domingo, 28 de julio de 2013

Y usted de dónde viene

La literatura es imaginarse o querer averiguar lo que está al otro lado: más allá del umbral de la habitación, detrás de la puerta entornada que nuestra mano empujará o de la puerta cerrada con una llave que tal vez nos estará prohibido buscar; al otro lado de un río, detrás de una silueta azul de montañas. La literatura es contar lo que hemos encontrado a lo largo del camino elegido e imaginar lo que habríamos podido encontrar si hubiéramos escogido el otro, "the road not taken", en la hermosa expresión del poeta Robert Frost, si nos hubiéramos quedado con la otra mujer ya quimérica del poema de Yeats. Lo que hay a este lado, lo que nos parece que somos sin incertidumbre, lo que tenemos, merece sin duda una atención cuidadosa. Pero es precisamente esa atención a lo familiar la que nos revela en él la presencia de lo desconocido, las fronteras invisibles del otro lado de las cosas.
Cuando hablo de literatura no me refiero sólo a literatura de ficción. Literatura es contar el mundo con palabras, contar lo que existe y lo que no podría nunca existir, lo que nos ha sucedido y lo que nos pudo suceder tan sólo si el azar hubiera introducido un cambio mínimo en la trama de la vida. Lo que ahora se divide tan crudamente en las listas de ventas entre ficción y no ficción -¿pero cómo puede nombrarse a algo por lo que no es?- responde a las mismas fronteras que Aristóteles estableció entre la Poesía y la Historia, sobre las que tan agudamente reflexionó Cervantes en un libro tan fronterizo como el Quijote . Nosotros llamamos ficción a lo que Cervantes, lector de Aristóteles, llamó poesía: el relato de las cosas no como realmente fueron sino como pudieron o debieron ser. La historia, la narración de lo real, a nosotros se nos ha vuelto mucho más amplia, en la medida en que el método científico ha dilatado el campo de nuestros conocimientos y nos ha permitido conocer algunas de las leyes de la naturaleza. Por los mismos años en que Cervantes empezaba a conocer el éxito de su novela (que tristemente nunca lo sacó de pobre) y planeaba con cierta pereza la segunda parte, Galileo miraba por primera vez los cráteres de la Luna y las lunas de Júpiter gracias a la lente de su telescopio, y al mismo tiempo que inventaba el método experimental registraba sus descubrimientos con una escritura tan clara y tan bella que sería injusto no calificarla de literatura, y hasta de poesía. Dice Milan Kundera que Cervantes descorrió por primera vez el velo que impedía a la literatura mirar las cosas tal como son, y que al hacerlo inventó la novela, que es tal vez el arte más mestizo, el que aprovecha por igual lo cierto y lo inventado, y así rompe para siempre el velo de la idealización, traspasa la frontera entre lo posible y lo imposible. Pero es un velo semejante el que traspasa Galileo con su telescopio, una frontera igual de rigurosa la que rompe Robert Hooke mirando inversamente por un telescopio y descubriendo en él los reinos fantásticos y los animales increíbles contenidos en una gota de agua.
Si hay una frontera que conviene abolir cuanto antes, es la que al identificar literatura con ficción deja al otro lado y como en tierra de nadie ámbitos enteros de la expresión escrita. ¿Hay en el siglo XVIII prosas más resplandecientes que las de Gibbon o Buffon, siendo uno historiador y naturalista el otro? Decía el gran Cyrill Connolly que a él le convenía siempre escribir en las horas más luminosas de la mañana, para que la claridad del sol corrigiera su tendencia irlandesa o celta a los excesos de bruma. De un modo semejante, a los lectores de la literatura del siglo XIX nos conviene compensar las sombras dramáticas del melodrama gótico y de los folletines tremendos de Charles Dickens con la escritura sobria, precisa y no menos arrebatadora de Darwin. El diario del viaje del Beagle, The Origin of Species , The Descent of Man , por no hablar de la Autobiografía , contienen algunas de las historias mejor contadas de la lengua inglesa. El novelista mira con avaricia la realidad exterior o la propia memoria y mientras va contando inventa lo que vio: el naturalista, el historiador, el científico, el reportero de talento tienen la misma entrega a su relato, pero además de poner en él los cinco sentidos saben que han de mantenerse fieles al severo principio aristotélico de contar las cosas como son. Pero además el novelista es un parásito que se apodera también del lenguaje de lo real para fingirse cronista cuando está siendo un embustero, igual que se apodera de los lenguajes de la poesía o del periodismo y los parodia y los convierte en otra cosa, y al hacer borrosas y equívocas las fronteras entre la realidad y la ficción nos fuerza a agudizar la mirada para distinguir más claramente entre ellas, igual que un artista barroco al pintar un trompe l oeil , un trampantojo como se decía bellamente en español. El otro lado siempre está tentándonos. Por eso don Quijote, personaje de una novela, lee una novela titulada don Quijote, y Charles Darwin se adiestra en las artes narrativas de la ficción y hasta de los relatos de aventuras para esbozar una teoría que va a trastornar el mundo, y Arthur Conan Doyle imita en sus historias policiales el estilo de la ciencia experimental. Por eso Borges convierte en protagonista de un hallazgo tan improbable como el del Aleph a un narrador en primera persona que se llama Borges, y James Joyce cuenta exasperadamente todo lo que le sucede a un solo hombre en un solo día, un día en el que en apariencia no ocurre nada en particular.
Curiosidad y extrañeza: la literatura es deseo de conocimiento, y también recelo o sospecha hacia lo que se da por ya sabido. Pero nada puede darse de verdad por supuesto. Uno de los poemas que yo leo más veces y nunca se me agota es el que William Carlos William dedicó a un carrito de mano rojo mojado por la lluvia. Tiene sólo ocho versos, algo más de veinte sílabas inglesas, pero en esa brevedad se contiene exacta una presencia a la vez vulgar y memorable. Tu misma cara, que conoces de memoria, se vuelve la de un desconocido cuando la descubres por sorpresa en el espejo inesperado de un escaparate. No es una cara nueva, sino la cara verdadera, la que no te dejaban ver esas escamas que según Marcel Proust la costumbre nos pone delante de los ojos. Interrumpes las vacaciones de verano a causa de una emergencia y regresas por un día o por unas horas a la casa cerrada y desierta a la que no deberías volver hasta final de agosto: el sonido de la llave y el de la puerta al abrirse no son ahora los mismos porque interrumpen un silencio muy largo, y la penumbra de las habitaciones con las cortinas echadas parece sugerir el espacio de otra vida que no es la tuya. Sorprendes en las cosas más habituales una indiferencia casi dolorosa, porque han permanecido intactas e idénticas sin ti, y ahora parecen refractarias a tu llegada, como un perro que no se levanta para salir corriendo a recibirte.
El otro lado está en este lado. Ni el amor más intenso, el más fanático, el más correspondido, te permitirá saber qué hay ahora mismo en el pensamiento de la persona que te sonríe y entorna los ojos un poco antes de besarte. [En ausencia de Blanca] Por mucha ternura y cuidado que reciba el enfermo, está solo en el mundo con su dolor, y la punzada del dolor es más poderosa que la ternura y pesa más que el mundo entero. A cada paso que das pisas una frontera invisible. El mundo que hay a tu espalda y que tú no ves es un enorme país extranjero. El otro lado está dentro de uno mismo, en esos lugares y rostros que la conciencia había olvidado y que emergen con una claridad exacta en los sueños, sin que sepamos qué marea nos los ha devuelto, qué voluntad los ha salvado de perderse en el tiempo. El otro lado empieza a unos centímetros de la piel, al final de esa frontera que W. H. Auden sitúa "some thirty inches from my nose". En el mundo anglosajón, es una frontera más arriesgada de traspasar que la del río Grande, y cuando un desconocido roza por casualidad a otro se produce un espasmo retráctil, como de defensa contra una amenaza, igual que cuando unos ojos se detienen por más de unas décimas de segundo en otros. Quien más siente esa frontera tan próxima es el extranjero, el que se encuentra solo en el país y en la lengua, porque entonces todo lo que hay a su alrededor es el otro lado, y según él se mueven las personas y las cosas se apartan para que él no las roce, y las palabras se extinguen antes de que él las comprenda. El otro lado es el vagón del metro, la calle, la ciudad, el país entero: esa frontera no se abre con pasaportes ni visados, ni tiene puntos débiles por los que se pueda deslizar el emigrante clandestino. Está llena de carteles amenazadores: "No tresspassing", "Prohibido asomarse al exterior", "E pericoloso sporgersi", "Halt", "Stop". Carteles invisibles, alambradas de pinchos que no desgarran la piel, torres de vigilancia con reflectores que no ciegan los ojos y que sin embargo transmiten una aterradora sensación de peligro.
A un lado están los admitidos, los legítimos, los que tienen los papeles en orden, los que no deben temer nada de un registro ni ponerse nerviosos ante la mirada insistente de un policía de fronteras: del otro lado están todos los demás; el que lleva un pasaporte sospechoso; el que tiene miedo de que le abran la maleta; el que al aproximarse al puesto de control siente que va volviéndose culpable de algo, aunque no haya hecho nada, y al sentir eso ya mira como un sospechoso, y atrae la atención del que tendrá la potestad de expulsarlo.
Lo que casi nadie piensa es que este lado puede convertirse muy fácilmente en el otro lado: que el país al que uno creía pertenecer lo expulse o lo persiga o simplemente deje de existir, convirtiendo en apátridas a sus antiguos ciudadanos; que el guarda de frontera puede cualquier día encontrarse temblando delante de un puesto fronterizo en el que su uniforme y sus credenciales no sirven de nada; que a uno mismo, por diversas razones, se le quiebre la identidad en la que tanto confiaba y se encuentre perdido, extranjero, a merced de otros, expulsado en el otro lado, donde nadie lo conoce, donde nadie habla su lengua ni admite su cercanía y menos aún el roce de su piel porque es más oscura o porque es más pálida. Franz Kafka, que sabía tanto de fronteras y de extranjería, inventó la fábula del hombre que llega junto a la puerta de la ley y no puede cruzarla porque un guardián se lo impide. Pasa el tiempo, le llega el momento de morir, y sólo entonces le pregunta al guardián cómo es que a lo largo de los años nadie más se ha acercado a esa puerta. El motivo, le explica el guardián, es que esa puerta estaba reservada sólo para él.
La literatura nos ayuda a saber que este lado es también el otro lado: que el sufrimiento o la verdad del otro pueden ser los tuyos. La literatura alimenta nuestra rebeldía al sugerirnos la queja de Rimbaud, de que la vida está en otra parte, pero también nos enseña la otra verdad simétrica, que hay otros mundos pero están en éste. En el fondo, lo que hacen siempre los libros es ofrecernos el telescopio de Galileo y el microscopio de Robert Hooke, la invitación al viaje de Baudelaire y la advertencia de Pascal de que todos los infortunios le sobrevienen a un hombre por no saber quedarse solo en una habitación, la locura atolondrada de don Quijote y la lucidez triste y vencida de Alonso Quijano, el sosiego del señor de Montaigne rodeado de libros en la soledad apacible de su torre y la voluntad de huir de Huckleberry Finn o de Robert Louis Stevenson. El primer relato en prosa de nuestra cultura europea es el cuento del largo viaje del griego Herodoto más allá de las fronteras de lo conocido, y no es casual que de él proceda el uso de la palabra Historia. La actitud de Herodoto es la misma que dos mil quinientos años después nos inspiran los libros: ganas de descubrir lo que no sabemos, de averiguar historias y chismes de gente desconocida, de escuchar los cuentos más o menos fantásticos que quieran contarnos los viajeros que se crucen con nosotros. Es la actitud de los viajeros de las Mil y una noches , la de los peregrinos de Chaucer, la de los socios del inmortal club Pickwick, la de los marinos que se reúnen en algún puerto de Oriente o una barcaza del Támesis, las historias que cuenta el Marlow de Joseph Conrad.
Hay personas muy desagradables muy aficionadas a la literatura, y gente de corazón de pedernal para sus semejantes de carne y hueso que se conmueve hasta las lágrimas leyendo los padecimientos de personajes inventados, igual que hay canallas con una extrema sensibilidad para la música. No obstante, yo no creo que amara tanto los libros si no estuviera convencido de que hay en los mejores de ellos un poderoso elemento civilizador. La literatura, la de ficción y la otra, nos enseña la verdad doble y paradójica de que no hay experiencia que no sea única, y que al mismo tiempo no sea profundamente inteligible para casi cualquiera. Si yo me reconozco en el dolor de Héctor al separarse de su esposa y su hijo o en el placer absorto con que Mrs. Dalloway se deja llevar por la corriente callejera de Londres, si se me contagia la curiosidad de Darwin por un escarabajo y la del narrador de Marcel Proust por los invitados a una fiesta de la duquesa de Germantes, ¿cómo me voy a creer que otro hombre es mi enemigo porque habla otro idioma o vive al otro lado de una frontera? La literatura, al crear una fraternidad íntima y anchurosa entre escritores y lectores, prefigura la necesaria fraternidad civil sin la cual no es habitable el mundo. .

De este lado, del otro lado, Antonio Muñoz Molina [Diario La nación -Suplemento Cultura, 22-abril-2007]
 
"Barcelona. Penélope Cruz", dice el taxista sonriendo en el retrovisor, con su fuerte acento chino, cuando le digo que soy de España. En seguida le viene otro recuerdo que me comunica con satisfacción: "Copa del Mundo. Campeones". Él había conjeturado primero que yo sería italiano o israelí. Cuando le hago la pregunta que hace aquí todo el mundo, y usted de dónde viene, se le pone en la cara una gran sonrisa de orgullo: "I am ABC: American Born Chinese". Que alguien sea a la vez completamente chino y completamente americano es algo difícil de comprender en Europa, y quizás más aún en países como España, tan obsesionados desde los tiempos de la Inquisición con la pureza del origen, con la limpieza de sangre, sea ésta patriótica, religiosa, ideológica, hasta futbolística. Este taxista animoso y excepcionalmente pulcro que resume su idea de España en Penélope Cruz, en Barcelona y en la Copa del Mundo se declara chino y americano con la misma naturalidad con la que aquel otro que tomé hace unos días se definió como "a Pakistani New Yorker". Íbamos en silencio escuchando la radio del taxi y en un boletín de noticias contaron que una bomba acababa de estallar en una mezquita de Pakistán, con la consiguiente mortandad. El hombre se volvió un momento hacia mí con un gesto de pesadumbre: "Es mucho más seguro ser musulmán en América que en mi país", me dijo, y me contó luego que había emigrado hacía veinte años, y que su ciudad y la de sus hijos ya era Nueva York, aunque añoraba siempre Pakistán. De hecho, con su gorrito y su barba, con su acento tan cerrado, podía haber llegado no veinte años, sino veinte días atrás.
Y también él tenía una idea de España, mucho más sofisticada que la de su colega chino, como cabía deducir del hecho de que fuera escuchando la radio pública: había leído sobre la transición de la dictadura a la democracia, y por supuesto sobre la edad de oro del islam medieval en Al Andalus.
Cuando en España se habla de "los americanos" -nadie en el mundo real dice "los estadounidenses", por más que se empeñen los redactores de los libros de estilo-, la imagen mental que se invoca es la de un hombre vagamente anglosajón o germánico con sobrepeso y tal vez con musculatura excesiva, con un aspecto aséptico de salud y tal vez de forzado optimismo, probablemente religioso, y por lo tanto reaccionario, aficionado a agitar la bandera y a llevarse la mano al corazón en cuanto suena su himno nacional. Si el que imagina al americano se considera a sí mismo muy de izquierdas lo llamará yanqui, incluso gringo, en algunos casos extremos de vehemencia antiimperialista; y si el imaginador es de derechas lo verá como un modelo de todas aquellas virtudes que luctuosamente faltan en España: el amor a la familia, la iniciativa individual, el patriotismo, la fe cristiana sin complejos, el rechazo orgulloso a la intromisión del Estado en las libertades personales. En lo que no es improbable que se pongan de acuerdo los dos, por encima del sectarismo que los dividirá en cualquier otro aspecto de la vida, es en la afición indiscriminada a los productos y a los hábitos de consumo alimentario o mental que vienen de Estados Unidos y en una queja entre despectiva y melancólica: los americanos son tan ignorantes de la geografía que no saben situar a España en un mapa. ¡Algunos incluso piensan que somos un país de Sudamérica!
Me he encontrado con muchos americanos en mi vida, una parte de la cual la paso rodeada de ellos. No he conocido a ninguno que padezca esa célebre lacra geográfica, si bien me pregunto cuántos de los españoles que se quejan de ella y que parecen haberla constatado personalmente sabrían decir, por ejemplo, dónde está Indonesia. Hay muchas más formas de ser plenamente americano de las que imaginamos en Europa, y si es cierto que algunas de ellas se parecen a ese conveniente estereotipo al que no nos cuesta nada sentirnos superiores, también lo es que en la fisonomía del país cada vez se acentúan más los rasgos de una diversidad alucinante, dentro de la cual los blancos anglosajones son ya en muchos lugares una minoría. Americana es, con plena conciencia y a todos los efectos, la mujer bengalí con sari y anillo de oro en la nariz que me atiende en la caja de una droguería; y también lo es mi antiguo portero, David Jiménez, que llegó ilegal de Guatemala huyendo de la guerra civil hace casi treinta años y hoy tiene un hijo que ha servido en Irak y una hija que está doctorándose en leyes, y el portero de ahora, Damir, que escapó de Montenegro para que no lo enrolaran en el ejército serbio, y que me ha pedido que cuando vuelva le lleve un chándal del Barcelona, aunque él tiene más simpatías por el Real Madrid. Damir solo conoce una expresión en español, y la pronuncia muy cuidadosamente: "El clásico".
Casi tantas variedades como hay de americanos las hay de visiones de España. Si el taxista paquistaní se acordaba de Al Andalus con cierta nostalgia de paraíso perdido, muchos judíos piensan en la España de la expulsión con una mezcla muy viva de reproche y de simpatía. Está la España de la leyenda romántica de la Guerra Civil, tan hecha de buena voluntad progresista como de prejuicios inamovibles sobre la calidad de nuestras libertades, enérgicamente alimentados por la exportación de nuestros sectarismos internos. Entre el cerrilismo de unos y la frivolidad oportunista de otros hemos logrado, en los últimos años, transmitir la imagen de un país sombrío que no logra desprenderse del maleficio negro del pasado. Explicar que ese país es una democracia más avanzada en muchos aspectos que la americana, sin pena de muerte ni cadena perpetua, con matrimonio homosexual, puede convertirse en una tarea fatigosa. En las universidades, en las que ya quedan pocos rastros de la generación de profesores españoles que llegó con el exilio republicano, la corriente ideológica anticolonial acentúa el indigenismo y la Leyenda Negra. A lo español peninsular le falta glamour político en los departamentos de español, y prestigio de universalidad en los de literatura comparada, de modo que lo mejor de nuestra cultura queda en una especie de limbo intelectual del que emergen si acaso Pedro Almodóvar, la fiesta de los toros, las fosas de la Guerra Civil y la ya mencionada Penélope Cruz.
Por encima de los malentendidos y los estereotipos, una realidad se impone: cuando americanos y españoles se encuentran de verdad, de uno en uno, suelen llevarse muy bien. Ayuda quizás la falta de formalidad, la disposición efusiva. Y por el lado español todo lo hace más fácil el grado de americanización más o menos inconsciente de muchas costumbres que hasta los más furiosos antiimperialistas han adoptado como propias, empezando por el mimetismo exacto en los lenguajes de la corrección política, traducidos literalmente del inglés. Lo paradójico del antiamericanismo español es su perfecta compatibilidad con la adhesión apasionada a algunos de los rasgos más insalubres de la cultura de consumo americana: los grandes centros comerciales, la comida basura, las bebidas carbónicas muy azucaradas, el cine más aparatoso y más vulgar, el juvenilismo bobo de las series menos interesantes de la televisión. La calamidad del doblaje lo agrava todo, al infectar el idioma, de modo que la sólida ignorancia nacional del inglés no estorba la degradación del castellano. Un país en el que las verduras se llaman vegetales y las detenciones arrestos, en el que la gente entra al cine abrazada a un macetón de palomitas y los cronistas de los periódicos escriben imitando las malas traducciones de novelas policiales o los doblajes de las películas -el tipo era un jodido perdedor, por ejemplo está claro que en el fondo no se toma muy en serio su antiamericanismo.
Nuestro talento para imitar exclusivamente lo menos interesante o saludable de una cultura no impide, sin embargo, que seamos capaces de admirar lo mejor de ella cuando lo encontramos de cerca, sin la interferencia de los prejuicios y los lugares comunes. Acostumbrados a las escalas reducidas de nuestro país, a una naturaleza casi siempre muy domesticada, la amplitud de los paisajes de Estados Unidos, la pura sensación del espacio, la desmesura de las obras humanas y de los dones naturales, provocan siempre en nosotros un asombro entusiasta. Un español se aclimata bien a la disciplina americana del trabajo, y responde en seguida a la cordialidad y a la exigencia que allí suelen ser simultáneas. Afligidos por la indigencia cívica, por la falta de estímulos y el poco respeto a lo bien hecho que son comunes en nuestro país, los españoles reaccionan con agradecimiento y eficacia en un entorno más favorable al esfuerzo y al mérito. No es que en Estados Unidos no haya cinismo, envidia o desgana: es que no tienen prestigio.
Casi en la misma medida, hay virtudes españolas que les sientan muy bien a los americanos, y que alimentan ese amor incondicional de muchos de ellos hacia nuestro país: una cierta sensualidad en el disfrute de la vida, una mayor fluidez entre los placeres y las obligaciones, una riqueza de afectividades que les sirven para mitigar una entrega excesiva al trabajo, a la competitividad, al individualismo. En Estados Unidos un español aprende a tomar conciencia de la responsabilidad personal en el cumplimiento del trabajo y de los derechos y los deberes cívicos, no en las abstracciones verbosas de la política o de la ideología, sino en la inmediatez de la vida práctica. También aprende algo que varios siglos de ortodoxia católica obligatoria, aislamiento y absolutismos políticos nos hace muy difícil aceptar en la práctica: que las ideas, las creencias y las costumbres de otros son tan legítimas como las nuestras, sin más límites que los del imperio de la ley, que está hecha de unos cuantos acuerdos básicos, tan sagrados como las innumerables diferencias que amparan.
Y en España un americano aprende una cierta dulzura y flexibilidad de la vida, un grado mayor de confianza en lo imprevisto, y en un modelo de organización social en el que algunas instituciones públicas pueden garantizar los bienes básicos de la educación y la salud con más justicia y hasta con más eficacia que la iniciativa privada. Y también aprende a armarse de una paciencia inmensa hacia los lugares comunes que escuchará cada día sobre su país.

De este lado, desde el otro lado; Antonio Muñoz Molina [El País, 3 de julio 2011]

Una compañía fabricante de cerveza española difundió hace algún tiempo un anuncio con un eslogan que me llamó la atención: No pierdas el Sur. En el anuncio se veía gente joven disfrutando tranquilamente de una cerveza de la marca indicada, en una ciudad litoral con terrazas al aire libre y palmeras. Y el eslogan jugaba con una expresión española, dándole la vuelta: en español, perder el norte es un término de origen marino que significa perder el rumbo, encontrarse confuso. No perder el sur, según el anuncio de cerveza, sería no renunciar a los placeres sensuales de la vida, a un cierto sentido exterior y luminoso de la existencia que al menos desde el siglo XVIII se ha identificado con los países del sur de Europa, con las orillas del Mediterráneo.
Ahora que la fractura entre el norte y el sur ha vuelto a abrirse y parece irreparable, es más necesario que nunca recordar el valor decisivo que cada una de esas dos caras de Europa ha tenido para la otra. Ahora los europeos del norte parecen dispuestos a perder el sur y los del sur resignados a perder el norte; pero si eso ocurriera, además de una catástrofe económica de la que no se salvaría nadie, sería una negación de algunos de los valores más sólidos que cada uno, los del norte y los del sur, considera como propios. La Europa que por primera vez en la historia ha pasado ya casi setenta años en paz nació no de grandes declaraciones idealistas sino del acuerdo práctico al que llegaron franceses y alemanes de compartir el carbón y el acero. La prosperidad de la industria textil en Flandes al final de la Edad Media dependía de la lana de los rebaños de ovejas españolas. La contabilidad por partida doble que permitía los intercambios financieros a lo largo del eje vertical que iba de Italia a Holanda y de ahí se extendía por el norte hasta Escandinavia y Rusia y por el Sur, a través de Venecia, hasta Oriente, la inventó un monje italiano que curiosamente escribió también uno de los primeros tratados sobre la perspectiva.
No es que el norte y el sur se beneficien mutuamente. Es que ninguno de los dos es lo que es sin el otro. La Ilustración del siglo XVIII no habría existido sin los viajes reales o imaginarios al Sur: el Grand Tour de los jóvenes británicos de buena familia, el viaje de Shelley y de Keats y Lord Byron, el de Winckelmann y Goethe. Todo el Neoclasicismo que llenó de estatuas blancas y de imitaciones de templos griegos los países del norte procede de la pasión de Winckelmann por Italia y por Grecia, que es una pasión estética y al mismo tiempo política. En el origen de la idea ilustrada del ciudadano que se emancipa de la tiranía del absolutismo y de la superstición está la Grecia imaginada por Winckelmann. Los nuevos regímenes que en Estados Unidos o en Francia querían reflejarse en el espejo de la Antigüedad eran el norte mirándose en el sur. Cuando Haendel viaja a Inglaterra lleva consigo un equipaje musical que se ha formado en el encuentro de la tradición alemana con las novedades melódicas que ha aprendido en Italia. En el capítulo más misterioso de La Montaña Mágica, Hans Castorp, el héroe joven nacido en el norte y destinado a una carrera tan propia del norte como la ingeniería, está a punto de morir en una tormenta de nieve y tiene una larga alucinación en la que cree encontrarse vívidamente en el sur: el sur absoluto del mediterráneo y de la antigüedad clásica, el de la belleza y los sacrificios, el sur mitológico de Nietzsche y El origen de la tragedia. Y precisamente Nietzsche, cuando desconfía del espeso misticismo germánico de Wagner, del exceso de nieblas nórdicas en el que ve perderse a su antiguo amigo y héroe, intuye que para restablecer el equilibrio perdido hace falta apelar al sur, a la liviandad luminosa de Carmen.
La laboriosidad y la competencia técnica del norte necesita los mercados del sur. Sin el clima benévolo del sur la vida de las gentes del norte carecería de una de las dimensiones necesarias para la felicidad. Pero ni los del sur podemos resignarnos a una subordinación de compradores dóciles y camareros y proveedores de entretenimiento ni es lícito que los del norte nos miren de arriba abajo con una condescendencia imperial. Este sur en el que yo vivo, España, es desde hace tiempo mucho más que el país de sol y playa y bebida barata que prefieren ver muchos turistas del norte. Y lo es, en gran medida, porque desde hace más de dos siglos algunas de nuestras mejores inteligencias miraron al norte para aprender de él lo que nos faltaba a nosotros: el sentido de la responsabilidad personal y de la tolerancia que nos había negado la Iglesia católica, el valor de la educación para revelar las cualidades mejores de cada uno en beneficio propio y de la comunidad, la importancia de las leyes, los beneficios de la ciencia y la técnica. Pero ningún viaje entre el norte y el sur ha sido nunca en una sola dirección. Liberales españoles que habían viajado por Alemania, Inglaterra y Francia trajeron al sur las ideas de la democracia, la justicia social y la modernidad técnica y científica: pero en la Edad Media la ciencia y la filosofía griegas llegaron a Europa gracias a las traducciones al árabe que se hacían en la España musulmana. Santo Tomás de Aquino no leyó en griego a Aristóteles: leyó una traducción al latín de una traducción al árabe que probablemente se había hecho en Toledo o en Córdoba.
Perder el norte, perder el sur, pareciendo cosas tan distintas, significan lo mismo: arrancarnos lo que nos hace mejores, el equilibrio entre libertad personal y solidaridad, entre eficiencia tecnológica y buena vida, entre capitalismo y justicia, que solo existe en Europa.
Perder el norte, perder el sur; Antonio Muñoz Molina [Die Zeit, 29 de julio de 2012]

viernes, 26 de julio de 2013

Lecciones valiosas para la supervivencia

Escribir un cuento es seguir una pista, más con la intuición que con la conciencia o la voluntad, como sigue un perro un rastro con el hocico pegado a la tierra, cada vez más excitado por algo que solo él percibe. El perro no mira a lo lejos: huele muy cerca, avanza a impulsos rápidos, cambiando de dirección, respirando muy fuerte, ajeno a todo lo que no sea su búsqueda.
Rejuvenece escribir cuentos, después de no haberlo hecho en tanto tiempo. El cuento es un sueño solo parcialmente controlado. Yo tenía una idea antigua y me puse a trabajar en ella, para que ese libro que vuelve a salir ahora, Nada del otro mundo, fuese algo más que una reedición. Se lo había prometido a mi editora. Un cuento de diez o quince páginas, veinte como máximo, imaginaba. Me puse a escribir y los pormenores inesperados afluían sin que yo supiera cómo controlarlos. Esa idea antigua, el científico que trabaja en un laboratorio del sueño. A las cuarenta páginas la historia había avanzado mucho pero el final no estaba cerca. Me detuve una noche en el principio de una conversación, un hombre que le cuenta a otro algo en el bar de un hotel de Bruselas. En ese hotel tuve yo una larga conversación hace casi cinco años con mi hijo Antonio, que había pasado en Bruselas unos meses con una beca de la Comisión Europea. La historia no tenía que ver con aquel viaje ni con aquella conversación, pero las imágenes de entonces proveían el escenario, un cierto tono de confidencia. Antonio y yo caminando y conversando por Bruselas a lo largo de varios días, visitando un museo en el que nos hechizaron sobre todo los cuadros de René Magritte.
Pero la historia ya no cabía en los límites aceptables para completar un libro. Me acosté con jetlag y no podía dormir. Y entonces surgió otra historia, no sé de dónde, en parte del recuerdo y en parte de la imaginación, dos niños que se cuentan al oído historias de miedo en una escuela a mediados de los años sesenta, dos primos. Yo no soy ninguno de los dos: la historia viene del mundo en el que yo crecí pero no de mi propia vida. Era como ver algo objetivamente, en lo que ni mi voluntad ni mi experiencia directa intervenían. Vi una trama posible. Lo vi todo, con todos los detalles, en mi sueño despierto, en mi largo insomnio sin angustia.
Empecé a escribir al día siguiente, sin urgencia, dejándome llevar, quizás de nuevo alarmado por la abundancia de pormenores nuevos que surgían del acto de la escritura misma. Pero este cuento, de trama tan suscinta, resultó que tampoco iba a ser exactamente breve. Una cosa lleva a la otra. Un personaje habla y hay que dejarlo que se explique. Una imagen lleva a otra, y a otra.
En el cuento no hace falta la fortaleza para la larga distancia que exige la novela; no hay tiempo para desalentarse; el final está alentadoramente cerca; el primer impulso no llega a extinguirse. El cuento es una casa prestada en la que se vive una noche, unos pocos días; una ciudad de la que uno se marcha demasiado pronto como para convertirse en residente.
En la novela se gana por puntos, dice Julio Cortázar: en el cuento hay que ganar por K.O.
Escribir cuentos, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 24 de agosto de 2011]
Mañana estará en las librerías la nueva edición de Nada del otro mundo, con dos cuentos añadidos, uno que se publicó en el periódico hace bastantes años, Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad, otro inédito que escribí este verano, en un largo rapto de inspiración y laboriosidad, El miedo de los niños. El libro abarca casi mi vida entera de escritor. El primer cuento, El hombre sombra, lo escribí en Granada, en 1983, cuando era funcionario municipal y me presentaba a toda clase de concursos literarios, sin ningún resultado. El último creo que es el que más me gusta de todos. Surgió en mi imaginación casi como un sueño, sin que mi voluntad interviniera demasiado. Me desvelaba inventando detalles que tenían una claridad de recuerdos parcialmente ficticios; recuerdos de alguien cercano a mí pero que no era yo. En algunos momentos se me contagiaba el escalofrío de las cosas que estaba contando.
Al cuento le viene bien la punzada de lo fantástico, la penumbra del miedo. En los cuentos me ha salido con naturalidad algo que me cuesta más en las novelas, que es escribir sobre el tiempo mismo de ahora. Ahora tengo otro entre manos, pero va creciendo demasiado y yo no sé interrumpirlo, y quizás se convertirá en una novela corta. La novela corta me ha parecido siempre la forma perfecta, el tamaño exacto de duración e intensidad. Pero el formato de una historia no depende de uno. Se aparece, como se aparece un poema.
Miguel ha hecho una portada muy buena para esta edición: como una portada de novelilla barata de miedo, de las que veíamos antes en los kioscos; el miedo tan poético de las películas de serie B, el de las historias que nos contábamos en cuanto caía la noche los niños antiguos.
Cuentos de miedo, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 17 de octubre de 2011]

Contamos y escuchamos historias de ficción no para escapar del tedio de la vida real sino por la necesidad instintiva de comprenderla y ordenarla. La placentera evasión que nos procura una buena historia tiene siempre un camino de vuelta, aunque no siempre seamos conscientes de haberlo recorrido. La ficción es muy anterior a la literatura y mucho más universal y más importante que ella. Narradores extraordinarios no han escrito nunca. A lo largo de la mayor parte de la historia humana, ni siquiera han sabido que existía la escritura, ni la han necesitado. La escritura tiene unos cinco mil años, y su fin primordial no fue la transmisión de historias, sino el registro de bienes almacenados y de transacciones comerciales. Los mismos comerciantes que desde hace muchos millares de años llevaban de un lado a otro conchas perforadas, puntas de flechas de pedernal, bloques de lapislázuli o de ámbar, llevarían también consigo historias escuchadas o vividas en territorios lejanos que tendrían siempre una parte de maravilla y otra de familiaridad. Hace unos años, en una exposición sobre la Ruta de la Seda en el Museo de Historia Natural de Nueva York, había una sala en la que podían olerse las especias y los perfumes que transportaban las caravanas, y junto a ella otra en la que se escuchaban historias que llegaron a Occidente de la India y de China siguiendo los mismos caminos: fábulas de animales, leyendas de criaturas y viajes fantásticos. En las novelas del ciclo de los Snopes, Faulkner inventa un personaje que es al mismo tiempo narrador ambulante y vendedor y mecánico de máquinas de coser, V. C. Ratliff. Las vidas de las familias campesinas están muy poco comunicadas entre sí: es Ratliff, en su viejo Ford T, quien va de un lado a otro diseminando los relatos que fortalecen la comunidad gracias a una malla de hilos narrativos. Hace muchos años que no leo Cien años de soledad, pero los dos personajes de los que tengo un recuerdo más claro son narradores ambulantes, buhoneros de mercancías y de historias: el gitano Melquíades y Francisco el Hombre, que tiene uno de los nombres más formidables de la literatura del siglo XX en español, junto al Pepe el Romano de García Lorca.

Las grandes historias no son muchas, y tienen siempre algo de la sólida simplicidad de las mejores herramientas, a las que el tiempo y el uso desgastan mejorándolas, como mejoran los años los rasgos firmes de una cara. Las grandes historias permanecen idénticas a sí mismas por muchas veces que se cuenten y son distintas y originales en cada narración, igual que las grandes canciones. Muchas son inmemoriales: muy pocas han nacido de la imaginación exclusiva de un escritor y han cobrado vida más allá de los libros en las que fueron contadas por primera vez. La historia de don Quijote y Sancho, la del Humbert Humbert y la nínfula vulnerada Lolita, la de la Ballena Blanca y el capitán Ahab. No sé si hay alguna más. No hay muchas más El armazón de lo primitivo sostiene la mayor parte de las mejores narraciones modernas, sean de la novela, del cine, del teatro, de la ópera. El Narrador de Proust, el Hans Castorp de Thomas Mann, el Parsifal y el Sigfried de Wagner, el Nick Carraway de Scott Fitzgerald, el Fabrice del Dongo de Stendhal, son variaciones del joven Telémaco que abandona la protección de su madre y de su isla para aprender las lecciones fundamentales de la vida. La intrépida Jane Eyre es tan la Cenicienta como la Pretty Woman de Julia Roberts o aquellas "reinas por un día" que hacían llorar a nuestras madres y a nuestras vecinas en los remotos concursos de la televisión en blanco y negro.
Pero no creo que haya una historia más primitiva, más angustiosa, más idéntica siempre a sí misma que la de los niños perdidos que sucumben al engaño de un adulto tenebroso, o de un adulto digno de toda confianza que de repente se transforma en un monstruo. Escribo esto y me acuerdo de los cuentos que escuchábamos los niños y los que nos contábamos entre nosotros y también de ese motivo simple e hipnótico de Peer Gynt que silba Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf. La niña sola, que juega en la calle, a la que se le acerca el desconocido, tímido y amable, casi necesitado, en un tenebrismo de ángulos de cámara expresionistas, en una de esas ciudades abstractas que en otros tiempos se reconstruían en los estudios de cine. Una teoría científica es el destilado de una serie suficiente de observaciones y experimentos; en una ficción duradera cristalizan en un solo relato muchas experiencias diversas que tienen una médula común. No hay cultura en la que no existan ficciones porque en la ficción se concentran lecciones valiosas para la supervivencia, igual que en un friso de animales prehistóricos pintados en una cueva se concentran siglos, milenios de observación imprescindible de los animales de los que depende la existencia colectiva. El cuento del niño o de los niños perdidos, del adulto familiar y repentinamente monstruoso, del desconocido que va de paso y ofrece un regalo, es la alarma universal ante un peligro que nunca ha cesado; es el saber heredado de la experiencia que los niños se transmiten entre sí con más eficacia que cuando las historias de miedo se las cuentan los padres.

En España, en Torrelaguna, dos niños aceptan la invitación de un desconocido a subir a su coche. Como en tantos cuentos, son dos hermanos, un niño y una niña. El desconocido arranca y se aleja por caminos perdidos, y acaba aprisionando a los dos hermanos en un pozo seco. La oscuridad, el desamparo, el hambre, el frío, el terror, el frágil consuelo de abrazarse, son inmemoriales: también pertenecen a una crónica de periódico que se publicó no hace ni un mes. En Nueva York, en un vecindario de Brooklyn habitado sobre todo por judíos ultraortodoxos, un niño de nueve años consigue que sus padres le permitan emprender una modesta aventura, en la que ya está el germen del viaje de Telémaco: porque está impaciente por sentir que ya ha crecido los padres no lo esperarán junto a la parada del autobús que lo trae de sus tareas escolares veraniegas, sino en la puerta de casa, muy cerca, a una distancia de siete manzanas, en un barrio donde todo el mundo se conoce. El bosque de los cuentos es la metáfora de la facilidad con que pueden perderse los niños apenas se separan de la mano de sus padres: los árboles amenazadores son las altas piernas de los extraños. En la distancia de siete manzanas el niño que nunca había vuelto solo a casa le pidió ayuda a un adulto que debería de ofrecerle un aspecto afable. Solo hay un paso entre la casualidad y el terror. El adulto amistoso le sonríe al niño y le ofrece llevarlo a casa en su coche y lo que ocurre después valdría más no poder imaginarlo. Que hay monstruos y pozos y castillos de irás y no volverás es una lección que los cuentos llevan milenios enseñándonos.

El miedo de los niños, Antonio Muñoz Molina [El País, 30 de julio de 2011]

domingo, 21 de julio de 2013

I think I may be beginning to disappear



The bear came over the mountain; Alice Munro
Away from her; Sarah Polley

And perhaps it followed naturally that the men who taught them these things became part of the enrichment, that these men seemed to these women more mysterious and desirable than the men they still cooked for and slept with.
Those who signed up for Grant’s courses might have a Scandinavian background or they might have learned something about Norse mythology from Wagner or historical novels. There were also a few who thought he was teaching a Celtic language and for whom everything Celtic had a mystic allure. He spoke to such aspirants fairly roughly from his side of the desk.
“If you want to learn a pretty language go and learn Spanish. Then you can use it if you go to Mexico.”
Some took his warning and drifted away. Others seemed to be moved in a personal way by his demanding tone.
They worked with a will and brought into his office, into his regulated satisfactory life, the great surprising bloom of their mature female compliance, their tremulous hope of approval.
He chose a woman named Jacqui Adams. She was the opposite of Fiona—short, cushiony, dark-eyed, effusive. A stranger to irony. The affair lasted for a year, until her husband was transferred. When they were saying goodbye in her car, she began to shake uncontrollably. It was as if she had hypothermia.
She wrote to him a few times, but he found the tone of her letters overwrought and could not decide how to answer. He let the time for answering slip away while he became magically and unexpectedly involved with a girl who was young enough to be Jacqui’s daughter.
For another and more dizzying development had taken place while he was busy with Jacqui. Young girls with long hair and sandalled feet were coming into his office and all but declaring themselves ready for sex. The cautious approaches, the tender intimations of feeling required with Jacqui were out the window. A whirlwind hit him, as it did many others. Scandals burst wide open, with high and painful drama all round but a feeling that somehow it was better so. There were reprisals; there were firings. But those fired went off to teach at smaller, more tolerant colleges or Open Learning Centers, and many wives left behind got over the shock and took up the costumes, the sexual nonchalance of the girls who had tempted their men. Academic parties, which used to be so predictable, became a minefield. An epidemic had broken out, it was spreading like the Spanish flu. Only this time people ran after contagion, and few between sixteen and sixty seemed willing to be left out.
That was exaggeration, of course.
Fiona was quite willing. And Grant himself did not go overboard. What he felt was mainly a gigantic increase in well-being. A tendency to pudginess which he had had since he was twelve years old disappeared. He ran up steps two at a time. He appreciated as never before a pageant of torn clouds and winter sunsets seen from his office window, the charm of antique lamps glowing between his neighbors’ living-room curtains, the cries of children in the park, at dusk, unwilling to leave the hill where they’d been tobogganing. Come summer, he learned the names of flowers. In his classroom, after being coached by his nearly voiceless motherin-law (her affliction was cancer in the throat), he risked reciting the majestic and gory Icelandic ode, the Höfudlausn, composed to honor King Erik Bloodaxe by the skald whom that king had condemned to death.
Fiona had never learned Icelandic and she had never shown much respect for the stories that it preserved—the stories that Grant had taught and written about. She referred to their heroes as “old Njal” or “old Snorri.” But in the last few years she had developed an interest in the country itself and looked at travel guides. She read about William Morris’s trip, and Auden’s. She didn’t really plan to travel there. She said there ought to be one place you thought about and knew about and maybe longed for but never did get to see.
Nonetheless, the next time he went to Meadowlake, Grant brought Fiona a book he’d found of nineteenth-century watercolors made by a lady traveller to Iceland. It was a Wednesday. He went looking for her at the card tables but didn’t see her. A woman called out to him, “She’s not here. She’s sick.”
Her voice sounded self-important and excited—pleased with herself for having recognized him when he knew nothing about her. Perhaps also pleased with all she knew about Fiona, about Fiona’s life here, thinking it was maybe more than he knew.
“He’s not here, either,” she added.
Grant went to find Kristy, who didn’t have much time for him. She was talking to a weepy woman who looked like a first-time visitor.
“Nothing really,” she said, when he asked what was the matter with Fiona.
“She’s just having a day in bed today, just a bit of an upset.”
Fiona was sitting straight up in the bed. He hadn’t noticed, the few times that he had been in this room, that this was a hospital bed and could be cranked up in such a way. She was wearing one of her high-necked maidenly gowns, and her face had a pallor that was like flour paste.
Aubrey was beside her in his wheelchair, pushed as close to the bed as he could get. Instead of the nondescript open-necked shirts he usually wore, he was wearing a jacket and tie. His nattylooking tweed hat was resting on the bed.
He looked as if he had been out on important business.
Whatever he’d been doing, he looked worn out by it. He, too, was gray in the face.
They both looked up at Grant with a stony grief-ridden apprehension that turned to relief, if not to welcome, when they saw who he was. Not who they thought he’d be. They were hanging on to each other’s hands and they did not let go.
The hat on the bed. The jacket and tie.
It wasn’t that Aubrey had been out.
It wasn’t a question of where he’d been or whom he’d been to see. It was where he was going.
Grant set the book down on the bed beside Fiona’s free hand.
“It’s about Iceland,” he said. “I thought maybe you’d like to look at it.”
“Why, thank you,” said Fiona. She didn’t look at the book.
“Iceland,” he said.
She said, “Ice-land.” The first syllable managed to hold a tinkle of interest, but the second fell flat. Anyway, it was necessary for her to turn her attention
back to Aubrey, who was pulling his great thick hand out of hers.
“What is it?” she said. “What is it, dear heart?”
Grant had never heard her use this flowery expression before.
“Oh all right,” she said. “Oh here.”
And she pulled a handful of tissues from the box beside her bed. Aubrey had begun to weep.
“Here. Here,” she said, and he got hold of the Kleenex as well as he could and made a few awkward but lucky swipes at his face. While he was occupied, Fiona turned to Grant.
“Do you by any chance have any influence around here?” she said in a whisper.
“I’ve seen you talking to them . . .”
Aubrey made a noise of protest or weariness or disgust. Then his upper body pitched forward as if he wanted to throw himself against her. She scrambled half out of bed and caught him and held on to him. It seemed improper for Grant to help her.
“Hush,” Fiona was saying. “Oh, honey. Hush. We’ll get to see each other. We’ll have to. I’ll go and see you. You’ll come and see me.”
Aubrey made the same sound again with his face in her chest and there was nothing Grant could decently do but get out of the room.
“I just wish his wife would hurry up and get here,” Kristy said when he ran into her. “I wish she’d get him out of here and cut the agony short. We’ve got to start serving supper before long and how are we supposed to get her to swallow anything with him still hanging around?”
Grant said, “Should I stay?”
“What for? She’s not sick, you know.”
“To keep her company,” he said.
Kristy shook her head.
“They have to get over these things on their own. They’ve got short memories, usually. That’s not always so bad.”
Grant left without going back to Fiona’s room. He noticed that the wind was actually warm and the crows were making an uproar. In the parking lot a woman wearing a tartan pants suit was getting a folded-up wheelchair out of the trunk of her car.
FIONA did not get over her sorrow.
She didn’t eat at mealtimes, though she pretended to, hiding food in her napkin. She was being given a supplementary drink twice a day—someone stayed and watched while she swallowed it down. She got out of bed and dressed herself, but all she wanted to do then was sit in her room. She wouldn’t have had any exercise at all if Kristy, or Grant during visiting hours, hadn’t walked her up and down in the corridors or taken her outside. Weeping had left her eyes raw-edged and dim. Her cardigan—if it was hers—would be buttoned crookedly. She had not got to the stage of leaving her hair unbrushed or her nails uncleaned, but that might come soon. Kristy said that her muscles were deteriorating, and that if she didn’t improve they would put her on a walker.
“But, you know, once they get a walker they start to depend on it and they never walk much anymore, just get wherever it is they have to go,” she said to Grant. “You’ll have to work at her harder. Try to encourage her.”
But Grant had no luck at that. Fiona seemed to have taken a dislike to him, though she tried to cover it up. Perhaps she was reminded, every time she saw him, of her last minutes with Aubrey, when she had asked him for help and he hadn’t helped her.
He didn’t see much point in mentioning their marriage now.
The supervisor called him in to her office. She said that Fiona’s weight was going down even with the supplement.
“The thing is, I’m sure you know, we don’t do any prolonged bed care on the first floor. We do it temporarily if someone isn’t feeling well, but if they get too weak to move around and be responsible we have to consider upstairs.”
He said he didn’t think that Fiona had been in bed that often.
“No. But if she can’t keep up her strength she will be. Right now she’s borderline.”
Grant said that he had thought the second floor was for people whose minds were disturbed.
“That, too,” she said.
THE street Grant found himself driving down was called Blackhawks Lane. The houses all looked to have been built around the same time, perhaps thirty or forty years ago. The street was wide and curving and there were no sidewalks. Friends of Grant and Fiona’s had moved to places something like this when they began to have their children, and young families still lived here. There were basketball hoops over garage doors and tricycles in the driveways. Some of the houses had gone downhill. The yards were marked by tire tracks, the windows plastered with tinfoil or hung with faded flags.
But a few seemed to have been kept up as well as possible by the people who had moved into them when they were new—people who hadn’t had the money or perhaps hadn’t felt the need to move on to some place better.
The house that was listed in the phone book as belonging to Aubrey and his wife was one of these. The front walk was paved with flagstones and bordered by hyacinths that stood as stiff as china flowers, alternately pink and blue.
He hadn’t remembered anything about Aubrey’s wife except the tartan suit he had seen her wearing in the parking lot.
The tails of the jacket had flared open as she bent into the trunk of the car. He had got the impression of a trim waist and wide buttocks.
She was not wearing the tartan suit today. Brown belted slacks and a pink sweater. He was right about the waist—the tight belt showed she made a point of it. It might have been better if she didn’t, since she bulged out considerably above and below.
She could be ten or twelve years younger than her husband. Her hair was short, curly, artificially reddened.
She had blue eyes—a lighter blue than Fiona’s—a flat robin’s-egg or turquoise blue, slanted by a slight puffiness. And a good many wrinkles, made more noticeable by a walnut-stain makeup. Or perhaps that was her Florida tan.
He said that he didn’t quite know how to introduce himself.
“I used to see your husband at Meadowlake. I’m a regular visitor there myself.”
“Yes,” said Aubrey’s wife, with an aggressive movement of her chin.
“How is your husband doing?”
The “doing” was added on at the last moment.
“He’s O.K.,” she said.
“My wife and he struck up quite a close friendship.”
“I heard about that.”
“I wanted to talk to you about something if you had a minute.”
“My husband did not try to start anything with your wife if that’s what you’re getting at,” she said. “He did not molest her. He isn’t capable of it and he wouldn’t anyway. From what I heard it was the other way round.”
Grant said, “No. That isn’t it at all. I didn’t come here with any complaints about anything.”
“Oh,” she said. “Well, I’m sorry. I thought you did. You better come in then. It’s blowing cold in through the door. It’s not as warm out today as it looks.
So it was something of a victory for him even to get inside. She took him past the living room, saying, “We’ll have to sit in the kitchen, where I can hear Aubrey.”
Grant caught sight of two layers of front-window curtains, both blue, one sheer and one silky, a matching blue sofa and a daunting pale carpet, various bright mirrors and ornaments. Fiona had a word for those sort of swooping curtains—she said it like a joke, though the women she’d picked it up from used it seriously. Any room that Fiona fixed up was bare and bright. She would have deplored the crowding of all this fancy stuff into such a small space. From a room off the kitchen—a sort of sunroom, though the blinds were drawn against the afternoon brightness—he could hear the sounds of television.
The answer to Fiona’s prayers sat a few feet away, watching what sounded like a ballgame. His wife looked in at him.
She said, “You O.K.?” and partly closed the door.
“You might as well have a cup of coffee,” she said to Grant. “My son got him on the sports channel a year ago Christmas. I don’t know what we’d do without it.”

¿Por qué dice “mi hijo” y no “nuestro hijo” especialmente si está hablando de su padre?

On the kitchen counters there were all sorts of contrivances and appliances—coffeemaker, food processor, knife sharpener, and some things Grant didn’t know the names or uses of. All looked new and expensive, as if they had just been taken out of their wrappings, or were polished daily.
He thought it might be a good idea to admire things. He admired the coffeemaker she was using and said that he and Fiona had always meant to get one.
This was absolutely untrue—Fiona had been devoted to a European contraption that made only two cups at a time.
“They gave us that,” she said. “Our son and his wife. They live in Kamloops. B.C. They send us more stuff than we can handle. It wouldn’t hurt if they would spend the money to come and see us instead.”

Para lamentarse y hacer una crítica sí dice “nuestro” hijo e incluye a su esposa

Grant said philosophically, “I suppose they’re busy with their own lives.”
“They weren’t too busy to go to Hawaii last winter. You could understand it if we had somebody else in the family, closer at hand. But he’s the only one.”
She poured the coffee into two brown-and-green ceramic mugs that she took from the amputated branches of a ceramic tree trunk that sat on the table.
“People do get lonely,” Grant said.
He thought he saw his chance now. “If they’re deprived of seeing somebody they care about, they do feel sad. Fiona, for instance. My wife.”

Pero eso es justo lo que hizo él: dejar a su esposa en una residencia, privarle de su compañía y atenciones. No está claro si ella ingresó por propia voluntad o tuvo que resignarse a esa suerte por no tener a nadie que quisiera hacerse cargo de ella

“I thought you said you went and visited her.”
“I do,” he said. “That’s not it.”
Then he took the plunge, going on to make the request he’d come to make.
Could she consider taking Aubrey back to Meadowlake, maybe just one day a week, for a visit? It was only a drive of a few miles. Or if she’d like to take the time off—Grant hadn’t thought of this before and was rather dismayed to hear himself suggest it—then he himself could take Aubrey out there, he wouldn’t mind at all. He was sure he could manage it.


¿Por qué lo hace? ¿Porque sabe que Fiona se está dejando morir y no tendría la conciencia tranquila si le ocurriese algo? ¿Lo hace porque de veras ella le importa?

While he talked she moved her closed lips and her hidden tongue as if she were trying to identify some dubious flavor. She brought milk for his coffee and a plate of ginger cookies.
“Homemade,” she said as she set the plate down. There was challenge rather than hospitality in her tone. She said nothing more until she had sat down, poured milk into her coffee, and stirred it.
Then she said no.
“No. I can’t do that. And the reason is, I’m not going to upset him.”


Interesante. Ella se niega y la razón que alega no es personal. Sostiene que las visitas perjudicarían a su marido. ¿De verdad, cuenta aquí para alguien la opinión y los sentimientos de los pacientes? Todos aseguran saber lo que es mejor para ellos, como si hubieran vuelto a la infancia y sus cónyuges se hubieran convertido en sus tutores.

“Would it upset him?” Grant said earnestly.
“Yes, it would. It would. That’s no way to do. Bringing him home and taking him back. That would just confuse him.”
“But wouldn’t he understand that it was just a visit? Wouldn’t he get into the pattern of it?”
“He understands everything all right.”



¿Por qué los tratan como enfermos mentales?
Han perdido autonomía pero entienden lo que les pasa y pueden tomar sus propias decisiones.]

She said this as if he had offered an insult to Aubrey. “But it’s still an interruption. And then I’ve got to get him all ready and get him into the car, and he’s a big man, he’s not so easy to manage as you might think. I’ve got to maneuver him into the car and pack his chair and all that and what for? If I go to all that trouble I’d prefer to take him someplace that was more fun.”

Ella entorna la puerta para que su marido no participe en la conversación pero se siente ofendida cuando Grant le sugiere que igual ella está equivocada y que a Aubrey no le perjudicaría la visita a su esposa
¿Hasta dónde eres capaz de llegar para conseguir tu propósito, Grant?
¿Por qué ella no le pregunta por su esposa?
"Preferiría llevarlo a un sitio más divertido." Con este último comentario confirma que la decisión la toma pensando en sus propios intereses, no en los de su marido 

But even if I agreed to do it?” Grant said, keeping his tone hopeful and reasonable.
“It’s true, you shouldn’t have the trouble.”


¿Convienen que el paciente es un problema? No la enfermedad, el paciente. 

“You couldn’t,” she said flatly. “You don’t know him. You couldn’t handle him. He wouldn’t stand for you doing for him. All that bother and what would he get out of it?”
Grant didn’t think he should mention Fiona again.
“It’d make more sense to take him to the mall,” she said. “Or now the lake boats are starting to run again, he might get a charge out of going and watching that.”
She got up and fetched her cigarettes and lighter from the window above the sink.
“You smoke?” she said.
He said no, thanks, though he didn’t know if a cigarette was being offered.
“Did you never? Or did you quit?”
“Quit,” he said.
“How long ago was that?”
He thought about it.
“Thirty years. No—more.”
He had decided to quit around the time he started up with Jacqui. But he couldn’t remember whether he quit first, and thought a big reward was coming to him for quitting, or thought that the time had come to quit, now that he had such a powerful diversion.
“I’ve quit quitting,” she said, lighting up. “Just made a resolution to quit quitting, that’s all.”
Maybe that was the reason for the wrinkles. Somebody—a woman—had told him that women who smoked developed a special set of fine facial wrinkles. But it could have been from the sun, or just the nature of her skin—her neck was noticeably wrinkled as well. Wrinkled neck, youthfully full and uptilted breasts. Women of her age usually had these contradictions. The bad and good points, the genetic luck or lack of it, all mixed up together. Very few kept their beauty whole, though shadowy, as Fiona had done. And perhaps that wasn’t even true. Perhaps he only thought that because he’d known Fiona when she was young.
When Aubrey looked at his wife did he see a high-school girl full of scorn and sass, with a tilt to her blue eyes, pursing her fruity lips around a forbidden cigarette?
“So your wife’s depressed?” Aubrey’s wife said. “What’s your wife’s name? I forget.”
“It’s Fiona.”
“Fiona. And what’s yours? I don’t think I was ever told that.”
Grant said, “It’s Grant.”
She stuck her hand out unexpectedly across the table.
“Hello, Grant. I’m Marian.”
“So now we know each other’s names,” she said, “there’s no point in not telling you straight out what I think. I don’t know if he’s still so stuck on seeing your—on seeing Fiona. Or not. I don’t ask him and he’s not telling me. Maybe just a passing fancy. But I don’t feel like taking him back there in case it turns out to be more than that. I can’t afford to risk it. I don’t want him upset and carrying on. I’ve got my hands full with him as it is. I don’t have any help. It’s just me here. I’m it.”
“Did you ever consider—I’m sure it’s very hard for you—”Grant said. “Did you ever consider his going in there for good?”
He had lowered his voice almost to a whisper but she did not seem to feel a need to lower hers.
“No,” she said. “I’m keeping him right here.”
Grant said, “Well. That’s very good and noble of you.” He hoped the word “noble” had not sounded sarcastic. He had not meant it to be.
“You think so?” she said. “Noble is not what I’m thinking about.”
“Still. It’s not easy.”
“No, it isn’t. But the way I am, I don’t have much choice. I don’t have the money to put him in there unless I sell the house. The house is what we own outright. Otherwise I don’t have anything in the way of resources. Next year I’ll have his pension and my pension, but even so I couldn’t afford to keep him there and hang on to the house. And it means a lot to me, my house does.”


La posesión de una casa significa más para ella que su marido. No es que quiera lo mejor para él, es que no quiere poner en riesgo su única propiedad. Una auténtica negociación.
Y bien Grant, ¿qué está dispuesto a ofrecer?

“It’s very nice,” said Grant.
“Well, it’s all right. I put a lot into it. Fixing it up and keeping it up. I don’t want to lose it.”
“No. I see your point.”
“The company left us high and dry,” she said. “I don’t know all the ins and outs of it but basically he got shoved out. It ended up with them saying he owed them money and when I tried to find out what was what he just went on saying it’s none of my business.
What I think is he did something pretty stupid. But I’m not supposed to ask so I shut up. You’ve been married. You are married. You know how it is. And in the middle of me finding out about this we’re supposed to go on this trip and can’t get out of it. And on the trip he takes sick from this virus you never heard of and goes into a coma. So that pretty well gets him off the hook.”
Grant said, “Bad luck.”
“I don’t mean he got sick on purpose. It just happened. He’s not mad at me anymore and I’m not mad at him. It’s just life. You can’t beat life.”


¿Enfermar a propósito? ¿Cuentas pendientes en el matrimonio que se callan porque ahora él está enfermo y su vida corre peligro? Considera la enfermedad como un castigo

She flicked her tongue in a cat’s business like way across her top lip, getting the cookie crumbs. “I sound like I’m quite the philosopher, don’t I? They told me out there you used to be a university professor.”
“Quite a while ago,” Grant said.
“I bet I know what you’re thinking,” she said. “You’re thinking there’s a mercenary type of a person.”
“I’m not making judgments of that sort. It’s your life.”
“You bet it is.”
He thought they should end on a more neutral note. So he asked her if her husband had worked in a hardware store in the summers, when he was going to school.
“I never heard about it,” she said. “I wasn’t raised here.”
GRANT realized he’d failed with Aubrey’s wife. Marian. He had thought that what he’d have to contend with would be a woman’s natural sexual jealousy—or her resentment, the stubborn remains of sexual jealousy. He had not had any idea of the way she might be looking at things. And yet in some depressing way the conversation had not been unfamiliar to him. That was because it reminded him of conversations he’d had with people in his own family. His relatives, probably even his mother, had thought the way Marian thought. Money first. They had believed that when other people did not think that way it was because they had lost touch with reality. That was how Marian would see him, certainly. A silly person, full of boring knowledge and protected by some fluke from the truth about life. A person who didn’t have to worry about holding on to his house and could go around dreaming up the fine generous schemes that he believed would make another person happy. What a jerk, she would be thinking now.
Being up against a person like that made him feel hopeless, exasperated, finally almost desolate. Why? Because he couldn’t be sure of holding on to himself, against people like that? Because he was afraid that in the end they were right?
Yet he might have married her. Or some girl like that. If he’d stayed back where he belonged. She’d have been appetizing enough. Probably a flirt. The fussy way she had of shifting her buttocks on the kitchen chair, her pursed mouth, a slightly contrived air of menace—that was what was left of the more or less innocent vulgarity of a small-town flirt.
She must have had some hopes when she picked Aubrey. His good looks, his salesman’s job, his white-collar expectations. She must have believed that she would end up better off than she was now. And so it often happened with those practical people. In spite of their calculations, their survival instincts, they might not get as far as they had quite reasonably expected. No doubt it seemed unfair.
IN the kitchen the first thing he saw was the light blinking on his answering machine. He thought the same thing he always thought now.
Fiona. He pressed the button before he took his coat off.
“Hello, Grant. I hope I got the right person. I just thought of something. There is a dance here in town at the Legion supposed to be for singles on Saturday night and I am on the lunch committee, which means I can bring a free guest. So I wondered whether you would happen to be interested in that? Call me back when you get a chance.”
A woman’s voice gave a local number.
Then there was a beep and the same voice started talking again.
“I just realized I’d forgotten to say who it was. Well, you probably recognized the voice. It’s Marian. I’m still not so used to these machines. And I wanted to say I realize you’re not a single and I don’t mean it that way. I’m not either, but it doesn’t hurt to get out once in a while. If you are interested you can call me and if you are not you don’t need to bother. I just thought you might like the chance to get out. It’s Marian speaking. I guess I already said that. O.K. then. Goodbye.”
Her voice on the machine was different from the voice he’d heard a short time ago in her house. Just a little different in the first message, more so in the second. A tremor of nerves there, an affected nonchalance, a hurry to get through and a reluctance to let go.
Something had happened to her. But when had it happened? If it had been immediate, she had concealed it very successfully all the time he was with her. More likely it came on her gradually, maybe after he’d gone away. Not necessarily as a blow of attraction. Just the realization that he was a possibility, a man on his own. More or less on his own. A possibility that she might as well try to follow up.
But she’d had the jitters when she made the first move. She had put herself at risk. How much of herself he could not yet tell. Generally a woman’s vulnerability increased as time went on, as things progressed. All you could tell at the start was that if there was an edge of it then, there’d be more later. It gave him a satisfaction—why deny it?—to have brought that out in her. To have roused something like a shimmer, a blurring, on the surface of her personality.
To have heard in her testy broad vowels this faint plea. He set out the eggs and mushrooms to make himself an omelette. Then he thought he might as well pour a drink. Anything was possible. Was that true—was anything possible?
For instance, if he wanted to, would he be able to break her down, get her to the point where she might listen to him about taking Aubrey back to Fiona? And not just for visits but for the rest of Aubrey’s life. And what would become of him and Marian after he’d delivered Aubrey to Fiona?
Marian would be sitting in her house now, waiting for him to call. Or probably not sitting. Doing things to keep herself busy. She might have fed Aubrey while Grant was buying the mushrooms and driving home. She might now be preparing him for bed. But all the time she would be conscious of the phone, of the silence of the phone. Maybe she would have calculated how long it would take Grant to drive home. His address in the phone book would have given her a rough idea of where he lived. She would calculate how long, then add to that the time it might take him to shop for supper (figuring that a man alone would shop every day). Then a certain amount of time for him to get around to listening to his messages. And as the silence persisted she’d think of other things. Other errands he might have had to do before he got home. Or perhaps a dinner out, a meeting that meant he would not get home at suppertime at all.
What conceit on his part. She was above all things a sensible woman. She would go to bed at her regular time thinking that he didn’t look as if he’d be a decent dancer anyway. Too stiff, too professorial.
He stayed near the phone, looking at magazines, but he didn’t pick it up when it rang again.
“Grant. This is Marian. I was down in the basement putting the wash in the dryer and I heard the phone and when I got upstairs whoever it was had hung up. So I just thought I ought to say I was here. If it was you and if you are even home. Because I don’t have a machine, obviously, so you couldn’t leave a message. So I just wanted. To let you know.” The time was now twenty-five after ten.
“Bye.”
He would say that he’d just got home. There was no point in bringing to her mind the picture of his sitting here weighing the pros and cons.
Drapes. That would be her word for the blue curtains—drapes. And why not? He thought of the ginger cookies so perfectly round that she had to announce they were homemade, the ceramic coffee mugs on their ceramic tree, a plastic runner, he was sure, protecting the hall carpet. A high-gloss exactness and practicality that his mother had never achieved but would have admired—was that why he could feel this twinge of bizarre and unreliable affection? Or was it because he’d had two more drinks after the first?
The walnut-stain tan—he believed now that it was a tan—of her face and neck would most likely continue into her cleavage, which would be deep, crêpey-skinned, odorous and hot. He had that to think of as he dialled the number that he had already written down. That and the practical sensuality of her cat’s tongue. Her gemstone eyes.
FIONA was in her room but not in bed. She was sitting by the open window, wearing a seasonable but oddly short and bright dress. Through the window came a heady warm blast of lilacs in bloom and the spring manure spread over the fields.
She had a book open in her lap.
She said, “Look at this beautiful book I found. It’s about Iceland. You wouldn’t think they’d leave valuable books lying around in the rooms. But I think they’ve got the clothes mixed up—I never wear yellow.”
“Fiona,” he said.
“Are we all checked out now?” she said. He thought the brightness of her voice was wavering a little. “You’ve been gone a long time.”
“Fiona, I’ve brought a surprise for you. Do you remember Aubrey?”
She stared at Grant for a moment, as if waves of wind had come beating into her face. Into her face, into her head, pulling everything to rags. All rags and loose threads.
“Names elude me,” she said harshly.
Then the look passed away as she retrieved, with an effort, some bantering grace. She set the book down carefully and stood up and lifted her arms to put them around him. Her skin or her breath gave off a faint new smell, a smell that seemed to Grant like green stems in rank water.
“I’m happy to see you,” she said, both sweetly and formally. She pinched his earlobes, hard.
“You could have just driven away,” she said. “Just driven away without a care in the world and forsook me. Forsooken me. Forsaken.”
He kept his face against her white hair, her pink scalp, her sweetly shaped skull.
He said, “Not a chance.”
The bear came over the mountain; Alice Munro
Away from her; Sarah Polley
I think I may be beginning to disappear.

You’re not making this decision alone Grant. I’ve already made up my mind.

We also have a policy that our new residents can’t receive visitors or take phone calls for the first thirty days. To give the resident time to adjust.

But most people need that time to get settled in. Before we had the rule in place, they’d often forget over and over again why they were being left here.
Whereas we find,if they have a month to adjust,they end up happys as clams.
Meadowlake’s their home then. After that, it’s perfectly fine for them to take a little visit home every now and then. Of course, that doesn’t apply to the ones on the second floor. It’s too difficult, and they don’t know where they are anyway.

FIONA
What are these Grant?
GRANT
They’re the... The forms to fill out. If you decide to go to Meadowlake.
She looks frustrated.
FIONA
But that is exactly what I have decided. You were to go and sign these forms. And leave them there.
Is it cold? Is it dark?
Grant and Fiona drive in silence. “Harvest Moon” continues to
play. Fiona spots something just off the road.
FIONA
Oh. Remember?

Grant looks and sees the little hollow where they walked in the spring. The bright yellow flowers are gone. Now it is covered in snow. Grant smiles at her. Looks ahead. It’s all he can do to not turn the car around.
FIONA
You look surprised Grant.
GRANT
Not surprised. Just grateful. I’m grateful you can remember that.

So I’ll leave you then, you can entertain yourself? It must all seem strange to you, but you’ll be surprised how soon you get used to it. You’ll get to know who everybody is. Except that some of them are pretty well off in the clouds, you know - you can’t expect them all to get to know who you are.

You always said, there ought to be one place you thought about and knew about and maybe even longed for - but never did get to see.

When he was not very old or even retired he suffered some unusual kind of damage. They just went on holiday somewhere and he got something, like some bug, that gave him a terrible high fever? And it put him in a coma and left him like he is now.
Between you and me I wouldn’t be surprised if it had something to do with that weed killer. His wife is the one takes care of him usually. She takes care of him at home. She just put him in here on temporary care so she could get a break. Her sister wanted her to go to Florida.

You’ve been good to me Grant. We had nothing to tie us down Grant.
You could have just driven away and forsaken me. But you didn’t. And I thank you for that.

The company left us high and dry.
Basically he got shoved out. It ended up with them saying he owed them money and when I tried to find out what was what he just went on saying it’s none of my business.
What I think is he was doing...well he was pretty stupid. But I’m not supposed to ask so I shut up.
You’ve been married. You are married. You know how it is. And in the middle of all this we’re supposed to go on this trip with these people and can’t get out of it. And on the trip he takes sick from this virus you’ve never heard of and goes into a coma. So that pretty well gets him off the hook.

You could have just driven away.
Just driven away without a care in the world and forsook me. Forsooken me. Forsaken.

GRANT
Not a chance.

Abriendo al azar, por capricho, sin ningún propósito, los diarios de Ernst Jünger, encuentro esta anotación que hizo en París el 24 de febrero de 1943:
“Hay un morir que es peor que la muerte: consiste en que una persona amada vaya matando dentro de sí la imagen con la que vivíamos en su interior. En esa persona nos extinguimos”.
Lo que se apaga, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 28 de octubre de 2010]

El cine que no inventa, el que indaga en lo real, en este caso los lugares inseguros y dolorosos de la memoria familiar: Stories We Tell, un documental de la gran Sarah Polley, que ya dirigió aquella adaptación impecable de un cuento de Alice Munro, Away from Her, con Julie Christie, bellísima en sus setenta años, con los ojos azules, el perfil y la sonrisa intactos, la mirada de inteligencia y dulzura. Esta vez Sarah Polley hace un retrato familiar en el que se contiene una revelación estremecedora, hermosa y triste a partes iguales, que yo no voy a desvelar. Lo que se recuerda, lo que se ha olvidado, lo que nunca se supo y se descubre al cabo de muchos años, lo que se calla, lo que se dice. El talento de narrar sin inventar lo novelesco de la vida.
Historias que se cuentan, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 15 de mayo de 2013]


Away from Her written by Sarah Polley
Based on the short story "The Bear Came over the Mountain" by Alice Munro


The Bear Came over the Mountain by Alice Munro 
The New Yorker, December 27, 1999 - January 3, 2000




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