorar quien ha viajado algo por el mundo y sabe lo que significa que la salud y la escuela sólo sean accesibles a quien puede pagarlas. Y sin embargo nadie o casi nadie siente lealtad hacia el sistema constitucional que ha hecho posibles tales cambios, y en lugar de compartir una concordia basada en la evidencia de lo que hemos podido construir entre todos nos entregamos a una furia política en la que cada cual parece guiado por un propósito de máxima confrontación.
En una pelea de baja ley cualquier objeto puede convertirse en un arma arrojadiza: la más reciente, en España, es la memoria, la República olvidada que de pronto regresa a las primeras páginas, la Guerra Civil que se usurpa a los historiadores y al recuerdo doloroso de quienes la sufrieron para desfigurarla a la medida de los intereses políticos de unos y otros y a la voluntad de cizaña de los enemigos más descarados de la democracia. Para quienes hemos pasado muchos años no queriendo aceptar la obligación del olvido es alentadora la idea de que de pronto tantas personas coincidan en el recuerdo de un tiempo decisivo de la historia de España: pero no deja de ser llamativo que el recuerdo llegue tan tarde, y que coincida tan oportunamente con una nueva amnesia -ahora, sobre la transición- y con diversos proyectos de desmantelar el sistema político fundado por la Constitución de 1978.
Cada uno tiene sus lealtades íntimas y sus nostalgias personales, y para muchos de nosotros el 14 de abril y la bandera tricolor, el coraje republicano de Antonio Machado, el patriotismo cívico y sereno de los diarios de Manuel Azaña, mantienen un resplandor indeleble, vinculado a nuestros sueños juveniles de libertad y a nuestros más firmes ideales del presente. Pero la lealtad sentimental no debería cegarnos, precisamente porque entre los valores republicanos más altos está la primacía de la racionalidad sobre el delirio romántico. Y hace falta mucho cinismo intelectual, mucha malevolencia, para empujar al campo de los añorantes del franquismo a quienes no se dejan llevar por esta oleada entre dulzona e interesada de memoria nostálgica y prefieren no olvidar lo que han aprendido en los libros de Historia y en los testimonios de quienes vivieron de cerca aquel tiempo. En los diarios del tiempo de la guerra, en esa desolada obra maestra de la literatura en español que es La velada en Benicarló, Manuel Azaña cuenta su amargura ante el sectarismo, la incompetencia y la deslealtad a la República de muchos de los que deberían haberla defendido. En el desmoronamiento del Estado que sobrevino tras la intentona militar del 18 de julio, cada fuerza política o sindical, cada gobierno autónomo se entregó con ceguera suicida a la persecución de sus propios intereses, como si la guerra, más que una crisis terrible que los amenazara a todos por igual, fuese una oportunidad de oro para alcanzar fines -la independencia, la revolución, el comunismo libertario, etcétera- que nada tenían que ver con la legalidad republicana. Leyendo a los historiadores y a los memorialistas más eminentes, uno tiene la sensación de que la República, en un cierto momento de la guerra, no tenía más defensores sinceros que Manuel Azaña, Juan Negrín, el general Vicente Rojo y Max Aub.
No creo que sea de ese sectarismo insensato del que se tiene nostalgia, ni que en aquella tentativa breve y maltratada de democracia hubiese algo de lo que no disfrutemos ahora. Ni una sola de las libertades que afirmaba la Constitución de 1931 está ausente de la de 1978, del mismo modo que las valerosas iniciativas de justicia social, educación e igualdad de aquel régimen no pueden compararse, por la enorme diferencia de los tiempos históricos, con los progresos del Estado de bienestar que disfrutamos ahora. ¿Fueron entonces más iguales las mujeres y los hombres? ¿Hubo mejor protección para los parados, recibieron mejor atención pública los enfermos? ¿Estuvieron más respetadas las minorías? ¿Fue más autónoma Cataluña con el estatuto de 1932 que con el de 1980? ¿Podemos excluir de nuestra genealogía democrática a Adolfo Suárez o al general Gutiérrez Mellado, que tan gallardamente se mantuvieron en pie frente a la zafia agresión de los golpistas del 23 de febrero de 1981?
Parecen preguntas idiotas, pero es necesario formularlas, al menos para deslindar el reconocimiento histórico de las mejores iniciativas de entonces de esa nostalgia gaseosa que se va volviendo más densa cada día y no nos deja ver los secos perfiles de lo que ocurre ahora mismo, las señales de alarma que deberían empezar a inquietarnos. Algo distingue -o distinguía al menos hasta hace poco- a la mayor parte de los discursos políticos surgidos del 78 sobre los del 31: la idea de que el adversario no es necesariamente el enemigo, y de que por encima de las discrepancias más radicales está la fidelidad a unos cuantos principios comunes que son el entramado básico de la democracia. En 1931 España era un país de terribles diferencias sociales, en una Europa desgarrada por la crisis económica y los fanatismos políticos. En una época en la que tan rara era la templanza, puede ser comprensible -aunque no deje de ser lamentable- que con tanta frecuencia los discursos políticos derivaran hacia un pavoroso extremismo. Pero si estos tiempos son tan visiblemente otros, ¿de dónde nace la furia verbal que uno observa ahora en España, y que lo golpea a uno como un puñetazo al conectar la radio o mirar los titulares de un periódico, la voluntad desatada y al parecer casi unánime de eliminar cada uno de los espacios de concordia en los que se han basado estos treinta años de democracia y progreso? ¿Tenemos que seguir eligiendo entre lamentar el asesinato del teniente Castillo o el de José Calvo Sotelo, entre callar la matanza de la plaza de toros de Badajoz o la de la Cárcel Modelo de Madrid?
Manuel Azaña imaginó un patriotismo basado "en las zonas templadas del espíritu". Una manera de conmemorar ese deseo es vindicar los modestos ideales que lo hacen posible: defender la instrucción pública y no la ignorancia, el respeto a la ley frente a los mangoneos de los sinvergüenzas y los abusos de los criminales, el acuerdo cívico y el pluralismo democrático por encima de los lazos de la sangre o la tribu, la soberanía y la responsabilidad personal y no la sumisión al grupo o la impunidad de los que se fortifican en él. Estos son mis ideales republicanos: espero que se me permita no incluir entre ellos la insensata voluntad de expulsar al adversario de la comunidad democrática ni el viejo y renovado hábito de repetir consignas en vez de manejar razones y acusar de traición a quien se atreve a disentir de la ortodoxia establecida, o a no seguir la moda ideológica del momento.
Notas escépticas de un republicano, Antonio Muñoz Molina [El País, 24 de abril de 2006]

Perspectiva general de las multinacionales
Si hace 15 años alguien hubiera dicho que las empresas españolas serían propietarias del mayor operador de telefonía móvil (O2) del Reino Unido, que explotarían varias líneas del metro de Londres y algunos de los aeropuertos más grandes del Reino Unido (entre ellos el de Heathrow), que adquirirían tres bancos (Abbey, Bradford & Bingley y Leicester & Alliance) y una compañía energética (Scottish Power) o que los dos mayores bancos, Santander y BBVA, generarían más beneficios en Latinoamérica que en su propio país e Inditex sería una de las cadenas de ropa más grandes del mundo, habría sido objeto de mofa por haber hecho unas declaraciones tan absurdas. Sin embargo, ésta es la situación actual, y es sólo una pequeña parte del panorama general.
Aunque la afluencia de inmigrantes ha sido el factor interno más importante durante este periodo, el factor externo de mayor relevancia ha sido la espectacular inversión en el extranjero que han realizado las empresas españolas, lo que ha llevado a la creación de multinacionales. España, junto con Corea del Sur y Taiwán, es el país que mayor número de multinacionales de carácter verdaderamente global ha generado de entre los países que en los años sesenta aún no habían desarrollado una base industrial sólida. También hay una serie de pequeñas y exitosas multinacionales de ‘bolsillo’.
A finales de 2011, España realizó una inversión externa de 640.300 millones de USD frente a una inversión interna de 634.500 millones de USD. En cuanto al PIB, el stock de inversión externa de España pasó del 3,0% en 1990 al 42,5% en 2011, superando a Italia en términos relativos y absolutos (véase la figura 1), mientras que la cantidad de inversión interna a lo largo del mismo periodo aumentó del 12,5% al 42,5% del PIB.
Unas 25 empresas ocupan posiciones de liderazgo en la economía mundial en sus respectivos ámbitos (véase la figura 2), y dos de ellas, Zara, el buque insignia de Inditex, y el banco Santander, se encuentran entre las 100 marcas más valiosas del mundo (véase la figura 3).
En los primeros seis meses de 2012, más del 60% de los ingresos de las empresas que conforman el Ibex-35 (el índice de referencia de la bolsa de Madrid) se produjeron en el extranjero (véase la figura 4). Gracias a su diversificación geográfica y empresarial, estas empresas pudieron compensar, en distinto grado, el declive empresarial en la deprimida economía española. Acerinox (acero inoxidable) generó en el extranjero el 92% de sus ingresos, ACS (construcción) el 81%, Ebro Foods el 92% y el Santander el 79%.
Los bancos Santander y BBVA se encuentran en los 50 primeros puestos mundiales de empresas transnacionales financieras (ETN), y cuentan con 407 y 142 filiales extranjeras respectivamente, según el Informe sobre las Inversiones en el Mundo en 2012 de la UNCTAD, mientras cuatro empresas (Telefónica, Iberdrola, Ferrovial y Repsol YPF) se encuentran entre las 100 principales ETN no financieras del mundo. El Consejo de Estabilidad Financiera (FSB por sus siglas en inglés) incluye a Santander y BBVA en la lista actualizada de bancos sistémicos a nivel global y en la categoría de menor riesgo.
La paradoja de las exportaciones 
La economía española ha perdido competitividad en los últimos años en términos de costes, precios y productividad y, a pesar de ello, los resultados de las exportaciones han sido sorprendentemente positivos. Entre 2009 y 2011 la cifra de exportaciones de productos aumentó en 54.600 millones de euros hasta 214.500 millones de euros (un 20% del PIB), lo que representa una mejora equivalente al 5,1% del PIB y un mayor ritmo de crecimiento que Alemania, Francia e Italia, a pesar del menor volumen. Las exportaciones de mercancías representaron en torno al 22% del PIB en 2012, un incremento con respecto al 18% obtenido una década antes.
La recesión en España ha obligado a las empresas a buscar mercados en el extranjero. Las exportaciones de productos se incrementaron un 15,4% en 2011 hasta alcanzar los 214.500 millones de euros, en comparación con el crecimiento del 11,4% registrado en Alemania e Italia y el 7,5% obtenido en Francia. Las importaciones aumentaron el 9,6%, hasta alcanzar los 260.800 millones de euros, lo que redujo el déficit comercial en un 11,4%, hasta alcanzar los 46.300 millones de euros (0,5% del PIB en comparación con el 5,8% en 2008). La principal razón de que se mantenga el alto déficit comercial en España es la factura energética. La balanza comercial con la UE registró un superávit de 4 060 millones de euros en 2011, en comparación con el déficit de 4.190 millones de euros registrado en 2010. También se produjo un superávit con la zona euro de 1.660 millones de euros. Estos fueron los primeros superávits registrados desde que España se incorporó a la UE en 1986. En 2011, 122.987 empresas exportaron, el mayor número en la historia y 14% más que en 2009.
Mientras que Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia e Italia han perdido cuota de mercado mundial en diferente grado en la última década, principalmente a favor de China y otros países emergentes, la cuota de exportaciones mundiales de mercancías de España apenas ha variado y se ha mantenido en torno al 1,7% (véase la figura 5), según la Organización Mundial del Comercio (OMC). España solo perdió 0,4 puntos porcentuales de su cuota mundial desde que alcanzó su pico de 2,0% en 2004, en comparación con los 1,9 puntos porcentuales de Alemania desde 2004, los 4,0 de Estados Unidos desde 2000, los 1,6 de Francia desde 2004 y los 0,9 de Italia desde 2004.
Uno de los factores subyacentes a estos aparentemente misteriosos resultados es que la pérdida acumulada de competitividad ha afectado en menor medida al sector de la exportación, ya que este tiene que ser más eficiente que el sector estrictamente nacional para poder ser competitivo. Los exportadores también han reducido sus márgenes de beneficios para competir con mayor fuerza y han mejorado la calidad de sus productos. Y aunque España aún no es un exportador consolidado, como muestra la figura 6, el volumen de productos vendidos en el extranjero ha pasado de 55 600 millones de dólares en 1990 a 298.200 millones de dólares en 2011.
El problema estructural de España es que la demanda externa solo es positiva cuando la economía se encuentra en recesión, tal y como muestra la figura 7. Entre 1988 y 2012, la contribución de la demanda externa al crecimiento del PIB fue positiva en solo siete años. Su mayor aportación se produjo en 1993, cuando España sufrió su última recesión, bastante más leve y breve que la actual. Si no fuese por la mayor contribución al crecimiento del PIB que se obtiene de la demanda externa, la recesión, que está previsto que dure hasta 2014 según fuentes oficiales, habría sido más profunda.

La comparación con 1993, no obstante, carece de fundamento, ya que hasta que España se incorporó al euro en 2002, podía recurrir a la opción política de devaluar su moneda, la peseta, para recuperar o impulsar la competitividad en términos de exportación. Sin embargo, esto desapareció con la entrada del euro. A partir de ese momento
la competitividad tan solo puede mejorarse mediante la devaluación interna, esencialmente mediante la reducción de los costes salariales y el aumento de la productividad. La competitividad externa de la economía continuó su línea de mejora durante la primera mitad de 2012. El Índice de Tendencia de Competitividad, calculado a partir de la inflación de los precios al consumo y del valor unitario de exportaciones, mejoró.
En cuanto la economía comience a expandirse de nuevo, la aportación de la demanda externa volverá a ser negativa. El reto de España es conseguir un mejor equilibrio entre los diferentes componentes de la economía donde las exportaciones desempeñan una función más importante y estratégica, siguiendo el modelo de Alemania. Que Alemania se haya recuperado más rápidamente que el resto de los países grandes de la zona del euro no es una coincidencia: su economía se basa mucho más en las exportaciones y tiene un carácter más internacional que la de España en tiempos de bonanza, no solo en tiempos de vacas flacas.
En cierto modo, esto ayuda a entender por qué la tasa de desempleo ajustada estacionalmente de Alemania es inferior al 6%, una cuarta parte de la de España, que es del 25%. La tasa de Alemania, a pesar de verse atenuada por las prestaciones que se ofrecen a las empresas para que mantengan el empleo de los trabajadores reduciendo sus jornadas laborales (modelo conocido como kurzarbeit), es la más baja que se recuerda desde el comienzo de la reunificación de Alemania en 1991, mientras que la de España es la más alta en 15 años. La comparación es aún más sobrecogedora si se habla en términos absolutos: Alemania, con una población de 82 millones de habitantes, tiene menos de 3 millones de desempleados, mientras que España, con una población de 47 millones, presenta más de 5,7 millones de desempleados.
España, exportadora de verduras, fruta y vino tradicionalmente, se dedica actualmente a la exportación de una gama cada vez más diversa de productos (véase la figura 8), desde productos singulares como “donuts” (Panrico/Donut) a sistemas informáticos y de control de tráfico aéreo (Indra) y equipamiento de navegación espacial (GMV). A pesar de lo indicado antes, los sectores con un alto componente tecnológico no están suficientemente representados en el esquema de exportaciones. En cambio, los productos con un componente tecnológico medio están en cierto modo representados en exceso y justo en este ámbito la competencia es cada vez más dura.
La distribución geográfica de las exportaciones también ha variado a lo largo de los años. La UE de los 27 asumió un 64,2% de las exportaciones de España en la primera mitad de 2012 en comparación con el 52% en 1985, el año anterior a que España se uniera al club de los 10. La proporción de exportaciones destinadas a Estados Unidos apenas ha variado y se sitúa en torno al 4%.
Presencia institucional

España está bien representada institucionalmente en el extranjero a través de embajadas, oficinas de comercio y turismo y sucursales del Instituto Cervantes (fundado en 1991) para enseñar el español y promocionar la cultura de las naciones hispanohablantes. Existen 118 embajadas y 92 consulados, 100 oficinas del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX) y más de 70 sucursales del Instituto Cervantes en más de 40 países.

El auge de las multinacionales españolas

Las empresas españolas comenzaron a invertir en el extranjero en los años sesenta, aunque la inversión externa no despegó hasta que el país se incorporó a la Comunidad Europea en 1986 y adoptó el euro como moneda en 1999, lo que permitió a las empresas recaudar fondos para sus adquisiciones a unos precios inimaginables solo unos años antes. Su calidad de Estado miembro de la UE cambió el enfoque estratégico de la España empresarial, que pasó de defender el relativamente maduro mercado nacional (mucho más abierto a otros países de la UE) a expandirse con fuerza en el extranjero. La liberalización del mercado nacional, a medida que las directivas del mercado único Europeo comenzaron a implantarse, hizo que las grandes empresas españolas, sobre todo las empresas estatales en sectores de oligopolio como las telecomunicaciones (Telefónica), el petróleo y el gas natural (Repsol y Gas Natural) y la electricidad (Endesa) (todas ellas a punto de privatizarse y obtener una gran liquidez) y los grandes bancos del sector privado, como el Santander y el BBVA, se dieran cuenta de que necesitaban reposicionarse en un entorno más competitivo. En los primeros años tras la entrada en la UE, se puso de manifiesto que el entorno era mucho más duro a través de un boom de la Inversión Extranjera Directa (IED) en España, cuando apenas pasaba una semana en la que no se produjeran adquisiciones y parecía que el país estuviera en venta.
La respuesta estratégica a la amenaza de adquisición fue incrementar el tamaño y pasar a la ofensiva. La liberalización interna brindó a las empresas españolas la oportunidad de hacerlo. Y estas la aprovecharon. La inversión externa se disparó y pasó de una media anual de 2.300 millones de USD en el periodo de 1985-1995 a 30.400 millones de USD en el de 1995-2004 y a 94.300 millones de USD en el de 2005-2007, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD por sus siglas en inglés, véase la figura 9). En 1999 las cifras de inversión externa prácticamente alcanzaron el nivel de inversión extranjera en España y ese mismo año España superó el promedio de los países desarrollados del mundo en lo que respecta a sus inversiones acumuladas en el extranjero.
Latinoamérica fue la primera opción natural para las empresas españolas que deseaban realizar una inversión considerable en el extranjero. Entre 1993 y 2000, durante la primera fase de gran inversión en el extranjero, Telefónica, Santander y BBVA, el conglomerado de petróleo y gas natural Repsol, Gas Natural, las compañías energéticas Endesa, Iberdrola y Unión Fenosa y algunas empresas de construcción e infraestructuras invirtieron en la región. Latinoamérica representó el 61% de la inversión total neta durante este periodo (con un promedio de 13.100 millones de euros al año), excluyendo a las Entidades de Tenencia de Valores Extranjeros (ETVEs), cuyo único objetivo es poseer capital extranjero, en comparación con el 22,5% de la UE de los 15 y el 9% de Estados Unidos y Canadá. Estados Unidos, con una economía 12 veces superior a la de España en ese momento y más próxima geográficamente a Latinoamérica, fue el único país que realizó una inversión mayor.
Además de los factores de impulso propios de las sociedades, existieron varios factores de rechazo. Dos de ellos fueron puramente económicos: la liberalización y la privatización permitieron el acceso a sectores de la economía latinoamericana que hasta el momento estaban vedados, y en la actualidad sigue existiendo una necesidad constante de capital para desarrollar la infraestructura de la región, por lo general escasa. Dos de ellos son culturales: el primero de ellos es el idioma común y, en consecuencia, la facilidad con la que los modelos de gestión pueden trasladarse. Otro atractivo es el gran tamaño del mercado latinoamericano y su nivel de subdesarrollo. Los principios macroeconómicos de Latinoamérica en conjunto y de algunos países en particular, como México y Brasil, también habían mejorado como consecuencia de las importantes reformas realizadas, lo que convertía a la región en una zona de inversión menos arriesgada.
México, Chile, Brasil y Perú han alcanzado de forma gradual un grado alto de calidad de inversión (investment grade status) lo que significa que el riesgo de impago de deuda es mínimo y los inversores institucionales se muestran más seguros a la hora de invertir en sus mercados financieros. Por último,
la democracia se ha ido arraigando en cada vez más países.
El primer paso para introducirse en el mercado latinoamericano fue, como ha señalado Mauro Guillén, el del ‘mínimo esfuerzo’, para las empresas españolas que se enfrentaban a amenazas de liberalización y toma de control en su propio terreno (consulte su The Rise of Spanish Multinationals, cambridge University Press, 2005.). Los directivos españoles eran los más indicados para gestionar nuevos negocios en Latinoamérica porque habían adquirido mucha experiencia en cómo competir en sectores sujetos a la liberalización en su propio país. A principios de 2000, las empresas españolas se encontraban entre los operadores de mayor tamaño en los sectores de telecomunicaciones, electricidad, agua y servicios financieros en toda Latinoamérica y la región era una de las que más aportaba a los resultados de un gran número de empresas y bancos españoles.
Mientras que los años ochenta fueron una “década perdida” para Latinoamérica, en la que los diferentes países capeaban las crisis de deuda extranjera, la primera década del siglo XXI ha sido testigo de la continuación de la profunda transformación que comenzó en los años noventa y que actualmente favorece las inversiones españolas en la región, a pesar de que siguen surgiendo problemas, como quedó patente con la renacionalización en 2012 de la empresa petrolera argentina YPF, adquirida en 1999 por Repsol por 13.000 millones de euros. YPF representó en 2011 más de una quinta parte de los ingresos de explotación de Repsol.
En abril de 2012, la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, presentó un proyecto de ley al Congreso para que el estado se quedara con un 51% de YPF. Esto ocurrió después de la revocación de 16 concesiones petrolíferas de Repsol tras haber sido acusada de no invertir lo suficiente y, como consecuencia, aumentar la factura de importación de energía de Argentina. Repsol rechazó los cargos y sometió el caso a arbitraje internacional en el Banco Mundial.
El alejamiento de Latinoamérica a partir de 2000, tras la debacle financiera de Argentina, que aunque afectó a los bancos y las empresas españolas, apenas incidió en la economía española, y la entrada en Europa, sobre todo en el Reino Unido, y en menor medida en Estados Unidos y Asia, estuvieron marcados por varias inversiones emblemáticas (la adquisición por 12.500 millones de euros del banco británico Abbey por parte del Santander en 2004, la adquisición de dos pequeños bancos en California y Texas por parte del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) y la compra de una parte de China Netcom en 2005 y de la operadora de telefonía móvil O2 en el Reino Unido, Alemania e Irlanda por 26.000 millones de euros en 2006 por parte de Telefónica.
La expansión internacional ha incrementado considerablemente el tamaño de las empresas españolas. España cuenta con seis empresas en la clasificación FT Global 500 de 2012, frente a las 273 de Estados Unidos, las 38 de China, las 40 del Reino Unido, las 24 de Francia y las 19 de Alemania (véase la figura 10).
La inversión bruta de España en el extranjero, sin incluir las Entidades de Tenencia de Valores Extranjeros (ET- VEs), que ostentan el capital de empresas establecidas en el extranjero para obtener ventajas fiscales, descendió un 27% en 2011 hasta los 11.200 millones de euros. El país que más inversión bruta recibió fue Turquía, que se está convirtiendo en un socio comercial cada vez más importante para España y en un destino para las inversiones (véase la figura 11). La inversión española en Turquía se ha disparado y ha pasado de 232 millones de euros en 2010 a 4.400 millones de euros. En 2011, el consorcio OHL-Dimentronic obtuvo la licitación del contrato de 900 millones de euros para construir un túnel bajo el Bósforo, y Técnicas Reunidas se aseguró un contrato de 2.400 millones de euros para modernizar la refinería de Tüpras en Izmit, el más grande que la empresa petrolera ha adjudicado y el séptimo contrato obtenido por Técnicas Reunidas en Turquía.
Instantánea de algunas multinacionales

El ascenso del banco Santander es digno de mención: fundado en 1857 en la región del mismo nombre, ha pasado de ser un banco emisor local a ser actualmente el líder de los bancos minoristas en la zona euro (y el banco más grande por capitalización bursátil), con la mayor franquicia financiera en Latinoamérica. El Santander, producto de la fusión de tres bancos entre 1991 y 1999, opera en muchos países europeos, entre los que se incluye Alemania, Portugal, Polonia y el Reino Unido, país este último donde es propietario de Abbey (uno de los principales bancos hipotecarios), así como en Latinoamérica, donde ocupa posiciones de liderazgo en Brasil, México, Chile y Argentina, y en el noreste de Estados Unidos (Sovereign). El Santander comenzó a labrarse su fama de banco dinámico e innovador en 1989, año en el que ofreció cuentas corrientes remuneradas por primera vez en el panorama bancario español. En 1985 el Santander contaba con 750.000 clientes en todo el mundo. En la actualidad, posee más de 102 millones de clientes y 14.760 sucursales (más que cualquier otro banco internacional). En la primera mitad de 2012, Brasil generó el 26% del beneficio atribuido recurrente por segmentos geográficos operativos, en comparación con el 14% obtenido en España (véase la figura 12). Los mercados emergentes representaron el 56% de los beneficios
Santander es el banco más grande en la zona euro por capitalización bursátil

El BBVA también se fundó en 1857 y es el producto de la fusión de tres bancos. Es propietario de Bancomer, el grupo bancario líder en México, posee la mayor presencia en Estados Unidos entre los bancos españoles y en 2006 consiguió ser el primer banco español en introducirse en el sector financiero de China, de crecimiento vertigino- so, al adquirir el 5% del banco CITIC y un 15% del CITIC International Financial Holdings, su filial en Hong Kong. En el primer semestre de 2012, México aportó el 29% del beneficio atribuido recurrente por segmentos operativos y España el 19%. Los mercados emergentes generaron el 57% del margen bruto.
En energía renovable, España cuenta con tres empresas (Acciona, Gamesa e Iberdrola), líderes en sus ámbitos. Acciona es el mayor promotor de parques eólicos, Gamesa el cuarto productor de aerogeneradores e Iberdrola, la mayor empresa española de electricidad, el mayor operador de energía eólica.
En los sectores de construcción y gestión de infraestructuras de transporte, España es líder mundial con seis empresas en los 10 primeros puestos (véase la figura 13).
Sin embargo, puede que la historia que más llame la atención sea la de Inditex, la mayor cadena de moda por ventas mundiales, cuyas ventas se han cuadruplicado hasta alcanzar los 13.800 millones de euros en 2011 desde su oferta pública inicial en 2001. El número de tiendas que posee, con ocho formatos de venta, de los cuales el más conocido es Zara, se incrementó y pasó de tener menos de 1.000 en 1997 en menos de 20 países, cuando todavía era una empresa familiar, a 5.693 a finales de julio de 2012 (1.930 en España) en más de 80 países. En 2011, el 25% de las ventas procedían de España, el 45% del resto de Europa y el otro 30% del resto del mundo. Inditex abrió 483 tiendas nuevas en 2011, 130 de ellas en China, hasta alcanzar un total de 275 en este país, con la perspectiva de ampliar este número hasta 425 en 2012. Solo España tiene más tiendas que China. Un poco más de una tercera parte de las ventas totales en la primera mitad de 2012 se produjeron fuera de Europa, frente al 29% obtenido en el mismo periodo de 2011.

No todas las multinacionales son empresas grandes. Entre las de tamaño medio destacan Freixenet, Miguel Torres, Osborne, CAF, Talgo, Mango, Europac, Pescanova y Viscofan.
Freixenet se convirtió en el productor líder global de cavas de gran calidad a partir del uso del proceso de método tradicional hacia mediados de los años ochenta. Su producto icónico es Cordón Negro, que se presenta en una botella de vidrio esmerilado de color negro, reconocida en todo el mundo. Produce unos 200 millones de botellas al año (más de la mitad de toda la producción de cava de España y el 80% de las exportaciones) y tiene viñedos en California.
Miguel Torres, de origen catalán como Freixenet, se fundó en el siglo XIX, y es uno de los líderes en producción vinícola, con viñedos no solamente en España, sino también en Chile y California.
Osborne, productor de vinos, bebidas alcohólicas y productos derivados del cerdo, fue fundada en 1772 y es una de las empresas españolas de más solera.
CAF es el líder internacional en el diseño, la fabricación, el mantenimiento y el suministro de equipamiento y componentes para sistemas de ferrocarriles. Ha trabajado, por ejemplo, en el Heathrow Express en el Reino Unido, en el enlace ferroviario al aeropuerto de Hong Kong y ha obte- nido contratos en Turquía para la construcción del tren de alta velocidad que conectará Estambul y Ankara.
Freixenet es el productor líder global de cavas de gran calidad
Talgo también pertenece al ámbito ferroviario. Comenzó su andadura en los años veinte, cuando un ingeniero ferroviario vasco, Alejandro Goicoechea, promovió de forma pionera un nuevo método para construir vagones de tren, que minimizaba el peso de estos a través del uso de materiales más ligeros y reducía la altura de los mismos, lo que permitía realizar giros a velocidades relativamente altas. También introdujo otras novedades entre las que se incluye una nueva forma de suspensión. En 1974, Talgo se convirtió en el primer tren-cama de alta velocidad del mundo (cubría la ruta Barcelona-París). En la actualidad, ofrece rutas en Estados Unidos, Argentina y Kazajistán.
Mango es una cadena minorista de ropa con más de 2.000 tiendas en más de 100 países.
Europac es uno de los líderes del sector del embalaje, con plantas en España, Francia y Portugal.
Pescanova es una de las 10 principales empresas de pesca, con una flota de 120 buques.
Viscofan es líder mundial en la producción, manufactura y comercialización de envolturas artificiales para el sector cárnico.
Conclusión: La necesidad de promocionar la Marca España

España ha recorrido un largo camino en los últimos 30 años, y aunque la imagen del país (y, por consiguiente, la de sus empresas) se ha visto seriamente dañada por
la profunda crisis económica que sufre, esta no coincide con la realidad. Hasta ahora, los gobiernos se han resistido a involucrarse en el tema de la marca país.
En 2003, el Real Instituto Elcano, el think tank con sede en Madrid, la Asociación de Directores de Comunicación (Dircom), el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX) y el Foro de Marcas Renombradas Españolas (FMRE) publicaron un informe en el que se exponían propuestas de estrategias para mejorar y gestionar la percepción y la imagen de España en el extranjero. La principal conclusión fue que la marca estatal es una cuestión de estado, más allá de los partidos o de las diferencias ideológicas, ya que afecta a todo el mundo, por lo que debía coordinarse centralmente con la participación del sector público y del privado. Desde entonces se han realizado pocas acciones para aplicar las recomendaciones. La promoción de la Marca España no acaba de cuajar en las 17 comunidades autónomas de España, sobre todo en la catalana y la vasca, las más nacionalistas. Además, estos y otros gobiernos autonómicos prefieren promover su propia imagen y marca en lugar de cobijarse bajo un mismo paraguas.
El concepto de marca país necesita un enfoque bipartidista
José Luís Rodríguez Zapatero, el anterior presidente del gobierno socialista (2004-2011), reconoció la necesidad de emprender acciones cuando, en junio de 2008, acompañado por Kofi Annan, el anterior Secretario General de la ONU, anunció que en 2009 se pondría en marcha una comisión de diplomacia pública. Sin embargo, no se hizo nada para instaurarla. Los gobiernos de Alemania, Finlandia y el Reino Unido, por ejemplo, mejoraron de forma exitosa la imagen de sus países a través de dichas comisiones e iniciativas de renovación de marca.
El concepto de marca país necesita un enfoque bipartidista. En un mundo cada vez más globalizado, en el que el precio no es siempre el factor determinante, una marca (un activo inmaterial) se erige como la mejor forma de competir tanto para empresas como para países. Cuanto más conocida sea la marca de un país (que incluye muchos elementos, como sus productos, empresas, cultura, deportes, cooperación internacional, etc.) más disfrutarán de su éxito el propio país y sus empresas, sobre todo entre los primeros compradores, ya que esto depende, en mayor o menor grado, de la imagen previa que los consumidores tienen de la nación que los produce.
Un buen ejemplo de cooperación es la alianza entre el sector público y privado en el Foro de Marcas Renombradas Españolas, que aprobó un plan de imagen y marca en 2008. La facturación de las más de 100 empresas del Foro equivale a más del 40% del PIB de España.
El gobierno conservador de Mariano Rajoy, que asumió el poder a finales de 2011, apoya e impulsa activamente la Marca España y, por lo tanto, la de las empresas. José Manuel García-Margallo, ministro de asuntos exteriores, trabaja para que la política de exteriores se centre más en el aspecto comercial. La situación de crisis de la economía española hace que esta iniciativa, largamente esperada, cobre mucho sentido. El gobierno también ha creado, por primera vez, el puesto de Alto Comisionado para la Marca España con rango de secretario de Estado, que ostenta Carlos Espinosa de los Monteros, una persona con amplia experiencia en el mundo empresarial.
El proceso de internacionalización de España ha sido muy positivo hasta este momento, salvo por los contratiempos que supusieron la expropiación argentina en abril de 2012 de YPF, su mayor empresa petrolera, propiedad en un 51% de Repsol, y el embargo de Bolivia de Transportadora de Electricidad, la filial de Red Eléctrica, la red eléctrica española. El desplome del sector de la construcción que se produjo a partir de 2008 expuso de forma brutal las carencias que presenta el desequilibrado modelo económico de España, excesivamente basado en el ladrillo, el hormigón y el turismo. La economía debe internacionalizarse aún más a través de las exportaciones y la inversión directa en el extranjero para crear puestos de trabajo de forma más sostenible y de mayor calidad.
El auge de la presencia internacional de España, William Chislett [marcasrenombradas.com, 21 de febrero de 2013]


jueves, 21 de noviembre de 2013

Crear una economía basada en el conocimiento



Spain, what everyone needs to know, del escritor y periodista William Chislett, permite comprender en 200 páginas el estado actual de España gracias a un análisis preciso de su contexto político, social, histórico y económico. El libro, que ya está a la venta, será presentado de manera oficial este martes día 24 de septiembre por el escritor Antonio Muñoz Molina en el Auditorio BBVA.
Con amplia experiencia en España (Chislett vino a cubrir la Transición española para The Times de Londres y vive entre Madrid y un pueblo pequeño de Cuenca desde 1986), este investigador del Real Instituto Elcano y colaborador y miembro del consejo editorial de El Imparcial relata la historia de nuestro país analizando desde la herencia de los musulmanes hasta las pretensiones separatistas de Cataluña, pasando por la llegada masiva de inmigrantes, la creación del Estado de bienestar, la crisis bancaria, los efectos de las medidas de austeridad o las obligaciones que tenemos con la ’troika’ de la UE.
¿Por qué este libro? ¿Se vende en España?

Fue un encargo de la Oxford University Press, que está haciendo una serie bastante conocida donde cada año incorporan más países y en esta ocasión se han decidido por España.
Sí, se vende. Se puede adquirir en la librería Pasajes, en la calle Génova, 3, muy cerca de la sede del PP.
¿A quién está dirigido?

No es un libro para turistas. O mejor dicho, es un libro para turistas curiosos e inteligentes. Pero no es una guía sobre España. Es un libro que pretende cubrir en unas 200 páginas lo esencial desde el punto de vista histórico, social, económico y político. Es un reto porque reducir tanta historia en tan poco espacio no es algo fácil.
El libro está escrito de forma cronológica, algo que permite ver el progreso de España durante los siglos. Así, el lector puede ver que su evolución ha sido de un paso adelante y, a veces, dos atrás.
¿Por qué empieza en el 711 con la invasión de los musulmanes y no, por ejemplo, con los romanos?
Pues este libro empieza en este punto y no con los romanos o el hombre antecesor de Atapuerca porque yo tenía que decidir un punto de arranque y me pareció que el 711 con la invasión de los musulmanes y la creación de un estado islámico era un punto más claro que con los romanos, cuya presencia en tiempo, además, fue menor que las de los árabes. Aun así, aunque los romanos no tienen todo el reconocimiento que se merecen, tampoco los he olvidado por completo y hay un par de apuntes sobre ellos.
Pero, sobre todo, al arrancar en este punto pude dedicar más espacio, más páginas, a la época contemporánea, que entiendo es más interesante para los lectores.
¿Qué es lo más importante que hay que saber sobre España?

He intentado contrastar los clichés, los estereotipos que existen, como son los toros, el flamenco, el turismo, la siesta… con logros como la creación exitosa de un núcleo duro de multinacionales españolas. Hace 15 años nadie habría dicho que empresas españolas comprarían tres bancos y una compañía de energía en Reino Unido o que controlarían el mayor operador de telefonía móvil o que gestionarían varias líneas del metro de Londres e incluso el aeropuerto de Heathrow. O también que los bancos Santander y BBVA obtendrían más beneficios en Latinoamérica que en España. Y que la cadena de ropa Inditex sería una de las más grandes del mundo.
También el éxito de poder absorber tantos inmigrantes en tan pocos años. Creo que ningún país europeo ha recibido a tantos inmigrantes en tan poco tiempo, unos 3 o 4 millones en una década. Como corresponsal en 1975 yo era uno de los 165.000 extranjeros que vivían en España. Hoy soy uno de 6,4 millones. Gran parte de este auge ha ocurrido en los últimos 12 años.
Otros aspectos destacables son la Transición, que fue muy exitosa y que sigue siendo poco conocida, o la creación de un Estado de Bienestar, que ahora está amenazado por la crisis, pero cuando Franco murió en España había muy poco Estado de Bienestar.
'Spain is different', ¿qué hay de cierto en el viejo dicho?

Todos los países son diferentes, ¿no? Todos tienen sus características y sus estereotipos y sus clichés. España no es tan diferente como la gente se piensa. Fue en tiempos de Fraga cuando se inventó este eslogan turístico, y la verdad es que ha tenido mucho éxito para atraer un turismo masivo y la verdad es que sí, España era muy diferente en los años 60, pero hoy no es muy diferente de otros países. Aunque los españoles tal vez siguen creyendo que son algo distinto de Europa. Pero eso quizá sea complejo de inferioridad.
¿Cómo definirías a los españoles? ¿Cuál es la imagen que se tiene de nosotros?

La imagen está creada desde dentro de la propia España. Cuando doy conferencias sobre la imagen de España saco una doble página del The Guardian de Gran Bretaña que es una foto de unos chavales en la famosa ’Tomatina’. Esa imagen de gente divirtiéndose en tomate no es la imagen de España, pero como se sigue dando tanta publicidad a este tipo de cosas, quizá más en la prensa española que en la extranjera, pues es la que queda, la de el país del “todo es divertido, de siesta, de poco trabajar…”. Todo son mentiras.
Sobre esto último, hay una estadística de la OCDE que dice que los alemanes trabajan menos horas al año que los españoles. Esto rompe el mito de que España es el país de la siesta y de que todos son unos vagos. Otra cosa es que el modo de trabajar sea productivo o bien organizado.
¿Qué hecho histórico crees que nos ha marcado más, el Franquismo o la Transición?

No se pueden borrar todas las huellas de una dictadura de 36 años en un par de décadas, pero ya llevamos más tiempo en democracia que lo que duró el Franquismo. Políticamente, un partido que represente a esta ideología no pinta absolutamente nada, pero es que tampoco pintaba nada en las elecciones de 1977.
Haces un repaso por las etapas de los presidentes españoles. ¿Qué hay que saber de Felipe González?

Es la persona que empieza la modernización de España. Entrada en la UE, en la OTAN, empieza a crear el Estado de Bienestar, reformas económicas… También, para ser justo, empieza la corrupción.
¿Aznar será recordado sólo por la foto de las Azores?

Yo creo que por algo más. Mi opinión personal es que fue una locura lo de Iraq, pero hay que recordar que España no mandó soldados al combate, fueron después a poner orden. Entonces, a Aznar se le recordará más que nada por hacer los ajustes necesarios en la economía para poder entrar en el euro. Cuando terminó la etapa de Felipe González, era muy dudosa la entrada por todos los desequilibrios macroeconómicos, pero Aznar consiguió corregirlos bastante rápidamente y España consiguió estar en el primer grupo del euro. Yo creo que fue su mayor logro.
¿Y Zapatero, qué tendrá más peso en su biografía, ser un ’presidente por accidente’ o por negar la crisis económica?

Ni uno ni otro. No creo que fuera un ’presidente por accidente’ porque ganó unas segundas elecciones. Yo creo que las bombas de Atocha sacaron de la abstención a la gente de la izquierda. Sin embargo, creo que en el campo económico fue bastante desastroso y en el campo social hizo cosas que había que hacer como la Ley de Dependencia o el matrimonio gay. Es verdad que eran cosas, que, salvo la Ley de Dependencia, al hombre de la calle no le importaba demasiado.
Con la economía tuvo una oportunidad de oro para corregir desequilibrios y hacer reformas que son mucho más fáciles de hacer en época de bonanza. Como hizo muy poco y muy tarde, no ha habido más remedio que hacerlas ahora, en época de crisis. Para mí, un político inteligente es el que hace reformas cuando la gente no cree que sean necesarias y un presidente menos inteligente es el que piensa que la época de bonanza va a durar para siempre.
Para mí es muy triste que España perdiera la oportunidad de hacer reformas en la época de Zapatero que se han tenido que hacer ahora. Tal vez, con esas reformas entonces la crisis hubiese sido menos impactante.
Aunque lleve dos años, ¿qué destaca de Rajoy?

Heredó una situación muy difícil. No ha tenido más remedio que hacer lo que está haciendo. Y muchas de ellas son impuestas por ’la troika’. Por otra parte, comunica muy poco con la sociedad, pero creo que esa es una costumbre de casi todos los presidentes de España.
Rajoy sale mucho menos en televisión que otros presidentes como Obama o Cameron para explicar por qué tiene que hacer lo que hace. Los datos macroeconómicos están mejorando, pero hay muy poca luz en el túnel porque no se crea empleo.
¿Esto último se debe al modelo económico?

Todo esto se debe, efectivamente, al modelo económico que tiene España desde hace años. El estallido del mercado inmobiliario ha sido mucho más problemático aquí que en Irlanda o Portugal, que también tenían su burbuja inmobiliaria. Pero aquí en España es por culpa del modelo, a mi modo de ver, tan estúpido que hay, que está excesivamente basado en el ladrillo.
Cito solamente una cifra de 2006, cuando las viviendas iniciadas en España son más que las de Italia, Francia y Alemania conjuntamente. Esto sumado a que ha dedicado muy pocos recursos a los que yo llamo capital humano. Este país tiene infraestructuras fantásticas, muy buen metro, buenas carreteras, pero una crisis en educación.
Habla de un tema de plena actualidad, Cataluña. ¿Interesa fuera de España lo que Cataluña o País Vasco puedan conseguir con sus pretensiones separatistas?

Interesa ahora por el tema de Escocia. Sin entrar en comparaciones, en Escocia no hay lío en tener un referéndum y aquí sí. Por eso, yo creo que si no fuera por lo que está pasando en Escocia, el interés, al menos en Gran Bretaña, sería bastante menos.
¿Qué le espera a España?

Hay un poquito de luz en el túnel, pero espero que no sea un tren que viene de frente. Yo creo que las mejoras en el déficit son necesarias, pero regreso al tema del maldito modelo económico en España. Sinceramente, no veo cómo se va a crear trabajo aquí y el turismo tiene un límite, no todo el mundo puede trabajar para este sector. Además, con un consumo doméstico muy deprimido, ¿quién va a crear nuevas empresas? Sin olvidar un sistema educativo que no rinde lo que el país busca y los más listos se tienen que marchar al extranjero porque no hay trabajo aquí.
Lo que espera a España es muy poca creación de trabajo en los próximos años aunque las reformas de Rajoy van a permitir crear empleo con algo menos de crecimiento. Aun así, yo no creo que este país tenga una cifra de parados del 26%. Esto no es negar la profundidad de la crisis del empleo, es simplemente cuestionar las cifras. No sería posible que estuviéramos aquí en una cafetería tranquilamente con una de cada cuatro personas de este país sin empleo. No sé cuál es la cifra, pero sé que no es el 26%.
Así, nos esperan más años duros con muy poca creación de trabajo y veremos cuál es la resistencia o aguante de los españoles.
Spain, what everyone needs to know: La historia de España reducida a 200 páginas, Javier Cámara, [El Imparcial, 28 de septiembre de 2013]
Top 5
En mayor duración de vida saludable (de un total de 18 países europeos y Estados Unidos)
Top 5
La mayor capacidad instalada de energía solar
Top 5
Mayor gestor internacional de infraestructuras
Top 5
Mayor productor de aceite de oliva
Top 5
Mayor productor de cava
Top 5
La mayor red ferroviaria de alta velocidad después de China
Top 5
Segundo mayor número de sitios (44) en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO
Top 5
Cuarto destino turístico más importante en términos de volumen de visitantes
Top 10
Noveno mayor destino en inversión extranjera directa
Top 10
Noveno país por esperanza de vida al nacer
Top 15
Puesto doce como productor de vehículos mundial
Top 15
13º economía  más grande en términos de paridad en poder adquisitivo
Top 25
Puesto 23 en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU (entre 187 países)
Top 25
Puesto 25 en el Índice democrático según The Economist (por delante de Francia)
Top 30
Puesto 30 en la lista de corrupción del sector público según Transparencia Internacional (entre 176 países)
Fuentes:The Lancet, FMI, Economist Intelligence Unit, ONU, UNCTAD, ANFAC, La Organización Mundial del Turismo, Transparencia Internacional, Real Instituto Elcano, Ministerio de Exteriores Español.


España, en los primeros puestos de varios rankings, [teinteresa, 24 de septiembre de 2013]

–Cuando usted se casó en Gibraltar, hace bastantes años, para llegar desde aquí tuvo que ir de Madrid a Algeciras, de Algeciras a Tánger y de Tánger a la Roca. Dice que tiene que volver en breve a Gibraltar y que espera que llegar desde España no le vuelva a resultar tan complicado… ¿eso va con bala?
–No, es simplemente que ya hemos comprado los billetes de tren a Algeciras, ida y vuelta, y la idea es ir en coche desde allí, espero no tener que hacer siete horas de cola ante la Verja…
–En cualquier caso, ¿qué opina del presente conflicto?
–Diría que por los dos lados hay puntos de vista algo exagerados. Las aguas en disputa son británicas aunque no se mencionen como tales en el Tratado de Utrecht. Pero es que cuando el Tratado se redactó no había Ley del Mar, que data del siglo XX. Entonces el gobierno de Gibraltar tiene derecho a hacer lo que ha hecho. Otra cosa es que la forma de hacerlo no se ha gestionado bien. Yo creo que si aún existiera ese Foro Tripartito que el PP ha matado, el gobierno de Gibraltar habría anunciado sus intenciones en ese Foro. Porque ese Foro se creó, en tiempos de Zapatero y por una idea de Moratinos, precisamente para hablar de todo, menos de la soberanía.
–El ministro Margallo sostiene que ese Foro fue siempre un disparate.
–No he estudiado ese tema a fondo, debo admitir. Pero sí estoy convencido de que en el tema de la soberanía no va a pasar nada. En esta casa, en esa misma mesa, en una cena con dos amigos, uno un catedrático, otro un diplomático, mejor no mencionar nombres, casi llegaron a darse de bofetadas hablando de este tema. Yo hice una apuesta, que veinte años después no habría cambiado nada. Han pasado veinte años, y no ha cambiado nada.
[Lo interesante es analizar por qué. En base a qué hizo su apuesta.]
–¿Observa algún paralelismo con Cataluña?
–No tengo ni idea de lo que pasa ahí…
–¿Después de escribir un libro describiendo España de la A a la Z? Señor Chislett, mójese…
–Yo no sé si va a producirse esa consulta o no. Si se produce, yo tengo serias dudas de que el voto a favor de separarse de España sea más del 50 por ciento. Yo estoy con Mario Vargas Llosa, la mayoría silenciosa todavía no ha levantado la voz. Todo lo que sale de Cataluña es la propaganda a favor del separatismo. Tengo la sensación de que los votos reales no iban a salir así. Pero francamente, no tengo ni idea.
–De acuerdo con su libro, el Estado de las Autonomías no ha sido precisamente un éxito.
–Lo que ha ido mal es todo este asunto de la inmensa burocracia de las autonomías, la duplicación de funciones, etc. La manera de crear puestos de trabajo sostenibles no es multiplicar el número de funcionarios. Yo no creo que a nivel estatal en España haya demasiados funcionarios, pero a nivel regional sí, sobran funcionarios.
–¿Qué nos espera políticamente?
–Para mí la gran incógnita es si vamos a seguir con los dos grandes partidos o si va a aparecer un tercer partido con una fuerza relevante. Yo creo que las encuestas de Metroscopia son bastante fiables. Sube IU, cogiendo votos del PSOE, sube lo de Rosa Díez, cogiendo votos tanto del PSOE como del PP…
–¿Y cómo ve la figura del Rey?
–No es ningún secreto que la abdicación está en el aire…
–¿No había quedado descartada ya?
–Yo creo que la prensa se puso un poco histérica el otro día, pensar que les van a convocar a ellos para anunciar nada menos que una abdicación real… el Rey iría a las Cortes o pronunciaría una alocución por televisión, no daría una rueda de prensa…
–Pero la posibilidad sigue ahí, según usted.
–El Rey abdicará sin remedio si le obliga la salud. Pero por ninguna otra razón. Si su salud aguanta, mi opinión es que el Rey no debe abdicar antes de que el tema de Cataluña esté resuelto. Si el Rey abdicase mañana con el tema de Cataluña sin resolver, esto corre el riesgo de quemar un poco al Príncipe.
[¿Por qué habría de quemarse? ¿Enfrentarse a un serio problema es quemarse?]
–¿Y si el tema de Cataluña no se resuelve nunca?
–De una manera o de otra tendrá que resolverse, y los dos gobiernos lo saben, y por eso están negociando, supuestamente, en secreto, buscando nuevas fórmulas de financiación. El tema se ha escapado evidentemente de las manos de Artur Mas. Bruselas ha sido muy explícita.
–Si no hay España, no hay UE.
–Claro que no. Da igual que sea Cataluña o el condado de Oxford en Inglaterra, si tú formas parte de un país y sales de ese país para crear tu propio Estado, dejas de estar en la UE y tienes que presentar tu candidatura desde el principio. No olvidemos que la economía de Cataluña tiene más o menos el mismo tamaño que la de Portugal. Imagínese que una Cataluña fuera de la UE insiste en seguir usando el euro y tienen una crisis tipo Portugal. Eso afectaría a toda la eurozona. En Bruselas han sido muy explícitos, y no es una regla para España, es general.
Entrevista a William Chislett, Anna Grau [ABC, 30 de septiembre de 2013]
Pocas cifras alarman más a españoles y extranjeros que la regularmente publicada de un desempleo juvenil superior al 50 por ciento. Los extranjeros, en concreto, sin poder creerse el dato, se sorprenden de que el país se muestre tan pacífico y que no prendan las protestas. La verdad es que el índice de desempleo de quienes tienen entre 16 y 24 años probablemente se sitúe en menos de la mitad de la cifra oficial.
Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europa, utiliza dos medidas para calibrar el desempleo juvenil: la primera se calcula teniendo en cuenta a todos los que constituyen la población activa de ese grupo de edad (es decir, los empleados y los que buscan activamente trabajo) y se conoce con el nombre de “tasa”; a la segunda, que incluye a todos los jóvenes, se la denomina “ratio” de desempleo. La primera fórmula situaba el índice de desempleo juvenil español en el 53 por ciento a finales de 2012 (tres veces más que en 2007, en el punto culminante del boom económico) y el segundo indicador (la ratio), más cercano a la realidad, en el 22 por ciento.
La cifra del 53 por ciento (57 por ciento en marzo) es irreal y, además, crea confusión, ya que es la única que se difunde. Incluye, pero sin que se sepa en qué medida, a quienes están terminando su educación secundaria, a universitarios y a estudiantes de formación profesional, aunque en sentido estricto ninguno de ellos forme parte de la población activa (el denominador utilizado para calcular el desempleo). En el caso de los adultos (los mayores de 24 años), el cálculo sí tiene sentido, ya que, en general, este grupo sí ha terminado su educación, pero no en el de los menores de 24 años, que en su mayoría siguen estudiando.
A finales de 2012, el número de jóvenes de entre 16 y 24 años era de 4,1 millones, de los cuales, según la Encuesta de Población Activa, 1,7 formaban parte de dicha población activa en la definición comúnmente aceptada. Dicho de otro modo, sólo el 41 por ciento de este grupo de edad estaba trabajando o buscando trabajo, y casi un 90 ciento de los desempleados o de los que buscaban trabajo (2,4 millones) eran estudiantes (2,1 millones). El resto eran mujeres dedicadas exclusivamente al hogar y “ni-nis”, los que ni estudian, ni trabajan ni buscan empleo.
Por razones que la propia Eurostat sabrá, este organismo utiliza una definición irreal del índice de desempleo juvenil, aunque no de la tasa de desempleo general del conjunto del país (situada actualmente en el 27 por ciento). El numerador de esta fórmula para calcular el índice de desempleo juvenil lo integran los desempleados, incluyendo estudiantes que buscan empleo, y el denominador, los ocupados y desempleados. La fórmula que, en mi opinión, habría que utilizar para calibrar adecuadamente el desempleo juvenil debería incluir en el denominador al numeroso grupo de estudiantes que entra y sale del mercado laboral con gran volatilidad dependiendo del ciclo económico.
En España, la brecha entre la ratio y la tasa de desempleo juvenil era de 31 puntos en 2012: la más elevada de la Unión Europea después de la de Grecia. En Alemania, esa brecha entre la ratio y la tasa es minúscula, y ambos indicadores son muy reducidos (están por debajo del 10 por ciento). En España, la brecha refleja otros dos graves problemas: la todavía muy elevada tasa de abandono escolar prematuro (25 por ciento en 2012, frente al 33 por ciento de 2007) y la precariedad del mercado laboral (más de un cuarto de los contratos son temporales, frente a alrededor de un tercio en 2007). Hoy están en paro la mayoría de los que abandonaron prematuramente las aulas durante el boom económico español para trabajar en la construcción.
Del mismo modo que la tasa de paro juvenil es irreal —y su difusión produce alarma, contribuyendo a la nueva “leyenda negra” del fracaso de España—, la cifra total de paro español, que lo sitúa en 6,2 millones, no responde a la realidad, y con esto no pretendo negar el profundo problema de desempleo del país. Si a esos 6,2 millones se le restan las más de 2 millones de personas de entre 16 y 24 años que están estudiando pero que, según la definición de Eurostat, se cuentan (aunque no sepamos en qué magnitud) como paradas, el número de desempleados en España rondaría los 4 millones, todavía un altísimo 19 por ciento de tasa de desempleo pero lejos del 27 por ciento.
El Gobierno se queja de que los medios de comunicación, los analistas y las instituciones internacionales tratan injustamente a España. Eurostat, por el bien de la Unión Europea, y el Gobierno español, por razones de transparencia, darían un gran servicio público si publicaran regularmente tanto la tasa como la ratio de desempleo, poniendo así fin a una distorsión de la realidad y a esa nueva leyenda negra de fracaso español.
El enigma de la magnitud del paro juvenil, William Chislett [El País, 29 de abril de 2013]
España se encuentra en una encrucijada de su desarrollo económico, ya no puede seguir por el mismo camino. El derrumbe del sector inmobiliario ha puesto brutalmente de manifiesto la cortedad de miras de un modelo excesivamente basado en la construcción. Ahora es más urgente que nunca elegir entre una economía que continúe basándose en el trabajo físico (el uso intensivo de la mano de obra no cualificada) o en el mental (más apoyada en el conocimiento y más internacionalizada). A medio plazo, la primera creará más empleo, pero, como ha demostrado la recesión española con más claridad que la de ningún otro país de la UE, no es ésta una solución duradera. El plan anticrisis del Gobierno, que prima la construcción con rebajas fiscales a la rehabilitación de viviendas, no apunta al cambio del modelo productivo que España necesita.
Los productos de alta tecnología sólo son el 5% de las exportaciones manufactureras
La educación, en escandaloso deterioro, debería ser piedra angular de la nueva economía
Está empíricamente demostrado que las empresas con más presencia internacional (es decir, las que exportan o adquieren compañías en el exterior) crean más empleo estable y de mayor calidad en sus países de origen que las que operan únicamente en su mercado interno. En general, dichas empresas son de mayor tamaño para tener un mayor potencial, y, con el fin de sobrevivir, han de ser más productivas y competitivas. Con todo, el tamaño no es ni el primer ni el único requisito para introducirse con éxito en los mercados internacionales. Muchas empresas pequeñas han conseguido labrarse un espacio propio partiendo de su tecnología o de un buen modelo empresarial.
Lo que hay que saber es si España es capaz de crear una economía más internacionalizada. Observemos los datos. Entre 1988 y 2009, la aportación de la demanda externa -no de la interna-, al crecimiento del PIB únicamente ha sido positiva en seis años (dos de ellos durante una recesión, 1993 y el pasado año, cuando las empresas, mimadas por el auge del mercado interno, se afanaron por vender más en el exterior). Las importaciones se vieron arrastradas y, unidas al escaso nivel de las exportaciones, hicieron que el déficit comercial llegara al 7,9% del PIB en 2008 y el déficit por cuenta corriente, al 9,5%.
Dentro de las cinco economías principales de la UE, las exportaciones de España son las de menor tamaño en relación con el PIB (26,5% en 2008) y, en términos per cápita, también son de las más escasas de las naciones desarrolladas: 5.355 dólares (3.917 euros) por persona en 2007, frente a los 34.453 dólares (25.200 euros) de Holanda, los 16.175 (11.831) de Alemania y los 7.717 (5.644) de Reino Unido, según los últimos datos comparados del Banco Mundial.
Por otra parte, las importaciones de España (el 32,4% del PIB) son las segundas más cuantiosas, después de las alemanas. En 2009, la recesión redujo considerablemente el déficit comercial, pero en gran medida esto se debió al desplome de las importaciones.
En términos generales, cuanto más elevada es la aportación de la demanda externa, más éxito tiene la economía de un país. ¿De dónde va a venir el futuro crecimiento de la economía española, y por ende la creación de empleo, si no de la demanda externa?
La Ley de Economía Sostenible del Gobierno constituye un intento insuficiente de crear una estructura más productiva y más amparada en la demanda externa. Ni siquiera acomete la ardua tarea de mejorar el sistema educativo, cuyo escandaloso deterioro ha permitido la mediocre clase política actual. Aquí radica la piedra angular de una economía más basada en el conocimiento que en el ladrillo y el mortero, y, por tanto, más capaz de internacionalizarse y de generar un mayor valor añadido.
Cuando casi uno de cada tres individuos de entre 18 y 24 años tienen como máximo la educación obligatoria y no siguen en formación; con malos resultados de lectura, matemáticas y conocimiento científico en los informes PISA; con ninguna universidad situada entre las 150 mejores del mundo y un gasto en I+D muy por debajo de la media de los 27 miembros de la UE, para crear las condiciones necesarias para impulsar las exportaciones es preciso realizar un esfuerzo hercúleo en la educación, que ni siquiera se ha iniciado. Será necesaria una década para incrementar realmente el nivel educativo.
No resulta, pues, sorprendente que los productos españoles de alta tecnología sólo representen el 5% de las exportaciones manufactureras, situándose casi en el nivel más bajo de la UE. Sí lo es, en cambio, que esas deficiencias no hayan impedido la aparición de un núcleo duro de multinacionales. El stock de inversión directa española en el extranjero representaba el 37,5% del PIB a finales de 2008. Es decir, se habían multiplicado por 12 desde 1990, siendo las más elevadas las de las grandes economías de la UE.
Sin su creciente y sólido negocio internacional, los grandes bancos y empresas españoles hubieran generado muchos menos beneficios el año pasado. Gracias a ellas, el Ibex 35 subió casi un 30% en 2009 (hasta ocho puntos más que los índices de otros mercados europeos), aunque este indicador no es representativo ni de la situación de todas las empresas registradas ni de la del contexto económico, en general adverso, como se ha visto este año con la brusca caída del Ibex.
Siete proveedores de infraestructuras españoles se encuentran entre las 10 principales empresas del sector del transporte en el mundo. Durante 2009, sus negocios en el extranjero les permitieron compensar, en mayor o menor medida, el deterioro de su mercado interno. Las empresas, y no sólo las más grandes, tienen un margen considerable de expansión en el exterior, sobre todo en Asia, que apenas han tocado.
Estrechamente relacionadas con una mayor internacionalización de la economía están la marca España y la imagen del país y de sus marcas en el exterior. Cuanto más conocida sea una marca y más positiva la imagen del país, más posibilidades habrá de que los consumidores adquieran los productos y servicios de esa empresa.
Un reciente y exhaustivo análisis comparado realizado por Young & Rubicam (R&Y) demuestra que España todavía se sigue considerando, en mayor o menor medida, un país de fiestas y siesta, y que sus productos y servicios, con algunas notables excepciones, suelen relacionarse con una imagen de escasa calidad y de niveles de innovación, liderazgo y dinamismo escasos. Según R&Y, el desafío radica en alcanzar el equilibrio adecuado entre la pasión y la sociabilidad, principales elementos del ADN del país, y la alta calidad y la seriedad.
En este sentido, ayudaría que España dispusiera de más diplomáticos para fomentar los intereses del país (Reino Unido tiene 4.000 y España, unos 1.000; es decir, proporcionalmente su dotación es mucho menor, ya que la población española representa el 75% de la británica, y su PIB se sitúa en torno a tres tercios del de ese país).
Otro paso positivo sería constituir la Comisión de Diplomacia Pública que, anunciada por José Luis Rodríguez Zapatero en julio de 2008, no ha logrado despegar aún, en parte debido a restricciones presupuestarias.
En este contexto, el esperpento de propuesta de la presidenta de la Comunidad de Madrid sobre el "patrimonio cultural" de las corridas de toros nada ayuda -todo lo contrario- a mejorar la imagen de España en el exterior.
España ha avanzado mucho en los últimos 35 años, pero no debería resignarse a creer que no puede ir más allá. Quedarse parado no es una opción.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.
Se necesita una economía exportadora, William Chislett [El País, 13 de marzo de 2010]
El Gobierno español, por fin, quiere dejar atrás un modelo económico agotado y generador de importantes desequilibrios. Los sectores de la construcción y del turismo, ambos en crisis, generaron conjuntamente en el momento más dulce de la última década dorada casi el 25% del PIB, que es la cuota más alta de la Unión Europea.
A pesar de ser -o por ser- un modelo intensivo en creación de empleo, España ha perdido puestos de trabajo al ritmo más rápido de Europa y hoy tiene más parados que Alemania, aunque la economía alemana sea más del doble de la española. Estos datos confirman que el modelo económico español tiene los pies de barro.
La eliminación de la desgravación a la vivienda a partir del año 2010 es un paso en la dirección correcta. Esta deducción fue el emblema del ahora exhausto modelo de crecimiento español y engendró la mal llamada "cultura de la propiedad".
Si España quiere un modelo más sostenible y con menos paro, debe mejorar su sistema educativo
Pero ésta y otras medidas anunciadas por el Gobierno (ayuda para la compra de un coche, digitalización de las aulas, etc.) no bastan para crear un modelo basado más en el conocimiento y en las exportaciones. Son parches para aliviar la crisis, no las semillas de un nuevo modelo económico.
A mi modo de ver, la clave para la creación de un modelo más sostenible, y que no genere tanto desempleo cuando la economía va mal, reside en una mejora del sistema educativo español, y esto es algo que tardará un tiempo en hacerse y una década en notarse.
Los políticos quieren resultados en el corto plazo. Es lamentable que sólo ahora, a raíz de la crisis de la construcción, se haya puesto de moda entre la clase política hablar de la necesidad de moverse desde el ladrillo al ordenador. Algo muy diferente hubiera ocurrido si esta moda se hubiera extendido durante el boom económico. La afirmación de que España no hubiera llegado a donde está hoy con el Partido Popular en el poder es muy dudosa (de hecho, el auge de la construcción empezó con el PP, que no hizo nada para cambiar el modelo económico y poco para mejorar la educación en sus ocho años de gobierno).
España es el único país europeo que ha generado mucha riqueza durante un largo periodo, a la vez que una tasa creciente de fracaso escolar. La proporción de estudiantes que no terminan la ESO, según las últimas cifras disponibles (2007), es del 30,8%, el doble de la media europea. Un factor que ha contribuido a esta situación ha sido la facilidad, hasta 2008, de encontrar un trabajo en la construcción o el turismo sin necesidad de haber finalizado los estudios.
Es de suponer que la recesión cambiará esta tendencia, vergonzosa para un país desarrollado. En 2007, sólo el 61% de los jóvenes entre 20 y 24 años tenía un nivel de formación al menos de enseñanza secundaria superior, seis puntos menos que en el año 2000 y muy por debajo del promedio europeo (78%). Es cierto que la llegada de inmigrantes ha influido en estos dados, pero menos de lo que se piensa.
En España, según el Informe PISA, menos de uno entre 20 jóvenes de 15 años alcanza un conocimiento elevado en ciencias -como en México y Turquía-, frente a casi uno entre cinco en Finlandia, donde, por cierto, hay muy pocos colegios privados. Y en lectura, sólo el 1,8% de los jóvenes españoles de 15 años alcanza el nivel alto, lo que supone el peor resultado después de México.
¿Es que los alumnos españoles son más tontos que los de otros países? No lo creo. Algo tendrá que ver esta situación con el sistema de aprender a fuerza de repetir y memorizar, en lugar de mediar un análisis crítico. Y también el bajísimo nivel de los contenidos y la falta de autoridad del profesor. No se puede aprender si el profesor no recibe ninguna consideración por parte del alumno ni de su familia, y si el sistema además lo deja desprotegido ante cualquier abuso.
La tasa de abandono en la universidad es también alta y pocos aprueban el curso completo en el tiempo debido. Hay seis convocatorias para superar un examen, más la extraordinaria. ¡Vaya incentivo para estudiar!
Así que los universitarios españoles entran el mercado laboral con 24 años o más (21-22 en Reino Unido). Y el 22% de los mismos ocupa un empleo de nivel de calificación inferior al título obtenido, frente al 13,2% de los países de la OCDE. Y no hay ninguna universidad española entre las primeras 150 de la lista que se confecciona cada año en la Universidad Jiao Tomg de Shanghai.
¿Cómo espera España crear una economía basada en el conocimiento con estos niveles educativos? El país está pagando un alto precio por su ignorancia. El debate político sobre la educación está ciegamente enfocado a temas de menor importancia (no digo que no la tengan), como la Educación para la Ciudadanía y lo que la Iglesia llama el "fundamentalismo laico" en las escuelas, en vez de preguntarse por qué hay tanto abandono escolar.
La educación en España se ha convertido para los políticos en una especie de confrontación futbolera y hasta que esto no termine y todos remen en la misma dirección, crear una economía del conocimiento seguirá siendo un sueño imposible.
¡Es la educación!, William Chislett, [El País, 26 de junio de 2009]






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