lunes, 22 de octubre de 2012

No conocerías Tansonville


De mi lectura de vacaciones, Por el camino de Swann I y II, he seleccionado aquellos textos que me han parecido especialmente bellos o interesantes. No hay otro particular: 

“Le dije que Bloch.
-¡Ah!,  sí;  el  muchacho  ese  que  vi  aquí  una  vez  y  que  se parece tan extraordinariamente al retrato de Mahomet II, de Bellini.”

“Pero ahora  me  chocaba  un  poco  esa  actitud  de  Swann  ante  las  cosas.
Parecía como si no se atreviera a tener opinión, y que no estaba tranquilo  más  que  cuando  podía  dar  detalles  precisos  con  toda minuciosidad. Pero entonces es que no se daba cuenta de que era profesar una opinión el postular que la exactitud de los detalles era cosa de importancia. (…) ¿Para qué vida reservaba, pues, el decir, por fin, seriamente lo que opinaba de las cosas, el formular juicios que no necesitaban comillas, y el no entregarse con puntillosa cortesía a placeres que consideraba al mismo tiempo como ridículos?

“Porque creer que una persona participa de una vida incógnita, cuyas puertas nos abriría su cariño, es todo lo que exige el amor para brotar, lo que más estima, y  aquello  por  lo  que  cede  todo  lo  demás.  Hasta  las mujeres  que sostienen que no juzgan a un hombre más que por su físico, ven en ese físico las emanaciones de una vida especial.”

“¿Pues no había soñado que mi pobre Octavio resucitaba y quería hacerme dar un paseo diario?.. Tendió la mano hacia el rosario, que estaba en  la  mesita;  pero  el  sueño  que  tornaba  no  le  dejó  fuerzas  para cogerle, y volvió a dormirse tranquila; entonces salí a paso de lobo del cuarto, sin que ella ni nadie haya sabido nunca lo que yo acababa de oír.”

“Mi madre, al saber que componía música, le dijo por amabilidad que cuando ella fuera a su casa  tenía  que  tocar  alguna  composición  de  las  suyas.  Cosa  que hubiera agradado mucho al señor Vinteuil; pero llevaba la cortesía y la bondad a tal punto de escrúpulo, que se colocaba siempre en el lugar de los demás y tenía miedo de aburrirlos y parecer egoísta si seguía,  o  si  sencillamente  dejaba  adivinar  sus  deseos.  Mis  padres me llevaron con ellos el día que fueron a verlo, …”

“cuando las personas, que por falta de energía o imaginación no saben sacar de sí mismas un principio de renovación, piden al minuto que llega, al cartero que está llamando, que les traigan algo nuevo,  aunque  sea  malo,  un  dolor,  una  emoción;  cuando  la sensibilidad, que la dicha hizo callar como arpa ociosa, quiere una mano  que  la  haga  resonar,  aunque  sea  brutal,  aunque  la  rompa; cuando la voluntad, que tan difícilmente conquistó el derecho de entregarse  libremente  a  sus  deseos  y  a  sus  penas,  desea  echar  las riendas en manos de ocurrencias imperiosas, por crueles que sean.”

“Nos quería de verdad, y le hubiera gustado llorarnos; y de llegar en una ocasión en que se encontrara ella bien y  sin  sudar,  la  noticia  de  que  la  casa  estaba  ardiendo,  de  que  ya habíamos perecido todos y de que pronto no quedaría ni una piedra en  pie,  aunque  ella  podría  salvarse  sin  prisa,  con  tal  de  que  se levantara  inmediatamente,  debió  alimentar  muchas  veces  sus esperanzas,  porque  reunía  a  las  ventajas  secundarias  de  hacerle saborear en un sentimiento único todo su cariño a nosotros, y de causar  el  pasmo  del  pueblo,  presidiendo  el  duelo,  abrumada  y valerosa, moribunda, pero en pie, la más preciosa ventaja de obligarla en el momento oportuno, y sin perder tiempo, y sin posibilidad de dudas molestas, a irse a pasar el verano a su hermosa hacienda de Mirougrain,  que  tenía  una  cascada y  todo.”

“Me di cuenta de que, exceptuando a sus parientes, los humanos excitaban tanto más su compasión con sus infortunios cuanto más lejos estaban de ella. Los torrentes de lágrimas que lloraba al leer el periódico, sobre las desgracias de gente desconocida, se secaban prestamente si podía representarse a la víctima de manera un poco concreta.”

“Francisca hallaba,  para servir  su  permanente  voluntad  de  hacer  la  casa imposible  a  todo criado,  agudezas  tan  sabias  e  implacables,  que muchos  años  más  tarde  nos  enteramos  de  que  si  comimos  aquel verano espárragos casi a diario, fue porque el olor de ellos ocasionaba a la pobre moza encargada de pelarlos ataques de asma tan fuertes, que tuvo que acabar por marcharse.”

“Era una de esas actitudes o actos que revelaba el carácter  más  hondo  y  oculto  de  un  ser;  no  se  eslabona  con  sus palabras  anteriores,  no  nos  la  puede  confirmar  el  testimonio  del culpable, que no ha de confesar; y no tenemos otro testimonio que el  de  nuestros  sentidos,  que  muchas  veces,  enfrentados  con  ese recuerdo aislado e incoherente, parecen haber sido juguete de una ilusión; de modo que esa actitudes, que son las únicas importantes, nos dejan muy a menudo en la duda.”


“-¿Conoce quizá a las señoras del castillo de Guermantes?; y sentía una especie de felicidad, porque al pronunciar aquel nombre adquiría como una especie de dominio sobre él, por el solo hecho de extraerlo de mis sueños y darle una vida objetiva y sonora. (…)

.No,  no  las  conozco.,  dijo;  pero,  en  vez  de  dar  a  un detalle tan sencillo  y a una respuesta tan poco sorprendente el tono corriente y natural que convenía, la pronunció apoyándose en las palabras, inclinándose, saludando con la cabeza, y a la vez con la insistencia  que  se  da,  para  merecer  crédito,  a  una  afirmación inverosímil .como si eso de no conocer a los Guermantes fuera sólo  efecto  de  una  rara  casualidad.,  y  al  mismo  tiempo  con  el énfasis de una persona que, como no puede ocultar una cosa que le es molesta, prefiere proclamarla, para dar a los demás la impresión de  que  la  confesión  que  está  haciendo  no  le  fastidia,  y  es  fácil, agradable y espontánea, y que la cosa misma .el no conocer a los Guermantes.  puede  muy  bien  ser  algo  no  impuesto,  sino voluntario, derivado de alguna tradición familiar, principio de moral o  voto  místico  que  le  prohibiera  expresamente  el  trato  ton  los Guermantes. .No .continuó explicando con las mismas palabras la  entonación  que  les  daba.;  no  las  conozco;  nunca  he  querido conocerlas, siempre quise guardar a salvo mi independencia; en el fondo, ya sabe usted que soy un jacobino. Muchas personas me lo han vuelto a decir, que hacía mal en no ir a Guermantes, que iba  a pasar por un grosero, por un oso. Pero esta reputación no me da miedo, porque es verdad. En el fondo, de este mundo sólo me gustan unas pocas iglesias, dos o tres libros, pocos cuadros más, y la luna, siempre que esa brisa de su juventud de usted me traiga el perfume de los jardines que ya no pueden distinguir mis cansadas pupilas.”

“Claro que eso no quería decir que Legrandin no era sincero cuando tronaba contra los snobs. No podía saber, al menos por sí mismo,  que  lo  era,  porque  no  nos  es  dado  conocer  más  que  las pasiones  ajenas,  y  lo  que  llegamos  a  conocer  de  las  nuestras  lo sabemos  por  los  demás.  Nuestras  pasiones  no  accionan  sobre nosotros más que en segundo lugar, por medio de la imaginación, que coloca en lugar de los móviles primeros, morales de relevo que son más decentes.”

“Mi abuela, que opinaba que en los baños de mar hay que estarse todo el día en la playa husmeando la sal,  y  que  más  vale  no  conocer  a  nadie,  porque  las  visitas  y  los paseos son otros tantos robos de aire de mar, pedía por el contrario, que  no  habláramos  de  nuestro  proyecto  a  Legrandin,  porque  ya estaba viendo a su hermana, aquella señora de Cambremer, bajando del coche en el hotel en el momento que íbamos a salir a pescar, y obligándonos a quedarnos en casa para hacerle los honores.”

“Ese país inverosímil .añadió con maquiavélica delicadeza., ese país de ficción no es buena lectura para un niño, y no es el que yo escogería para mi amiguito, ya tan dado a la tristeza y con el corazón tan predispuesto. Los climas de confidencia amorosa y de nostalgia inútil acaso convengan a los viejos desengañados como yo, pero siempre son malsanos para un temperamento sin formar. Créame usted .repitió con insistencia; las aguas de esa bahía, casi bretona ya, quizá ejerzan una influencia sedante en un corazón que ya no está intacto como el mío y cuya herida  no  tiene  compensación.  Pero  a  su  edad,  mocito,  están contraindicadas.”

“Legrandin, de haber seguido nosotros insistiendo, hubiera sido capaz de construir toda una ética del paisaje y una geografía celeste de la Normandía baja antes que confesar que a dos kilómetros de Balbec vivía una hermana suya, y tener que darnos una carta de presentación, cosa que no le habría asustado tanto si hubiera estado seguro como debía estarlo, dada su experiencia del carácter de mi abuela. de que no la íbamos a utilizar.”

“Porque alrededor de Combray había dos “lados” para ir de paseo, y tan opuestos, que teníamos que salir de casa por distinta puerta, según quisiéramos ir por uno u otro: el lado de Méséglise la Vineuse,  que  llamábamos  también  el  camino  de  Swann,  porque yendo por allí se pasaba por delante de la posesión del señor Swann, y el lado de Guermantes.”

“De repente me paré, sin poder moverme, como sucede cuando vemos algo que no sólo va dirigido a nuestro mirar, sino que requiere más profundas percepciones y se adueña de nuestro ser entero. Una chica de un rubio rojizo,  que, al parecer, volvía de paseo, y que llevaba en la mano una azada de jardín, nos miraba, alzando  el  rostro,  salpicado  de  manchitas  de  color  de  rosa.  Le brillaban mucho los negros ojos, y como yo no sabía entonces, ni he llegado  luego  a  saberlo,  reducir  a  sus  elementos  objetivos  una impresión  fuerte,  como  no  tenía  bastante  de  eso  que  se  llama .espíritu de observación. para poder aislar la noción de su color, por mucho tiempo, cuando pensé en ella, el recuerdo del brillo de sus  ojos se me presentaba como de vivísimo azul, porque era rubia; de modo que quizá si no hubiera tenido ojos tan negros .cosa que tanto  sorprendía  al  verla  por  vez  primera.  no  me  hubieran enamorado en ella tanto como me enamoraron, y más que nada sus ojos  azules.
La miré primero con esa mirada que es algo que el verbo de los  ojos,  ventana  a  que  se  asoman  todos  los  sentidos,  ansiosos  y petrificados; mirada que querría tocar, capturar, llevarse el cuerpo que está mirando, y con él el alma; y luego, por el miedo que tenía de que de un momento a otro mi abuelo y mi padre vieran a la chica y  me  mandaran  apartarme,  y  correr  un  poco  delante  de  ellos,  la miré con una mirada inconscientemente suplicante, que aspiraba a obligarla a que  se fijara en mí, a que me conociera.”

“Me parecía tan bonita, que  con  gusto  hubiera  vuelto  sobre  mis  pasos  para  gritarle, encogiéndome de hombros: .Es usted feísima, ridícula, repulsiva.”

“Por el lado de Méséglise, en Montjouvain, casa situada junto a  una  gran  charca  y  al  abrigo  de  una  escarpa  llena  de  matorrales, vivía el señor Vinteuil. (…)La gente decía: .Ese pobre señor Vinteuil tiene que estar cegado por el cariño para no enterarse de lo que 
se  murmura  y  dejar  a  su  hija,  él  que  se  escandaliza  por  una palabra mal dicha, que meta en casa a una mujer así. Y dice que es una mujer excepcional, de gran corazón y con muchas disposiciones para la música, si las hubiera cultivado. Pero que tenga por seguro que  no  es  a  la  música  a  lo  que  se  dedica  con  su  hija..”

“No hay nadie, por muy virtuoso  que  sea,  que  por  causa  de  la  complejidad  de  las circunstancias no pueda llegar algún día a vivir en familiaridad con el vicio que más rigurosamente condena .sin que, por lo demás, le reconozca por completo bajo ese disfraz de hechos particulares que reviste  para  entrar  en  contacto con  uno  y  hacerlo  padecer: palabras raras, aptitud inexplicable tal noche de un ser a quien se quiere por tantos motivos”

“Pero no porque el señor Vinteuil se diera cuenta de la conducta de su  hija  disminuyó  en  nada  su  cariño  hacia  ella.  Los  hechos  no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida no las pueden matar; pueden estar desmintiéndolas constantemente  sin  debilitarlas,  y  un  alud  de  desgracia   o enfermedades que una tras otra padece una familia, no le hace dudar de la bondad de su Dios ni de la pericia de su médico.”

“Swann, con la orgullosa caridad del hombre de mundo, que, rodeado por la disolución de todos los prejuicios morales, no ve en la infamia  de  otra  persona  más  que  un  motivo  para  demostrarle  su benevolencia, con pruebas que halagan más el amor propio del que las da, porque le parecen preciosas al que las recibe, habló mucho con Vinteuil, a quien antes no dirigía la palabra, y antes de despedirse le dijo que porqué no mandaba a su hija a jugar un día a Tansonville.”

“su muerte no ocasionó gran pena más que a una persona; pero a ésa, tremenda, eso sí. Durante los quince días que duró la última enfermedad de mi tía, Francisca, no la abandonó un instante; no se desnudó, no permitió que la atendiera nadie más que ella,  y sólo se separó del cadáver cuando recibió sepultura. Comprendimos entonces  que  aquella  especie  de  terror  en  que  Francisca  viviera  a las malas palabras, a las sospechas y, a los arrebatos de cólera de mi tía, determinó en ella un sentimiento, que nosotros creíamos ser de odio, y en realidad era de amor y veneración. Su ama verdadera, la de las decisiones imposibles de prever, la de las argucias tan difíciles de evitar, la del bondadoso corazón que fácilmente se ablandaba, su soberana, su misterioso todopoderoso monarca, ya no existía. Y junto a ella, nosotros éramos muy poca cosa. Ya estaba lejos aquel tiempo,  cuando  empezamos  a  pasar  los  veranos  en  Combray,  en que para Francisca poseíamos igual prestigio que mi tía.”

“Pero vagar así por los bosques de  Roussainville,  sin  una  moza  a  quien  besar,  era  no  conocer  el tesoro oculto de ese bosque, su más honda belleza. Esa muchacha que  yo  me  representaba  siempre  rodeada  de  verdor  era  también como  una  planta  local  de  más  elevada  especie  que  las  demás,  y cuya estructura me dejaría sentir, mucho más de cerca que en las otras, el sabor profundo de la tierra aquella. (…) porque estaba todavía en esa edad en que aun no hemos abstraído el gozo de poseer a las mujeres de las personas que nos le ofrecieron, y aun no se lo ha reducido a una noción general que nos haga considerar desde entonces a las mujeres como los instrumentos intercambiables  de  un  placer  siempre  idéntico.”

“y mi madre pensaba en aquella otra renuncia, aun más dura, a que tuvo que ceder el señor Vinteuil: renunciar a un porvenir de honradez y respeto para su hija; y cuando evocaba  aquella  suprema  aflicción  del  viejo  maestro  de  piano  de mis  tías,  sentía  pena  de  verdad  y  pensaba  con  terror  en  esa  otra pena,  mucho  más  amarga  que  debía  de  tener  la  hija  de  Vinteuil, unida al remordimiento de haber ido matando poco a poco a su padre. .Pobre señor Vinteuil .decía mamá.: vivió y murió por su hija,  que  no  le  dio  ningún  pago. Veremos  si  se  lo  da  después  de muerto y en qué forma. Sólo ella puede hacerlo.”

“Y  su  mirada  tomó,  sin  duda, porque  yo  no podía distinguirla, aquella expresión que tanto gustaba a mi abuela, al pronunciar estas palabras:
-Cuando digo que nos vean, me refiero a que nos vean leer:  es  que  por  insignificante  que  sea  lo  que  una  está  haciendo, siempre molesta que haya unos ojos que nos estén mirando.”


“Y esos sueños me avisaban de que puesto que yo quería ser escritor, ya era hora de ir pensando lo que iba a escribir. Pero en cuanto me hacía yo esta pregunta, y trataba de encontrar un asunto en que cupiera una significación filosófica infinita, mi espíritu dejaba de funcionar, no veía más que un vacío delante de mi atención, me daba  cuenta  de  que  yo  no  tenía  cualidad  genial,  o  acaso  que  una enfermedad cerebral las impedía desarrollarse. (…)
Me  parecía entonces que existía como los demás humanos, que al igual de ellos envejecería y moriría, y que entre los hombres pertenecía yo a aquel género  de  los  que  no  tienen  disposiciones  para  escribir.”

“Y  en  seguida  la  quise, porque  si  algunas  veces  basta  para  que  nos  enamoremos  de  una mujer con que nos mire despectivamente, como a mí se me figuraba que me miró la hija de Swann, y con pensar que jamás será nuestra, también otras veces no requiere el enamorarse más que una mirada bondadosa, como la de la señora de Guermantes, y la idea de que acaso  esa  mujer  sea  nuestra  algún  día.”

“No he vuelto a pensar en esta página; pero recuerdo que en aquel momento, cuando en el rincón del pescante donde solía colocar el cochero del doctor un cesto con las aves compradas en el mercado de Roussainville la acabé de escribir, me sentí tan feliz, tan libre del peso de aquellos campanarios y de lo que ocultaban, que, como si yo fuera también una gallina y acabara de poner un huevo, me puse a cantar a grito pelado.”

“Como creía en las cosas y en las personas cuando andaba por aquellos caminos, las cosas y las personas que ellos me dieron a conocer son los únicos que tomo aún en serio y que me dan alegría.”

“es ese paisaje cuya individualidad viene a veces durante la  noche  en  mis  sueños   a  sobrecogerme  con  una  fuerza  casi fantástica,  imposible  de  encontrar  luego  cuando  me  despierto.”

Céfora, hija de Jatro y esposa de Moisés, que Botticelli pintó en uno de los muros de la Capilla Sixtina ("Los juicios de Moisés", 1481-1482).






viernes, 19 de octubre de 2012

¿Cómo hubiera sido yo si te hubiera tenido a ti, papá?



Fragmentos seleccionados de la novela El otro barrio, de Elvira Lindo
Fichas de comprensión lectora de El otro barrio, Seix Barral
“-¿Cómo hubiera sido yo si te hubiera tenido a ti, papá?”

“Porque los conoce, porque sabe que se mueren porque alguien les haga un poco de caso, porque quieren ser héroes antes de reconocer que son desgraciados, que es lo que son, desgraciados. Y es inútil intentar convencer a Vicente de que esos recortes son su felicidad, y ¿tan grave es dar un poco de felicidad a quien probablemente no la vaya a tener nunca?
-En eso te equivocas –le dice Vicente-. No están condenados a vivir siempre como ahora, y no hay que tratarlos como si estuvieran condenados a esto.”

“…tu novia no va a entender cuando viváis juntos que quieras pasar la Nochebuena con el petardo de Aníbal, porque acabarás pasándola, te lo pide todos los días desde hace un mes y la acabarás pasando con él. Como un misionero, igual, intentas apartarlos del mal camino, y les jodes, déjalos que se diviertan, que se vean en el periódico, déjalos ir a la tele, que están deseando, los han invitado mil veces y siempre te niegas. Ésa es su felicidad, no tienen otra, algunos no saben ni quién es su padre.
Perico fue el que le dio a Ramón el artículo de “Los imitadores de la violencia”. Ocupaba toda una página del periódico.”


Comparto la opinión de Vicente y no estoy de acuerdo con Perico. Es como cuando un niño pequeño hace una travesura pretendiendo acaparar nuestra atención. Si te ríes y le concedes ese protagonismo que busca, repetirá la acción casi con toda seguridad y puede que no tenga claro el criterio de lo que está bien o mal y contribuyas a su confusión si no lo desapruebas de modo claro y tajante mediante el gesto y las palabras.
Parece que Perico da la batalla por perdida de antemano. Es muy fácil dejarse llevar por la compasión o justificar la conducta de un adolescente que está solo y se encuentra “perdido”, sin tener claro lo que quiere ni lo que se espera de él.
Dar ejemplo es lo más importante. Si no eres coherente, si no hay correspondencia firme entre lo que dices y lo que haces, no contarás nunca con su aprobación y respeto. Deben considerarte líder natural, no por imposición. La autoridad viene concedida por ellos, no impuesta por el tutor o responsable de los muchachos.
La responsabilidad social no es menuda pero tendemos a olvidarnos: periódicos, televisión, radio, centros educativos, hospitales y centros de salud,...



“Ramón no se acababa de fiar de Perico, que aunque llevaba la biblioteca presumía de no haberse leído un puto libro en su vida.”

“-Tú no tienes que explicarle a ningún desconocido lo que viste o dejaste de ver aquella tarde. Porque eso a estas alturas es lo de menos.
No había sido lo de menos. Marcelo lo sabía. No había sido lo de menos desde el momento en que muchos videoclubs habían retirado la película voluntariamente, y desde el momento en que se estaba planteando la manera en que los establecimientos debían clasificar las películas conforme a la violencia que llevaran dentro.
Después de casi un mes desde que Marcelo se hiciera cargo del caso, después de que su mujer le hubiera grabado algunas intervenciones en algunos debates de la televisión, después de que parece que poco a poco las secciones de local y de sucesos se iban olvidando del chico que generó la polémica, de Ramón Fortuna, todavía, Marcelo había atendido esa mañana en su despacho una llamada de la Cadena Ser en la que se le enfrentaba con un crítico de cine que lo acusaba sin piedad de haber sido el pionero de aquella cruzada contra la libertad de expresión.

“-Sí, es mi amigo, pero tiene puntos muy raros, y como le dé el punto es capaz de contar que yo lo hice a propósito por fastidiarme.”

“…Eso es típico de él, es un tío que se ha pasado la vida riéndose de mí, dejándome en ridículo.-Pues ya va siendo hora de que te defiendas y dejes de quejarte.”


Estas son las situaciones difíciles que ponen a prueba la amistad, si acaso la ha habido.
Irremediablemente me acordé de esa delicia de obra de teatro, Bajarse al moro, de José Luis Alonso de Santos.
La candidez e inocencia de Chusa y Jaimito frente a Alberto y Elena, que actúan movidos por otros intereses y no descubren nunca del todo su verdadera cara.


“-Sí, pero me hablas como si fuera normal, no como si tuviera tres años.”


Qué difícil encontrar el tono adecuado con un hijo. Sin ser amigo pero sin ser tampoco cargante, autoritario, pesado como un plomo.
Conseguir que el niño te respete no porque seas su padre, sino porque le merecen respeto tus argumentos.
Como hijos adolescentes somos injustos y tendemos a juzgar con precipitación e ingratitud a nuestros padres; a los mayores, en general.


“Quería tener más hijos, otro más, o tres. No quería que su hijo fuera como él, un hijo único que siempre se siente en deuda con sus padres y que, al final, lo que está deseando es huir de ellos.”

“…Yo pensé que se podía vivir una tristeza sin recuerdos. Pensar en mi padre, echarlo de menos, pero no vincular eso a mi propia infancia, a todas las cosas que viví con ellos. (…)
Cuando me contaron el cariño que sentían hacia mi padre me sentí muy conmovido, aunque sea difícil de explicar, me sentí íntimamente agradecido. Porque él era un hombre reservado, ya lo sabes, pero muy sentimental, de esas personas que pasan por la vida sin hacer ruido pero que, en el fondo, se merecen que la gente repare en ellas.

“-Te ponen triste porque no hablas de ellos nunca con nadie.”

“Aquellas horas en las que Ramón no había llorado por la muerte de un amigo sino por todo lo que se le venía encima. Estaba seguro de que Valentín jamás iba a confesar que se sentía mal, jamás perdería ese sarcasmo cruel que practicaba con los demás y consigo mismo y con el que escondía cualquier cosa que sonara a sentimientos. No seguirían siendo amigos. Valentín había salido de ésta y volvería al barrio, al Instituto, y si Ramón no le seguía los pasos, como había hecho siempre, encontraría otro tonto del que reírse, al que contarle sus insignificantes hazañas de héroe de barrio. Diría: “Yo salvé a Mamón Fortuna del trullo”. Y la frase acabaría doliendo más que por su significado por la repetición, por las ganas de herir.”

“Pero la culpabilidad de Ramón iba mucho más allá de lo que realmente hubiera pasado, lo que de verdad le pesaba de pronto era su forma de ser, la torpeza con la que había actuado, tal vez era algo que llevaba arrastrando toda la vida. La inocencia. Ahora ya empezaba a ser inocente a los ojos de todos, pero había más cosas: su falta de carácter para haberle negado a Valentín su casa aquella tarde, ese carácter que le llevaba a hacer continuamente cosas que no le apetecían y que le provocaban una rabia interior que muchas veces le había separado del mundo. Por primera vez se despedía para siempre de alguien, del que se suponía que era su mejor amigo, su mejor amigo por costumbre, y que hubiera seguido siendo el mejor amigo durante toda la vida de no ser porque durante dos días estuvo muerto y eso le hizo desaparecer para siempre. No sólo iba a ser Ramón el que saliera ganando, ahora Valentín viviría sin ese amigo falso que siempre tuvo a su lado, el amigo víctima, el que aguanta los golpes y guarda un rencor sordo, el que desconfió de él hasta el punto de creer que le echaría las culpas de su muerte pasajera.


Un solo gesto que nos abre definitivamente los ojos y nos confirma lo que ya sabíamos. La decisión ya está tomada y no hay vuelta atrás. Pero nadie sabe lo que ha costado llegar hasta ahí. ¿Qué pasaría si ese lazo nunca llegara a romperse? Un personaje de otra novela dice “No quiero imaginarme en quién me habría convertido si no me hubiera divorciado, en el veneno que tendría dentro." "El daño que habrías hecho quedándote ...”


“Todas las casas de los vecinos eran iguales a la suya, y las casas de sus amigos también.”

“Uno cree que sabe lo que hay que hacer cuando ingresa un chico que roba coches, que trapichea con droga, que ha robado a punta de navaja, uno piensa que sabe, que se puede hacer una clasificación de las personas por el comportamiento. Los psicólogos lo hacen y recomiendan tal trato o tal actitud con cierto chaval. Pero él sabe que no. Lo único que le dice la experiencia es que los actos se repiten pero las personas no. Uno tiene que aprender con cada chico que llega al centro como si no supiera nada.

No hay fórmula que valga para todos. Igual pasa con los hijos y con los alumnos. La manera de educar a uno, aunque lo digamos, nunca es idéntica a la manera de educar a otro.
Qué hermoso capítulo éste, el VIII de la segunda parte. Para guardarlo adentro, como un tesoro.

“El 1 de diciembre empiezan a ocurrir cosas, empieza a ocurrir que los desesperados, los abandonados, los que no tienen sitio, sienten que se acerca la gran fiesta de la soledad, y que todo el barrio y toda la ciudad se van a vestir para recordarles la precariedad de sus vidas.”




Me acuerdo de aquella chica que vivía en la Residencia Universitaria Virgen del Pilar. Todas estábamos de paso y ella no quería marcharse. Temblaba de pensar que tuviera que regresar a casa por Navidad. Me encogía el corazón comprender el trato que recibía por parte de todos o pensar en lo que iba a ser de su vida.

“El día de contarle a Ramón la verdad se ha retrasado demasiado, en realidad nunca hubo por qué mentirle. Y nunca hubo por qué someterme a mí a mantener un secreto que todo el mundo sabía.”


Qué pocas veces se mide el daño que provocan las mentiras y la hipocresía. “Hagamos como que no ha pasado nada”. Si eso fuera verdad…


“Vicente sabía descifrar qué es lo que había debajo de aquellos celos, era el rencor del que sabe que su vida no va a ser más que una sucesión de desastres hacia el que lleva escrito en la cara que puede salvarse. Era el rencor del que no ha despertado nunca ternura, porque por no ser no es ni débil, hacia el que puede tropezarse porque habrá varias manos que le ayudarán a levantarse. Vicente había tenido ya a varios como él, incapaces de hacer una caricia ni de aceptarla rencorosos luego de las atenciones que reciben otros. Había, aunque él nunca lo supiera y aunque nunca sería capaz de verbalizarlo, una rabia social, la rabia del marginado que no despierta piedad ni simpatía.

“-Aunque te resulte difícil creerlo, el Chino es mucho más digno de compasión que tú.”


Oliver Twist, Holden Caulfield, Juno, Tex, Travis –de Domando al campeón. El universo de Susan E. Hinton y las lecturas de mi adolescencia.
Me acordé de todos. Me acordé de la que yo era entonces y me emocioné muchas veces.
Me ha ocurrido con todas las novelas de Elvira Lindo que he leído. 


Todos los textos han sido seleccionados de la novela El otro barrio.
Fichas de comprensión lectora de El otro barrio, Seix Barral






lunes, 15 de octubre de 2012

Dos "lados" para ir de paseo


De mi lectura de vacaciones, Por el camino de Swann I y II, he seleccionado aquellos textos que me han parecido especialmente bellos o interesantes. No hay otro particular: 

«Matilde, ven y no dejes a tu marido que beba coñac».
Como  a  mi  abuelo  le  habían  prohibido  los  licores,  mi  tía para hacerla rabiar (porque había llevado a la familia de mi padre un carácter tan diferente, que todos le daban bromas y la atormentaban), le hacía beber unas gotas. Mi abuela entraba a pedir vivamente a su marido que no probara el coñac; enfadábase él y echaba su trago, sin hacer caso; entonces mi abuela tornaba a salir, desanimada y triste, pero sonriente sin embargo, porque era tan buena y de tan humilde corazón, que su cariño a los demás y la poca importancia que a sí propia se daba se armonizaban dentro de sus ojos en una sonrisa, sonrisa que, al revés de las que vemos en muchos rostros humanos, no encerraba ironía más que hacia su misma persona, y para nosotros era como el besar de unos ojos que no pueden mirar a una persona querida sin acariciarla apasionadamente. Cosas son ésas como el suplicio que mi tía infligía a mi abuela, como el espectáculo de las vanas súplicas de ésta, y de su debilidad de carácter, ya rendida antes de luchar, para quitar a mi abuelo su vaso de licor, a las que nos acostumbramos más tarde hasta el punto de llegar a presenciarlas con risa y a ponernos de parte del perseguidor para persuadirnos  a  nosotros  mismos de  que  no  hay  tal  persecución; pero entonces me inspiraban tal horror, que de buena gana hubiera pegado a mi tía.

No pudo consolarse de la pérdida de su mujer; pero en los dos años que la sobrevivió, decía a mi abuelo: «¡Qué cosa tan rara! Pienso muy a menudo en mi pobre mujer; pero mucho, mucho de una vez no puedo pensar en ella». Y «a menudo, pero poquito de una vez, como el pobre Swann», pasó a ser una de las frases favoritas de mi abuelo, que la decía a propósito de muy distintas cosas

Era cosa sabida con qué gente se trataba su padre; así que se sabía también con quién se trataba el hijo  y  cuáles  eran  las  personas  con  quienes  «podía  rozarse».  Y  si tenía  otros  amigos  serían  amistades  de  juventud,  de  esas  ante  las cuales los amigos viejos de su casa, como lo eran mis abuelos, cerraban benévolamente los ojos; tanto más cuanto que, a pesar de estar ya huérfano, seguía viniendo a vernos con toda fidelidad; pero podría apostarse que esos amigos suyos que nosotros no conocíamos,  Swann  no  se  hubiera  atrevido  a  saludarlos  si  se  los  hubiera encontrado yendo con nosotros.

Sin duda, el Swann que hacia la misma época trataron tantos clubmen, no tenía nada que ver con el que creaba mi tía, con aquel oscuro e incierto personaje, que a la noche, en el jardincillo de Combray, y cuando habían sonado los dos vacilantes tintineos de la campanilla, se destacaba sobre un fondo de tinieblas, identificable solamente por su voz, y al que mi tía rellenaba y vivificaba con todo lo que sabía de  la  familia  Swann.  Pero  ni  siquiera  desde  el  punto  de  vista  de  las cosas  más  insignificantes  de  la  vida somos  los  hombres  un  todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad  social es una creación del pensamiento de los demás. Y hasta ese acto tan sencillo que llamamos «ver a una persona conocida» es, en parte, un acto intelectual.

yo siento la impresión de separarme de una persona para ir hacia otra enteramente distinta, cuando en mi memoria pasó del Swann que más tarde conocí con exactitud a ese primer Swann

A  mi  abuela  le  habían parecido  gentes  perfectas,  y  declaraba  que  la  muchacha  era  una perla y el chalequero el hombre mejor y más distinguido que vio en su vida. Porque para ella la distinción era cosa absolutamente independiente del rango social.

Mi  tía,  por  el  contrario,  interpretó  esta  noticia desfavorablemente para Swann; la persona que buscaba sus amigos fuera de la casta que nació, fuera de su «clase» social, sufría a sus ojos un descenso social. Le parecía a mi tía que así se renunciaba de golpe a aquellas buenas amistades con personas bien acomodadas, que las familias previsoras cultivan y guardan dignamente para sus hijos  (mi  tía  había  dejado  de  visitarse  con  el  hijo  de  un  notario amigo  nuestro  porque  se  casó  con  una  alteza,  descendiendo  así, para ella, del rango respetable de hijo de notario al de uno de esos aventureros, ayuda de cámara o mozos de cuadra un día, de los que se cuenta que gozaron caprichos de reina.)

«Yo siempre os he dicho que tenía muy buen gusto», contestó mi abuela. «Naturalmente, tenías que ser tú, en cuanto se  trata de sustentar una opinión contraria a la nuestra», respondió mi tía; porque sabía que mi abuela no compartía su opinión nunca, y como no estaba muy  segura  de  que  era  a  ella  y  no  a  mi  abuela  a  quien  dábamos siempre la razón, quería arrancarnos una condena en bloque de las opiniones  de  mi  abuela,  tratando,  para  ir  contra  ellas,  de  solidarizarnos  por  fuerza  con  las  suyas.  Pero  nosotros  nos  quedábamos callados. Como las hermanas de mi abuela manifestaran su intención  de  decir  algo  a  Swann  respecto  a  lo  de  El  Fígaro,  mi  tía  las disuadió.
Cada  vez  que  veía  a  los  demás  ganar  una  ventaja,  por pequeña que fuera, que no le tocaba a ella, se convencía de que no era tal ventaja, sino un inconveniente, y para no tener que envidiar a los otros, los compadecía.

En cuanto a mi madre, su único pensamiento  era  lograr  de  mi  padre  que  consintiera  en  hablar  a Swann, no ya de su mujer, sino de su hija, hija que Swann adoraba y que era, según decían, la causa  de que hubiera acabado por casarse. «Podías decirle unas palabras nada más, preguntarle cómo está la niña.» Pero mi padre se enfadaba. «No, eso es disparatado. Sería ridículo.»

Mi madre estaba pensando que una sola palabra suya podía borrar todo el daño que en casa habíamos podido hacer a Swann desde que se casó. Y se las compuso para llevarle  un  poco  aparte. 

Lo que a mí me parece mal en los periódicos es que soliciten todos los días nuestra atención para  cosas insignificantes,  mientras  que  los  libros  que  contienen  cosas  esenciales  no los leemos más que tres o cuatro veces en toda nuestra vida. En el momento en que rompemos febrilmente todas las mañanas la faja del periódico, las cosas debían cambiarse y aparecer en el periódico, yo no sé qué, los... pensamientos de Pascal, por ejemplo

«Pues cuenta Saint-Simon que Maulevrier tuvo un día el valor de tender la mano a sus hijos. Ya sabe usted que de ese Maulevrier es de quien se dice: «Nunca vi en esa botella ordinaria más que mal humor, grosería y estupideces.» (…) «Yo no sé si fue por pasarse de tonto o por pasarse de listo, escribe Saint-Simon que quiso dar la mano a mis hijos. Lo noté lo bastante a tiempo para impedírselo»

Yo me creía que si Swann hubiera leído mi carta y adivinado su finalidad se habría reído de la angustia que yo sentía; por el contrario, como mucho más tarde supe, una angustia semejante fue su  tormento durante  muchos  años  de  su  vida,  y  quizá  nadie  me hubiera entendido mejor que él; esa angustia, que consiste en sentir que el ser amado se halla en un lugar de fiesta donde nosotros no podemos estar, donde no podemos ir a buscarlo, a él se la enseñó el amor, a quien está predestinada esa pena, que la acaparará y la especializará

¡Cuánto queremos .como en ese momento quería yo a Francisca, al  intermediario  bienintencionado  que  con  una  palabra  nos convierte en soportable, humana y casi propicia la fiesta inconcebible e infernal en cuyas profundidades nos imaginábamos que había torbellinos enemigos, deliciosos y perversos, que alejaban a la amada de nosotros, que le inspiraban risa hacia nuestra persona!

Pero, ¡ay!, Swann lo sabía ya por experiencia, las buenas intenciones de un tercero no tienen poder ninguno para con una mujer que se molesta al verse perseguida hasta en una fiesta por un hombre a quien no quiere. Y muchas veces el amigo vuelve a bajar él solo.

Pero en la educación que a mí me daban el orden de las faltas no era el mismo que en la educación de los demás niños, y me habían acostumbrado a poner en primera línea (sin duda por ser aquellas contra las  cuales  necesitaba  precaverme  más  cuidadosamente)  esas  faltas cuyo carácter común era, según yo comprendo ahora, el que se incurre en ellas al ceder a un impulso nervioso. Pero entonces no se pronunciaba  esa  palabra,  no  se  declaraba  ese  origen  que  pudiera hacerme creer que el sucumbir tenía excusa y que era incapaz de resistencia. Pero yo conocía muy bien esas faltas en la angustia que les  precedía  y  en  el  rigor  del  castigo que  llegaba  después

Lo que yo quería era mi madre, decirle adiós, y ya había ido muy lejos por aquel camino que llevaba a la realización de mi deseo para volverme  atrás.

Ya que hay dos camas en su cuarto, di a Francisca que te prepare la grande, y por esta noche duerme en su alcoba. Vamos, buenas noches. Yo, que no tengo tantos nervios como vosotros, voy  a  acostarme.»

En mí también se han deshecho muchas que yo creí que durarían siempre, y se han alzado otras nuevas, preñadas de penas y alegrías nuevas que entonces no sabía prever, lo mismo que hoy me son difíciles de comprender muchas de las antiguas. Hace mucho tiempo que mi padre ya no puede decir a mamá: «Vete con el niño».
Para mí nunca volverán a ser posibles horas semejantes. Pero desde que hace poco otra vez empiezo a percibir, si escucho atentamente, los sollozos de aquella noche

Y así, por vez primera, mi pena no fue ya considerada como una falta punible, sino como un mal involuntario que acababa de tener reconocimiento oficial, como un estado nervioso del que yo no tenía la culpa; y me cupo el consuelo de no tener que mezclar ningún escrúpulo a la amargura de mi llanto, de poder llorar sin pecar. Y no fue poco el orgullo  que  sentí  delante  de  Francisca  por  esa  vuelta  que  habían dado las cosas humanas, que una hora después de aquella negativa de mamá de subir a mi cuarto y de su desdeñoso recado de mandarme a dormir, me elevaba a la dignidad de persona mayor, y de un golpe me colocaba en una especie de pubertad de la pena, de emancipación de las lágrimas. Debía sentirme feliz y no lo era. Parecíame  que mi madre acababa de hacerme una concesión que debía costarle mucho, que era la primera abdicación, por su parte, de un ideal que para mí concibiera, y que ella, tan valerosa, se confesaba vencida por primera vez.

«Hija  mía  decía  a mamá., nunca podré decidirme a regalar a este niño un libro mal escrito.»
En realidad, no se resignaba nunca a comprar nada de que no se pudiera sacar un provecho intelectual, sobre todo ese que nos procuran las cosas bonitas al enseñarnos a ir a buscar nuestros placeres  en  otra  cosa  que  en  las  satisfacciones  del  bienestar  y  de  la vanidad.

En casa ya habíamos perdido la cuenta, cuando mi tía quería formular una requisitoria contra mi abuela, de los sillones regalados por ella, a recién casados o a matrimonios viejos que a la primera tentativa de utilización se habían venido a tierra agobiados por el peso de uno de los destinatarios. Pero mi abuela hubiera creído mezquino el ocuparse demasiado de la solidez de una madera en la que aun podía  distinguirse  una  florecilla,  una  sonrisa  y  a  veces  un  hermoso pensamiento de tiempos pasados.

Así, por mucho tiempo, cuando al despertarme por la noche me acordaba de Combray, nunca vi más que esa especie de sector luminoso, destacándose sobre un fondo de indistintas tinieblas, como esos que el resplandor, de una bengala o de una proyección eléctrica alumbran  y  seccionan  en  un  edificio,  cuyas  restantes  partes  siguen sumidas en la oscuridad

Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada; perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del  objeto  que  les  sirve  de  cárcel.  Entonces  se  estremecen,  nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.
Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de su dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos.
Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto ante de que nos llegue la muerte, o que no lo encontremos nunca.
Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando  un  día  de  invierno,  al  volver  a  casa,  mi  madre,  viendo  que  yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té.

Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. (…)
Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo  de  magdalena que mi  tía  Leoncia  me  ofrecía,  después  de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara.

Mi tía, prima de mi abuelo, en cuya casa habitábamos, era la madre de esa tía Leoncia que desde la muerte de su marido, mi tío Octavio,  no  quiso  salir  de  Combray  primero,  de  su  casa  luego,  y más  tarde  de  su  cuarto  y  de  su  cama,  que  no  bajaba  nunca  y  se estaba  siempre  echada,  en  un  estado  incierto  de  pena,  debilidad física, enfermedad, manía y devoción.

antes de entrar a dar los buenos días a mi tía tenía que esperar un momento en el primer cuarto, en donde el sol, de invierno todavía, estaba ya calentándose a la lumbre; encendida ya entre los dos ladrillos y que estucaba toda la habitación con su olor de hollín, convirtiéndola en uno de esos hogares de pueblo o en una de esas campanas de chimenea de los castillos, cuyo abrigo nos inspira el deseo de que fuera estalle la lluvia, la nieve o hasta una  catástrofe diluviana  pasa  acrecer  el  bienestar  de  la  reclusión con la poesía de lo invernal

Y cuando ya no había gente delante, mamá, que sabía que Francisca lloraba todavía a sus padres, muertos hacía muchos años, le hablaba de ellos bondadosamente, inquiriendo mil detalles.

mamá era la primera persona que le daba la alegría de sentir que su vida, sus dichas y sus disgustos de aldeana podían  ofrecer  interés  y  ser  motivo  de  gozo  o  tristeza  para  otra persona además de ella. Mi tía se resignaba a prescindir un poco de Francisca durante nuestra estancia, porque sabía cuánto apreciaba mi  madre  los  servicios  de  aquella  criada  tan  inteligente  y  activa, que estaba tan flamante, desde las cinco de la mañana, en la cocina, con su cofia, cuyo encañonado, brillante y tieso, parecía  de porcelana, como para ir a misa; que lo hacía todo bien, trabajando como una  caballería,  estuviera  buena  o  no,  y  siempre  sin  meter  ruido, como  si  no  hiciera  nada,  y  la  única  criada  de  mi  tía  que  cuando mamá  pedía  agua  caliente  o  café  puro  los  traía  verdaderamente   a punto de hervir; era una de esas criadas que en una casa son de las que desagradan a primera vista a un extraño, quizá porque no se toman el trabajo de conquistarlo ni lo agasajan, porque saben muy bien que no lo necesitan, y que antes de despedirla a ella dejarían de  recibirlo;  pero  que,  en  cambio,  son  las  que  se  ganan  mejor  el apego de los amos que han puesto a prueba su capacidad real y no se preocupan por esa simpatía superficial y esa palabrería servil que impresionan favorablemente a un forastero, pero que muchas veces sirven de capa a una ineducable inutilidad.

Pero mi tía sabía perfectamente que no la había llamado en balde, porque en Combray «una persona desconocida» era un ser tan increíble como un dios de la mitología, y no se recordaba que ninguna vez que una de aquellas pasmosas apariciones habían ocurrido,  fuera  de  la  plaza,  fuera  de  la  calle  del  Espíritu  Santo  una diligente investigación no hubiera terminado por reducir el personaje fabuloso a las proporciones de una «persona conocida», ya personalmente, ya en abstracto, según su estado civil, y como pariente en tal o cual grado de alguien de Combray.

Indudablemente,  la  iglesia,  vista  por  cualquier  lado,  se  distinguía  de  los  demás edificios en que tenía infusa como una especie de pensamiento; pero en su campanario es donde parecía tomar conciencia de sí misma y afirmar una existencia individual y responsable. La torre hablaba por ella. Creo que en la de Combray encontraba mi abuela la  cualidad  que  más  apreciaba  en  este  mundo:  la  naturalidad  y  la distinción.

Pero como en ninguno de aquellos grabados, por gustosamente que los ejecutara mi memoria, pude poner lo que ya tenía perdido hacía tanto tiempo, es decir, el sentimiento que nos mueve, no a mirar una cosa como un espectáculo,  sino  a  creer  en  ella  como  en  un  ser  sin  equivalente, ninguna de ellas señorea una parte tan honda de mi vida como el recuerdo de aquellos aspectos del campanario de Combray en las calles de detrás de la iglesia.

Lo único que le censuraba mi abuela era hablar un poco mejor de lo debido, de un modo un tanto libresco, y de que su lenguaje careciera de la naturalidad que tenían sus chalinas siempre flotantes y su americana recta, casi de estudiante. También le extrañaban los inflamados párrafos que a veces lanzaba contra la aristocracia,  la vida mundana, y el snobismo, «que seguramente era el pecado en que pensaba San Pablo al hablar de un pecado que no tiene  remisión».
La ambición mundana era un sentimiento tan imposible de sentir  y  casi  de  comprender  para  mi  abuela,  que  le  parecía  gastar tanta pasión en difamarla.

Mi tía había  ido deshaciéndose poco a poco de los demás visitantes, porque a sus ojos incurrían todos en el defecto de pertenecer a una de las dos categorías de personas que detestaba.
Unas, las peores y aquellas de quienes antes se deshizo, eran las que le aconsejaban que no «se hiciera caso» (…) Formaban la otra categoría personas que, al parecer, la creían más enferma de lo que estaba, o tan enferma como ella, aseguraba estar.
Así que aquellas personas a quienes se permitió subir, después de grandes vacilaciones y gracias a las oficiosas instancias de Francisca, y que en el curso de su visita mostraron cuán indignos eran del favor que se les había hecho, arriesgando tímidamente un: «¿No le parece a usted que si anduviera un poco, cuando el tiempo sea bueno...?», o que, por el contrario, al decirles ella: «Estoy muy mal, muy mal, esto se acaba», le contestaron: «Sí, cuando no se tiene salud. Pero  aun  puede  usted  tirar  así  mucho  tiempo»,  estaban  seguros, tanto unos como otros, de no ser recibidos nunca más.

De modo que mi tía exigía al mismo tiempo que le aprobaran su régimen, que la compadecieran por sus padecimientos y que la tranquilizaran respecto a su porvenir.

Así aquélla, que en el cuarto donde estaba mi tío, vestido con su cazadora sencilla, para recibirla, irradiaba la belleza de su suave cuerpo, de su traje de seda, de sus perlas, y la elegancia que emana de la amistad de un gran duque, cogió un día una frase insignificante de mi padre, la trabajó delicadamente, la torneó, le puso una preciosa apelación engastando en ella una de sus miradas de tan bellas aguas, coloreadas de humildad y gratitud, ¡la devolvía ahora convertida en una alhaja de mano de artista en algo «perfectamente exquisito».

¿Cómo  iba  yo  a  suponer  que  mis  padres  vieran  nada malo allí donde yo no lo veía?
(…)Yo me creía, como todo el mundo, que el cerebro de los demás era un receptáculo inerte y dócil, sin fuerza de reacción específica sobre lo que en él depositamos; y no dudaba que al verter en el de mis padres la noticia de la nueva amistad que hiciera por medio de mi tío, los transmitiría al mismo tiempo, como era mi deseo, el benévolo juicio que a mí me había merecido aquella presentación.
Pero, por desdicha, mis padres se atuvieron a principios enteramente distintos de aquellos cuya adopción los sugería yo, para estimar el acto de mi tío. Mi padre y mi abuelo tuvieron con él explicaciones violentas; yo me enteré indirectamente.

Pero más tarde comprendí que la seductora rareza y la hermosura especial de esos frescos consistía en el mucho espacio que en ellos ocupaba el símbolo, y que el hecho de que estuviera representado, no como símbolo, puesto que no estaba expresada la idea simbolizada, sino como real, como efectivamente  sufrido,  o  manejado  materialmente,  daba   a  la  significación de la obra un carácter más material y preciso, y a su enseñanza algo de sorprendente y concreto.
(…)
Menester era que aquellos Vicios y Virtudes de Papua encerrasen una gran realidad, puesto que se me representaban con tanta vida  como  la  doméstica  embarazada,  y  la  criada  a  su  vez  no  me parecía menos alegórica que las pinturas.

, lo primero y más íntimo que yo sentía, el fuerte puño, siempre activo, que gobernaba todo lo demás, era mi creencia  en  la  riqueza  filosófica  y  la  belleza  del  libro  que  estaba leyendo,  y  mi  deseo  de apropiármelas,  de  cualquier  libro  que  se tratara.

porque me acordaba de haberlo oído citar como obra  notable  al  profesor  o  camarada  que  por  aquel  entonces  me parecía estar en el secreto de la verdad y de la belleza, medio presentidas y medio incomprensibles para mí meta borrosa, pero permanente, de mi pensamiento.

aquellos paisajes de los libros que leía se me representaban con mayor viveza en la imaginación que los que Combray me ponía delante y los análogos que me hubiera podido presentar. Por la manera que había tenido el autor de escogerlos, y por la fe con que mi pensamiento salía al encuentro de sus palabras, como si fueran una revelación, me parecía que eran una parte real de la Naturaleza misma, merecedora de estudiarla y profundizarla, impresión que casi no me hacían los lugares donde me hallaba, y especialmente nuestro jardín, frío producto de la correcta fantasía del jardinero, objeto del desprecio de mi abuela.

aun no estábamos muy lejos de la edad en que nos figuramos que dar nombre es crear.

Mi abuelo sostenía que cada vez que trababa con un compañero más íntima amistad que con los demás y lo  llevaba  a  casa,  se  trataba  siempre  de  un  judío,  cosa  que  en  un principio no le hubiera desagradado .su amigo Swann también era de familia judía., a no ser porque le parecía que, por lo general, yo no lo había escogido entre los mejores.

el instinto o la experiencia les había enseñado  que  los  impulsos  de  nuestra  sensibilidad  ejercen  poco dominio  sobre  la  continuidad  de  nuestras  acciones  y  nuestra conducta en la vida, y que el respeto a las obligaciones morales, la lealtad  a  los  amigos,  la  ejecución  de  una  obra  y  la  sujeción  a  un régimen  tienen  más  firme  asiento  en  la  ciega  costumbre,  que  en aquellos momentáneos transportes fogosos y estériles. Mejor que  a Bloch, hubieran querido para amigos míos compañeros que no me dieran más que aquello que con arreglo al código de la moral burguesa debe darse a los amigos

Ni siquiera nuestros errores hacen  desviarse  fácilmente  del  deber  a  naturalezas  de  esas  de  las que era mi abuela dechado, ella que, reñida hacía muchos años con una sobrina con quien no se trataba, no cambió el testamento en que le legaba toda su fortuna, porque era su parienta más lejana y porque las cosas debían ser así.

luego  de  hacerme saber .noticia  llamada  a  ejercer  gran  influencia  en  mi  vida, haciéndome feliz primero y desdichado más tarde. que todas las mujeres no pensaban más que en el amor, y que no había una capaz de resistencia invencible

me pareció de repente que mi humilde vida y los reinos de la verdad no estaban tan separados como yo pensaba, y que aun llegaban a coincidir en algunos puntos, y lloré de alegría y de confianza sobre las páginas del escritor, como en los brazos del padre vuelto a encontrar.


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