viernes, 6 de septiembre de 2013

Una voz no impostada



Su alegría presente resultaba de toda la desgracia, de todo el enojo que hallaba en la vida complicada de las cortes.
-Pues bien, eso me echa a perder todo lo demás -replicó Fabricio con una ingenuidad que, en la corte, resultaba graciosísima-; me hubiera gustado mucho más verlos condenados por magistrados íntegros e imparciales.
-Hágame el favor, ya que usted viaja para instruirse, de darme las señas de esos magistrados; las apuntaré antes de acostarme.
-Si yo fuera ministro, esta carencia de jueces honrados heriría mi amor propio.
-Pero me parece -replicó el conde-, que Vuestra Excelencia, que tanto quiere a los franceses y que hasta les prestó una vez la ayuda de su invencible brazo, olvida en este momento una de sus grandes máximas: más vale matar al diablo que no que el diablo nos mate. Yo quisiera ver cómo iba usted a gobernar a esas almas ardientes que leen todo el día la Revolución de Francia, con jueces que echaran a la calle a los que yo acuso. […]
-Él es de una inocencia verdaderamente primitiva -dijo el conde a la duquesa-. Y ¿qué habría sido de Vuestra Excelencia -siguió diciendo entre risas-, si cuando galopaba en su caballo prestado, se le ocurre al animal dar un tropezón?
Pues derechito al Spielberg, querido sobrino mío, y toda mi influencia apenas si hubiera sido bastante para disminuir en treinta libras el peso de la cadena atada a vuestros pies. En ese lugar de recreo hubiera usted pasado unos diez añitos; quizá las piernas se le hubieran hinchado y gangrenado, en cuyo caso habría habido que cortarlas... […]
-Es que estamos rodeados de sucesos trágicos replicó el conde con emoción también; no estamos aquí en Francia, en donde todo acaba en coplas o en un par de años de cárcel a lo sumo; realmente hago mal en hablar en broma de todo esto. Y ¿qué?, querido sobrino, supongamos que encuentro el medio de hacerle a usted obispo, porque .en verdad no puedo empezar por el arzobispado de Parma, como quiere, con mucha razón, la señora duquesa aquí presente; en ese obispado, lejos de nuestros sabios consejos, diga, diga, a ver, ¿cuál será su política?
Siempre los viles Sanchos vencerán a la larga a los sublimes Quijotes. Si usted consiente en no hacer nada de extraordinario, no dudo que será usted un obispo muy respetado, ya que no muy respetable. Sin embargo, mi observación la mantengo: Vuestra Excelencia se ha conducido con ligereza en el asunto del caballo; ha estado a dos dedos de una prisión eterna.
Estas palabras hicieron temblar a Fabricio, quien quedó sumido en una profunda estupefacción. ¿Será ésta, pensaba, la prisión que me amenaza? ¿Es ése el crimen que no debía cometer? Las predicciones de Blanes, de las que se burlaba como profecías, tomaban para él toda la importancia de verdaderos presagios.
¿Hubiera debido darle un tiro al criado que llevaba de la diestra el caballo flaco? Su razón le decía que sí, pero su corazón no podía acostumbrarse a la imagen ensangrentada del hermoso joven cayendo al suelo, desfigurado.
No he variado, pensaba; fuéronse todas aquellas hermosas resoluciones que formé a orillas del lago, cuando miraba la vida con mirada filosófica. Mi alma estaba entonces fuera de su asiento ordinario; todo aquello era un sueño que desaparece ante la realidad austera. Ahora sería el momento de entrar en acción, pensó Fabricio al volver hacia las once de la noche al palacio Sanseverina. Pero en vano buscó en su corazón el valor de hablar con aquella sublime sinceridad que tan fácil le parecía la noche que pasó a orilla del lago de Como. Voy a disgustar a quien más quiero en el mundo; si hablo, pareceré un cómico malo; realmente no valgo sino en ciertos momentos de exaltación.
-Diríase que buscas pretextos para estar lejos de mí -dijo luego, con extremada ternura-, apenas de regreso de Belgirate, encuentras un motivo para volverte a ir.
Buena ocasión para hablar, pensó Fabricio. Pero allá en el lago, estaba algo loco: no me di cuenta, en el entusiasmo de la sinceridad, de que mi discursito termina en una impertinencia. Habría que decir: Te amo con el cariño más fiel y devoto, etc., pero mi alma no es capaz de amor. Y eso, ¿no es como decir: estoy viendo que sientes amor hacia mí, pero ¡cuidado!, no puedo corresponderte? Si en efecto me ama, podrá molestar a la duquesa que yo haya descubierto su amor, y si no siente hacia mí más que una sencillísima amistad, se indignará de mi impudor... Y estas ofensas son de las que no se perdonan.
Le dije que sabía, mejor que él, que no había habido altas recomendaciones en favor de del Dongo, que nadie en mi corte le negaba capacidad, que no se hablaba demasiado mal de sus costumbres, pero que temía que fuese capaz de entusiasmo y que me había jurado no elevar a los puestos preeminentes a locos de ese género, con los que un príncipe nunca está seguro de nada. Entonces siguió diciendo Su Alteza tuve que aguantar un discurso patético casi tan largo como el primero; el arzobispo elogiaba el entusiasmo por la casa de Dios. Torpe, pensaba yo, te pierdes, estás dañando al nombramiento que casi estaba ya concedido; debieras terminar ya y darme las gracias más efusivas. Pero nada; continuaba su homilía con ridícula intrepidez. Yo busqué una contestación que no fuera muy desfavorable al pequeño del Dongo. La encontré, y bastante feliz, como va usted a ver: Monseñor, le dije, Pío IV fue un gran Papa y un gran santo; entre todos los soberanos sólo él se atrevió a decir no al tirano a cuyos pies yacía Europa. Pues bien; era susceptible de entusiasmo, lo que le llevó, siendo obispo de Imola, a escribir aquella famosa pastoral del ciudadano cardenal Chiaramonti, en favor de la república cisalpina.
Mi pobre arzobispo se quedó estupefacto, y para acabar de dejarlo atónito, le dijo en tono muy serio: Adiós, monseñor; me tomo veinticuatro horas para pensar en vuestra proposición. El pobre hombre ha añadido algunas súplicas, mal pergeñadas e inoportunas, después de haberle dicho yo adiós. Ahora, conde Mosca della Rovere, ruego a usted que diga a la duquesa que no quiero retrasar veinticuatro horas algo que pueda serle agradable. Siéntese, y escriba al arzobispo la carta de aprobación que concluye este asunto. He escrito la carta, la ha firmado y me ha dicho: Llévela al instante a la señora duquesa. He aquí la carta, señora, que ha proporcionado un pretexto para tener la felicidad de volver a ver a usted esta noche.
La duquesa leyó la carta radiante de alegría. Durante el largo relato del conde, Fabricio había tenido tiempo de reponerse; no pareció extrañarse de este incidente y tomó la cosa como un verdadero señor, que ha creído siempre, naturalmente, que tenía derecho a estos extraordinarios ascensos, a esos golpes de suerte que sacarían de sus casillas a un burgués cualquiera; habló de su gratitud en muy buenos términos, y acabó diciendo:
-Un buen cortesano debe halagar la pasión dominante; ayer manifestaba usted el temor de que sus obreros de Sanguigna roben los fragmentos de estatuas antiguas que pueden descubrir. A mí me gustan mucho las excavaciones. Si quiere usted permitirlo, iré a ver a los obreros. Mañana por la noche, después de dar las gracias al príncipe y al arzobispo, partiré para Sanguigna.
Y, por último, desde hace diez años alimenta un odio profundo hacia el obispo de Plasencia, que tiene la pública pretensión de sucederle en la Sede de Parma y que, además es hijo de un molinero. Con el fin de asegurarse esa sucesión, el obispo de Plasencia ha anudado estrechísimas relaciones con la marquesa Raversi
La presencia del peligro da genio al hombre razonable, elevándolo, por decirlo así, por encima de sí mismo; pero al hombre de imaginación le inspira escenas de novela, audaces, ciertamente, pero a menudo absurdas.
No me falta valor contra los cómicos, pero los empleados que usan alhajas de cobre me ponen fuera de mí; con esta idea haré un soneto graciosísimo para la duquesa.
-Pues bien, amigos míos -replicó Fabricio sin vacilar-, soy desgraciado y necesito vuestra ayuda. Ante todo, en mi asunto no hay nada de política; sencillamente he matado a un hombre, que quería asesinarme porque hablaba con su amante.
Fabricio pidió perdón a Dios de muchas cosas. Pero lo notable es que no se le ocurrió contar entre sus faltas el proyecto de ser arzobispo por la protección del conde Mosca, primer ministro, quien pensaba que esa dignidad y la gran existencia que proporciona convenían al sobrino de la duquesa. Ese puesto lo había deseado sin pasión, es verdad, pero había pensado en él, exactamente como en un puesto de ministro o de general. No le vino a las mientes que su conciencia podía estar interesada en ese proyecto de la duquesa. Éste es un rasgo notable de la religión, que había aprendido con los jesuitas milaneses. Esta religión quita valor para pensar en las cosas habituales y prohíbe sobre todo el examen personal, como el más grande pecado, como un paso hacia el protestantismo. Para saber cuáles son las culpas de uno, hay que preguntárselo al cura o leer la lista de los pecados, tal como se encuentra impresa en los libros llamados: Preparación para el Sacramento de la penitencia. Fabricio se sabía de memoria la lista de los pecados escrita en latín; la había aprendido en la academia eclesiástica de Nápoles. Así, al recitar esa lista, llegado que fue al artículo muerte, se había acusado ante Dios de haber matado a un hombre, si bien en defensa de su vida. Había pasado, rápidamente, sin prestar la menor atención, por los diferentes artículos relativos al pecado de simonía (adquirir por dinero las dignidades eclesiásticas). [Ejercicio saludable del examen de conciencia]
pero aunque no carecía ni de talento ni sobre todo de lógica, no se le ocurrió ni una sola vez que la influencia del conde Mosca, empleada en favor suyo, fuese simonía. Este es el triunfo de la educación jesuítica; acostumbra a no prestar atención a cosas más claras que el día. Un francés, educado en medio de los personales intereses y de la ironía parisiense, hubiera podido, sin mala fe, acusar a Fabricio de hipocresía, en el instante mismo en que nuestro héroe abría su alma a Dios con la mayor sinceridad y la más profunda emoción […]
En las cortes despóticas, el primer intrigante hábil dispone de la verdad, como en París dispone de ella la moda.
-Pero ¡qué diablo! -decía el príncipe al arzobispo-, esas cosas se mandan hacer a otro; hacerlas uno mismo, no es costumbre; y, además, a un Giletti no se le mata, se le compra.
[¿El conde Mosca ha comprado a Giletti?]
Fabricio no sospechaba en manera alguna lo que en Parma ocurría. En realidad tratábase de saber si la muerte de ese comediante, que ganaba en vida treinta y dos francos al mes, serviría para derribar al Ministerio y a su jefe, el conde Mosca.
A1 saber la muerte de Giletti, el príncipe, picado por los ademanes de independencia que afectaba la duquesa, había ordenado al fiscal general Rassi que llevase todo este proceso como si se tratara de un liberan. Fabricio, por su parte, creía que un hombre de su rango estaba por encima de las leyes; no calculaba que en los países en donde los grandes nombres nunca son castigados, la intriga lo puede todo, aun contra ellos. Hablaba muchas veces a Ludovico de su inocencia perfecta que pronto habría de ser proclamada; su argumento principal consistía en afirmar que no era culpable.
Lo peor que hay en este negocio es que ningún hombre entendido se ha encargado de las gestiones necesarias para que resplandezca la inocencia de usted y sean impedidos los intentos de sobornar a los testigos. El conde cree que cumple esa misión; pero es demasiado gran señor para descender a ciertos detalles; además, en su calidad de ministro de Policía ha tenido que dar, en los primeros momentos, las más severas órdenes contra usted. En fin, ¿me atreveré a decirlo?, nuestro soberano señor le cree a usted culpable, o por lo menos finge creerlo, y pone alguna irritación en este asunto." (Las palabras que corresponden a nuestro soberano señor y a finge creerlo estaban en griego, y Fabricio agradeció infinitamente al arzobispo el haberse atrevido a escribirlas. Cortó con un cortaplumas esta línea de la carta y la destruyó en seguida.)
-Se las da usted de generoso; pues bien, su hermosa generosidad nos arruina -respondió la vieja furiosa-, perdemos el argumento (la parroquia). Cuando tengamos la enorme desgracia de vernos privadas de la protección de Vuestra Excelencia, ya no nos conocerán en ninguna compañía, todas estarán completas y no encontraremos contrata; por su culpa nos tendremos que morir de hambre. [El mismo argumento vale para él].
Pues bien, pensaba, si me dejo arrastrar algún día por el placer, sin duda vivísimo, de estar bien con esa mujer preciosa que llaman la duquesa Sanseverina, haré exactamente lo que ese imprudente francés que mató la gallina de los huevos de oro. A la duquesa es a quien debo la única ventura que me han hecho experimentar los sentimientos tiernos; mi amistad por ella es mi vida, y sin ella ¿qué soy? Un pobre desterrado […]
Tengo la fortuna de deber a la duquesa la ausencia de todos esos males; además, ella es la que siente hacia mí los arrebatos de cariño que debería yo sentir hacia ella.

Fragmentos seleccionados de La Cartuja de Parma, Stendhal

A Stendhal, contemporáneo de Ingres, lo entusiasmaban por encima de todo la pintura de la escuela de Rafael y las óperas de Mozart, de Cimarosa y de Rossini, y también era muy sensible a la arquitectura, pero jamás escribe como un crítico, ni separa la contemplación del arte de sus pasiones sentimentales ni de sus observaciones sobre los temperamentos humanos o las circunstancias políticas. Más que una guía, dice, lo que aspira a escribir es un recueil de sensations, un relato o un registro de lo más fugaz y también lo más primario, que no es el juicio erudito o pedante, sino la respuesta inmediata, la efusión emocional que despierta igual de intensamente un cuadro que una música, una cara de mujer vista a la luz de los candelabros de un teatro. A punto de morir, el Charles Swann de Proust dice unas palabras en las que Stendhal se habría reconocido: “J’ai beaucoup aimé la vie et j’ai beaucoup aimé les arts”. De vez en cuando, uno conoce a personas que muestran una extrema sensibilidad para la música, la pintura o la poesía, y sin embargo no reparan en lo que está solo un paso más allá de la parcela tapiada de sus especialidades, y se relacionan con grosería o aspereza con los seres humanos reales y con las cosas comunes de la vida. Stendhal es una alerta, un antídoto: es el viajero que se fija en todo, el huésped que advierte y agradece todos los pormenores de la cortesía, el enamorado sin éxito a quien el fracaso no avinagra, ni menos aún le impide seguir admirando el esplendor de las mujeres. Antes que nadie, Stendhal intuyó que en la pintura el tema acabaría volviéndose secundario, y que lo que importa al escribir no es el dominio de una serie variable de modas retóricas, sino la expresión natural de una mirada, de una voz. Una voz no impostada es siempre singular: el único secreto de la originalidad, comprendió muy pronto, en una anotación de su diario cuando tenía poco más de veinte años, era ser tranquilamente, obstinadamente uno mismo.

El vicio Stendhal, Antonio Muñoz Molina [El País, 14 de julio de 2012]

En las incertidumbres de su Diario, Stendhal anotó que la única manera de ser grande era ser uno mismo, y que ese empeño bastaba para distinguir a cualquiera en un mundo en el que todos aspiran a ser exactamente iguales a los demás.

lunes, 2 de septiembre de 2013

¿A qué buscar tan lejos la felicidad?



Me parece que nos llega de Nápoles un hombre de talento, y no me gusta esta raza; un hombre de talento, aunque siga los mejores principios y hasta de buena fe, es siempre por algún lado primo hermano de Voltaire y de Rousseau.
 

-Ruego a Vuestra Alteza Serenísima que me perdone. No sólo leo el diario de Parma, que me parece bastante bien escrito, sino que pienso como él que todo cuanto se ha hecho desde la muerte de Luis XIV en 1715, es a un tiempo mismo un crimen y una tontería. El mayor interés del hombre está en su salvación; sobre este punto no puede haber dos opiniones. Y esa felicidad ha de durar eternamente. Las palabras de libertad, justicia, felicidad del mayor número, son infames y criminales: producen en los espíritus el hábito de la discusión y de la desconfianza. Una cámara de diputados desconfía de eso que esas gentes llaman el ministerio. Y una vez contraída la costumbre fatal de la desconfianza, la debilidad humana la aplica a todo y el hombre llega a desconfiar de la Biblia, de los mandatos de la Iglesia, de la tradición, etc., etc... Y entonces está perdido. Aun cuando esa desconfianza -y es horriblemente falso y criminal decirlo- hacia la autoridad de los príncipes, establecidos por Dios, diese la felicidad en los veinte o treinta años de vida a que puede aspirar cada uno de nosotros, ¿qué es medio siglo o hasta un siglo entero comparado con una eternidad de suplicios?... 


Ahora falta aún averiguar, dijo el príncipe en cuanto estuvo solo, si este hermoso joven es susceptible de entusiasmo; en cuyo caso sería completo... ¿Es posible repetir con más ingenio las lecciones de la tía? Me estaba pareciendo oírla hablar. Si hubiera aquí una revolución, ella sería la que redactase el Monitor, como hizo la San Felice en Nápoles. Pero la San Felice, a pesar de sus veinticinco años y de su belleza, fue un tanto ahorcada. ¡Aviso a las mujeres de talento! Al creer que Fabricio era discípulo de su tía, equivocábase el príncipe: los hombres de talento que nacen en un trono o al lado de él, pierden pronto toda la finura del tacto. Proscriben en torno suyo la libertad de conversación que les parece grosería; no quieren ver sino máscaras y se empeñan en dictaminar sobre la pureza del cutis. Y lo más gracioso es que creen tener tacto. En este caso, por ejemplo, Fabricio creía aproximadamente todo cuanto le hemos oído decir; cierto que no pensaba dos veces al mes en esos grandes principios. Tenía gustos vivos, tenía talento, pero tenía la fe


El gusto de la libertad, la moda y el culto de la felicidad del mayor número, manías del siglo XIX, no eran para él más que una herejía, que pasará como los demás, matando muchas almas, como la peste


En esta corte tenemos a un bribón sumamente listo, llamado Rassi, juez supremo o fiscal general, quien, cuando la muerte del conde Palanza, hechizó al padre Landriani. En la época de su penitencia de trece semanas, el conde Mosca, por compasión y un poco también de malicia, le convidaba a comer una y hasta dos veces por semana; el bueno del arzobispo cumplía sus deberes de cortesano, comiendo como todo el mundo; hubiera pensado que era rebelión y jacobinismo el publicar que hacía penitencia por una acción aprobada por el soberano. Pero se sabía que por cada comida en la que su deber de súbdito fiel le había obligado a comer como todo el mundo, se imponía una penitencia de dos días a pan y agua. Monseñor Landriani, espíritu superior, sabio de primer orden, tiene una sola debilidad: quiere ser amado. Así, pues, deberás enternecerte al mirarle y en tu tercera visita ámalo de verdad por completo. Esto, junto con tu cuna ilustre, hará que en seguida te adore. No te muestres sorprendido si te despide hasta la escalera; finge estar acostumbrado a estas maneras; es un hombre que nació prosternado ante la nobleza. Por lo demás, es sencillo, apostólico, sin ingenio, sin brillo, sin respuesta rápida. Si logras no soliviantarlo, gustará de estar contigo; piensa que es necesario que él espontáneamente te nombre su vicario general. El conde y yo nos haremos los sorprendidos y hasta enojados de ese ascenso demasiado rápido; esto es esencial con respecto al soberano


El conde, por su parte, sentíase halagado por la atención extremada con que el joven le escuchaba; pero había una objeción importantísima: Fabricio tenía su habitación en el palacio Sanseverina, pasaba la vida con la duquesa, dejaba ver con toda inocencia que esa intimidad constituía su felicidad, y Fabricio tenía unos ojos y un cutis de frescura desesperante.


Ya hacía tiempo que Ranucio Ernesto IV, quien no estaba acostumbrado a encontrar resistencia en las mujeres, se sentía molesto porque la virtud de la duquesa, bien conocida en la corte, no había hecho en su favor excepción ninguna. Hemos visto que el ingenio y la presencia de espíritu de Fabricio le había irritado desde el primer día. Tomó a mal la amistad extremada que él y su tía se testimoniaban con imprudente falta de recato; prestó una atención viva a las conversaciones de sus cortesanos, que fueron infinitas. La llegada de ese joven y la audiencia extraordinaria que había obtenido constituyeron durante un mes la noticia y la estupefacción de la corte. Al príncipe entonces se le ocurrió una idea.

el príncipe llevaba en el bolsillo una hoja de papel y un tintero. Le dictó al soldado la siguiente misiva:

"Vuestra excelencia tiene mucho talento, sin duda; gracias a su profunda sagacidad vemos este Estado tan bien regido. Pero, querido conde, tantos y tan grandes éxitos acarrean no pocas envidias, y temo mucho que haya quien se ría de V. E. si vuestra sagacidad no consigue adivinar que cierto hermoso joven ha tenido la fortuna de inspirar, acaso a pesar suyo, un amor singularísimo. Este feliz mortal no tiene más que veintitrés años, según dicen, y, querido conde, lo que complica la cuestión es que V. E. y yo tenemos mucho más del doble de esa edad. Por la noche, visto desde lejos, el conde es encantador, chispeante, ingenioso y amable hasta más no poder; pero por la mañana, en la intimidad, si bien se mira, el recién llegado tiene acaso más atractivos. Ahora bien; nosotras las mujeres damos mucho valor a esa frescura juvenil, sobre todo cuando hemos pasado los treinta años. Ya se habla de que ese hermoso adolescente permanezca en nuestra corte asentado en algún cargo bueno. ¿Quién es la persona que habla de eso a V. E. con más ahínco?”

El príncipe cogió la carta y dio al soldado dos escudos.

-Esto, además de tu sueldo -le dijo con aire sombrío-; silencio absoluto para todo el mundo, o si no, la más húmeda de las cuevas de la fortaleza.

El príncipe tenía en su despacho una colección de sobres con las señas de la mayor parte de las personas de su corte, escritas de la mano de ese mismo soldado, que pasaba por no saber escribir y no escribía ni siquiera sus informes de policía. El príncipe cogió el que buscaba.

Unas horas después, el conde Mosca recibió una carta por correo

Nunca el favorito había parecido estar dominado por más sombría tristeza.

No describiremos el abominable humor que agitaba al primer ministro, conde Mosca della Rovere, en el momento en que le fue permitido dejar a su augusto señor. Ranucio Ernesto IV era habilísimo en el arte de torturar un corazón, y podría yo, sin gran injusticia, hacer aquí la comparación con el tigre que juguetea con su presa.

Quería acallar las voces de su alma para concentrar toda su atención reflexiva en la deliberación y decisión que iba a tomar. Sumido en congoja tal que hubiera dado lástima a su más cruel enemigo, decía:

-El hombre a quien odio vive en casa de la duquesa y pasa con ella todo el día. ¿He de intentar que hable una de sus camareras? Nada más peligroso; ¡ella es tan buena, las trata tan bien y es tan querida por todas! (¿Y quién, Dios mío, no la adoraría?) Pero la cuestión es ésta decía con rabia, corrigiéndose: ¿Debo dejar que se trasluzcan los celos que me consumen o no hablar de ellos? Si me callo, no se esconderán. Conozco a Gina: es una mujer que sigue el primer impulso. Su conducta es imprevista, hasta para ella misma. Si quiere fijarse un papel de antemano, se confunde, y en el momento de la acción se le ocurre una nueva idea que ejecuta con arrebato como la mejor solución del mundo, y lo echa todo a perder. Si no digo palabra de mi martirio, no se esconderá y veré todo lo que pueda ocurrir... Sí; pero si hablo provocaré nuevos estados de espíritu; reflexionarán y acaso evitaré muchas de esas cosas horribles que podrían suceder... Quizá lo alejen (el conde respiró), y entonces casi he ganado la partida. Aun cuando en el primer momento haya algo de irritación, yo la calmaré, y esa irritación ¿no es natural?...; le quiere como a un hijo desde hace quince años. Ahí está mi esperanza toda: como a un hijo; pero ha dejado de verlo desde su fuga de Waterloo; y cuando volvió a Nápoles era otro hombre, sobre todo para ella. ¡Otro hombre repitió rabioso, y un hombre encantador! ¡Sobre todo ese aire ingenuo y tierno, esos ojos llenos de sonrisa y prometedores de tanta felicidad ( Esos ojos, la duquesa no está acostumbrada a verlos aquí, en la corte... Aquí sólo hay miradas apagadas o sardónicas. Yo mismo, enterrado en los negocios, reinando sólo por mi influencia sobre un hombre que quisiera ponerme en ridículo, ¿qué miradas no tendré muchas veces ¡Ay!, por mucho cuidado que ponga, mi mirada es sobre todo la que debe ser en mí, vieja, anciana. Mi alegría siempre está próxima a la ironía...; y diré más, que aquí hay que ser sincero, mi alegría ¿no deja entrever como algo inminente el poder absoluto. . . y la maldad? No me digo yo a mí mismo muchas veces, sobre todo cuando me irritan: ¿puedo lo que quiero? Y aún añado una tontería: debo ser más feliz que otro, puesto que tengo lo que otros no tienen: un poder soberano en casi todo... ¡Pues bien, seamos justos. El hábito de tales pensamientos por fuerza ha de emponzoñar mi sonrisa... ha de darme un aire de egoísmo... satisfecho, y en cambio, la sonrisa suya qué encantadora. Emana de ella una felicidad fácil de juventud primera que promete contagiarse a quien se acerque.

La duquesa corrió a la lámpara, la apagó y dijo a Chekina que la perdonaba, pero a condición de que no diría palabra de esta escena extraña a nadie en el mundo.

-El pobre conde -añadió en tono ligero- teme al ridículo; así son todos los hombres.

La duquesa se apresuró a bajar a sus habitaciones. Se encerró en su cuarto y se echó a llorar; parecíale horrible la idea de hacer el amor con Fabricio, a quien había visto nacer.

irritábale el papel ridículo, según ella, que Fabricio hacía con la pequeña Marietta; el conde, en efecto, como verdadero enamorado, incapaz de guardar un secreto, se lo habla dicho todo. No podía ella acostumbrarse a la desgracia de que su ídolo tuviera un defecto. Por último, en un momento de buena amistad, pidió consejo al conde. Fue para éste un instante delicioso, un hermoso premio del honrado sentimiento que le había impulsado a regresar de Bolonia.

¿Quién lo creería? Su deseo no era sólo consultar al hombre prudente [al abate Blanes], al amigo devoto. El objeto de esa visita y los sentimientos que agitaron a nuestro héroe, durante las cuarenta horas que duró su viaje, son tan absurdos, que sin duda mejor valiera, en interés del relato, haberlos suprimido. Temo que la credulidad de Fabricio le prive de la simpatía del lector; pero así era él; ¿por qué favorecerle en su retrato? No he favorecido al conde Mosca ni al príncipe.

Fabricio tenía un alma italiana; ruego al lector que le dispense; este defecto, que acaso le haga menos amable, consistía en que no era vanidoso más que por momentos, y la sola visión de la belleza sublime le enternecía; mitigábanse entonces sus dolores, perdiendo por un momento la agudeza de su cortante filo.

Sentado en una roca solitaria, libre de los agentes de policía, protegido por la honda noche y el lejano silencio, unas lágrimas dulces corrieron por sus mejillas. Encontró, con poco gasto, los instantes más felices que había gustado desde hacía mucho tiempo.

Resolvió no mentir nunca a la duquesa, y, porque la amaba en este instante hasta la idolatría, juró no decirle nunca que la amaba. Jamás pronunciaría a su lado la palabra amor, puesto que la pasión así denominada era extraña a su corazón. En el entusiasmo de generosidad y de virtud que en este momento constituía su ventura, tomó la resolución de decírselo todo en la primera coyuntura y confesarle que nunca su corazón había conocido el amor. Una vez que hubo adoptado este propósito valeroso, sintióse como libre de un enorme peso.

Me dirá quizá algo de Marietta; pues bien, no volveré a ver a la pequeña, se respondía a sí mismo alegremente.

¿No habla quizá en esa ciencia algo de verdad? ¿Por qué ha de ser diferente de las demás? Unos imbéciles se asocian con otros astutos y convienen entre sí en que saben el mejicano, por ejemplo; impónense por esta cualidad a la sociedad que los respeta y a los Gobiernos que les pagan. Se les llena de mercedes precisamente porque no tienen talento, y el poder no teme que subleven a los pueblos y se pongan patéticos, ostentando sentimientos generosos. […]

¿Esa misma cruz, no acaban de darla a mi preceptor de Nápoles? Fabricio experimentó un sentimiento de profundo malestar; el hermoso entusiasmo que hacía latir su corazón, tornábase ahora en el vil placer de sacar buena parte de un robo. Pues bien, dijo al fin entornando los ojos como un hombre descontento de sí mismo, puesto que mi nacimiento me da el derecho de aprovecharme de esos abusos, tonto sería si no aceptase mi parte; pero que no se me ocurra maldecirlos en público. Estos razonamientos no carecían de exactitud; pero era caer de bruces desde lo alto de la sublime ventura que le había arrebatado una hora antes. La idea del privilegio había secado esa planta, siempre delicadísima, llamada felicidad. […]

Si no hay que creer en la astrología, volvió a decir, tratando de variar sus pensamientos; si esa ciencia es, como casi todas las ciencias no matemáticas, una reunión de necios entusiastas o de hipócritas astutos y pagados por aquellos a quienes sirven, entonces ¿por qué pienso tantas veces y con tanta emoción en aquella fatal circunstancia? Salí de la prisión de B..., pero fue con los papeles y el traje de un soldado que había sido encarcelado por causa justa.

Lejos de emplear su tiempo en considerar con paciencia las reales particularidades de las cosas, para luego adivinar sus causas, parecíale todo lo real bajo y fangoso. Yo comprendo que la realidad no es agradable de ver, pero entonces que no se razone acerca de ella. Y sobre todo que no se hagan objeciones manejando pedazos de ignorancia.

Así es como, no careciendo de talento, Fabricio no consiguió comprender que su creencia a medias en los presagios era para él una religión, una profunda impresión sentida al entrar en la vida. Pensar en esa creencia era para él sentir, era ser feliz. Y se obstinaba en indagar cómo podría ser el presagio una ciencia probada, real, del género de la geometría, por ejemplo.

Pero creyendo que razonaba y caminaba hacia la verdad, su atención se detenía deliciosamente en el recuerdo de los casos en que el presagio había sido evidentemente seguido del suceso feliz o desgraciado que parecía anunciar; su alma, entonces, se llenaba de respeto, quedaba enternecida, y hubiera sentido invencible repugnancia hacia quien le negara la verdad de los presagios, sobre todo si hubiese usado para ello la ironía.

En mi poder está el decirte varias cosas antes de que el día sustituya por completo a la noche; ahora las veo mucho más claras que las veré acaso mañana. Porque, hijo mío, siempre somos débiles y siempre hay que contar con esa debilidad. Mañana quizá el hombre viejo, el hombre terrenal estará ocupado, dentro de mí, en preparar su muerte, y mañana a las nueve de la noche debes irte.

-Pues bien; esa fue una rara ventura, porque, advertida por mi voz, tu alma puede prepararse a otra prisión que será mucho más dura y terrible. Probablemente no saldrás de ella si no por medio de un crimen; pero, gracias a Dios, ese crimen no serás tú quien lo cometa. No caigas nunca en el crimen, por muy violentamente que la tentación te incite. Me parece ver que se tratará de matar a un inocente que, sin saberlo, usurpa tus derechos. Si resistes a la tentación violenta, que parecerá justificada por las leyes del honor, tu vida será muy feliz a los ojos de los hombres y razonablemente feliz a los ojos del sabio -añadió después de meditar un instante-. Morirás como yo, hijo mío, sentado en un asiento de madera, lejos del lujo, desengañado del lujo y, como yo también, sin graves reproches de tu conciencia.

Ahora, las cosas referentes al futuro están terminadas entre nosotros y nada importante podría añadirte. En vano he intentado averiguar cuánto tiempo durará esa prisión. ¿Serán seis meses, un año, diez años? No he podido descubrirlo. Sin duda he cometido alguna falta, y el cielo ha querido castigarme con la pena de esa incertidumbre. Sólo he visto que después de la cárcel, aunque no sé si en el momento mismo de la salida, habrá lo que llamo crimen; pero felizmente creo estar seguro de que no serás tú quien lo cometa. Si tienes la debilidad de tomar parte en ese crimen, todo el resto de mis cálculos es un puro error; no morirás con el alma en paz, sobre un asiento de madera y vestido de blanco. Diciendo estas palabras, el abate Blanes quiso levantarse.

Me pidió una predicción de tu vida, que me guardé muy bien de enviarle, quedándome, sin embargo, con las pieles y el hermoso cuadrante. Cuando se anuncia el porvenir se infringe la regla, y se corre el peligro de alterar el suceso venidero, en cuyo caso la ciencia se viene abajo como un verdadero juego de niños; y además había que decir cosas duras a esa duquesa, siempre tan bonita.


Hoy es el día de San Giovita, mártir y soldado. Ya sabes que la aldehuela de Grianta tiene el mismo patrón que la gran ciudad de Brescia, lo cual, entre paréntesis, engañó de muy graciosa manera a mi ilustre maestro Santiago Marini de Rávena. Varias veces me anunció que tendría un buen porvenir en la Iglesia, creyendo que iba a ser cura de la magnífica iglesia de San Giovita de Brescia; he sido cura de una pequeña aldea de setecientos cincuenta vecinos. Pero de ello me felicito. He visto, no hace diez años, que si hubiera sido cura de Brescia, mi destino me hubiera llevado a una prisión en una colina de Moravia, en el Spielberg.


El marqués del Dongo va debilitándose añadió Blanes en tono triste y si volviera a verte quizá te diera algo por su mano. Pero tales provechos fraudulentos no convienen a un hombre como tú, cuya fuerza estará algún día en su conciencia. El marqués aborrece a su hijo Ascanio, a quien, sin embargo, irán los cinco o seis millones que posee. Es justo.


Todos los complicadísimos intereses de esta corte pequeña y perversa me han hecho también perverso. No siento placer en el odio, y hasta creo que sería para mí una triste felicidad la de humillar a mis enemigos, si los tuviera; pero no tengo enemigos... ¡Alto!, pensó de pronto, tengo a Giletti. . . ¡Cosa singular! El gusto que me daría ver a ese hombre irse a todos los diablos sobrevive al ligerísimo capricho que sentía por la pequeña Marietta... Esta no vale, ni con mucho, lo que la duquesa de A..., a quien estaba obligado a amar en Nápoles, puesto que le había dicho que estaba enamorado de ella. ¡Dios mío! Cuántas veces me he aburrido en las largas citas que me concedía la hermosa duquesa; no así en el cuartito destartalado que servía de cocina, donde la pequeña Marietta me ha recibido dos veces, dos minutos cada vez.

¿A qué buscar tan lejos la felicidad? Ahí está, ante mi vista.


Fragmentos seleccionados de La Cartuja de Parma, Stendhal

Pero por lo pronto llevo conmigo, casi intacta, recién comenzada, una edición de bolsillo de La cartuja de Parma: una promesa de felicidad, por decirlo con las palabras del propio Stendhal.

Longitudes de verano, Antonio Muñoz Molina [El País, 7 de julio de 2012]

Ahora estoy leyendoRoma, Nápoles y Florencia”. Con una inconsecuencia muy suya, Stendhal no nombra en el título la ciudad que ocupa más de la cuarta parte del libro, Milán, donde fue tan feliz que imaginó para sí mismo un epitafio que dijera: Arrigo Beyle, Milanese. El 28 de noviembre de 1816, a las cinco de la mañana, “a la salida de un baile”, anotó en su cuaderno: “La beauté n’est jamais, ce me semble, qu’une promesse de bonheur”.

Él no renunció nunca a esa promesa de felicidad.

Paseando con Stendhal, Antonio Muñoz Molina [Escrito en un instante, 5 de julio de 2012]







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